Carta a León XIV tras la encíclica Magnifica Humanitas
Por UBIVULT, 15 de septiembre 2026
Santísimo Padre,
A lo largo de su reciente encíclica “Magnifica Humanitas”, no deja de insistir en la dignidad intrínseca, ontológica, de la persona humana que, como dice usted, “pertenece a cada ser humano por el simple hecho de que existe, de que ha sido querido, creado y amado por Dios”.
Usted sigue denunciando firmemente las diversas formas de instrumentalización de la persona humana, reduciéndola a “un medio para obtener resultados, a un recurso que utilizar o explotar, y ya no se la reconoce como un fin en sí misma, jamás instrumentalizable”.
En la misma línea recuerda que “la Iglesia renueva su firme condena de toda forma de esclavitud, trata y mercantilización de las personas” y que “la trata debe ser reconocida como una forma contemporánea de esclavitud y como un grave atentado contra la dignidad humana”.
Por eso hace un llamado a la vigilancia, instruidos por los errores del pasado, para que lo aprendido se traduzca en discernimiento y responsabilidad en el presente. Añade: “nos corresponde hoy ser directos y firmes en la denuncia de la trata bajo sus múltiples formas y apoyar […] caminos concretos de prevención, protección, liberación y rehabilitación”.
Por último, no duda en subrayar que la Iglesia debe, también ella - ¡y quizás primero! - realizar su propio examen de conciencia a la luz de las enseñanzas de su Doctrina social. Escribe en efecto: “Vivir la justicia en la Iglesia significa sanear las relaciones y las estructuras eclesiales de esas distorsiones que engendran desigualdades, opacidad y abusos de poder. A este respecto, la escucha de las víctimas de abusos espirituales, económicos, institucionales, sexuales, de poder y de conciencia forma parte integrante de un proceso de justicia que comprende el reconocimiento del daño, la justa reparación y la prevención”.
Apoyándome en su determinación de proteger la dignidad de la persona frente a las nuevas formas de esclavitud y de instrumentalización, he querido llamar su atención sobre una realidad dolorosa que muchas personas viven - o han vivido - a causa de sus vínculos y pertenencia al Opus De i: son miles de personas, numerarios o supernumerarios, sacerdotes o laicos, hombres y mujeres, niños y adolescentes, que han sufrido violaciones flagrantes de sus derechos más fundamentales cuando no del respeto elemental debido a su dignidad humana.
En efecto, el aspecto más crítico de la praxis del Opus Dei radica en que la persona humana nunca es considerada en sí misma, como un fin en sí: lejos de las enseñanzas del concilio Vaticano II que, en su Constitución pastoral “Gaudium et spes”, recuerda que “toda institución está llamada a servir a la persona humana y su dignidad”, el Opus Dei tiende, por el contrario, a considerar a sus miembros como simples “engranajes” al servicio de la propia institución para asegurar su perennidad; poco le importa la suerte de cada uno : el miembro de la Obra tiene como única razón de ser servir a las finalidades y objetivos de la Prelatura sin la menor consideración por su persona.
Por eso, el Opus Dei se empeña en exigir a sus miembros que abandonen todo juicio personal (“rendir el juicio”) para no escuchar más que la voz de los Directores : se dice que estos últimos pueden – obviamente – equivocarse, mientras que, en cambio, quien obedece nunca se equivoca.
Una práctica tal tiene como efecto impedir todo ejercicio de discernimiento personal para remitirse de forma incondicional a las indicaciones de los Directores ; ocurre entonces que el acceso a la conciencia personal se ve progresivamente obstaculizado e incluso prohibido. Pero ¿qué queda de la persona humana y de su dignidad cuando su santuario más íntimo, el de su conciencia personal, se ve así condenado? Es precisamente ahí donde se juega la sinergia del discernimiento de cada uno con las inspiraciones del Espíritu Santo ; es también ahí donde maduran las orientaciones mayores de una existencia como las decisiones que orientan las acciones de cada día.
Pero en el Opus Dei, plantear ciertas preguntas, dar muestras de espíritu crítico - incluso positivo - pasa por ser una muestra de “mal espíritu”, una falta de sentido sobrenatural, una manifestación de orgullo o incluso una sugestión del Maligno. Quien se lo permite es inmediatamente llamado al orden mediante una “corrección fraterna” y conminado a enmendarse. Así llega, poco a poco, a desconfiar, incluso de lo que su conciencia le inspira o le dicta.
Todo pensamiento personal tiende entonces a desaparecer en favor de múltiples criterios a los que referirse, criterios por supuesto dictados por las instancias superiores de la Prelatura; en caso de duda, se aconseja “consultar” a su Director para asegurarse de la exactitud de sus elecciones. Nada de extraño, en estas condiciones, que muchas personas que han dejado el Opus Dei se encuentren desamparadas a la hora de tomar decisiones, incluso frente a las realidades más triviales de su vida cotidiana.
