A mis compañeras del colegio Miravalles

Por eresa del Romero, 9/04/2025


Esta carta está dirigida a todas las que compartimos una etapa común: pasillos, clases, recreos, meditaciones… A quienes recordáis aquellos años con afecto, y también a quienes sentís todavía una incomodidad difícil de nombrar. A las que os incorporasteis a la Obra en algún momento, y -muy especialmente- a las que no lo hicisteis nunca.

El impacto de lo que se vive en la infancia y adolescencia no siempre es evidente a primera vista, pero deja una huella que persiste. Muchas veces no se expresa como un recuerdo concreto, sino como una sensación de fondo. Se manifiesta en la forma de querer, de poner límites, de tomar decisiones, incluso en la forma de vivir la fe. Y también se filtra en lo más cotidiano: en el vínculo con una pareja, con una amiga, con un hijo o con una figura de autoridad. Por eso es importante nombrarlo. No con ánimo de juicio, sino con el deseo de comprender. Porque lo que no se nombra no desaparece: permanece en silencio y, muchas veces, duele en lugares donde cuesta reconocer su origen…

Para muchas -especialmente para las hijas de supernumerarios/as- la formación no comenzó en el colegio, sino en casa. Desde muy pequeñas se nos proporcionó un sistema de certezas: sobre el bien, el mal, sobre cómo debía vivirse la fe, cómo debía comportarse una niña, cómo debía organizarse su conciencia. Es probable que todo ello se hiciera con todo el amor del mundo. La mayoría de los padres actuaron con la intención de proteger, de transmitir lo que daba “sentido” a sus vidas, de ofrecer lo mejor que conocían. A veces, el amor se mezclaba con el temor: miedo a lo desconocido, a equivocarse, a que sus hijas se perdieran en un mundo que no sabían si podrían sostener. Ese miedo es real, y merece ser reconocido y escuchado. Muchos padres no imponen porque quieran controlar, sino porque temen. Temen que sus hijos se alejen de Dios, que caigan en excesos, que sufran o que hagan daño a otros. Pero ese temor (que nace de la necesidad sincera de proteger a quién más se ama), cuando no se revisa y se comprende, se convierte en una estructura que da seguridad a los adultos. Ahora bien, ¿es esa seguridad que tranquiliza a los padres también lo que más necesitan los hijos para crecer con libertad interior, confianza y criterio propio? Es importante entender que la verdadera protección no nace del miedo. Un niño simplemente acompañado con amor, escuchado en su individualidad, respetado en su proceso, no está más expuesto al error que aquel que ha sido moldeado para obedecer. Está, de hecho, mejor preparado para reconocer cuándo algo no le hace bien, cuándo está cruzando un límite, cuándo necesita pedir ayuda. Porque ha aprendido a confiar en sí mismo, no solo en la autoridad externa. Esa confianza interior es el único lugar desde el que una espiritualidad auténtica, una ética sólida y un amor verdadero pueden echar raíces.

En el colegio, se hablaba con frecuencia -y con orgullo- de que recibíamos una “educación en valores”. Y se insistía en el bien, en el deber, en la generosidad, en la entrega, en la alegría… Pero al mirar atrás, conviene preguntarse: ¿se nos invitaba a descubrir nuestros propios “valores”, o a adoptar los que se nos presentaban desde fuera, desde una perspectiva moralista? No se nos ofrecía una lista cerrada, pero sí una estructura clara de lo que estaba bien y lo que no, reforzada a través de gestos, comentarios, lecturas y preguntas que parecían fomentar la reflexión, pero que en realidad ya contenían la respuesta correcta. Un ejemplo claro eran los cuadernillos de catequesis del colegio, que muchas hacíamos los domingos. Tras explicar un pasaje del Evangelio, solía aparecer una pregunta parecida a esta: “¿Qué vas a hacer tú esta semana para parecerte más a Jesús?” A simple vista puede parecer una invitación amable, pero formulada de forma reiterada, en un entorno donde el ideal está claramente definido, esa pregunta no invita a mirar hacia dentro, sino a medirse frente a un modelo externo. Así, la espiritualidad se fundía con la disciplina. Y la vida interior se convertía en territorio de vigilancia. Lo que parecía un vínculo con lo trascendente era una forma de organización del mundo interno según una lógica exterior. Una lógica que nos alejaba, poco a poco, de la posibilidad de escuchar lo propio y, también, de escuchar a Dios.

