Escrivá: un hombre peligroso

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Por E.B.E., 21 de junio de 2021


«Los mejores mentirosos son como los magos, intentan desviar la atención de la mentira y así no nos damos cuenta de que nos están engañando» (Professor T, temporada 1, cap. 4 - 2015)


Al parecer, teóricamente Escrivá estaba de acuerdo en pagarle a las numerarias auxiliares (y por lo tanto, también en compensar a las ex numerarias auxiliares por lo adeudado).

Pues en la Instrucción de San Miguel, dice lo siguiente (el subrayado no es del original):

«47 Otros dicen que no somos pobres, porque pagamos con arreglo a la justicia, a los que nos sirven, a los que trabajan profesionalmente a nuestro alrededor. Esta sí que es una excelente manifestación de nuestro buen anticlericalismo.
No podemos hacer como hacen algunos clérigos de todas las alturas, que no pagan o pagan mal a los que tienen a su servicio. He oído constantemente de labios de médicos, abogados, arquitectos, profesores y obreros manuales, la misma queja. Pagan los servicios, en cambio, cuando el que se los presta no es católico: no comprendo esa discriminación.»...

Este texto es para enmarcarlo.

Y luego, de paso, explicarle al Opus Dei –con palabras de su santo fundador- por qué es que tiene que compensar a las ex numerarias auxiliares con arreglo a la justicia.

En ese texto Escrivá toma distancia de clérigos y religiosos que con excusa de su investidura clerical evitan pagar lo que es debido, y presenta al Opus Dei como una institución diametralmente diferente: netamente laical, que paga conforme a la justicia los servicios que recibe de las personas «que nos sirven».

Ahora bien, uno lee estas palabras nuevamente y es difícil no ver en ellas la manifestación de algo grave.

Escrivá critica a los que «pagan los servicios cuando el que los presta no es católico» y, en el caso de las numerarias auxiliares, bien podría decirse que el Opus Dei paga cuando las que llevan adelante las tareas domésticas no son numerarias auxiliares. El paralelismo es sorprendente.

Es una prueba más de cómo el Opus Dei promete lo que luego no cumple. Porque por testimonios de numerarias auxiliares de la época fundacional (o sea, anteriores a 1975) sabemos que el Opus Dei que dirigía Escrivá tampoco pagaba los servicios que ellas prestaban o los pagaba mal. ¿Entonces?

Con el Opus Dei pasa como con los poliedros: tienen muchas caras, cada una independiente de la otra (disociadas entre sí). Se dan razones para todo, pero si cada una fuera puesta en un mismo plano todas ellas darían una forma contradictoria e incluso poco agradable a la vista.

Lo que criticaba en otros clérigos, eso mismo era lo que Escrivá hacía, y peor aún, porque afirmaba que él hacía lo contrario. Los clérigos que él criticaba serían tal vez miserables pero no engañadores. Visto de esta manera, el fundador parece doblemente peor que los clérigos a los que criticaba.

Superiores del Opus Dei argumentan con «la familia» para no pagarle sueldos a las numerarias auxiliares (o que lo entreguen todo, sin pasar por sus manos) pero cuando ellas (o cualquier célibe de la prelatura) necesitan de «la familia» se les dice que «no se puede ser deficitario», «pídele dinero a tus padres» y así siguiendo. La lógica del poliedro, con múltiples rostros.

Al Opus Dei se lo ha acusado de falta de reciprocidad: tiene su lógica, porque el engaño funciona en un solo sentido.

El Opus Dei pide todo anticipadamente –una "entrega total" sin ningún plano inclinado ni gradualidad- y es más tarde cuando uno se va dando cuenta –eso sí es gradual- de que la organización no está dispuesta a dar nada (o raramente), sobre todo nada material, y en particular, nada que implique dinero (salvo por razones de fuerza mayor). Por eso, el Opus Dei ha considerado los aportes a la jubilación como una pérdida (hasta que el Estado lo presionó) y lo mismo con cualquier tipo de ayuda hacia quien se marcha. Es la mirada miserable, que sólo mira su propio beneficio, es decir, lo contrario a la caridad (1 Cor. 13, 5).

Escrivá tenía una habilidad especial para describir aquello que no había que hacer pero que en la práctica él lo llevaba adelante sin perturbarse y de manera exitosa.

«Es innegable (…) que existen muchas personas que se dedican deliberadamente a oscurecer las inteligencias, a enturbiar las conciencias. Se presentan como siempre se ha presentado el demonio: fingiendo. Aparecen, a veces, incluso con manifestaciones ficticias de respeto y comprensión, y hasta de piedad, escondiendo debajo el veneno mortal» (citado en “Meditaciones” III, pág. 715., el subrayado no es del original)

Uno se pregunta, ¿de quién estaba hablando Escrivá? ¿Estaba describiendo lo que sucedía en el Opus Dei?

«Pero las ideas claras, la conciencia clara: lo que no podemos es hacer cosas malas y decir que son santas» (ibídem)

¿Acaso no es lo que en muchos casos hace el Opus Dei?

Sin dudas una forma tal de argumentación distrae la atención del público oyente, la manipula y finalmente la engaña.

En otro momento, por ejemplo, Escrivá decía que sería una iniquidad imponer una vocación contraria a la prometida… o sea justamente lo que hizo él.

