Sobre el carisma y 'la obediencia debida'

From Opus Dei info

Por Agustina López de los Mozos, 5 de enero de 2007


Contaba en alguna ocasión Escrivá que no había que ser como los emperadores romanos quienes, al pasar bajo los enormes y altísimos arcos de triunfo construidos en honor a victorias bajo su mando, tenían un movimiento instintivo de bajar la cabeza para que su frente no chocara con esos inmensos monumentos. ¿Por cuántos arcos de triunfo imaginarios bajó su cabeza el fundador del opusdei entre los aplausos de una masa enseñada a aplaudir pero no a pensar? ¿Por cuántos de esos arcos bajan su cabeza los directores –consejos locales, celadores, sacerdotes de la obra-, parapetados en una “inocencia” que les lleva a hacer oídos sordos de un principio tan básico inscrito en todo ser humano, como el de “hacer el bien y evitar el mal”?

Como estamos en un ámbito de libertad para intercambiar ideas, voy a tratar de razonar las mías, con el ánimo sano del dialogo, en respuesta al escrito de Jacinto “La inocencia de los dirigentes del Opus Dei”.

El estudio sociológico de mi amigo Jacinto Choza “La inocencia de los dirigentes del Opus Dei” me sirve para intentar entender las causas –época, circunstancias, educación-, que llevaron al opusdei como institución, a encerrarse sobre sí misma. Puedo aceptar que el opusdei se engendró como producto de su época, lo mismo que la personalidad del fundador se forjó en unas circunstancias familiares y en un carácter muy particular, que le hicieron también particular. Me parece ese escrito muy interesante pero también demasiado benévolo. Empiezo por lo del “carisma”...

Personalmente, no creo que exista un “carisma”. Lo que existe es un slogan: “la santificación en medio del mundo”, que se ha publicitado como novedad revelada por Dios a Escrivá. Pero eso ya lo había dicho el padre Poveda en la primera década del siglo pasado. Y el primer libro de Poveda se tituló -curiosamente- "Consideraciones espirituales". El padre Poveda fue fusilado en 1936 por declararse en voz alta y clara “sacerdote de Cristo” cuando un miliciano le obligó a que se identificara. Mientras, otro sacerdote, al que apreciaba el hoy san Pedro Poveda, se refugiaba en un hospital psiquiátrico haciéndose pasar por enfermo mental, después se cobijaba en la embajada de Honduras en Madrid y por fin, tras el famoso “paso de los Pirineos” llegaba precisamente a Burgos, la sede del gobierno provisional de Franco, resguardo seguro en plena guerra civil española. Al padre Poveda no le dio tiempo a patentar su “descubrimiento” y como sabemos, el opusdei es una marca comercial registrada, que registra cuanto toca y le interesa, además de una institución de la Iglesia Católica, desgraciadamente para la Iglesia Católica.

Escrivá fue evolucionando su pensamiento o su mensaje a medida que iba captando ideas o las circunstancias le empujaban a decir una cosa aunque meses o años después defendiera la contraria. No se sabe cuál fue el carisma “recibido” en 1928 porque veinte años más tarde, en 1948, en la conferencia que pronuncia en una sede de los Propagandistas titulada “La constitución apostólica “Provida mater eclessia” y el Opus Dei”, los fines y los medios del Opus Dei ya son bastante diferentes a los actuales. Dice el fundador del primer Instituto Secular de la Iglesia Católica:

“El fin general del Instituto es la santificación de sus miembros, por la práctica de los consejos evangélicos y la observancia de las propias Constituciones. El específico es trabajar con todas sus fuerzas para que los intelectuales se adhieran a los preceptos y aun a los consejos de Cristo Nuestro Señor, y que los lleven a la práctica; y de este modo fomentar y difundir la vida de perfección en el siglo entre las demás clases de la sociedad civil y formar a hombres y mujeres para el ejercicio del apostolado en el mundo. Los socios que se consagran temporalmente o a perpetuidad, emiten votos privados, como puede hacerlo otro fiel cualquiera". (El texto resaltado en negrita es mío).

Pero en 1967 dice:

No nos interesa la perfección evangélica, que se considera propia de los religiosos y de algunas instituciones asimiladas a los religiosos; y mucho menos nos interesa la llamada vida de perfección evangélica, que se refiere canónicamente al estado religioso.” (Conversaciones, 1968).

