Toma y daca

From Opus Dei info

Por Flanpan, 9 de julio de 2004

Después de 16 años de pertenecer a la Casa, y tras algo más de 10 años fuera de ella, a uno se le junta dos cosas: se te olvida mucho –han pasado muchos años-, pero sigues recordando bastante –fueron muchos años dentro-. Como la tecla no es lo mío, y el tiempo disponible se me pasa leyendo a los demás, nada mejor que escribir poco a poco.

Lo que quiero ir contando es que tampoco todo es negro es dentro de la Casa. Por lo menos, yo pasé muy buenos momentos. Disfruté bastante de muchas cosas. Toma y daca, son un relación de cosas de las que disfruté dentro, y su comparación con mi vida fuera. (El autor)


Contents

La comida

¡Cómo se comía en la Casa! ¡Y cómo se bebía! Hasta la ley seca, claro. Dudo mucho que el Principe y la Leti tengan en su rancia casa el esmerado servicio con que yo (con que tantos numerarios) hemos disfrutado durante tantos años. Desde luego que a la Leti le servirán buenas viandas, pero no tendrán nunca esos ingredientes que nuestras santas hemanas (esas sí que eran santas) de la Administración ponían en todos sus platos: el Cariño (dulce o salado, según se tratara de postres o de primeros platos), el Esmero y el Ingenio.

Qué cenas de Navidad, qué presentaciones y adornos, qué pavos trufados, qué calditos, qué chuletillas de cordero, qué postres, qué bizcochos para el desayuno, qué caldos (vinos), qué cavas, qué wiskises y licores, que huevos más bien fritos (con puntillitas doradas), qué cenas frías con jamón en jamonera, buen cuchillo y abundante pan cateto, aceite virgen y ajo, qué resopones tras las Misas nocturnas, qué carritos tintineaban (menudas jugos despertaban esos tintineos) en el pasillo los domingos antes de comer, qué aperitivos con esas tapitas de dátiles con queso, de choricitos fritos, vermús, cervezas y colas. Qué decir de las bolsas de excursión: qué completas y energéticas. Desde luego que mi madre no hubiera puesto una bolsa tan preparadina; con un bocata de choped envuelto en Albal se despachaba tranquila. Con todos sus detalles. Todo tan bien envueltito. Todo tan limpín, que diría Satur. Con tus servilletitas, tu abrebotellas. Sólo faltaba la cesta de mimbre, con sus platos y vasos plásticos. Qué langostas en Benicasim. Que naranjas en La Lloma. Qué finos y patanegras en Aracena. Qué cavas en Cataluña. Qué pulpo en Santiago. Me faltó por probar una casa que había en el cantábrico (asturias o Santander), en un acantilado sobre el mar (creo), en la que me aseguraron que el marisco venía directo de la mar océana.

Que congojanetemente se comía en la Casa. Qué bien nos cuidaban nuestras hermanas.

¿Y fuera? Pues sinceramente, también como muy requetebién.

De Cariño voy servido. Es de otro tipo, pero mi querida Piedra me trata como a un rey, y además me permite cachetearle el muslamen mientras me sirve la ensalada a mediodía, sin niños (en la Casa esto no estaba bien visto: ni con niños delante, ni sin ellos).

Mi nevera está llenita de cervezas fresquitas, y no he de esperar al domingo a tomarlas (en la Casa no podías acceder a la nevera si no tenías la R2 y mucha cara).

Cuando quiero probar un buen vino, no tengo más que bajar al super y elegirlo en la amplia bodega disponible (en la Casa el vino era peleón, salvo en fiestas A: la media de cocina no daba para más). Sale más caro, pero es la desventaja de los caprichos.

Si quiero picar algo antes de comer, o a media tarde, las alacenas de la cocina me esperan (en la Casa si te rugía el estogamo a las 2, habías de esperar a las 2,30 para comer). Sé que no es bueno picar entre comidas, pero todavía mi cuerpo lo resiste.

Y si un día quiero comer bien de verdad (mi mujer no es Arguiñano ni la Admon), la amplia oferta de restaurantes de la zona nos espera a mi y a mi pichoncito mío, para que nos vayamos agustito a darnos un merecida cena romántica, con los niños en casa con una nurse (en la Casa las cenas románticas estaban prohibidísimas, sobre todo si las chatas estaban tan ricas como mi mujer). Comer igual de bien que antes (o parecido) sale mucho más caro, pero hacerlo de vez en cuando me lo puedo permitir, ya que del dinero que ingreso en la caja (de mi mujer) me deja sacar cuanto quiero, y además sin tener que entregarle cuenta de gastos.

Espero no haber herido sensibilidades, ni creo haber caído en la procacidad con lo del cacheteo: entiéndase que comer a solas uno con su mujer, da ciertas ventajas a las muestras de cariño.

Gracias desde aquí a todas las Auxiliares y Administradoras que tanto se desvivieron (ellas no tenían la buena vida de nosotros) por hacer de esas Navidades, Fiestas y comidas de diario, un placer gastronómico y estético (qué mérito tenía llevar esos uniformes de doncella, tan bonitos pero tan calurosos, las mañanas de agosto en un comedor sin aire acondicionado).

He perdido en calidad diaria, pero he ganado en libertad. Con todo el cariño para mis hermanas pequeñas, prefiero la libertad. Y a las que estais fuera, y sois tan buenas cocineras, un consejo: poned un restaurante -ADMON se podría llamar-. Os aseguro que en poco tiempo os darían los máximos tenedores de la Guía Michelin.

Salud y bon apetit.

Las vacaciones

En la Casa no hay vacaciones. De hecho, ni el mismo Satán se las toma. Pero las tres semanitas al año de dedicación al cultivo de la ciencia filosofoteológica, pueden muy bien llamarse vacaciones.

Recuerdo que algún año incluso era posible elegir destino turístico. Venía una hojita con diversos “cursos anuales”, con indicación de las asignaturas que se cursaban en cada uno, las fechas y los lugares. Y como si fuera Viajes Halcón, podías hacer tu reserva. Por venir, creo que hasta venía el precio.

