File:Relaciones de José María Escrivá con los propagandistas y la Acción Católica.pdf
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| Tesis: La relación de Josemaría Escrivá con los propagandistas muestra que la Obra no surge como una intuición cerrada ni original en sus elementos, sino en continuidad con corrientes apostólicas ya existentes. Su diferencia radica en el enfoque: frente al apostolado público y general de la Acción Católica, adopta un modelo selectivo centrado en la captación de vocaciones y en la influencia desde ámbitos dirigentes. En este marco, el uso del término “proselitismo” responde a su sentido histórico de captación de prosélitos. Las reinterpretaciones posteriores que lo equiparan a “apostolado” o “evangelización” no se sostienen en los textos fundacionales, donde ambos conceptos aparecen claramente diferenciados. |
Por Fendetestas, 6/04/2026
El acercamiento de Escrivá a los propagandistas (ACdP)
En una reciente colaboración documenté la posible influencia de la ACdP (Asociación Católica de Propagandistas) en la obra de Josemaría Escrivá (“Influencia de los Propagandistas en la Obra de Escrivá. La santificación del trabajo”, OpusLibros, 19/01/26), comparando textos. Aquella colaboración resulta insuficiente para dar cuenta de la relación de JME con los propagandistas. Situar a JME en el contexto de los movimientos y obras eclesiásticas coetáneas es un empeño necesario.
Autores prelaticios recientes tratan de situar a Josemaría Escrivá en su tiempo. En el artículo de Fernando Crovetto, que documenta —a partir de los escritos de Escrivá— las relaciones que este tuvo con su fundador y presidente, Ángel Herrera Oria («¿Conviene que me relacione con los propagandistas de Herrera? Josemaría Escrivá y Ángel Herrera Oria en los años treinta», Studia et Documenta, vol. 16, 2022), descubro que existió una relación personal de Escrivá con los propagandistas, más allá de las similitudes doctrinales. JME pensó en ellos como modelo organizativo (sobre todo para la llamada obra de San Gabriel) y también en infiltrarse en sus círculos con intenciones de captación…
Al advenimiento de la II República, la Acción Católica Española estaba presidida por Ángel Herrera Oria, y los principales puestos eran ocupados por miembros de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas.
El nexo entre Escrivá y Herrera fue un amigo común, Pedro Cantero Cuadrado, futuro arzobispo de Zaragoza y propagandista, participante activo en el Círculo de Propagandistas de Madrid (conferenciante y escritor).
Escrivá se fija en la organización de los propagandistas como modelo para la suya en 1932: “formará [el Opus Dei] una asociación al estilo de los propagandistas de Herrera, pero –sin ofensa– mejores: a) porque irán formados y b) porque se les seguirá formando. Para continuar esta formación, serán dirigidos –en local aparte, sin capilla ni carácter de hermandad piadosa– por los socios laicos y deberán entrevistarse con los socios sacerdotes” (Apunte íntimo, 12/7/32).
Añade Crovetto: “Es interesante señalar que, de todas las instituciones católicas que estaban trabajando en esos años, Escrivá solo considerara la ACNP como una posibilidad para él. Todas las demás quedaron descartadas”.
También se aprecia que, en octubre de 1932, cuatro años después de la “visión”, Escrivá está tanteando; no tiene enteramente clara su obra. Ese planteamiento de “sin capilla” y sin “hermandad piadosa” no es aquello en lo que finalmente devino.
Tras la sanjurjada (el golpe de Estado frustrado del general Sanjurjo de agosto de 1932), en la que participaron seguidores de Josemaría Escrivá, este se plantea acercarse a la ACNP, a la que ve como liberal católica y que había adoptado una actitud posibilista ante la República. A este fin escribe unas notas con inconvenientes y ventajas de este acercamiento.
Afirma Crovetto que “un buen número de las personas que estaban en contacto con Escrivá participaron en el golpe y algunas de ellas fueron detenidas, como Adolfo Gómez, y otras escaparon, como Luis Gordon (que además poco después enfermó y falleció) y José Romeo, que acabó refugiado en Francia”. Según dice Crovetto, “el presidente de la ACE eligió a los propagandistas que, en general, eran políticamente posibilistas, mientras que a Escrivá lo siguieron, en un primer momento, católicos con pensamiento político integrista”.
Entre los inconvenientes que consignaba JME escribe “que se me podía pegar el sentido ‘católico-liberal’ que envuelve a Herrera y a su obra, aunque el interesado crea lo contrario” (Apunte íntimo, octubre de 1932).
Se decide por un acercamiento amistoso, sin ingresar:
«Trataré a los propagandistas de “El Debate” oficiosamente, como amigo, sin pertenecer a la asociación, a fin de ejercitar el apostolado de Cristo —captando vocaciones— con prudencia de serpiente y candidez de paloma: entrando con la de ellos, para salir con la nuestra».
En otro texto de JME:
«4/ Introducirme, con cautela, entre los propagandistas de la ACN de P, para captar hombres: o para la Obra; o para la asociación nuestra, que, protegida por María Inmaculada, tendrá por patrono a San Gabriel y hará labor semejante a la que hace la asociación del Sr. Herrera… pero con más intensidad y, con el tiempo, con más extensión» (Apuntes íntimos, octubre de 1932).
Dentro de su humildad, Josemaría Escrivá expresa una previsión optimista de futuro, dada la entidad respectiva de ambos en aquel momento. En 1933, los propagandistas contabilizan 489 miembros, mientras que los seguidores de Escrivá, en octubre de 1932, apalabrados o con solicitud de admisión — excluidos los que se fueron y los afectados por la sanjurjada—, se contaban con los dedos de una mano (Novedades, «Resultado de mis estudios», OpusLibros, 7/11/2008).
