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Si hubieseis comprendido lo que significa Misericordia quiero, y no Sacrificio… (Mateo 12, 7)
Por '''E.B.E., 3 de agosto de 2026
PREFACIO
Qué sucedería si, a diferencia de otros institutos religiosos, la vocación al Opus Dei de entrega total no fuera, en realidad, una vocación de entrega a Dios sino una forma de endeudamiento total con el Opus Dei? La deuda contraída por la vocación sería la piedra angular que legitimaría a los superiores exigir la entrega del sueldo entero de numerarios y agregados —y de todo tipo de bienes, como el trabajo no remunerado y la obligación de hacer testamento— sin necesidad de respaldarse en los Estatutos (disociación jurídica). La deuda no sería propiamente económica ni canónica sino sobre todo moral, aunque con ella arrastraría todo lo demás, en un endeudamiento total de la persona (holocausto personal). Y tal vez sería la causa de la ruina en la vida de tantas personas que denuncian al Opus Dei.
== Origen de la Violencia ==
«¿Qué voy a hacer…? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer...» Lc 16
«Si yo hubiera dicho no puedo, no puedo, a estas horas estaría en un manicomio» Escrivá
«La vida sólo puede ser comprendida hacia atrás; pero se vive hacia adelante» Kierkegaard
¿Cómo la iniciativa religiosa de una persona supuestamente santa podría provocar un daño masivo? Esta es la pregunta que la canonización de Escrivá debería haber respondido. No tanto cómo es que fue santo, sino cómo es posible a pesar de tanto daño. Pero no sólo se evitó la pregunta, directamente
Opuslibros-Escrivá, el banquero de Dios
se eliminaron las pruebas, al impedir a los testigos dar su testimonio. Y las acusaciones contra su organización y su propia persona no son producto de un acto de histeria colectiva: van más allá de un fenómeno de redes sociales, y por sobre todas las cosas, son bastante anteriores al surgimiento de internet. Pero gracias a las redes, se pudo subsanar la omisión cometida durante el proceso de canonización y gracias al surgimiento de Opuslibros las acusaciones empezaron a tener mayor circulación y, sobre todo, se interconectaron entre sí, dando lugar a más iniciativas de difusión.
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Tal vez la respuesta, a la pregunta que omitió el proceso de canonización, sea la observación que anotó Kierkegaard en su diario, hacia mediados del siglo XIX: mientras uno está ocupado por vivir, no siempre encuentra tiempo para detenerse y mirar hacia atrás. Más aún si la vida que uno lleva impide específicamente reflexionar. Se necesita tiempo, entonces, para entender lo que ha pasado, lo que se ha vivido casi de manera impulsiva e incluso compulsiva. En general esa revisión coincide con el fin de un ciclo, porque mientras se está viviendo, se está padeciendo esa vida.
Cuando padecer impide entender, se dificulta darle sentido al padecimiento. Sufrir sin sentido es uno de los mayores padecimientos. Al salir de la organización, usualmente no se entiende qué ha sucedido. Diría que ni siguiera actualmente existe una explicación concluyente de lo que a cada uno nos ha sucedido, aunque mucho se ha avanzado. Y mientras no se le encuentre sentido a ese pasado, se lo sigue padeciendo. Quienes sufrieron al Opus Dei buscan entenderlo por distintas razones de quien no lo sufrieron: unos por necesidad, otros por curiosidad (en sentido amplio). En definitiva, no es de extrañar que usualmente la reflexión llegue tarde, cuando ya todo ha sucedido, cuando los hechos han sido consumados. Las personas de acción corren siempre con ventaja hasta que puedan ser alcanzadas por las personas que se ocupan de reflexionar sobre las acciones de aquellas, e incluso ponerles límites, de ser necesario (mediante leyes, juicios, castigos, etc.). El Opus Dei no es una excepción: Escrivá y sus sucesores corrieron con esta ventaja durante casi un siglo hasta llegar a ser alcanzados y a ser comprendida, en parte, la magnitud dañina de su acción. No por casualidad durante todo ese tiempo, el Opus Dei detentó —con algunas excepciones—, conjuntamente, el ejercicio del monopolio de la legitimación intelectual —en relación a la reflexión e interpretación de sí mismo— y el monopolio sobre cómo contar su historia, de forma tal de tener asegurada la libertad de acción por tiempo indeterminado. Primero actuar, y luego alabarse a sí mismo, sin dar lugar a ningún tipo de cuestionamiento (que hubiera significado abrir las puertas a la duda y al juicio). Ese alabarse formó —y forma parte— de la acción del Opus Dei, que no llegó a ser alcanzada por la reflexión crítica sino tardíamente, cuando los hechos ya eran irreversibles, especialmente los daños. Tanto la figura de Prelatura Personal —con su injustificada e insistente campaña de pregonarse estructura jerárquica de la Iglesia—, como la canonización de Escrivá, son resultados de ese monopolio intelectual e interpretativo, que difícilmente lo habrían podido ejercer con posterioridad al surgimiento de internet y los smartphones, que impulsaron extraordinariamente la libre circulación de información.
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Con el advenimiento del centenario del Opus Dei, se están publicando diversos estudios, desde la misma institución, con la intención de explicar la complejidad y profundidad de la irrupción trascendental del Opus Dei en la Historia de la Humanidad². Tal vez sería de más ayuda intentar otros caminos, apuntando a lo esencial, porque tanta complejidad puede terminar abrumando, desorientando, y distrayendo la atención. Mucha es la hojarasca. Esto no quiere decir que se trate de algo simple, al contrario, es tan enredado que resulta muy difícil sacar alguna conclusión si no es gracias a tantos testimonios y muchos análisis, como los recogidos en Opuslibros. Pero por más que la “ingeniería” del funcionamiento del Opus Dei sea muy enrevesada, el fin ha de ser sumamente simple, y a ese fin hay que apuntar. Un Fórmula Uno puede ser todo lo complejo que se quiera, pero su fin no ha ser más que uno: ganar carreras. No puede haber más que uno, del cual, en todo caso, dependan otros. El mismo prelado J. Echevarría se hace esa pregunta fundamental: «¿Qué ofrece, pues, el Opus Dei?», que es lo mismo que preguntarse por su fin. Y responde: «Fundamentalmente, una dirección espiritual a sus fieles y a las demás personas que la pidan» 3. Una respuesta demasiado superficial para una institución compleja. Por su parte, Escrivá afirma que en el Opus Dei «todo ha de someterse —así, someterse— a un interés superior: la gloria de Dios y la salvación de las almas» 4. Sin duda, la respuesta ha de ser simple, pero escondida en medio de la maraña de justificaciones y explicaciones, no expuesta a la luz del día, como pretende presentarla el prelado Echevarría, en un aparente intento de disfrazar la verdadera razón, más cercana al todo ha de someterse de Escrivá.
La violencia hacia sí mismo
«En tanto avanzarás en cuanto te hagas violencia a ti mismo» “Del Espíritu y de las Costumbres” (1990), n. 14
«El éxito llegará siempre. Siempre sucederá lo que más nos conviene; nosotros no podemos fracasar»5 Escrivá
Hay una fijación en la predicación de Escrivá, evidenciada en muchas de sus meditaciones, en insistir sobre la necesidad de eficacia (fin corporativo) y sobre la necesidad de poder (de cada uno) para lograr esa eficacia (frutos o resultados). Aunque los temas sean variados, alrededor de esas dos ideas suele gira el contenido de las diversas meditaciones de Escrivá, incluso cuando aparentemente sólo hablaría de oración. Esa “capacidad de poder” o “hacer esfuerzo” la desarrollaría cada uno mediante la ascética de las virtudes, que no es otra cosa que la repetición de actos, a modo de una gimnasia espiritual. Eso otorgaría eficacia institucional, aunque difícilmente contribuiría a la conversión de un corazón. Pero quien no puede, es porque no quiere. Y quien no puede, se convierte —según el fundador— en un cadávera ser enterrado piadosamente, agrega, no sin cierto sarcasmo⁶. Posiblemente el Opus Dei creció tanto —hasta que entró en crisis en este siglo— porque uno de sus objetivos fue la eficacia en conseguir vocaciones. Eficacia medida en capacidad de obtener de los demás la entrega de todo lo suyo al Opus Dei: gente que se entregara ella misma a trabajar para el Opus Dei y gente que entregara todo lo suyo al Opus Dei. Un fin completamente inmanente, sin ninguna trascendencia, más allá de la propia reproducción institucional. Lo interesante será descubrir de qué forma específica se implementó el objetivo: mediante la inducción de una deuda y un sistema coactivo para ejecutarla o ejercer derecho sobre ella. Pero no nos adelantemos aún.
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¿Por qué decir “no puedo” significaba para Escrivá terminar en un manicomio? No es un pensamiento ni un mensaje precisamente alentador para aquellos que «no pueden», para quienes experimentan en su vida los límites de su condición humana. Según el estándar de Escrivá, deberían ser internados. De ser así, media humanidad necesitaría ello, si no más. Y si Escrivá se refería sólo a su caso, ¿se consideraba entonces un superhombre? Su afirmación debería haberse formulado al revés, para ser considerada signo de sanidad y humildad: si yo no hubiera podido decir “no puedo”, a estas horas estaría en un manicomio. Una cosa es el «no puedo» de quien le flaquean las fuerzas y se está ahogando, y otra cosa distinta es el «no puedo» impotente de quien se obsesiona por una meta que lo supera. Los dos dicen «no puedo». Pero mientras uno está luchando por sobrevivir — enfrentando la muerte— y se permite decirlo e incluso gritarlo, el otro no quiere aceptar sus propios límites por simples razones de orgullo personal y se violenta a sí mismo, reprimiendo la expresión de su impotencia. Ambos «no pueden», pero se encuentran en extremos opuestos. Esa frase de Escrivá es sumamente reveladora, porque muestra que él jamás soportaría «no poder», al punto que, según sus propias palabras, «no poder» lo hubiera llevado a la locura. Y no se refiere a un hecho puntual, aislado, a una decisión crucial que tuvo que tomar en un momento histórico determinado, sino a todo el proceso de sacar adelante el Opus Dei.7 Habría que preguntarse dónde quedó, entonces, la infancia espiritual que tanto predicaba. Para que entendamos el contexto de sus palabras, comparémoslas con las de San Pablo, con quien tanto le gustaba asimilarse (decía que como el apóstol, no tenían nada y como el apóstol, era tratado de basura o escupidera, etc.): «me gloriaré en mis flaquezas, para que la fuerza de Cristo habite en mí» (2Cor 12,9). En cambio, Escrivá se gloriaba en su capacidad de decir «yo puedo» y a su vez despreciaba a los pobrecitos que se quedaban por el camino y consideraba que no tenían remedio⁸. Dentro de este contexto, entendemos por qué los débiles mentales son calificados de inservibles para el Opus Dei por su Catecismo⁹: los que «no pueden» son considerados para el manicomio y, recíprocamente, los que son considerados para el manicomio son explícitamente declarados inservibles. De esta forma, el Catecismo pone de relieve que la supuesta devoción por Enriqueta la tonta¹⁰ aparentemente no era sincera. En la espontaneidad de la jactancia o alarde de Escrivá queda mucho más expuesta su interioridad que en oportunidad de otras expresiones suyas (no soy nada, no puedo nada, nuestra fortaleza es prestada, etc.), más parecidas a declamaciones propias de cierta teatralidad o manifestaciones de humildad fingida. Es más fácil fingir una postura falsa, que reprimir un impulso espontáneo. Al contrastarlos, el impulso se impone sobre la impostura. Pero cuando expresaba su ambición y su «capacidad de poder», no la disimulaba: «no es fácil, no se recuerda un caso en el que quienes comenzaron a trabajar en una obra Tuya hayan visto, aquí en la tierra, tantas maravillas como yo estoy viendo: en extensión, en número, en calidad» 11. «Estoy persuadido —tengo una seguridad moral— de que la Obra permanecerá mientras haya hombres sobre la tierra» 12. Lo que estaba dando a entender era que, al igual que la Iglesia, «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt. 16,18). «Os aseguro que en la Obra no habrá ningún terremoto. Tengo certeza» 13. Sin embargo, la situación actual del Opus Dei no permite seguir sosteniendo dichas afirmaciones.