¿Y cómo eran las “vacaciones”? Pues como todos sabemos, solían ser magníficas. Muchas de las casas eran como esos Paradores Nacionales españoles: Molinoviejo, Islabe, El Rubín, Elorrio, La Lloma, un Chateau francés, una mansión italiana al borde del lago. Con mucho rancio abolengo, esplendorosos jardines, soberbias piscinas, canchas de tenis, frontón y campo de futbito. Faltaban las caballerizas, eso sí: ahí el tema hacía aguas. Pero bueno, ya sabemos que los caballos traen moscas.

El plan diario era variable. Algunas veces tenías clases hasta por la tarde. Otras veces el ángelus lo rezabas ya en la piscina. Lo normal es que hubiera bastante tiempo para el esparcimiento. Comías bien. Dormías bien. Y un día a la semana había excursión.

Las excursiones merecen capítulo aparte. Los días previos se “maquinaban” los distintos destinos. Había que moverse rápido, o te quedabas en tierra. Siempre había algunos planes apetitosos y otros soporíferos. Entre los primeros estaban ir de pesca en el barco de un amigo (peazo de yate); ir a montar a caballo a una escuela de equitación; volar en avioneta; hacer barranquismo o montañísmo con un numerario que se decía experto; ir a tomar marisco a Sanlucar y tostar la tripa al sol en la playa; acudir a un barbacoa a la finca de un cooperador en la que había de todo. Entre los segundos planes estaban: los que se hacían sin disponer de coche; los que consistían en ir a visitar piedras (monumentos, digo) y comer los bocatas en un parque al sol; los que consistían en quedarte en la casa y comerte los bocatas en la piscina.

El secreto de unas buenas vacaciones estaba en arrimarse a un buen árbol. No bastaba elegir un buen destino. Lo fundamental era tener unos buenos compadres. Yo tuve la suerte de disfrutar bastante en las “vacaciones anuales”. Me tocaron buenas excursiones. Buenos compadres. Descansé. Visité muchos lugares. Hice planes divertidos. Asistí a shows de muchos kilates, con gentes tipo Satur (bueno: casi, casi). La verdad es que en esas tres semanas de vacaciones se vivía como un rey.

¿Y ahora? Pobrecito de mi. El que tiene su propia empresa, no tiene vacaciones. Trabajas y trabajas, y nadie me viene en mayo con una lista de destinos para pasar tres semanitas de agosto. Además tu mujer y tus hijos hacen que no puedas elegir lo que a ti te gustaría: debes elegir lo que a todos convenza. ¿Descansar? ¿Dormir? Con los niños pequeños (suelen ser así hasta que se hacen más grandes) las “juergas nocturnas” están aseguradas. ¿Tres semanas seguidas? Ni de broma: con empalmar dos semanas, ya vas contento.

Y tan contento. Me quedo con mis vacaciones de ahora. Mis dos semanitas bien pegadito a los míos. Un año a la playa. Otro a la montaña. Port Aventura, Disney. Las caras de mis niños al ver a Donald. Los días que pasamos con los abuelos. Pisar bien el suelo. Estar de verdad en el mundo. Dormir en un parador auténtico. Pasear de la mano con tu chata mientras los niños se pelean a tu alrededor.

Y lo mejor de todo: cuando sacas el papel con la lista de excursiones (os acordáis que siempre salía con las mejores excursiones “ya completas”), no tienes miedo a que el plasta “Don Criterios” se apunte a tu coche, y te arruine la excursión. En mi coche solo van de excursión los míos.

Bon voyage.

Los bugas

No sé que edad tendrás tú. Si andas por los 40ypico y eras un españolito de a pie, de familia clase media, seguramente a los 18 años si habías conseguido carnet de conducir, lo que no tenías era coche. Hoy día ves a cualquier niñato de instituto con su 206-tuning-gps-alerón, con un equipo de música de nosemil watios. Pero en los 70 y aún en los 80, lo que se dice “tener coche” lo tenía tu padre.

Pero en la Casa, los coches nunca faltaban. La verdad es que en mis años de estancia en la casa pude disponer de multitud de distintos vehículos, de todos los tamaños formas y colores. Unos eran propiedad de una Fundación “relacionada” con un banquero “de la familia”. Otros eran del propio centro. Y muchos de ellos eran de los super de turno, que inconscientemente nos los prestaban.

¿Que te ibas de convi? Cochecito al canto. ¿Que organizabas una excursión? Cochecito al canto ¿Qué el coche del ctr estaba ocupado? Pues al teléfono y a recoger el coche: con el depósito lleno, claro, que semos pobres. Hay que ver. Nunca te faltaba el coche. De los compañeros de la facultad -y éramos bastantes- sólo recuerdo a uno que tuviera “su propio coche”, suyo y no de los papis. El resto, no tenía ni por asomo la facilidad que los de la Casa para montar un plan con carro incluido.

Y es que la motivación “apostólica” de los planes hacía que los supers se mostraran claramente desprendidos: incluidos mis papis, claro.

Así que durante la carrera y en los años posteriores, aunque nunca tuve coche propio, nunca me quedé en tierra por falta de él. Por mis manos pasaron fregonetas Transit con muchas butacas, utilitarios 600, todoterrenos, cupés de 2 puertas, . Un poco de todo. Cada ocasión propicia una necesidad diferente.

Lo mejor de todo, era que podías vivir el desprendi-miento de un modo inefable: como no tenías carro, el desprendimiento estaba facilito. Como tenías muchos coches en tu cartera de “posibles”... pues no te encaprichabas con uno en concreto. Y además ni tenías que preocuparte de hacer las revisiones.

¿Y qué ha sido de mi ahora? Pues a Dios gracias, pasaron los 80 y estamos en los 00, y tanto mi mujer como yo disponemos de carro propio. Los coches en sí no son un tema que me apasione, pero la comodidad que te dan en el trabajo y el ocio es innegable. Ahora sólo conduzco dos coches distintos, y no veinte, Me tengo que encargar de las revisiones, pagar el seguro y echar gasofa. Pero lo hago con gusto. Tengo un buen carro, y lo lleno con mis niños, y no como antes, que lo llenaba con niños de otros.

