La maldición del Opus: mi vida desde los 14 años
Por María del Consuelo Oliver Vera, 13/10/2025
Escribo desde Monterrey, México. Tengo 57 años.
Hace poco empecé a ver en YouTube los coloquios y, al saber de la existencia de la serie de televisión del Minuto heroico, me sorprendí muchísimo. Al fin tenía la manera de explicar a mis hijas y amigas lo que yo viví a los 14 años en el Opus Dei, casi un año, porque después me fui. Me casé a los 20 y nunca volví a saber del Opus...
Creo que en Monterrey no hubo mucha gente que fuera afín al Opus, aunque hubo escuelas. No crecieron tanto; creo que los Legionarios de Cristo fueron más listos que el Opus. Pienso que el Opus buscaba solo “peces muy gordos” en cuestión de dinero.
Les contaré un poco mi historia. Yo fui Aspirante a Numeraria en el año 1983, con 14 años, sin permiso ni autorización de mis padres. Solo mi madre supo esta situación. Claro, se molestó muchísimo, ya que ella no entendía cómo su única hija mujer quería ser religiosa. Yo le explicaba del Opus Dei, pero ella no me entendía nada y odiaba esa idea. Mi madre hasta terminó yendo a terapia con un psiquiatra, ya que enfermó de los nervios al saber esta situación. Mi papá nunca se enteró. Mis padres ya murieron los dos.
Yo conocí el Opus a finales de 1982, en septiembre u octubre, no recuerdo bien el mes. Iba a un club que se llamaba Alera, en la colonia del Valle. Aún existe ese club y aún es un lugar donde captan niñas del colegio Liceo de Monterrey. Vivían ahí unas seis o siete numerarias.
Una de ellas se llamaba (hija del dueño de una gran empresa de televisión, una persona muy poderosa en la Ciudad de México). Ella estudiaba en el Tec de Monterrey. En ese tiempo yo no lo sabía, me enteré mucho después. Era una casa como residencia para personas que asistían al Tec o a alguna universidad de Monterrey. La casa tenía una combi que se usaba para los retiros, y esta numeraria chocó la combi blanca: tuvieron un accidente al regresar de Saltillo, donde había una casa de retiro. Inmediatamente su padre mandó una camioneta Wagoneer color arena, nuevecita de agencia. He de aclarar que la combi VW blanca no era nueva, ya era viejita, pero la usaban como medio de transporte a las universidades, ya que el Tec está retirado de la colonia del Valle.
He de aclarar también que a mis 14 años, estando en segundo de secundaria, quería ser arquitecta, y una de las cosas que a mí me enamoró del Opus fueron sus casas, sus residencias, que eran muy bien decoradas y hermosas. Eso fue lo que, de primera mano, me enamoró.
Yo era muy amiguera, tenía muchas amigas en la secundaria. Asistimos a ese club como siete amigas. Hacían ver la amistad como algo muy importante y eran muy cordiales. Empezaron a ir por nosotras, ya que vivíamos algo lejos de la colonia del Valle. Luego entendí que era una manera de averiguar cómo vivíamos y ver la casa de nuestros padres.
Una compañera muy estudiosa de la escuela también pitó, pero al mes se salió. Muchos años después supe que le dijeron, muy diplomáticamente, que su familia no tenía solvencia económica para pagar sus estudios en el Opus.
A mí, desde un principio, me abordaron con el tema de la vocación: que Dios me había escogido desde el vientre de mi madre, que yo era elegida por Dios. Esas cosas, a tan corta edad, impresionan. Yo no entendía muchas cosas, pero ahora pienso que les urgía que alguna de las niñas del club pitara. Tal vez a la chica que me dirigía le urgía eso.
Después de varios meses de insistencia, me invitaron a México a un retiro de Semana Santa en una hacienda hermosa, bellamente decorada. Allí fue donde pité. Otra numeraria de México fue la que me abordó, y el acoso fue tanto que un Viernes Santo escribí la carta.
Hay muchas cosas que tengo bloqueadas de esa época, pero mi mente de niña a veces me traiciona y salen a relucir. He de aclarar que a mí siempre me pedían dinero para la formación, y cada vez que las veía tenía que dar una cantidad. Me hacían entender que ahí estaba mi familia, “la obra de Dios”, pero que mi familia de sangre tenía que aportar siempre dinero para mantenerme.
A mí me dieron las Normas inmediatamente. El cilicio me lo imponían en el club. Yo no entendía nada de eso y me daba miedo. Entendía el plan de vida —la misa, el rosario, besar el piso—, pero otras cosas no. Me ponían a leer libros que estaban bajo llave, muy secretamente, en un área de la casa que solo las numerarias conocían.
El sacerdote me explicaba, pero créanme: yo seguía sin entender. Me sentía tonta; me daba pena preguntar. Y, además, parecía que les molestaba que yo preguntara. Realmente fueron meses muy difíciles para mí. Iba a misa sin permiso de mi madre. Yo cumplía 15 años el 9 de agosto, y mis padres estaban organizando una gran fiesta. Eso fue tan difícil… La numeraria me decía: “Tú pide lo más caro: el lugar, el casino, el vestido... así tus padres se enojarán y cancelarán todo”. Y fue todo lo contrario. Me decía: “Dile a tu mamá que el vestido no te gusta”. Yo se lo decía, y se mandaron hacer tres vestidos, todos muy caros. Yo ya no sabía qué inventar. La fiesta seguía. Al final, otra numeraria me dice: “Hazte la enferma. Ponte cebolla en las axilas: te dará temperatura. Pero por ningún motivo vayas a la fiesta de 15 años preparada por tus padres”.
