Una perversión de la corrección fraterna cristiana?

From Opus Dei info

Por Federico, 3.10.2005


La corrección fraterna cristiana tiene su origen en las palabras de Jesucristo a sus discípulos, relatadas por los evangelistas Mateo y Lucas. La versión más completa es la de Mateo: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano» (Mt 18,15-17)[1]. De estas palabras interesa destacar lo siguiente aspectos de la corrección fraterna:

  1. El objeto de la corrección fraterna es el pecado, la ofensa, efectuada por un cristiano, y de la cual se tiene constancia.
  2. El objetivo es ganar al hermano, su bien. «¿Cuál es, según el Evangelio, el motivo último por el que es necesario practicar la corrección fraterna? [...], el genuino bien del otro. Para que pueda mejorarse y no encontrarse con desagradables consecuencias. Si se trata de una culpa moral, para que no comprometa su camino espiritual y su salvación eterna».
  3. Jesucristo indica que debe ser una iniciativa de aquel que es conocedor del pecado de su hermano, y que en un principio no debe decirlo a nadie, ya que hay que reprenderle a solas con él. «¿Por qué dice Jesús: “repréndele a solas”? Ante todo por respeto al buen nombre del hermano, de su dignidad. Dice: “tú con él”, para dar la posibilidad a la persona de poderse defender y explicar sus acciones en plena libertad. Muchas veces lo que a un observador externo le parece una culpa, en las intenciones de quien la comete no lo es. Una franca explicación disipa muchos malentendidos».
  4. Sólo en el caso de que no escuche, a fin de corregirse, es necesario tomar uno o dos que sirvan de testigos, y si tampoco se corrige, hay que darlo a conocer a toda la comunidad.

En el Opus Dei, sin embargo, la corrección fraterna tiene otras características diferentes a las evangélicas. Según Amapola:

«Regresamos a la administración, hay que ir de nuevo al comedor, en lugar de clase toca charla, se cierran todas las ventanas, la única luz es la del flexo de la mesa de la numeraria que imparte la ponencia. El tema es sobre la corrección fraterna, se nos explica que no tiene buen espíritu de la Obra quién no la practica al menos una vez a la semana. Recuerdo que yo esa semana no he hecho ninguna y me empiezo a romper los cascos revisando a ver quién de mis “hermanas” ha hecho algo reprobable, todas me parecen santas, no encuentro candidata pero yo quiero tener buen espíritu así que recurro a una nimiería de una auxiliar y decido llevar a cabo la corrección, para ello es preciso localizar a la directora de la casa, que no siempre está disponible, y comentarle la corrección que se va ha hacer, si se obtiene su aprobación hay que ir, buscar a la persona en cuestión y hacerle la corrección: “Mira fulanita, no está bien que cuando te enjuagas la boca hagas tanto ruido”. Ella, aunque piense: “Pero si no hago ruido”, tiene que decir únicamente: gracias. Una vez realizada la penosa tarea, hay que localizar de nuevo a la directora y decirle sin más “Misión cumplida”».

En el testimonio de Carmen Charo (22-5-2005), leemos:

«[...] sonreír y agradecer sin rechistar cuando te hacen una corrección fraterna, aunque te parezca insólita, absurda, mentirosa, cruel...»

En estos testimonios se observa que:

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La corrección fraterna no versa sobre pecados (lo indicado por Jesucristo), sino sobre cualquier tontería o nimiedad

«La espontaneidad al hablar y al escribir es perfectamente compatible con la buena educación, y por eso no se utilizan expresiones o palabras vulgares o chabacanas. La corrección fraterna es un medio eficaz para ayudar a vivir esos detalles, especialmente cuando hay riesgo de descuidarlos, por ejemplo, al practicar algún deporte». (Glosas sobre la obra de San Miguel, págs. 19-20). Se trivializa algo evangélico, para convertirlo en lo que parece un sistema de control y reforma sectaria destructiva de la conducta, la opinión, la personalidad. Me parece que es un uso ilícito de un consejo del Señor.

