Sólo me medicaron, me medicaron y me medicaron

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Por Psiché, 28.03.2025


Psiché nació en un país de Iberoamérica al que llamaremos Azul. A los veintidós años pidió la admisión como numeraria y a los treinta y uno la institución la envió a otro país, al que llamaremos Verde, como administradora. En Verde tuvo oportunidad de conocer a niñas de los pueblos originarios, muchas de las cuales pidieron la admisión como numerarias auxiliares, cuya cosmovisión no incluía conceptos como celibato en nombre de Dios, compromiso para siempre o trabajar en la administración. Cabe preguntarse por la libertad de estas niñas cuando pidieron la admisión, cabe preguntarse qué entendieron los padres de lo que iban a hacer las niñas, pero no es su historia la que contamos aquí, sino la de Psiché.


Hay algunas cosas que a mí me pasaron y que todavía no puedo escribir, porque a mí me pasa cuando escribo que tengo tantos sentimientos juntos que me es súper difícil incluso revisar si está bien lo que he escrito. No sé, se me agolpa todo en la cabeza, y el corazón, y en el alma, y no veo si lo hago con claridad, si se entiende, si están las cosas bien escritas. Por eso pensé que tú podías hacerlo, si querías.

Mi historia comenzó cuando, en un momento de profunda crisis siendo de la Obra, mi madre movió cielo y tierra para que recibiera la atención necesaria. Desde Verde fui trasladada a Azul con apenas lo indispensable, prácticamente con lo puesto, y me alojaron en el centro de estudios para numerarias auxiliares. Allí, inmersa en su mundo, fui testigo de su formación y de una realidad que jamás habría imaginado. Cómo era su formación, cómo era el trato con las numerarias, cómo las trataban… jamás lo hubiera imaginado, de verdad.

Allí me aislaron, me alojaron en el quinto piso, un lugar desolado y silencioso al que jamás subía nadie porque no se utilizaba. La soledad era tan absoluta que, de haber sucedido algo grave, nadie se habría percatado hasta que fuera demasiado tarde. ¿Cómo podían dejar a alguien con depresión en semejante aislamiento? El edificio, pegado al centro de estudios de los varones, tenía todas las ventanas opacadas, sumiendo el ambiente en una penumbra constante. El silencio y la oscuridad se convertían en mis únicos compañeros, alimentando mis demonios internos. En ese piso solo estaba yo, en el segundo, o en el tercero, ya no me acuerdo, había una numeraria auxiliar con una depresión muy seria, que había tenido intentos de suicidio, y con la cual me prohibieron hablar, cuando dije que, total, yo no hacía nada, podía ir a visitarla, se negaron en rotundo.

El día a día era un desafío, por mi enfermedad y por cuestiones prácticas y tan tierra-tierra como no tener ropa que ponerme. Yo había llegado con ropa de verano al inicio del otoño, sin posibilidad de abrigarme adecuadamente. Las directoras, lejos de comprender, me reprochaban mi aspecto, argumentando que daba un mal ejemplo a las numerarias auxiliares en formación, me decían que yo no podía vestirme así porque ese era el centro de estudios de las numerarias auxiliares y que yo estaba dando mal ejemplo. Y yo les decía, ¿De dónde quieren que saque otra ropa si mi ropa está en Verde? ¿Por qué no piden, por favor, que me manden la ropa? Estaba atrapada entre la negativa de las directoras en Verde para enviar mi ropa, se negaban porque no querían correr con el gasto del envío, y la negativa de las directoras en Azul, que a su vez no querían correr con los gastos de comprarme lo necesario porque consideraban que era el otro país quien debía hacerlo.

Finalmente, la directora cedió y me autorizaron a comprarme un pantalón y una camisa, y me dijeron que, para el resto, se lo pidiera a mis padres. Nunca les pedí absolutamente nada porque ya era mayor de edad y no los quería involucrar en todo lo que estaba pasando.

Luego estaba la presión horrible de los horarios, de las normas y que yo tenía que trabajar porque no iba a estar ociosa y dar mal ejemplo a las auxiliares, así que me dijeron que trabajaría con ellas. A mí jamás me supuso un problema trabajar con las auxiliares, solo que no podía, porque mi depresión no me lo permitía. Entonces, si yo formaba parte del equipo de limpieza y me asignaban una zona, y yo no llegaba porque no podía, materialmente, lo que hacía era recargar a las auxiliares, que debían hacer lo que yo no podía hacer, además de lo suyo. Y era todo un despelote, porque por más que yo ponía mi mejor voluntad, no podía cumplir muchas veces por mi enfermedad, no porque no quisiera, o porque quería que lo hicieran las auxiliares por mí, eso jamás.

Y curiosamente, eran las auxiliares quienes más me entendían y quienes mejor me acogían, y también eso se terminó. Yo desayunaba con ellas porque ellas desayunaban más tarde, así que después de Misa desayunábamos juntas, me acogían en su comedor con muchísimo cariño, estaban muy pendientes. Hasta que las numerarias me dijeron que no podía desayunar con las auxiliares ni podía ir a su comedor, porque “las confundía”. Bueno, el sinsentido de siempre. Y, fíjate, yo le comentaba todo esto a la psiquiatra y en ningún momento, en ninguno, hubo una conversación de la psiquiatra o la psicóloga con las directoras para decir “miren, es conveniente que Psiché haga esto, o aquello”.