Por cierto. Antes de salir de vacaciones en coche, acordaos de mirarle los niveles y de inflar las ruedas. Y el chalequito fosfi, que no se os olvide.

Precaución, amigo conductor. Los trayectos cortos son los más peligrosos.

Las casas de la Casa

Hay que ver el concepto de clase media que tienen en la Casa. Y hay que ver lo que entienden por una “casa” acogedora, luminosa y limpia, de “clase media”, sin lujos ni loores.

La verdad es que en la Casa había dos tipos de casas, incluso se podría hablar de tres.

El primero lo formaban los “casas de jóvenes”. Ya sabéis: casas con apostolados sanrafael. Esas sí que eran bastante espartanas, más que nada por los ajetreos, los mogollones, las fiestas y el zumba-zumba. Eran casas con sofás de brazos de madera. Y si eran acogedoras, lo eran por el esfuerzo de nuestras hermanas pequeñas, que hacían un esfuerzo grande para que aquello pareciera una casa. Pero eso duraba poco. O mucho, si te transformabas en un eterno “numerario de sanrafael”. Lo normal, es que a los veintipocos, con la carrera terminada “pasabas” a sangrabiel.

¡Cómo se resistía la peña a “irse” a sangrabiel! ¡Parecía el destierro! Te imaginabas una casa muerta, sin cenas frías, sin fiestas ni peleas de almohadas (el infantilismo acababa calándote hasta los huesos). Pero héte que te héte, que cuando llamabas al timbre y salía a abrirte la puerta ¡una doncella!, y pasabas al oratorio ¡tan barnizadito y con los bancos tan mulliditos!, y luego te asomabas al salón ¡con sofás de brazos tapizados!... y esos peazos de marcos de fotos con los abuelitos,... Y qué decir del equipazo de música, con pletinas y platinas y cedes y nosequés. Y finalmente tu cuarto: TU cuarto, con TU baño. Nada de “literas-8” o del “vagón”, o como se llamara el último cuarto de tu anterior centro. Aquí tenías TU cuarto y TU baño.

¿Y cómo estaba decorada la casa? No sé si habéis leído el vademécum de los centros. Hay se dice que si muebles del rastrillo y esas cosas. Pero debe de ser para los paises “pobres”. De las muchas casas de “sanga” que conocí, la mayoría estaban amuebladas y decoradas con todo nuevo, de arriba abajo. No faltaba un detalle: cortinas, alfombras, adornos, colchas, menajes. Una pasta. Pero una pasta. Y esto lo sabes cuando “te vas” de la Casa, y tú solito te debes apañar tu pisito. Entonces –y sólo entonces- te enteras de lo que valen las cosas. Y te enteras, de la millonada que cuesta poner uno de esos “hogares sencillos y alegres" de la Casa.

Pero a lo que iba. El paso de sanra a sanga se te hacía más llevadero con eso de dejarte querer por la vida muelle y gustosa de los pisazos de sanga. Vida me marqueses, sí señor. Eso lo sabemos todos los que hemos estado y nos hemos salido y visto la vida fuera. Lo de que las casas de la Casa son (y cito extractos del Vademécum de los centros) “hogares acogedores, limpios —no se confunde la pobreza con la suciedad—, sencillos y alegres: éste es el denominador común de la sede de todos los Centros”, se queda un poco corto. Habría que decir mejor, que las casas de “mayores” son “hogares donde no falta un detalle, donde los sofás serán lo más cómodos posibles, donde las lámparas y mesas estarán acorde con nuestro porte distinguido y aristocrático, donde cada uno tendrá su propio cuarto con su propio baño, donde no deberá faltar aire acondicionado si es zona calurosa, etc”. Lo de que “el mobiliario se compra con espíritu de pobreza y con sentido común. Sería muy poco razonable adquirir exclusivamente muebles nuevos o, menos aún, diseñarlos y mandarlos hacer de encargo” es de cachondeo. Lo propio sería decir “de la instalación de los centros se encargará una de esas empresas de decoración que no son “nuestras”, pero como si lo fueran, que vienen con unos camiones y en dos días te amueblan y decoran un centro, hasta con ceniceros y jarrones. Y por supuesto que la boiserie de la sala de estar se hace a medida”. Justito, justito lo que dice el librito.

En conclusión. Que la Casa pone “casazas” para los carrozas. Y que cuando te sales, y te constituyes automáticamente en un españolito medio (perdón a los del extranjero), de verdadera “clase media”, que busca un pisito como puede, que debe pagar hipoteca y coche, que debes comprar el sofá del hipermueble a cómodos plazos y al tercer mes se te ha pelado el brazo del sofá, que debes hacer la compras y ver lo que cuesta el jamón y darte cuenta de que ¡también existe el salami... más baratito! Entonces, cuando de verdad palpas la realidad de la clase media, te das cuenta de que vivías en una casa de clase alta, muy alta.

Hemos hablado de dos tipos de casas. Nos queda la tercera. La de los Jefes. Todavía hay clases. Y en la Casa, más. La mejor tele, la mejor vajilla, el mejor oratorio (el más recargado, vaya), el garaje más amplio, el comedor más guachi: lo mejor, para los mejores. Y si te vas a Roma, ni te cuento. No sabía que para dirigir una institución religiosa la sede tenía que ser tan lujosa (apréciese el pareado). Y si te vas a NY, no dejes de ver el edificio que se ha costeado la Cosa para su “organización desorganizada”. Si hubiera sido una “organización organizada” el Empire State se les quedaba corto.

