Anatomía de una vocación

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Por Dori GM, 13/02/2026

Un paso adelante

Mi decisión de dejar la Obra no fue fruto de una rabieta, de ansiedad prolongada, de verme inútil, aburrida o frustrada. Sino que llegó de forma serena después de diferentes momentos de reflexión, después de muchos años (43) de luchar por vivir de acuerdo con un espíritu que pensé era el adecuado para encauzar esos sentimientos de hacer el bien a mi alrededor, en este mundo, con las personas con las que convivía y manteniendo una conversación continua con Jesús.


Mi salida no fue traumática, tuve conversaciones con diferentes personas de la obra: de la delegación, de la asesoría, del centro, con las personas que hacían la charla conmigo y con la persona que escuchaba mi charla. No hablé ni con el sacerdote del Centro ni con ningún vicario. Me despedí de muchas personas por WhatsApp y con alguna antigua amiga tuve una larga conversación. Prácticamente la mayoría de las personas respetaron mi decisión e incluso en algún caso me dieron la razón, menos con la persona de asesoría que no entendió nada y a la que tuve que recordar en tres ocasiones que la Obra no es Dios y que mi compromiso siempre ha sido con ÉL (con Cristo).


Se puede decir que mi salida, de hecho, se produjo el 8 de junio de 2025 (hace casi 8 meses) día en el que había quedado con la secretaria de la asesoría, quien me confirmó que la carta de solicitud de dispensa estaba ya en Asesoría. Ese día además tuve a mi padre muy presente, pues falleció precisamente un 8 de junio de 2019.


La razón principal por la que he empezado a escribir después de ocho meses y después de muchos intentos, fue la noticia del fallecimiento de Guillermina. Enseguida me vino a la memoria sus comentarios en los diferentes coloquios de Ágora entre los que afirmaba que ella vivía con autenticidad su vocación, que quienes se equivocaban eran una serie de personas que practicaban una doble moral o simplemente que vivían una supuesta vocación vivida de manera muy superficial. Por tanto, ella se quedaba porque estaba convencida de estar viviendo su vocación con autenticidad.


Yo viví algo muy parecido a Guillermina, no como numeraria sino como agregada, con las peculiaridades que eso conlleva, pero a diferencia de ella y probablemente de muchas personas que aún permanecen en la Obra a pesar de que puedan no estar de acuerdo con muchas cosas, decidí marcharme ya que por una parte no quería ser cómplice de una institución en la que se ha demostrado la existencia de abusos de poder, económicos y laborales encubiertos durante años y no aceptados en la actualidad y por otra parte el hecho de que mi salud se habría resentido de quedarme para intentar remediar algo.


Me llamo Dori y poco a poco, si os parece bien, iré narrando en cortos relatos cuales fueron aquellos aspectos que chirriaron en mi interior y que fui guardando en busca de una explicación razonable. Cuando empecé a poner todo en su sitio llegó el momento de abandonar.


Probablemente mis experiencias sean muy parecidas a la de muchos otros y a lo mejor no aporto nada nuevo a lo que ya se sabe, pero si mi conjunto de relatos sirve para apoyar moralmente a alguien, me doy por satisfecha.

Pasos seguros hacia un final

Mi siguiente relato se centra fundamentalmente en cómo empezó a fraguarse mi salida del Opus Dei. Fue el momento decisivo, ese instante en el que comienzas a tener la certeza de que tienes razones suficientes para decir: esto no funciona, esto no es lo que yo quería, esto definitivamente puede hacerme daño… adiós.

Estamos en el año 2022 y, por fin, me tocó hacer el curso anual. Dentro del plan de formación de un miembro del Opus Dei está previsto un periodo —que varía según la disponibilidad de cada persona— en el que se imparten estudios de teología, moral, filosofía y espíritu propio del Opus Dei...


Ese año me correspondió hacerlo en Almanzor (Portugal). Siempre había querido ir allí porque, entre otras razones, estaba más cerca de donde vivía, Mérida, que otros lugares donde me había tocado anteriormente. La estancia me resultó bastante agradable y me encantaría explicar por qué, pero no quiero alargarme ni desviarme del hilo principal y lo dejo para otro relato.

Entre las actividades del curso estaban las clases del sacerdote: moral, doctrina, filosofía… Un día decidió dejar el plan previsto para explicarnos qué era eso del “Motu Proprio”. Se trataba de la carta apostólica en forma de motu proprio del sumo pontífice Francisco, Ad Charisma Tuendum, firmada el 14 de julio y difundida por la Oficina de Prensa de la Santa Sede el 22 de julio.

Aquella sesión fue una explosión de sentimientos y emociones. Por primera vez se rompía la monotonía, el orden establecido. Se creó expectación. En la mente y el corazón de todas latía una misma pregunta: ¿Qué está pasando? En el horizonte parecía haber señales de cambio.

Pero aquel momento casi idílico perdió pronto su encanto. La explicación fue pobre en aclaraciones y cargada de una visión conspiratoria por parte del sacerdote. La situación empeoró cuando, atrapado en un laberinto del que parecía no poder salir, nos pidió que diéramos nuestra opinión. Se produjo un pequeño alboroto contenido, con intervenciones de todo tipo, aunque con un denominador común: “el papa Francisco no nos quiere”, “no entiende la Obra”, “es un enemigo”, “Dios nos está poniendo a prueba”, “esto es señal de predilección”… Incluso hubo quien habló de anticristos y demonios. ¡Madre mía, la que se lió!

Todo aquello me produjo un malestar enorme. Yo pensaba —y sigo pensando— que las enseñanzas del papa Francisco supusieron un avance para la Iglesia, que ya desarrollaré lo que pienso en otra ocasión. Destaco, sin embargo, su valentía al proponer un cristianismo más humano y comprometido; su intento de evitar una curia cuya meta fuera simplemente un puesto en el Vaticano; y, por supuesto, su lucha por erradicar el abuso de poder, de conciencia y sexual por parte de personas que se presentaban como representantes de la Iglesia.

Levanté la mano y expresé lo que pensaba. Dije que yo estaba tranquila porque estaba convencida de que el papa Francisco nunca querría hacer daño a la Obra. Añadí que en “casa” los cargos siempre son cargas y que, además, se renuevan con frecuencia, por lo que no debería haber peligro de caer en una rutina vacía o en una mentalidad funcionarial cuya meta fuera escalar puestos en el Vaticano.

Se hizo el silencio. No hubo más intervenciones. Y la reunión terminó.

Regresé unos días antes de lo previsto porque había fallecido el padre de una amiga —que además es agregada— y quería acompañarla. También mi madre, que vivía sola, se había caído la semana anterior. Antes de marcharme mantuve una breve conversación con un grupo de valencianas que me advirtieron de que las cosas se estaban poniendo difíciles para la gente mayor. Me aconsejaron que procurara tener ingresos propios que, sumados a mi pensión, me permitieran no depender de nadie.

Hice el viaje de vuelta a Mérida rumiando todo lo vivido. Al llegar decidí prestar más atención a los comentarios que circulaban sobre los estatutos, los cambios, el Opus Dei y el papa Francisco. Y en medio de todo eso apareció otra noticia: cuarenta y tres numerarias auxiliares habían denunciado al Opus Dei por abusos laborales, económicos, de poder y de conciencia.

La noticia me inquietó, pero no me sorprendió. Durante una temporada habían ido llegando informaciones de numerarias auxiliares que regresaban con sus familias: unas por enfermedad, otras para cuidar a sus padres, otras porque habían dejado de ser de la Obra y otras por falta de medios económicos. Mérida es una población pequeña, a pesar de su importancia, y todo se sabe. Sin embargo, en nuestra pequeña fortaleza —el centro donde teníamos las actividades— no se decía nada. Se eludía cualquier explicación.

A todo esto se sumaba la sensación de encerrona en la que yo misma me encontraba. La mentalidad clásica de la Obra no admitía que una mujer soltera tuviera aspiraciones intelectuales ni que se moviera con naturalidad en determinados ambientes. Se me veía más en un acto cultural, filosófico o deportivo que en el decenario de la mártir Santa Eulalia.


A todo esto se sumaba la sensación de encerrona en la que yo misma me encontraba. La mentalidad clásica de la Obra no admitía que una mujer soltera tuviera aspiraciones intelectuales ni que se moviera con naturalidad en determinados ambientes. Se me veía más en un acto cultural, filosófico o deportivo que en el decenario de la mártir Santa Eulalia.Y entonces lo pensé con claridad: de aquí hay que salir… ¡me ahogo!

En busca de una explicación

Estaba claro que allí no podía continuar. Así que, llevada por un impulso interior y en conciencia, empecé a tomar decisiones.

En primer lugar, vender mi piso y venirme a Madrid. En segundo lugar, ofrecerle a mi madre la posibilidad de vender su casa y trasladarse conmigo —después de consultarlo con todos mis hermanos, claro está—. Mi madre aceptó y me puse en marcha. Ni que decir tiene que fue un año agotador, aunque todo se lleva mejor cuando en el corazón hay un halo de ilusión...

Fue agotador porque una mudanza, como todos sabéis, es dura. Aunque vendí mi piso muy pronto, el papeleo y los procesos legales siempre generan tensión. Después vino el traslado a casa de mi madre y, más tarde, los trámites de la venta de su vivienda, que fueron todavía más largos. A todo esto hay que añadir que yo seguía trabajando. Era mi último año, pues me jubilaba —con gran alegría y satisfacción— el 15 de septiembre de ese mismo año.

Paralelamente se sucedían todo tipo de despedidas: las que duelen porque ha habido una amistad sincera; las que te reprochan cosas, como el comentario de una supernumeraria: «Pero, Dori, ahora que te jubilas y nos puedes atender mejor, vas y nos dejas»; las que te animan a irte porque te entienden, te conocen y te quieren… Y luego están las despedidas institucionales, cuando te dicen: «La dele te invita a comer».

No sé qué pensaríais vosotros, pero mi primer sentimiento fue de rechazo. Tuve la sensación del “hippy” al que invitan a palacio para amenizar la monotonía reinante, con la expectación de que algo te van a decir.

Así que me puse en camino hacia Sevilla, sede de la delegación, con la directora de mi centro como copiloto, que accedió a acompañarme, aunque sin mucha ilusión, la verdad. La velada transcurrió entre saludos y comentarios, todo con una aparente naturalidad. Pero, en la tertulia posterior a la comida, llegó un interrogatorio en el que se me hicieron todo tipo de preguntas: sobre mis amigas, mi familia, mi trabajo, mis proyectos… Yo contesté con toda sinceridad.

Hubo fotos, besos, abrazos, comentarios en privado y una conversación con la procuradora —la persona que se encarga de los asuntos económicos en la delegación— que merece la pena destacar.

En esa conversación, que inicié yo misma, le comenté que, ya que me trasladaba a Madrid, renovaría allí mi testamento. Ella me respondió inmediatamente que sería mejor hacerlo en Sevilla antes de irme. Debo añadir que ya me habían insistido en tres ocasiones distintas para que renovara el testamento a favor de la Fundación Altum, cosa que finalmente no hice.

Tras aquella conversación asentí exteriormente, pero interiormente no tenía ninguna intención de modificar el testamento en Sevilla. Es más, pensaba hacerlo en Madrid y, aunque seguía siendo de la Obra, ya me rondaba la idea de cambiarlo a favor de mi familia.

