Es el Opus Dei un fraude total?

From Opus Dei info

Autor: Marcus Tank, 4 de mayo de 2007


Al estudiar el fenómeno Opus Dei con un poco de serenidad, nos encontramos enseguida con situaciones incoherentes, hasta el punto de que, cuando el fundador y la doctrina oficial insisten mucho en un aspecto, es porque la realidad diaria consiste en lo contrario de lo que se afirma. Si dicen que el Opus Dei es un fenómeno laical, es porque canónicamente se trata de una estructura clerical: sociedad clerical primero, Instituto Secular después, en el marco del status perfectionis, y al final una prelatura personal que consta de prelado y sacerdotes del clero secular sin pueblo propio, a cuya actividad se asocian laicos mediante acuerdos. Si afirman que el “espíritu” es secular y que uno se asocia con la expresa condición de no ser “religioso”, es porque el régimen de vida (sobre todo de los célibes) está calcado de la vida religiosa, y además monástica. Y así con casi todo. Empleen esta técnica de lo opuesto y hallarán la verdad histórica.

¿Por qué se abandonó tan pronto la cacareada solución jurídica definitiva de Instituto Secular? ¿A causa de la desviación de esa figura, por otros, hacia formas religiosas, como dijo el fundador? ¡Pero si en sus “formas piadosas” el “espíritu” del Opus Dei estaba calcado de los religiosos! A mi entender, la razón está en que la teología centroeuropea de los años cincuenta (por ejemplo, Przywara, Rahner, von Balthasar, y aun Congar) demostró la no-secularidad de toda la espiritualidad del status perfectionis, en la que se movía el Opus Dei en ese momento. Además, algunos institutos seculares comenzaron a adoptar formas de vida realmente seculares que pondrían en evidencia la menor secularidad de los modos propios de la Obra. Interesaba, por tanto, dejar ese estatuto jurídico para conseguir una imagen de secularidad total, aunque conservando las ventajas de estar organizados como los religiosos, para controlar a los miembros. La “independencia” respecto de la jerarquía ordinaria en el gobierno de los miembros aparece así como una de las razones más determinantes, por encima de cualquier otra motivación teológica. O sea, exactamente lo contrario de lo aducido...

Pensemos ahora en la libertad, característica fundamental del espíritu del Opus Dei, de la que el fundador —según él decía— era tan amigo, porque siempre la tenía en sus labios y estaba dispuesto a defenderla (me imagino que pensaría en la propia) aun a costa de su vida. En una tertulia del Colegio Romano, allá por los años cincuenta, uno de los presentes le comentó que pensaba hacer su tesis doctoral sobre los derechos de los fieles en la Iglesia. Inmediatamente, dando un grito estentóreo, muy a su estilo, respondió: “¡¡Ni uno!!”. Éste era su talante a la hora de respetar los derechos y libertades de cuantos se encontraban bajo su bota... Y quien no estuviera de acuerdo, que se fuera. Cuenta Carmen Tapia que la numeraria que atendía la centralita de la sede central debía pasar la lista de todos los números de teléfono a los que se llamaba, con objeto de controlar con quién se hablaba. Tal vez sea por eso de confiar más en un hijo suyo que en el testimonio unánime de cien notarios.

Sobre el “amor a la libertad” en el Opus Dei no tenemos más que mirar el infinito número de deberes de “petición de permiso” que se requieren habitualmente para las cosas más ordinarias: que si los gastos, las salidas de casa, los viajes, los cambios de horario, las llamadas telefónicas, lecturas, publicaciones, y un larguísimo etcétera que, bajo excusa de la entrega, no deja autonomía para nada. ¿Qué libertad es compatible con el axioma de que hay que obedecer en todo? Lean ustedes los Libros de Meditaciones y encontrarán enjundiosas exégesis en las que se estimula a ser —respecto de los directores— como barro en manos del alfarero y el pincel en manos del artista: objetos inertes, sin criterio propio. Y, sin embargo, el fundador hacía lo que le venía en gana sin verse sometido a ningún deber de obediencia ni de transparencia con nadie, ni siquiera ante la autoridad de la Iglesia: él tenía un “espíritu” del que sólo él entendía y no rendía cuentas más que ante el mismísimo Dios, y curiosamente ese “espíritu” era tan variable y adaptable que fue mutando según los prontos de su capricho.

