Grave responsabilidad de los supernumerarios
Por Ashitaka, 25/08/2025
Entre los miles de testimonios y escritos recogidos en esta página a lo largo de más de 20 años, muy pocas veces se pone el acento en la culpabilidad insoslayable de los supernumerarios. Abundan las denuncias contra los directores, contra curas fanáticos, contra las estructuras de poder que regulan el sistema de abuso y lo administran. Pero muy pocas veces (o por lo menos yo no los he leído) se cargan las tintas contra el estamento comodón que está detrás de la pervivencia de la secta: los supernumerarios.
No nos llamemos a engaño. Desde hace décadas, las huestes de numerarios están conformadas casi en su totalidad por hijos de supernumerarios. La única forma que tiene el opus de crecer orgánicamente es sometiendo a sus futuribles reclutas a un adoctrinamiento ininterrumpido desde el mismo momento del nacimiento. El famoso plano inclinado. Porque nadie en su sano juicio se plantearía algo tan antinatural a los catorce años sin la colaboración necesaria de sus propios padres con la estructura de abuso. Los hijos de los supernumerarios siempre hemos tenido al enemigo en casa. No en los clubes o en los colegios. En casa. Y creo que es momento de dejar los sentimentalismos de lado. Incluso entre las víctimas del opus prevalece la idea de que la familia es una entidad sagrada que no se puede cuestionar, ni siquiera cuando es el origen de abusos flagrantes. Esa trampa mental ha permitido la elusión de responsabilidades de los mayores culpables de este latrocinio intergeneracional durante décadas…
La defensa a ultranza que se hace de los supernumerarios, considerándolos siempre víctimas indefensas que ven traicionada su confianza una y otra vez, es tan cobarde como injusta. La realidad es mucho más simple. La gran mayoría de supernumerarios que entraron en los años 70 y 80 eran de primera generación. No fueron condicionados por sus propias familias ni nada similar. Simplemente les plantearon un pacto faustiano y ellos aceptaron. Acceso a trabajos bien remunerados y con una gran estabilidad a los que no podrían haber accedido por sus propios medios (en colegios, universidades, fundaciones y demás organismos dependientes) a cambio de producir descendencia que poner a disposición del opus. Es decir, los supernumerarios han disfrutado de vidas muy, muy acomodadas hipotecando a cambio la vida y la salud mental de sus hijos. Han vivido por encima de sus posibilidades poniendo como deudores a sus propios hijos, a los que han vendido a una secta para que abusaran de ellos cuando eran todavía niños. Y la gran mayoría, con el paso del tiempo, se ha negado en redondo a asumir ningún tipo de responsabilidades.
Saturno devorando a sus hijos. Padres narcisistas, fanáticos, comodones e hipócritas, que han medrado al calor del opus y han dispuesto que sus hijos hicieran sacrificios que ellos nunca estuvieron dispuestos a hacer. Siempre se denuncia en estas páginas cómo los directores prohibían a los aspirantes comunicar la vocación a sus padres, que pitaban de espaldas a ellos. Puede que así fuera en un tiempo remoto. Mi experiencia y la de mi entorno es muy diferente. Los millennials pitábamos siempre con la pasividad, el aplauso o la indiferencia de nuestros padres boomers. Nunca con el rechazo o la oposición directa. Se hacían los locos o decían que no lo veían, pero nunca se plantaban en los clubes para impedirlo como sí hicieron otros padres no supernumerarios. Nunca se consideraron responsables de proteger a sus hijos. Tenían que rendirlos a los designios de la institución como pago y la gran mayoría lo aceptaba, con más o menos entusiamo, pero lo aceptaba.
Sin la labor procreadora y adoctrinadora de tantos supernumerarios, el opus se acababa en dos días. Los supernumerarios son de largo el estamento dentro del opus que mejor lo tiene. Como todo dentro de la institución, también hay diferentes estándares dependiendo de su clase social, pero en general sacan muchísimo beneficio de la pertenencia a la institución. Para ellos, es un club privado, una masonería católica donde hacer contactos, negocios o socializar con otros matrimonios de su misma condición. Y todas las deudas que contraen las ponen a nombre de otros: sus hijos, sus principales víctimas.
¿Por qué no nos escandalizamos más con esta aberración? ¿Por qué no cargamos las tintas contra ellos? Es mucho más fácil indignarse contra los malvados directores o contra numerarios sin escrúpulos que violaron nuestra conciencia, nos usaron como vieron conveniente y luego nos descartaron cuando no dimos más de sí. Pero, ¿qué pasa con todos aquellos que nos introdujeron en ese mundo de horrores, que nos vendieron como esclavos a esa organización criminal? ¿Por qué siempre les estamos salvando de la quema? ¿Por puro sentimentalismo, por un apego irracional a nuestros primeros y más responsables maltratadores? Porque no nos engañemos, quienes tenían que velar por nuestra integridad psicológica, quienes tenían que velar por nosotros eran nuestros propios padres, no unos veinteañeros desnortados de un club a los que habían programado en un centro de estudios y para quienes éramos simples números que tenían . Nuestros padres eran los responsables y todos los que permitieron que pitáramos siendo menores de edad fallaron estrepitosamente. No solo consintieron el abuso sistemático de nuestras conciencias, sino que participaron activamente en él. Todo para pagar servicios prestados a la institución.