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Ahora bien, es realmente algo extraño en boca de un «supuesto santo» gloriarse en sus propias fuerzas. Lo cual nos hablaría de un origen sumamente humano y nada sobrenatural del Opus Dei. Porque en ese «si dijera ‘no puedo’» está totalmente ausente Dios y sólo cuentan las propias fuerzas humanas de Escrivá.
Pero esa frase «si hubiera dicho…» revela algo más interesante aún: la violencia que estaría dispuesto a hacerse y, también, la que estaría dispuesto a ejercer sobre otros, con tal de lograr sus persistentes deseos. Pensemos en las desagradables imágenes de sangrientas disciplinas, en exceso citadas en la Positio super vita et virtutibus¹⁴. Escrivá se situaba como modelo de quien se hacía violencia a sí mismo (castigo corporal usado, no como mortificación cristiana, sino como instrumento para violentarse), ejemplo que influiría en sus seguidores para inhibirlos de decir «no puedo», violentándose a sí mismos. De este modo, violencia e intolerancia se entrelazarían íntimamente, como las disciplinas y el horizonte del manicomio. Lo interesante de todo esto es descubrir que el fundador evitaría el manicomio enloqueciendo a otros: sometiéndolos a una exigencia tal que tendría como medida el holocausto personal (terminarían «exprimidos como un limón») y entonces enloquecerían (no es casualidad el recurso a los psiquiatras y psicofármacos) o abandonarían el Opus Dei, como quien abandona una prisión o un lugar insano. Otros, al ser declarados inservibles, acabarían siendo descartados por el sistema, expulsados a la calle, sin ayuda de ningún tipo. Pero Escrivá habría logrado su objetivo: hacer el Opus Dei —evitando yo el manicomio—, siendo tú mismo Opus Dei (enloqueciendo tú y no yo). Tal vez, como el administrador infieldel Evangelio, Escrivá no pudo aceptar su destino e hizo que otros pagaran el precio. La intolerancia llevaría a la violencia. La ausencia de permiso para decir «no puedo» se vincularía con el dar riendas sueltas de las «disciplinas de sangre» —como las califican en la Positio—, en sociedad con la idea de manicomio, y todo ello lo terminarían sufriendo quienes más fielmente le estuvieran subordinados (¿qué proceso de canonización legítimo podía darse a partir de testimonios que no tenían permiso para decir otra cosa que la permitida?). Según las enseñanzas de Escrivá, “se debía poder” hasta quedar destruido¹⁵. De ser necesario, había que pedir la muerte antes de no perseverar, es decir, antes de decir «no puedo» 16. Y todo ello, encerrados en una barca, aislada en medio del océano, sin escapatoria, de la cual no se podría salir sin terminar muertos en medio de las olas del mar, según las propias palabras de Escrivá. Y «para estar en la barca, se necesita (…) entregarse, quemarse, hacerse holocausto» 17. La violencia interior debía suceder sin escándalo exterior, sin que se notara, sin que mediara la sangre (algo sólo reservado para Escrivá, es decir, para el modelo a imitar, no a igualar ni menos aún a superar). La exhortación a esforzarse, en realidad, era a forzarse y, en definitiva, a violentarse. Cada uno debía hacerse violencia contra ese «no puedo más» 18, conduciendo ello hacia una autoexigencia destructiva, que Escrivá la llamaba «guerra maravillosa contra nosotros mismos» 19. Y agregaba: «no os asustéis de encontraros monstruosos» 20. Aquí encuentra sentido el uso de la mortificación corporal de la ducha fría en invierno, el cilicio (bien apretado, se decía) y las disciplinas (quienes más creían en la doctrina de Escrivá, más fuerte se las aplicaban). La vocación al Opus Dei como de «predilección divina», pasaba a convertirse en la lucha contra la «monstruosidad» que habitaba en cada uno. Escrivá ponía palabras en boca de otros sin haberles consultado, como diciendo: yo te voy a contar lo que debes pensar. En realidad, las imponía. Formaba todo ello parte de la violencia institucional y de cómo el Opus Dei discerníapor los candidatos —hoy parece menos probable—, no ya decidiendo sobre el ingreso, sino también sobre la conciencia de sí mismos, dictando lo que debían pensar. Insistir por activa y por pasiva que en «el Opus Dei todo es voluntario», cuando uno mismo experimentaba lo contrario, era —y es— violencia institucional, que buscaba ahogar todo disentimiento. En definitiva, había que luchar contra el monstruo que teníamos dentro, inclinado «a cometer todas las atrocidades» 22. Pero, mientras para los demás aplicaba la crudeza, para sí mismo Escrivá recurría a la poesía²³, cuando no hacía un alegato de inocencia²⁴. Esa lucha contra uno mismo, transformada en violencia contra uno mismo, daría lugar a enfermedades psicológicas y psiquiátricas y causaría en muchos casos aversión explícita hacia la religión. Contrariamente a lo que Escrivá enseñaba, decir «no puedo» evitaría el manicomio, e incluso ayudaría a salir de él. En un entorno así, enfermarse sería síntoma de sanidad.
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¿Ahora bien, no hay gente que se encuentra cómoda en el Opus Dei? Sin duda las hay, y bastantes, que son las que terminan permaneciendo y "perseverando", lo cual no es precisamente un elogio. No sufren ya violencia ni se hacen más violencia, pero se las hacen a otros o dejan, sin decir nada, que otros la sufran. Su silencio es el precio de la comodidad que gozan. Pienso ahora en uno de los sacerdotes que vivía en la misma casa donde yo me encontraba y que era muy alegre. Si leyera este texto, le parecería absolutamente chocante e incomprensible. Sin embargo, él mismo participó del proceso que tramaron los directores en relación a mi salida (siempre me he preguntado cómo habrá justificado en su conciencia su participación, seguramente por la virtud de la “obediencia”). Por lo cual, esa comodidad que sienten y viven algunos que se quedan dentro, tiene el precio de pagar con su conciencia actos que son inaceptables. Todo está muy bien, hasta que algo está mal, y ahí es cuando uno tiene que decidir permanecer o irse. Me acuerdo de otro sacerdote, con el cual mantenía una muy buena relación. Pero en un momento — cuando tuvo que elegir entre su comodidad o la amistad— me dijo, para mi sorpresa, “tienes que blanquear tu situación”, dándome a entender que yo debía asumir la culpa y no atribuirle responsabilidad al Opus Dei por encontrarme deprimido y, por ello mismo, haber sido desalojado del centro donde vivía de una forma arteramente calculada y a mis espaldas. Aun así, según él, yo debía responsabilizarme de la desafortunada decisión que habían tomado los directores, lo cual implicaba violentar mi conciencia. Por supuesto, no lo hice, sino que todo aquello me confirmo que, aun los que parecían amigos, se volvían cómplices de los directores con tal de conservar su cómodo lugar dentro de la organización.
Pues bien, quienes se sienten cómodos dentro del Opus Dei es porque hay cosas que no ven o directamente no quieren ver, y cuando alguien se las hace ver, se escandalizan e incluso creen que hay que culpar al mensajero. Pagan el precio de haber violentado su propia conciencia hasta cauterizarla, de haber traspasado el límite que la vuelve insensible a los daños institucionales sobre las personas. Pero también es cierto que, al haber quemado sus naves, no tienen dónde ir y se vuelve a cumplir lo de la barca: si quieres permanecer, has de someterte, entregando tu juicio.
La violencia sin violencia
«Violencia, nunca. No la comprendo, no me parece apta ni para convencer ni para vencer»25 Escrivá (lado A)
«Hablas quizá de que no ves cómo se puede conjugar la libertad personal y la obediencia. Muy podrido has de estar o muy corto es tu entendimiento»26 Escrivá (lado B)
Del mismo modo que una numeraria auxiliar se le hacía ver su actividad diaria no como un trabajo sino como un servicio hecho a Dios²⁷, la violencia hacia uno mismo tampoco era vista como tal, sino como una lucha, un vencimiento. Usualmente había dos versiones de un mismo hecho, y prevalecía la que más le convenía al Opus Dei, en un momento dado. Se decía que la vocación de numeraria auxiliar implicaba un trabajo profesional — definición actualmente vigente según los Estatutos de 1982—, pero también que era una vocación de entrega total. De esta manera, cuando había que hablar de secularidad, se refería al carácter “profesional” del trabajo y cuando había que servirse de ese trabajo sin tener en cuenta derechos laborales, se hablaba de “entrega a Dios”. En la ambigüedad, salía ganando siempre el Opus Dei. Muchas cosas neurálgicas eran —y son— rebautizado dentro de la organización, de tal forma que se percibían distintas a como las vería cualquier otra persona desde afuera. Uno vivía disociado (para sí) y disociando (explicando al mundo exterior que las cosas no eran como eran).
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Un director espiritual o un sacerdote que confiesa, es alguien cuya tarea consiste en transitar por los terrenos sumamente delicados de la conciencia de las
personas que le confían su intimidad. Por lo cual, los niveles de violencia en esos casos son mucho más sensibles que si se tratara de violencia física, y no pueden ser considerados de la misma manera. La palabra es su bisturí, que puede curar o lastimar. Con ella el director espiritual puede ser un cirujano de ojos o alguien que faena animales. Mediante el dolor se puede manipular la conducta de las personas (tema tratado en la película Camino,2008, de Javier Fesser) y lograr que hagan lo que el prestidigitador desea. Tengamos en cuenta que la dirección espiritual del Opus Dei apunta a desarmar toda resistencia interior, hasta quedar vulnerables en manos de los directores, como el barro en manos del alfarero, que incluye la vulnerabilidad económica (al no tener capacidad de ahorro, por ejemplo). La entrega total es sinónimo de vulnerabilidad total. El más entregado es el más vulnerable. Como un organismo al cual se le ha eliminado todos los anticuerpos: la mínima violencia puede hacer estragos.
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Si cuando Escrivá se quedaba sin argumentos pasaba a los insultos, resulta difícil de imaginar su firme oposición a la violencia que previamente suscribía en teoría. Estamos hablando del superior de una organización religiosa, que insultaba en una carta pastoral frente a un planteo conceptual puesto en boca de un interlocutor abstracto. Ya no era un simple arrebato del momento, pasajero, sino algo que pasaba los filtros propios de toda publicación interna del Opus Dei. Por lo cual, una declaración de este tipo no puede ser tomada como un hecho aislado sino como un síntoma de algo más profundo. Distinto sería si se hubiera tratado de un exabrupto momentáneo, que sería comprensible en cualquier persona, pero esa intolerancia es la que va a aplicar para gobernar y para hacer posible su obra: no es inocente. Basta ver los principios que regirán la barca y son los mismas, intolerancia y violencia, como veremos más adelante. Es evidente que su oposición a la violencia no era como decía y, en cuanto perdía el control, pasaba al ataque, como los que padeció Carmen Tapia, narrados en su libro. Esa carta deja al descubierto el lado violento de Escrivá y, a su vez, refuerza el testimonio de Carmen Tapia. Más aún, es palpable que su intolerancia le llevaba a la violencia y por eso es posible ver nuevamente aquí la conexión entre la intolerancia hacia el «no puedo», la amenaza latente del manicomio, y la violencia de las disciplinas de sangre. En el caso de esa carta citada, Escrivá reaccionaba violentamente frente al mismo tema: la obediencia debida a su persona. Escrivá no toleraba que no se le obedeciera (que alguien le pudierallegar a insinuar «no puedo») o que se le cuestionara su idea de obediencia. Había que forzarse y había que someterse: dos caras de la misma moneda de la obediencia. Por eso en un momento afirmaba tajantemente: «se puede mandar todo» 28. Por la misma razón, él enseñaba que todo es voluntario²⁹ en el Opus Dei, como quien afirmara un dogma, de tal manera que no era permitido ponerlo en discusión ni en duda. Del mismo modo, afirmaba que «somos libérrimos y tenéis derecho a pensar y a actuar como os dé la gana», aunque si alguno no entendía la relación entre obediencia y libertad, recibiría una violenta respuesta del fundador. En definitiva, Escrivá no daba lugar a preguntarse o deliberar sobre la existencia de libertad dentro del Opus Dei, porque sabía que la respuesta no iba a ser de su agrado, por tanto, legislaba decretando que sobre la libertad no había nada más que decir, salvo lo que ya había dicho él mismo, y quien pusiera en duda su palabra sería insultado. Esa carta tenía la función de servir de escarmiento público hacia quien osara “rebelarse” haciendo preguntas prohibidas. En definitiva, además de violenta, a causa de su intolerancia, su forma de gobernar era autoritaria, porque no daba lugar a «pensar como os dé la gana», según había previamente garantizado, sino que ni siquiera a «dudar o preguntar como os dé la gana». Tal vez el problema de fondo sea que Escrivá disociaba la libertad y la obediencia (exaltaba por un lado la libertad y por otro imponía el sometimiento más absoluto, hasta lo que él llamaba el holocausto personal), y si alguien le cuestionaba cómo podían relacionarse ambos términos disociados, estallaba y se terminaba imponiendo el dominante, la violencia.