Me sorprende que una institución que presume de un marcado carácter sobrenatural —se dan en ella todas las condiciones para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios, decía el fundador—, haya fundado su obrar práctico en el engaño sistemático, la falta de transparencia y, si es preciso, también en la calumnia. El Opus Dei engaña a sus miembros porque les plantea un “espíritu secular” que luego responde realmente a la tipología de los religiosos; engaña a la Sede Apostólica, porque se presentan unos Estatutos y luego se viven otras “costumbres” o criterios secretos que en buena parte los vacían de contenido; engaña a todo el mundo, porque se falsea y sin pudor se crea la “verdad histórica”, tanto del fundador como de la institución: o sea, se inventan “historias” como si fueran reales y, si vienen desmentidas por las fuentes, se modifican las fuentes. Ya existen suficientes pruebas de todo esto en esta web. El engaño es deliberadamente buscado y, además, sistemático.

Podría pensarse que el origen del Opus Dei es sobrenatural, pero que esa semilla cayó en una persona con evidentes limitaciones de formación y de carácter, lo que viene a ser causa de las tremendas incongruencias de su concreción institucional. Es posible que Dios haya empleado medios poco aptos, con escasas condiciones humanas, para que se note más su mano. Sin embargo, no me parece lógico del obrar providencial que, cuando Dios elige el testigo de una “revelación sobrenatural” carismática (que es como a sí mismo se presenta el Opus Dei), Él haya escogido a una persona sin las cualidades mínimas que asegurasen la transmisión auténtica de ese carisma. O dicho de otro modo: si la índole del carisma es completamente secular, ¿por qué permite luego que “el elegido” lo plasme al modo de los religiosos? Ya sólo esto justifica dudar de la autenticidad de la inspiración e intervención divina en esa fundación y, si no mediatamente, sí en lo inmediato. De hecho, los contenidos del carisma han ido cambiando a lo largo de los años, según las conveniencias del momento, sin que pueda aislarse una línea de fidelidad unívoca a una inspiración concreta y delimitada. No parece, por tanto, que el fundador tuviese la clara y nítida percepción de un carisma que debiera custodiar y mantener incólume a lo largo del tiempo. Lo único que ha permanecido invariable es la organización y el control interno de los miembros, una organización cristiana de poder.

Pensemos ahora en la espiritualidad. Aquí enseguida se pone de manifiesto la superficialidad de muchos aspectos y sus errores. La pastoral real de la Obra resulta voluntarista y pelagiana. Según dice el fundador, se santifica, el que cumple exactamente una serie agobiante de normas y de costumbres establecidas, y después —ha añadido Álvaro del Portillo— el que imita al fundador hasta en lo más pequeño. Nada de esto favorece una madura vida de oración personal, con iniciativa, dando contenido a una relación viva con el Dios vivo y verdadero. El problema de la espiritualidad del Opus Dei es que todo acaba reducido a un hacer humano -a una autosantificación, opus humanum-, y bien dirigido desde arriba, donde no se deja resquicio alguno a la libre actuación del Espíritu Santo en cada alma, como auténtico Santificador. Parece como si los directores tuviesen a Dios en propiedad y luego lo fuesen repartiendo o compartiendo, con sus sabios “consejos” e indicaciones, pero quedándose ellos la mayor parte (cantidad) de santidad. Desde luego, estos enfoques no parecen muy adecuados para la renovación de la Iglesia incoada por el Espíritu de Dios en estos últimos tiempos: unos planteamientos de la espiritualidad tan rancios y errados difícilmente pueden conectarse con iniciativas de lo Alto.

Pero no queda ahí la cosa. Considero poco compatible con un quehacer inspirado por Dios que, ya desde sus tempranos comienzos, la incipiente institución actúe con escasa rectitud y nula transparencia, aparte de obrar con una fuerte dosis de engaño. Hay algo que huele mal en todo esto. No vemos una institución diáfana, luminosa, cargada de un verdadero empeño de servicio a las personas. Al contrario, “con ella llegó el escándalo” porque pronto se vio que su organización —plagada de claves, de ambigüedades, de mentiras y secretos— no parecía buscar primariamente el interés por las personas, aun teniendo a Dios de continuo en la boca, sino un fin “superior” propio. Y así el crecimiento numérico (proselitismo) y del poder intramundano (influencia en el mundo) resultó ser su primer objetivo. Luego se ha comprobado que la institución no sirve a la verdad, sino que la inventa, la crea, la adapta, pues sabe retorcer los hechos según convenga al discurso de cada momento.

