El Opus Dei y la fábrica de mujeres rotas

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Por Santa Rigidez de la Cruz, 24.04.2026


El Opus Dei ha encarnado durante décadas, en muchos de sus modos de formar y gobernar, un modelo profundamente rígido, autoritario y afectivamente empobrecido. Un esquema que identifica madurez con dureza, virtud con obediencia, y fortaleza con capacidad de aguantar, callar y someterse. No es una masculinidad sana ni noble, sino una versión empobrecida y dañina de lo masculino originada en su fundador Escrivá, mantenida con obstinación incluso cuando la sociedad ha ido dejando atrás esos patrones.

Ese modelo perjudica a todos, también a los hombres. Pero en las mujeres suele producir un daño especialmente profundo. Porque muchas de ellas poseen una gran capacidad natural para lo afectivo, lo relacional, la empatía y el cuidado. Cuando una institución les enseña a sospechar del cariño, a vigilar la amistad, a reprimir la cercanía y a subordinar los afectos a la lógica del poder, no las está haciendo más maduras: las está mutilando por dentro.

Entonces aparece una transformación dolorosa. Para sobrevivir, muchas aprenden a endurecerse, a desconfiar de su propia ternura, a sofocar su necesidad de vínculo, a considerar debilidad lo que en realidad era riqueza humana. Se vuelven eficaces, firmes y controladas, sí, pero a costa de una grave pérdida interior. Algunas terminan convertidas en ejecutoras de la misma frialdad que las hirió.

Y da mucha pena ver, en particular, a tantas numerarias directoras que han quedado destrozadas por dentro. No solo dañadas en sus afectos, sino profundamente quebradas como personas. Mujeres que durante años han tenido que amputarse emocionalmente para servir a un ideal inhumano, y que muchas veces acaban incapaces de rehacer su vida, de reconstruir su personalidad o de reconciliarse con lo mejor de sí mismas. En ellas se ve con especial claridad hasta qué punto este sistema no forma: deforma.

Hay, además, un sufrimiento añadido y particularmente amargo en el caso de las directoras: el de haber sido llevadas a imponer a otras mujeres el mismo machismo mal entendido que las dañó a ellas. Forzar la frialdad, vigilar los afectos, cortar vínculos, sofocar la espontaneidad ajena en nombre de un ideal supuestamente superior deja una huella moral y psicológica muy profunda. No solo fueron víctimas de ese esquema: muchas quedaron también atrapadas en el dolor de haberlo reproducido.

Ese es uno de los daños más hondos: no solo se reprime la sensibilidad, sino que se la humilla hasta hacerla parecer un defecto. Y así, lo que debería ser fuente de humanidad —la capacidad de amar, de cuidar, de crear cercanía, de vivir la amistad con libertad— acaba siendo vivido con culpa, miedo o sospecha.

Por eso denunciar este esquema no es una guerra entre sexos ni una simple crítica cultural. Es una defensa de lo humano. Ninguna institución debería arrancar de una persona aquello que la hace más viva, más cercana, más compasiva, más capaz de amar.

Recuperar esa parte de sí no es una traición. Es, muchas veces, el comienzo de la curación. Y las mujeres del Opus en general, y las numerarias directoras en particular, tienen toda mi simpatía. No solo por lo difícil que es rehacer sus vidas y reconstruirse como personas abusadas, sino por la carga y el peso de todo lo que hicieron, o les obligaron a hacer, en su vida anterior. A vosotras os transmito todo mi cariño.


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