El carácter supraeclesial del Opus Dei

From Opus Dei info

Por Heraldo, 3 de diciembre de 2007


Se me ha venido a la memoria algo que ilustra sobradamente cómo se logra que los miembros del opus queden de rodillas, desde los primeros años de su vida en la obra, ante la gigantesca figura divina representada en José María Escrivá y su opus dei.

Yo conocí a la opus en el segundo semestre de 1971, y pedí la admisión el 19 de febrero de 1972, en carta dirigida todavía a Mons. Escrivá, cuando apenas tenía 14 años y tres meses. La ciudad que sirvió de escenario fue mi querida ciudad natal, Culiacán Sinaloa, que en aquel entonces tenía ya dos centros de varones, uno de mayores y otro de jóvenes. Algunos años después hubo de replegarse a un solo centro y así permanece hasta nuestros días, con unos cuantos numerarios que no llegan a la decena.

Pues bien, tuve la suerte (?) de acudir a Roma en el año 1974, a una de las primeras versiones de los posteriores congresos UNIV, con la presencia de Mons. Escrivá, que entonces presidía numerosas tertulias de gente joven, y no sólo una, como ocurre desde hace ya muchos años con Alvaro del Portillo y Xavier Echevarría...

Recuerdo con toda claridad, como si lo estuviera viviendo ahora, la clase de planteamiento que tenía en mi mente ya en aquel entonces, a escasos dos años y fracción de pertenecer al opus. Como se verá, mi joven y casi infantil mente se encontraba ya poseída por “ellos”, mediante una idea y sentimiento rotundos, cuyo análisis hago aquí para expresar con toda claridad su alcance y consecuencias. Conocer en persona a Mons. Escrivá significaba, sin exageración alguna:

  1. Conocer a un santo, un hombre absolutamente excepcional de la historia del cristianismo, sólo comparable a un San Pablo.
  2. Conocer a un hombre que había recibido de Dios un designio que iba a revolucionar no sólo la Iglesia y el cristianismo, sino a toda la humanidad. Un hombre con el que volvía la salvación al mundo y a su Iglesia.
  3. Un hombre que tenía una comunicación directa y frecuente con la Santísima Virgen y con Dios mismo, con quienes hablaba como cualquiera de nosotros lo hacíamos con nuestros padres, hermanos y amigos: en persona, de viva voz, mirando y sonriendo.

Era tal mi convicción -a mi temprana edad de 16 años-, que la figura del Papa –entonces el anciano Pablo VI- pasaba a un lugar muy secundario, ensombrecido por el coloso de Villa Tevere. Hasta tal punto era así, que recuerdo muy bien una conversación nocturna que sostuve con Oscar Fernández, un chaval aún más joven que yo, que acababa de solicitar su admisión como numerario hacía pocos meses. Nos encontrábamos cada uno en su cama, en una habitación del palacete en que nos hospedábamos –Villa Tuscolana-, con las luces ya apagadas pero despiertos por la expectativa de esos días de intensas emociones. Desde mi posición de hermano “mayor”, le expliqué que, más adelante, cuando su formación en la obra se intensificara, alcanzaría a comprender que era inigualablemente más importante conocer al Padre que al Papa, pues, parafraseé, cardenales hay muchos; obispos, una multitud; pero fundadores del Opus Dei, sólo uno… Recuerdo que el pequeño Oscarín hizo algún comentario de duda, mientras yo apenas logré conciliar el sueño por una emoción e ilusión que se me salían del pecho. Al día siguiente tendríamos la primera tertulia en “El Coso”.

Lo que deseo destacar por sobre todo es el grado de eficacia con el que Escrivá había logrado que los suyos, aún los más jóvenes, distantes y alejados de sus hijos, idolatraran su figura y todo cuanto la rodeaba –palabras, películas, escritos, objetos. No exagero nada si digo que ya desde entonces yo y muchos –¿todos?- besábamos los trozos de mármol en donde sabíamos que él había pisado, como si se tratara del Santo Sepulcro o de la Santa Cruz.