La verdad es que tanta insistencia en ese asunto me hizo ver con mayor claridad que existía un interés especial por el dinero. Era raro asistir a una convivencia —ya fuera por ser celadora, por ser agregada, por llevar un club juvenil o por cuidar a agregadas mayores— y que no se hablara de cómo se distribuía el dinero procedente de distintas fuentes: supernumerarias, numerarias, numerarias auxiliares y agregadas, con sus porcentajes correspondientes.

Podría hablar más sobre este tema, pero prefiero completarlo en mi siguiente relato, continuación de este, donde contaré mi llegada a Madrid en busca de una explicación… y cómo no la encontré.

Podría hablar más sobre este tema, pero prefiero completarlo en mi siguiente relato, continuación de este, donde contaré mi llegada a Madrid en busca de una explicación… y cómo no la encontré. Por cierto, el viaje de vuelta de la delegación fue mucho más relajado. No recuerdo mucho de la conversación que mantuvimos la directora y yo, pero sí que ambas coincidimos en la poca gracia que nos hacía ir allí. Esa noche dormí feliz: había superado un paso importante y en el horizonte se vislumbraba algo bueno. Había ilusión.

Y llegamos a Madrid en agosto de 2023. Los primeros meses pasaron muy rápido entre desembalar, colocar y comprar muebles, los encuentros familiares y la adaptación al ritmo madrileño. Paralelamente a lo anterior, pero con más calma, fui a conocer el Centro de la Obra que me habían asignado, dado que era el más cercano a donde vivía.

Hablé con la directora durante bastante tiempo, ya que tenía que ponerla al día no solo de mis experiencias, de mis luchas y de mis actividades, sino sobre todo de las razones que me habían empujado a venirme. De esa conversación salió mi encargo: un grupo de supernumerarias jóvenes y los horarios de los diferentes medios de formación, así como el nombre del sacerdote…

En la primera actividad que tuvimos —un círculo— ya conocí a las agregadas, a las que acogí con mucha ilusión. A muchas las conocía de mis primeras andanzas por Madrid antes de irme a Extremadura. Me recibieron con mucho cariño y las preguntas se sucedían una detrás de otra sin que pudiera contestar con tranquilidad. Sin embargo, no pasó ni una semana cuando ya me di cuenta de cuál era la realidad de aquel centro.

El sacerdote, además de venir a atendernos, prestaba sus servicios en una labor personal (Fuenllana) y en una parroquia también cercana. En las confesiones se percibía su estrés y dispersión; no me sentía suficientemente escuchada, por lo que decidí distanciar las confesiones o confesarme con otros sacerdotes. Este hecho era algo generalizado, pues me llegaban por distintos canales las manifestaciones de muchas otras personas. Así que nunca conoció verdaderamente lo que me inquietaba a nivel de cabeza y corazón.

Además de lo anterior, me impactó mucho el contraste entre el Centro de Mérida, en el que las agregadas estaban prácticamente todos los días allí, y el nuevo, donde las agregadas llegaban con prisa (incluso alguna jubilada) y se iban más rápido todavía. Con lo cual el centro estaba vacío prácticamente toda la semana, menos los fines de semana, que las numerarias harían otro tipo de tareas, supongo.

Bueno, en realidad el centro no estaba vacío del todo, ya que por las tardes había muchos círculos de todo tipo… Ese centro acogía a toda la zona sur de Madrid, que es de las más pobladas. Así que el vacío de agregadas y numerarias era llenado por supernumerarias de Getafe, Leganés, Fuenlabrada, Arroyomolinos, Villaviciosa, Alcorcón, Móstoles… y alguna zona más que se me escapa. El centro, además, vivía —y vive— por y para Fuenllana.

El tema de Fuenllana y todo lo referente a las labores personales me toca muy directamente, por lo que merece un relato que haré más adelante.

Como comentaba en la primera parte de este testimonio, yo vine a Madrid, entre otras razones, en busca de una explicación, y parecía que ese momento iba a llegar, ya que a lo largo del periodo que va desde diciembre de 2023 a diciembre de 2024 se sucedieron muchos encuentros: convivencias, asambleas y reuniones de trabajo, e incluso una participación para dar clases de historia de la Obra en convivencias de agregadas y supernumerarias, que os expongo a continuación, centrándome en los puntos más importantes.

La primera concentración de mujeres (numerarias auxiliares, numerarias y agregadas de toda la zona suroeste de Madrid) se produjo el 12 de diciembre de 2023 en torno al vicario, D. Gabriel de Castro. La expectación era máxima; había mucho nerviosismo. Pienso que en las mentes de todas existía el mismo anhelo. Sin embargo, la actitud entre pusilánime y evasiva del vicario, desviando la atención hacia el próximo centenario, hizo que pasáramos de la ilusión al desaliento en pocos minutos. Hubo algunas preguntas sobre los estatutos y la nueva situación que se contestaron de manera vaga e imprecisa, volviendo a incidir en que rezáramos mucho.

Con mucha paciencia recogí todo el programa que expuso el vicario, junto con los documentos que nos facilitaron para poder trabajar en la asamblea regional, donde se tenían que recoger las propuestas de todas las personas de la Obra, cooperadores y amigos. Como no sé el conocimiento que podéis tener de esta propuesta del vicario, que a su vez venía de Roma, os remito a la última página de este testimonio, donde encontraréis un esquema con los aspectos más relevantes de dicha propuesta.

Después de aquella reunión tuvieron lugar otras en los centros para concretar cómo iban a realizarse esas encuestas, facilitando un largo cuestionario para ser contestado “libremente”, de forma individual, en grupos, con las familias o con amigas.

Se acercaba abril y se comprobó que la participación era bastante escasa (agregadas 2,2 %, numerarias 11,8 %, supernumerarias… ¿?), por lo que hubo que hacer una segunda reunión para impulsar especialmente la participación de las supernumerarias. Interesaba mucho su participación, sobre todo de las jóvenes, ya que el Padre necesitaba datos positivos para presentar en el Dicasterio del Clero, pues ya tocaba.

Así que nos empeñamos en animar a las supernumerarias a que participaran, y tengo que reconocer que yo puse bastante interés en esto, ya que pensaba que era muy bueno que manifestaran por escrito lo que tantas veces habían expresado en confidencia, sobre todo aquello con lo que no estaban de acuerdo o les parecía mal.

Los cuestionarios se podían hacer de las más variadas formas. En mi grupo de supernumerarias se hizo juntas en un principio y después supongo que lo harían de forma individual; nunca les pregunté. Cuando llegaron las conclusiones, juzgad vosotros mismos, pero a mí me pareció que había “una de cal y otra de arena”. Lo digo porque muchas de las propuestas que me habían ido llegando por activa y por pasiva no estaban reflejadas al 100 %. Para que quede más claro lo que comento, expongo a continuación las conclusiones que se enviaron a los diferentes centros. No recuerdo la fecha exacta; supongo que en octubre o noviembre de 2024.

Conclusiones del Congreso (sobre las asambleas regionales llevadas a cabo en el periodo Dic. 2023 a Sept. 2024)

I. Identidad y misión de la Obra
• Testimonio directo de cada uno en su ámbito de "es Cristo que pasa".
• Estudio de una asignatura del carisma del Opus Dei.
• Comprender las demás realidades eclesiales.
• Cátedra de ética de la Inteligencia Artificial.
II. Identidad y modos de hacer
• Dirigir teniendo en cuenta la participación e iniciativa de los demás, confianza
evitando la imposición de criterios y cierta rigidez, contar con todas.
• Convivir con las limitaciones de los demás.
• Iniciativas apostólicas cuando no sean cercanas a la labor.
• Ambiente muy estructurado dificulta la labor.
• Plantear con sinceridad las dificultades.
• En relación a la forma de vivir algunas costumbres, le corresponde al Padre los
cambios necesarios o el planteamiento incluso de un cambio.
III. Formación
• Ajustes necesarios según las múltiples situaciones y circunstancias de cada uno.
• Adaptaciones con respecto a los modos de transmitir.
• Búsqueda de temas que puedan interesar adaptándose a las circunstancias actuales
de cultura y sociales.
• Fomentar la participación activa.
• Formación afectivo-social, en psicología personalista, teología del cuerpo,
feminidad, belleza del celibato.
• Soporte por parte de la universidad de Navarra, Univ. Villanueva o la UIC.
IV. Sobre el trabajo
• Se enfoca más como ámbito apostólico que como fuerza transformadora del mundo.
V. Sobre el gobierno de dirección y el estilo.
• Favorecer la rotación
• Reorganización a nivel de las delegaciones.
• Relación de la delegación con los órganos de gobierno de las obras corporativas y
labores personales. Se propone la no inferencia y respetar la autonomía.
VI. Administración
• Identidad de las numerarias auxiliares.
VII. Sobre matrimonios
• Se insiste en la formación de forma separada ante la insistencia de una formación
mixta.
• Formación de matrimonios en los “colegios”.
• Actividades formativas más económicas.
• Plataforma PAUSE de la IFFD.
• Dar más protagonismo a las supernumerarias que no consiste sólo en darles más
encargos de formación.
VIII. Sobre labores apostólicas
• Influencia de los “colegios” en los barrios.
• Más formación de matrimonios en los “colegios” y más actividades de madres en
los “colegios masculinos” y actividades de padres en “colegios femeninos”,
atendidos por supernumerarios.
IX. Sobre juventud
• Inter- labor
• Mentores ¿Cómo?
• Recursos humanos intercentros.

Estas conclusiones pienso que procedían de la “Asesoría Regional” y probablemente fueron redactadas por alguien joven, por el tipo de lenguaje y redacción. Pienso que no venían de Roma. Es una opinión personal.

La verdad es que me parece un acierto que se reflejaran, en un porcentaje considerable, las aportaciones sinceras de todas las personas que participamos, porque había mucho deseo de cambio manifestado pública y privadamente. De no haber sido así, habría supuesto una gran decepción, desconfianza y abandono.

Sin embargo, existían otros aspectos que mucha gente de la Obra manifestó y que no figuran en las conclusiones anteriores y que, en mi opinión, merecen mencionarse:

  • Los hijos son lo importante, su cuidado y educación es labor de los padres.
  • Hay mucha presión para que piten (los hijos de supernumerarios).
  • Conocer más carismas y agradecer que los haya, porque eso engrandece a la Iglesia, el Opus Dei no es el mejor.
  • Demasiada insistencia en que haya vocaciones y luego ¿qué pasa cuando dejan la Obra?, se les abandona.
  • Se abusa de las estadísticas, números, listas….
  • Presión económica constante.
  • Presión para ir a los cursos de retiro y a las convivencias
  • La convivencia gira en torno a la /las personas que te toquen de consejo local.
  • Lo importante es dar testimonio de familia que cuida de los suyos más que ser reconocida como una supernumeraria “top” muy del Opus Dei.

Después de esto vinieron las concreciones a nivel de delegación y finalmente otras conclusiones de parte de Roma (del Padre).

Las concreciones para la “dlmof” (delegación Madrid Oeste) tuvieron lugar en una convivencia el 4 de septiembre de 2024 y en la que participamos supernumerarias, numerarias, numerarias auxiliares y agregadas y cito a continuación las ideas más importantes:

1. Empuje en San Gabriel.
2. Énfasis en el trato personalizado. La importancia del buen pastor. Las personas
están para apegarse a Dios, no a mí. Cuando ves que una persona se distancia
pon más interés y aumenta tu disponibilidad. El buen pastor se adapta al ritmo
de cada oveja.
3. La atención principal no es la estructura sino las personas.
4. La importancia del grupo.
5. Dar los medios de formación con cierto atractivo.