¿Y cómo vivo ahora? Pues ya sabéis todos. Empecé poco a poco. Un piso alquilado. Un pisito comprado. Hipotecas. Venta. Otro piso más grande. Más hipotecas. Problemas a fin de mes. Avanzando poco a poco. Consiguiendo sacar cabeza. Pero ahora vivo en MI casa. Decorada a nuestro gusto (de mi pichoncito y mío). Sin doncella de uniforme que abra la puerta, ni sirva la mesa. Con un comedor “integrado” en el salón (nada de “comedor” y “antecomedor”: demasiao lujos). Con un dormitorio compartido (es mucho más divertido, os lo aseguro). Eso sí: con baño propio. Los niños tienen otro para todos ellos. No tengo tapices, ni vajillas de porcelana, ni siquiera un mal retrato de “los abuelos”. Tengo afotos familiares (de verdad) en marcos de “todo a 100”, recuerdos de viajes, revistas sin censurar (no hace falta: no compro guarradas), libros sin clasificar, unos sofás muy sobaditos,... y no me puedo quejar. Ahora vivo mucho mejor que en esos estuches de terciopelo rancio que son las “casas de viejos”. Entra más aire, pues las cortinas están más abiertas. Vivo en mi casa, y todos sabemos cómo se disfruta “construyendo” poco a poco, con mucho esfuerzo, trabajo y sacrificio un verdadero “hogar cristiano luminoso y alegre”. Es muy difícil valorar lo que te dan “regalado” desde el principio. Se valora mucho lo que mucho te cuesta conseguir. Y la satisfacción es mayor.

Además he simplificado mi existencia:

  • el botiquín no tiene llave (no hace falta: no llegan los niños)
  • no tengo que hacer inventario de lo que tengo
  • puedo mover un jarrón o un marco de fotos sin pedir permiso a la comisión
  • no tengo que poner la fecha y lugar y asistentes a cada afoto que hago
  • no tengo que poner rejillas en las ventanas que tienen “vistas”
  • Las llaves R1, R2 y R3 se han reducido a una sola.
  • Puedo invitar a amigos a comer y no he de buscar un “agregado jubilado” ni una “numeraria camarera”: yo mismo sirvo la comida.
  • Cuando llevo a la canguro de vuelta a su casa no se piensa que yo soy el chofer. Y además he conseguido no pecar en ninguna de las ocasiones en que he llevado a una mujer en mi coche.

Suerte compañeros, que encontréis cada uno la casa de vuestro sueño.

Le politesse

¡Qué refinamiento! ¡Qué elegancia! ¡Qué modélicos modales! ¡Qué modelicos (sin tilde esta vez) lucían algunos mayores! ¡Qué suavidad en la formas! ¡Qué eduscación más fisna y pulidina! ¡Qué cojonudamente (exigencias del guión justifican el palabro) se hablaba y trataba en la Casa! ¡Cuanta finipoiez junta y condensada en tan poco espacio!

Hay que ver los esfuerzos formativos que hacía la Casa para que una panda de energúmenos de 15 años aprendiéramos a utilizar correctamente los cubiertos del pescado, a asearnos diariamente, a limpiarnos el morrete antes de degustar una copa de vino o a besar las manos de las señoras (ancianas, claro) con leve inclinación y sin beso de verdad. Que charlas más divertidinas, con una mesa de muestra donde figuraban todos los cubiertos, platos y vasos que puedan haber habido, y un voluntario de turno (todos corábamos el nombre del más garrulillo, claro) sentado espatarrao, intentando acertar el uso de cada uno de los cacharros tras la charla explicativa.

Recuerdo una charla muy divertida de un numerata chachi-guay, recién llegado del College Romanum, con un traje mil rayas (pantalón y americana) que incluso en aquellos finales de los 80 resultaba más hortera que Omaita. El tal figurín, al que no faltaba ni un cuidado bigote, nos explicaba las máximas que rigen las ciencias del vestir, y nos informaba que -con el tiempo, poco a poco- deberíamos ir completando un guardarropa que debería incluir: 14 mudillas (calzoncillos, vamos), 14 calcetines, 14 camisas y/o polos, trajes de invierno, trajes de verano,... Alucinante. (Lo del 14 tenía su explicación: la administración tardaba una semana en devolver la ropa de una semana echada a lavar y durante esa semana te ponías las otras 7 prendas). Para un chaval de 15 años, que en aquellos años de menos poderío económico, tenía la mitad o menos de lo que decía el bigotín, aquello nos sonaba a marqués de monistrol.

Y con tanta charlilla, y tanto ejemplo de los “mayores”, y acompañamiento de compras a completar el ajuar numeraril, pues resulta que te plantabas en los 18-20 años, en tu Centro de Estudios, y aquello parecía la pasarela Cibeles pero al revés. Todos los chavalines (¡y entonces me creía muy mayor!) a la oración de la mañana, con sus chaquetillas, corbatas y pantalones con rayina planchadina. Nos creíamos la creme de la creme de monparnase. ¡Éramos la aristocracia de la inteligencia! Vaya rancio abolengo, más rancio y poco natural.

A los dos o tres años del centro de estudios, te daban tu destino, en el que normalmente la politesse se relaljalgaba un poquitín, pero en el que seguías manteniendo tu “clase” superior y tu chaquetilla sobre los hombros en los días de verano que apretaba la calor. Pero ahí ya te permitías ir a la oración matutina sin corbatina, por ejemplo.

Con los años, te ibas curando un poco de tanta politesse y veías entonces que los más jovencitos vestían más de “mayor” que tú mismo, que ya habías alcanzado un cierto nivel de “espíritu propio” en el vestir, no demasiado bien visto, pero más permitido que otras cosas.

El resumen de la politesse de la Casa, es que disfrutabas de un entorno de rancio abolengo con aroma a atkinsons (por cierto, dicen que el Santo Fundador usaba atkinsons, aunque el Vademécum de los curas dice “a veces puede ser conveniente —por el clima, o por el tipo de trabajo— usar una colonia moderada; pero nunca un producto exagerado; por eso, en los países donde no hace calor, como principio general para un sacerdote prudente, más que oler bien, lo mejor es no oler a nada”: se explica, creo yo, que el Fundador usara colonia por el fuerte calor romano). Vivías en un entorno de señoritingos donde para comer todos se cubrían el brazo hasta la muñeca. No debías soportar la contemplación de tus compadres en zapatillas de estar en casa: todos circulaban en “sebagos” por la casa, y solo se usaban las “zapatillas” para ir de tu cama a tu baño. No tenías que sufrir los pelos despeinados de nadie en el desayuno: todos acudían duchados, afeitados, peinados y rezados. No debías soportar los malos modales de nadie en la mesa: todos estaban muy bien aleccionados en el modo de comer el pescado sin pincharlo, y por ello no sentías zozobra alguna. No veías las canillas peludas de nadie en la tertulia, pues todos usaban calcetines, incluso en verano.