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Con lo dicho hasta ahora, alguien podría imaginar que la vida en el Opus Dei era una sala de torturas las veinticuatro horas del día. No era así. La mayor parte del tiempo, por lo que yo he vivido y visto en otros, había un ambiente agradable o al menos neutro, diría, al igual que el contenido de las meditaciones de Escrivá, en su mayoría no era problemático, aunque tuviera claros objetivos recurrentes (proselitismo y obediencia, por ejemplo)
El violentarse no tenía que ver con un estado permanente sino con lo que en el Opus Dei se llamaba —y se llama— “vencerse a sí mismo”, que es un sinónimo de forzare a sí mismo y, en definitiva, de violentarse. Lo contrario, sería decirle no a Dios. «En medio de una lucha constante para vencerse y sobreponerse a sí mismo, nuestro Padre nunca dijo que no a Dios» 30 Difícil verificar semejante afirmación. ¿Quién puede saber si nunca le dijo no a Dios? Pero debido a la devoción incondicional a Escrivá, se toma dicha afirmación como verdad indiscutible. Sin embargo, lo importante es que, volviendo a la idea del manicomio, Escrivá es el modelo de nunca decir «no puedo» y para ello es necesario «vencerse». El problema es cuando toda está teología está al servicio del gobierno y puesta a disposición del poder de los directores. Esa violencia hacia sí mismo no es constante, pero sí es progresiva, hasta lograr la mayor disponibilidad posible en manos de los directores, hasta estar dispuesto a todo, que es en definitiva el holocausto personal, estar dispuesto a someterse a lo que ordenen los directores, yendo contra el propio instinto de conservación cuando sea necesario (por ejemplo, quemando el futuro profesional o un buen trabajo con el cual uno se sostenía económicamente hasta ese momento). El objetivo sería llegar a borrar del propio vocabulario la frase «no puedo» a lo que pidieran los directores. Otras frases semejantes también debían reprimirse: «El creí que, pensé que y es que son los nombres de tres diablos tremendos que no quiero oír de vuestra boca. No os busquéis disculpas, tenéis la misericordia de Dios y la comprensión de vuestros hermanos, ¡y basta!» 31 Pero, para lograr eso, hay que recorrer un camino de violencia a sí mismo, que es como un plano inclinado, pero hacia abajo. A quienes los directores les exigen poco, por las razones que sean, se violentan muy poco y por eso consideran que el Opus Dei es “el mejor lugar para vivir”. Pero no es lo que sucede con la mayoría, que se termina marchando. La violencia que uno va internalizando es la que estalla más tarde, una vez afuera de la organización, que es utilizada por la misma organización para descalificar a sus críticos como «unos resentidos». Pero esa violencia es la que por años ejerció la organización sobre las personas. Es importante tener en cuenta esto, para trabajarlo en terapia y no «detonarse emocionalmente» de una forma inadecuada ni en momentos inoportunos.
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Usualmente se considera que en una situación violenta, necesariamente la persona que ejerce violencia ha de volver ella misma virulenta, porque es lo que sucede en situaciones espontáneas, no planificadas —como le sucedió a Escrivá³² frente a Carmen Tapia—. Sin embargo, es posible ejercer violencia sin violencia, especialmente en lo que hace a la violencia institucional. En esos casos, quien la ejerce lo puede hacer de manera delicada, pero lo clave es el efecto que causa en quien padece dicha acción, y sobre todo sus efectos retardados. Imponer una vocación es un hecho violento, como lo reconoce Escrivá³³, y más aún si se la impone como una carga a llevar toda la vida, como un deber y en definitiva, como una deuda, pues lo que se debe es deuda. Pero no solamente el imponer una vocación propia de religiosos, como hace el mismo Opus Dei, sino sobre todo forzar una vocación de entrega total — como también hace el Opus Dei— en quienes no tienen condiciones para soportarla. La intolerancia hacia el «no puedo» llevaría a la violencia de imponer una vocación que no aceptara límites. Dicho de otra manera, en el origen de la entrega total está en la intolerancia de Escrivá hacia el «no puedo» y esa vocación es la que le permitirá a Escrivá exigir sin límites (holocausto). Pero esa imposición forzada generalizada —pues el abandono de la vocación ha sido masivo— le permitiría a Escrivá obtener mano de obra abundante para llevar a cabo su proyecto, para impulsa su expansión institucional y el reclutamiento, incluyendo sacerdotes sin vocación sacerdotal³⁴ (un tercer nivel de violencia vocacional). La imposición forzada de ambas vocaciones —la de entrega total y la conventual— causaría trauma y sería uno de los daños más importantes. Sin embargo, si todo ello se hace en cámara lenta, como por un plano inclinado, puede pasar desapercibida su violencia, salvo para la víctima, que a corto o largo plazo la termina padeciendo (sobre todo al despresurizarse, cuando se abandona la barca, regida por la presión del sometimiento a la entrega total). Lo interesante es que quien ejerce dicha violencia tiene a su favor el argumento de no haber sido violento en ningún momento. El recurso a la anestesia es lo que permite ejercer violencia sin violencia (como en el tráfico de órganos). Y si además se induce a que cada uno se violente, forzando una vocación que no puede soportar —el tiempo lo demostrará—, no queda violencia institucional a la vista.
Pero los daños son prueba de su invisible existencia. Tal vez por ello mismo es que la organización se deshace³⁵ “a tiempo” de quienes han sido violentados, para que “estallen a fuera”. «Quizá alguno aguantara un tiempo en ese estado, pero el clima peculiar de la Obra —de entrega total— acabaría por rechazarlo, como a cuerpo extraño.» 36
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¿Qué decir de la delicadeza extrema, que podríamos calificar de norma habitual dentro de la institución? Se trata de una característica conforme al aire aristocrático con el cual se había fundado el Opus Dei y con el cual su fundador quería que permaneciera. Pero es mucho más que eso: invisibiliza la violencia institucional. En marcado contraste con lo que —según Escrivá— cada uno podía encontrar de monstruoso dentro de sí, esa delicadeza en el trato social hacía impensable —aún hoy también— cualquier tipo de violencia hacia los miembros³⁷ —o inducción a ella—, y al mismo tiempo reprimía su visible exposición. Lo interesante de la delicadeza extrema es que sólo se aplicaba —y se aplica— en la “esfera pública” de la vida institucional, pero no en el trato hacia uno mismo, que debía ser también extremo pero en sentido contrario: sin contemplaciones³⁸. Como Escrivá con sus disciplinas. En este sentido, Escrivá no era precisamente delicado ni menos aún en extremo. Tampoco al referirse a sus «hijas e hijos» como monstruosos e incluso cancerosos³⁹, cuando no podridos⁴⁰. Socialmente la violencia no se manifestaba. Sólo transcurría en la interioridad de cada uno. No por casualidad existía —aún hoy— la prohibición⁴¹ de compartir confidencias entre los miembros, salvo con la línea vertical de mando. Nadie debía revelar a otros la violencia que cada uno se hacía a sí mismo. De la misma manera, los pisos relucientes ocultarían la violencia que sufrirían las numerarias auxiliares debido a la explotación laboral y espiritual⁴². En la superficie, todo podía parecer paz y serenidad. Los padecimientos no se dejaban traslucir, porque ello estaba explícitamente prohibido, reprimido. La delicadeza extrema terminaba siendo otra forma de represión e incluso de anestesia, que le quitaba — y aún hoy le quita— gravedad a los daños. Para vivir la delicadeza extrema, también había que hacerse violencia a sí mismo.
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A diferencia de otras organizaciones, acusadas también de abusos, el Opus Dei ha venido funcionando desde sus orígenes como un submarino⁴³: sin llamar la atención, evitando todo tipo de escándalos y cuidando su apariencia de manera sumamente esmerada, como el aspecto de sus centros, de forma de ser intachable o al menos no dar facilidad para ser criticado. Ello no evita que haya abundantes motivos para criticarlo e incluso denunciarlo (como ha sucedido en el ámbito penal últimamente⁴⁴), pero la clave está en no facilitar motivos para ello. Mientras otros movimientos conservadores no tienen problemas en desafiar al papa (como ordenar obispos sin su permiso), el Opus Dei jamás haría algo así, al contrario, públicamente se pondría siempre a su servicio, aunque en las sombras fuera a hacer lo contrario. No es que el Opus Dei sea mejor que esas otras organizaciones católicas sino es más astuto (“santa pillería”) y probablemente más ambicioso, como lo revela su pretendida divinidad. El Opus Dei se esmera en presentar una imagen pulcra, tanto con su estética litúrgica, su diplomacia eclesiástica y la limpieza de sus casas, que bien pueden ser resumidas en la expresión delicadeza ex-trema (aunque el término se aplique más al trato social).
Pues el objetivo del Opus Dei es a largo plazo —o mejor aún, sin plazos— de forma tal que, como ya dijo su fundador, dure “mientras haya hombres sobre la tierra”, y para eso no se puede actuar de manera frontal o descuidada, como sucede con tantos grupos acusados de abusos, cuyo horizonte vital es simplemente «no ser atrapados» (como el grosero caso del fundador Maciel). El Opus Dei, desde su fundación, ha pretendido ser —en su naturaleza— como la Iglesia, no sólo parte de su jerarquía mediante la figura de prelatura personal (fallido intento, desarticulado finalmente por el papa Francisco) sino también trascendiendo los siglos y así durar hasta la Resurrección. Al declararse modestamente de origen divino, su perduración en el tiempo no podía tener otro destino que la eternidad, como la Iglesia misma. ¿Como logró Escrivá convencer a otros del autoproclamado carácter divino de su organización? No fue una demostración teológica ni milagrosa sino a través de su capacidad de transmitir emociones que actuaran a modo de pruebas, como veremos más adelante. Poco se ha hecho para ponerle límites a la desmedida ambición y autoestima institucional del Opus Dei—ni hablar de la canonización de su fundador—, salvo a partir de Francisco, y queda por ver qué hará León XIV.
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Escrivá es aún hoy un personaje complejo de interpretar, porque presenta muchos aspectos disociados por él mismo, que al asociarlos sorprenden y resultan reveladores. Por un lado, su omnipotencia atraía, debido a su vinculación con promesas de éxito y seguridad, en esta vida y en la venidera. Pero el lado oscuro lo encontramos en la maceración de su carne y la violencia que ese deseo de omnipotencia conllevaría, hasta niveles de autodestrucción, en muchos de sus seguidores. No es casual que la exhortación al holocausto personal de quienes le estaban sometidos, ocupara un lugar relevante en su predicación, su gobierno y la dirección espiritual que ejercía sobre ellos. Si siguiéramos de cerca toda esta dinámica destructiva, parecería predecible que terminara en un daño espiritual masivo.