Intervención de C.R., directora de San Gabriel -asesoría. (Con los cambios de personal en el último congreso general, actualmente no tiene ese cargo):

1. Búsqueda de la verdad.
2. Más cerca de los primeros cristianos.
3. Fidelidad creativa.
4. Cambiar de mentalidad según la necesidad.
5. Avance en nuestra misión secular.
6. La labor de San Gabriel tiene que pasar a tener más protagonismo.
7. Potenciar mucho la iniciativa personal
Los medios para que la labor crezca:
8. Los “pitajes” son más que las muertes.
9. Tecnología
10. Comunicación.
11. La mínima estructura que potencia el movimiento.
12. La labor de San Gabriel no tiene que limitarse a las paredes del centro, ésta
demanda muchas actividades.
13. La estructura está en función de la misión.
14. Los centros y colegios son medios para las actividades.
15. Las labores personales a veces no han sido ambientes ideales para el apostolado
de forma libre.

Finalmente, las ideas (prioridades) del Padre para la Obra y la región (España). Septiembre 2024:

• Obediencia y disponibilidad
• Pobreza
• Labor de San Rafael
• Centros de estudios de numerarias auxiliares.
• Cuidar a la gente entre 25 y 40 años.
• Santificación del trabajo.
• Mentalidad laical.
• Fe
• Cultivarse a uno mismo.

A todas estas convocatorias masivas que he citado les sucedieron pequeñas reuniones en los centros para concretar actividades que llevaran a cabo todos los desafíos y conclusiones. Hubo presentaciones espectaculares, esquemas, excels y listas organizadísimas de gente; incluso hubo técnicas de estudio de personalidad. Y ¿sabéis en qué quedó todo? Pues en presionar a las numerarias, supernumerarias y agregadas disponibles para que atendieran convivencias y cursos de retiro de supernumerarias, y para hacer recuento de las que asistían a los diferentes medios de formación. Hubo reuniones —y esto me costó un enfado con la persona que lo coordinaba— para ver qué problemas tenían a nivel personal.

No me gustaba esa insistencia en juzgar a la gente o en insistirme a mí para que las convenciese de asistir a los medios de formación. Yo conocía bastante bien a aquellas santas mujeres, todo lo que hacían para sacar adelante a su familia, para llegar a fin de mes y su relación auténtica con Dios. Seguiría hablando más tiempo de lo que aprendí de las supernumerarias, pero creo que me he extendido demasiado.

Y al final… no hubo explicación por parte de nadie sobre los estatutos y los cambios, así que nos vamos a 2025 y, con él, a algunos acontecimientos que me llevaron a dar definitivamente el paso hacia el final.

Estamos ya en el año 2025 y seguíamos sin explicaciones de ningún género sobre las consecuencias de los dos motu proprio de Francisco y sobre los nuevos estatutos, al mismo tiempo que reinaba un silencio molesto y desconcertante. Mientras tanto, se seguía con el empeño de perseguir a las supernumerarias para que pasaran a la vanguardia, participando cada vez más en todo tipo de actividades en las que el Opus Dei necesitaba presentarse como una institución de la Iglesia…

Cansada y preocupada por este silencio, empecé a buscar en otros medios comentarios y noticias sobre qué estaba sucediendo en el Opus Dei, y lo encontré, ¡vaya que si lo encontré! Fue un panorama inmenso de noticias sobre la Obra desde muy distintos puntos de vista que empezó a interesarme porque, aunque en un principio podía desconcertarme por lo opuesto a lo que había estado creyendo hasta ese momento, sin embargo me parecieron explicaciones muy razonables.

Allí me encontré con Opuslibros.org y empecé a leer, a buscar; un enlace me llevaba a otro, una noticia me llevaba a otra que la completaba, y sobre todo porque conocí a personas que exponían y exponen lo que durante tanto tiempo me rondaba por la cabeza: que en la Obra había una esquizofrenia moral, de sentimientos, de conductas y de dogmas.

Pasé y paso muy buenos ratos con Ágora, coloquios con Grace, Marina, Mediterráneo, Guillermo, Ángel, Alicia, Gianfranco y muchos más. En Ágora Cuántica, con Antonio Moya, Diego, Alberto, Ana… Me vi (y sigo viendo) prácticamente todos los vídeos testimoniales en Auténticas vidas: de Paty, Ana, Mónica, Patricio…, especialmente los de las numerarias auxiliares: Raquel, Lucía, Lucía Irene, Mercedes, Gaby… Me leí los libros de Alberto Moncada, Ramón Rosales, E.B.E., M.ª Angustias, María del Carmen Tapia, Gareth Gore… Sufrí con las historias de personas que habían acabado con su vida o tuvieron serios problemas de salud… y recé por las personas que fallecieron…

Aprendí mucho sobre leyes canónicas, prelaturas y otros movimientos de la Iglesia, con las explicaciones de expertos en Ágora Cuántica y con las clases magistrales de Federico sobre falacias.

Vi la serie El minuto heroico tantas veces como coincidía con alguien de mi familia y todas las entrevistas a Paula Bistagnino y Mónica Terribas.

Me admira la valentía de preparar un documento reclamando justicia a las autoridades competentes por los abusos de conciencia, de poder y físicos llevados a cabo durante tanto tiempo en el Opus Dei.

Y, cómo no, mi agradecimiento al trabajo de Agustina, no solo por recopilar un material tan valioso, sino también por propiciar un núcleo de amistad sincero y libre para tantas personas.

De verdad, ¡GRACIAS! Gracias a todos vosotros pude forjar de manera clara y contundente los argumentos necesarios para explicar, a las diferentes personas con las que tuve que hablar, las razones por las que quería dejar de ser del Opus Dei.

Paso ahora a comentar lo que fue la guinda del pastel o, mejor dicho, la gota que colmó el vaso, y así concluir con estas tres entregas al capítulo dedicado a “En busca de una explicación”. Y fue el hecho de que me convocaran para impartir una asignatura en los cursos anuales de numerarias auxiliares, supernumerarias y agregadas, llamada “Historia del Opus Dei”.

Fue una convocatoria a nivel de toda España. El 16 de noviembre de 2024 tuvimos la primera reunión por Zoom de supuestas profesoras de Historia de la Obra de toda España, formada fundamentalmente por numerarias y agregadas. La reunión consistió en un webinar.

En los siguientes meses se fueron sucediendo las reuniones y el intercambio de documentos, ya a nivel de delegación. Hicimos varias propuestas de cómo podrían ser esas clases y ahí, cinco numerarias y yo, fuimos aportando ideas, cada cual más creativa; pero aquello no terminaba de concretarse en un programa coherente y completo. Entre las participantes estaba, por ejemplo, la coautora de Las mil primeras, M.ª Luisa Galdón, que aportó mucha documentación.

Aunque el plato fuerte de las diferentes sesiones que tuvimos corrió a cargo de una clase que nos dio D. José Carlos Martín de la Hoz. Dicha clase tenía por objeto enmarcar las clases que nos tocaría impartir a cada una en los diferentes cursos anuales.

A continuación os expongo los puntos más importantes de dicha clase, intercalados con comentarios míos al respecto. Esta clase iba precedida de un documento que adjunto, denominado Historia del Opus Dei y fechado el 26 de abril de 2025, día en el que tuvo lugar la clase.

Contenido:

• La historia del Opus Dei se enmarca en la historia de la Iglesia.
• Es importante conocer la teología de la Obra (su espiritualidad),
-no le agradaba el término carisma-.
• ¿Cuáles son las fuentes para la historia de la Obra?, pues las fuentes son los
diarios, los diarios que se escriben en las convivencias, importancia de las
personas que los escriben… con esto se hace la historia.
• Lo importante por tanto son las vidas de las personas de la Obra, porque el
Opus Dei es la vida de las personas.
• La historia de muchas familias. -De familias muy concretas e influyentes-.
• Ahora el peso de la Obra está en las supernumerarias, las numerarias y
agregadas son minoría en este momento.
• Don José Hernández Guernica, ¿cómo contaba la historia?, pues contaba lo
que le pasaba en ese momento.
• Saber cuál es el fundamento de mi santidad, es donde tengo el corazón.
• Poner en juego nuestra libertad.
• Lo que hay que estudiar por tanto son las vidas …
-Sí, pero las vidas de muchas personas, no solo las que interesan por
alguna razón-.
• Lo importante es la vocación, no de qué pites.
–Esto se repetía mucho últimamente-.
• La historia necesita perspectiva….
– Sí, y diferentes puntos de vista también, tener en cuenta y valorar tanto
los aspectos negativos como los positivos-.
• Tener en cuenta el sentido sobrenatural…
- Y el humano también-.
• Ser los demás, en el momento que hacemos cosas que no son normales
marcamos distancias…
- Y ¿qué se ha estado haciendo durante años? -.
• Incidir en que somos laicos…
- No sólo ser sino parecer también-.
• El apostolado se hace por contagio…
- Por amistad sincera, respetando mentalidades, tiempos, procedencia,
inteligencias y estatus. En definitiva valorando más el ser que el tener-.
• La Obra no se cristaliza, se va inculturizando cada día…
- Ya, pero en una cultura elitista. –
• Con D. Alvaro se tuvo un espíritu de reconquista se fomentó la expansión,
pero sin embargo hubo que hacer muchos escritos porque el espíritu de la
Obra se podía perder.
– ¿Por qué se pensaba que se podía perder?, ¿acaso tanto escrito no
consiguió todo lo contrario?: ahogar el carisma-.
• Nuevo Papa, nuevas ilusiones…Puede ser una nueva etapa. Cuando fallece
el Papa hay nuevas comisiones que anulen lo anterior.
– Pero no se han anulado-.
• El Papa es autoritario, según han manifestado personas importantes…
- Aquí me dio la impresión de que D. José Carlos no se atrevió a contar lo
que realmente pensaba-.
• El Papa a veces hablaba de asuntos de los que no era muy experto, como por
ejemplo de las cuestiones relacionadas con la ecología. – El Papa hablaba
de todo lo que le atañe a la humanidad y la naturaleza que forma parte de
la Creación, de todo aquello que en definitiva le preocupa al hombre y a
la mujer de nuestro tiempo-.
• Los círculos son de Dios y son como son, hay gente que quiere hacer su
voluntad, pues que se vayan.
– Pues eso, nos iremos. Eso sí, seguiré diciendo que los círculos son un
tostón mientras no se apliquen nuevas formas de comunicar-.
–Había intervenido en varias ocasiones(convivencias) para manifestar
algunos pequeños cambios que había hecho para evitar la monotonía. -
• Una persona se puede ir si se “va de la olla”
- También se puede ir si está bien de la “olla”, ¿no?-.
– Hay mucha gente que precisamente está mal de la olla por tener que
permanecer en el Opus Dei, sin embargo, no les dejan irse y se les
mantiene con medicación porque al final son un número y una cuenta
corriente más.
• Se procura que, si una persona se va, se quede como supernumerario o
cooperador.
– Me da la impresión de que habla bastante de gente que se va-.
• Conviene ir a los matrimonios civiles, para que el hijo o la hija vuelvan a la
Iglesia.
– Ahora conviene y ¿antes?, cuantos hemos tenido que decir que no a
nuestros hermanos usando argumentos inverosímiles y provocando
tristeza en las familias. -
• Que los países no sean oficialmente católicos, sino que el catolicismo esté
impregnado en el ambiente.
– Ni colegios tampoco-
• Importancia de las familias que están en las labores, por eso hay buen
ambiente.
• Con respecto a los abusos cometidos por los sacerdotes, se pudieron sentir
solos, daba pena. Es cierto que se fijó dar una ayuda, pero también deberían
darla otros colectivos o instituciones donde también se cometieron abusos.
-Por supuesto que los demás colectivos tienen que dar una compensación
económica pero no olvidemos que los que más importan aquí y deberían
darnos más pena son las ¡¡VICTIMAS!!