El primero vinculado mediante un simple voto privado de obediencia al Padre parece ser el director de la academia DYA, Fernández Vallespín, y lo hizo en abril de 1934 (ingresó en 1933).
Los titulares de un Boletín de la A.C. de P. de 1/09/1933 (números 153 y 154) dan cuenta de la entidad de la misma en 1933, contando entonces con 489 miembros, de ellos 198 numerarios, 56 aspirantes y 242 inscritos:
La definición de JME del “apostolado de Cristo”: captación de vocaciones
“Es probable —aunque no hemos encontrado ninguna evidencia— que Escrivá frecuentara esos círculos durante los meses de noviembre y diciembre”, dice Crovetto. Aunque, en una nota de Escrivá de enero de 1933 que transcribe el autor, afirma que “después de asistir varias veces a los círculos de estudios de «El Debate» me convencí de que no sacaría nada” (para su labor), y decide, tras consultarlo, dejar de ir.
Los llamados Círculos de Estudios eran reuniones semanales de los propagandistas conferenciantes en las que se trataban temas sociales y políticos (artículos 7 y 8 del Reglamento Fundacional de 1913: Historia de la Asociación Católica de Propagandistas. Ángel Herrera Oria. Primer período (1908-1923), José Luis Gutiérrez García, CEU Ediciones, p. 75).
En la XIX Asamblea de los propagandistas de septiembre de 1932 se acuerda celebrar en Madrid un curso abierto que duraría dos meses a partir de octubre (Boletín A.C.N. de P., núm. 132, 30 de septiembre). Antes de la Asamblea tuvieron unos ejercicios espirituales, a los que asistieron 68 propagandistas. En el bienio 1931-1932 habían celebrado 312 círculos de estudios.
Acuerdan también en esta Asamblea “afirmar el carácter de la A.C.N. de P. como obra de la Acción Católica”. Y decidieron pasar a denominarse Asociación Católica de Propagandistas (A.C. de P.).
En el curso se trataría la crisis del liberalismo (Boletín 131, 15 de septiembre):
El Círculo de Estudios de Madrid inaugura sus sesiones el 6 de octubre de 1932, con una lección inaugural sobre el “Liberalismo en el orden teológico”, a cargo del presidente, Ángel Herrera Oria, que se publica en el Boletín 137, de 15 de diciembre de 1932. Luego trataron temas organizativos.
En su extensa disertación distingue, al menos, cinco tipos de liberalismo, y el cuarto grado es el de los católico-liberales, que efectivamente rechaza por dar iguales derechos a la verdad que al error:
En este punto, el apunte de Josemaría Escrivá coincide con el Boletín, por lo que parece que, al menos, a la conferencia inaugural Escrivá asistió. JME consideraba a Ángel Herrera Oria un católico liberal, aunque renegara de esta etiqueta, y a los propagandistas, católicos acomodaticios; y pensaba que su presencia junto a ellos podía espantar a católicos de más recta doctrina: “con mi frecuentación de la casa de «El Debate» puedo espantar a otros hombres más formados, de más pura doctrina y más rectilínea acción”.
Para Escrivá, “pura doctrina” sería el Syllabus (1864) de Pío IX, que condenaba todo el pensamiento moderno, con especial atención al liberalismo; nada extraño, pues la Iglesia lo siguió condenando hasta el Concilio Vaticano II.
El día 13 comienza con una disertación del señor Valiente sobre liberalismo y, posteriormente, se tratan temas organizativos.
El 20 de octubre José María Gil-Robles diserta sobre el parlamentarismo en Inglaterra, con una perspectiva positiva, y, nuevamente, dentro del orden del día se tratan temas organizativos (Boletín 135, de 15 de noviembre).
Tienen nuevas sesiones el 27 de octubre y los días 3 y 10 de noviembre (Boletín 136, de 30 de noviembre):
Nuevamente, en el orden del día se tratan temas organizativos de las distintas actividades de Acción Católica.
El 12 de enero de 1933, Martín Sánchez disertó sobre “La crisis del liberalismo” (Boletín 139, de 15 de enero).
Los días 17 y 24 de noviembre de 1932 Pedro Cantero Cuadrado expone “Estudio especial del movimiento de la Acción Francesa”, que se publica en el Boletín de 30 de enero de 1933 (Boletín número 140). También se tratan temas organizativos y las actividades de Acción Católica.
Los estudios se publican en el Boletín y tienen, generalmente, un enfoque antiliberal.
Una síntesis de ese pensamiento, la conclusión de la conferencia del Sr. Cerro:
Exagera Josemaría Escrivá al considerarlos liberal-católicos o acomodaticios. Simplemente quieren seguir actuando con independencia del régimen político implantado, tal y como expresa Ángel Herrera Oria al advenimiento de la II República:
Angel Herrera Oria, Boletín ACNdP 20 de abril de 1931
Relación personal con Ángel Herrera Oria. La Casa del Consiliario de Acción católica
Tras coincidir en una ocasión con Herrera, quedaron en verse y, ese día, el 11 de febrero de 1933, le propone a Josemaría Escrivá ser el director de la Casa del Consiliario, centro para la formación de los futuros consiliarios al servicio de la Acción Católica. Lo que sería una excepción, dice Crovetto, porque “Herrera decidió apoyarse, casi exclusivamente, en miembros de la ACdP para sacar adelante los proyectos de la ACE”, y además no lo conocería sino por referencias.