En el principio, fue la barca
- «Me dejaré meter en la barca, me dejaré cortar, rajar, romper, pulir, comer! ¡Me entrego!»45 Escrivá
Otro de los momentos reveladores de Escrivá, es su meditación sobre la barca⁴⁶. No ya por su contenido dogmático ni por sus solemnes maldiciones (fuera de la barca del Opus Dei está la muerte, dejarás de estar con Cristo, etc.) como por el escenario que plantea: se trata de una barca aislada en medio del océano, de la cual nadie se puede escaparvivo y, para permanecer con vida, hay que someterse a Escrivá hasta el holocausto, hasta dejarse romper e incluso comer. ¿Qué tipo de predicador se expresa de esa manera? Hay momentos en los que Escrivá predica a favor de la civilización —como la práctica de la delicadeza extrema, la libertad, etc.— y otros en los que —como si se enajenara— predica la barbarie y el canibalismo espiritual, cuya apoteosis se resume en el holocausto personal en honor a la “Obra”, como una suerte de Moloc. De esta forma, la “Obra de Dios” termina revelándose como la diosa Obra. Escrivá sabía que, con sola civilización, su Obra no iba a salir adelante en el breve tiempo que él deseaba, sino que sería necesaria una dosis importante de barbarie, de gente dispuesta emocionalmente a sentirse “dichosísima sacrificándose” 47, como lo anunciara en una de sus Instrucciones. En la descripción de Escrivá, citada en el epígrafe, no sólo hay un proceso de trituración sino un objetivo de deglución. ¿Cómo sorprenderse de la miembrofagia, de esa tendencia a alimentarse de sus propios miembros? No comiéndose su carne sino extrayendo su utilidad —como del limón su jugo— y descartándolos —como las cáscaras del limón exprimido—. No es una interpretación mía tirada de los pelos, son las propias palabras de Escrivá las que definen al Opus Dei de esa manera, aunque se le quiera dar un tono poético. «Me dejaré romper», exhortaba entusiasmado Escrivá, como en un arrebato de locura. ¿Me dejaré cortar? ¡¿Me dejaré comer?! Hay textos de Escrivá, como el citado, en los que se hace muy dificultoso interpretarlos benignamente, buscando la puerta que permita excusarlo. Desde luego el mismo Opus Dei siempre podrá encontrar la interpretación justa que permita “contextualizar” expresiones de su fundador que se van del sano rango de frecuencia espiritual.
Rompery cortar pueden tener como objeto directo “los defectos y pecados” de cada uno, por ejemplo, pero ya cuando dice “me dejaré comer” nos encontramos en un aprieto interpretativo. ¿Qué parte dejaré comer de mí? ¿Me dejaré comer entero? ¿Por quién me dejaré comer? ¿Ser comido será una metáfora de mi entrega hacia la organización? ¿Será que me dejaré comer a besos por la Obra? Pero para dejarme comer, previamente me tuve que dejar cortar y romper, por lo cual no parece que los besos arreglen la cosa, sino más bien que yo estoy siendo el festín de alguien, de un sujeto tácito que no aparece en la oración de Escrivá pero que, lejos de ser un misterio, resulta evidente de quien se trata. Parecen preguntas caricaturescas, pero sucede que la afirmación del fundador no deja mucho espacio para la vaguedad. Y es importante encontrarle una explicación a esa expresión porque es en la espontaneidad cuando con mayor fuerza se expresa una verdad oculta o que se reprime. Y en este caso Escrivá pareciera haber expresado algo que no debería haber dicho, que hace a su psicología. No parece haber justificación posible para dicha exhortación. Recordemos que su candidatura a obispo en 1950 fue rechazada por diversas razones, entre ellas «aspectos psicológicos poco claros» de su personalidad.
Difícilmente todo ese epígrafe pueda evitar la calificación de una exhortación a la violencia hacia sí mismo. De hecho, así terminaron muchos en el Opus Dei: rotos. Pero ello también explica cómo la violencia hacia uno mismo era invisibilizada por el “entusiasmo emocional” que la tapaba —como una ropa elegante que cubriera el cilicio que se llevaba en la pierna—, promovido por la predicación de Escrivá para que cada una y cada uno se dejara romper y cortar. Paradójicamente, se podía sentir “felicidad” al mismo tiempo que uno se estaba haciendo violencia e incluso poniendo en juego su futuro o, directamente, dilapidándolo. Ese “estado emocional” era el que impedía tomar conciencia y revertir la situación —basado en la supuesta promesa de que la “familia sobrenatural” sería nuestro resguardo y nunca nos abandonaría—, estado que tendía a inhibir el instinto de conservación, pues recordemos que el ideal justamente era el holocausto personal, por lo cual, el objetivo era no conservar ni reservarse nada para sí mismo sino sacrificarlo todo. Como dice Escrivá en la meditación de la barca, había que «saber destruirse» 49 y había que hacerlo con entusiasmo, si quedarse con nada.
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Hay en la predicación de Escrivá una clara glorificación de la violencia hacia uno mismo, siendo la destrucción por medio del holocausto personal su éxtasis (aunque a primera vista parecía una invitación a participar de una aventura humana y a la vez ser objeto de una elección divina inmerecida). Esto es muy importante, porque implica que el objetivo emocionalde la predicación de Escrivá —especialmente en el caso de numerarios y agregados— tenía como fin la autodestrucción de sus oyentes en beneficio de su obra. Por eso la vocación al Opus Dei podía ser, en un primer momento, una ocasión de júbilo y más tarde de desdicha y destrucción: una Cruz sin Resurrección. Los efectos del dañarse a sí mismos no serían percibidos en ese momento de ceguera emocional, sino mucho después, tal vez luego de transcurrir años. Si la destrucción no llegaba a completarse, era gracias a que el instinto de conservación en algún momento volvía a ponerse en marcha y se iniciaba el camino hacia la salida. Pero el daño ya estaba hecho.
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Probablemente lo más grave es que, predicando de esa manera, Escrivá daba licencia a sus directores para gobernar conforme a ese modelo de violencia espiritual (y la sigue dando, lo fundacional es permanente). Para que ellos la ejercieran, uno mismo debía primero deponer toda resistencia a ser violentada la propia conciencia, en razón de la entrega total. Por tanto, la mayor violencia hacia uno mismo no era tanto lo que uno hiciera como lo que dejara hacerse. La entrega total se convertía, entonces, en alienación total. «Esta entrega (…) olvidándonos de nuestros derechos, nos hace ceder en todo lo que sea nuestro» 50 «…todos estamos metidos en una misma red, y la red dentro de la barca, que es el Opus Dei» No sólo dentro de la barca, de la cual no es posible huir, sino además atrapados en una red barredera, por lo tanto, todos amontonados, como peces recién pescados, que han de permanecer allí para siempre (Escrivá describe un estado, no un momento). Lejos de ser una barca de salvación, parece un frigorífico flotante, porque en esa misma meditación Escrivá hablará a continuación de dejarse romper y comer, y se lo dice a los peces atrapados en la red. El concepto de “entrega a Dios”, que predica Escrivá, no tiene que ver con Dios sino con la actitud que se debe adquirir ante los directores, que se puede sintetizar en “hagan conmigo lo que quieran”, cuyo corolario es “¡me entrego!”, como quien se lanza al vacío —habiendo desactivado toda resistencia interior, toda desinhibición moral—, luego de recitar un rosario de ideas masoquistas: me dejaré cortar, romper, rajar, comer. Me entrego es aquí equivalente a decir a me tiro. La única puerta de escape que puede utilizar el Opus Dei para defender esta “teología” es interpretarla como una teología de alto vuelo, como la que predicaba Jesús y escandalizaba a su auditorio —hablando de comer su cuerpo y beber su sangre—. Pero el problema de esta argumentación es que, detrás de esa puerta, se amontonan los daños.
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La parábola de la barca resume sintéticamente no sólo la doctrina teológica del Opus Dei sino especialmente la experiencia angustiosa que se vive adentro. Por cierto, ello no ocurre de un día para el otro. Al inicio, la barca está en el puerto o cerca de la orilla. Con el tiempo se va alejando, hasta quedar en medio de la nada y es ahí donde parece no haber vuelta atrás, donde —usando otra de sus metáforas— una vez quemadas las naves, no hay retorno posible. Se comienza entregando todo a cambio de un lugar en la barca (es la condición para el viaje que promete como destino el paraíso, y exige quedarse como
Adán y Eva, sin nada, confiando totalmente en la providencia del dueño de la embarcación). Se pierde hasta la capacidad de ahorro y uno queda a merced de los superiores. Pero con el paso del tiempo, a cambio de esa entrega total, ya no te aseguran el cielo ni el suelo donde pisas —no es suficiente lo que has dado— sino a cambio exigen resultados —la organización que comanda la barca mide todo por un solo parámetro: eficacia— y te van dando a entender que terminarás ahogado entre las olas del mar si no los obtienes. ¿Cuán angustiosa sería entonces tu vida sabiendo que en algún momento —aunque te han dicho que eso no está permitido— comenzarás a decir «no puedo», no puedo más? (O al menos tu cuerpo empezará a decirlo, si no lo puedes verbalizar, y entonces te mandarán al psiquiatra). No puedes irte por tu cuenta, no puedes escaparte, pues no has ahorrado nada y la barca te ha ido alejando lentamente del puerto del que partiste y te encuentras en medio del océano. Y sabes que, aunque te quedes, es solo cuestión de tiempo para que te echen en cuanto dejes de ser eficaz. Descubres entonces que la meditación de la barca de Escrivá no era una metáfora teológica sino una amenaza encubierta que se ha vuelto realidad: afuera la muerte (el miedo a morir abandonado) y adentro el sometimiento humillante, que además, lo tienes que negar con delicadeza extrema.
Y lo peor de todo, es que sabes que tienes los días contados… no hay escapatoria...
Felicidad de ficción
Desde luego hay gente que es feliz dentro de la barca. Incluso yo mismo podría decir que, por un tiempo, mesentí feliz dentro de la barca, pero ello fue posible mientras duró la ficción. Como en una obra de teatro, la clave es no prender las luces —para que no se pierda la magia del momento— y no abandonar la butaca, no moverse, mantener la mirada fija en la pantalla. La felicidad está basada en la prolongación de esa ficción y en luchar contra toda luz que pueda entrar en la oscura sala y contra todas las voces puedan interrumpir el silencio necesario para sólo escuchar las voces de los protagonistas: Escrivá y sus directores. Igual que en un cine, igual que en un teatro: esa es la felicidad del Opus Dei, ficticia. Y quienes están en la sala no quiere oír hablar de la realidad exterior: tal vez ingresaron al Opus Dei para huir de esa realidad. Por lo tanto, no quieren ser molestados ni que su conexión emocional con el Opus Dei se vea interrumpida, como quien está viendo un film o transita un momento de placer que desea nunca acabe.
Y suceden cosas muy semejantes: el silencio de la sala se asemeja a la delicadeza extrema que se exige practicar; hay quienes están plácidamente sentados y el acomodador-director les dice: se tiene que retirar usted y dejar el asiento a otro. ¿Pero yo que hice de malo? Lo siento, tiene que abandonar el cine. A todos se les exige traer 4 a 5 personas para llenar la sala (para llenar las meditaciones, los círculos, los retiros, etc.). Hay quienes abandonan la sala porque no soportan más lo que están viendo, la película que les hacen ver, y se les ordena retirarse en silencio, sin que los demás lo noten, ya que la sala es oscura y “no debe volar ni una mosca”. De este modo, los demás no se enteran de cómo la sala se va vaciando ni cuántos van quedando. Está permitido aplaudir y reírse, pero no comentar la película entre sí, sólo con el acomodador-director, que es quien sabe qué lugar nos corresponde y de qué va el argumento. En definitiva, la ficción del Opus Dei no es muy diferente a lo que sucede en una sala de cine, aunque bastante particular, por cierto. El asunto no es explicar cómo hay gente que no es feliz en la barca, sino al contrario, cómo se puede ser feliz cuando las opciones son: la muerte afuera o el sometimiento adentro. La barca en sí misma es una especie de teatro: afuera está la realidad que mata la ficción del Opus
Dei y para permanecer adentro del Opus Dei hay que someterse, hacer un absoluto silencio, para que sólo las voces de la pantalla sean las protagonistas.
