Un comportamiento miserable
Por Tuces, 19/02/2025
Después de años de haber abandonado el Opus Dei, recién ahora comprendo los modos y actitudes que tuvieron conmigo, en especial los de la directora del centro donde vivía y la directora de auxiliares de la Delegación. Hoy veo con claridad lo miserable de su comportamiento. La directora del centro era consciente de mi situación; llevaba tiempo diciéndole que no encontraba sentido a mi vida en el Opus Dei, entre otras cosas.
Una semana antes de dejar el centro, un domingo dejé en la dirección un sobre que contenía una carta dirigida al entonces Prelado del Opus Dei, Javier Echevarría, en la que explicaba mis motivos y mi decisión de abandonar la institución. Junto a la carta, incluí el anillo de la fidelidad, manifestando que para mí ya no tenía sentido usarlo y que debía disponer de él. Unos días antes, las mortificaciones corporales que durante años había llevado a confesar—por no cumplirlas o posponerlas—terminaron en la basura, sin que sintiera ninguna culpa por ello...
Antes de la tertulia del mismo domingo por la noche, la directora me llamó a su oficina y, mostrándome el sobre, preguntó:
—¿Qué es esto?
Yo le respondí:
—¡Lo que ya sabes!
Ella me tomó del brazo y exclamó:
—¡No seas boba! ¡Vamos a la tertulia!
Al llegar al salón, pidió que sacaran la guitarra y los cancioneros, y lo siguiente que oí fue un enérgico: —¡Cantemos!
La forma en que reaccionó dejaba en evidencia que no se tomaba en serio mi decisión, pues yo esperaba un planteo sincero y respetuoso. Esa noche me fui a dormir reafirmando mi determinación de irme.
Tres días después, la semana siguiente, me desperté con la convicción de que “¡hoy es el día!”. Antes de partir, tomé mi documento y el dinero que mi hermana me había entregado, a quien meses antes le había comentado mi intención de dejar el Opus Dei. En ese momento, mi hermana me abrazó con fuerza y me dijo:
—Nunca quisimos que estuvieras allí; mamá sufrió mucho durante los años que estuviste en Roma.
Era la primera vez que le contaba realmente cómo me sentía en el Opus Dei. Al despedirnos, me dio dinero diciendo:
—Para tu pasaje… vení cuando quieras, que aquí haremos algo.
Con ello y con lo puesto, pasé por el oratorio, donde no había nadie. Respirando profundamente, le dije a Dios:
—¡Tú lo sabes todo! ¡Dame fuerzas!
A Él fui la única de quien me despedí.
Descendí unas escaleras y, de un golpe, cerré la puerta de servicio por donde entraba y salía la administración (no teníamos llaves). En ese momento, la portería estaba desierta. La entrada principal correspondía a la Residencia, que en ese instante dependía de la Comisión Regional y el Centro de Estudios de Varones. Sin mirar atrás, me armé de valor y esperé frente al centro el colectivo que me llevaría a la estación de micros de larga distancia. Entre la adrenalina y la sensación de que la directora me seguía, llegué a la boletería y compré un boleto de ida a mi pueblo. Al subir al colectivo me sentí libre y segura, a pesar de las catorce (o más) horas de viaje. No pude avisar a nadie porque no usaba celular, pero sabía que mi madre y mi hermana me esperaban.
Aún tengo presente ese momento: llegué casi al mediodía a la casa de mi hermana. Ella saltó de su silla y me abrazó efusivamente, como diciendo “¡Bien!”. Sabía que mi salida del centro era sin retorno.
—¿Y tus cosas? —me preguntó.
—Salgo con lo puesto —respondí.
A ella no le dio mayor importancia, y a mí tampoco.
Más tarde, llamé al centro para hablar con la directora. Lo primero que me preguntó fue:
—¿Dónde estás?
Le expliqué que llamaba solo para informarle de mi ubicación. Su respuesta fue:
—¿Es una broma?
—No es una broma, y además no pienso volver nunca más —le contesté.
Añadí: —Te lo dije muchas veces y nunca te pusiste en mi lugar.
Ante su insistencia en venir a verme, accedí. Llegó el día en que se presentó; me entregó un sobre grande con cartas del centro, todas instándome a regresar. Sabía que aquellas cartas no provenían de iniciativa propia, sino que habían sido ordenadas por la directora para presionarme psicológicamente. Le dije que las agradecería de mi parte, pero que no pensaba regresar. También me devolvió el anillo de la fidelidad que había dejado en dirección, insistiendo en que lo conservara, y así lo hice. Años más tarde, ante una imperiosa necesidad económica, recordé el anillo y lo vendí.
Recuerdo que, cuando me disponía a ir a Roma, la directora me dijo que debía llevar el anillo para la ceremonia. Me entristeció un poco escuchar que no me lo compraría por falta de dinero, pero que, en cambio, habían donado tres anillos muy bonitos y que podía elegir uno. En realidad, yo no habría podido comprar ese anillo; observé que la mayoría de las numerarias auxiliares adquirían unos modelos muy sencillos. El que elegí era hermoso, discreto y robusto: de oro, con un centro en forma cuadrada engastado con un zafiro de un azul intenso, y a cada lado, tres pequeños diamantes. Nunca supe quién lo donó, pero siempre admiré la generosidad de esa persona y la recordaba en mis oraciones como forma de agradecimiento.