Es un tema que se conoce por haberlo contado Escrivá a Francisco Botella. Dice que, tras consultar a dos santos varones (no se sabe cuáles, pero serían los mismos que le aconsejan no seguir asistiendo a los círculos de estudios), lo rechaza.
Es una casa que tuvo importancia en la formación de sacerdotes escogidos como Vicente Enrique y Tarancón, Juan Hervás o Pedro Altabella.
Herrera no conocía a Escrivá, salvo por las referencias que tuviera de él.
Sobre este episodio, el autor cita varias fuentes a pie de página. Si acudimos a una ajena al Opus Dei, lo describe así: “A este efecto (el de la Casa de Consiliarios), entró en contacto por entonces con San Josemaría Escrivá de Balaguer para pedirle que le ayudase a preparar a este grupo, pero el sacerdote aragonés le manifestó que ya estaba comprometido con el desarrollo del Opus Dei” (Pablo Sánchez Garrido, Ángel Herrera: apóstol de la vida pública, Madrid, CEU, 2019, p. 48).
Este autor no cita a nadie, por lo que su información procede de autores prelaticios (Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, vol. 1, lo plantea también como un rechazo por su deseo de dedicarse a la Obra). Sin embargo, no dice que lo propusiera como director, sino que pidió su colaboración como profesor.
En relación con la veracidad de esta narración, Escrivá no utilizaba por entonces la expresión “Opus Dei”, por lo que no podría haber declinado la invitación por esa dedicación. Es un anacronismo común utilizar la expresión “Opus Dei” para esta época, cuando ni siquiera la empleaba Escrivá hasta después de la guerra civil.
Escribe José Luis González Gullón: “por otra parte, la expresión ‘Opus Dei’ fue utilizada por José María Escrivá después de la Guerra Civil española. En los años treinta empleó la expresión ‘la Obra de Dios’ o, sencillamente, ‘la Obra’. Por esta razón, solo mencionaremos al Opus Dei en contextos genéricos” (DYA, la Academia y Residencia en la historia del Opus Dei (1933-1939), Rialp, 2016, p. 9).
Este empleo da por supuesta la existencia de la asociación en ese momento anterior.
Como testimonio escrito, cuando solicita un oratorio en marzo de 1935 al obispado de Madrid, no se refiere al “Opus Dei” ni siquiera a obra alguna, sino a la Academia y a las “obras de celo” que realiza con los alumnos y residentes, y se presenta como director espiritual de la Academia-Residencia DYA. La petición se hace en nombre de los estudiantes y en el suyo propio (vid. El itinerario jurídico del Opus Dei, Rialp, varios autores, apéndice documental).
Fuera colaboración o dirección —falta el testimonio del otro interlocutor, Herrera—, lo cierto es que el padre Emilio Bellón, que era propagandista, figura como director de la Casa del Consiliario en 1934, tal y como recoge la noticia de su “inauguración” en El Debate del 16 de enero de ese año, aunque afirma que funcionaron “modestísimamente” el año precedente, aquel en que se lo habrían ofrecido a Escrivá.
Por otra parte, Josemaría Escrivá no explica nada de su Obra a Ángel Herrera Oria hasta el 18 de diciembre de 1934, fecha en la que, a invitación de JME, Herrera visita la Academia DYA. Ese día, Escrivá se explayó sobre la naturaleza del apostolado de la Obra.
Escrivá le pidió ayuda económica y Herrera le ofreció buscar un fiador que avalara los gastos (lo que concuerda con lo que se sabe sobre las dificultades económicas de DYA).
Posible invitación para asociarse a la Acción Católica
Tenía JME redactada una nota para la reunión con Ángel Herrera Oria en DYA, en la que explicaba las razones por las que no debía vincular su labor al CEU (Centro de Estudios Universitarios). Josemaría Escrivá anota, según los autores prelaticios: “no podemos vincular nuestra labor al CEU, a pesar de que somos admiradores de ese Centro, y de que tenemos la gran ilusión de ver salir de ahí la futura Universidad Católica. Y conste que de buena gana contribuyo personalmente al dirigir y formar el alma de algún profesor del Centro de Estudios Universitarios” (Crovetto, o.c., p. 144).
Los autores prelaticios afirman que Escrivá se refiere al “Opus Dei”, cuando JME no usaba ese nombre entonces: “se detuvo en explicar el motivo por el cual consideraba que el Opus Dei no podía vincularse al Centro de Estudios Universitarios (CEU)” (Crovetto, o.c.).
“Nuestra labor” se refiere a la labor apostólica de la academia DYA, con la que se identificaba entonces la Obra, y tiene sentido, como entidad docente, que pensara en una posible vinculación al CEU. Lo que no tiene sentido es que pensara que le iban a pedir la vinculación del “Opus Dei”, o mejor, de su Obra, al CEU.
También le explica que persiguen la misma idea de formar grupos selectos y le pide que le envíe jóvenes para su formación.
Crovetto no afirma que Herrera invitara a Escrivá a participar en la Acción Católica; incluso no le consta si llegó a leerle Escrivá las notas que tenía preparadas.
Según José Luis González Gullón, Herrera no habló sobre estos particulares durante su estancia en DYA y, por esta razón, José María Escrivá no necesitó echar mano de las cuartillas que había redactado por la mañana (o.c., p. 291; su fuente son las anotaciones de Escrivá).
No tendría Herrera razón para proponer ninguna vinculación de DYA al CEU, fundado en enero de 1933 por los propagandistas, que impartía clases preparatorias de los tres primeros años de Derecho a cargo de profesores universitarios, entre otras materias no jurídicas. El CEU, profusamente anunciado en «El Debate», tendría 200 alumnos solo en asignaturas de Derecho y también facilitaba la residencia, mientras que la Academia DYA, en su máxima expansión, podía tener sobre las dos decenas de alumnos e impartía tres o cuatro materias de ciencias, a cargo de miembros de la Obra y colaboradores, estudiantes de últimos cursos.
