Sobre agregados: mi experiencia

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Por Pez, 3.09.2008


Periódicamente aparecen en Opuslibros artículos sobre los agregados, no sólo del ínclito Nachof sino –cada vez más- de mucha otra gente. En general parecen tener un denominador común que es el sentimiento- a veces doloroso- de marginación clasista y subordinación respecto a los numerarios. Yo fui subdirector – y director de hecho- de un numeroso grupo de agregados durante varios años. Creo que puede ser interesante mi experiencia, que difiere algo de lo que hasta ahora se ha escrito en Opuslibros...

Mi primer cargo de dirección fue de subdirector de un centro de sr [san Rafael] de numerarios. Niños “góticos” (pijos, mimados y rubios) venidos directamente del Club, colegio de Fomento.... lo típico. La verdad es a pesar de mis esfuerzos denodados no encajé muy bien en ese ambiente que nunca había sido el mío. Al cabo de dos años me cambiaron a subdirector del centro de agregados. Enseguida me di cuenta de que a otros numerarios este cambio de destino mío les pareció una “degradación” y hasta hubo quien vino a consolarme con discreción, ante mi asombro.

Como el director lo era también del numeroso centro de numerarios y del de supernumerarios, y además tenía un trabajo externo a tiempo completo...... no tenía mucho tiempo y únicamente se ocupaba de los agregados el día de las reuniones semanales del consejo local, en el cual solía mostrarse muy de acuerdo con lo que planteábamos el secretario y yo. De vez en cuando iba a una tertulia.

El centro de agregados al cual me incorporé era bastante numeroso y muy heterogéneo. Había desde chavales acabando el Bachillerato hasta profesionales hechos y derechos de edad provecta. En cuanto a la profesión también había de todo. Un buen núcleo de agricultores, que gravitaban en torno a dos EFA (Escuelas Familiares Agrarias), varios universitarios, maestros, administrativos... Además vivían muy dispersos en un radio de unos 60 Km. en media provincia y parte de la provincia vecina.

Lo primero que hice al ser nombrado subdirector de agregados fue intentar enterarme bien de qué era un agregado. Pedí documentación interna, escritos del Padre... pero... no había casi nada, salvo algunos insulsos papeles de Delegación o Comisión, que más bien se caracterizaban por explicar que un agregado “No era un numerario” que por explicar en positivo las características de su vocación. En cambio, cuando años después me dediqué a la labor con supernumerarios, leí la “Instrucción para la labor de San Gabriel” (que, por cierto, el director me proporcionó sin ningún problema cuantas veces quise, las cosas como son). Cuando pude, hablé con el encargado de agregados en la Delegación, pero tampoco me dijo nada especial. En realidad, pienso ahora yo, había un desconocimiento enorme de “qué hacer con los agregados”, salvo que no vivían en los Centros.

Mi sorpresa fue la enorme libertad que se me daba a todos los niveles para hacer lo que nos pareciera al secretario y a mí. Luego me he dado cuenta de que en realidad , como he dicho antes, nadie sabía muy bien qué hacer. Así que la mayor parte de las veces, teníamos que interpretar sobre la marcha el espíritu de la Obra para aplicarlo a ese grupo de agregados. El sacerdote encargado era también agregado, (o sea un cura diocesano ) muy piadoso pero sin demasiada idea de los agregados y con respeto-pánico a los numerarios.