Todavía se muestra más grave cuando se confunden estas nimiedades con pecados (lo propio de la corrección fraterna cristiana), cargando y deformando la conciencia de quien lee: «Es grande la eficacia de la corrección fraterna: hermanos —escribe el Apóstol Santiago—, si alguno de vosotros se desviase de la verdad, y otro le redujere al buen camino, sepa que el que convierte al pecador, además de librarle de la muerte, cubrirá la muchedumbre de los propios pecados[Iacob. V, 19-20.]». (Meditaciones I, pág. 505).

Y no se trata de que la frase “corrección fraterna” se utilice en un sentido diverso del utilizado en el Nuevo Testamento, como se comprueba en la última cita, sino que se hace con el mismo sentido con el que la aconsejó el mismo Jesucristo: «Para eso tenemos la corrección fraterna, como la tenían los primeros fieles de la Iglesia: no hemos inventado nada. En la vida espiritual, os lo he dicho muchas veces, no hay nada que inventar. Tenemos los mismos medios que los Apóstoles y los primeros cristianos: la fe, que la da Dios, con la esperanza y la caridad, que son virtudes sobrenaturales». (Meditaciones II, pág. 541). Un abuso, por llamarlo de una forma suave, de una enseñanza de Jesucristo a sus discípulos. ¿Por qué se hace esto?

Se fomenta la delación

Como si la delación ésta fuera una virtud en vez de un defecto. Alguien puede imaginar a uno de los apóstoles acudiendo a Jesús para delatar a otro porque, por ejemplo, no camina muy erguido, o ha dicho un taco, o ha expresado una opinión sobre una cuestión filosófica. Pero es más, no sólo se fomenta, sino que se obliga a la delación: «Los fieles de la Prelatura, que guardan memoria de las normas de caridad y prudencia, están obligados a ejercer la corrección fraterna, de modo que, dado el caso, se aparten mutuamente de las costumbres que repugnan al espíritu del Opus Dei». (Código de derecho particular del Opus Dei, 91).

¿Por qué este interés en que se corrijan entre sí? Quizás el motivo sea el que sigue: «Que nuestra respuesta sea: ¡me dejaré conocer mejor, guiar más, pulir, hacer! Que nunca, por soberbia, cuando reciba una indicación que es para mejora de mi vida interior, me rebele; que no tenga en más aprecio mi propio criterio —que no puede ser certero, porque nadie es buen juez en causa propia— que el juicio de los Directores; que no me moleste la indicación cariñosa de mis hermanos cuando me ayudan con la corrección fraterna. [De nuestro Padre, Meditación El talento de hablar, abril de 1972.]». (Meditaciones III, pág. 225). ¿Ceder el propio criterio y el propio razonamiento, aunque sean los más lógicos, para sustituirlos por el de otro; convertirlos de libres en cautivos?... ¿Dejarse conocer mejor? ¿Por qué no?, siempre que este conocimiento no sea empleado para la manipulación sicológica: para que puedan tirar de los hilos y mover a las personas como marionetas, según interese. Dejarse guiar más, se dice: ¿hasta perder la propia iniciativa?, ¿la propia libertad?, ¿aquella libertad cristiana con la que Cristo nos liberó?... Dejarse pulir podría ser para brillar más, y ser como un espejo, por ejemplo para reflejar una imagen que es la de otro (no precisamente la de Jesús); aunque podría tener el sentido figurado de perderlo todo en el juego; en este caso está claro que dejarse pulir significaría entregar todos los bienes a la Obra. Una jugada maestra ..., para la Obra. ¿Dejarse hacer qué? ¿Lo que al director de turno le dé la gana? Por último, decir que el propio criterio no puede ser certero, es una afirmación redonda, es decir, ¿nunca y en nada el propio criterio es más certero que el de los directores?: hemos descubierto un nuevo dogma, o mejor, algo más que un axioma matemático: la certeza matemática absoluta.