Perseveré en el opus durante 30 años, hasta que mis fuerzas humanas y espirituales se agotaron. Para mi vergüenza y sonrojo, salí del opus todavía con la convicción profunda de que dejaba algo santo y que abandonaba mi misma vocación. Sólo me tranquilizaba la idea de que lo hacía ni siquiera con el propósito de sobrevivir, sino de abandonar una situación que me quemaba. En efecto, la mejor metáfora que he encontrado en todos estos años para describir el “ánimo” con el que dejé el opus, fueron aquellas personas que saltaban al vacío por las ventanas de las Torres Gemelas (11 de septiembre), no en busca de la vida, sino con el exclusivo propósito de salir de las llamas.

Logró el opus imprimir en mi espíritu la más radical de las convicciones:

  1. El Opus Dei es voluntad de Dios, y el Cielo está empeñado en que se realice (sic).
  2. Mi vocación al Opus Dei es inequívoca y para siempre.
  3. Mi salvación está en la perseverancia en el Opus Dei.
  4. La voluntad de Dios se me sigue manifestando en las indicaciones que –día a día, minuto a minuto- me hacen el Padre y mis directores.

Como es evidente, una cosa respalda la otra. Los atributos de Escrivá respaldan la divinidad de la obra y mi vocación.

¿Es esto posible? ¿Es esto aceptable? ¿Es esto cristiano? ¿Alguien sobre este mundo tiene el derecho de atribuirse la fuerza de la divinidad? Si la Iglesia se enterara que el opus dei se presenta así a sus miembros, invadiendo hasta lo más íntimo de sus vidas, reclamando la manifestación total de la conciencia, y exigiendo la más absoluta de las obediencias, ¿podría permitirlo? ¿le concedería su beneplácito? ¿No sería, más bien, visto como un despojo rapaz de la dignidad del ser humano, más grave aún que el despojo perpetrado en los campos de concentración nazis, que sólo tocaban lo externo? Y para el opus, para Escrivá, del Portillo y Echeverría, en cambio, esto es carisma fundacional y totalidad de entrega; esto es ser hijos del Padre, buen espíritu, ser de Casa.

Quizá tuvo Escrivá alguna iluminación acerca de la santificación del trabajo -poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas, y cristianizar el mundo-, pero se enamoró locamente del poder que experimentó cuando sus hijos le fueron abriendo su alma hasta sus más íntimos entresijos, convirtiéndose él en dios para ellos. Se perpetró así la macla entre fuero interno y externo, entre gobierno y dirección espiritual, que le confería poder absoluto, convirtiendo esta colonización en la esencia misma de la obra, para dejar en el olvido la iluminación primaria. Ciertamente, la obra no tiene actualmente nada que ver con la santificación de las estructuras temporales (cfr., por ejemplo, el Informe de A.G.). Su actividad se concentra en un pequeño grupo de personas, cuyo crecimiento intenta, procurando exclusivamente su aludido entregamiento y su preservación de la corrupción. De haber seguido la inspiración primaria, otra cosa hubiera resultado. Pero tal inspiración pasó a un segundo plano.

Pero si la esencia se la obra esta ahora aquí, en la entrega que de sí mismo hace cada miembro de su propia intimidad en la obra y a la obra, la solución jurídica es imposible, y la solución que se adopte (Prelatura o lo que sea) será siempre insuficiente y como una máscara. Es imposible porque no existe ni puede existir un marco jurídico que ampare una relación de esta naturaleza. Para ello se requiere afirmar lo que sólo en la Obra se afirma: el miembro de la obra tiene una relación con el Prelado y con quienes le representan como con el mismo Dios (de ahí se sigue que ha de abrir su conciencia). Pero esta posición no la admite la Iglesia ni respecto de la Jerarquía y sus fieles. ¡Un cristiano no está frente al Papa o los Obispos como ante Dios! El encuentro con Dios está exclusivamente en la propia conciencia, es decir, en la propia intimidad irreductible. Repito, no existe solución jurídica para eso. Y si eso fuera admisible, habría que decir que el opus dei es transeclesial o supraeclesial. Pero entonces es una gnosis, al modo de la herejía cátara. Y entonces la solución jurídica es sólo una máscara, un modo de coexistir con la Iglesia y en la Iglesia, sintiéndose –como ocurre en realidad- por encima de ella.