A continuación, tuvo lugar un turno de preguntas al cual no pude quedarme porque había quedado con mi familia y ya se me hacía tarde. Unas semanas después tuvimos otra reunión, -la última para mí- en la que hubo que elegir a qué curso anual íbamos a ir a impartir la asignatura. Yo, de momento no elegí ninguno y al poco tiempo dije que no podía dar la asignatura.

El 24 mayo hablé con la directora del centro para comunicarle la decisión de mi salida de la Obra, el 30 de mayo hablé con la vocal de agregadas de la delegación y el 8 de junio hablé con la secretaria de asesoría quien me comunicó que la carta de dispensa ya estaba en asesoría. Mi petición de dispensa, le llegara al Padre o no, ya estaba al final de su trayectoria. Me fui feliz y relajada ese día, no había encontrado la explicación que quería, pero sí me había quitado un gran peso. El 13 de julio me llegó de parte de la subdirectora del centro la confirmación de mi dispensa, junto con una última oportunidad. Dicha oportunidad era hablar con la secretaria central, Isabel Sánchez, a lo cual contesté que no, porque esa conversación y explicación la teníamos que haber tenido todos hace un par de años antes.

A partir de ese momento continué dando pasos hacia mi reconstrucción que comentaré en un próximo relato, siempre con el deseo de que sea de ayuda.

Con ojos nuevos

Quizás sea todavía muy pronto para que tenga una idea clara de cuál es mi situación personal y anímica en la actualidad. Hace solo unos meses cambié radicalmente muchos aspectos de mi vida y desapareció algo que durante años me había dado estabilidad: saber cuál era mi papel en el mundo y respecto a los demás. Empezar a reconstruir tu vida exige tocar muchos palos y, sobre todo, afianzarte en algo...

Ese punto de apoyo lo encontré en una idea muy clara: Dios me ha llevado de su mano siempre. Antes de conocer el Opus Dei ya tenía trato confiado con Él. Durante el tiempo que estuve en esa institución también continué ese trato —porque, de otra manera, no habría reparado en tantas incongruencias—. Y ahora Dios continúa ahí, brindándome miles de oportunidades para vivir una vida plena que, con mayor o menor esfuerzo, tengo que aprovechar.

En esta nueva etapa de mi vida se presentan distintos frentes que, en realidad, siempre han estado ahí, pero que ahora afronto con una luz nueva. Hablo, por ejemplo, de la familia, de mis amistades y de mi situación social, económica y laboral. Por otra parte, aparecen otros aspectos que no vienen marcados por la necesidad, sino por el desarrollo humano, personal y creativo, como las aficiones deportivas, artísticas o solidarias. Finalmente, el compromiso con la justicia social.

Así que, una vez que me vi libre de imposiciones, empecé manos a la obra por el siguiente orden:

El primer cambio significativo fue resolver mi situación laboral; mejor dicho, mi situación económica con vistas al futuro. Me encontraba en el penúltimo año del ejercicio de mi profesión como maestra y decidí jubilarme entonces, en lugar de esperar un año más, cuando habría cobrado el 100 % del sueldo. Todas las agregadas y numerarias me aconsejaban que no me jubilara todavía. Pero, con el 96,70 % y 34 años de servicio en la enseñanza, me jubilé feliz y con la envidia de todos mis compañeros. Había trabajado en la enseñanza pública y algún día dedicaré un capítulo especial a explicar cómo gestionaba diversas situaciones “anormales” para que parecieran normales.

El segundo paso fue vender mi piso. Pensé en el futuro que me esperaba en Mérida y también en lo que había visto otras veces: cuando fallecían las agregadas, comenzaban los repartos de bienes y las dificultades para negociar con sus viviendas. Me fui a vivir con mi madre y, al comunicarle mi intención de irme a Madrid, las dos vimos como solución vender también la casa de mis padres y repartir la herencia entre todos —mi madre y mis hermanos—. Así que nos vinimos a Madrid a un piso de alquiler.

El tercer paso, también relacionado con lo económico, fue cambiar mi testamento. Fue algo muy sencillo, mucho más de lo que yo esperaba. Sentí una liberación increíble. El abogado que recogió mis datos y después me leyó el escrito, antes de la firma del notario, insistió varias veces en que ese nuevo testamento anulaba automáticamente todo lo anterior. Pienso que debió de notar mi cara de circunstancias y comprendió mi preocupación.

Salí de la notaría pisando fuerte. Había eliminado las fundaciones ligadas a la Obra que ya no se beneficiarían de mi dinero, así como las personas —albaceas designadas, también de la Obra— que dejarían de tener la potestad de usurpar mi voluntad y mis derechos.

La verdad es que tengo muy poca idea de todo lo relacionado con el derecho, pero algo no me cuadraba cuando tuve que hacer testamento estando en la Obra. Se nos pedía hacerlo en unos términos y de una forma muy concretos. Incluso me producía cierto temor, porque en ningún apartado aparecía mi vinculación con el Opus Dei: el testamento se hacía en nombre propio y no figuraba que yo era agregada. Entonces me surgían algunas preguntas: ¿Existe algún documento que establezca que los miembros de la prelatura tengan que hacer testamento? ¿Por qué no se dice que soy agregada?

Aún conservo el testamento anterior, jurídicamente invalidado, pero válido como prueba de la forma de proceder de la prelatura. ¿Se comprende mi temor y también mi felicidad cuando el abogado volvió a insistir en que todo lo anterior quedaba invalidado?

También intenté ver si podía completar fuera del Opus Dei los estudios internos de filosofía y teología que había realizado durante años en tediosas convivencias de veinte días en verano y en numerosas convocatorias a lo largo del curso, ya que solo me faltaban cinco asignaturas. Para ello le pedí a la encargada de estudios de la delegación que me facilitara un certificado con las asignaturas cursadas, las notas y los créditos. La verdad es que me lo entregó unas tres semanas después.

Con ese plan de estudios fui a la Universidad de San Dámaso para comprobar si podía cursar allí las cinco asignaturas que me quedaban. Sin embargo, con mucha educación y firmeza, me dijeron que ese certificado no tenía validez.

Lo primero que hice fue comentárselo a la responsable de estudios de la delegación. Me respondió que el certificado sí tenía validez para algunas universidades. Le pregunté entonces cuáles eran, pero ya no hubo respuesta.

La verdad es que no me importó mucho no poder cursar esas cinco asignaturas, ya que no tengo ninguna intención de licenciarme ni de dar clases; solo quiero profundizar en mi fe y que me engañen lo menos posible. Así que, al final, me matriculé en un curso online sobre el islam y el cristianismo. Dedico tiempo a leer sobre los temas en los que tengo dudas. Hay libros que me han abierto los ojos, porque voy descubriendo cada vez más aspectos de la fe que en realidad han sido simples acuerdos entre reyes y pontífices y que hoy se creen a pies juntillas. (Por cierto, se me ocurre que podría hacer una reseña de los libros que he leído últimamente y que me han resultado muy constructivos).

Y, cómo no, está también mi gran afición: escribir y dibujar, actividades por medio de las cuales canalizo muchas emociones y doy contexto a muchos de mis recuerdos

De verdad que hay mucho por hacer y nadie tiene derecho a decirte que pierdes el tiempo con “tus cosas”. Ya está bien de vivir la vida a imagen y semejanza de otros. Pienso que, cuanto más nos cuidemos y cultivemos, mejor podremos servir y ayudar a quienes tenemos alrededor. Reflexionar, valorar e incluso criticar te protege contra la manipulación. También ayuda a tener amigos de verdad el no creerte elegido, especial o mejor que los demás.

Perdonad este momento reivindicativo en favor de la humanidad de las personas normales.

Me quedan todavía algunos pasos en el camino hacia mi reconstrucción, que abordaré en mi próximo relato testimonial. Pero antes de terminar quiero agradecer a Bruno su exhaustivo análisis de los documentos que envié y decirle a Gimena que me pareció muy acertada la iniciativa de enviar una carta al obispo de Pamplona.

Pienso que esa iniciativa se podría extender a todas las provincias. No sé si en Madrid alguien ha secundado ya esa propuesta, pero yo lo voy a hacer.

Un aspecto importante fue recuperar el tiempo perdido con mi familia. Aunque soy agregada y, además, mantuve las relaciones con mis hermanos, como todos sabéis hay decisiones que tienes que tomar porque se supone que tienes que ser coherente con lo que se espera de una agregada que ha entregado todo su tiempo, afectos y bienes materiales a Dios (esa es la teoría, porque en realidad se lo entregas a la institución).

¡Cuántas comidas de Navidad vividas con prisa, dejando a todos con la palabra en la boca, el postre recién terminado y el calorcito de esa grata compañía, para ir cual heroína a hacer mi curso de retiro!...


¡Cuántas veces mis hermanos me propusieron con ilusión participar en sus bodas, y las mismas veces les dije que no!

Me dolió una y otra vez… y muchas otras circunstancias que comentaré en sucesivos capítulos.

Cuando les conté seis veces (tengo cinco hermanos y mi madre -que había dejado de ser de la Obra-), se alegraron mucho, me escucharon y me ofrecieron su apoyo.

Además de renovar los vínculos con mi familia, empecé a establecer vínculos con personas en nuevos ámbitos. Tengo amigos y amigas desde los veintitantos hasta los setenta años. De momento son relaciones buenas con las que comparto sinceramente muchas cosas, y ellos conmigo.

Me matriculé en diferentes cursos, como la Universidad de Mayores en Móstoles, y desde que empecé -este es mi segundo curso- he ido encontrando mi espacio y nuevas amistades. Somos un grupo de siete personas, aunque casi siempre quedamos cinco para tener un ratito de conversación con temas verdaderamente interesantes, acompañados también de unas cervecitas.

He dejado el coche; se lo he dado a una de mis sobrinas, que lo necesita más que yo. Así ando más y hago más ejercicio físico.

En mi opinión y experiencia, hacer ejercicio físico es tan importante como comer. A lo mejor os preguntáis qué tiene de interesante mencionar lo del coche; pues lo tiene, de verdad, y da para un capítulo muy importante dentro de las experiencias más duras que he tenido estando en el Opus Dei.

Sigo en contacto con personas de la Obra, algunas numerarias y muchas agregadas. Me llaman para preguntar por mi madre o para contarme que alguien lo está pasando mal, para que rece.

Pero hay ocasiones en las que he quedado con alguna de las agregadas y, cuando la conversación ha empezado a tener un tono de “en busca de la oveja perdida”, aprovecho para explicar los motivos de mi desacuerdo con muchas de las conductas hipócritas, fanáticas, elitistas y manipuladoras del Opus Dei, así como con el exceso de criterios y normas.