La corrección fraterna hay que consultarla al laico que es el director del Centro

«[...] La doctrina es clara: después de pensarlo en la presencia de Dios, aún tenemos un medio más para asegurar la objetividad de la corrección: la consulta al Director». (Meditaciones II, pág. 159). Por tanto, el director debe ser informado de todas aquellas cosas que alguno observa que no se hacen bien según su juicio, por lo que el director parece ser el gran hermano local, que posee los ojos y oídos de todos aquellos que forman el Centro. Me parece que este punto aumenta la gravedad de la ilicitud del punto I: parece propio de una institución policial de la conducta y del pensamiento expresado. Y aun de la intención: «No sé si alguno le habrá pasado lo mismo, pero yo tengo la sensación de que había dos tipos de correcciones fraternas: las que señalan un hecho concreto (por ejemplo, "no hables tan fuerte en el comedor") y las que no sólo hacían referencia a un hecho sino que venían con juicio sobre las intenciones anejo (por ejemplo, "no hables tan fuerte en el comedor, que eso demuestra lo soberbio que eres, ya que quieres imponerte")». (C.F., 20-8-2003).

El que recibe la corrección fraterna no debe justificarse

Ni siquiera explicar al que la hace que se ha equivocado de persona, que no era él quien ha ejecutado aquella acción, sino otro. Sólo puede sonreír y dar las gracias. Es demencial que a una persona se le niegue el derecho elementalísimo de poder responder al que le acusa de algo. Parece una forma esclavista de entender la formación de una persona, ya que no se debe olvidar que «La corrección fraterna es un medio de formación, de origen apostólico, que ayuda de modo eficacísimo en el camino de la santidad y de la identificación con Cristo». (Vademecum de los Consejos Locales. La corrección fraterna). Por lo visto la formación del Opus Dei consiste en hacer comprender a sus fieles que sólo tienen el derecho de no tener ningún derecho. Frase que, como he leído en algún testimonio de este portal, se canta alegremente en la Obra.

Ni siquiera los directores son de fiar para el gran hermano ya que el mismo Vademecum de los Consejos Locales indica que «La corrección fraterna al Director incumbe a todos, hayan hecho o no la Fidelidad; precisamente porque el Director tiene más responsabilidad sobre sus hombros, es de buen espíritu ayudarle de esta manera, siempre que sea preciso. No practicar la corrección fraterna con los Directores, supondría privar de un medio eficaz de santificación a quienes precisamente necesitan ser más santos, ya que, si el Director no vive bien el espíritu de la Obra —incluso en detalles pequeños de orden o de puntualidad—, desedifica a los demás con su mal ejemplo.[...]».

Por lo leído, resulta que la corrección fraterna es un medio eficaz de santificación. Yo más bien la entiendo, según lo anterior, como un medio de doma al estilo del jarabe de palo: un medio sectario coercitivo. ¿Alguien se imagina o sabe de algún santo “histórico” al que hayan sometido a este proceso? Un santo, al estar cerca de Dios, no hubiese nunca consentido ser manipulado de esta forma.

Como «La corrección fraterna es un medio estupendo de vivir la fraternidad, el termómetro de la fidelidad con que se pone en práctica el espíritu de la Obra» (Meditaciones III, pág. 677), resulta que ellos mismos están calificando el espíritu de la Obra como sectario, fomentador de la delación, resultando ésta una manera estupenda de vivir la fraternidad, y un termómetro de la fidelidad al espíritu del Opus Dei. Lo dicho, la práctica del espíritu de la Obra para ellos se basa en delatar a otro ante el director. Porque si de verdad se tratara de vivir la fraternidad mediante la corrección fraterna cristiana, se corregiría al pecador a solas. La caridad obliga a ayudar al hermano, no a denunciarlo. Aunque en este caso la corrección fraterna es algo más: «Si la práctica de la corrección fraterna es una obligación de caridad con nuestros hermanos, es también un deber de justicia hacia la Obra». (Meditaciones II, pág. 158). En definitiva, la institución y no las personas es lo importante y lo que interesa. Será que la que se tiene que salvar es la institución y no los fieles. ¿Qué será lo que interesa a Dios? ¿La institución ...?, ¿o los fieles que justifican su existencia? No se puede dar a una institución el carácter de absoluto, por encima de las personas que, según el designio de Dios, fuimos el objeto de la Redención mediante la muerte de cruz.