Continúo con el relato de mis encuentros con la directora. En una ocasión, ella no trajo mi ropa, argumentando que yo debía regresar al centro. Hablamos durante horas, en las que yo repetía:
—¡No voy a volver!
Finalmente, regresó a Buenos Aires sin mí. La semana siguiente volvió a presentarse para verme y me trajo la ropa. La conversación fue similar: horas de insistencia para que regresara, asegurándome que nada pasaba por haberme ido. Me contó que una numeraria de la Asesoría, sin revelar su nombre, había pasado por algo similar y, sin embargo, seguía en el centro. En ese momento, no me importaba nada más que dejar claro que no volvería.
Ya casi despidiéndonos, me preguntó:
—¿Viniste con el dinero que pediste para pagar al dentista?
Hace unos días, había solicitado a la secretaria del centro dinero para ese fin, y lo usé justamente para pagar al dentista. Le expliqué que viajé con el dinero que mi hermana me había dado meses antes. Fui tan honesta que jamás se me ocurrió utilizar el dinero que pedí para otros fines, como comprar un boleto para mi pueblo.
Sin embargo, la directora, quien minutos antes me instaba a volver diciendo:
—¡Vuelve, somos tu familia! ¡El Padre te necesita, no le des un disgusto! — terminó dudando de mi honestidad, acusándome sin pruebas de haberme apropiado de ese dinero. Todo ese espectáculo para que regresara respondía a que aún era útil; no se resignaban a perder mano de obra gratuita, y además podían dejar constancia en sus informes con mi nombre. Hicieron todo lo posible para que volviera.
Y así terminó mi historia con esa directora. ¡Nunca más la volví a ver! No fui la única: muchas numerarias auxiliares dejaron el Opus Dei durante su dirección. Habría estado devastada al ver que tantas personas se marchaban bajo mi responsabilidad; me habría preguntado qué estaba haciendo mal y me habría sentido abrumada. Sin embargo, las directoras continúan como si nada hubiera pasado, manteniéndose en el cargo o siendo promovidas a puestos más altos y visibles, quizá porque, de lo contrario, ellas también se irían y al Opus Dei aún le servían.
Con la directora de auxiliares viví algo similar. Quince días después de dejar el centro, viajó a mi provincia para verme e insistir en que regresara. Yo, firme en mi decisión, le dije:
—No voy a volver.
Tras horas de conversar, me dijo:
—Bueno, si no vas a volver, firma esta planilla para darte de baja en la obra social.
Lo firmé sin problemas y nos dimos un abrazo; jamás volví a saber de ella. Aquella misma directora, que me había asegurado de que el Opus Dei era mi familia y que me esperaban, no dudó en dejarme sin cobertura médica, pese a que llevaba apenas unos meses con obra social. Tampoco le importó cómo me manejaría sin ese apoyo, ni cómo afectaría mi relación con Dios. Para ellos, ya no importaba mi persona. Es asombrosa la frialdad con la que se conducen: todo es apariencia y lo que ellos llaman “comportamiento correcto”. Pero, si los pones a prueba, se revela un comportamiento verdaderamente miserable.
Lo único que lograron dejar en claro fue que, de su parte, hicieron todo lo posible para que regresara y que yo me negué. En ambas directoras vi que su mayor preocupación era el dinero.
Pasados unos meses, me encontré con un sacerdote del Opus Dei. Nos conocíamos, y él facilitó una reunión para hablar conmigo. Quedé impactada cuando me dijo que, si quería, podía volver y elegir el centro en el que vivir. Pero yo, que hacía meses había dejado el Opus Dei, le respondí:
—No vuelvo.
Él replicó:
—No importa lo que hayas hecho, las puertas están abiertas.
Implícitamente, me daba a entender que el Prelado me recibiría nuevamente. Le dije:
—Muchas gracias, pero no vuelvo.
Con el tiempo, al recordar esa conversación, me hice muchas preguntas: ¿dónde queda la verdadera entrega a Dios? ¿Cómo es posible que una persona que no puede dormir una noche en el centro, agobiada por una culpa abrumadora, pueda regresar como si nada hubiera pasado? Quizá, en definitiva, al Opus Dei lo único que le interesa es que trabajes gratis para ellos, y que la entrega real— no solo del cuerpo, sino también del alma— no tenga la importancia que una vez creímos y tratamos de cultivar: ser honestos, sinceros y castos.
También he llegado a pensar que, si una persona tras abandonar el Opus Dei decide regresar, recibe un castigo: el de la marginación, la indiferencia, la soledad y la humillación. Ya no cuentan contigo para ocupar un cargo ni para desempeñar labores apostólicas, y, además, llevas en la frente una etiqueta que, en cada centro al que vayas, el consejo local leerá primero y, en base a ella, te tratará.
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