Con el tiempo, especialmente en la adolescencia, algo empezó a removerse en muchas. Ese mundo interior que hasta entonces se había mantenido dócil comenzó a volverse más complejo: aparecieron preguntas, contradicciones, emociones que ya no encajaban del todo en los moldes. Lo que antes parecía natural empezó a incomodar. Al mismo tiempo, el control externo -por parte de sacerdotes y profesoras- comenzó a intensificarse. Lo que durante años había operado como ambiente, sugerencia o estructura implícita, se volvió más directo, más constante, más difícil de ignorar. En ese cruce entre lo que empezaba a despertarse por dentro y lo que se reforzaba desde fuera, surgió en algunas una forma de resistencia silenciosa: no siempre expresada, pero cada vez más evidente. Alrededor de primero o segundo de la ESO, una escena empezó a repetirse en muchas aulas:

La “jefa de día” se acercaba a la profesora con una nota: - Fulanita, te llama el sacerdote.

La alumna salía. Y al cabo de un rato regresaba, muchas veces visiblemente afectada. Aquellos encuentros -que se presentaban como acompañamiento espiritual- abordaban con frecuencia cuestiones relacionadas con la conciencia, la pureza, la obediencia, la alegría o la generosidad con Dios. Aunque se trataban como espacios de cuidado, operaban bajo una premisa constante: que dentro de una había algo que debía corregirse. Que no se estaba dando lo suficiente. El pecado era el punto de partida, y la culpa su consecuencia más habitual. No siempre se salía con un motivo claro, pero sí con la impresión de haber fallado y la necesidad de auto corregirse. Con el tiempo, esa forma de entender el acompañamiento espiritual dejó una huella que puede que a día de hoy persista. En muchas, esa lógica se interiorizó hasta el punto de volver prácticamente innecesario el control externo del sacerdote: la exigencia ya se ejercía desde dentro, desde una misma. Incluso en la intimidad, algunas seguían -o siguen- preguntándose si estaban dando todo con cada pequeño paso que daban, si estaban fallando, si Jesús -o quienes hablaban en su nombre- no estaría pidiendo algo más. Este tipo de dinámica, cuando se sostiene en el tiempo, no es psicológicamente neutro. Genera una forma de autoevaluación constante, basada en la sospecha hacia una misma. Dificulta el descanso psíquico, erosiona la confianza interna y acaba produciendo un malestar difuso, que muchas veces no se reconoce como tal. Y vivir así -incluso cuando ya no se pertenece al entorno que lo originó- genera muchos problemas psicológicos en la edad adulta.

Hay frases, ideas, repeticiones que fueron sembrando esa lógica desde muy temprano, y que ayudan a entender cómo se fue construyendo ese modelo de vigilancia interior. En libretas y cuadernos de meditación de muchas alumnas aparecían -y siguen apareciendo a día de hoy- frases que, vistas con distancia, resultan reveladoras. Una muy común era la siguiente:

“Dios nos habla a través del sacerdote”. Afirmaciones como esa pueden parecer inofensivas si se toman fuera de contexto. Pero en un entorno donde no hay espacio para disentir, donde la autoridad espiritual tiene acceso directo a la conciencia, y donde desde edades muy tempranas se enseña a desconfiar de lo que una siente o desea si no encaja con lo que se espera, entonces esa frase ya no es solo una enseñanza: es abuso espiritual y de conciencia.

Estos términos no se utilizan aquí a la ligera. De hecho, esa frase -“Dios nos habla a través del sacerdote”- aparece mencionada en el vídeo que recientemente difundió la Archidiócesis de Madrid para alertar sobre esta forma de abuso.

En contextos donde se enseña desde la infancia que Dios se expresa a través de las figuras de autoridad espiritual, estas dinámicas de abuso pueden instaurarse sin ser reconocidas como tales. Y, como todo abuso, no es una cuestión teórica. Tiene consecuencias reales. En ocasiones muy graves.

Muchas de nosotras empezamos a interiorizar este tipo de mensajes a través de textos como Camino, que sigue siendo considerado un libro de referencia en el entorno del Opus Dei. Desde el colegio, se nos animaba a leerlo con asiduidad, a “llevarlo a la oración” y sus puntos eran citados semanalmente en las meditaciones con el sacerdote, a las que acudía toda la clase. Por poner algún ejemplo…

  • “Cállate. No me seas «niñoide», caricatura de niño, «correveidile», encizañador, soplón. Con tus cuentos y tus chismes has entibiado la caridad: has hecho la peor labor, y... si acaso has removido -mala lengua los muros fuertes de la perseverancia de otros, tu perseverancia deja de ser gracia de Dios, porque es instrumento traidor del enemigo.” (Punto 49)
  • “Ningún ideal se hace realidad sin sacrificio. -Niégate. -¡Es tan hermoso ser víctima!” (Punto 175)
  • “Hay que darse del todo, hay que negarse del todo: es preciso que el sacrificio sea holocausto.” (Punto 186)
  • El Sacerdote -quien sea- es siempre otro Cristo. (Punto 66)
  • Amar a Dios y no venerar al Sacerdote... no es posible. (Punto 74)
  • Trata a tu cuerpo con caridad, pero no con más caridad que la que se emplea con un enemigo traidor. (Punto 226)
  • El plano de santidad que nos pide el Señor, está determinado por estos tres puntos: La santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza. (Punto 387)