La cuestión de fondo de esta deformación de la corrección fraterna cristiana parece estar en que hay que velar por la pureza del espíritu, por eso hay que fomentar la información al director, versa incluso sobre los mínimos detalles, y el que la recibe no debe justificarse: lo importante es el espíritu de la Obra:«[...] tener hambre de dar a conocer todos los matices de nuestro espíritu y vivirlos; velar siempre por su pureza —¡nuestra bendita corrección fraterna!— [...]» (Meditaciones IV, pág. 580)

«[...] Amad la bendita corrección fraterna, que asegura la rectitud de nuestro caminar, la identidad del buen espíritu[2]». Todos idénticos en el buen espíritu, es decir, no hablar alto en el comedor, no hacer mucho ruido al lavarse los dientes, ni decir palabras vulgares o chabacanas. Un espíritu que conduce a la santidad de inmediato.

Se utilizar el nombre de Dios para justificar la procedencia de la corrección fraterna

Es todavía más grave e ilícito, a mi entender: «Vivida con este espíritu sobrenatural, la corrección fraterna se hace eco del aviso tantas veces oído en estos días de Adviento: preparad el camino del Señor, haced derechas sus sendas. [Allel. (Luc. III, 4.6).] Dios se vale nuevamente de los demás, para mostrarnos sus sendas, para hacernos ver cuáles son aquellos trechos que conviene enderezar. » (Meditaciones I, págs. 106-107). Y considerar al delator un instrumento de Dios: «Cuando vamos a corregir a nuestro hermano, hemos de tener muy presente que la corrección fraterna debe estar llena de delicadeza en la forma y en el fondo, dándonos cuenta de que en aquel momento somos instrumentos de Dios. [De nuestro Padre.]» (Meditaciones I, pág. 307). También, para ellos, los directores están iluminados sobrenaturalmente por Dios para juzgar (son como dioses, ya que como vimos juzgan hasta la intención. No solamente es Dios el que juzga, sino también los directores): «La consulta, hecha a quien tiene luz especial para juzgar, es siempre garantía del sentido sobrenatural de la corrección, de su oportunidad, y de la recta intención que nos mueve». (Meditaciones I, pág. 106). Bueno, menos mal que el motor es la recta intención y no otro, que es lo que parece.

Se podría decir, que se ha tomado una práctica de siempre de la Iglesia, recomendada por el mismo Cristo, para que, conservando su sentido evangélico y la autoridad de quien nos la enseñó, «Los fieles de la Prelatura [...] se aparten mutuamente de las costumbres que repugnan al espíritu del Opus Dei». (Código de derecho particular del Opus Dei, 91). Y los superiores estén informados de las formas de pensar y actuar de cada uno de dichos fieles. «En todo caso, sería más una autodefensa que una corrección fraterna». ¿Cuáles serán las costumbres que repugnan al espíritu del Opus Dei? ¿Podrá ser una de ellas, que sus miembros se consideren y sean personas libres?

Observada desde el punto de vista de la corrección fraterna, la Obra se me muestra como un gran ojo acompañado de una gran oreja y de una gran boca acusadora.


Federico


Observación: he resaltado en negrita lo que me ha parecido interesante de las citas.


  1. Raniero Cantalamessa OFM Cap, predicador de la Casa Pontificia. Original italiano publicado por «Famiglia Cristiana». Traducción realizada por Zenit.
  2. De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 56. (Meditaciones II, pág. 158)


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