Detrás de la pelota viene el niño
Por Jesse Custer, 25/03/2026
Recientemente cumplí años. Y, como cada año, recibí el mensaje anual de felicitación de un numerario al que conocí en el centro de estudios y con el que coincidí durante los cinco años de carrera.
No recuerdo muy bien cómo consiguió mi número. No me importó especialmente puesto que tenía un buen recuerdo de él. Fue una persona que siempre me trató bien, era simpático, estudiábamos casi las mismas asignaturas, manteníamos una cierta sintonía, teníamos un sentido del humor similar y, en general, es lo que habría denominado “amigo”, cayendo indudablemente en lo que el Opus llama “amistades particulares”...
Ahora bien, en cuanto me expulsaron del Opus, también desapareció de mi vida (como el resto de las personas que aparentemente se interesaban por uno). Supongo que este hecho a nadie le sorprenderá, conociendo el inmutable, cruel, frío e insensible modo de obrar que tiene el Opus para con los discrepantes y, sobre todo, con los disidentes. Allá ellos.
El caso es que, junto con el mensaje de felicitación, añadió un preocupante “Pues este año hago el curso anual en XXXX, cerca de tu casa. Espero que nos veamos”.
Aunque en parte me apetece saludarlo y echar unas (aparentes) risas recordando anécdotas, profesores, compañeros y numerarios (entiendo que un alto porcentaje ya serán exnumerarios), tengo claro que mi cerebro me avisa “¡Alerta, Peligro inminente!”, con lo cual, ahora que aún tengo tiempo hasta que aparezca, iré reforzando mi argumentación para no quedar con él.
Y es que él, ahora y según los datos que él mismo me ha proporcionado sin preguntarlo, resulta que es director de un “club juvenil”, habiendo sido director de otros clubs, y habiendo trabajado en al menos dos delegaciones en España.
Así que, con estos antecedentes, por mi tranquilidad espiritual, no es que me muera de ganas de quedar con este individuo (tal como lo definía Les Luthiers). Además, en el caso de que quedara con él, acabaríamos la charla de un modo violento puesto que le plantearía una serie de preguntas y argumentos incómodos, comenzando con un “Por favor, Individuo Numerario, explícame por qué el Opus… “ y terminando con las cuestiones incómodas, (muy incómodas), sobre memeces y abusos del Opus, tales como las siguientes:
Si habla de pitar a menores de edad. Cualquier cosa que se haga hoy en día con un menor de edad raya la ilegalidad y cuando menos, lo imprudente. Pero el Opus encuentra derecho en introducir a un menor de edad en una habitación y someterlo a su adoctrinamiento y retenerlo el máximo tiempo posible con el fin de que pite. No reconoce que sus clubs juveniles son una tapadera en la que engañan a los padres y a los niños, tratando de dirigirlos hacia un fin diabólico: Entregar su vida y por tanto complicar la vida al niño y al resto de familia.
Si habla de pitar sin explicar las obligaciones a las que te sometes (centenares) y los derechos o expectativas de derecho que vas a ostentar (NINGUNO). Jurídicamente esto se considera un acto nulo y por encima de esto, un delito gravísimo. Y esto, para mayores de edad, se podría resolver con la redacción de un contrato. Pero, claro, tanta manifestación de transparencia y de legalidad, al Opus no le interesa, más bien, porque así no pitaría ni el tato… Que te engañen diciendo que el objetivo del Opus Dei es ser santo, pero no contarte todo a lo que vas a renunciar, que vas a tener que abandonar a tu familia, que vas a tener que vivir el celibato, que vas a tener que hacer dos años en un centro de estudios (probablemente en otra ciudad a la que tendrás que viajar), que profesionalmente podrías dedicarte a realizar “labores internas” o que (y es para ametrallarlos), podrían considerar que tienes vocación sacerdotal y allá que te vas.
Que pidas una copia de lo que has firmado y que el director talibán de turno se enfade, te ponga mala cara y te diga que estás en mal plan y/o que es una manifestación de mal espíritu, que se dé media vuelta y que, por supuesto, no te haga entrega de una copia.
Que te obliguen a alejarte de las chicas, en contra de tu voluntad. Y además, que si alguna se te acerca, le pongas carita de asco para que huya y no vuelva.