Dispositivos discursivos
Más interesante que definir al Opus Dei, es explicarlo. Porque la definición es estática —poco nos dice— pero la explicación es dinámica, nos devela el sentido, hacia dónde se dirige. Lo que nos importa aquí es ver qué mecanismo implementó Escrivá para él evitar el manicomio y terminar enloqueciendo a otros: de qué manera pudo superar la impotencia de su «no puedo» a través de someter a otros al holocausto personal, llevándolos hasta el límite del «no puedo más». El asunto aquí es descubrir de qué forma Escrivá llevó a cabo la barca en términos prácticos. Porque claramente nunca existió ni una embarcación ni un océano reales como para alejar del puerto a sus pasajeros y someterlos en alta mar. Sin embargo, Escrivá puso en marcha algo bastante parecido a una barca aislada en medio de un océano, de la cual no era posible escaparse —hoy parece más fácil— sin acabar en medio de las aguas: creó su propia organización religiosa, en apariencia católica, pero en los hechos aislada de todo control interno por parte de la Iglesia (de ahí la disociación entre sus vacilantes formas jurídicas y su estable funcionamiento interno real) y creó una vocación religiosa sumamente atractiva (la perla preciosa) que con el paso del tiempo se volvería una carga insoportable y finalmente una deuda imposible de pagar, generando un encadenamiento muy difícil de romper, al menos en apariencia. El resultado sería muy semejante a la metáfora de la barca. Aunque, tal vez, debiéramos llamarla la banca del Opus Dei, cuyo objetivo sería endeudar moralmente a sus miembros y de esa forma someterlos. No sería otro el sentido de una vocación no solicitada e impuesta a la fuerza o mediante seductor engaño (como la falsa vocación laical prometida). Los dispositivos son los elementos esenciales que ponen en funcionamiento el Opus Dei y tienen un común denominador: su alta carga emocionalpara movilizar. Gráficamente podríamos resumirlos así:
La perspectiva emocional
La vida vivida no puede ser reemplazada por medio de libros y estructuras. Pero debido a que el ser humano no tiene la capacidad de evitar la muerte ni resucitar por sí mismo, la trasciende de manera ficticia mediante la producción de sus propios fósiles culturales, que les permiten a los descendientes, en cierta manera, reconstruir la vida vivida por sus ancestros y reproducirla hacia adelante. Ese es el sentido de los libros y las instituciones: dejar nuestros rastros para cuando ya no estemos y puedan ser devueltos a la vida, como una especie de resurrección virtual o prolongación de la misma vida. Pero los fósiles no siempre permiten reconstruir la vida pasada, necesaria para entender de dónde viene la vida presente. El Opus Dei y Escrivá mismo no se explican sólo por sus escritos doctrinales y sus reglamentos o sus historias, si de ellas sólo se extrae su contenido racional e intelectual. Hay un elemento esencial, muy difícil de reconstruir pero necesario, para comprender el efecto del Opus Dei en nuestras vidas y es el aspecto emocional de toda persona mientras está viva (aunque sean de gran utilidad en muchos aspectos, la reproductibilidad técnica de la vida mediante videos no puede darle vida a un cuerpo ausente, salvo de manera ficcional). En el caso de Escrivá, estudiar su perfil emocional es crucial para entender la creación y éxito de su organización. Difícil tarea, no estando él ya presente. Pero es posible lograr una cierta reconstrucción, aunque no sea plenamente satisfactoria. Si hay un elemento esencial por el cual el Opus Dei tuvo éxito —junto al contexto psicológico de posguerra y del franquismo— fue el aspecto emocional de Escrivá. En concreto, su capacidad de mover a otros emocionalmente —incluso de desequilibrarlos, para que dieran el vertiginoso paso de entregar completamente sus vidas y ponerlas a disposición de su voluntad— planteando la vocación como una aventura de conquista del mundo. Eso no es algo que se aprenda en el seminario. Técnicamente, la pericia de Escrivá podía dejar mucho que desear. Jurídicamente su obra sigue teniendo inconsistencias —cambiando tantas veces de figura jurídica, ¡aún hoy sin tener una definitiva!— como todavía las tiene el carácter laical de la vocación, por él propuesta —al incorporar demasiados elementos de la vida conventual—, lo que llevaría a concretar un fraude vocacional, al menos por la vía de los hechos. Pero nada de eso importaría para triunfar en el mundo de las emociones, que era donde Escrivá se movía como pez en el agua. En este sentido, bien se puede decir que Escrivá era un sacerdote que destacaba por sobre el resto y eso le dio una ventaja enorme a la hora de fundar su organización y de mover a otro a cometer locuras. Es muy probable que esto generara envidias en el ambiente clerical. Los grandes lideres siempre han sido emocionalmente desequilibrantes —pensemos en los del siglo XX— y es lo que les ha permitido imponerse y, en muchos casos, hacer calamidades, porque siempre son un terremoto para la psiquis colectiva, arrastran hacia la victoria o hacia el abismo. Sé que sus películas de tertulias, en muchos casos, no mueven a nadie, pero precisamente por eso no sirven como prueba de la vida vivida, de lo que era estar al lado de él y ser motivado por él. Basta leer el libro de Carmen Tapia, mucho mejor que cualquier película de Escrivá, para darse cuenta de ello. No es de extrañar que la verdadera crisis haya empezado con el segundo sucesor: no era precisamente un líder y emocionalmente causaba el efecto contrario de lo que el Opus Dei hubiera necesitado. En el caso de Del Portillo, tenía a su favor haber sido la sombra de Escrivá y mostrar firmeza, aunque no tuviera la misma capacidad de liderar de Escrivá (menos emocional, aunque probablemente más intelectual). Si surgiera un nuevo liderazgo capaz de emocionar, como el que tuvo Escrivá en su momento, el Opus Dei podría resurgir. Es por eso que las reformas deberían hacerse ahora mismo, de lo contrario sería tarde. La oportunidad que actualmente tiene el papa León XIV, gracias a su predecesor el papa Francisco, es única. Pensar que el Opus Dei ya está muerto, es no conocer el mundo de las emociones y de sus líderes.
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Los fósiles culturales de Escrivá —en particular, lo que dejó escrito— y el modo en que fueron revividos por sus sucesores, nos permiten comprobar que Escrivá actuaba y predicaba emocionalmente como quien hubiera recibido una revelación de Dios —sus sucesores también revivían así el fósil— y eso resultaba extremadamente convincente, esa conducta se convertiría en «la prueba de lo que no se ve» 51 y arrastraría a muchos a creerle, incluso varios años después de haber fallecido, porque esa convicción que comunicaba el fundador se transmitiría emocionalmente de unos a otros, hasta llegar a persuadir firmemente a sus seguidores de que su muerte no provocaría ninguna crisis institucional, como así sucedió en 1975 (cfr. nota 13), al modo de una profecía autocumplida. Pero así como la fe tiene consecuencias o manifestaciones emocionales, y en muchos casos la ausencia de emociones habla de una fe intelectualizada o producto de una elaboración puramente racional, sin que realmente se crea (fe sin creer), es posible fingir la fe mediante emociones, de forma tal de movilizar a otros a tener fe en lo que uno mismo no cree (en eso consiste la manipulación). En esos casos, el manipulador confía plenamente en su propia capacidad de emocionar a otros, más que en el objeto de la emoción (la fe en la sobrenaturalidad del Opus Dei, en este caso). Resulta muy difícil discernir entre un caso y otro, entre el auténtico predicador y el mercenario — como lo llama el Evangelio⁵²—, porque usualmente las emociones son muy convincentes, se convierten en la prueba misma de autenticidad. La contraprueba recién surge con el posterior daño que una predicación o una supuesta revelación causa a otros y termina de esta forma siendo desmentida. El hecho de que históricamente hayan sido los directores quienes discernieran por el candidato tiene que ver con esto mismo: convencer emocionalmente al candidato de su vocación al Opus Dei. Eso es lo que hacía Escrivá al predicar —convenciéndonos de que la vocación era algo aceptado libremente por nosotros y no impuesto⁵³— y así lo enseño a los suyos, hasta institucionalizarse como conducta. Desde la época fundacional, la vocación no ha sido algo que el candidato viera o discerniera por su cuenta, sino algo que los directores le contaban y le transmitían a través de sus propias emociones. El logro de Escrivá fue atraer emocionalmente de manera estable —mediante un vínculo que él calificaba “más fuerte que la sangre”—, no algo que durara un tiempo breve. La religión no solía atraer emocionalmente por ser considerada un deber a cumplir, una carga, no una aventura ni una inversión, ni nada asociado al éxito, menos en esta vida. Mediante su organización, Escrivá logró darle a la religión sentido y propósito (lo contrario a dispersión y falta de objetivos), como si de una misión extraordinaria se tratara (de ahí que se hable oficialmente de una intervención de Dios en la Historia⁵⁴, por ejemplo y luego de heroísmo y sacrificio, todos elementos emparentados con el mundo de las emociones, que son las encargadas de transportare impulsar sentido y propósito de las acciones). Escrivá le dio una carga emocional que no estaba disponible en otras organizaciones —por ejemplo, el origen divinodel Opus Dei y su rol de enviado como fundador— o en la práctica cotidiana de la religión, más parecida a una tarea burocrática. Sus Instrucciones rebozan de ese mundo emocional, pero también de su inestabilidad interior, que le llevaría a reelaborar varias veces sus escritos o destruirlos⁵⁵, debido a su propia inseguridad, lo cual indicaría el origen humano —y no divino— de su obra. Este elemento emocional haría que el efecto coactivo de la barca no se sintiera tan intensamente, al menos durante los primeros años de vocación, que coincidirían con los de inmadurez afectiva y emocional. La violencia hacia uno mismo estaba compensada con las emociones que se inyectaban por la vía discursiva y hacían creer que la violencia contra uno mismo —si es que se lograba percibir— valía la pena. La misma predicación de Escrivá tenía un componente emocional esencial, que unificaba y alimentaba los sentimientos hacia un único fin, que era empujar hacia adelante el Opus Dei entre todos. Este elemento emocional retrasaría la salida de mucha gente y la haría más traumática aún. Lo jurídico sólo le podía interesar a los estudiosos; emocionalmente no tenía relevancia para que el Opus Dei funcionara, sólo para tener un carnet de identidad dentro de la Iglesia y para defenderse frente a diversos ataques contra su identidad o derechos.
Dentro de este componente emocional de Escrivá, estaba su fijación con los resultados palpables (cfr. nota 79). Es sumamente notable que las parábolas del Evangelio las interpretara en términos de resultados (la de los talentos, de la higuera estéril, la vid y los sarmientos, etc. 56 ) y de obediencia (para ser eficaces), porque su horizonte emocional estaba puesto en ver crecer a su institución en vida, porque ya difunto no lo disfrutaría⁵⁷. En lugar de abrir horizontes espirituales que enriquecieran, la predicación de Escrivá se terminaba cerrando en reforzar los conceptos básicos de funcionamiento corporativo: la obediencia y sinceridad en relación a los directores, la pobreza en relación al Opus Dei, el proselitismo, la filiación al Padre, etc., reduciendo y empobreciendo el sentido de los textos sagrados a un fin endogámico: someter la dirección espiritual a los fines de gobierno. En Escrivá no solo se canonizó a una persona, sino también una espiritualidad resultadista, que todo lo mide en números y en éxitos contables⁵⁸. Por eso creció tan rápido. Si bien él le atribuía el éxito al origen sobrenatural de su organización, el rápido crecimiento parece más adjudicable al utilitarismo, seleccionando personas hábiles en conseguir prosélitos, contactos y medios económicos y descartar —sin costo alguno— aquellas que no lo fueran, como quien se deshace de algo inútil, sin da cuenta a nadie, o como el buscador de oro que desecha las piedras sin valor. El descarte de los débiles mentales, por parte del Catecismo, no es una casualidad sino que responde a ese impulso emocional de Escrivá hacia la eficacia. El factor emocional fue clave en los primeros años y luego durante su desarrollo hasta la crisis y declive que comenzó alrededor del año 2000. La vocación se contagiaba, además de imponerse por diversos modos de coacción o engaño, porque, como si fuera un scrum e incluso un maul de rugby —pensemos en la unidad de la Obra llamada pasión dominante⁵⁹, como anzuelo emocional, y en ese ser un monolito⁶⁰— se iban sumando individuos a medida que esa pequeña masa de gente iba de camino hacia su crecimiento institucional. El Opus Dei se desarrollaba como un fenómeno emocionalmente exitoso, en la forma en que iba sumando gente a su institución y eso contagiaba, aunque en este caso se trataba de un experimento de laboratorio bien controlado, donde a esa masa ingresaba gente seleccionada desde arriba, y no por iniciativa de cada uno desde abajo. «Perder el buen humor es una cosa grave» 61, afirmaba Escrivá, haciendo un juego con las palabras, y ciertamente lo decía en serio, porque las emociones jugaban un rol esencial en el éxito de su organización. El humor «hasta el momento de la muerte» 62 contribuiría enormemente a disfrazar la violencia subterránea y junto con la delicadeza extrema y la prohibición de tener confidencias⁶³ entre miembros, harían más dificultoso tomar conciencia de los propios padecimientos de origen institucional. Si en los demás uno solamente veía —como en un espejo, que es la forma de verse a sí mismo—sus sonrisas y no sus sufrimientos —ocultos debido a la prohibición de manifestarlos socialmente o compartirlos con otros— era fácil pensar que “todos allí eran felices” y uno también debía serlo, o en todo caso, aceptar que era el equivocado: «En la Obra, si alguno tiene disgusto o vive con tristeza, es por culpa suya» 64 A su vez, quien disentía, era tratado como un loco por el psiquiatra del manicomio: «Cuando uno no se ha dado por completo, a la primera dificultad la inteligencia se enreda, y cuesta comprender lo que entiende una criatura de diez años, y viene el pensamiento de que no se nos entiende. Hijo, habla, y verás cómo sí te comprenden. ¿No será que a ti, por las circunstancias de un momento, porque tu soberbia quiere saltarse una limitación, no te interesa que se te entienda?» 65
Lo “real” debía ser la alegría, mientras que los padecimientos eran considerados, el 99% de las veces, “un invento” de nuestra concupiscencia: «El noventa y nueve por ciento de los conflictos que nos planteamos nos los inventamos: son bolas que hacemos crecer, son razonadas sinrazones, son un engaño para ocultar nuestra concupiscencia.» 66 Y cuando se ponía un poco más temperamental, directamente sentenciaba que no teníamos razón en nada: «Cuando -en contra de lo que os dice quien tiene gracia especial de Dios para aconsejarospenséis que tenéis razón, sabed que no tenéis razón ninguna» 67
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Las emociones atraen y movilizan, mueven a actuar y sobre todo a entregarse. Escrivá no era amigo de los sentimientos⁶⁸ pero sí de las emociones. Aunque no lo dijera, eran protagonistas de sus meditaciones, cartas e Instrucciones. No por casualidad Escrivá asociaba los sentimientos con los sentidos y la sensualidad, para anular todo ellos. En cambio, las emociones no. Aunque hablaba de poner la cabeza por encima de los sentimientos, en realidad estaba utilizando un lenguaje emocional, no intelectual ni técnico, que llevaría a poner las emociones por encima de la cabeza.