Alguien podría decir que estos fragmentos deben entenderse con “visión sobrenatural”, y que fuera de contexto pueden parecer duros. Pero esa explicación no basta cuando hablamos de niñas y adolescentes. La espiritualidad no puede usarse como justificación para anular conciencias en formación. Y la “visión sobrenatural” nunca debería servir como excusa para ejercer abuso psicológico, espiritual o de conciencia a niñas y adolescentes.

Llegada la pubertad, uno de los temas más marcados fue el de la sexualidad. Y no como algo a comprender, sino como una vigilancia constante sobre nuestro cuerpo. Se repetía que se debía tener autocontrol. Que cuando tuviéramos novio, correspondería a las chicas “poner los límites”, porque “los chicos no se pueden controlar como nosotras.” Esa frase -repetida una y otra vez, desde la ESO hasta Bachillerato- se presentaba como una advertencia protectora, casi como un gesto de confianza. Pero la realidad de este mensaje es mucho más problemática.

Este mensaje traslada la responsabilidad de un otro sobre nosotras. Advierte que, si algo pasaba, sería por no haber sabido frenar a tiempo. Y que, por tanto, si alguien cruzaba un límite, la culpa no sería de quien lo cruzaba, sino de quien no supo sostenerlo. Enseñaba, además, que el deseo masculino era incontrolable -y por tanto legítimo, comprensible-, mientras que el femenino debía ocultarse, corregirse o desaparecer. Que el deseo en el cuerpo de un chico era natural, pero en el cuerpo de una chica, era una amenaza moral.

En adolescentes que intentaban vivir en medio de esa contradicción, el efecto era, muchas veces, devastador. Bastaba un pensamiento o un gesto considerado impuro para activar un sufrimiento psíquico muy doloroso: culpa, miedo, autorreproche. Y tras el “pecado”, comenzaba otra fase: la vergüenza de tener que contarlo, de pasar por la confesión, de revivirlo frente a una figura de autoridad espiritual. Todo el proceso se vivía como una caída, no solo moral, sino personal. A esto se sumaba otro efecto silencioso: la convicción de estar sola en ello. De que a las demás no les pasaba. De que el resto de compañeras eran puras, limpias, correctas... Esa idea, nunca dicha en voz alta, dejaba una herida profunda: la de creer que el mal estaba en una, no en el sistema que lo había sembrado.

En aquel entorno, el deseo no era entendido como una parte natural de la vida interior. No se distinguía entre desear y dejarse arrastrar, entre sentir y actuar, entre lo que nace dentro y lo que se elige hacer con ello. El deseo, en sí mismo, era sospechoso. Y no me refiero únicamente al deseo sexual, sino a cualquier impulso vital: el deseo de libertad, de placer, de afirmación, de contacto, de expresión, de autonomía, de pensamiento, de comunicación... El deseo se asociaba directamente con la “vida disoluta”: con la gula, con la pereza, con la ira, con la lujuria... En definitiva, con todo lo que debía ser vencido, negado o dominado.

Escuchar el propio deseo no es un acto egoísta ni una desviación del camino espiritual o moral. No se trata de “hacer lo que una quiere” en un sentido superficial, ni de perseguir “caprichos”. El deseo -en su sentido más profundo- es la expresión de lo que nos impulsa por dentro: aquello que nos orienta, que da sentido, que señala lo que necesitamos o anhelamos. Puede manifestarse como proyecto, como necesidad de afecto, de justicia, de cuidado, de creación, de verdad, de comunicación...etc. Escuchar el deseo no es lo contrario a una vida con sentido: es lo que permite elegir con conciencia, y habitar la propia vida de forma plena. El deseo es, también, lo que hace posible el vínculo con los demás desde un lugar verdadero, no desde el deber, el miedo, la culpa…

A largo plazo, esta manera de educar puede dar lugar a problemas más, o menos graves:

Trastornos de ansiedad generalizada
debido a la autoexigencia crónica, la culpa persistente y el miedo constante a fallar.
Depresión o estados depresivos prolongados
especialmente vinculados al vacío interior, la autoanulación o la sensación de no haber elegido la propia vida.
Trastornos de la identidad
dificultad para saber quién se es, qué se desea o qué se necesita fuera del sistema.
Trastornos disociativos o episodios psicóticos
en algunos casos, cuando estas experiencias se dan sobre una base psíquica vulnerable -o cuando el dolor acumulado no encuentra vías de elaboración-, pueden precipitar episodios de desconexión aguda con la realidad.
Conductas autolesivas o ideas suicidas
como forma de castigo por no ser “suficiente” o por sentir que se ha fallado espiritualmente.
Relaciones afectivas marcadas por la sumisión, la dependencia o el miedo
al haber interiorizado que el propio deseo es secundario y que el amor pasa por ceder, complacer o no incomodar al otro.
Mayor riesgo de mantener vínculos abusivos o de maltrato
por no reconocer los propios límites como legítimos.
Conductas adictivas
(a personas, al trabajo, al control, a la comida, al rendimiento, o incluso a sustancias) como vía de escape del malestar estructural.
Bloqueo o desregulación de la vida sexual
ya sea por represión, culpa o impulsividad como reacción al control interiorizado.
Pérdida del vínculo espiritual
ya que muchas personas rompen de forma abrupta con la fe al no poder separar su experiencia de Dios del sistema que la inculcó con dolor.
Etc..

(Nota: Nada de esto es una etiqueta ni un diagnóstico. Si algo de lo descrito resuena, no significa que estés rota, sino que hay algo que merece ser mirado. Y sí: todo esto puede trabajarse, comprenderse y transformarse junto a un profesional de la psicología. No vale con silenciarlo y no es suficiente con medicarlo. El malestar tiene salida cuando se le da espacio terapéutico).

Por otro lado, el sistema también enseñaba -de forma más o menos explícita- a desconfiar de todo lo que no fuera él. El exterior se presentaba como un lugar confuso, peligroso, moralmente inestable. Otras formas de educar, de vivir la fe, de entender el mundo, eran vistas con recelo o directamente descartadas. Esta lógica, interiorizada desde la infancia, hace que muchas personas, incluso después de haber experimentado malestar dentro del sistema, sigan eligiéndolo por una razón simple pero poderosa: porque lo conocen. Porque “lo otro” no se nombró nunca sin una sombra de duda o amenaza. Y así, se acaba eligiendo no lo que se desea, sino lo que se teme menos.

Todo esto no implica negar que muchas veces el ambiente entre compañeras fue extraordinario. En nuestra clase se tejieron amistades reales, sólidas, que muchas seguimos recordando con un cariño inmenso e incluso que seguimos manteniendo. Tuvimos recreos inolvidables, bromas internas, momentos de una alegría sincera, libre, luminosa, que no estaban teñidos por el miedo ni por el deber, sino por una conexión auténtica entre nosotras. Lo vivido se mezcla en muchos casos con afecto, con gratitud, con lazos profundos, y también con el recuerdo de personas -sacerdotes y profesoras incluidas- con las que compartimos momentos de aprecio sincero. Y tal vez por eso, justamente, cuesta más mirar lo demás. Pero que haya habido alegría, afecto y amistad verdadera, no borra el marco en el que todo eso ocurrió y en el que sigue ocurriendo. Si acaso, lo hace más complejo, más difícil de identificar.

Empezar a hacerse preguntas, aunque no siempre traiga respuestas inmediatas, no significa traicionar la fe, ni cuestionar a Dios, ni atacar a la Iglesia. Tampoco es una forma de “remover el pasado” innecesariamente, ni de “lamerse las heridas”. Preguntarse es un acto de honestidad, de responsabilidad y de amor. Es parte del crecimiento interior. No se trata de destruir lo vivido, sino de mirarlo con mayor lucidez. No se trata de romper, sino de comprender. Porque solo cuando se permite esa mirada crítica -libre, madura, sin miedo- puede una distinguir qué quiere conservar y qué necesita soltar para poder seguir construyéndose sin peso innecesario. Pero no siempre es fácil sostener esas preguntas sola. Por eso, hablar con alguien que sepa acompañar -un profesional que comprenda el contexto en el que se ha dado todo esto- abre un espacio nuevo. Uno donde lo vivido se pueda revisar sin miedo, sin juicio, sin culpa…

Cuando se empieza a hablar dentro de un espacio seguro, esas experiencias comienzan a ordenarse. Lo que antes pesaba sin forma, empieza a tener sentido. Y al comprenderlo, ya no se vive como un fallo personal, sino como parte de un proceso que tuvo lugar en un contexto determinado. Desde ahí, es posible empezar a soltar peso. A reconstruir la confianza en una misma. Ahí llega la verdadera paz interior y la libertad para elegir. Y eso, aunque no borre el pasado, cambia profundamente la manera de habitar el presente, de sanar una misma y -por extensión- de proteger a las personas que más queremos de un dolor que tampoco les pertenece.

Querida compañera, tu historia merece un lugar donde ser escuchada sin juicio. Y tú mereces vivir sin ese peso que no te corresponde.

Con todo mi cariño,

Teresa del Romero Montes


Original