La Oficina de Sanación y Escucha del Opus Dei

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Por Zorzamandinga, 1.02.2026

En marzo de 2024, el Opus Dei habilitó un correo electrónico para recibir reclamaciones de exmiembros. En enero de 2025 decidió formalizarlo. El 13 de mayo de 2025, el Vicario lo convirtió en decreto. El 17 de julio de 2025 lo anunció en su web bajo el nombre de Oficina de Sanación y Escucha.

Catorce meses para pasar de un correo electrónico a un decreto. Otro mes y medio para anunciarlo. El resultado: el mismo correo electrónico. Sin teléfono, sin chat, sin dirección física. Más de setenta personas trabajando en ella, según se publicó. Un único nombre visible, con el segundo apellido omitido. La burocracia espiritual también tiene sus milagros...

El nombre es José María Román, licenciado en Derecho y coordinador de la oficina según la propia web de la Prelatura. Desde 2020 dirige Aceprensa, agencia de información fundada en 1966 y de circulación básicamente doméstica en el ecosistema de la Obra. No es exactamente Reuters. Tampoco lo pretende. Su función es más delicada: informar sin sobresaltar a nadie que no quiera ser sobresaltado.

En su perfil público en LinkedIn, se presenta como jurista y especialista en democracia y derechos humanos. En marzo de 2025 ofreció una conferencia magistral en la Universidad Católica de Honduras sobre democracia, participación ciudadana y sociedades justas. Hasta aquí, todo dentro del circuito habitual: democracia, diálogo, compromiso social, palabras suficientemente grandes para llenar un salón y suficientemente suaves para no romper nada. Después aclaró que no conocía la realidad hondureña. La conferencia siguió adelante. La democracia, por lo visto, admite ciertas abstracciones. No encontré rastro público de su ejercicio profesional como abogado.

El coordinador de la oficina tiene más años que muchos de quienes acuden a ella en busca de reparación. No consta que haya recibido formación específica en atención a víctimas de trauma institucional. Consta que estuvo dentro durante mucho tiempo y que gestionó salidas. Eso es lo que, según el Opus, le cualifica para sanar.

Lo conozco. Fue él quien actuó como interlocutor durante mi salida del Opus.

Tenía yo treinta años y llevaba veinte dentro. En las conversaciones finales me informó de que solo podía hablar con Dios a través de él. Que si en la oración mental no oía voces, era porque el canal único era su persona. Quedaban así, sin explicación, las medias horas de la mañana y las medias horas de la tarde que había cumplido durante dos décadas. Treinta minutos por la mañana. Treinta por la tarde. Cada día. Misterio teológico o fraude moral. Las dos cosas no son incompatibles.

Me dijo también que me iba a quedar solo con mi perro, haciendo desgraciados a todos los que me rodeaban.

Eso es una maldición. No es orientación espiritual, no es dirección de conciencia, no es lo que ninguna tradición cristiana entiende por caridad. Es una maldición funcional, construida para instalarse en quien la recibe. Y se instaló. Durante años, cada vez que algo salía mal, aquella frase aparecía con la puntualidad de los cobradores.

Tenía treinta años, pero era un niño. No lo digo como atenuante: lo digo como descripción exacta de lo que produce veinte años de numerario desde los catorce años. Un adulto sin cuenta bancaria propia, sin ropa comprada sin permiso. Ese era el interlocutor al que el “especialista en derechos humanos” le explicaba las condiciones de acceso a Dios.

Años después supe que no fui el único. Hablé con otros que habían tenido que pasar por la “comprensión”, la “caridad”, el “apoyo” y la “sanación” de esta persona. Comparamos recuerdos. Coincidían con precisión suficiente. Al final usamos la misma imagen para describirlo: un osito de peluche con el Yahvé más justiciero del Antiguo Testamento debajo.”

Esa misma persona coordina ahora la Oficina de Sanación y Escucha, al frente de un equipo con formación en psicología, espiritualidad, educación, trabajo social y acompañamiento pastoral.

La lógica interna de este nombramiento es, reconozcámoslo, impecable. Quien conoce de primera mano las grietas por las que la gente se rompe al salir es, en teoría, quien mejor puede gestionarlas. La pregunta es: ¿en qué dirección?


El silencio posterior

La oficina se anunció el 17 de julio de 2025. Alfa y Omega la cubrió. ACI Prensa la cubrió. Omnes (antes era la revista Palabra, para los que se acuerden), la cubrió. Infovaticana la cubrió. Los medios católicos que suelen seguir la agenda del Opus publicaron la nota de prensa con variaciones mínimas. Luego, silencio.