Enseguida nos dimos cuenta de que de Delegación no iba a venir mucha ayuda, pero sí mucha exigencia de que pitase gente. En dos ocasiones vino a vernos (o a “zurrarnos”) el encargado de agregados de la Comisión. El primero fue un mallorquín (y además creo que también se llamaba Nadal...) que se limitaba a escuchar, intentaba animarnos... pero no nos decía nada que no supiéramos y nos achuchaba mucho para hacer muchas cosas, que pitara mucha más gente.... Posteriormente el que vino fue el actual Consiliario (o como se diga ahora) Ramón Herrando Prat de la Riba, aún laico y tan pretencioso como su apellido. En realidad era un chulo, aunque procuré reprimir ese pensamiento. Este hombre vino a echarnos un rapapolvo porque no pitaba gente y se habían salido algunos. Se ve que no le salían los números a él y le llovían reprimendas desde Roma. Tan desagradable se puso que casi tuve que enfrentarme directamente a él (uuuuf) cuando nos acusaba de inútiles (sic), de no hacer nada. Le dije claramente que no estaba siendo justo ni con los agregados ni con nosotros y le fuimos detallando la labor que hacíamos, y las numerosas iniciativas que habíamos emprendido; acabamos solicitando su ayuda y consejo como vocal de agregados. Ante esto fue reculando, se guardó lo que restaba de la bronca e intentó torpemente animarnos y diciendo que si hacíamos tantas cosas y no pitaba gente entonces es que no rezábamos lo suficiente.... Pobre región de España en sus manos... o quizás sea mejor así, para que todo se le hunda antes...

Al poco tiempo de estar de subdirector de agregados empecé adquirir una considerable admiración - sí, admiración- por ese grupo de gente, joven y mayor, culta y menos culta, intelectual o menestral. En general, me parecieron siempre gente mucho más responsable y sencilla que muchos numerarios. De hecho acabé convencido de que encarnaban mucho mejor que los numerarios el ideal de vivir en el mundo y de santificar el trabajo. Y en condiciones bastante más duras.

En lo que estuvo en mis manos siempre procuré que se sintieran acogidos, considerados, apoyados, acompañados y exigidos. Corté de raíz cualquier comentario desafortunado de algún numerario “exquisito.” Fui a casa de todos los agregados cuya su familia lo consentía y a más de uno le tuvimos que exigir que mejorase su habitación o su casa, sin miedo a gastos. Igual con la ropa: procuramos que cuidaran mucho ese aspecto, cada uno según su trabajo y necesidades. Y los famosos regalos de Reyes..... pues no creo que se sintieran menospreciados respecto a los numerarios. Sí que había las lógicas diferencias entre los regalos a un chaval o a un profesional universitario... pero no las había respecto a un numerario en igualdad de condiciones, entre otras cosas porque a mí me caía muchas veces el encargo de los Reyes de los numerarios. La fiestas de Casa o celebraciones igual: no había diferencia. Más de una vez las empleábamos para educar en cierto modo a alguno, como la vez en que nos enteramos de que uno de los agregados había comentado que él nunca había comido percebes..... la siguiente celebración se puso las botas de percebes, cigalas y langostinos y además nos encargamos de que aprendiese bien el modo correcto de hacerlo.

Las excursiones mensuales era otra de mis manías y a veces hasta me rogaban que les dejara en paz. Yo hacía la mía siempre con algunos ellos, y bien a gusto.

Pitó gente, aunque poca. Algunos dejaron la Obra, pero aseguro que jamás les tratamos mal.

En conjunto fue para mí una experiencia muy agradable. Les recuerdo a todos con mucho cariño y creo que ellos – los que queden- guardarán buen recuerdo de mí. Me hicieron feliz. Acabé pensando que ellos eran el auténtico Opus Dei; más adelante pensé algo similar viendo algún supernumerario absolutamente ejemplar.

Cuando leo testimonios de otro cariz en Opuslibros.... no los pongo en duda pero me entristezco. Es un ejemplo más de cómo, con su obsesión ridícula por los miles de detallitos estúpidos, el Opus Dei carece de criterio en cosas tan importantes como ésta y olvida lo más importante: el amor.

Aunque lógicamente no he tenido nada que ver con el mal trato dispensado a muchos agregados, me gustaría pedirles perdón en nombre de los que se lo hayan hecho y decirles que en sus relatos sigo viendo lo mejor de aquel Opus Dei que pensé que iba a ser mi vida y del que afortunadamente salí cuando comprobé su auténtica naturaleza.



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