La idealización de los padres entre los ex miembros del opus es un caso de estudio. Entre las familias de supernumerarios abundan los casos de maltrato (físico y psicológico), de abusos sexuales, de generación de enfermedades como la anorexia o la bulimia, de trastornos bipolares, de autolesiones, de intentos autolíticos.... ¿Qué tipo de padres pueden ser cuando muchos tienen hijos por encargo de la directora de turno, cuando han desconectado emocionalmente de ellos hasta el punto de permanecer impasibles ante sus sufrimientos patentes? Conozco muchas historias de padres supernumerarios que rechazaron a sus hijos cuando se fueron del opus, que actuaron como los peores sicarios de la institución. Padres que controlaban cuánto tiempo pasaban sus hijos en el baño de sus casas y luego informaban al director de turno, que luego se lo sacaba en la charla a los adscritos. Para nosotros, el Gran Hermano no se terminaba cuando nos alejábamos del club. No había escapatoria. El ojo del opus, como el ojo de Sauron, nos perseguía siempre.
El opus hace mucho tiempo que ha degenerado en una mera agencia de colocación, como tantos partidos políticos. Gente sin la preparación necesaria se afilia al partido par conseguir una posición económicamente o socialmente privilegiada. Y luego, a pagar el impuesto. Parte de los salarios en forma de aportación económica (lo de menos), y luego la entrega total de los hijos para la causa (lo mollar). Y no, esa entrega no se hace a los 14 años y medio. Se hace mucho antes. Desde el mismo momento de nacimiento. Sin todo ese condicionamiento previo, sin esa destrucción sistemática de la autoestima, sin esa inculcación machacona de supuestos valores como la obediencia o la generosidad, las embestidas virulentas de numerarios sin escrúpulos no tendrían éxito.
Es momento de alzar la voz y poner el foco sobre la burguesía institucionalizada del opus. Todo aquel supernumerario que se empeña en seguir perteneciendo a la institución después de haber sido testigo de los desmanes, de los abusos criminales que se han ejercido sobre sus propios hijos, merece la más tajante condena. Ya basta de mirar para otro lado, de pasarlo por alto, de considerarlos víctimas en el mismo plano que a los hijos. No. No es de recibo. La gran mayoría de los supernumerarios boomers no eran niños indefensos cuando aceptaron estos pactos mefistofélicos. Son responsables principales de todos los atropellos que se han cometido sobre su progenie. Se han beneficiado de ello. A veces de manera directa, otras de manera indirecta. Pero siempre se han beneficiado poniendo en venta el bienestar elemental de su descendencia.
Evidentemente, algunos casos son más flagrantes que otros. Algunos participan activamente del abuso, otros simplemente lo consienten. Pero la realidad es que, en última instancia, el opus pervive y se niega a morir por el apoyo incólume de estos privilegiados que cuando las cosas se ponen difíciles, alegan ignorancia. Todos sabemos que los supernumerarios no conocen todas las particularidades de la vida de un numerario. Pero saben lo suficiente. Esta página lleva funcionando más de 20 años. La información está disponible. Hace 30 años, quizá podía colar. Hoy no. Si permanecen ignorantes es porque se empeñan en ello. Pero eso no diluye su responsabilidad ni un ápice.
Los destrozos de los supernumerarios boomers son incalculables, pero ya no tienen remedio. A los millennial y a los zoomers, hay que apretarles. No puede ser que sigan con la misma vida estéril, hipócrita y comodona que las generaciones anteriores. Hay que ser tajantes en el vocabulario. Llamar a las cosas por su nombre. ¿Estarían dispuestos a vender a sus hijos a depredadores sexuales? ¿Por qué están tan contentos de hacerlo con depredadores psicológicos y espirituales? ¿Cómo pueden mirarse en el espejo después de tan asquerosa transacción?
Si los supernumerarios se rebelan, el opus se acaba. Si se siguen yendo de rositas, si nadie les exige responsabilidades o reparación, el ciclo de abuso continúa. Es así de simple. Por mucho que haya nuevos estatutos o que la sociedad les vigile más de cerca o los medios de comunicación los fiscalicen. Si nosotros, sus hijos, sus principales víctimas, no les juzgamos, nadie lo va a hacer y el opus va a continuar. Sé que es difícil. Sé que hay muchos sentimientos encontrados, mucha confusión. Pero hay realidades impepinables. Si permanecen en la institución después de ser testigos de la destrucción anímica y espiritual de sus propios hijos, son parte del enemigo. Son abusadores. Parece que lo tenemos muy claro cuando se trata de una esposa que recibe un tortazo de su marido. Por supuesto que allí una historia, unos sentimientos y unas contradicciones. Pero hay un tortazo, ergo es una historia de maltrato. Y ante esa situación lo único que se puede hacer es desaparecer. Porque no es de recibo. Pase lo que pase, no es de recibo.