Casi un año después del anuncio, no existe una sola entrevista con José María Román sobre su trabajo al frente de la oficina. Ningún medio afín, ni Aceprensa, que él mismo dirige, ni ningún otro, ha publicado un balance de casos atendidos, un número de consultas recibidas, un criterio de actuación explicado por alguien con nombre. Nada. En su actividad pública en LinkedIn, el coordinador sigue figurando como director de Aceprensa y conferenciante sobre democracia. El cargo en la oficina no deja huella visible.

Lo que sí hay es un episodio documentado sobre cómo opera. En una entrevista publicada por Infobae, Marina Pereda, autora de La Obra, libro en el que narra sus vivencias dentro del Opus Dei como miembro de segunda generación, contó que, al día siguiente de una entrevista televisiva, recibió un correo de la oficina de escucha del Opus Dei. Le decían que se notaba que tenía muchas heridas dentro y que airearlas en el espacio público no iba a calmarlas. Pereda respondió que, si eran una oficina de escucha, se leyeran el libro antes de juzgar.

Eso es todo lo que sabemos públicamente de su funcionamiento real: un correo dirigido a quien habla en público, no para escuchar primero, sino para interpretar su dolor y desaconsejar su exposición. El mecanismo es conocido. No es escucha. Es contención.

Una oficina sin teléfono, sin dirección, sin balance publicado, cuyo único acto documentado consiste en desaconsejar el testimonio público, y cuyo coordinador lleva diez meses sin conceder una sola declaración en esa calidad, no es una oficina operativa. Es una declaración de intenciones que la Prelatura puede exhibir cuando le conviene y que no obliga a nada mientras no se le exija rendir cuentas.

No tengo nada que reclamar a título personal. La maldición no se cumplió.

Sobre su trabajo como coordinador de la Oficina de Sanación y Escucha en España, un país cuya realidad sí conoce, y de primera mano, no ha dado ninguna conferencia. Ni una declaración. Ni una línea en el medio que dirige.

Comparado con cualquier oficina de atención a víctimas mínimamente seria, las que tienen protocolo publicado, plazos de respuesta definidos, personal identificado con nombre y apellidos, vías de contacto múltiples, informes anuales de actividad y mecanismos de supervisión externa independiente, esto no pasa el examen más básico. No lo pasaría en una diócesis. No lo pasaría en una organización de salud mental. No lo pasaría en ningún servicio de ombudsman de cualquier país europeo. El Opus Dei lo presenta como un avance.

Lo que ves en esta oficina no es decadencia. Es coherencia.

El Opus Dei se presentó en los años cuarenta como una modernización del catolicismo: la santidad no es para frailes, es para el contable, el ingeniero, el médico. La vida ordinaria como camino espiritual. En aquel contexto sonaba a apertura. El problema es que el contenedor era el contrario del mensaje. Una estructura de control total sobre la vida privada, el dinero, las amistades, la ropa, los pensamientos. Una jerarquía opaca con cargos internos sin rendición de cuentas. Un sistema de información ascendente sobre los miembros disfrazado de dirección espiritual.

Una organización que nunca tuvo una cultura de transparencia no puede crearla en diez meses con un decreto y un correo electrónico. No sabe cómo. No tiene los reflejos institucionales para hacerlo porque nunca los necesitó. Durante décadas la opacidad fue una ventaja, no un defecto.

Lo verdaderamente triste no es que la oficina sea lo que es. Es que haya personas que sigan entrando sin saber lo que hay dentro. Y que la oficina, en lugar de ser un mecanismo genuino de reparación, sirva principalmente para decir que existe.

En febrero de 2021, al hilo de un artículo de Aceprensa sobre los límites de la libertad de expresión en redes sociales, José María Román escribió en X (Twitter) una pregunta clásica: ‘¿quién controla al controlador?’

La pregunta es magnífica. De hecho, podría figurar en la puerta de la oficina, si la oficina tuviera puerta.

Una oficina de escucha sin teléfono, sin balance, sin entrevistas, sin nombres públicos más allá del coordinador, cuyo único episodio documentado consiste en escribir a una exmiembro que habla en público para decirle que airear sus heridas no la calmará, coordinada por alguien que, en mi propia salida, actuó no como acompañante sino como administrador del miedo: ahí está la respuesta.

Nadie controla al controlador.

Pero el controlador, eso sí, tiene correo electrónico.


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