Está claro que el opus nació con esta desviación de fondo, que lo convierte en una herejía. Por eso el fundador pensó al principio que no tuviera nombre y que fuera algo secreto, sin necesidad de reconocimiento jurídico. Se trataría de un puro fenómeno de gracia y de fe, de una pura irrupción del Espíritu Santo, del que no habría que lograr personalidad y reconocimiento. Pronto abandonó esta idea –la amenaza de herejía habría sido fulminante- y comenzó a pensar y a rezar por una solución jurídica –la intención especial, la más importante de todas sus intenciones- que sirviera de amparo y vestido a semejante “fenómeno”. Como es claro, la Prelatura personal es también insuficiente pero hasta el momento lo menos inadecuado. La insuficiencia deriva, repito, de que no se puede dar estatuto jurídico válido a la posesión de la conciencia, manifestada ante todo en la exigencia de abrir la conciencia en la charla fraterna, concediendo que esos contenidos puedan ventilarse para que la obra ejerza su gobierno. ¡Pero esto es, y no otra cosa, ser hijo de José María Escrivá! Sin esto la obra no es nada, porque deviene otra cosa completamente distinta, que Escrivá abominaba.

Escrivá jamás admitió perder este dominio de las conciencias. Jamás aceptó, por ejemplo, nombrar a un hijo suyo director de un centro sin que se supiera si vivía bien la castidad. Y no se trata de un ejemplo cualquiera. En el fondo es casi lo único que preocupaba a Escrivá: que hubiera hijos suyos impuros manejando la santidad de la obra. La alusión a la herejía cátara no es una analogía lejana.

A Juan Pablo II le tomaron el pelo. Y se lo tomaron por partida doble, con la canonización y la Prelatura. El gran pontífice actuó como un gobernante engañado, aprobando lo que consideraba que contribuía a la expansión de la Iglesia. Ni siquiera porque tuviera mucha simpatía con el Opus, sino por eso que digo, porque la obra realiza una labor de marketing sin fisuras.

Está todo muy claro y entrelazado: divinidad de la obra y de la vocación de cada uno, divinización del fundador, divinización de la estructura de la obra, exigencia de cada miembro de manifestar la propia conciencia en la charla, acceso de la información a los directores, gobierno de la obra sobre la base de la apertura de la conciencia, dominio de todas las dimensiones del miembro.

¿Qué diría Escrivá o del Portillo o Echevarría a todo esto?

- ¡Déjennos en paz vivir nuestra vocación. Déjennos en paz con nuestra entrega. Así somos felices y ayudamos a la expansión de la fe en el mundo!

Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que suplantas a Dios ante unos hombres. Por eso exiges la manifestación de la conciencia –sinceridad salvaje- y luego administras a tus gentes y tus apostolados de acuerdo con esa información.

- ¡Pero somos felices!

Quizá son felices unos poquísimos. Después de todo se realiza un meticuloso entrenamiento para ello, y quizá algunos poquísimos lo alcanzan. Pero no me engañas, he sido director de Delegación 18 años. La inmensísima mayoría queda destruida en sus resortes físicos, psíquicos y morales.

- Pero lo hacemos libremente, porque nos da la gana, nadie nos coacciona.

¿Te parece poca coacción suplantar a Dios y atenazar la conciencia? ¡Maldito seas!



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