Sólo soy una madre

From Opus-Info
Jump to navigation Jump to search

Por TEBALCEA, 13/05/2026


Sólo soy una madre, una de las muchas “madres de sangre” a las que el Opus (me niego a llamarle obra con mayúscula y mucho menos Dei) fue, poco a poco, quitándonos esa condición: la de ser madres.

Una de las muchas madres que, al principio sin darnos cuenta y luego ya más conscientes, notamos que nuestros hijos se fueron yendo de nuestras vidas. En mi caso fue así, poco a poco, sin entender nada, sin ruido, sin avisos, con esa calma que, cuando te das cuenta, aún duele más porque te sientes también culpable. ¿Cómo no pude darme cuenta?...

Sigo teniendo la sensación de que es como si me hubiera dejado un libro a medias, como si mi misión no hubiera podido cumplirla y, muchas veces, echo la vista atrás y releo los silencios intentando entender cuál fue el momento en el que empezó el adiós.

Y siento dolor porque, aunque deseo que haya sido y que siempre sea feliz, me cuesta olvidar que ha sido a costa de mi sufrimiento, del de su hermana, del de nuestra familia.

Pasamos, sin darnos cuenta, a ser su familia de sangre, la que debía dar, pero no recibir, estar sin que nos echaran en falta, olvidar lo que habíamos sido porque era “para mayor gloria de Dios”.

El Opus pasó a ser su verdadera familia, aunque nunca comprendí quiénes eran ahora la madre, el padre, los hermanos, los abuelos, las personas que, aun a veces sin ser perfectas, formaban las familias.

Podría haberlo intuido. Pobre de mí, aún pensaba que todo era bueno cuando me devolvió las fotos de nuestra historia familiar, desde que su padre y yo éramos novios hasta que se fue, con las que le hice un libro de alas y raíces sin darme cuenta de que las alas que yo creía darle para volar y las raíces que quería que tuviera en cuenta si algún día quería volver, él ya las había olvidado hacía tiempo.

Todo empezó hace más de treinta años, cuando tenía unos catorce, y ahora, desde la serenidad, cuando echo la vista atrás sólo puedo ver un álbum familiar en el que, aunque él siga estando, dimos pero nunca recibimos; en el que hubo —y hay— dolor; en el que nunca hubo agradecimiento porque todo era nuestra obligación y, sobre todo, veo lo que perdimos.

Pienso en las veces que me hicieron creer que era egoísta, que no era comprensiva, que no era generosa ante lo que Dios me pedía —cosa que nunca entendí porque, al parecer, la vocación era suya, no mía ni nuestra—, que no era buena cristiana, que a los hijos las raíces no les sirven de nada y que las alas sólo les sirven para volar y alejarse de nosotros.

Y, sin embargo, siguen retumbando en mi corazón las palabras de Isaías: “¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho y dejar de amar al hijo de sus entrañas?”.

Ni Dios ni yo podremos olvidarlo nunca. Sólo que creo que no es siempre Dios quien graba en la palma de las manos, sino otros que, aprovechándose de circunstancias y de la inmadurez de la preadolescencia, encaminan sus vidas creyéndose también dioses.

Consiguen que esos niños nunca alcancen la madurez emocional necesaria para no evadir responsabilidades, para ser capaces de reconocer el daño que, sin querer, se puede hacer a los demás; la que te da el valor para reconocer que las relaciones nunca son unidireccionales, que te da el valor y la seguridad para, libremente, hacer lo que crees y no lo que los demás han querido que creas.

Intenté ser “de los suyos”, comprender lo que no me cabía en la cabeza, ver con el corazón —con el suyo— todo lo que estaba pasando.

Pero ni con el paso de los años he sido capaz de entender cómo podemos, cómo hemos podido entre todos, consentir que esto pueda pasar en una Iglesia en la que el Amor debería ser nuestra única consigna.

Han pasado los años y todo sigue siendo inútil. El daño ya estaba hecho, arraigado en la mente y en el corazón, en la conciencia.

Y sigo sintiendo que nos robaron, y no sólo hablo de dinero, a un hijo.

Nos robaron la posibilidad de compartir los buenos y los malos momentos, el cariño, la cercanía, el consuelo, el apoyo, la oportunidad de crecer juntos y de dar y recibir lo que somos y tenemos: el ser familia.

Yo, con todos mis fallos y también algunos aciertos, perdí la posibilidad de ser su madre.

Mi hija perdió un hermano, los veranos juntos compartiendo aventuras, el crecer con alguien incondicional a su lado, las Navidades alegres porque él nunca estaba, el apoyo y el cariño de quien Dios puso a su lado para compartir vida, aunque tuvieran cada uno la suya.

Y le hicimos daño porque todo lleva a todo y ella tuvo que ser sustituta, apoyo, ser lo que no era y ser el doble de lo que debería haber sido. Tuvo que hacer de los dos, en soledad, y eso es algo que no me perdonaré nunca y por lo que le pediré eternamente perdón.

Y nuestra familia perdió a uno de sus miembros, y nos dejó cojos.

Ha pasado mucho tiempo, más de treinta años, y sólo me queda la aceptación, que no la conformidad. Y la decepción. Y la culpa, que aún no sé bien gestionar; incluso, a veces, la rabia. Y el dolor, porque todo sigue aunque sea sin él y eso no se pasa, porque aun cuando está, no está.

Y, desde el fondo de mi alma, me gustaría gritar que no es justo y que, como decía Marco Aurelio, “sólo se puede cometer una injusticia al no hacer nada”.

No deberíamos consentir que otros pasen lo que nosotros hemos pasado, lo que muchos otros como nosotros, estoy segura de que han pasado.

Dicen que han cambiado, pero me permito dudarlo y, aunque así fuera, hay daños que ya están hechos y otros que seguro aún están en marcha.

Doy gracias a Dios por mi familia, aunque coja, con la que comparto mi vida. Son maravillosos y han demostrado que, aunque no seamos perfectos, merece la pena quererse y darse porque en eso consiste la vida.

Aunque haya quien, aunque proclame lo mismo, en realidad haga y siempre haya hecho lo contrario.

Y, ante todo, y sobre todo, rezo para que cada uno de mis hijos sea feliz. Porque, de una u otra forma, sólo soy una madre.



Original