En 1934, DYA ni siquiera aparece en el Anuario industrial y artístico de España 1933-1934, Editorial Rivadeneyra (en Biblioteca Digital Hispánica), que relaciona en Madrid unas 400 academias. Se mantenía por donaciones personales, no por matrícula.
Parece que, como en otros muchos apuntes, Escrivá se había venido arriba.
Más plausible hubiera sido la asociación a la llamada “Casa del Estudiante”, también de los propagandistas, que era academia y centro de conferencias, e inspiró las clases de religión de la Academia DYA.
En cuanto a la asociación del apostolado que estaba haciendo en DYA a la Acción Católica —no al CEU—, las prevenciones de Josemaría Escrivá sí estarían fundadas, porque el objetivo de la Acción Católica era aunar a todos los católicos, y el propio papa Pío XI lo recomendó en la carta de junio de 1933 Dilectissima Nobis. En ella, tras relatar la política republicana anticristiana, invita a todos los católicos españoles a unirse a la Acción Católica: “de un modo especial invitamos a todos los fieles a que se unan en la Acción Católica, tantas veces por Nos recomendada”.
Si Escrivá explicó a Ángel Herrera Oria, presidente de la ACE, la labor apostólica que venía realizando, tendría que recordarle la carta de Pío XI, aunque no hayan encontrado constancia en sus apuntes.
Peter Berglar afirma que “Don Ángel Herrera le comentó que era necesario colaborar para el bien de la Iglesia; que su organización y la Obra tenían los mismos ideales, por lo que sería adecuado aliarse; los jóvenes de la Obra podrían encontrar un lugar entre los «propagandistas»” (El fundador del Opus Dei, p. 161).
En la Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra de Dios, datada en 1934, JME dice que ha tenido hasta tres propuestas de asociación.
En esta Instrucción, Escrivá parece contestar a Pío XI cuando deja constancia escrita de que nunca se uniría a la Acción Católica, aunque podría influir en ella: “Nunca seremos ningún organismo de la Acción Católica, y menos de la Acción Católica de una nación determinada, aunque necesariamente, con el tiempo, habremos de influir —y no poco— en la Acción Católica de cada país” (Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra de Dios, 1934, 19-III-1934).
En nota a pie de página, Álvaro del Portillo explica la razón por la cual la Obra no podía unirse a la Acción Católica: esta es de origen humano, mientras que la Obra es de origen divino, y por ello no podía ceder ni transigir en nada con la primera.
La Obra pretende diferenciarse de todas las organizaciones similares (Asociación Nacional de Propagandistas, las Congregaciones Marianas, la Institución Teresiana o también la Acción Católica, aunque solo cite expresamente esta última) por su origen divino, frente a la naturaleza humana del resto. Por ello rechaza cualquier unión, a pesar de las propuestas que recibe: “indudablemente muchas de esas organizaciones que han nacido ahora, como reacción natural de las almas nobles y cristianas ante la labor anticatólica de la revolución española —y aun otras organizaciones más antiguas, españolas y extranjeras—, a pesar de su fin sobrenatural, son empresas meramente humanas…”, “así se explica que nos hayan llegado a insinuar por tres veces, con tres organizaciones distintas, la unión, decían”, “pero la unión, la confusión diré mejor, que nos proponen, no es posible desde el momento en que nosotros no hacemos una obra humana, por ser nuestra empresa divina, y, como consecuencia, no está en nuestras manos ceder, cortar o variar nada de lo que al espíritu y organización de la Obra de Dios se refiera” (Instrucción citada y datada en 1934, aunque no escrita, al menos íntegramente, en ese año, pues contiene muchas afirmaciones que no son propias de la situación de la Obra entonces: Marcus Tank, “La supuesta sobrenaturalidad del Opus Dei: un comentario a la instrucción fechada el 19-3-1934”, OpusLibros, 15/07/2007).
El origen sobrenatural de la Obra es su escudo frente a cualquier intento de absorción o asociación, y constituye su rasgo diferencial frente a las organizaciones que competían por el mismo espacio apostólico, nacidas entre los hombres.
Diferencias de la Obra de Escrivá con la Acción Católica
No solo por su origen sobrenatural; con el tiempo se remarcan significativas diferencias con la Acción Católica, que gloso a partir de los documentos. Este comentario podría parecer improcedente, dada la distinta dimensión y enfoque de ambos, pero es el propio Josemaría Escrivá quien plantea la comparación cuando se plantea la asociación a la misma, que desecha por motivos sobrenaturales.
Hay una semejanza obvia: la Obra de Dios forma parte, en cierto modo, de una corriente de grupos eclesiales que pretende recristianizar el mundo secular y, con ello, las realidades políticas, económicas y sociales desde mediados del siglo XIX. La Acción Católica (AC) misma tiene precedentes en el siglo XIX. Otros movimientos católicos laicales comienzan en el XVIII. Y en 1905 Pío X reorganizó la Acción Católica en Italia.
Como consecuencia, ambas tienen como fin el apostolado seglar, en lo que JME se presenta como descubridor, aunque sus conceptos de lo que es apostolado difieran claramente. En la Instrucción datada en 1934 se afirma: “Antes de que nuestro Santo Padre el Papa Pío XI hablara —con gran consuelo de mi alma— del apostolado seglar, levantando con su voz como un soplo del Espíritu Santo oleadas de fervores, que han traído al mundo tantas y tan magníficas obras de celo, Jesús había inspirado su Obra”.