La conclusión es que esa politesse ayudaba a que personas de distintas edades y lugares del mundo, cada uno hijo de su padre y madre, pudieran convivir bajo un mismo techo “por vínculos sobrenaturales” sin tener que sufrir más que lo preciso por las cadaunadas de cada uno.

¡Pobretín de mi fuera de la Casa! ¡A merced de las modas libidinosas! (Por cierto, y hablando de modas hago un intersticio: los que no leéis el Telva últimamente ¡no os podéis hacer una idea de cómo está! Algunas fotos de cremitas parecen del Interviú. No sé yo lo del apostolado de la moda... parece que ha bajado el listón). ¡Pobre de mí teniendo que soportar las canillas peludas de mi suegro, nada más despertar ante los gritos que se dan mis cuñados! ¡Qué decir de los atuendos que he de soportar en las iglesias, donde la gente acude sin corbatas! (Aquí he de hacer otro inciso: no estoy en absoluto de acuerdo con la forma de vestir de muchos feligreses, que acuden a la Misa igual que a la playa,... pero que no se les ocurre ir a trabajar del mismo modo cutre que van a Misa). ¡Qué sopetón me da ver a mi cuñá untando el pan en manteca colorá!

Ahora, en mi casa, las normas las pongo yo. Vamos, que las propone mi chata y yo las apruebo yo. Como ha de ser. Visto como quiero. Procuro que mis hijos sean educados, sin chorradas ni puntillitas. Procuro inculcarles respeto: respeto a sí mismos y a los demás. Y no me altero por las cañillas de mi suegro. Me quedo como estoy. Una vez más triunfa la libertad. Se puede ser educado y elefante sin caer en lo pedante.

Y ante la duda: abrir un botón más de la camisa (ellas o ellos), que estos días hace mucho calor para ir de mangaentera.

Los dineros

Ultimamente se publica tanto que no me da tiempo a escribir. Después del verano pensaba escribir algún Toma y Daca más, pero leer toda la correspondencia me lleva el poco tiempo que tengo disponible.

Sin embargo, al leer los correos de hoy se me ha venido a la cabeza una idea sobre el manido tema de los dineros, y como no quiero que caiga en mi olvido me aplico a la tecla.

Se nos ha dicho siempre que la Casa es una “organización desorganizada”. Y todos sabemos que los militantes son “cristianos corrientes en medio del mundo”. Y además, la Casa como tal, tener no tiene casi nada. Son los miembros los que desarrollan libre y responsablemente las distintas obras de apostolado (colegios, etc) sin que la Casa no haga otra cosa sino aportar sacerdotes (dirección espiritual).

Vale.

“...dentro de la Obra, cada uno piensa en esta familia sobrenatural, muy numerosa y con grandes necesidades”

“...forman parte de una nueva familia numerosa y pobre, con muchas obligaciones que cumplir y continuas necesidades que atender”

¿Vale?

Pues aquí hay algo que no cuadra. Y es cuestión de hacer unos números.

La Casa se compone de Numes, Agregados y Supers.

Los Supers (son la mayoría) se mantienen a sí mismos, a sus familias (habitualmente muy numerosas) y además aportan a la Casa todo lo que pueden. Es decir: no son una carga para la obra, sino todo lo contrario. Por ahora el “balance” económico sale positivo.

Los Agregados. Son minoría, pero igualmente mantienen sus hogares y lo que les resta va a parar a la caja del centro. Habitualmente no tienen hijos que mantener. Sin embargo sí que pueden tener otras obligaciones familiares “onerosas”: padres, hermanos menores. De todos modos, por lo que yo he visto (un ctr de agr jóvenes y otro de agr mayores), el balance medio era claramente positivo: la Casa gana.

Quedan los Numes. Por cada centro de jóvenes puede haber (por lo menos lo había en mis tiempos) dos o tres de mayores, sino más.

Centro de Numes mayores. Cristianos corrientes en medio del mundo. Talentos medios que con mucho esfuerzo han sacado las mejores notas en su carrera. Esforzados trabajadores. Leales. Honrados. Vamos, unas joyas. Lógicamente despuntan en sus profesiones, y ganan “una pasta”. Viven en centros de unos 12-15 individuos, de los cuales unos 2 son curas. Es decir, que por cada ctr hay unos 10 que ganan un buen dinero. Si son cristianos corrientes en medio del mundo, y además son “lo mejor”, la “élite”, cada uno de ellos sería capaz de por lo menos lo que hace un super: mantener mujer y 5-8-10 hijos, y además aportar dinero al centro. Pero, habitualmente, los Numes no tienen mujer ni hijos. Tampoco un BMW, como muchos super. Tampoco cenan fuera, y si lo hacen suelen ir de gorrones. Tampoco se costean un apartamento en la playa. Y además son diez (10). Son como 10 supers solteros y austeros. Y dando todo a la Casa.

¿Qué gastos tienen? Entre los diez deben sostener una casa y mantener a los dos curas. Se supone que el director curra como todos, ya que tiene las tardes y los fines de semana para la “desorganizada organización”. Digo yo que por muy guachi que sea la casa, muy del barrio de Salamanca, serán capaces de tener todavía un superavit de la berza. El balance de la Casa sigue siendo positivo.

Centro de Numes jóvenes. Unos 16 estudiantes y un cura. Habitaciones compartidas, triples y séxtuples. Baños comunes. Todo muy de batalla. La media de cocina menor que la de los viejos. A duras penas salen a flote. La pensión se calcula para que se cubran gastos. Pero entra campañas económicas, clases particulares y demases, se puede dejar el balance económico a cero: la Casa ni gana ni pierde.

