Sugerencia para las ediciones críticas de Surco y de Forja

From Opus Dei info

Por Giovanna Reale, 9 de noviembre de 2007


En primer lugar deseo felicitar cordialmente a Oráculo por su magnífica aportación “La patología narcisista del Opus Dei”, en la que nos hace saber que el verdadero autor de Forja no fue san Josemaría Escrivá, sino el sacerdote numerario Ignacio Carrasco.

Aunque no tengo la buena información que posee Oráculo, siempre que he leído Surco y Forja, libros publicados póstumamente tras el fallecimiento de su autor en 1975, he tenido la sincera impresión de que la redacción definitiva y publicada de esas dos obras no se corresponde con lo que originariamente debió de escribir su supuesto autor, Josemaría Escrivá. Mi sospecha o intuición se fundamenta en características de esas dos obras como las siguientes: mientras en Camino (1ª edición: Valencia 1939) el capítulo 38 está dedicado al tema del “Proselitismo” (puntos 790-812), en Surco y en Forja no aparecen en ningún momento ni el sustantivo “proselitismo” ni el adjetivo “proselitista”; además, en Surco y en Forja se evitan expresiones desafortunadas como “santa intransigencia”, o “santa coacción”, así como afirmaciones machistas o antiecuménicas que todavía se leen en Camino; igualmente, Surco y Forja sorprenden porque están mucho más próximas a la sensibilidad del Concilio Vaticano II (1962-1965) que la primera obra de la trilogía. ¿Acaso todo esto no es algo extraño en libros de un mismo autor, supuestamente compuestos más o menos en el mismo marco cronológico de los años 30 y 40 del siglo XX? El hecho de que Surco y Forja se hayan publicado póstumamente podría explicar que se hubieran suprimido en Surco expresiones malsonantes y se hubieran añadido matices de puesta al día y también explicaría que Forja hubiera sido redactada casi en su totalidad, según la afirmación de Oráculo, por un discípulo fiel de Escrivá, Ignacio Carrasco, siguiendo las directrices de Álvaro del Portillo, entonces Presidente General del instituto secular Opus Dei y, a partir de 1983, primer Prelado Personal de la Prelatura del Opus Dei...

En realidad, no soy la primera persona que sospecha que, en la redacción definitiva de Surco, haya intervenido un segundo autor. El 28 de noviembre de 2004, Compaq y Brian publicaron en Opuslibros un artículo titulado Sobre el ecumenismo –y otra profecía fallida–, cuya lectura recomiendo vivamente, pues en él se atrevieron a cuestionar, al menos parcialmente, la autoría de Surco atribuida a Escrivá.

Más todavía. El Instituto Histórico San Josemaría Escrivá, que se propone publicar las ediciones críticas de todas las obras de este santo, ha publicado ya la edición crítica de Camino: Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino. Edición crítico-histórica preparada por Pedro Rodríguez, ed. Rialp, Madrid 2002 (Instituto Histórico Josemaría Escrivá – Roma: Obras completas del beato Josemaría, serie I, volumen 1). Varios fueron los objetivos del profesor Pedro Rodríguez (Facultad de Teología de la Universidad de Navarra) en este trabajo, aparecido el año 2002, primer centenario del nacimiento de Escrivá y año de su canonización: 1º) mostrar cronológicamente y con gran rigor las fases redaccionales de Camino; 2º) situar esta obra en la historia de la espiritualidad cristiana, como si Camino fuera un hito, en parte, enraizado en la más rancia tradición espiritual de la Iglesia y, en parte, portador de sustanciales novedades para la teología del laicado; y 3º) contrarrestar las críticas negativas que Camino ha recibido por parte de teólogos como Hans Urs von Balthasar y de sociólogos como Alberto Moncada y Joan Estruch, entre otros. Aunque el editor Pedro Rodríguez no lo diga expresamente en el prólogo de su obra, un lector atento de esta edición crítica se percata de su carácter “apologético”, pues Rodríguez pretende disimular el integrismo teológico y las deficiencias eclesiológicas que von Balthasar detectó en Camino y también pretende presentar a san Josemaría Escrivá como pionero en el siglo XX de la teología del laicado y de la espiritualidad de la santificación del trabajo profesional.

