Por Ávila, 10/09/2025



1.- Los primeros cristianos afirmaban que Cristo era verdadero Dios y verdadero hombre, o que Cristo había muerto y resucitado. En la carta a los Filipenses, san Pablo da un paso más con un himno a Cristo, una joya teológica:

Nadie busque su interés, sino el de los demás. Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús, el cual, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo…

Se hizo hombre sin sentirse superior. Es más, renunció, se abajó y pasó por uno de tantos haciéndose libremente esclavo de los demás, como un hombre cualquiera. Ese dinamismo de la encarnación lo mantuvo toda su vida, hasta morir en la cruz. El evangelio de Lucas concreta su nacimiento: lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre porque no había sitio en la posada. La forma de presentarse Cristo en el mundo no puede quedarse en un bonito belén navideño; es la estrategia de Dios para presentarse al mundo desde su Humanidad. De ella se deriva una forma de ver la vida desde abajo, no desde arriba, las virtudes y su programa de vida, la llegada del Reino de Dios, copiada casi íntegramente del libro de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor”. Su vida fue de abajamiento, de renuncia a cualquier poder humano o divino; la mayor parte de ella la pasó trabajando en el anonimato y la terminó en la cruz y la resurrección. Este acontecimiento central tiene repercusiones también para nuestra vida. No es algo casual: Dios se hizo hombre no con el poder ni con el dinero ni con el honor. Su humanidad sagrada, por ser al mismo tiempo Dios, lo convierte para todo cristiano en un ejemplo a seguir. El concilio Vaticano II ha resaltado de nuevo su Humanidad y el seguimiento que de ella debe hacer todo cristiano aplicando ese modelo a su vida. El don para entender este misterio lo hemos recibido en el bautismo: hemos sido iluminados, es decir, hemos aprendido a ver la vida desde abajo, no desde arriba. Y ver la vida desde abajo implica ver la vida con los ojos de Dios, desde las víctimas del mundo, desde los pobres, los que pierden sus derechos, los vulnerables; en definitiva, desde todos aquellos que sufren y lo pasan mal en la vida. Aprender a ver la vida desde abajo es un don del Espíritu Santo que debemos pedir. Así lo hicieron grandes santos como Francisco de Asís, Carlos de Foucault y tantos otros. En un sermón del día de Jueves Santo, san Agustín explicó que Dios ve la vida desde los pies sucios de los apóstoles.


2. El opus dei no ha entendido la dinámica de la encarnación y optó por ver la vida desde arriba, desde la ideología del mundo, tantas veces explicada en nuestra web y que resume comparándolo con Maciel, en el texto de Lvdovicvs:

Lo mismo, con otros tonos, sucede en el Opus Dei. Allí la cultura del elitismo se disfraza de santidad en la vida ordinaria”, pero en la práctica se busca a los profesionales brillantes, a los estudiantes de universidades de prestigio, a las familias influyentes. Es una versión más refinada del mismo fenómeno: convencer de que el Evangelio gana fuerza cuando lo respaldan los importantes. Pero ese es un error grave, porque el Evangelio fue anunciado primero a los pobres y pequeños, y no necesita del aplauso de las élites para ser verdadero.

El evangelio queda convertido en una ideología “desde arriba” o, dicho en lenguaje bíblico, “desde el mundo”, entendiendo por “mundo” el Poder, la Riqueza y el Honor. Las implicaciones de esta deriva son mortales para el cristianismo: renuncian a la estrategia de Dios y convierten al cristianismo en siervo de las ideas que el mundo intenta imponer. La canonización de Escrivá ha asumido en la Iglesia lo que esta siempre negó: una ideología mundana que la destroza desde dentro, en la cual nace la ambición, el trepar, la acumulación de dinero y, muy pronto, la corrupción. En esta deriva que puede llevarnos al verdadero horror (Lvdovic) veo indicios claros de docetismo (negación de la humanidad de Cristo) que la Iglesia jerárquica debe discernir.


3. La autenticidad de una espiritualidad se verifica en la práctica, no en la teoría. Y hay dos aspectos claros para saber si son falsas o auténticas: la oración y el amor a los demás. Escrivá, para hablar con el Señor, se construye una capilla llena de joyas para él solo. La fotografía y su explicación dan buena cuenta de la espiritualidad del fundador. A simple vista, nada tiene que ver con la oración de Jesús de Nazaret, que va a rezar al monte por la noche solo o en compañía de sus discípulos. Para hablar con Jesucristo no hace falta estar rodeado de joyas. Parece un homenaje al Señor, pero en realidad es un homenaje a sí mismo, consecuencia de ver la vida desde arriba. Un indicio más de docetismo. Cuando se menosprecia la encarnación, es fácil verse atrapado por ideologías de suplencia religiosa, los totalitarismos. Cuando por encima del individuo están los intereses de la institución; cuando se quiere dominar los cuerpos y las almas; cuando al individuo se le quitan sus derechos fundamentales y se elimina su libertad llenando de normas su vida, es normal que se generen víctimas (no confundir con victimismo). Víctimas de la Iglesia que han visto violada su conciencia y arrebatados sus derechos de manera premeditada, para que nadie pueda reclamar. Una institución de la Iglesia Católica que genera tal cantidad de víctimas no puede ser de Dios, por mucho bien que haga en cualquiera de sus actividades. También hacen muchas cosas buenas los totalitarismos, sobre todo para las élites gobernantes, salvo que bajo esa capa de bondad se ocultan y minimizan los miles o millones de personas que sufren o, directamente, mueren. También en el opus.


4.- Encima se creen superiores a los demás cristianos, poseen la verdad y quieren imponerla a la Iglesia. En definitiva, son gnósticos. Esta herejía, a mi entender, viene de los griegos clásicos. En su antropología, nadie es igual a mí salvo aquel con quien entro en combate. La relación de iguales no existe, el otro puede suplir o completar mis carencias, nunca igualarme. Mucho menos las mujeres. El estar por encima del otro se convierte, entre algunos cristianos de los siglos II y III, en la herejía gnóstica, que distingue entre los cristianos “pata negra” (ellos), la masa de los cristianos (debajo de ellos) y la multitud destinada a la condenación. Observo indicios de gnosticismo en el opus que la jerarquía de la Iglesia debe discernir.


5.- Por último, el fundador se creía un santo en vida similar a san Pablo: se dejaba fotografiar, permitía que sus seguidores lo trataran casi como un dios, cualquier cosa se convertía en reliquia a guardar. En esta visión hay un inconveniente contrario al cristianismo: se había salvado él con su esfuerzo, clavado a la cruz de palo, imitando a Jesús; cuanta más sangre derramada, más salvación ganada; cuanta más infelicidad en esta vida, más cielo tendrás. Encuentro indicios de las herejías pelagiana y jansenista, condenadas por la Iglesia, en la forma de comprender la salvación, que en realidad es un don gratuito de Dios alcanzado por Jesucristo, nunca una conquista del hombre. Suplico a la jerarquía de la Iglesia –tanto a obispos como a cardenales, y al mismo papa León– que reconozca y escuche a las víctimas del opus dei y tome las medidas que crea convenientes.



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