Refiere Escrivá a la encíclica Ubi Arcano (1922) de Pío XI, donde se exhorta a los fieles (“Exhortación a los fieles, misión de los seglares”) “para que trabajen en público y en privado porque se conozca y ame a Jesucristo, y es entonces cuando sobre todo merecen que se les llame linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista”.
Escrivá se sitúa en el origen del apostolado secular. Álvaro del Portillo justifica esta reivindicación de primacía por parte de Escrivá en sus barruntos de la Obra de 1917.
Los autores prelaticios profundizan en esta “buena nueva”, vinculando el apostolado de los laicos a la llamada universal a la santidad, que redescubre el propio Escrivá.
Lo cierto es que los primeros cristianos ya hacían apostolado en todos los estratos sociales.
Sobre el apostolado seglar se escribe mucho en el siglo XIX y se concreta en muchas obras de celo (como, por ejemplo, la propia ACdP en 1908), como narra Narciso Noguer en su obra en dos tomos de 1929 La Acción Católica. En la teoría y en la práctica. En España y en el extranjero, Ed. Razón y Fe, Madrid.
En las Normas de Acción Católica de 1910 del cardenal Aguirre se afirma:
(“Bases para la organización de la Acción Católica Española”, Enrique Reig y Casanova, arzobispo de Toledo, 31 de octubre de 1926, en Principios y Bases de reorganización de la Acción Católica española promulgadas por su Director Pontificio Emmo. y Rvdmo. Sr. D. Enrique Reig y Casanova, Ed. Católica Toledana, 1926, p. 111)
El padre Félix Sardá y Salvany publica en 1885 El apostolado seglar o Manual del propagandista católico, editado en Barcelona, que no es un “barrunto”, sino un volumen de 365 páginas, con las diversas formas y ámbitos de apostolado por los laicos. Y un libro muy reeditado, con el empleo de la expresión precisa de “apostolado seglar”.
Este mismo presbítero, prolífico autor apologético, es también autor del opúsculo, muy difundido en la época y bendecido por la Iglesia como doctrina correcta, El liberalismo es pecado, lo que se cita para mostrar que era un hombre de ideas completamente ortodoxas y tradicionales.
La diferencia fundamental de la Obra con la Acción Católica estriba en la subordinación de esta a la dirección de la jerarquía eclesiástica. Josemaría Escrivá aspira a un funcionamiento independiente de la jerarquía de la Iglesia, de las diócesis. Tiene su propia jerarquía.
(“Bases” de 1926, o.c., p. 111)
La Acción Católica actúa con publicidad, porque su fin es precisamente hacer visibles a los católicos en la vida social, económica y política; sus obras ostentan el nombre de católicas. En cambio, el secreto es la norma de conducta del Opus, para hacer eficaz su apostolado, así declarado en sus normas.
(“Normas de Acción Católica y Social en España, dadas por el Emmo. Cardenal Aguirre, arzobispo de Toledo, en 8 de enero de 1910”, en Principios y Bases de reorganización de la Acción Católica española…, o.c., p. 123 y ss.)
La Acción Católica promovió por sí misma la unión de los católicos en organizaciones sindicales, identificadas como católicas. Asimismo, promueve el voto en las elecciones a las opciones identificadas como católicas o no hostiles. Así, aunque el Reglamento de los propagandistas de 1913 afirma la libertad de afiliación política y de voto, señala que será “en la forma señalada en las normas de la Santa Sede a los católicos españoles”.
Pío X, con la carta Inter Catholicos Hispaniae de 1906, interviene en la polémica entre los integristas —que defendían no participar en las elecciones— y los partidarios de hacerlo, dando el voto a los católicos que velaran mejor por el interés de la religión y de la patria.
Durante la II República, Ángel Herrera Oria promueve Acción Nacional, núcleo de la CEDA, cuyo lema era “Religión, Patria, Orden, Familia, Trabajo”. En las elecciones de 1933, los propagandistas consiguen 30 escaños, básicamente en la CEDA. En la II República, el voto católico fue fundamental y se dirigió principalmente a opciones derechistas y conservadoras. La Iglesia promovió la unión de las derechas y pidió no votar por partidos que promovieran el divorcio, la educación laica o la disolución de las órdenes religiosas.
Como parte de ese rechazo a la Acción Católica, Josemaría Escrivá se muestra contrario a denominar como católicas realidades temporales y, tras la guerra, proclamará la libertad política de sus seguidores, lo que puede permitirle ocupar posiciones en distintos ámbitos, aunque Escrivá y Álvaro del Portillo dejaron claras sus simpatías por Franco y su régimen y recorrieron América en épocas poco democráticas.
El fin de la Acción Católica es “restaurarlo todo en Cristo” (lema del pontificado de Pío X), por lo que no hace acepción de personas y no se dirige solo a grupos determinados. “La Acción Católica es una acción universal y concorde de los fieles, sin distinción de edad, sexo, condición social, cultura ni de razas y partidos, a condición, empero, de que estos no repugnen a la doctrina evangélica y a la ley cristiana, ni lleven implícita en sus fautores la abdicación de esta ley y doctrina” (carta de Pío X a un cardenal, en Narciso Noguer, S. J., o.c., p. 132).
Josemaría Escrivá se propone “poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas”, lo que “se entiende en la práctica como conquistar y dominar para Dios todas las estructuras sociales: la cultura, la ciencia, la política, la economía, los lugares de poder fáctico”, según Marcus Tank (“Los métodos pastorales del Opus Dei”, OL, 20/11/2006). Como consecuencia, es muy selectiva respecto de su personal, al menos sobre el papel. Sí practica la acepción de personas.