Queda la Dele, la Comisión y Roma: la “pequeña” estructura de esta “organización desorganizada”. Con todos los superavits de Super, Agregados y Numes mayores, digo yo que los 30-80 centros de una Dele podrán mantener a las 30 (por poner un número) personas que “viven de la dl”. No tocan ni a un “liberado” por centro. Y entre todos los miembros de una región se costeará muy holgadamente a los “liberados” de la Comisión. Y entre los 80.000 miembros con que 25.000 se dejen de tomar un café al día (1 euro) pueden juntar 1.500 “kilos” (de los de antes, de pesetas) para mantener a los de Roma (digo yo que llegará para tratarse de algo “sin mucha organización”).

¿Dónde están las grandes necesidades que mantener?

¿Familia numerosa y POBRE? Porque cuando dicen esta frase no lo dicen en el sentido de que “viven la pobreza”. Lo dicen para expresar que les hace falta dinero, que no tienen un duro, etc.

¿No es esto alucinante? A los Supers se les exige mantener una familia numerosa y además mantener la Casa... Pero la Estructura de la Casa no es capaz de mantenerse a sí misma, a pesar de estar formada por un 80% de miembros “productivos”, y ha de estar siempre lloriqueando con el tema del dinero, racaneando las Ayudas y fomentando el pedir Donativos.

Porque en este Balance global vamos a dejar fuera los Colegios, Universidades, Colegios Mayores, Hospitales... En primer lugar porque no “son” de la Casa: son “labores personales”. En segundo lugar, porque no son gratis (al menos la mayoría), y se mantienen perfectamente con las cuotas, matrículas, etc. Al igual que el resto de Colegios, Universidades, Colegios Mayores, Hospitales, etc que llevan los “hijos de las tinieblas”.

Y algunos dirán: “Te olvidas de Tajamar, de los centros asistenciales del Perú y de la Universidad gratuita de los zulúes”. Efectivamente. Pero esas obras asistenciales que son Corporativas (propias de la Casa) las debería llevar la Prelatura dentro de su presupuesto global, viendo hasta donde llega y hasta donde no, porque ESAS OBRAS QUE SON LAS QUE “DICEN” QUE HACEN QUE EL BALANCE SEA NEGATIVO, SON LO ACCESORIO DE LA OPUS.

La Opus fundacional no es la formada por casas, centros y colegios. La Opus fundacional se desarrollaba en parques y "sotanillos", de tú a tú.

¿No dicen que “son una inyección intravenosa” en la sociedad?

¿No es lo suyo el apostolado de amistad y confidencia?

¿No se dan los círculos en las casas de los supers?

¿Hace falta que la red de Paradores españoles envidie algunas casa de retiros (labores personales, por otra parte)?

Con el balance económico tan positivo, antes expuesto y con las características del apostolado “propio” de la obra, que no precisa de grandes medios... ¿cómo es posible que prediquen a los cuatro vientos que son tan pobres y que les hace falta tanto dinero para las "labores"?

La respuesta, bajo mi punto de vista, está clara. El apostolado de la Casa realmente no es de amistad y confidencia. Si así fuera, y si no hubiera esa manía de feroz proselitismo, yo recomendaría a todo el mundo que se apuntara a la Casa. Ser un cristiano sencillo que hace apostolado entre sus amigos y compañeros, y procura ser santo en su vida ordinaria. Muy bonito y muy sencillo. Pero esa cacareada sencillez no existe.

El apostolado de la Casa es de mucha estructura, muy falsa amistad y falsa confidencia. Con el afán de que piten 500, de ser más, de ir a más ciudades, a más países, no hay más remedio que crear “invernaderos”. No es suficiente que la cosecha sea en tierra de secano. Hay que producir más: dos o tres cosechas al año. Y venga colegios, clubs y parafernalias. Y actividades, y esquiadas, y la caza del mono. Amistad de pegatina y confidencia mecanografiada y trasmitida a los 5 vientos. Y lo que iba a ser una “organización desorganizada”, donde cada uno hace apostolado con 12-15 amigos (hay que ver que hasta el número de amigos estaba contado: ¿por qué 12-15 y no 16-18 ó 10-12?), se ha transformado en un peazo de Parque Temático Espiritual, donde lo importante es organizar mucha actividad, hacer número, rellenar estadillos y cumplir objetivos. ¿Se parece esto a lo dicho primero? ¿Es esto una inyección intravenosa o es más bien un cataplasma de tomo y lomo?

Pues yo pienso que ni aún así, ni con todos los gastos que suponen esas casas y montajes, se justifica el “qué pobrecitos somos...dadnos dinerillo por favor, que es para los apostolados”. Pienso que el balance económico antedicho da para poder amueblar todos los centros con la Lemos, y para gran parte de los montajes superpuestos, que se financian además por lo que se cobra por ellos.

¿Será entonces que el pretendido déficit lo ocasiona la estructura interna, que no es tan exigua como debería? ¿Será que los "liberados" son muchos más? ¿Será los Numes mayores no son realmente los “punta de lanza” en sus profesiones, no ganan tanto y además se han convertido, en un 50%, en profes de coles afines? ¿Será que los 10 Numes productivos de cada centro son menos a causa de “bajas por enfermedad” y “bajas por abandono”?

Yo pienso que será un poco de cada cosa. La Estructura debe de comerse también mucho del balance positivo, porque es mucho mayor y más organizada de lo que se dice. Mucha gente trabajando en control: control de personas, de cosas y de dinero. Eso es una Delegación.

En resumen. La Opus como “teoría de funcionamiento”, está llamada al superavit. Es imposible que tenga déficit: todos trabajan, todos aportan, todos son sobrios, unos pocos forman la estructura y su apostolado normal es entre amigos. Y sin embargo les falta el dinero (eso dicen). Y piden, y piden,... Y escatiman, y escatiman,... (seguros sociales, ayudas familiares,...)

Y me he dejado en el tintero las "donaciones" millonarias que en casos concretos (tampoco son cientos los mecenas del espíritu) recibe la Casa. Muchos, pero que muchos millones. Y tampoco hemos añadido las aportaciones de los Cooperadores.