Por eso, afirmar que Forja haya sido redactado por Ignacio Carrasco no es exagerado, sino coherente del todo. Es una maniobra más en la línea de crear y afianzar una “versión oficial” o “mito” que no se corresponde en verdad con los acontecimientos históricos realmente acaecidos en la etapa fundacional de la Obra. En el caso de Camino la maniobra ha consistido en una edición crítica que edulcora los contenidos negativos del libro, y en el caso de Forja la maniobra ha consistido, si es cierta la acusación de Oráculo, en escribir el libro tras la muerte de Escrivá. Tanto en un caso como en otro predomina la intencionalidad de afianzar esa “versión oficial” que engrandece la figura de san Josemaría e infla su pensamiento teológico, modificándolo.

En ambientes filológicos existe el término técnico de “pseudoepigrafía” para referirse al hecho de que una obra no haya sido escrita por quien consta que es su autor, sino por un discípulo suyo; con ello se trata de actualizar el pensamiento de un maestro consagrado, tras la muerte de éste, componiendo una obra nueva, cuya autoría se atribuye al maestro difunto. En la Edad Antigua y en la Edad Media, cuando aún no existía el concepto moderno de “propiedad intelectual” (ni el de derechos de autor o copyright) originado con la Ilustración del siglo XVIII, se practicaba con relativa frecuencia la “pseudoepigrafía”, ya que, de esa forma, haciendo creer que el autor de una obra era el sabio maestro, ésta adquiría más autoridad entre los lectores. Por eso, tarea de los filólogos actuales es detectar cuáles obras atribuidas a un autor antiguo o medieval son auténticas o, por el contrario, pseudoepigráficas.

Puedo aportar algunos ejemplos de “pseudoepigrafía”:

  1. De los catorce libros de que consta La Metafísica de Artistóteles (384-322 a. C.), alguno de ellos parece que fue compuesto por su discípulo Teofrasto (372-288 a. C.) tras la muerte del maestro, aunque la tradición manuscrita de esas obras atribuya la autoría de todas ellas a Aristóteles.
  2. Incluso en el Nuevo Testamento, cuyos libros se compusieron en la segunda mitad del siglo I y a comienzos del II d. C., se ha postulado que las llamadas epístolas pastorales de san Pablo (las dos Epístolas a Timoteo y la Epístola a Tito) y otras epístolas, como las dos Cartas de san Pedro, fueron compuestas años después de la muerte del correspondiente apóstol siguiendo la técnica de la pseudoepigrafía; esto no niega que esas epístolas estén divinamente inspiradas ni sean libros sagrados, pues los discípulos del apóstol Pablo y de otros apóstoles sí pudieron recibir el carisma de la inspiración mientras redactaban esas cartas; según establece el actual estado de la investigación histórica y teológica sobre los orígenes del cristianismo, el llamado “período apostólico” no coincide necesariamente con la muerte del último de los Doce Apóstoles, sino que se extiende algún decenio más en el siglo II, de modo que todos los libros del Nuevo Testamento se compusieron, divinamente inspirados, en el “período apostólico”.
  3. De las muchas obras que durante la Edad Media se atribuyeron a la autoría del obispo san Isidoro de Sevilla (560-636 d. C.), se sabe a ciencia cierta que algunas no fueron suyas y se denominan “obras pseudo-isidorianas”.

En la Antigüedad y en el Medievo la práctica de la pseudoepigrafía no era considerada inmoral, sino que respondía al concepto de “tradición escolar” y se encuadraba en lo que modernamente denominamos labor hermenéutica de actualización del pensamiento del maestro: los buenos discípulos podían poner al día el pensamiento de su difunto maestro componiendo obras nuevas, cuya autoría atribuían a la autoridad de ese prestigioso sabio.