Eso no significa que la Acción Católica descarte la conquista de puestos oficiales y cargos públicos como forma de cristianización. En este punto, ya en 1910, se propone ocupar estos cargos igual que JME, que no es nada original en este aspecto.
(“Principios y bases…” o.c.)
La diferencia estriba en la especialización y el enfoque apostólico. La Acción Católica aspira, entre otras muchas cosas, a ocupar con los suyos los puestos oficiales y los cargos públicos ya antes de 1910 (se adelanta varios decenios a Josemaría Escrivá). JME pretende que sus miembros se especialicen en ello: “los socios ejercitan ordinariamente el apostolado desde los cargos oficiales de la administración pública, cargos que han de servir siempre con lealtad ejemplar” (“Régimen” de la Pía Unión, marzo de 1941).
Propósito similar se contiene en las Constituciones del Opus Dei de 1950: “lo específico sea esforzarse con todo empeño en que la clase que se llama intelectual y aquella que, o bien en razón de la sabiduría por la que se distingue o bien por los cargos que ejerce, bien por la dignidad por la que se destaca, es directora de la sociedad civil, se adhiera a los preceptos de Nuestro Señor Jesucristo y los aplique” (art. 3.2).
En cuanto al enfoque, la Obra pretende hacer apostolado desde los cargos oficiales. La Acción Católica pretende imbuir de espíritu cristiano toda la sociedad desde esos cargos oficiales; es decir, hacer políticas cristianas.
Las normas de Escrivá son de 1941, y la ocupación de cargos oficiales y puestos públicos en una administración que está por hacer, purgada tras la guerra civil, se presenta como un objetivo plausible, al que aspiran todas las organizaciones de influencia. La Administración requería cuadros dirigentes. JME solo pone por escrito lo que ya está haciendo.
Por ejemplo, José María Albareda, miembro desde 1937, era secretario general del CSIC desde 1939, y el propio Escrivá, vocal del Consejo Nacional de Educación desde enero de 1941 (desde donde se propone hacer proselitismo). A Albareda le introdujo el propagandista y ministro de Educación y diputado en las Cortes republicanas José Ibáñez Martín, y probablemente el propio Albareda propuso a Escrivá como representante de los colegios privados en el Consejo Nacional de Educación.
Dentro de las familias del régimen, la ACNP fue la familia política católica que acaparó los cargos políticos más relevantes y daría paso a los tecnócratas del Opus Dei años después, aunque estos no se identificarían por su filiación religiosa.
La recristianización de la sociedad es un empeño del régimen nacionalcatólico franquista, y donde se hace más acuciante esta necesidad es entre las clases populares, como anota José Andrés Gallego: “En los primeros años de la posguerra, la labor recristianizadora sacó a la superficie precisamente esta realidad, más clara en las zonas suburbiales: en los 362 matrimonios canónicos que se celebraron en una barriada de Madrid entre 1939 y 1940, ochenta de cada cien contrayentes no sabían hacer la señal de la cruz, 76 ignoraban el padrenuestro y 92 eran incapaces de recitar el credo. Desde principios de siglo se venían denunciando situaciones de abandono de cientos de miles de almas en los suburbios de las grandes ciudades, con parroquias de decenas de miles de fieles teóricos, incapaces en realidad de recibir la doctrina o la atención más elemental” (La Iglesia en la España de Franco, en internet).
En esta labor recristianizadora destacó precisamente la Acción Católica, que llega a tener 500.000 miembros en 1955:
“El apostolado jerárquico, en especial la Acción Católica en sus diversas formas, fue uno de los logros más espectaculares de la reorganización. Ahí sí que se pasó del marasmo de la Guerra a una presencia pujante. En todas partes se formaron grupos de AC. En 1955 llegaba al medio millón de afiliados. En el campo, en las ciudades, en los colegios, en la universidad. Su labor figuraba siempre en las declaraciones triunfalistas del catolicismo español de posguerra. En el episcopado se partía de la base de que un avance en la labor de evangelización pasaba y se apoyaba en el desenvolvimiento de la Acción Católica. Y lo mismo pensaba el propio Franco, que había animado a acometer la empresa evangelizadora apoyándose en ella. No pocos discursos de Pío XII hablaron del desarrollo esperanzador de la AC española” (José Andrés Gallego, o.c., p. 160, en internet).
El Opus Dei, con unos 99 miembros en marzo de 1941, no parece haber participado de esa labor evangelizadora y recristianizadora de la población en general, centrándose en personas cristianas y practicantes. Su finalidad es hacer el Opus Dei, meta meramente corporativa: “Yo no tengo otro fin que el corporativo” (texto perteneciente al punto 2 del libro En diálogo con el Señor de Josemaría Escrivá, en el capítulo “1. Vivir para la gloria de Dios” —21 de noviembre de 1954—, en la web “Escrivá.org”).
Para Acción Católica el apostolado se vierte en una multitud de actividades: conferencias, prensa, sindicatos, juventudes, organizaciones agrarias, catequesis, orientación del voto. En cambio, para Escrivá el apostolado se centra fundamentalmente, en sus propias palabras, en las vocaciones, el proselitismo.
Palabras estas, las de “proselitismo” o “vocación”, que no se encuentran en las obras sobre la Acción Católica Española (ACE) o la ACdP. En esta última, al ingreso como aspirante desde los 20 años (tras un año se hacen socios), no precede una vocación entendida como llamada de Dios.