Que te digan que, o perteneces a la Obra o te vas al Infierno. Resulta curioso viniendo de una organización que no existía antes del “mítico” dos de octubre de 1928 (en mala hora…). Existe una diabólica variación y es la de “Como te vayas de la Obra, te vas al infierno”. Ridículos opusinos, ya antes de ese fatídico dos de octubre había gente que iba al Cielo. Que parece que hasta que no apareció el Opus, aquí todos se condenaban. Que hasta que pitar, todos se acerquen y te engatusen con estupideces edulcoradas y puerilidades. Y que, en cuanto pitas, como por arte de magia, se olviden de ti y pasas a encuadrar una de las dos categorías que existen en el Opus.
Que existan esas dos categorías: 1 – Los intocables. En esta categoría, entran los de buena familia, hijos de abogados, políticos, empresarios, diplomáticos, líderes, en definitiva, gente guapa antes de ser del Opus, gente guapa durante su permanencia al Opus, y gente guapa tras salir del Opus. Estos tienen el privilegio de máxima libertad sin reproches. Nunca entenderé cómo la gente que nace con estrella queda encuadrada inmediatamente en esta categoría. Y cómo no, mi categoría, la de los pringados: Una persona tranquila, tímida, educada, que sólo quiere hacer el bien, rodearse de amigos, buscar una novia y tratar de sobrevivir en esta tramposa, dura y difícil existencia. Yo era listo y estudioso pero no bastaba para encajar en la primera categoría. En fin, ellos se lo pierden.
Que unas cuantas personas, por supuesto de la categoría de los pringados, nos hayamos sentido perseguidos, acosados, excluidos y discriminados. Muy triste viniendo de una institución que se llama obra de Dios.
Que me desaparezca un billete de avión para ir a ver a mis padres en las primeras navidades que pasé en el centro, lejos de ellos. Eché de menos este billete tras una conveniente revisión de mi armario por parte del subdirector del centro. Cuando comenté su desaparición me cayó una bronca. Entre la frescura del subdirector y lo aturdido que me quedé con la bronca, entendí que el billete había desaparecido de modo sobrenatural. Típico en el Opus. Ah, por cierto, este subdirector, ahora es sacerdote. Tremendo.
Que pregunte al subdirector la razón de que un amigo numerario que venía de mi ciudad huyera del centro de estudios de la noche a la mañana, que me enterara de que se había refugiado en la casa de sus padres, que preguntara preocupado qué le había sucedido y que el mismo tipejo de subdirector, me echara otra bronca diciéndome que no era asunto mío. Ante todo, que se note que forman una familia sobrenatural.
- Por qué leían las cartas que llegaban a mi nombre y por qué leían las que yo enviaba. Qué derecho tenían…
- Por qué me cayó una bronca (otra más) cuando el subdirector se enteró de que tenía una cuenta en el banco, cuenta que me habían abierto mis padres cuando contaba con unos pocos años.
- Por qué el escaso dinero con el que contaba tenía que entregarlo y que, para disponer de algo, tuviera que humillarme, hacer “movimiento” (ése era el término exacto) y aguantar malos modos y malas caras por parte del secretario del centro. Ni Scrooge habría sido tan miserable. La Obra es experta en recibir pero dar, no da una m…
- Por qué yo tenía que hacer apostolado proselitismo todos los días y los directores se pasaban el día rascándose la barriga, muy relajados, pendientes de ejercer el control permanente, agobiándote con objetivos diarios. ¿Cómo se puede vivir así?
- Por qué se permitía y se permite el acoso, la exclusión y discriminación a los que somos distintos del numerario prototipo o no tenemos una personalidad apabullante y que arrastra.
- Por qué cuando me expulsaron del Opus, nadie se interesó por mí, me obligaron a salir, a hurtadillas del centro, mientras se celebraba la tertulia. Menudo asco de “familia sobrenatural”. Por qué mi supuesta familia sobrenatural se dedicó a ignorarme cuando me veían por la calle o cuando otro director me exigió que no hablara mal de la Obra…
- Por qué el talibán que me habló de pitar con catorce años y medio (hay que ser sinvergüenza) nunca más se supo de él cuando mi madre, que lo trató casi como a un hijo, decidió dejar de ser supernumeraria. Ahora ella está más contenta de que fuera así puesto que en su actitud sólo vio hipocresía y cobardía. Vamos, lo normal con esta “gente”.