En cambio, en un punto que no rectificó nunca y hubiera quedado muy bien si lo hubiera hecho, es ese punto de camino en el que “ellas no hace falta que sean sabias, basta con que sean discretas”... ¿Pero no era el objetivo específico del Opus Dei en 1948, hacer labor con los intelectuales? Claro que en 1928 había “visto” que “no habrá mujeres –ni de broma-, en el Opus Dei”. Un “carisma” tan contradictorio tiene muy poco de inspiración divina, a no ser que Dios tuviera tan poco clara la misión del opusdei como el propio Escrivá la tenía de sí mismo, de su obra y se sus "miembros", posteriormente "socios" y más tarde, denominados "fieles".

Sobre “La inocencia de los dirigentes”

Creo que “La inocencia de los dirigentes del Opus Dei” a la que se refiere Jacinto, se podría encuadrar solamente en la época “fundacional” del opusdei, como máximo hasta 1975. Y aún, dentro de ella, se trata de encontrar una justificación muy parecida a la del concepto, creo que del ámbito jurisdiccional militar, llamado “de la obediencia debida”. Amparándose en él, no se les debe juzgar (a los militares y en este caso a los dirigentes de la obra) porque su actuación, aunque contravenga las leyes naturales y morales, se deriva de que "tienen obligación de obedecer”. Se acepta, pues, que los ejecutores de órdenes injustas, desoigan los dictámenes de su conciencia. Nos encontramos, no ante criaturas creados a semejanza de Dios, sino ante robots, seres despojados de su individualidad, sin responsabilidad ante sus actos, objetos sin identidad propia, kamikaces preparados para ejecutar pero no para reflexionar ni, por supuesto, desobedecer. ¿Sería algo así lo que “justifica” e “inculpa” a los directores del Opus Dei?

Escrivá murió hace 32 años. La España sociológica que le amparó también pertenece al siglo pasado. Posteriores generaciones a las del fundador se han educado en un espacio más amplio de libertad de conciencia y de autonomía. ¿Se les puede adjudicar a los directores de hace 40, 30, 20, 10 años y a los de hoy, el eximente de “la obediencia debida?” A mi entender, no. Creo que son conscientes de lo que hacen y ordenan hacer, puesto que lo que va “contra natura” les rechina en la conciencia de igual forma que nos rechinó a muchos otros, que no fuimos directoras ni directores. Descubrir que intentar poner por obra lo que el fundador decía –“yo reparto doblones de oro”, "Papas conoceréis a unos cuantos, obispos muchos, pero fundadores del Opus Dei, solo´uno", "Dios os pedirá cuentas por haberme conocido"...-, no lleva tanto tiempo. Es cierto, como escribió “E.B.E.” en “[Los días contados]]”, que cada cual tiene su tiempo o su tempo. Los tiempos de cada uno son insondables, pero no son eternos.

Directoras y directores, antes de serlo, fueron chicas y chicos de la labor de san Rafael, después adscritos a un centro, después, numerarios de a pie. Se dieron cuenta entonces, muy al principio de "pitar", de cómo fueron captados y cómo se instrumentaliza la amistad. Vieron cómo se utiliza la dirección espiritual de amigas y amigos que acercaron a la obra, para provocarles la “crisis de vocación”. Oyeron en las meditaciones la excelencia del cuarto Mandamiento pero tuvieron que vivir la separación afectiva y real de sus familias... ¡Vieron tantas cosas! ¡Cuánta contradicción! Y aún así, pasaron a formar parte después de los Consejos Locales, donde se ventila la vida interior en público, de los miembros o fieles de la obra que pertenecen a ese centro. Si todo aquello les pareció “normal” o “cristiano” o “ético”, también tienen su personal responsabilidad. Llamémosle miedo. Es posible que ese sea el término adecuado. Miedo a salirse de "la barca" del opusdei, miedo a los vaticinios de Escrivá (y sucesores) sobre el destino fatal de quien saliera de ella y "arrojara su vocación por la ventana". Miedo al desencanto y a la vergüenza por la que pasarían sus padres supernumerarios, miedo al mal ejemplo a hermanos también de la obra, miedo a reconocer el "qué dirán" de aquellos que atrajeron a la obra, miedo a reconocer que fueron engañados. Miedo al miedo. Miedo.