De este modo es como ha ocultado a los suyos importantes hitos de su propia historia institucional o de la evolución y determinación de su espíritu, porque las primeras ideas acabaron siendo incompatibles con las posteriores. Esto ha sucedido con las cartas fundacionales, con las instrucciones, con la biografía del fundador, con los eventos jurídicos, con las deserciones y abandonos de tantos y tantos miembros, con las estadísticas, con casi todo. La manipulación y contaminación de la historia de esta institución no tiene parangón con ninguna otra. Como en los regímenes más totalitarios, se han cerrado las bocas particulares que contrariaban la verdad oficial, se ha vigilado, perseguido y anulado a todos aquellos que sólo sometían su conciencia a la verdad, y no a los intereses espurios.

Se han quitado de las páginas de las publicaciones internas las fotos de cuantos se fueron, recreando la historia desde atrás, sin hablar para nada de los primeros que hicieron las labores apostólicas si luego no continuaron. Se cuenta la historia como si estas personas nunca hubieran existido: “no perseveraron, luego nunca fueron de la Obra”. Y, sin embargo, éstos cuentan como números para decir que son más de 80.000 miembros, teniendo su respectivo guarismo en la burocracia interna. Es como si de continuo se alternara un juicio escatológico, que sería lo permanente, y otro histórico que usa o manipula personas o números a conveniencia.

Pero la ausencia de un espíritu estrictamente sobrenatural se muestra sobre todo en un hecho, muy significativo porque ayuda al discernimiento: la pertinacia en el error de no rectificar lo que está mal y se sabe, en las conductas que contrarían la ley canónica, y en tantos otros asuntos ampliamente denunciados en esta web, que en su día también fueron comunicados a las autoridades de la Prelatura. ¿Por qué no se rectifica? Porque no interesa: puede “interesar” a Dios, pero a ellos no les interesa. No les interesa perder el dominio completo sobre las conciencias de las personas y, desde luego, no están dispuestos a poner a la jerarquía de la Iglesia por encima del fundador. Esta lección “viene” del fundador.

A este propósito resulta también sospechosa la realidad de que el fundador tenga una personalidad tan contradictoria, que raya en lo patológico. Y las patologías psíquicas han sido deliberadamente omitidas de sus biografías oficiales. Por eso, ¿no es posible acaso, y aún probable, que el Opus Dei sea simplemente la ideación mental de un fundador, al igual que tantas otras sectas y organizaciones promovidas por “iluminados”? Es bien conocida la capacidad práctica de Escriba-Escrivá para sacar provecho de las distintas situaciones. De ahí que pudiese nutrir su carisma de los carismas ajenos y luego fuese cambiando de enfoques según conveniencias. Todas las patologías que hoy se detectan en el Opus Dei —salvo el empecinamiento fanático de los dirigentes actuales— se encuentran en el fundador. El personaje real (todavía no mitificado) no parece alguien de fiar, ni muestra un talante auténticamente espiritual. Escrivá fue un clérigo integrista, agitador de masas o de minorías, antes que un hombre de Dios. Y en lo sustancial, su espiritualidad parece un montaje propio, subjetivo, más que una inspiración divina, aunque remedara a veces la terminología de los místicos para su descripción. La autoconciencia que Escrivá tiene de sí mismo avala esta interpretación, pues se presentó ante los suyos casi como un mesías: Si no pasáis por mi cabeza, si no pasáis por mi corazón, habéis equivocado el camino, no tenéis a Cristo ( Meditaciones IV, p. 354). Esta mediación única entre los fieles y Cristo, aparte de ser herética, es propia de un iluminado. Las consecuencias de tal engreimiento se palpan en los medios de formación (meditaciones, charlas, cursos de retiro), libros internos, etc., en los que se habla más del fundador que de Jesucristo, lo que constituye un sospechoso escrivácentrismo sectario.

La mano de Dios en una persona deja un rastro inequívoco de rectitud y de humildad. Y esta huella divina no es compatible con el fraude ni con el engaño sistemáticos. La virtud es unitaria. Hay demasiadas “peculiaridades de carácter” en la forma de ser de este fundador como para considerarlas todas herencia genética y poder eximirle de sus responsabilidades morales. Y, más aún, resulta absurdo tomar sus excentricidades como la manifestación de un espíritu sobrenatural.

Por todas estas razones, no es difícil ver al Opus Dei como una simple construcción humana –Opus Escribá-, tal como se manifiesta, bien que incoada con buena intención a partir de alguna experiencia espiritual recta de su fundador. Lo cierto es que, para quienes conocen bien las cosas por dentro, la institución en sí continúa siendo una gran estafa espiritual, aunque cada día disminuye su capacidad de engaño porque resulta clamorosa. Pero, ¿no será entonces que esto sucede porque todo es un gran fraude?


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