La racionalidad de su predicación estaba sometida a la emocionalidad: si analizamos el discurso de la barca, no tienen nada de racional sino todo allí es emocional. Hay una etapa de intoxicación emocional —donde todo es “felicidad”, y cada una y cada uno es sembradores de paz y alegría⁶⁹—, que es la etapa del enganche, a nivel de emociones, con el Opus Dei, y más tarde una etapa de desintoxicación emocional, con la salida. La persona que no pasa por esta última etapa probablemente siga intoxicada, siga adentro aunque esté afuera. El enganche emocional con Escrivá —“El Padre”— y su Opus Dei —“nuestra Madre”— es lo que más tarde hace larga y traumática la salida, siendo necesaria la terapia, en muchos casos. Las emociones que inyecta el Opus Dei a través de esas dos figuras, son las que llevan a cometer “locuras”, como es entregarlo todo al Opus Dei y sin pensar en sus consecuencias. Es el orden invertido, donde Isaac organiza su propio holocausto y se sacrifica por Abrahán. No es casual la obsesión de Escrivá por la figura del holocausto personal, de sus hijas e hijos, pero no de él. El Opus Dei es el resultado del sacrificio del otro. Esto es interesante, porque mientras pensábamos que éramos parte del nosotros, más tarde muchos nos dimos cuenta de que —dentro de la misma institución— éramos el otro a ser sacrificado y comido. Escrivá llamaba a su organización “el manicomio” y al mismo tiempo decía que había logrado evitarlo. Si hubiéramos dicho “no puedo”, habríamos evitado muchas locuras y el manicomio también. Más allá de todo análisis metafórico que se quiera hacer para defender su posición, el problema es lo que sucedió en los hechos: emocionalmente Escrivá era una persona peligrosa, que podía conducir a otros a cometer locuras, como la del holocausto personal en beneficio de su organización. Valdría preguntase, ¿a la Iglesia la llevó a cometer la locura de canonizarlo? El combustible emocional que Escrivá le inyectó a su organización fue esencial para crecer, pero una vez consolidado su lugar dentro de la Iglesia —especialmente con la Prelatura—, más importante fue su capacidad de hacer política eclesiástica, para defender y extender su dominio logrado dentro de la misma Iglesia, razón por la cual la intervención de Francisco fue un duro golpe, pero no necesariamente mortal.
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Origen de la Deuda
El negocio de la vocación
- «¡Otro loco para nuestro manicomio!»71 Escrivá
- «Por avaricia harán tráfico de vosotros» 2 Pedro, 2,3
La vocación al Opus Dei es presentada en los textos oficiales, no sólo como una llamada, sino también como una inversión. Esto nos recuerda a las parábolas de la perla preciosa y del tesoro escondido, que se narran en los Evangelios. Pero en el caso de Escrivá, se trata de alguien que busca venderla más que obtenerla. En lugar de adquirir un bien, con la vocación al Opus Dei se adquiere una deuda. Esto es lo clave.
Y también lo será la mentalidad mercantil con la que Escrivá va a interpretar la religión, como si de un emprendimiento comercial se tratara, siendo el proselitismo un objetivo central de su departamento de ventas.
Dios como Garante
Escrivá comienza diciendo que la empresa que piensa poner en marcha tiene un valor inicial incalculable, porque está respaldada nada menos que por Dios mismo. «comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios» (Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra de Dios, n. 1, la cursiva es del original). Es decir, el Opus Dei será desde el minuto cero una empresa sobrenatural que jamás podrá fundirse — se mantendrá siempre en pie— y que al mismo tiempo tendrá todos los recursos para ser exitosa y ofrecer una renta fabulosa asegurada. «El Señor nos ha colmado de bienes: nos ha bendecido con una vocación, que rinde el ciento por uno en la tierra, y la seguridad del Cielo si somos fieles» 72 Fijémonos en la terminología que se usa: la vocación rinde, como si de una inversión financiera se tratara. Tenemos entonces un Garante y una inversión asegurada, con una ganancia extraordinaria. Imposible que algo salga mal.
La perla preciosa de la vocación
Se requiere de un talento especial para crear — como sucede con los grandes pintores— o de un talento especial para falsificar. Resulta muy difícil distinguir entre el original y la copia y por eso las falsificaciones cotizan tanto como el original. El del falsificador no puede ser un trabajo hecho de manera grosera sino cuidado hasta en los detalles estéticos más irrelevantes. Su meta es la perfección de su falsificación. Escrivá supo hacer de la llamada a formar parte de su institución un objeto atractivo y en cierta manera novedoso. Se trataba de una selección para «ser la levadura que hará fermentar la gran masa de la humanidad», aunque decía que «no somos selectos» 73. Pero, en otro momento, daba a entender lo contrario: «no nos llenemos de orgullo o de arrogancia, aunque el contraste con otras pobres gentes sea tan evidente» 74. En ese mar revuelto de conceptos, terminaba imponiéndose la idea de que la llamada al Opus Dei significaba ser objeto de una elección trascendental, de una predilección por parte de Dios, requisito esencial para que luego a uno le exigieran la entrega de todo. La contraparte de la elección, era el sacrificio total, al cual se asociaba el heroísmo y la radicalidad evangélica. Esa vocación ganadora, con Cielo asegurado (según prometía Escrivá, si se cumplían las “normas de piedad”), era “confirmada” por las condiciones materiales de vida, como el vivir en los mejores barrios de la ciudad y tener un buen estándar de vida, tanto en el comer, como en el vestirse y en la limpieza. La razón o la excusa que se evocaba para ello, era la supuesta secularidad de la vocación, para diferenciarse de todo lo que pudiera relacionarse con la vida propia de religiosos, asociada con la pobreza, la falta de limpieza y en cierta manera el fracaso en cristianizar el mundo, por vivir los religiosos apartados del mundo. Se podía ser pobre sin ser pobre, se podía mantener «una actitud marcial del cuerpo, siendo bien humildes» y aspirar a ser profesionalmente los mejores en razón de la vocación divina recibida, ocupando los más altos puestos, de ser posible.
El Opus Dei como financista de la perla preciosa
- «Esta es la consigna que os doy, la que hemos recibido de Dios: no cobrar, sirviendo a la Iglesia; pagar, pagar, pagar aun dando toda nuestra vida» Escrivá, Carta Res Omnes, n. 26
Podríamos decir que el modelo de negocio de Escrivá es el franchising de la perla preciosa del Evangelio: usando la «marca Dios», el Opus Dei vende un «producto divino garantizado». La vocación se concede en cuanto los directores dan el visto bueno —ejerciendo ellos el discernimiento—, pero no se adquiere gratuitamente, ni en un solo pago. Como su valor es extraordinario, necesita de financiamiento⁷⁵. Es ahí cuando el Opus Dei entra a jugar su rol como financiador de la salvación eterna. El Opus Dei vende la vocación (seducción proselitista) y al instante (cuando uno ya está adentro y «no hay vuelta atrás») se transforma en el financista que determina cómo pagarla: la financiación consiste en el proceso ir entregando la propia vida en cuotas hasta darla toda al Opus Dei en pago por la vocación divina.
«Nunca podremos excedernos en la entrega: pobre moneda es la nuestra para pagar al Señor lo que en justicia le debemos. Esta consideración nos llevará a apartar de nosotros cualquier falsa compasión que podamos sentir por nosotros mismos cuando el cumplimiento de nuestras obligaciones exija algún sacrificio» 76 Esta cita resume el itinerario de la vocación al Opus Dei: de una llamada a una deuda impagable, por la que nunca podremos excedernos a la hora de pagarla con nuestra pobre moneda, y debido a la cual no debemos tenernos compasión en el momento de sacrificarnos, es decir de hacernos violencia —como Escrivá con sus disciplinas— con tal de poder pagarla. Y sabemos que no se trata de «algún sacrificio» sino que la medida es el holocausto personal. Con la perla preciosa uno no se endeuda con Dios, sino con el Opus Dei: esta es la gran diferencia.