«¿Cómo podría yo ahora cometer la iniquidad de obligaros a seguir una vocación diversa? No, no podría exigiros eso de ninguna forma, y ni siquiera podría pediros —recurriendo a argumentos poco leales, que violenten la libertad de vuestras conciencias— que renovéis vuestro compromiso con la Obra, abrazando una vocación que no es la que hemos recibido de Dios. Ni yo puedo hacer eso con vosotros, ni nadie puede hacer eso conmigo. (...) Eso —además de ser humanamente una villanía— sería una falta grave contra la moral cristiana, contra la ley divina positiva y aun contra la misma ley natural. En toda la legislación y la praxis eclesiástica no hay ninguna norma o principio que pudiera justificar una tal tiranía» (“Carta”, 25-V-1962, n. 34, el subrayado no es del original)

O cuando "encaraba" a Dios diciendo,

«¿¡Señor, Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas!?» (“Meditaciones” V, meditación nro. 439, p. 155 y ss.)

dando vuelta los roles, situando a Dios como el responsable de los posibles engaños y Escrivá poniéndose en el lugar de quien siempre actuó de buena fe. Nuevamente la magia, su habilidad para manipular la distracción.

O cuando contaba, en aquella misma Instrucción la siguiente historia personal:

«49 Permitidme que os cuente, para que os sonriáis, que una vez me dijeron que yo no había hecho testamento y debía hacerlo. Tuve que contestar: ¡si no tengo nada! No tengo nada y lo tengo todo, nihil habentes et omnia possidentes (II Cor. VI, 10)»

¿O sea que, si hubiera tenido algo, habría hecho testamento? Hoy sabemos que tampoco es así, gracias a un documento del Estado Español.

Al menos en el Opus Dei, el no tener nada no es excusa para no hacer el testamento que, en este caso, Escrivá debía hacer (alguien, no sabemos quién, se lo hizo saber). Escrivá no dice que él no debía hacerlo sino que él no tenía nada.

Por otra parte, Escrivá sí tenía. Con una falsedad se excusaba de un deber que de todas formas debía cumplir (al menos por dar buen ejemplo).

Por cierto, el Opus Dei no tiene nada porque todo lo oculta mediante sus asociaciones civiles. Y también es cierto que de esa manera Escrivá podía afirmar –con doble sentido- que no tenía nada y lo tenía todo ("nihil habentes et omnia possidentes"). Quería decirlo en sentido sobrenatural (comparándose al Apóstol) pero también lo daba a entender -elípticamente- en sentido material al ocultar sus bienes. Como un mago, nada por aquí, nada por allá.

Sin duda, San Pablo nada tenía y lo poseía todo en Cristo. Pero, a diferencia de Escrivá, San Pablo no tenía cientos de asociaciones civiles que hicieran de testaferros de sus bienes ni tampoco cobraba royalties por sus cartas apostólicas. Y sin embargo, Escrivá tenía el atrevimiento de compararse con San Pablo… y lo peor de todo es que se le creía. Y aún muchos creen que es un santo.

Teníamos un señor que debía un testamento y de repente tenemos un San Pablo. Nada por aquí nada por allá. Como hacen los magos.

Por lo cual, sus palabras no dan para sonreír, porque Escrivá además de tener (por ejemplo, los royalties de su libro Camino, que se los heredó a su hermano Santiago) le imponía a otros un deber que él no cumplía (los socios «al realizar su primera consagración a la Obra» debían hacer testamento cfr. [ de 1941, Ordo, art. 11, 2], o sea no ya con la fidelidad sino antes, con su primera consagración).

Delante de las narices de todos Escrivá se jactaba y desviaba la atención.

Lo peligroso en Escrivá es que convencía a los demás de que él jamás haría lo que a continuación llevaría a cabo. Ese compromiso suyo era el que creaba la confianza necesaria para que muchos entregaran su vida, sus bienes, etc.

No es difícil entrever que hoy habría que considerar a Escrivá como una persona moralmente muy peligrosa (basta ver la cantidad de gente que dañó con su organización) y su canonización es prueba de ello, no de lo contrario.

Aun muerto sigue produciendo daño y sigue siendo una amenaza latente para la Iglesia por el daño a su credibilidad que le podría causar la descanonización de Escrivá tan temida (por eso tal retroceso sería resistido, entre otras razones). Sería abrir la caja de Pandora.

Escrivá creaba una confianza –usando fundamentos sobrenaturales- y a continuación la traicionaba de forma tal que disociaba una cosa de la otra. Y prácticamente nadie se enteraba, debido al modo en que manipulaba la atención: eso era lo peor o lo más peligroso.

En este contexto se entiende lo que sucedió con la confianza traicionada de tantas ex numerarias auxiliares, que fueron convocadas para llevar a cabo estudios que mejoraran su nivel educativo, por ejemplo, y luego terminaron sometidas a una verdadera explotación laboral. Fue algo premeditado, no improvisado ni accidental. Su fundador dio el fundamento para actuar así.

El problema moral del Opus Dei no es distinto al problema moral de Escrivá, más bien lo ha heredado de su fundador.

El Opus Dei hace gala de una moral que en los hechos no practica y en 2002 Escrivá fue presentado en sociedad como un modelo de santidad que más vale no imitar.



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