Y de cómo se dice lo que conviene y se oculta lo que no le conviene a la institución porque queda mal, que en definitiva es lo que importa.

Y remato resaltando el silencio y la falta de confianza cuando era necesaria una explicación, lo cual hizo que muchos tuviéramos que buscar en otras fuentes una explicación lógica y coherente sobre los cambios que se estaban produciendo en la Obra.

Y todo ello ejemplificado con cientos de detalles a lo largo de los casi cuarenta y cuatro años que estuve en la institución.

Lógicamente la conversación va tocando a su fin y es el momento en que hago una reivindicación en defensa de la verdadera amistad, aclarando que yo acudo a los encuentros para compartir unas vivencias, ilusiones y proyectos, sin ninguna intención.

Así que, si intuyo que hay una intencionalidad del tipo: “¿Conoces la oficina de sanación?”, corto automáticamente el contacto con esa persona, con mucho respeto y amabilidad.

Y con las normas, ¿qué? ¿Qué estoy haciendo con el famoso plan de vida? Ya en los últimos diez años se podía decir que mi lucha se había centrado en vivir con autenticidad esa relación con Dios, y así lo expliqué cada vez que, en alguna charla o en algún círculo, me tocaba hablar de la oración o del famoso plan de vida.

En una ocasión utilicé, para ilustrar el contenido de mi charla, una relación de normas que había publicado Sancho1964 en su escrito “Normas y costumbres”. Utilicé ese ejemplo para aclarar que no vivimos para hacer las normas, sino que estas nos tienen que llevar a Dios. Me preguntaron de dónde había sacado esa lista tan exhaustiva y les dije que de documentos que encuentro en internet… ¡y eso que no les leí toda la lista que nos recuerda Sancho! Las pobres supernumerarias se quedaron realmente impactadas.

Ahora no hago media hora de oración por la mañana y media hora de oración por la tarde, sino que dedico un rato por la mañana a leer el Evangelio y, a continuación, sin tiempo marcado, tengo un rato de conversación con Dios sobre lo que surge, sin preparación. Voy a misa cuando puedo y, si pienso que voy estresada o por cumplir, respiro profundamente y me quedo en casa.

¡Cuántas veces he tenido que ir al borde del infarto, retorciendo los horarios para llegar a misa! La verdad es que este tema de la misa da para un relato que se podría titular “Aventuras y desventuras de una agregada buscando una misa”.

Respecto a la lectura, empecé a buscar otro tipo de narración en la que se usase un lenguaje más actual, no solo por el léxico, sino por los contenidos y, sobre todo, por los contextos y situaciones con los que te podías identificar. Tiré al contenedor de papel muchos libros, folletos, hojas informativas y estampas.

En la actualidad me he aficionado a los libros que hacen un recorrido histórico más serio y documentado sobre la fe, la religión y la Iglesia.

Probablemente, como muchos de vosotros, una de las cuestiones que más cuesta asimilar es que la Iglesia no es tan madre como se proclama. No porque se cometan errores, que es normal, ya que está formada por personas, sino porque ocultar dichos errores ya me parece perverso, falaz y escandaloso.

He perdido parte de mi inocencia y confianza, y en eso empleo mucho de mi nuevo “plan de vida”, que de plan tiene poco, pero que de vida tiene mucho más. Pienso que merece la pena seguir buscando la verdad, con mayúsculas o con minúsculas, me da igual.

Hoy, leyendo, me he encontrado con esta frase atribuida a Sta. Teresa de Calcuta: «Ninguna religión está por encima de la humanidad». Me ha ayudado mucho. Espero que le ayude a alguien también.

Desmontando una historia muy “Opus”

Tenía 20 años y quería mejorar este mundo, aprender a amar haciendo el bien a todas las personas a mi alrededor. Cuando conocí el Opus Dei a través de personas que se hicieron amigas mías —tres en concreto—, me pareció que era algo que se adecuaba muy bien a esa idea de santidad en medio del mundo, dando un sentido y una misión a mi vida...

Una de estas amigas me escribía cartas, otra me invitaba todas las semanas a ir el sábado a la meditación, a confesarme y, por supuesto, a participar en la tertulia, y con una tercera tuve un par de encuentros. También, de vez en cuando, me recordaban que podía ir a una convivencia, a un curso de retiro o hacer una visita de pobres. En los tres años que estuve yendo por aquel centro solo participé en la meditación y, en ocasiones, me confesaba, pero desde luego no fui a ninguna convivencia ni curso de retiro: no podía costeármelo. Sí me atraía, sin embargo, eso de la visita a los pobres, porque todavía no se había presentado ese gran momento de ayudar a alguien. Tuvieron que pasar unos cuantos meses y algunos acontecimientos para que aquella visita se llevara a cabo.

Tenía amigas, entre las cuales estaba mi propia hermana, una criatura de 14 años que estaba entusiasmada con todo lo que le contaba acerca de las catequesis que daba, lo encantadoras y amables que eran aquellas chicas del Centro. Ambas compartíamos sueños e ilusiones, tareas y secretos… (pero eso es otro cantar).

No tardamos mi hermana y yo en pedir la admisión: mi hermana primero y luego yo, curiosamente; eso sí, no sin antes hacer la visita de pobres prometida.


La visita de pobres

Cuando llegamos al lugar, por supuesto nada que ver con lo que me había imaginado: era una residencia de ancianos. Me quedé bastante paradita, pues no sabía qué podía hacer en realidad, así que intervino mi amiga “machaca”, que me dijo que hablara con algunas de las señoras que estaban allí y les mostrara una estampa del entonces beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Me acerqué a la única señora que estaba pendiente, la cual me dijo que le fuera muy fiel al cura de la foto. Desde entonces, esa fue la leyenda que me asignaron y que “mi amiga” se encargó de propagar: que mi vocación se debía a aquella visita de pobres.

¿Vosotros os creéis que la historia fue así? ¿Y mi hermana? ¿Qué pasó con ella? Efectivamente, no fue así, y lo de mi hermana lo contaré en un segundo relato, si ella lo considera oportuno.

Hay un pequeño detalle del que no se habla en la historia que construyeron sobre mi vocación, y es que olvidaron que yo tenía novio, y fue precisamente él quien hizo que conociera el Opus Dei. Habría mucho que contar aquí, pero vamos a centrarnos, para no alargarnos demasiado, en el momento en que tomo contacto con la Obra.


La verdadera historia

Ambos decidimos —mi novio y yo—, por circunstancias que no alteran este relato, confesarnos los primeros viernes de mes, según una costumbre relacionada con el Sagrado Corazón de Jesús. Una de las pocas iglesias a las que acudimos para esta práctica fue la basílica de San Miguel (no sabía que estaba encomendada a la Prelatura). A mí me atendió un sacerdote y a mi novio, otro.

La conversación con el sacerdote fue amena y la verdad es que me sentí escuchada. Me aconsejó que, en lugar de confesarme una vez al mes, lo hiciera cada semana y que podría ir a un centro que estaba enfrente, que probablemente me gustaría, ya que le di muestras de mis sanas inquietudes. Así que, después de comentárselo a mi novio, me presenté en el centro esa misma tarde. Llamé a la puerta con muchísima expectación y la persona que abrió me recibió con una gran sonrisa; me preguntó mi nombre y quién me habló de ese centro, a lo que contesté con mucha confianza.

Era un club juvenil; por lo tanto, había mucha gente joven que desaparecía a los pocos segundos dentro de alguna de las múltiples salitas que había allí. De repente se hizo un silencio que facilitó que pudiéramos hablar durante un rato. Al finalizar y despedirse, aquella chica me insistió en que ella era mi amiga —cosa que me llamó la atención—. Añadió, además, que probablemente tendría que ir a otro centro, pues ese me venía un poco lejos.

De aquel centro pasé a otro que me venía mejor, donde me asignaron una nueva amiga que no dejó de invitarme puntualmente cada semana a las actividades organizadas para gente joven los sábados. Yo iba un sábado sí y otro no, y hay que reconocer que en aquellas casas se estaba muy bien: en invierno se estaba calentita, gozando de una calefacción que en mi casa no tenía. Había un ambiente agradable, de gente a la que le parecía maravilloso todo lo que les decía; me sentía escuchada, comprendida y empecé a pensar que era especial. Aquellas reuniones consistían en una meditación, seguida de una bendición y luego una tertulia, durante la cual la gente iba pasando a confesarse.

Nunca me quedé a la tertulia, ya que aprovechaba a veces para confesarme y enseguida me iba, porque mi novio me esperaba para compartir la tarde juntos, que muchas veces consistía en tomarnos una cerveza en un pub mientras compartíamos caricias y vivencias.

Como decía antes, aquel novio tuvo mucho que ver en la historia real.

Yo no tenía claro que quisiera casarme, pero ya “mi amiga” me había planificado el futuro: pensaba que yo tenía vocación al Opus Dei como supernumeraria, ya que tenía novio. De nuevo, esta encantadora mujer que, a pesar de los esfuerzos por tenerme al día de las actividades y, aparentemente, preocuparse de mi vida, en el fondo no me conocía de verdad.

Por mi parte, tenía grandes deseos de hacer algo por la humanidad, hacer el bien; mi trato con Jesús aumentaba día a día y, desde luego, no estaba en mi mente la idea del matrimonio…


Mi hermana “pitó” antes que yo. Esto en un principio se explicó como un hecho totalmente providencial, pero haciendo un análisis más profundo puede que lo providencial sea la reflexión que se puede hacer ahora de aquel suceso.

Se fueron dando una serie de circunstancias y factores que desembocaron en que mi hermana pidiera la admisión como agregada del Opus Dei. El primero de estos factores se debió al entusiasmo inocente y generoso de formar parte de algo que le llevaría a hacer el bien a su alrededor con gente igualmente entusiasta, divertida, buena y joven...

La segunda circunstancia se debió a que yo al final no podía ir a la famosa convivencia de Semana Santa en Torreciudad.

La tercera circunstancia fue que me encontré dinero tirado cerca de un charco –un billete de 1000 pesetas- y en ese momento pensé que donde mejor podía emplearlo sería para facilitar que mi hermana fuese a dicha convivencia -el resto lo pusieron algunas personas del centro-, ya que tenía una ilusión muy grande por ir.

La cuarta circunstancia fue que mis padres le dieron permiso ya que mis amigas fueron a hablar con ellos -con mi apoyo- afirmando que también iban muchas chicas jóvenes prometiendo por tanto que cuidarían de ella y que no tendrían que preocuparse por el dinero – cosa que tranquilizó a mis padres-.

Hasta aquí todo más o menos normal, ¿verdad? ¿Qué joven no va a excursiones, viajes y demás actividades? Pero se da la especial circunstancia de que mi hermana en ese momento tenía 14 años y medio…

Cuando mi hermana (a quien llamaremos H) volvió de Torreciudad, con la misma ilusión con la que se fue, pensé que algo en ella había cambiado y, la verdad, tanto entusiasmo me molestó. Le habían aconsejado que, como yo aún no era de la Obra, no dijera nada. Imaginaos la angustia vital de la pobre, teniendo que lidiar con una serie de “normas” que ya tenía que practicar, estando en una casa en la que lo relacionado con la fe y la religión se cuestionaba constantemente y que encima no podía desahogarse con su hermana con la siempre compartía todo. Perdóname H.