Yo no iba a fiestas, no veía amigas, nada: puro Opus en esos diez meses. Pero mi cabeza no entendía. Me hicieron cortarme el pelo muy cortito, usar faldas largas. Tuve que pedirle a mi madre que me las comprara, ya que no usaba faldas. Me dijeron que debía vestir “bien”, ni reloj usaba.
Pedir todo eso —y además que me pedían dinero para la formación— puso a mi madre de muy mal humor, pero me daba el dinero. Eso nunca fue problema. El cortarme el pelo fue otro pleito con mis padres.
Mis 15 años, con pelo de niño, y la dichosa fiesta se realizó muy bonita. No pudieron evitar que fuera, aunque yo estaba indecisa con todo. Aparte, las numerarias del club también vivían estresadas, creo que por la universidad, ya que todas estudiaban.
Había dos numerarias: la directora y otra que tenía diabetes. Yo decía: “¡Wow! ¿Cómo le hace con su enfermedad?”. Y me decían: “Que te quede muy claro: tu familia de sangre se hará cargo de ti económicamente toda la vida”.
Yo no entendía nada. Todo parecía un revoltijo de ideas para mi corta edad. La fiesta de 15 años fue el detonante: dejé de ir al club. Tenía miedo.
Entonces empezó otro acoso. Me amenazaban: que si dejaba el Opus sería muy infeliz, que iría al infierno, que no sería feliz. Me maldijeron de todas las maneras posibles. Qué miedo. Fueron palabras que se grabaron en mi mente.
Mi esposo murió asesinado, y créanme: cuando ocurrió, dije “Dios se enojó”, como me había dicho la numeraria el día que dije “basta del Opus”.
“Basta de buscarme. Sus ideas no las entiendo. ¡No ves que aún no tengo edad para decidir esto!”, les dije llorando. Para esto, fueron como cuatro numerarias diferentes las que me amenazaron cuando me fui.
Al morir mi esposo, dije: “Buscaré al Opus, del que jamás volví a saber”. Y así fue como encontré Opuslibros, y me sorprendí mucho. O sea, sería infeliz en ambas partes. Te mandé mi email; yo estaba en duelo.
Otra cosa que recuerdo muy bien: al entrar, me hablaron de mi testamento. Dije: “Pero tengo 14 años. Las propiedades y casas de renta son de mis padres, y ni sé cuántas tienen”. Me dice la numeraria con la que llevaba mi práctica semanal: “¿Pero tienen o no?”. Le dije: “Sí, tienen”. Ella quería que yo supiera exactamente cuántas. Me dijo: “Pregunta, averigua con tus padres”.
Después de mi fiesta ya no volví. No contestaba el teléfono. Cuando veía que llegaban a buscarme, mi mamá las corría. Fueron meses muy difíciles, como tres o cuatro, en que me buscaron.
Agradezco tu tiempo al leerme. Me gustaría que publicaras mi historia en Opuslibros. Leer las historias o escritos de los demás sana mi corazón.
También veo los coloquios de Ágora: me ayudan mucho a sanar mi culpabilidad, cosa que aún no he sanado, y no sé si lo haré.
Tengo tres hijos, dos con problemas de drogadicción. Ha sido un largo camino de internamientos, sin poder salir de eso, y aún oigo en mi mente las palabras de ellas: “¡Serás muy infeliz! ¡Te vas a condenar en vida!”. Aun así, no he perdido la fe. He perdido todo en esta vida en cuestión de dinero, ya que la familia de mi esposo me quitó todo por el problema de mis hijos con las drogas. Me quitaron propiedades. Mi esposo murió y mi madre enfermó de Alzheimer. Al morir mi madre, supe que iba a heredar, pero otra sorpresa me tenía el destino. Somos tres hermanos. Mi madre murió primero; yo la cuidaba. Mi padre vivía solo en Veracruz. Uno de mis hermanos le hizo firmar un poder a mi padre y se quedó con todo, aun en vida. A mi padre lo golpeó y desalojó. Peleamos muchos años con abogados, hasta quedarnos sin un peso. En México, al firmar un poder, no hay manera de quitarlo.
Mi padre murió triste y desilusionado. No entendía que su hijo predilecto le hiciera esa gran maldad. Yo me quedé sin un peso, muy devastada.
Y aún oigo, como una pesadilla, la maldición del Opus.
Puedo contar que tres años después de la muerte de mi esposo, en 2006, me reencontré con un novio que también supo de mi paso por el Opus. Él era ateo, y también murió.
La historia parecía mejorar y, pues no. Años de terapia. Mi psicóloga me dice que tengo un trauma infantil, apegado a las desgracias.
Y yo solo puedo decir: sí, cinco numerarias me maldijeron tanto que claro que afectaron mi mente.
Puedo decir que, al ver tanta maldad en la vida, solo le pido a Dios: no me quites la fe, por favor.
Las historias de tanta gente que abandonó el Opus, de tanta gente buena y de corazón noble, me entristecen muchísimo.
El Minuto heroico, los testimonios en Opuslibros… Veo tanta gente que sufrió abusos del Opus: las 43 de Argentina, y en todo el mundo somos muchos. Es muy triste, lamentablemente.
Ojalá se juntaran todas nuestras historias y pudiéramos anular al Opus. Mandar las historias al Papa, al Vaticano. Estoy pensando en poner mi denuncia en un email del Vaticano, pero hacerlo bien.
Es importante unir nuestras historias y parar la maldad diabólica del Opus. Es lamentable… tanta maldad.
Gracias por leerme.