No se puede concebir un camino espiritual que prescinda del indispensable ejercicio del discernimiento personal. Tal es, sin embargo, la forma de proceder del Opus Dei: los testimonios de exmiembros abundan sobre las presiones que sufrieron, convencidos por tal o cual Director, sacerdote y/o laico – ¡y a menudo ambos! – de que tenían vocación de santificarse dentro de la Obra. Muchos de ellos admiten haber solicitado la admisión, sin estar en absoluto convencidos de la llamada que se les presentaba como una “evidencia”. También conviene mencionar la influencia, a veces más insidiosa, del entorno familiar ya afín a la institución.
Pero ¿cómo no iban a ser presas fáciles los niños de 14, 15 o 16 años frente al proselitismo agresivo del Opus Dei, jugando con el idealismo de la juventud y las ganas de comprometerse por una noble causa al servicio de Dios y de las almas? Nada de extraño que la Obra haga de los adolescentes su objetivo privilegiado o erija escuelas sin número como viveros de reclutamiento infantil.
Es más, el tiempo de discernimiento que sigue a la solicitud de incorporación – como ocurre en la mayoría, si no en todas las estructuras eclesiales – pertenece aquí únicamente a las instancias dirigentes de la Prelatura; no se le permite al aspirante apreciar en conciencia, por sí mismo, la justeza de su compromiso y menos aún dar “marcha atrás”, lo cual es estigmatizado como una “traición a su compromiso”, una forma de “salirse de la barca” de Cristo y de arriesgar la condena eterna…
En cambio, el Opus Dei no dudará en expulsar sin consideración a toda persona que juzgue no apta para continuar su camino, ya sea - por ejemplo - por razones financieras, de salud o de “mal espíritu”: más de uno al que se le había asegurado una vocación que no admitía duda se ha encontrado echado a la calle, desprovisto de todo medio y considerado como un auténtico paria al que incluso había que evitar saludar si por casualidad uno se lo cruzaba por la calle.
¿Se puede concebir una instrumentalización más perversa de la persona humana, jugando con las aspiraciones espirituales de personas sinceras y deseosas de hacer el bien en servicio de Dios y de las almas?
Esto no es, sin embargo, más que uno de los muchos aspectos criticables en la praxis del Opus Dei: habría que mencionar además la confusión estructural de los fueros interno y externo, la violación del secreto de confesión, las malversaciones financieras, la explotación de jóvenes para los servicios de intendencia de los centros de la Obra, la medicación forzada, la crítica apenas velada de diversas enseñanzas de la Iglesia (sobre la sinodalidad, por ejemplo), etc.
Lo habrá entendido, Santísimo Padre : las prácticas del Opus Dei constituyen una agresión caracterizada contra toda forma de conciencia personal; impone un verdadero corsé psíquico que se convierte en una prisión interior con barrotes invisibles. Esto explica que algunos miembros pasen diez, veinte, treinta años y más dentro de esta institución antes de tomar conciencia de la esclavitud a la que el Opus Dei los ha reducido… Son tantas vidas sacrificadas, a veces con gran sufrimiento (malestar, depresiones y suicidios son moneda corriente en las filas de la Obra) para que viva una institución, convencida de haber sido suscitada para “salvar a la Iglesia”; por ello, no hace ningún caso de sus miembros, no teniendo consideración más que para aquellos que sirven a sus intereses financieros, económicos, de imagen y de influencia: por eso no dudo en hablar, a este respecto, de estructura de pecado.
Sabemos que en la actualidad los nuevos estatutos del Opus Dei siguen en estudio. Por eso me ha parecido necesario hacerle llegar esa información: arroja sobre el Opus Dei una luz cruda pero que confirman miles de testimonios recogidos en las redes sociales o en diversos sitios, como OPUSLIBROS.
Su predecesor, el Papa Francisco, deseaba preservar el carisma del Opus Dei al mismo tiempo que cuestionaba su estructura jerárquica, vertical y controladora, así como su aspiración a formar parte integrante de la estructura eclesial, al igual que una diócesis: eran medidas indispensables que limitarían así el poder de daño de la Obra.
Hoy me atrevo a esperar que tendrá a bien, conforme a las recomendaciones recogidas en su encíclica, velar con una benevolencia del todo paternal para que se ponga fin a los abusos que he denunciado en la presente carta y que se aporten las reparaciones que se imponen a quienes han sido o siguen siendo víctimas de ellos.
En esta esperanza, le pido su bendición y quiero asegurarle, Santísimo Padre, de mi afecto filial y de mi fidelidad.