Pero con Surco y Forja no nos encontramos en la Antigüedad ni en el Medievo, sino en el siglo XX, cuando ya está acuñado el concepto de “propiedad intelectual”. Por eso, lo que en otros momentos de la historia no era inmoral sí puede serlo ahora. Nadie impide que el Opus Dei actualice y ponga al día sus presupuestos teológicos y su espiritualidad; lo que sí se le pide es que lo haga honradamente, respetando los textos tal y como los escribió su fundador y no manipulando ni desfigurando los acontecimientos históricos del período fundacional de la Obra con el fin de crear el “mito” de san Josemaría.

Los directores del Opus Dei saben muy bien qué es la propiedad intelectual de un escritor. En las publicaciones internas de la Obra, por ejemplo, cuando se citan textos de nuestro Padre (es decir, de san Josemaría), se destacan tipográficamente por un “entrecomillado” o por letra cursiva o negrita o por “todo a la vez”. Así se realza la autoridad del texto citado, pero también su “propiedad intelectual”. Además, los libros de Josemaría Escrivá publicados por la editorial Rialp (Madrid) tienen su copyright.

Todos sabemos que, en el siglo XX, algunas casas editoriales han incurrido en la corruptela de hacer trampas con la autoría de novelistas muy populares. En efecto, cuando algún escritor ha tenido gran éxito de ventas con sus “best-sellers”, la casa editorial ha recurrido, a veces, a la colaboración de un “negro” (o “ghostwriter”, escritor fantasma) para aumentar la producción bibliográfica de ese novelista famoso y engrosar así las ganancias económicas con obras que realmente no compuso el famoso autor. Este modo de proceder no es “pseudoepigrafía”, sino una inmoralidad de la economía de mercado.

Y, regresando al caso de Surco y, sobre todo, de Forja, nos encontraríamos con una triple inmoralidad, a condición de ser ciertas la acusación de Oráculo y nuestras suposiciones:

  1. haber recurrido a un “escritor fantasma” para su redacción definitiva (o total en el caso de Forja) y haber creado conscientemente una grave confusión acerca de la “propiedad intelectual” de las obras de san Josemaría que, paradójicamente, tanto se resalta en las publicaciones internas del Opus Dei;
  2. fundamentar una “versión oficial” que desdibuja y manipula, mitificándolos, los hechos históricos de la vida real de Escrivá, así como su pensamiento teológico, y también del período fundacional de la Obra; y
  3. haber presentado el libro Forja en el proceso de beatificación y canonización de Josemaría Escrivá como si fuera un libro auténticamente suyo (y no pseudoepigráfico). Esto es mucho más grave que la corruptela de algunas casas editoriales cuando hacen negocio recurriendo a los “escritores fantasma” que componen escritos por otra persona.

Para despejar todo tipo de dudas, Oráculo (26.10.07) recomienda a la Santa Sede que haga declarar bajo juramento a Ignacio Carrasco sobre esta cuestión. Roberto (5.11.07) y Spiderman (7.11.07) aconsejan a Oráculo que aporte pruebas para justificar con solidez esa acusación. Por mi parte, me permito hacer una sugerencia al Instituto Histórico San Josemaría Escrivá. Cuando este Instituto publique las ediciones críticas de Surco y de Forja, se podrían adjuntar en un anexo documental las fotografías de todos los textos o fichas manuscritas y autógrafas de Josemaría Escrivá (1902-1975), con el fin de que cualquier lector pueda cotejar si lo que Escrivá escribió con su puño y letra antes de su muerte el 26 de junio de 1975 es lo que realmente se publicó póstumamente: Surco (1ª edición: 1986) y Forja (1ª edición: 1987).

Esta sugerencia no es pedir peras al olmo, sino a un peral. Si el Instituto Histórico San Josemaría Escrivá anhela que este santo sea elevado al rango de Doctor de la Iglesia, puede tomarse la molestia de hacer públicos, por medio de la fotografía o del facsímil, todos los manuscritos autógrafos de Josemaría Escrivá como anexo documental de las ediciones críticas de sus obras. Y, por supuesto, ese anexo debería estar libre de falsificaciones.



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