La visión profética de Escrivá

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Por Atomito, 5/08/2026


Escrivá hacía creer a sus seguidores (y logró hacer creer a la Iglesia) que había recibido un mensaje divino y que la Obra que construyó no fue una idea suya, sino que hizo lo que Dios le mandó. Escrivá no hablaba de generalidades. El mensaje divino no era: «Señores, hay que ser santos en la vida corriente. Que cada cual busque la santidad como le parezca». El mensaje que Escrivá recibió de Dios era sumamente detallado, y él se jactaba de que había quedado esculpido, registrado en innumerables documentos, vademécums, instrucciones, publicaciones internas e incluso películas de tertulias.

Estamos llegando a los cien años del Opus Dei y se empieza a ver muy claro que el supuesto mensaje divino era un invento de Escrivá. Quizá fuera inconsciente y realmente pensara que venía de Dios, o quizá fuera un estafador consciente que sabía exactamente que estaba engañando a la gente. Pero de lo que no hay ninguna duda es que ese mensaje no venía de Dios.

Acá van algunas de las cosas que hoy vemos claramente...

En los años treinta era totalmente normal en España (y en muchas partes del mundo) que las familias ricas tuvieran empleadas domésticas «con cama», es decir, que vivían con la familia, trabajaban todo el día, tenían casa y comida, cobraban un salario mínimo y no disfrutaban de beneficios sociales. También era normal en la España de esa época que muchas mujeres tuvieran vocación religiosa y dedicaran su vida a una orden religiosa.

Una numeraria auxiliar es una mezcla de empleada doméstica y monja. Se dedica a tareas domésticas y vive prácticas piadosas y una entrega total a una vocación. En la España de los años treinta no chocaba. Podía resultar un poco exótica esa combinación de empleada doméstica y monja, pero tampoco era algo tan revolucionario. Y que una mujer se pasara el día fregando por un salario mínimo y sin beneficios sociales era la norma. Escrivá no podía imaginar cómo iba a ser el mundo cien años después. Hoy en día hay mujeres que hacen tareas domésticas por un salario, pero es raro que vivan en la casa donde trabajan, y es ilegal no pagarles la Seguridad Social ni concederles los beneficios laborales habituales, como las vacaciones pagadas.

Escrivá no tenía por qué haberlo previsto, pero Dios lo tenía clarísimo. Dios no le podía haber dicho nunca a Escrivá que creara la figura de la numeraria auxiliar sabiendo que, cien años después, el número dos actual del Opus Dei iba a ser citado por la justicia argentina para declarar en un caso de trata y explotación por haber cumplido con «lo que Dios le ordenó al fundador». Lo que denuncian las cuarenta y tres auxiliares de Argentina no son actos cometidos por personas que desobedecieron las órdenes del fundador. Lo que denuncian son precisamente los actos que el fundador mandó que se hicieran.

Escrivá estuvo en Argentina. Sabía exactamente lo que se hacía en el Opus Dei con las auxiliares y tenía el control total de la institución. Lo que estaban haciendo era exactamente lo que él mandó. En todos los centros del Opus Dei del mundo se hacía exactamente lo mismo. Las directoras y directores de Argentina, con las virtudes y defectos personales que tuvieran, se limitaban a hacer lo que estaba mandado. Decir que la idea de las numerarias auxiliares no se le ocurrió al fundador, sino que fue una expresa voluntad de Dios, hoy se ve clarísimo que era mentira.

En los años treinta eran muy pocas las mujeres que iban a la universidad. Que mucha gente pensara en aquella época que las mujeres no recibieran la misma educación que los hombres es algo que se puede comprender. Escrivá no tenía por qué imaginar que eso iba a cambiar en pocas décadas. Pero Dios sí lo sabía. Dios nunca pudo haberle dicho al fundador que los numerarios debían tener título universitario, pero las numerarias no; ni decirle que escribiera el punto 946 de Camino («ellas no hace falta que sean sabias; basta que sean discretas»). Escrivá, cuando habla de estos temas, deja claro que no está dando su humilde opinión: está hablando con la autoridad de quien fue elegido por Dios y recibió un mensaje divino.

«Cuando el Santo Padre sacó el Índice, yo puse el mío», dice Escrivá en una de sus tertulias. Implantó un sistema de control casi absoluto de la información en los centros del Opus Dei. Solo se podían leer libros autorizados; la televisión apenas se veía y únicamente con permiso del director; las cartas salientes se entregaban abiertas para que las leyera el director, y las entrantes pasaban primero por sus manos. Al cine no se podía ir y, muy de vez en cuando, se proyectaba alguna película antigua previamente censurada. Todo eso no era una simple norma disciplinar: se enseñaba como voluntad de Dios revelada al fundador.

Hoy, con internet, los teléfonos móviles y la inteligencia artificial, ese sistema ha dejado de ser viable. Cualquier numerario necesita un teléfono y acceso a internet para desenvolverse en el mundo y puede acceder libremente a información, noticias o contenidos que ningún director puede controlar. Escrivá no podía imaginar esta evolución tecnológica. Pero Dios sí. Resulta difícil sostener que Dios dictara unas normas tan minuciosas destinadas a quedar obsoletas en pocas décadas.