Vamos, que las cosas no cuadran. Y por eso me parece indigno y bochornoso que se dediquen con descaro a pedir dinero para las “labores”. ¡Mantened vosotros vuestras labores! ¡Haz tú (numerario de tardes tranquilas y tenis los sábados) horas extraordinarias o busca un segundo trabajo, que es lo hece un cristiano corriente cuando necesita más dinero! ¡No alargues el brazo más que la manga! ¡Paga lo que debes! ¡Pide menos y trabaja más! ¡No tengas sirvientas si no puedes pagarlas! ¡Sé coherente con la doctrina que predicas y haz un verdadero apostolado entre tus verdaderos amigos (1 ó 90), siendo uno más entre los demás! ¡No comas el tarro a niños de 14 años, ni les montes casitas de caramelo para que acudan a tí!

Opusianos: llevad a la práctica lo que predicáis. Contad bien lo que ganáis con vuestro sudor y sabréis lo que os podéis gastar en vuestros paradores. Pero después de vivir como rajás no tengáis el morro de ir pidiendo dinero a los que viven como parias. Si queréis más dinero: trabajad más. Sed "seculares", y no "monjas de invernadero" (que me perdonen las monjas).

Y si os falta dinero, siempre podéis amueblar vuestros centros con sofás del Carreful (yo lo he hecho), y no gastaros los dineros en los caros servicios de la Lemos de turno.

Amores

En la más reciente correspondencia, se ha tocado el tema del corazón. En uno de esos correos, Emeve nos abre su corazón y nos cuenta su “[Sobre la guarda del corazón|guarda del corazón]]” durante sus años opusinos, y el estado en que quedó tras su paso por la Casa. Te deseo Emeve que encuentres tu amor verdadero.

Yo, como todos, también tenía mi corazoncito numeraril. Y a mi también -como a tantos de vosotros- me robaron esos años donde la adolescencia te despierta el interés por esas personas de ojos brillantes e incipiente busto que circulan a tu alrededor.

A mis 14,5 añitos ingresé en Ello, y como desde años antes ya era chico “del club” -pero de esos de 8 días por semana-, mi corazón se vio privado de los más elementales tonteos y flirteos juveniles. La verdad es que a tan corta edad no te enterabas de lo que dejabas. Solo un tiempo después, con 16-18 años, te dabas cuenta de que las chicas existían... pero no para ti.

De entrada, chicas no. Lo asumías. Te “programaban”. Lo tragabas. Pero castrarte, lo que se dice castrarte, no lo hacían. Sin embargo, el mayor problema no era el impulso animal. Lo difícil de verdad era “castrar el corazón”. Eso era imposible.

Te encontrabas en esos años en que descubres que además del “yo” están los “otros”. Y entre esos “otros”, descubrías que existía un 50% de “otras”, pero que para ti como si no existieran. Pero no solo descubrías que están “los demás”: sentías verdaderos deseos de estar, relacionarte, jugar, salir, hacer amistades, tener tu pandilla. Vamos, lo normal de la edad. ¿Pero qué programaba para ti la santa Casa? Pues todo lo contrario. Para empezar, está claro que las chicas ni olerlas. Pero lo peor es que con los chicos tampoco podías ir de pandilla, hacer excursiones, etc, de un modo normal. Eso no podía ser. Los opusinos éramos los “pitufos” (asín nos llamaban en el cole). Y con los pitufos nadie quería ir. Recuerdo los años de bachiller como los peores años de mi vida. Pero cuando digo peores es “los mucho peores”. Recuerdo esos recreos del colegio (los descansos entre clases) que se me hacían interminables, buscando algún “objetivo apostólico” a quien invitar a una meditación, sin tener una pandilla clara (mis amigos de siempre eran obviamente “chicos de club” como yo, y como todos pitaron dejaron de ser amigos y pasaron a ser “hermanos”, con la consiguiente indicación de “no podéis estar juntitos los de Casa: debéis abriros en abanico). Pues eso: recreos que no terminaban, compañeros que te esquivaban, conversaciones a las que no eras invitado, planes para los que no contaban contigo, incipientes amistades desbaratadas por la mediatización que se hacía de la amistad.

¿Y dónde quedaba el corazón? Perdido. Solo. En una edad en la que se va forjando la personalidad, una de las facetas fundamentales de la persona estaba coja, manca, ciega y sorda.

¿Qué cuál era la farmacopea de la Casa? ¡Pon el corazón en Dios! ¡Reza a la Virgen, que es tu madre! ¡Escribe al “Padre”! ¡Haz corrección fraterna! ¡Ten doce ó quince amigos (¿cómo?)! Pero tate, resulta que no somos ángeles. El ser humano precisa de roce, trato, caricias, confidencias, besuqueo. ¡Cómo gónadas se puede “forjar” a un muchacho, capando de facto su corazón! ¡¡No es posible!! A lo mejor un viejo pellejo, hastiado ya de la vida, puede prescindir de su corazón. A lo mejor un niño de 3 años (he tenido varios) puede estar centrado en su “yo” y vivir sin más aliento que el de su madre, y pasar del resto. Pero con 15, 16, 18 años, no se puede vivir con el corazón enjaulado y aplastado.

El resultado era claro. En tres años, de la quincena de pitajes del curso quedábamos tres o cuatro. Yo pienso que se fueron porque no aguantó su corazón. A esa edad, el corazón danza sin parar buscando pareja de baile. Y llegado un momento, ya no puede más.

Yo, sin embargo, aguanté quince años más. Pienso que me educaron en una firmeza de objetivos, en una tozudez en concluir lo empezado. Mi corazón se arañó, quedó arrugado, y metido en un sótano. Estoicamente pasé de él durante años, hasta que ya no pude más, y empezó a salir poco a poco.

La Opus me robó unos años del corazón que ya no volverán. Ahora, cuando veo los tonteos de los chavales de 15 años, cuando escucho a mi mujer contar sus batallitas adolescentes, me doy cuenta de que me robaron la edad más bonita y efervescente de una persona. Este es el “Toma” de lo que cuento hoy: la Opus me robó el corazón y no lo hizo para quedarse con el, sino para guardarlo para nadie bajo muchos cerrojos.