- Por qué el Opus está encantado en “dirigir” espiritualmente a las personas y que sin ellos parece que estamos sentenciados. ¿Quién le ha otorgado ese derecho?
- ¿Quién se responsabiliza de los daños provocados por el Opus? ¿Quién va a pagar? ¿Quién va a asumir la reparación del daño?
- ¿Qué les hace pensar a los del Opus que por el mero hecho de cumplir un plan de vida van a alcanzar el Cielo? ¿El plan de vida los inmuniza contra sus pecados y los daños provocados a las personas? Decía el fundador “Hijos míos, os prometo el Cielo si me cumplís las normas”. ¿Perdona? ¿En serio? ¿Qué rigor teológico tiene esta frase? ¿Quién es el fundador para decidir quién puede alcanzar el Cielo? Y lo que es más, ¿Qué le hace pensar a los del Opus que el fundador está en el Cielo con el daño que ha causado su institución a la humanidad?
- ¿De dónde han sacado eso de que son la aristocracia de la inteligencia? ¿De verdad? Había que ver a unos cuantos que sólo hacían poco más que babear…
- ¿Por qué tienen tan asumido, como si fuera normal, cristiano y humano, usar a las personas como si fuéramos chicles? Chicle=Usar y tirar.
- ¿Con qué derecho redactan por escrito informes de conciencia con las miserias e intimidades de las personas? ¿Se puede ser más diabólico? ¿Se puede ser más (me viene a la mente una palabrota pero prefiero plantearlo como…) miserable? ¿Se puede seguir creyendo que el Opus es de Dios después de llegar a este extremo? ¿Cómo se les puede ocurrir mangonear la vida, la psicología y sobre todo, la vida íntima de las personas? ¿Hay algo divino en esto?
- ¿Qué derecho tienen a manipular e intervenir las decisiones económicas y financieras de la gente? ¿E incluso de las familias?
- ¿Se puede conocer alguna manifestación de transparencia y legalidad en cuanto a los ingresos, cobros y transferencias que reciben? Ante tanta defraudación, Hacienda podría ponerse las pilas pero me da que en Hacienda trabajan unos cuantos miembros del Opus.
- ¿Quién se responsabiliza de la pérdida de fe de las personas dañadas por el Opus?
Si alguien se niega a pitar, te cuenten que no ha sido generoso. Hay que ser tipejo. Generoso, no sé. Lo que ha sido es valiente y listo. Por encima de la media. Ojalá yo lo hubiera sido.
Hoy en día he superado todo el daño que me hizo el Opus. Conseguí enderezar mi vida, centrándome en pequeños objetivos que fueron cada vez mayores (per aspera ad astra). Soy consciente de lo mucho que detesto al Opus y a sus miembros. Y no se trata de rencor. Se trata de instinto de supervivencia basado en un desengaño grave y profundo para el que sólo pido justicia humana y divina. Ahora bien, hay una cosa que no depende de mí y es la cantidad de amigos del instituto que llevé por el club juvenil. Yo lo hice con buena intención. Tenía muchos amigos y los perdí a casi todos. Aunque me llevo bien con unos cuántos y de vez en cuando los veo, hay otros que no quieren saber nada de mí. Los entiendo perfectamente puesto que deben de seguir pensando que sigo vinculado a la secta. Es triste, pero qué le vamos a hacer.
Alguien tendrá que pagar tanta injusticia, tanto dolor y tanto daño. Por supuesto, los directores tienen muchos boletos para ello. Muchísimos.
Para finalizar, como no me fío de nadie que pertenezca al Opus, y como me considero una persona que busca la elección óptima de escenarios y de cualquier situación que se me presente, creo que, con el fin de no complicarme más la vida (uno ya está mayor para esto), será más fácil y más inteligente darle largas, poniendo en práctica los falsos métodos de nuestra secta favorita soltarle un “Si eso, ya… “ o la clásica respuesta que uno recibía si invitaba a algún compañero a la Novena, a un retiro, o a ver un partido del Madrid, “Si voy, te llamo…”
Como dice un auténtico amigo, gran persona y, por cierto, ex numerario tremendamente dañado por el Opus, (cómo no): “Detrás de la pelota viene el niño”. Una verdad irrefutable. Un auténtico crack, mi amigo. Y no como otros…