Cien años después, con internet, los teléfonos móviles y la inteligencia artificial, es imposible controlar la información. Los numerarios de hoy necesitan un teléfono móvil e internet para desenvolverse en medio del mundo, como cualquier habitante del siglo XXI. Y desde ese teléfono pueden ver los vídeos que quieran, escribir a quien quieran, leer las noticias que quieran y, si les apetece, hacer citas o ver pornografía, sin que ningún director del Opus Dei tenga forma de controlarlo o impedirlo. Escrivá no podía imaginarlo, pero Dios sí sabía lo que venía. ¿Para qué iba Dios a darle instrucciones tan precisas que, pocos años después, iban a dejar de tener sentido?

Durante más de sesenta años, la dirección espiritual en el Opus se hizo con los directores del consejo local. Los miembros de la Obra no tenían libertad para elegir a su director espiritual: era la Obra quien lo decidía y, de forma invariable, era un miembro del consejo local. Así estaba mandado. Así era como Dios lo quería. Hasta que Opuslibros empezó a denunciar esta práctica por ser contraria a lo que manda la Iglesia y por constituir un atentado contra la libertad de conciencia.

En algún momento la Iglesia tomó cartas en el asunto y Javier Echevarría, que entonces era el prelado, tuvo que cambiar ese sistema que durante toda la vida se había enseñado como otra revelación divina hecha a Escrivá. Lo peor fue que Echevarría, en lugar de reconocer que se cambiaba el criterio anterior y que ya no era el Opus quien decidía quién dirigía a quién, escribió una carta afirmando que los miembros siempre habían tenido total libertad para elegir con quién dirigirse. Dios jamás pudo haber mandado a Escrivá algo que era una aberración, que el Papa acabaría censurando y sobre lo que Javier Echevarría tuvo que mentir descaradamente para intentar salir del paso.

Los numerarios debían entregar al Opus Dei todo el dinero que recibían, ya procediera de su sueldo, de una herencia o de cualquier otro ingreso. No podían tener cuentas bancarias a su nombre, ahorrar, disponer libremente de su dinero ni realizar compras importantes sin autorización. Así era, según se enseñaba, porque Dios se lo había indicado al fundador.

Sin embargo, la desaparición progresiva del dinero en efectivo, la generalización de las cuentas bancarias personales, las tarjetas, las aplicaciones móviles y la banca electrónica han obligado a modificar profundamente esas prácticas. Escrivá no podía prever esos cambios. Pero Dios sí los conocía. Si realmente esas normas hubieran sido reveladas por Dios, cuesta entender que quedaran tan rápidamente superadas por la evolución de la sociedad.

Los documentos internos del Opus siempre se guardaron bajo llave. Algunos, como la revista Crónica, eran accesibles a numerarios y supernumerarios. Otros, como el Catecismo de la Obra o los Cuadernos, donde estaban los criterios de gobierno interno, solo podían consultarlos los directores. Obviamente, aquello no era un capricho del fundador: era la voluntad de Dios. Pero Dios se olvidó —o no se dio cuenta— de que todos esos documentos acabarían en internet, disponibles para cualquiera que quisiera leerlos.

Y aunque el Opus movió todos los hilos que pudo, incluido un juicio contra Agustina para que fueran retirados de Opuslibros, los documentos siguen estando al alcance de cualquier persona. Es más: hoy también los conocen los modelos de inteligencia artificial. Ya no hace falta molestarse en buscar qué dice el vademécum sobre un asunto o qué afirma el Catecismo acerca de otro. Basta con preguntarle a ChatGPT, que proporciona la información y el lugar exacto donde aparece.

Durante años, las mujeres numerarias del Opus Dei no podían usar pantalones. Hay una pregunta en el círculo breve acerca de si «me visto de acuerdo con el cargo y la posición que ocupo». La vestimenta, en el Opus Dei, no era un asunto personal: el Opus decía a sus miembros qué podían vestir y qué no. Se podía decidir entre una camisa blanca o azul, pero las mujeres no podían decidir si llevar pantalones o falda.

En una de las famosas tertulias, Escrivá hace un chiste que termina con la frase de una madre diciéndole a su hijo: «Por respeto a tus quince años, no voy a llevar este globo terráqueo metido en un pantalón de hombre». También se le oye hablar de las modas femeninas como «un escaparate de carnicería». El modo de vestir era otra supuesta revelación divina recibida por Escrivá.

En los años noventa, el Opus tuvo que aceptar que las mujeres usaran pantalones y faldas por encima de la rodilla. Cuando se decidió cambiar, no hubo ninguna explicación ni comentario. Hasta ayer estaba mal; hoy está bien. No se podía decir a la gente que la revelación recibida de Dios había sido, en realidad, un capricho de Escrivá.

En las meditaciones del 2 de octubre, aniversario de la fundación, siempre nos repetían que a Escrivá no se le ocurrió el Opus Dei, sino que lo vio. Dios se lo mostró tal como iba a ser a lo largo de los siglos, en una especie de visión beatífica.

Hoy vemos cómo el Opus Dei aparece como una idea extraña y obsoleta que va muriendo inexorablemente, y cómo ese supuesto mensaje divino que Escrivá transmitió fidelísimamente no era más que un invento suyo que, en cien años, ha perdido toda validez y atractivo.


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