Crear deudores vitalicios
- «…se evita incluso la apariencia del menor tipo de ahorro: el completo desprendimiento efectivo propio de los Numerarios y Agregados —no ahorramos nada para nosotros mismos…» "Experiencias de las labores apostólicas", Roma, 2003, page 33
- «desde nuestra situación de deudores que no tienen con qué pagar (cfr. Matth. XVIII, 25), nuestros dones se asemejarían a los de la Antigua Ley, que Dios ya no acepta»77 “Meditaciones”, I, pág. 331
- «somos como el siervo deudor de la parábola que no tenía con qué pagar. Insaldable es la deuda: todo lo que podamos hacer, aunque pueda parecer mucho, siempre es poco» “Meditaciones”, I, pág. 43478
El Opus Dei funciona como un prestamista que, a través de «la vocación», endeuda gente, la embarca en la vocación. A diferencia del administrador infiel del Evangelio, que perdona deudas a cambio de favores, en este caso sucede justamente lo opuesto. La «perla preciosa» creada por Escrivá, es vendida o colocada por diversos medios, pero una vez aceptada, «se torna irrevocable e impagable». El proselitismo formará parte del plan de pagos de la deuda adquirida⁷⁹. Pensemos que la doctrina del mal pastor (no consultar con expertos externos) y la doctrina de la entrega total (la renuncia a los propios derechos) impiden cualquier devolución de la «perla preciosa» o acción en contra de su adquisición (renunciando incluso «al propio juicio»), lo cual acentúa el carácter deudor del que la adquiere. Todas estas doctrinas tienen un fin bien preciso: asegurar el carácter irreversible de la deuda contraída con la vocación. Por otra parte, el costo de la financiación de la vocación es progresivo, aumenta indefinidamente a medida que pasa el tiempo, porque la vocación se concede a cambio de la entrega de todo, y ese «todo» dura lo que una vida. Con el tiempo, cuando surgen dificultades para pagar las obligaciones exigidas por la vocación («problemas de entrega»), aparece el mecanismo de la extorsión moral: habrá consecuencias terribles para quien deje de pagar la deuda, de entregarlo todo, y pretenda renunciar a la «perla preciosa». Ante los primeros indicios del «no puedo», «no puedo más», aparecen las presiones y el gesto amable cede su lugar a la coacción intransigente, incluso mediante psicofármacos de ser necesario, por no mencionar el recurso al electroshock⁸⁰. Otros no pueden soportar la barca y se arrojan por la borda, poniendo así fin a su vida⁸¹. Has de poder, de lo contrario te espera algo semejante al manicomio o peor: una vida desgraciada y después la condenación eterna. Es entonces cuando la predicación de Escrivá se torna siniestra: la barca, el rejalgar, el recuerdo de Judas, etc., dejan de ser teorías y se convierten en instrumentos de amenazas y extorsiones, en el momento en que uno se encuentra sin ahorros y con una posibilidad muy real de quedar en la calle. La dirección espiritual está sometida al gobierno por un objetivo concreto. El gobierno de las conciencias no tiene otro fin que el propio del cobrador de deuda. Mientras la dirección espiritual estimula a reconocerse deudor y a pagar la deuda, el gobierno se encarga de efectivizar su pago. Son la zanahoria y el garrote, respectivamente. Parte del engaño vocacional consiste en convertir a uno en deudor sin saberlo —igual que sucede con el voto sagrado⁸² que se hace con la fidelidad sin saberlo—, sin tomar conciencia de lo que está sucediendo o —ya afuera de la institución— lo que ha sucedido. Otra parte del engaño es el carácter conventual de una vocación supuestamente laical. Pero ese carácter conventual es el que permite extremar la presión sobre la exigencia, hasta lograr de cada uno un forzarsey violentarse que permita reprimir el «no puedo más», para seguir “pagando la deuda contraída” con la vocación. La vocación crea la deuda y la vida conventual —con exigencias impropias de una persona laica— fuerza a pagarla (aparato coactivo). A lo mismo apuntan la radicalidad⁸³ de la llamada y el heroísmo, invocando el carácter militar de la vocación⁸⁴. Recordemos que se trata de hacer encajar una vocación propia de religiosos en quienes no la tienen y a quienes se les prometió lo contrario y se les hizo prometer que jamás aceptarían ser religiosos (coartada segura para jamás sospechar de un posible fraude vocacional). Estratégicamente, Escrivá se pondría al frente de la defensa de unos derechos que, por la vía de los hechos, los pasaría por encima. Él mismo utilizaría específicamente la palabra violencia. «…nadie en el mundo me puede forzar a hacerme franciscano, dominico o jesuita. Como nadie me puede obligar a tener mujer, a que me case (...). El derecho natural, el derecho divino positivo, la moral cristiana y los derechos adquiridos se opondrían — repito— a una violencia de ese tipo…» 85
Por supuesto que ni el engaño vocacional ni el carácter explotador del endeudamiento (preámbulo para la trata de almas y de personas) 86 se encuentran especificados en las Constituciones o en los Estatutos. Se trata de un contrato fraudulento no escrito — ni siquiera advertido por quien lo padece— y por lo tanto que no pasa por el control formal de la Santa Sede. Dentro de esta lógica del endeudamiento, «que voluntariamente aceptaste» 87, encuentra sentido el holocausto del yo (acabar consumido en cenizas), el ser exprimido como un limón, vaciado como las candelas, sometido a la maldición del rejalgar, la prohibición de abandonar la barca del Opus Dei (que bien podríamos llamar la banca del Opus Dei, como un banco del cual uno no puede cerrar su cuenta hasta pagar su saldo deudor, de ahí que se pueda hablar de Escrivá como banquero y mercader de la perla preciosa, con un enfoque mercantil de la espiritualidad). Todas esas doctrinas de Escrivá tienen un único fin: que la vocación resulte impagable e imposible de romper el vínculo con ella. Es por ello que, con la vocación, los derechos desaparecen y sólo queda el deber de pagar la deuda contraída:
«Los derechos se han convertido, con la llamada, en deberes de mayor generosidad, de entrega más plena, de definitiva renuncia a nuestro yo» 88. La misma lógica se aplica para las numerarias auxiliares: por la «gracia de la vocación» se las convierte en deudoras y dicha deuda sólo es saldada mediante un trabajo extenuante durante toda su vida, sin poder renunciar o desconocer dicha deuda, salvo que el Opus Dei las considere dispensables y se deshaga de ellas, como de cualquier otro miembro considerado «inservible», como anticipadamente hace con los débiles mentales. ¿Pero acaso no habrá quienes digan «yo no me siento deudor o deudora de nada». Pues yo hubiera dicho exactamente eso durante los años que estuve dentro y muchos años después de haberme desvinculado. La conciencia de lo sucedido emerge con posterioridad, y a veces con mucha posterioridad a los hechos. Lo clave no es tanto lo que uno sienta o tenga conciencia, sino el lugar en que uno es colocado (alguien que al haberlo “entregado” todo —haber sido expropiado de todo— “no tiene nada propio” y por lo tanto en adelante solo podrá ser “deudor de todo”) y los mecanismos institucionales que se ponen en movimiento una vez adquirida la vocación: son los propios que se aplican a un deudor. Que a unas personas se las presione más y a otras menos, es un asunto diferente. Un esquema Ponzi no deja de ser defraudatorio porque haya inversores a los que se les devolvió el dinero. Más tarde podrán venir otros engaños, como el de la pertenencia de los laicos a la prelatura, pero aunque sean graves, son secundarios. Porque este primero genera el vínculo de endeudamiento, muy difícil de cortar y que cuando se logra cortar, genera trauma. Tanto por el sometimiento emocional como por las pérdidas de todo tipo sufridas. Porque, aunque la deuda no sea real, las pérdidas son reales. Además, se padece como si se estuviera endeudado, diferencia que se comprende pasado el tiempo, recién cuando se mira hacia atrás, al decir de Kierkegaard.
El drenaje
El Opus Dei no quiere gente independiente sino gente que dependa y el mejor modo de generar dependencia es a través de deuda, que a su vez impide desarrollarse independientemente. En realidad es al revés: la vocación al Opus Dei está basada en el endeudamiento y por lo tanto todo desarrollo independiente atenta contra su sistema. Hay quienes viven del sistema y quienes padecen el sistema. Hay quienes lo defienden y quienes lo denuncian. Hay quienes no viven la entrega total y quienes sí, y por eso acaban destruidos. Esa entrega se mide por el nivel de drenaje de energía vital, por el nivel de desangramiento que se sufre. El Opus Dei exige la entrega de todas nuestras energías (dedicación total) y al mismo tiempo impide nuestro desarrollo y crecimiento personal (salvo que sea para utilidad de la organización, como trabajar en una obra corporativa). Esa dialéctica es posiblemente el elemento más destructivo de la institución y la que optimiza el uso de las personas en beneficio de ella. La vocación de entrega total es en realidad de dependencia total. El día que desaparece el Opus Dei, ya sea porque nos descarta como porque huimos de él o lo abandonamos, nos quedamos sin nuestra energía y sin nuestro desarrollo personal entregados, mucho más importante que el dinero que podríamos haber ahorrado, porque ni siquiera por medio de la lotería podemos recuperar una carrera profesional perdida, pero sí dinero. El caso emblemático es el de las ex numerarias auxiliares denunciantes, que fueron sometidas a un trabajo extenuante y al mismo tiempo se les impidió crecer. Es el sistema extractivo del Opus Dei. Que también lo sufren quienes dedican su vida a trabajos internos. El endeudamiento vocacional es el causante de que todo nuestro capital humano —lo que Escrivá llama “todo lo que suele acompañar la carrera de un hombre en su madurez” 89 — drene hacia el Opus Dei, y uno acabe exhausto e incluso psíquicamente enfermo. La relación con el Opus Dei termina siendo destructiva. A su vez, el mismo Opus Dei que extrajo de nosotros toda nuestra dedicación a él, fue el mismo que impidió que el día de mañana tuviéramos un desarrollo autónomo (salvo quienes logran una cierta independencia gracias a su trabajo profesional). En teoría, eso estaba compensado porque jamás nos abandonaría o habría necesidad de abandonarlo a él para sobrevivir, porque supuestamente era una “familia con lazos más fuertes que los de la sangre”. Pues una vez chupada toda la sangre, los lazos familiares, al parecer, desaparecen. Si bien la vocación de entrega total es una sola, no todos la viven con la misma intensidad. Hay quienes permanecen sin drenar toda su energía y conservan una parte importante para sí mismos: tienen su tiempo libre, su trabajo, su casa, sus viajes (me refiero tanto a numerarios como agregados). En definitiva, no padecen ningún holocausto personal. Por lo cual defiendenal Opus Dei simplemente porque no lo padecen sino que lo disfrutan, pero lo disfrutan gracias a que otros sí lo padecen o lo padecieron.
En deuda de por vida
Aunque se corte la relación de sometimiento, la deuda y sus efectos no terminan cuando uno abandona el Opus Dei. Ya uno quisiera que fuera así. En no pocos casos, se queda de por vida en deuda con uno mismo por todo aquello que perdió a causa del endeudamiento de la vocación. Las pérdidas bien pueden resumirse en palabras de Escrivá: «Honra, dinero, progreso profesional, aptitudes, posibilidades de influencia en el ambiente, lazos de sangre; en una palabra, todo lo que suele acompañar la carrera de un hombre en su madurez, todo ha de someterse –así, someterse– a un interés superior». 90 Salvo la honra, todo aquello que se somete es lo que se pierde, dependiendo del grado en que fue sometido. Cuanto más uno se entregó, más perdió. En ese caso, la fidelidad y la honra juegan en contra. Quienes sometieron totalmente su carrera o sus ahorros, es muy probable que en gran parte los hayan perdido, y eso crea deuda a futuro con uno mismo. Pérdidas en términos profesionales (carrera laboral o la obtención de un doctorado), afectivos (la posibilidad de formar una familia), económicos (ahorros, vivienda), y en definitiva «todo lo que suele acompañar la carrera de un hombre —y de una mujer, habría que agregar— en su madurez». En el caso del desarrollo emocional de un adolescente, el proceso queda hipotecado al ser abruptamente interrumpido, con la nueva vida que se le impone en razón de la deuda que ha adquirido con la vocación. Esa deuda emocional puede producir más tarde carencias en la vida adulta y es muchas veces el origen de malas decisiones en lo que hace a la vida afectiva. Recordemos que, en este sentido, no es un caso comparable a la vocación de los religiosos o al compromiso en un matrimonio, porque aquí más que una entrega se trata de un endeudamiento encubierto, tomando como excusa el argumento de la entrega (a lo cual habría que sumar el fraude vocacional⁹¹). Es la corrupción del legítimo concepto de entrega, que es positivo y no negativo, como es el de deuda. El endeudamiento que genera —y del cual se alimenta— el Opus Dei causa daños en la vida de muchas personas que abandonan la organización. Es entonces cuando la doctrina escrivariana del rejalgar⁹² alcanza su mayor grado de dramatismo, no por ser una profecía que se hace realidad, sino por ser una metáfora de los efectos destructivos del Opus Dei. Sin embargo, como en el caso de la honra, la felicidad tampoco se pierde, aunque Escrivá así lo profetizara o tal vez lo deseara. En algunos casos, hay personas que se quedan endeudadas con préstamos que se les hizo tomar — todo es endeudarse, en lo que hace al Opus Dei— y otras se quedan hipotecadas, tal vez para toda su vida, porque económicamente han perdido su capacidad de autosostenerse o no la han desarrollado oportunamente, pues esa carencia formaba parte de la entrega total.
Liquidación del banco
Como era de esperarse, el experimento de Escrivá terminó fracasando, aunque se quiera negar. Pues resultaba insostenible mantener en funcionamiento un emprendimiento que no era autosustentable en el largo plazo, por su carácter netamente destructivo, fundado en la coacción (violencia) y el sometimiento (endeudamiento), que son las bases de un sistema de esclavitud (como en el caso las numerarias auxiliares, según la denuncia presentada en Argentina por tres fiscales federales). La del Opus Dei fue siempre una carrera contra el tiempo.