Sin embargo este “Toma” tiene su “Daca”. A día de hoy mi corazón está fresco y jugoso. Con mis cuarenta y pico tacos disfruto de tonteos con mi chavala del alma. Nos mandamos mensajitos de amor. Beso a mis hijos todos los días, y les digo “te quiero”. He tenido la suerte de colmarme del amor que se me negó en mi juventud. Lo bueno vino por lo malo. Ahora me contento pensando que si no fuera por mis años de militancia en la Casa, no hubiera llegado a donde estoy. Cada día llevaba al siguiente, en un largo camino hasta que encontré a mi media naranja. Veo muy difícil que nos hubiéramos conocido de no mediar los envíos y reenvíos que la Opus hace con sus miembros. Tal vez si hubiera espantado a los 16 años, como tantos otros, estaría casado con otra mujer, e igualmente satisfecho... pero también es posible que me hubiera equivocado de mujer, o que fuera un amargado.

Donde estoy, y con lo que tengo, hoy día no me cambio por nadie. Doy gracias a Dios, que de verdad escribe recto con renglones torcidos.

Mi balance en tema de amores tiene un claro vencedor. Se puede disfrutar del amor sin renunciar al Amor. Se contempla con mucho más amor al Amor, cuando ves que ese Amor ve con buenos ojos que tu corazón lo llenes de otro amor.

El proceso que lleva a sacar el corazón del sótano hasta la luz del amor, es ya otro tema.

Dejo ya la tecla, que hoy está pelín cursi y pringosa.

Amor a todas.

El túnel del tiempo

Cuando eres niño, hay recuerdos que se te quedan grabados con una intensidad especial. Uno de esos recuerdos de mi infancia es el de un centro de señoras al que mi madre acudía a veces a hacer la Visita, y que no quedaba muy lejos de mi casa. Debería tener yo unos 6 flanpantes años. Los suelos eran de madera, y crujían al andar. La entrada era grande, y conducía enseguida a un oratorio muy oscuro. El silencio en la casa era mayúsculo. Me parecía que todos hablaban en voz baja, como en cuchicheos. Y yo, por supuesto, ni palabra.

Está claro que esos recuerdos de hace más de 35 años deben tener un mediano parecido con lo que era la realidad de esas fugaces visitas al centro de mi madre. Pero lo que no dudo que debe permanecer invariable, es la decoración y ambiente de esa casa... si es que permanece.

Tiempo después, entré en muchos otros centros de la Cosa, y esa sensación de mi infancia se volvía a repetir en un determinado aspecto.

La Cosa se jactaba de ser la “vanguardia de la inteligencia”, “más del mundo que el propio mundo”, siendo “los demás” y no “como los demás”, y bla, bla, bla,... Según la Cosa, nosotros éramos “uno más”, totalmente integrado en nuestro tiempo.

Pero cada vez que yo atravesaba el umbral de la puerta de entrada, ¡¡¡flashhhhhh!!! Parecía que pasaba a través del túnel del tiempo. Del bullicio de la calle, de los escaparates, de la música en casa de tu amigo, de las migas del bocata en el salón de la casa de otro amigo, del sofá de color fosforito comprado en Pryca por un colega de trabajo, del poster del Betis en el cuarto de un hermano, de la repisa del baño atiborrada de botes y cremas, de eso y mil cosas más que son habituales en las Casas “normales” de gente “normal”, pasabas a un mundo anclado en los años cuasenta o serenta o nosesabequé.

La “casa”, el “hogar luminoso y alegre”, era un piso decorado generalmente con sabor antiguo, donde se repetían unos cuadros “familiares” de unos señores que no eran ni tios ni abuelos de ninguno de los allí presentes. Al entrar, una doncella vestida en plan “casa de los marqueses” te habría la puerta. En el hall nunca podías ver nada fuera de sitio. No se escuchaba ni una radio, ni un tocata, ni por supuesto la tele. A pesar de ser la “casa” de todos los que allí residían, nadie iba en zapatillas por la casa. Las habitaciones estaban todas decoradas con igual impersonalidad. No veías una fotos de seres queridos, ni un póster de Indurain o de Magic Jordan. Todos eran muy amigables, pero un poco abducidos. No te invitaban nunca a merendar y menos aún a comer o cenar. Veías entrar a un cura con chaqueta y pantalón y al momento lo veías circular con sotana. A parte de las doncellas que habrían la puerta, no se veía ni escuchaba a mujer alguna. Si te gustaba algún elemento decorativo y preguntabas al que había vivido en ese centro desde que se abrió que dónde lo habían comprado, te contestaba que no tenía ni idea: que un día vino un camión y en una tarde montaron toda la casa, ceniceros incluidos. Y si te asomabas al comedor a mediodía veías como las doncellas elegantísimas servían la mesa a una docena de muchachos que un su vida “anterior” no habían visto a más doncellas que a las que salen en las películas de Sissí.

Han pasado más de 10 años desde que dejé la Cosa, y a los recuerdos de mi infancia se unen ahora recuerdos de mi juventud numeraril. Y uno de esas sensaciones que me vienen a la cabeza es esta del “túnel del tiempo”. No sé si a otros les pasará lo mismo, pero llegar del “mundo mundial” de los años 90 y entrar en una “casa de la Cosa” era como pasar de un mundo a otro.

La Cosa teme al “mundo” y se defiende aferrándose a lo “seguro”. En decoración, teología, liturgia, literatura, etc, se acude a “los clásicos”, a lo que “nuestro padre vio en 1930”, a la “doctrina de siempre”. Y como resultado de todo ello, entrar en una casa de la Cosa es retroceder en el tiempo. Ya nadie tiene doncellas en su casa, y si las tiene no van con esos uniformes. Ya nadie tiene “salitas de recibir”. Se puede tener una casa muy ordenada sin recurrir a un plano que indique en qué posición va un jarrón. Los años 30 (del siglo XX) cada vez quedan más lejos, y cada vez es mayor la brecha que se abre en los umbrales de las casas de la Cosa. Cada vez el salto en el tiempo es mayor, y llegará un tiempo en que l@s numerari@s tendrán que optar por la doble personalidad para aguantar la doble vida que llevarán a uno y otro lado de la Puerta.


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