El cofundador de los propagandistas, el padre Ayala, llega a hablar de “vocación al apostolado”, sin connotaciones divinas.
En el índice general de materias de la obra en diez tomos Verbum Vitae. La palabra de Cristo, dirigida por Ángel Herrera Oria —conjunto de enseñanzas homiléticas siguiendo el calendario litúrgico—, no aparece la palabra “proselitismo”; sí, en cambio, y con numerosas referencias, “apostolado”.
Una digresión sobre la palabra “proselitismo”
Una digresión: “proselitismo”, en la época, era —igual que hoy— “celo por hacer prosélitos”, y “prosélito”, “persona incorporada a una religión” o “partidario que se gana para una facción, parcialidad o doctrina” (en el diccionario de 1914: “gentil, mahometano o sectario convertido a la religión católica” y “partidario que se gana para una facción, parcialidad o doctrina”).
El término “proselitismo” no es específicamente cristiano o católico. Es una palabra judía. Es curioso el libro Apostolado católico y proselitismo protestante. La Obra de Dios y la obra del hombre (traducido), de 1862, porque enfrenta el “apostolado” para el catolicismo al “proselitismo” para los protestantes, atendiendo a la etimología de una y otra palabra: uno, obra de Dios; el otro, del hombre:
Dice en la introducción:
“El hermoso nombre del apóstol fue consagrado por los propios labios del divino Redentor cuando, como relata San Lucas, tras pasar la noche en la montaña rezando, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a quienes dio el nombre de apóstoles. Así, ese nombre, que según su significado natural denota un enviado o legado para anunciar y tratar algún gran asunto de boca en boca, fue consagrado por Cristo. Tal es el origen divino del nombre y de lo que significa el apostolado católico propio de esa única Iglesia de Jesucristo, que es una, santa, católica y apostólica.
De este apostolado católico empezamos a hablar, mirándolo por separado en su totalidad y en oposición a ese falso apostolado que, sin misión, se arrogan a sí mismas las sectas divididas por la Iglesia, y que llamamos proselitismo, ya que es perfectamente correcto distinguir incluso del nombre tales cosas opuestas.
Esta palabra deriva de los Proselytes, un nombre que en sí mismo no significa más que recientemente añadido, pero que suele tomar un papel malo, aunque originalmente lo tenía y también puede tener sentido común. Los judíos llamaban a los prosélitos aquellos que se les acercaban por una superstición amable, que estaban obligados a observar la ley, pero no gozaban del nombre de hijos de Israel ni de sus privilegios. Y se utilizan principalmente en los cargos más bajos, serviles y laboriosos. Estos, como si acabaran de venir y se acercaran al pueblo de Dios, se llamaban a sí mismos prosélitos, recogidos de varios lugares de las Escrituras divinas (f)v, o también llamados advena o peregrini”.
Seguramente, Josemaría Escrivá no conocería este libro en el que se asimila “apostolado” a los católicos y “proselitismo” a los protestantes y se señala su origen judío.
En el Nuevo Testamento el “prosélito” se relaciona con los judíos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito y, una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros” (Mateo 23,13). “Los Simonianos, y los Prosélitos del Judaysmo intentáron después pervertir á estos fieles, y viciarlos, sembrando doctrinas erróneas y perjudiciales” (Carta a los colosenses).
La palabra “proselitismo” se emplea muy mayoritariamente en la época de Josemaría Escrivá (siguiendo la prensa histórica y libros de la época) en el contexto de obras humanas o religiosas no católicas y con significado peyorativo:
- “el proselitismo expansiona a la Iglesia católica” (frente a los marxistas)
- “se lanzaron a una labor de proselitismo con el fin de aumentar sus
efectivos” (los sindicatos)
- “combaten con un mismo espíritu de proselitismo, con la misma enemiga
mal encubierta a la Iglesia Católica” (Institución Libre de Enseñanza)
- “el Sumo Pontífice, en su Encíclica sobre el Comunismo ateo, habla
expresa y largamente de la mala semilla que se ha propagado con un proselitismo digno de mejor causa”
- “esta es la labor de proselitismo que Inda está realizando en contra de
Largo” (Prieto y Caballero)
- “el «Contrato Social» de Rousseau y «El Capital» de Carlos Marx han
originado con su funesto proselitismo gran parte de los males…”
- “y para conseguir que cese rotundamente ese estado de cosas, revelador
de un afán de proselitismo opuesto al espíritu y entusiasmo de la España Nacional” (prohibición sindicatos de maestros)
- “y a despecho de las continuas embestidas que no ha cesado de sufrir de
parte del proselitismo protestante”
- “la esterilidad del proselitismo protestante”
- “que una secta haga servir su limosna para reclutar prosélitos al error”
(Félix Sardá y Salvany, o.c.)
Los contextos del término “proselitismo”, ya en la época de Escrivá, muestran
que es un término con un significado negativo. Escrivá debe saberlo y emplea la
palabra porque no encuentra otra para designar la captación de socios y quiere
ser preciso en la expresión de su voluntad.
Más adelante, captar prosélitos adquiere connotaciones aún más negativas por los métodos de captación de las sectas coercitivas.
Acuciado por las palabras de Benedicto XVI y Francisco sobre el empleo del término “proselitismo”, el Opus Dei lo ha aparcado, que no su significado, y se ha visto obligado a introducir una aclaración a los puntos de Camino que tratan del proselitismo:
“Muchos autores espirituales, y entre ellos san Josemaría, han empleado el término ‘proselitismo’ en ese sentido, como sinónimo de apostolado o evangelización: una labor que se caracteriza, entre otras cosas, por un profundo respeto de la libertad, en contraste con la acepción negativa que este vocablo ha tomado en los últimos años del siglo XX. En el surco de esa tradición, san Josemaría utiliza aquí la palabra ‘proselitismo’ con el significado de propuesta o invitación con la que los cristianos comparten la llamada de Jesucristo con sus compañeros y amigos, y abren ante ellos el horizonte de su Amor” (Escrivá.org).