No tardé mucho en comunicarle que me estaba planteando pedir la admisión en la Obra como agregada. A partir de aquel momento cambiaron algunas cosas porque, aunque en nuestra familia seguíamos teniendo dificultades para explicar nuestras actividades y compromisos, ya podíamos compartir muchas cosas entre nosotras y apoyarnos.

Cuando aparecíamos las dos juntas por el centro era como una fiesta, todo eran sonrisas y risas, miradas ilusionadas. Todo lo contrario a lo que vivíamos en mi casa. Al poco tiempo (año y medio) me enviaron a otro centro y nos separaron.

H estuvo muy poquito tiempo en la Obra y cuando se fue lo pasé francamente mal. Por una parte, mi familia empezó a reprocharme un montón de cosas y por otra en el “opus” algunas personas me decían que hablara con mi hermana y otras que no lo hiciera. Por mi parte nunca la reproché nada y siempre mantuve con ella una amistad que ha ido creciendo con los años. Ahora, lógicamente pienso que H fue muy inteligente y admiro el coraje que demostró en aquel momento.

Hasta aquí lo que cuento de mi hermana porque es ella quien mejor puede contar su propia historia cuando sienta la necesidad de hacerlo. Sin embargo, necesitaba resaltar su figura y protagonismo dentro de mi propia historia.

A partir de aquel momento corrían dos historias sobre cómo conocí la Obra y cuál fue la razón por la que pedí la admisión, una de dichas historias ya la comenté anteriormente – lo de la visita de pobres- y la segunda historia fue que yo había pitado porque mi hermana lo había hecho antes, así conseguían que tanto mi hermana como yo nos sintiéramos especiales…

Es evidente que me hizo mucha ilusión compartir con mi hermana una doble hermandad y sobre todo valoro positivamente lo que eso nos unió, pero las razones de “entregarme” fueron otras.

La vocación de una persona debe ser personal y después de un tiempo discernimiento por lo que todos esos aspectos externos como el entusiasmo desmedido de la gente a tu alrededor o la referencia constante a que todo lo que te ha pasado en la vida te conduce hasta ese momento en el que conoces el opus o que te recuerden constantemente que cuando Dios se fija en alguien ya no hay vuelta atrás.

Esa disponibilidad total hacia lo que Dios podía querer de mí y de acompañar a Jesús en su “campaña” de verdadera caridad y amistad, concretado en el servicio a los que están a mi lado en cada momento que viese aquella relación con M como un obstáculo. Probablemente no me habría casado con él o hubiera tenido otras relaciones de no haber estado en la institución, quién sabe, no me lamento de ello, ni nadie me hará sentir ni fracasada, ni mutilada, ni infecunda.

Eso sí, a aquella persona, esté donde esté, le agradeceré siempre el cariño y el respeto con que me trató, así como el hecho de facilitarme recuperar el camino de nuevo después de unos años de vacío espiritual, ya que en mi infancia nuestros padres nos habían preocupado de nuestra fe además de otras cosas.

Sí, M era el novio que me estoy refiriendo.

M era mi profe de ciencias naturales y mates en 6º, 7º y 8º de EGB en un colegio público de Madrid. Era muy querido por el alumnado por su forma original y divertida de dirigirse a los alumnos. Tenía la costumbre de que un domingo al mes quedaba con un grupo de alumnos de 8º –con mejores notas y comportamiento- (entre los cuales me encontraba) para ir a misa y después a un museo.

Por lo visto él se había fijado en mí, pero esperó a que yo manifestase algo de interés hacia su persona para comunicarme lo que pensaba e iniciar una relación. Ese momento llegó, pero con muchos reparos ya que me llevaba 14 años y yo tenía 14. No empezamos a salir hasta que no habló con mis padres y yo había cumplido ya los 15. El destino hizo que estuviésemos separados durante un año después de aquello y a la vuelta fue cuando sucede lo que cuento cuando nos confesamos en la basílica de San Miguel y visito por primera vez un centro del Opus Dei, yo ya con 16 años.

Durante el año que M y yo estuvimos cada uno en una punta de España, yo estaba interna en una universidad laboral en Almería e iba a misa todos los domingos, sin que nadie tuviera que decirme nada. Cada día crecía el interés por lo referente a la fe y a la religión y sobre todo por hacer algo útil en la vida.

Se puede decir que la formalización de las relaciones fue paralela a mi formación como “chica de San Rafael” lo que duró 4 años, y a lo largo de ese tiempo hubo algunos intentos de dejar aquella relación –no por el Opus Dei-, porque no veía claro mi futuro con aquel buen hombre. Eso sí, era de los que pensaba que la mujer debía ir casta al matrimonio, con lo cual se salvaron muchas situaciones comprometidas que luego le tendría que contar al cura.

Cuando al final pensé que tenía claro cuál era mi destino-en principio –y le comuniqué mi decisión de dejarlo-, lógicamente reaccionó bastante mal. Le di todo tipo de explicaciones acerca de que Jesús me había elegido y de él (Jesús) era de quien me había enamorado, pero no se lo creyó. Hasta ese momento él respetaba mucho a la institución y partir de ese día empezó a desconfiar y a insultar a las agregadas y numerarias del centro tachándolas de solteronas. Durante unos meses M estuvo en contacto con algunos sacerdotes de la basílica de San Miguel para pedir explicaciones… Le dijeron que había un periodo de seis meses de “reflexión” para que una vocación reciente conozca un poco más a qué se comprometía, por lo que volvió a hablar conmigo al cabo de dicho periodo, pero se quedó hablando con mi hermana, porque yo no lo recibí (se me había insistido tanto lo de “poner la mano en el arado y no mirar atrás”) y nunca más he sabido de él.

Espero que haya expresado bien lo que pretendía, esto es, la idea de que todas las piezas que componen mi vida no se han unido para formar parte del Opus Dei, sino que de todas las piezas de mi vida, una de ellas fue haber conocido la Obra. Los diferentes relatos que me fueron asignando sobre mi vinculación a la Obra obedecían a una táctica habitual de hacer que la persona se sintiese importante, especial, elegida y superior a los que no habían tenido la suerte de pertenecer al “Opus”.

Pero Dios quiere de mí otra cosa, que es lo que me va revelando cada día, a través de lecturas, de personas, de situaciones, de reflexiones. También que no deje de mirar atrás para poner cada pieza en su sitio y, sobre todo, para escribir y compartir lo que a otros le pueda ayudar.

Entre medias, velos y faldas

Una vez que ya os he compartido mi proceso de salida y el de entrada al opus, pensaba que podía amenizar un poco con una serie de sucesos relacionados con diferentes temas que tengo archivados y que quieren salir a la luz por alguna razón. Perdonad el tono desdramatizado e incluso cómico en algunos momentos. Me ayuda mucho ver así dichos sucesos y seguro que comprenderéis por qué.

En este primer episodio de esta serie relato algunas de las anécdotas más significativas relacionadas con la indumentaria y los complementos de las agregadas y numerarias...

Un 22 de junio de 1981 fui a escribir la carta al Padre, entonces monseñor Álvaro del Portillo, para pedir la admisión en la institución. Me tomé muy en serio que en el Opus no se llevaban pantalones, así que aparecí con mi faldita y ya no volví a usarlos hasta 1988, fecha en la que hice un curso de educación física, gracias al cual empecé a formar parte del cuerpo de profesores como interina al año siguiente. A partir de entonces empecé a usar chándal y otras prendas cómodas.

Todo era normal mientras trabajé en tierras manchegas, pero cuando llegué a tierras extremeñas, en los años noventa, una de mis queridas hermanas agregadas me dijo que no le gustaba que llevara pantalones y que le quitaba la devoción cuando estaba en misa. Mi respeto por esa persona me hizo no decirle lo que pensaba y me limité a pedirle que me respetara y respetara lo que no era “de espíritu”.

Sin embargo, no hace mucho tiempo —dos años, quizás—, una supernumeraria me comentó que le encantaba mi estilo “hippie” y personal, y que por favor no cambiase nunca. Últimamente se agradecía un poco de originalidad y personalidad en la forma de vestir.

Otro suceso relacionado con las faldas era el que se producía cada vez que en las convivencias teníamos que ir de excursión. Estoy hablando de los años 80. ¿Os imagináis a un grupo de mujeres triscando por los montes, sujetándose la falda por delante y por detrás cada vez que el viento soplaba fuerte o había que sentarse en algún sitio incómodo? Ni que decir tiene lo violento que resultaba saltar o levantarse después de una caída aparatosa… Menudo espectáculo. ¡Por favor! Coco Chanel ya había inventado el pantalón a principios del siglo XX, y creo que era una mujer muy elegante.

Gracias a los veintitantos años que teníamos todas, no parábamos de reír. La verdad es que las escenas anteriores se parecían mucho a las de una serie de monjas en el patio de su convento, sujetándose los hábitos para poder hacer deporte…

No sé cómo fue, pero llegó el buen día en que dejó de ser obligatorio llevar falda, o, si se prefiere, el día en que dejó de estar prohibido llevar pantalones. La verdad es que me pregunté en aquel momento cuál fue la razón, y recuerdo que me explicaron que se llamaba más la atención, y lo nuestro era no llamar la atención… Bueno, yo ya llevaba una vida normal: era profesora de educación física. Eso sí, al principio me llevaba mi ropa para cambiarme…

Los sucesos relacionados con las medias no pueden ser menos cómicos. El uso de medias, según uno o varios criterios de la institución, se debía a que era una forma de mostrar respeto a Jesús sacramentado y al sacerdote. Cuando íbamos a las convivencias, si se te había olvidado meter en la maleta un par de medias (pantys), no tenías más remedio que hacer la acostumbrada visita a la lencería del pueblo, donde ya nos conocían como las residentes de la “casa del Opus”, y, lógicamente, todo el pueblo sabía que las del Opus tenían que usar medias.

Pobre de ti si se te olvidaba bajar a la meditación, a misa o a la clase con el sacerdote sin medias y zapato cerrado… Así que, hasta la hora de deporte —alrededor de las doce—, y en pleno verano, permanecíamos embutidas. Si ese día era sábado y había bendición, había que repetir de nuevo todo el protocolo de media + zapato + falda.

Si el anterior suceso resultaba descontextualizado con respecto a las alturas del siglo en el que vivíamos, ¿cómo calificamos la siguiente anécdota relacionada con las medias…?

Estando en una convivencia, se anunció que íbamos a ir nada más y nada menos que a Diego de León a visitar la tumba de los “abuelos”… Aquello ya era ocasión de fomentar una algarabía, más por la oportunidad de salir fuera del encierro que por el cariño que podíamos tener a los abuelos, cuya historia está tan tergiversada y manipulada por tantos y tantas escritores oficiales del Opus.

Nos colocamos nuestras mejores galas y allí que llegamos al misterioso Diego de León. De repente me doy cuenta de que se me había olvidado ponerme las medias… ¡¡HORROR!! Lo comenté inocentemente y la directora me indicó que así no podía bajar a la cripta de los abuelos, y me quedé sola arriba, en el vestíbulo, mientras las demás bajaron a rezar o qué sé yo.

No sé en qué momento se decidió que el respeto al Señor no tenía que ver con llevar medias y que a los sacerdotes no les pasaba nada por ver los pies descalzos de las agregadas, numerarias y supernumerarias en las convivencias. No hubo ninguna explicación al respecto. No la pedí, pero respiré profundamente y me pareció lo más natural y coherente del mundo, según lo que se predicaba de lo que debería ser un laico o laica.

