La tristeza como vicio

Por Teresa del Romero Montes, 12/03/2025


Carta abierta a Mons. Ocáriz: ¿Sabe usted qué es el abuso espiritual?

Mons. Ocáriz,

Le escribo con una inquietud profunda tras leer su reciente carta sobre la alegría cristiana. No porque me sorprenda su contenido —el Opus Dei lleva décadas repitiendo el mismo discurso— sino porque sé, de primera mano, el daño que ese mensaje puede causar...

Fui numeraria desde los 16 hasta los 19 años, me fui en 2011. Y si hay algo que recuerdo con claridad es la brutal carga que suponía el examen de conciencia cada noche. Entre las muchas preguntas que debíamos formularnos, había una que se grabó en mi mente y que, hoy en día, me sigue estremeciendo:

¿Me he dejado dominar por la tristeza sin considerar que es aliada del enemigo?

Esto no era una recomendación opcional ni una práctica que dependiera del criterio de un director espiritual concreto. Era, y sigue siendo, parte del modelo de formación del Opus Dei.

¿Qué significaban estas palabras para una adolescente que acababa de dejar atrás su casa, su familia, su vida entera, para entregarse a la Obra? Significaba que la tristeza no era solo una emoción, sino una traición. No era un sentimiento a comprender, sino un enemigo a erradicar. Si sentía nostalgia, miedo o dudas, no podía simplemente reconocerlo y vivirlo. Tenía que luchar contra ello. Tenía que preguntarme qué estaba haciendo mal, en qué había fallado, por qué no era capaz de alcanzar la alegría constante que se me exigía.

Se lo diré claro, Mons. Ocáriz: ese mensaje no consuela, no sostiene, no libera. Este mensaje oprime. Convierte el sufrimiento en culpa. Fabrica personas que, en lugar de permitirse sentir lo que sienten, se reprimen, se fuerzan, se fragmentan. Y lo peor es que lo hace en nombre de Dios.

La tristeza como vicio: un mandato cruel

Su carta refuerza este mismo esquema de pensamiento. Lo demuestra su afirmación de que: “Siempre y en cualquier circunstancia, podemos y debemos estar contentos, porque así lo quiere el Señor.”

O peor aún, cuando afirma que: “La tristeza es un vicio causado por el desordenado amor de sí mismo” (citando Amigos de Dios, n. 92, y haciendo una confusa y errónea referencia a Santo Tomás).

No quisiera que esto pareciera una mala interpretación de mi parte, así que permito que sean sus propias palabras las que hablen. Aquí no hay matices. No hay reconocimiento de que la tristeza es parte de la vida. No hay un espacio para el duelo, la incertidumbre o la fragilidad humana. Solo hay una exigencia brutal: debes estar alegre, siempre. Y si no lo estás, algo falla en ti.

Pero, Mons. Ocáriz, ¿ha pensado en lo destructivo de este mensaje?

Porque, cuando una persona que sufre recibe este tipo de enseñanzas, la consecuencia inmediata no es la paz, ni la fortaleza, ni la esperanza. La consecuencia es la culpa.

— Culpa por sentirse mal.

— Culpa por no poder forzar la alegría.

— Culpa por no estar a la altura de lo que se espera de ella.

Y esto, Mons. Ocáriz, no es espiritualidad. Es abuso.

El Opus Dei glorifica el sufrimiento, pero prohíbe la tristeza

Hay algo profundamente contradictorio en su carta. Por un lado, niega la legitimidad de la tristeza. Pero, por otro, glorifica el sufrimiento:

“El amor verdadero exige salir de sí mismo, entregarse.”

“El auténtico amor trae consigo la alegría: una alegría que tiene sus raíces en forma de Cruz.”

Este es otro de los grandes dogmas del Opus Dei. No se trata de aceptar las dificultades de la vida con madurez. Se trata de amar el sufrimiento. De verlo como una prueba de santidad. De no rebelarse nunca ante lo que duele, sino de abrazarlo con una sonrisa.

Y aquí es donde el peligro se vuelve aún más evidente: ¿Cuántas personas han permanecido en situaciones de abuso, de explotación, de sufrimiento extremo, porque se les ha enseñado que la tristeza es un pecado y que el dolor es algo que deben cargar con alegría?

Porque si el sufrimiento es bueno y la tristeza es un vicio, ¿Qué opción queda?

— La resignación.

— La sumisión.

— La entrega total, sin cuestionamientos.

Este mensaje ha servido durante décadas para perpetuar dinámicas de abuso dentro del Opus Dei. Ha sido la excusa perfecta para jornadas de trabajo extenuantes, para vocaciones impuestas, para silencios forzados. Porque, si duele, hay que aceptarlo. Y si duele mucho, hay que alegrarse aún más.

El Papa Francisco ha denunciado el abuso espiritual. ¿No cree que sus palabras entran en esta categoría?

En los últimos años, el Papa Francisco ha puesto cada vez más el foco en los abusos espirituales dentro de la Iglesia. Ha denunciado aquellas prácticas que, en nombre de Dios, manipulan las conciencias, imponen cargas insoportables y destruyen la libertad interior de las personas.

¿No se ha planteado, Mons. Ocáriz, que su discurso cae precisamente en esta categoría?

Porque, ¿qué es el abuso espiritual sino imponer, en nombre de Dios, un ideal inalcanzable y hacer sentir culpable a quien no lo alcanza?

¿Qué es el abuso espiritual sino negar, en nombre de Dios, a una persona la posibilidad de sentir lo que realmente siente y obligarla a fingir otra cosa?

¿Qué es el abuso espiritual sino exigir, en nombre de Dios, que alguien soporte el sufrimiento con alegría, sin cuestionarlo, sin rebelarse, sin buscar un cambio?

Sus palabras, Mons. Ocáriz, no son inofensivas. Son el eco de una estructura que ha causado mucho dolor.

Y aunque ustedes insistan en que la Obra ha cambiado, en que han aprendido de los errores del pasado, en que ya no son lo que eran, esta carta demuestra lo contrario. Porque mientras sigan negándole a las personas el derecho a sentir, seguirán siendo lo que siempre han sido: una institución que no acompaña, sino que impone; que no libera, sino que somete; que no consuela, sino que culpa.

No, Mons. Ocáriz. Dios no pierde batallas. Pero ustedes sí.

Pierden cada vez que alguien deja el Opus Dei sintiéndose roto, vacío, sin saber quién es después de años de reprimir lo que realmente sentía.

Pierden cada vez que una persona dentro de la Obra se mira al espejo y se pregunta en qué ha fallado porque no logra alcanzar la alegría obligatoria que ustedes exigen.

Pierden cada vez que la Iglesia habla de abuso espiritual y el Opus Dei aparece inevitablemente en la conversación.

La fe no debería ser un mandato de alegría forzada. Debería ser un refugio donde cada persona pueda ser ella misma, con sus luces y sus sombras. Y mientras ustedes sigan negándole a las personas ese derecho, seguirán perdiendo.


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