Ahora aconsejan circunloquios, ante la ausencia de sinónimos sin connotaciones significativas, como “plantear la llamada, ayudar a descubrir el camino que Dios quiere para cada uno, invitar a plantearse la propia vocación, discernimiento vocacional, apostolado vocacional, despertar el sentido de misión, etc.” (Stoner, “Sobre el proselitismo”, OpusLibros, 13/07/2017), a las que subyace el mismo significado, pero no suenan tan mal.
No cuela: la palabra “proselitismo”, o su idea, se emplea normativamente en las Instrucciones sobre el modo de hacer proselitismo (1934) y en Camino, con el significado del diccionario, esto es, captación de prosélitos, y no apostolado o evangelización. Es captación de prosélitos, como lo definió el propio Josemaría Escrivá en 1932: el apostolado de Cristo es captar vocaciones.
JME no emplea el término “proselitismo” como sinónimo de apostolado o evangelización. Basta releer los puntos de Camino agrupados bajo el epígrafe “proselitismo”: no tratan de la difusión de la doctrina cristiana, de hacer apostolado, sino de captación de prosélitos. “Proselitismo” tiene un capítulo entero en Camino, y “apostolado”, otro diferente.
El fin de los propagandistas es la difusión de las ideas católicas en el orden político y social, la publicidad informada del espíritu cristiano, mediante las prácticas de piedad y el criterio sobrenatural del propagandista. Tiene interés conocer estas para apreciar similitudes y diferencias con la Obra de Josemaría Escrivá. Y también ver que había cristianos laicos con un plan de vida similar al propuesto por Escrivá y que no formaban parte de su obra. También los había que usaban “cilicio” y “disciplinas” y no eran frailes.
José Luis Gutiérrez García, o.c., p. 73:
El Reglamento de los propagandistas de 1913 da cuenta de sus “deberes religiosos”:
“Artículo 15º. Todos los socios están obligados a comulgar en corporación los primeros viernes de mes. Comulgarán además cada vez que el centro local celebre algún mitin o conferencia. Los conferenciantes rezarán el santo Rosario antes de celebrarse los actos.
Artículo 16º. Todos los años harán los socios los Ejercicios Espirituales de San Ignacio”
Los deberes religiosos obligatorios, como corporación, distan mucho de la Obra de Dios (sin embargo, los incumplimientos se sancionaban). Luego, cada propagandista tenía sus normas de piedad, que podían no diferenciarse mucho de las de la Obra de Escrivá. No existía, por lo que se ve, un menú espiritual igual e inamovible para todos.
De Ángel Herrera Oria se dice que tenía una intensa vida espiritual, pero la conservó para su intimidad.
Manuel Aparici Navarro ingresó en la ACdP en 1929 y fue presidente de la Juventud de Acción Católica de 1934 a 1941, período en el que pasó de 20.000 a 100.000 miembros. Formaba parte de la Sección de Piedad de las Juventudes. Sacerdote desde 1947 y consiliario general de la Juventud Católica, actualmente es Venerable y está en proceso de canonización.
De su “Diario espiritual” (publicado en mayo de 2005 por la “Asociación peregrinos de la Iglesia”, disponible en internet) destacamos su semejanza vital con los planteamientos de Escrivá para sus seguidores: plan de vida, cilicio, disciplinas, jaculatorias, mortificaciones pequeñas, examen de su cumplimiento, cuantificación.
En el diario se refleja su preocupación por cumplir con el plan de vida autorizado por su director espiritual.
Aparici, laico todavía, en mayo de 1930 da cuenta de un plan de vida todavía corto, que irá incrementando, pero que ya comprende:
Como presidente de las Juventudes de Acción Católica y ya decidido al sacerdocio, su PLAN DE VIDA (así, con mayúsculas, lo llama) es el siguiente:
Dentro de su vida de piedad, Aparici era seguidor de la mortificación corporal; las alusiones al cilicio y a las disciplinas son constantes en el año 1937. La diferencia es que el cilicio lo portaba todo el día o durante muchas más horas. Llevaba el cómputo, así como el de los actos de presencia de Dios, pequeñas mortificaciones y jaculatorias:
Desde todas las diferencias anteriores, es difícil entender que Josemaría Escrivá pretendiera “formar una Asociación al estilo de los Propagandistas de Herrera”, aunque eso lo escribe en octubre de 1932 y probablemente no tenía entonces enteramente perfilada la Obra; por ello, la “visión” que tuvo en 1928 no fue tan completa y tuvo un desarrollo paulatino, con muchas nuevas iluminaciones.
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| current | 12:34, 15 April 2026 | (1.18 MB) | Bruno (talk | contribs) | |
| 07:21, 7 April 2026 | (1.38 MB) | Bruno (talk | contribs) | {{Abstract|'''Tesis''': La relación de Josemaría Escrivá con los propagandistas muestra que la Obra no surge como una intuición cerrada ni original en sus elementos, sino en continuidad con corrientes apostólicas ya existentes. Su diferencia radica en el enfoque: frente al apostolado público y general de la Acción Católica, adopta un modelo selectivo centrado en la captación de vocaciones y en la influencia desde ámbitos dirigentes. En este marco, el uso del término “proselitismo” responde a... |
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