Pero mientras ellos aguantaban, cedían, mandaban, exigían... había otros numerarios y numerarias (agregados y agregadas, supernumerios y supernumerarias) que con tres, cuatro, cinco o seis años dentro de la institución, ya lo habían visto TODO. Y a pesar de los miedos –porque los miedos son casi los mismos para todos-, dijeron “NO”. Y estos últimos salían al supuesto abismo sin garantías de que tal abismo no existiera, como en realidad no existe, pero se arriesgaron. Prefirieron el salto al vacío a ir contra su conciencia. No quisieron aceptar lo que la obra les hacía hacer, vivir, comportarse, pensar, enseñar y aconsejar.

Los directores y las directoras.... ¿son inocentes? Su inocencia ¿es auto adquirida? ¿es auto aceptada? ¿es auto obligada? ¿Cuántas personas (almas) tienen que ver destruidas hasta darse cuenta de que ni personas ni almas importan, sino que sólo importa la “fidelidad” a una institución -marca comercial registrada?

No se puede juzgar. Pero tampoco se puede definir a los que siguieron y siguen dentro como si dentro no pasara nada, como “inocentes”. Sus motivos tendrán, sí, pero su “inocencia” no se puede confundir nunca con “ignorancia”. Los directores y directoras de la obra no son “ignorantes” puesto que han tenido acceso a la mayoría de los documentos internos que les son vedados a los que no han llegado a ocupar ningún puesto de dirección. Y han tenido su formación elitista de casta. Es un cuerpo dispuesto “en orden de batalla”, no para combatir al enemigo exterior, sino para "adocenar" a sus subordinados. Y no lo olvidemos, en su día fueron chicos y chicas de san Rafael, muchachos y muchachas de 14, 15, 16 años, igual que los que se fueron con pocos años más, tras “ver” que aquello supuestamente divino, por no ser, no era ni cristiano.

No creo que haya que llegar a ser elegido para la Asesoría o la Comisión, para que el castillo Disney se convierta en la dura y decepcioante realidad de la cueva de Alíbabá. No creo en la “inocencia” de los directores ni directoras. Tampoco en su “ignorancia”. Pero sí creo en su miedo. No creo en la inocencia de los sacerdotes de la obra, numerarios que se han ordenado por obediencia o por “generosidad” pero que no tienen vocación sacerdotal, puesto que si la hubieran tenido, no podrían haber sido admitidos. No creo que tengan ninguna autoridad de ningún tipo para sentarse en un confesionario ni para estar al frente de una parroquia, ni de una diócesis, ni de un dicasterio, ni de un cardenalato. No tienen vocación sacerdotal como tampoco la tuvo Escrivá: “pensé que ordenándome sacerdote podría entender mejor aquellos barruntos”, lo que se puede traducir en “me hago sacerdote y a ver qué pasa”. Instrumentalizan el sacerdocio para ser “eficaces” en el apostolado peculiar de la obra: conseguir que muerdan el anzuelo aquellos que ha decidido que lo muerdan el consejo local, puesto que ellos sólo son instrumentos para secundar las directrices que les llegan via interna. Todo para el bien de una institución, nunca por el bien de las almas. No creo que se les pueda comparar ni estén en igualdad de coherencia con los que dijeron “NO” y se enfrentaron, –con menos estudios teológicos y filosóficos, con muchos menos años en la obra- a poner punto y final a una institución que desborda "sobreabundancia" de incongruencia cristiana.

Y a los que estuvieron menos años y a los que les dijeron que se fueran antes de hacer la oblación o la fidelidad, ¡enhorabuena!. Enhorabuena porque hicieron con vosotros un acto de caridad impropio de su espíritu (no saben qué es la caridad, luego se debieron equivocar para vuestro bien).

No encuentro razones para seguir perteneciendo a una institución cuando se ve y se constata que lleva a todos los sitios menos a Dios y que todo fin justifica los medios. Tantos enfermos psíquicos, tantos infelices, tantos tristes, tanta dispensa, tantos suicidios e intentos de suicidio, tanta doble vida... Sólo hay una razón y la repito: MIEDO. Y los directores y directoras, ni son inocentes ni son ignorantes, simplemente tienen miedo a “salirse de la barca”. Miedo como si quien les fuera a juzgar cuando llegue el momento de envolverles en una o dos sábanas blancas, con cuatro velones alrededor, y velatorio frío y frívolo organizado por la delegación con algunos de sus "hermanos" que ni siquiera les conocieron en vida, fuera el director o la directora de la delegación, el vicario, el prelado o el propio Escrivá. Afortunadamente sólo estará Dios, que da mucha más garantías y ningún miedo.



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