Sin que yo pudiera opinar ni decir si me parecía bien o no, me mandaron a una psiquiatra que era numeraria, y a una psicóloga que también era numeraria. Y allí vi cosas muy raras. A veces me decían que me metiera en el baño, o en la cocina, mientras salía la paciente anterior, para que no la viera, sin pensar en que desde el baño, o desde la cocina, se escuchaban las voces y se escuchaba todo. Las pacientes eran numerarias también, ¿cuál era el objeto de no verlas, de tanto secretismo? ¡Si después nos encontrábamos en la escalera, o en el ascensor, o en la entrada del edificio!

Yo confiaba en ellas, en ambas. A ver, eran numerarias, se supone que se santificaban en su trabajo y que conocían la biología del cuerpo, y cómo funciona la medicación, ¿no? Ahora me doy cuenta de que no hubo nada de eso. La numeraria psicóloga tenía el sello de la psiquiatra, extendía la receta y le falsificaba la firma, y ella, la psicóloga, medicaba, ¿eso no es mala praxis, y un delito? Yo me di cuenta mucho más tarde, nunca estuve bien medicada, nunca me medicaron para la ansiedad, y yo tenía ataques de ansiedad. No de romper cosas o de gritar, nada de eso, solo de miedo, de mucho miedo, de no poder estar sola del miedo que sentía. Después del centro de estudios de las auxiliares me llevaron a una residencia de universitarias, y allí también me colocaron en el último piso, siempre sola, no me sentía bien con las residentes porque no podía seguirles el ritmo. Y la soledad agravaba mi ansiedad.

Tampoco las terapias fueron las adecuadas, de hecho es que me di cuenta después, terapia jamás recibí ninguna, solo me medicaron, y me medicaron, y me medicaron. Y luego, la presión horrible de los horarios, y las normas… la directora y la subdirectora del consejo local, dos niñas jovencitas, recién salidas del centro de estudios, con muy poca calle, muy poca calle o ninguna calle, porque solo habían estado metidas en trabajos internos, jamás me llevaron por un plano inclinado, flexible, de hacer lo que buenamente pudiera hacer, solo me hacían sentir culpable porque no cumplía las normas, y decían que no amaba suficientemente a Dios, y a mí eso me rompía, porque yo solo quería amar a Dios, y servirle, y ser fiel. Que me dijeran eso me rompía, porque si yo quería algo, eso era amar a Dios.

Y luego estaba el tema de pagar la medicación. Mis padres me dijeron que me fuera a vivir con ellos, y cuando me recuperara podía volver a la obra. Estaban los dos vivos y estaban en una posición como para poder pagarme por lo menos la medicación. Yo tenía obra social, hubiera podido irme a casa de mis padres. Y me dijeron que no, que me iban a cuidar ellas. Y ya ves el cuidado: sola en un quinto piso, cerrado y oscuro, o en un último piso, siempre sola. Esos fueron los cuidados que recibí. Y la directora siempre me hacía ver que era una carga económica, que tenía que mejorar, como si dependiera de mí, porque era una carga y no podemos ser carga para la obra. Cuando en una familia hay un enfermo, no se le hace ver que es una carga, ¿no? Más bien todo lo contrario. Pues a mí me dejaron clarísimo, vez tras vez, que era una carga.

De todo esto me di cuenta mucho después, cuando le planteé en un momento a la psicóloga de la obra (otra) “bueno, mira, ya está, no me hago problema con lo que me hicieron, pasó y pasó, voy a tratar de olvidármelo y punto”. Y la psicóloga me dijo “No, a ti te hicieron un montón de cosas, y tenemos que verlas, y las tienes que profundizar.” Y bueno, después que las profundizamos, y que no sé qué, y que no sé cuánto, en cierto modo hizo que explotara todo y yo me di cuenta de muchas cosas que antes no había visto.

En retrospectiva, me doy cuenta de que estuve sometida a un tratamiento inadecuado y profundamente dañino durante años. Puse una confianza ciega en un sistema que priorizaba las normas sobre el bienestar individual, y esto me llevó a una espiral de la que me costó mucho salir. Aún ahora mismo no puedo guiarme bien en cuanto a la vida cotidiana, no tanto, hay cosas que me cuestan mucho y es consecuencia de todo aquello.

Mi experiencia, dolorosa y transformadora, porque yo no soy la que era antes de todo eso, y pasar por todo lo que pasé me cambió, me cambió para siempre, me hace cuestionar no solo las prácticas de la obra, sino también la forma en que se aborda la salud mental en entornos religiosos y cerrados, sobre todo en enotrnos cerrados, con una convivencia que no es sana. Es un recordatorio de la importancia de la empatía, la profesionalidad y el cuidado genuino en el tratamiento de las enfermedades mentales. Original