Lo del tema de los velos no se queda atrás, aunque, menos mal, eso duró menos tiempo; creo que lo estuve usando unos tres o cuatro años. Ponerse los velos para entrar en el oratorio a hacer la oración, una meditación o asistir a misa era todo un dilema. Casi nadie tenía arte para ponérselos bien. Para quienes no lo habéis conocido, era todo un espectáculo ajustarse aquellos tules tiesos en la cabeza, que saltaban como si estuviesen vivos si no los sujetabas bien. Yo nunca llevé uno de esos velos: descubrí que mi madre tenía una mantilla negra muy bonita y la sustraje de su armario de forma clandestina. Cuando terminó aquella pesadilla, devolví la mantilla al cajón de mi madre.

Para rematar con el vestuario, llega el turno del bañador con faldita, de estilo vintage, que no se lo habría puesto mi abuela y mucho menos mi madre. La mejor expresión de cómo era esa prenda me la dio mi hermano pequeño cuando me vio una vez, en verano, al coincidir con él: «¿Qué es eso que llevas puesto? ¿Una faja?». Se comprende entonces que las agregadas que solíamos coincidir con nuestras familias o amigas en alguna piscina o playa evitáramos por todos los medios quedar o, simplemente, tener que dar una explicación de tipo místico que no convencía a nadie y que solo se aceptaba por el cariño que nos podían tener.

Esta última anécdota con respecto al bañador sucedió en torno al año 1988, mientras realizaba el curso de educación física que he mencionado anteriormente. Supuso, además, el fin del uso de esta prenda para mí, ya que se siguió llevando durante un tiempo, más en unas provincias que en otras.

En el citado curso llegó el momento de la natación y, en ese momento, me pregunté: «Yo con este bañador no me voy a presentar», ya que pensé que iba a llamar mucho más la atención que si iba con un bañador normal. Así que, con la buena intención de hacer las cosas bien, fui al centro y hablé de mi situación. Como no hubo respuesta, me fui a El Corte Inglés y me compré un bañador normal, con el que pude recibir mis clases de natación como el resto de mis compañeros, sin llamar la atención y con total normalidad.

La verdad es que el bañador siempre me ha resultado más cómodo y práctico que el bikini, ya que me facilita nadar con más libertad, además de evitar situaciones incómodas, como me sucedió en una ocasión en la que tuve que rescatar la parte superior del bikini entre las olas…

Por otra parte, viendo la variedad de prendas de baño que en los últimos años llevaban mis ex hermanas agregadas en las convivencias, creo que, en mi caso, no necesité el bañador casto para vivir mejor el pudor y la modestia…


Agregadas y pobreza

Pienso que el mundo de la agregada del Opus Dei es un mundo desconocido. Siempre que se ha preguntado qué es una agregada/o, se han dado respuestas que van desde lo más variopinto hasta las pocas definiciones que encontramos en las instrucciones y documentos oficiales del Opus Dei. Tampoco yo voy a dar una definición, porque, sinceramente, no sabría hacerlo; solo intentaré mostrar cómo viví mi supuesta vocación a través de los múltiples aspectos que se suponen esenciales para vivir una vocación cristiana comprometida en medio del mundo, y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Para esta aventura en la que me he embarcado, y en la que me avalan 44 años (desde junio de 1981 a junio de 2025) de experiencia en el Opus Dei, voy a ir desarrollando cómo viví lo que se debería haber vivido según la praxis de la Prelatura en diferentes materias. Para ello, voy a seguir la tónica empleada en mi anterior escrito: contar sucesos, desdramatizándolos en la medida de lo posible.


Empiezo esta nueva serie de escritos con un aspecto clave: la pobreza, pues ha sido muy relevante a la hora de ir desdibujando la inocente idea que tenía sobre la santidad en medio del mundo según el “espíritu del Opus Dei”.


Cómo resolví mi inseguridad económica y laboral

Nada más escribir la carta de admisión a la pre-prelatura (pité en 1981), me recordaron que, lógicamente, un discípulo de Cristo que quiera imitar a su Maestro tiene que ser pobre, y a continuación me explicaron cómo tenía que ser pobre una persona en la institución; en concreto, que no podía ser deficitaria, ni cargar a la Obra, y que había que colaborar con sus apostolados.

La verdad es que no me afectó mucho aquello ni lo vi raro, ya que yo ya vivía la pobreza. Mis padres no podían costearme unos estudios, así que empecé a trabajar para pagarme primero los viajes y después la carrera de Magisterio. Fuimos a colegios públicos y cambiamos de ciudad para seguir yendo a institutos públicos de enseñanza secundaria. Cuando terminé COU, tuve que buscar trabajos ocasionales, como limpiar las escaleras de nuestro portal, y, cuando fui de la institución, empecé a trabajar cuidando niños y limpiando casas. Trabajé en diferentes administraciones, en distintos centros y casas de retiro y convivencias, tanto en invierno como en verano, y finalmente en la portería del Colegio Mayor Somosierra para pagarme la carrera de Magisterio durante el tiempo que duró.

Cuando terminé la carrera de Magisterio, que me duró cinco años, y antes de prepararme oposiciones, hice un curso de educación física, pero costaba 50.000 ptas., y se lo tuve que pedir a mi padre —por sugerencia de la secretaria del centro por donde iba—, quien me lo prestó con bastante dificultad. En algún momento contaré las peripecias que tuve que pasar en aquel curso por ser del Opus. Gracias a ese curso obtuve un contrato como profesora interina en la especialidad de educación física en la enseñanza pública, con lo cual ya pude devolverle a mi padre el dinero que me prestó, aunque no me lo aceptó. Tengo que decir que fue uno de los días más felices de mi vida. Aquel trabajo era lo que yo quería: maestra de primaria en un colegio público. Tuve mi primera cuenta corriente, amistades nuevas y un panorama amplio que se me abría de par en par. Pensaba, además, que iba a tener más oportunidades de vivir un cristianismo comprometido y auténtico.

Así que dije adiós al trabajo en las administraciones —le dedicaré también otro capitulillo—. Adiós también a otras posibilidades que la institución tenía preparadas para mí. Y, a partir de aquella fecha —septiembre de 1989—, empezó una verdadera aventura.

De la cartilla de ahorros a la tarjeta de crédito

En los centros de agregadas hay un llamado consejo local, compuesto por tres personas: la directora, la subdirectora y la secretaria. La secretaria se encarga de todos los aspectos materiales del centro y de las personas “incardinadas” en dicho centro. Una de sus misiones es “hacer caja”, que consiste en recoger el dinero que se le daba íntegro, procedente de cualquier ingreso que tenías, y, al mismo tiempo, asignarte una cantidad según tus necesidades. También se entregaba la cartilla de ahorros, que ella retenía durante un tiempo y luego te devolvía para que pudieras realizar los movimientos económicos necesarios. Normalmente dejabas en el banco un dinero para todos los pagos que necesitabas hacer y algo para alguna compra.

El escenario era de lo más curioso y, hasta cierto punto, divertido: consistía en perseguir a la secretaria hasta que, amablemente, se instalaba en su despacho y esperar luego una cola para realizar las operaciones correspondientes, que básicamente consistían en ingresar una cantidad y justificar el dinero que dejabas en el banco. En ese momento se aprovechaba para compartir sucesos en un ambiente distendido. Aunque, la verdad, para las personas que venían al centro y que no eran del Opus resultaba bastante extraño.

Un día a la secretaria se le olvidó traer mi cartilla de ahorros (el consejo local vivía en otro centro) y necesitaba hacer una compra (no recuerdo el qué), así que, con mucha vergüenza, se lo pedí a una de las agregadas de Mérida, que lógicamente me lo prestó, y se lo devolví en la primera oportunidad que tuve. Este suceso ocurrió en torno a los años 2005-2006 y, cuando la secretaria, a la semana siguiente, trajo la cartilla, no volví a dársela.

Supongo que en esas fechas medio mundo usaba ya la tarjeta de crédito o débito, aunque no sé cuándo se empezó a utilizar en la institución; yo la empecé a usar al año siguiente (2007). Con el tiempo, las esperas en la cola de caja fueron disminuyendo, ya que algunas agregadas lo que hacíamos era calcular la diferencia entre los gastos habituales, los previsibles, algún gasto extraordinario y los ingresos. Lo escribíamos todo en un papel, de la forma más ordenada posible, lo firmábamos y se lo entregábamos a la secretaria.

Después de esto empezó la modalidad de especificar los gastos mediante plantillas, que empecé a utilizar desde que volví a Madrid (2023). Dichas plantillas eran una adaptación a mis gastos e ingresos mensuales de un modelo de hoja de presupuestos que nos daban todos los años para detallar los gastos e ingresos anuales.

Hojas de presupuestos

En dichas plantillas no aparece una casilla destinada a las donaciones que hacíamos, aunque sí aparece una partida destinada a la ayuda familiar. Yo lo rellenaba a partir de la diferencia que hacía entre los gastos e ingresos; destinaba una parte para donaciones a las diferentes fundaciones.

Mientras estuve en la delegación de Sevilla y de forma habitual donaba a la Fundación Altum, a la Fundación Prodeam, a Torreciudad, a Harambee, a Saxum, a la Fundación CARF, y directamente a la Prelatura Della Santa Croce e Opus Dei, – que no desgrava a Hacienda-.

En Madrid (a partir de 2023) y de forma habitual donaba a la Fundación Lagasca, que no desgrava (página no encontrada) y a Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, delegación Madrid Oeste.

De todo ello guardo documentación que lo certifica.

Ayuda familiar denegada

Como he comentado antes, después de hacer la diferencia entre mis ingresos y gastos, seleccionaba una cantidad para unos familiares que tenían dificultades económicas. Era una cantidad realmente pequeña, pero un buen día, alrededor del año 2013, la directora que estaba en ese momento me comentó si me había pensado bien la cantidad que destinaba a ayuda familiar y si lo había consultado; yo le dije que sí. La segunda vez que me habló del tema fue para decirme que esa cantidad tendría que reducirse, y la tercera vez que intervino fue para decirme que en la delegación me habían denegado esa ayuda (el dinero venía de lo que yo aportaba).

Como comprenderéis, me quedé paralizada y humillada (con cara de boba). Después de reflexionar y, como siempre, actué en conciencia. Aumenté el dinero dedicado a pensión y así pude destinar una cantidad a mi familia. A partir del año 2018 volví a incluir abiertamente el dinero que destinaba a ayuda familiar y ya no se me cuestionó nada; si alguna vez alguien intentó hacerlo, le contesté con bastante contundencia, dándole una explicación razonada, ya que, como se puede comprobar, donaba bastante dinero a diferentes fundaciones.

Seguiría contando algunas situaciones curiosas más relacionadas con la pobreza que, pienso, pueden seguir ilustrando la peculiar pobreza que se exige en la institución y cómo la viví.


De compras en parejas a las compras independientes

Una historia real. Quedaron dos agregadas para ir de compras: una de cuarenta y tantos años, profesora de francés en un instituto público de secundaria (a la que llamaremos J), y otra de casi setenta, celadora, con muchos años en el Opus y, lógicamente, jubilada (a la que llamaremos E). La compra era una falda y un pijama para la más joven. Sucedió que recorrieron todas las tiendas de Mérida para encontrar una falda que fuera lo más económica posible, según los criterios de E; sin embargo, para el pijama entraron en la primera lencería que conocía E, donde compraron uno a un precio bastante alto. Esto desconcertó, lógicamente, a J, quien dijo que se había comprado una birria de falda y un pijama maravilloso, y que no volvería a ir de compras con esa persona…

Qué contradicción, ¿verdad? Lo que en un principio podría resultar divertido y placentero se convertía, al final, en una auténtica agonía. Este caso hace referencia al famoso “criterio” que se adquiría por el hecho de ser mayor, llevar años en la Obra o tener algún cargo, pero, desde luego, eso no garantizaba ponerse en el lugar de otra persona, atender a sus gustos y, sobre todo, tener gusto.