El banquero terminó en los altares. Pero, de puertas para adentro, sin ninguna declaración pública, su banco parece haber sido liquidado. Aunque no desapareció su nombre, internamente hay signos de desmantelamiento, empezando por la eliminación de documentos internos —coincidiendo con el juicio a Opuslibros, en 2011— como así también diversas prácticas ascéticas, que tienen como común denominador el relajamiento de la disciplina y sobre todo del modo de vivir la pobreza, que se estaba volviendo insostenible. La liquidación del banco no podía terminar de otra forma que no fuera coherente a su propia historia: haciéndola de manera silenciosa e invisible. Aunque no está claro hasta qué punto pueda tratarse de un conceder sin ceder, con ánimo de recuperar. Así se entiende mejor lo que decía, ya en 2011, el prelado Echevarría, al definir pobremente al Opus Dei como una iniciativa que simplemente ofrece «fundamentalmente, una dirección espiritual a sus fieles y a las demás personas que la pidan» 93. ¿A eso quedó reducido todo? Pues sí, a eso quedó reducido, luego de liquidar la banca de Escrivá, debida a su insolvencia espiritual en término de vocaciones y daños espirituales (la última campaña para obtener fondos frescos por valor de 500 vocaciones, para hacer viable las finanzas del banco, fue en 2005 94 y terminó en fracaso, como era de esperarse). El negocio ya no es atraer inversores que compren la perla preciosa ni el medio para retenerlos es convertirlos en deudores vitalicios. Ese modelo de negocio de Escrivá tuvo su ciclo, se agotó y llegó a su fin —aunque el fundador profetizaba que duraría mientras existieran seres humanos—.
Conclusiones: el financista que defrauda
- «No podemos perder el tiempo levantando casas: las tomamos»95 Escrivá
- «Robó casas que no había edificado» Job 20, 19
El gran activo de la empresa sobrenaturalno es que Dios esté de su lado —no hay pruebas, más bien parece lo contrario— sino su capacidad de lograr que los compradores de la perla preciosa crean en ello. Una vez adquirida la vocación, no se puede devolver ni renunciar a ella bajo amenazas de todo tipo de pérdidas. Es que devolver la vocación implicaría reconocer que no tiene el valor que se le atribuye, y la empresa no puede aceptar semejante riesgo, que dicho rumor empiece a contagiarse. A su vez, perder todos los «ahorros» —de todo tipo— entregados durante años al Opus Dei, en un instante, es algo que tampoco se puede aceptar fácilmente, y se sigue ciegamente adelante apostando, una vez más —pues ya aposto al principio— a que antes de que ello suceda, primero acontezca la partida de este mundo. Así de dramático llega a ser el planteo. La verdad es tan dura que hasta último momento se buscan explicaciones de todo tipo para salvar la situación, de la misma manera como se trata de resucitar desesperadamente a alguien que ya está muerto. Por su parte, quienes empiezan a ser deficitarios en su capacidad de ingresar valores (prosélitos, dinero, trabajo, propiedades, etc.) comienzan a ser despedidos de la empresa sobrenatural, con diferentes excusas. La más sorprendente es la decisión, por parte de la empresa, de no reconocerle valor alguno al papel (la vocación) que posee el inversor. Es decir, su perla no vale nada y además no se le devuelve nada de lo que entregó, de forma tal que el único que pierde es el que lo invirtió todo sin posibilidad de reclamo alguno.
Lo que podríamos denominar “esquema piramidal Escrivá” —cada uno debía matarse⁹⁶ por conseguir anualmente otras cinco vocaciones⁹⁷, seleccionadas de entre treinta⁹⁸ que debíamos acercar—, va mucho más allá de la gravedad de los esquemas Ponzi — aunque hoy la de Escrivá ha tomado la forma de una pirámide invertida por su acelerado decrecimiento institucional. En los esquemas Ponzi, a los participantes se los considera como acreedores —quienes luego serán defraudados por el mecanismo financiero. En cambio, dentro del sistema de Escrivá, uno se transforma, sin saberlo, de acreedor en “deudor de por vida”, sin conciencia de cuándo ni cómo ocurrió tal transformación. El esquema de Escrivá resulta así más poderoso y duradero que el de Ponzi: la inversión no es simplemente una suma limitada de dinero, sino la totalidad de la propia existencia y además en carácter de deudor vitalicio. Los que defienden el sistema —salvo por ignorancia, que con el tiempo se cura— suelen ser los que viven del sistema y están por encima de los que lo padecen: en este sentido podemos hablar de «dos estamentos» o clases de miembros. La empresa sobrenatural no sólo vive de las donaciones sino que además se resiste a todo tipo de desembolsos (que pague otro), mediante el apostolado de no dar. Todo es no gastar y todo es recaudar donaciones. Como decía Gervasio⁹⁹, la “virtud” de la pobreza consiste en entregar dinero al Opus Dei y evitarle gastos. Aparentemente, la empresa funciona defraudando al ingresar (vendiendo una perla sin valor) y defraudando al egresar de ella (no devolviendo nada). De confirmarse oficialmente, el Opus Dei esencialmente sería un esquema de defraudación, más allá de cualquier otra definición que se le quisiera superponer (prelatura, instituto, etc.), que siempre serían máscaras. Sospechoso es que el fundador de la empresa haya establecido a todos sus inversores —que ya lo dejaron todo en vida— la obligación de testear a favor de sus asociaciones civiles —para que aun muertos, también dejen sus bienes— pero que él no haya hecho lo mismo¹⁰⁰. Sospechoso es que a los inversores no se les devuelva el testamento cuando lo reclaman. ¿Qué decir entonces del fraude vocacional sufrido por los laicos desde 1982 hasta hoy, que creían pertenecer al Opus Dei y en realidad ahora se dan cuenta de que su vocación no tienen ningún respaldo, siquiera jurídico? No es una casualidad, al parecer formaría parte del patrón de conducta de la empresa, que emitiría valores sin ningún respaldo (a nivel teológico y a nivel jurídico). Lejos de tener cotización infinita, aparentemente la empresa siempre habría tenido valor cero (descontando lo que recibió de sus inversores). Actuando sin el respaldo sobrenatural que decía tener, pero al mismo tiempo buscando afuera el respaldo de la Iglesia, para así garantizar lo que, en realidad, no tendría valor alguno. Todo el emprendimiento, entonces, no sería más que un fraude financiero, pero en este caso usando la fe como valor y no el dinero (aunque a través de la religión se llega al dinero). Escrivá no sería más que un financista de la religión que defraudó a miles de sus accionistas a través de una perla preciosa que nunca tuvo un valor real sino ficticio. La capacidad de crear valor de la nada (y de falsear las estadísticas, como el caso de los 60.000 miembros en 1975) habría tenido tal alcance, que habría permitido a su fundador ser declarado santo y tener su propia estatua en San Pedro. Es decir, no sólo habrían sido engañados unos principiantes, sino también grandes expertos. Desde luego, no sería extraño que hubiera habido cómplices que sabían de qué iba el negocioo tenían sus sospechas y de todas maneras se sumaron a la iniciativa, para también ellos enriquecerse o favorecerse de alguna manera. No es casual que, en su historia institucional, hayan existido casos de bancos reales asociados al Opus Dei que terminaran quebrando o en una situación de desfinanciamiento: el Opus Dei no funcionaría de manera diferente, como un banco sin respaldo, que funciona y no quiebra mientras no le hagan una auditoría profunda. Se explicaría así que el Opus Dei recurriera a la opacidad y falta de información para no terminar de explicar nunca cómo es que funciona: porque no habría más que vacío. Desde la gerencia podrán decir que “ahora las cosas han cambiado”. Ese es un argumento del banco, para hacerse el desentendido y no dar cuenta de su pasado ni del aparente fraude financiero-religioso masivo que habría implicado su puesta en marcha, crecimiento y funcionamiento, hasta la crisis actual. Ciertamente las cosas han cambiado para la barcabanco en la actualidad: la mayor parte de sus clientes lo han abandonado y se encuentra fundido por los números en rojo de vocaciones (aunque no económicamente). Pero lo importante para el banco es no hablar de ello, sino esperar si a futuro puede remontar de nuevo, con nuevos inversores dispuestos a entregar todo lo suyo al banco. En realidad, el banco debería ser intervenido por el Vaticano para iniciar el saneamiento y compensar a sus acreedores. La fe en el 2 de octubre pudo mantenerse en la medida en que fue creíble. Hoy, con las consecuencias dañinas que ha causado, ya es difícilmente insostenible. El Opus Dei necesita declarar la quiebra y empezar de nuevo, si es que ello es posible.
Cero rendición de cuentas
Para que ciertas situaciones abusivas sucedan, es necesaria la ausencia de controles. Y eso parece haberse cumplido en el caso de los abusos atribuidos al Opus Dei, resumidos en la acusación de los tres fiscales federales de Argentina. Al menos hasta el día de hoy, no hay pruebas de que el Opus Dei haya rendido cuentas; más bien, lo contrario: su autonomía para funcionar y juzgar por sí mismo sus propias acciones. Este contexto le concedió una longevidad excesiva, permitiéndole perdurar demasiado tiempo sin haber pasado jamás por una reforma que ponga fin a los daños. Francisco inició sin dudas un cambio importantísimo, con sus dos Motu Proprio¹⁰¹, pero no llegó a encarar el problema de los daños. Ese es el desafío de León XIV y la forma en que lo resuelva tendrá consecuencias de largo alcance y dejará una huella indeleble en su legado.
El dilema que enfrenta la Santa Sede
- «Las faltas contra la justicia, además del arrepentimiento, exigen reparación» Cuadernos 8: Cap. Tiempo de penitencia¹⁰²
Desde el momento en que Francisco interviene el Opus Dei llevándolo a la órbita de la Congregación del Clero y ordenando nuevos estatutos, queda confirmado que los laicos han dejado de pertenecer a la prelatura, proceso que ya había comenzado en 1982, por desacierto de Álvaro del Portillo, y se consolidó en 2022 con la medida de gobierno de Francisco. Ahora bien, existe un dilema para la Santa Sede y es si llevar adelanta la reforma del Opus Dei sin tener en cuenta el pasado de abusos espirituales o teniéndolos en cuenta y tomar medidas no sólo preventivas sino reparadoras del daño, de forma que no se repita el síndrome del bombero que siempre llega tarde al incendio, cuando sólo quedan cenizas: como si no tuviera sentido ocuparse de los muertos —“que se ocupe Dios”—, sino sólo de lo que, en adelante, quede con vida de la institución.
Lo más fácil sería una reforma hacia adelante, definiendo un nuevo marco jurídico para esos laicos y en definitiva refundando el Opus Dei en vistas a su futuro (recordemos que, sin laicos, el Opus Dei se queda sin sacerdotes y sin ellos se acaba el Opus Dei). Sería una reforma sin intervención profunda. Viendo lo sucedido con los Legionarios, no sería improbable que se siguiera el mismo camino, por lo abrumador que implicaría revisar el pasado del Opus Dei y compensar a sus víctimas. Pero eso también tendría un costo moral complicado: tanto la inacción frente a los abusos como el secuestro de la verdad, tienen un efecto opresivo. El dilema consiste en que cualquiera fuera la solución que se tomara, probablemente no dejaría contento a nadie. El problema, que es en sí el Opus Dei, se ha dejado crecer tanto, y por tan largo tiempo, que ya no parece tener solución, salvo negar que alguna vez haya existido problema alguno y mirar para adelante como si el pasado nunca hubiera existido y hacerse el desentendido.
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Así como Del Portillo asociaba a los ex miembros con el Anticristo¹⁰³, se podría asimilar la canonización de Escrivá a la profecía de Daniel¹⁰⁴. Pero, en ambos casos, se trataría de un despropósito. Aun así, no dejaría de ser necesario remover su estatua monumental instalada en San Pedro. Creo que es hora de dar finalizada la obra, bajar el telón y abandonar el teatro en dirección a la puerta de la realidad. Es hora de honrar a Escrivá por su mejor éxito: no como fundador del Opus Dei sino como un hombre que logró uno de los mayores engaños en la historia de la Iglesia Católica y se salió con las suyas, al haber obtenido el mayor de los galardones, la canonización. Y es hora, también, de reparar tanto daño.
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| current | 08:30, 3 August 2026 | (758 KB) | Bruno (talk | contribs) | ## Escrivá, el Banquero de Dios *Si hubieseis comprendido lo que significa* *Misericordia quiero, y no Sacrificio…* (Mateo 12, 7) ##### Opuslibros.org-E.B.E. ##### 3 de agosto de 2026 <u>Opuslibros – Escrivá, el banquero de Dios</u> # Tabla de Contenidos PREFACIO.....................................................................5 PRIMERA PARTE Origen de la Violencia......................7 SEGUNDA PARTE Origen de la Deuda.......................63 NOTAS.................................. |
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