Otro aspecto curioso que hacía odioso ir de compras era quedar a una hora, un día y en un lugar: esto suponía una discusión de media hora. Cuando ya tenías todo resuelto, se añadía una tercera que, poniendo cara de agobio, preguntaba: «¿podría ir con vosotras?». Y, mientras forzabas una sonrisa, le indicabas dónde y cuándo habíamos quedado. En el mejor de los casos, la nueva candidata al plan de compras respondía ¡genial! Respirabas profundamente… Pero, si no le venía bien, te callabas un «pues, chica, qué le vamos a hacer…», pero se intentaba hacer un acople que resultaba una pérdida de tiempo y de energía porque, al final, quizá ninguna de las tres habíamos conseguido comprarnos ni una blusa.

Otra peculiaridad de las compras era esperar a usar la prenda que te habías comprado para enseñársela a alguna del consejo local y, al mismo tiempo, a todo el centro. Pobre de ti que alguna comentara: «pues a mí no me gusta», que era lo habitual, en el centro al que pertenecía. Inmediatamente yo pensaba: «si no te lo vas a poner tú». Pero si por alguna razón no enseñabas tus prendas a la “comunidad” por falta de tiempo, te quedaba la sensación de haber hecho algo ilegal.

A Dios gracias, todo esto evolucionó. En los últimos años, cada una compraba cuando podía o quería y justificaba después esa compra y, si te apetecía, te ibas con alguien que comprendiera tus gustos, porque se entiende que siempre viene bien un consejo con gusto y desinteresado.

Además, ¿cómo se va a poner en ejercicio la libertad, el desarrollo del propio criterio o la forma personal de poner en práctica la pobreza, si siempre estás pendiente del criterio de otros?

Regalos dependiendo de quien fuese el destinatario

El día de Reyes era y es —pienso que sigue pasando lo mismo— un momento que se preparaba de forma muy especial. La verdad es que, para las agregadas, era una ocasión mágica y de mucha ilusión, en el que, además de esperar un buen regalo —que no te podías permitir de forma personal—, ejercitábamos la imaginación y la creatividad, porque durante muchos años, además de regalos, también te caía una broma.

La cara B de todo eso era que había exigencia para unos regalos y para otros no. A algunas personas se les regalaban objetos de calidad y a otras se intentaba acertar en la medida de lo posible y sin hacer grandes esfuerzos. Lo sé porque me tocó ser paje (persona “con criterio” y tiempo que se encargaba de comprar los regalos) más de una vez.


Cuando llegaba el día de Reyes, se hacía un poco —o bastante— de teatro por parte de las personas que hacían cabeza, que incluso se disfrazaban de Sus Majestades. Todo eran sonrisas y ojos expectantes… hasta que llegaba el momento de abrir los regalos. Cada una se quedaba ensimismada en sus obsequios, hasta que empezaba la inspección de los regalos de las demás, especialmente para comparar…


En los últimos años ya no se hacían bromas, aunque, para no perder la costumbre, alguna generosa y creativa tomaba la iniciativa de preparar algún montajillo a modo de broma colectiva. En algún caso, esa broma pasaba totalmente desapercibida o incluso acababa en la basura junto con los envoltorios de los regalos.


Otro momento estelar de los regalos era —y es— cuando el Padre (el que fuera en ese momento) venía —o viene— de visita a España y, muy especialmente, a tu delegación, porque en ese caso se hacía una colecta entre las agregadas, supernumerarias… todo para sorprender al Prelado con un obsequio especial.


Me di cuenta de lo absurdo de ese momento cuando, en la visita de Ocariz a Sevilla, se decidió regalarle un libro que yo tenía sobre Mérida cristiana, con unas ilustraciones buenísimas; ese era el regalo de las emeritenses. Ocariz, lógicamente, no se quedó con el libro, pero, por insistencia de la directora del centro, puso unas palabras a modo de dedicatoria. Sinceramente, mejor que no hubiese puesto nada. Todo me pareció un absurdo peloteo, que de cariño tenía muy poco. Al final, ese libro se quedó en el centro. Probablemente lo reclame.

Para terminar con el tema de los regalos, un pequeño apunte sobre el teatro y las mentiras; sí, mentiras que teníamos que decir a nuestra familia cuando nos regalaban algo que luego no nos veían puesto o usando. Regalos que nos habían hecho con todo el cariño y pensando en nosotros. El corazón no se nos apegaba al objeto regalado, sino al cariño que la otra persona había puesto al acordarse de nosotros, al tiempo empleado.

Las casas de las agregadas. En la mía, mandé yo.

Tener tu propio piso es una sensación única, después de haber vivido en una familia con nueve en casa (ocho + abueli), de vivir y trabajar en administraciones y de compartir piso de alquiler con gente diversísima.


Tenía 45 años cuando tuve mi casa en propiedad… No sigo porque sé que hay mucha gente que no ha tenido ese privilegio y, además, el tema que quiero destacar no es ese.


El caso es que se me ocurrió invitar a mi casa a las agregadas de mi centro. Después de tomar un café y unos bollos, empezó la lista de cosas que tenía que hacer: que si las cortinas así, que si un sofá de tal estilo… Vamos, que iban a decorarlo todo en unos minutos, de la misma forma que el resto de los pisos de agregadas: salita con mesita y butacas, salón con los cuadros de la canonización y fotos de los distintos prelados… cortinas de flores… Total que, después de un breve silencio, les di las gracias y les comenté que mi casa la decoraba yo. A los diez minutos se fueron todas y yo respiré profundamente.

Luego me enteré de que a la secretaria del centro (que fue aquella tarde a dar su visto bueno para el “estilo opus”) no le había parecido bien mi actitud; incluso le pareció de “mal espíritu”.

Convivencias de celadoras

Me voy a referir a dos aspectos que suelen trabajarse especialmente: las personas mayores en la Obra y las necesidades económicas. Los hechos que comento a continuación pertenecen a tres convivencias realizadas en los años 2017, 2018 y 2024.


Respecto a las personas mayores, se nos pidió que hiciéramos propuestas para atenderlas mejor —que, dentro de nada, seríamos nosotras las que estábamos allí—. Se expusieron todas las propuestas y se habló de lo que ya se estaba haciendo por parte de la delegación, de los famosos pisos compartidos que algunas personas ilustres habían donado.


Pero, en ese momento, algo cambió cuando una agregada, con bastantes años de experiencia y mucha dedicación, atendiendo a supernumerarias con su cochecito por los pueblos y administrando casas de retiro, preguntó qué iba a pasar con las agregadas mayores y su jubilación… Literalmente: «a ver si, después de estar dando todo nuestro dinero a la Obra, nos íbamos a quedar con una mano delante y otra detrás».

A esta persona, con la que he coincidido muchas veces, le tengo un cariño especial; era —y es— una persona saladísima. Ese día no bromeaba y a mí me dolió verla triste y preocupada.


En una convivencia de supernumerarias (2024), de la que aún guardo el programa y, por supuesto, los apuntes sobre las charlas que nos dieron, tuvimos, como no podía faltar, la charla sobre los asuntos económicos, que presentaré de forma esquemática para no cansar mucho.

Destino de las aportaciones

1.Recursos: Fondos

  • Ingresos profesionales de numerarias y agregadas
  • Donativos de supernumerarias y cooperadoras

2.Destinos

Humanos
lo prioritario es la persona. Eso dicen.
Centros
en su tiempo el esfuerzo estaba en abrir centros, casas y otras instituciones. Ahora es necesario mantener los centros que tenemos. Y también vender.
Fundaciones
Fundación Valle y Fundación Indes
Labores apostólicas
Carf, Fundación Fomento, Harambee, Laguna, Torreciudad, Saxum, Orvalle.

Procedimiento:

1º Presupuesto: numerarias+ agregadas+ supernumerarias
2º Centros: Autosuficientes y los que necesitan ayuda porque hay personas que no tienen pensión.
3º Dirección del dinero: Directoras de los centros lo envían a la delegación (en
mi caso a la delegación de Madrid Oeste: dlmof), ésta lo envía a la asesoría
regional y de allí, a la asesoría central.
4º Gastos: Centros: 46,2 %. Prelatura: 36 %. Necesidades generales 13,2%.
Apeaderos: 2,3%. Casas de retiro: 2%. (Según las de la delegación, estos gastos
van directamente a la gente de “casa”).
5º Contribución: Numerarias y numerarias auxiliares: 38 %. Agregadas: 17 %.
Supernumerarias: 28 %. Cooperadoras: 4,4 %. Recursos extra: 12,6 % (esto no
sé qué es).

El coche

Siempre me he preguntado quién vive realmente la pobreza: ¿aquellos que disponen de una flota de coches mientras siguen afirmando que los coches no son suyos, o aquellos que pasan por la situación normal de comprar un coche, responsabilizarse de sus gastos, de sus reparaciones, de sus obligaciones legales y, lógicamente, de dejarlo cuando se necesite sin juzgar quién te lo pide?

Tengo muchas anécdotas relacionadas con el coche, pero contaré solo una por su relación con lo que he comentado anteriormente.

Nos remontamos al año 2000, en el que estuve en un centro de “adscritas”, junto con tres agregadas más, para un experimento que consistía en mezclar la labor de numerarias con agregadas, supongo que con el objeto de que las numerarias jovencitas conocieran la vida de las agregadas por si les apetecía pasarse a ese “bando”. Aunque, en el fondo, el experimento consistió en acercar a las agregadas a la vida de las adscritas y colaborar en la labor de ese centro, haciendo la vida más amable a las numerarias que lo tenían como encargo principal.

El caso es que me tocó irme de convivencia y tuve que dejar el coche y el móvil por mandato expreso de la directora, ya que podían necesitarlo para llevar a las encantadoras niñas a sus respectivas mini convivencias. Cuando volví de la convi, lógicamente, pasé por el centro para recoger mis pertenencias e irme a mi casa, ver a mis padres y trabajar al día siguiente. Tengo que aclarar, antes de terminar la anécdota, que el centro del que hablo está en Badajoz; yo vivía en Zafra, cerca de donde trabajaba, y mis padres vivían en Mérida… hagan sus cálculos.

Pues, como decía, cuando llegué a recoger el coche y el móvil, una numeraria del centro me lo pidió para ir a un curso que tenía que hacer y, lógicamente, le dije que no. La numeraria en cuestión se enfadó; supongo que se lo pediría a otra víctima.

Cuando llegué a mi casa, comprobé que me faltaba un maletín con material auxiliar, herramientas, etc. Lo comenté en el centro y me contestaron, con una amplia sonrisa, que lo habían sacado para meter maletas y sacos de dormir y que se lo dejaron en el pueblo. Y remataron diciendo: «¡Hay que ver estas niñas!», seguido de una frase lapidaria sobre la generosidad y el desprendimiento que yo debía tener.

Por qué duré 44 años en el Opus Dei