Sobre Montserrat Grases

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Por Itaca, 1.06.2007


Ante todo, deseo dejar claro que no juzgo ni pongo en duda las virtudes de esta numeraria; no es mi tarea.

El centro al que estuvo adscrita Montsita no era Llar, sino Muntaner. Estaba en la parte alta de esta calle, cerca de la plaza Adriano. Si no recuerdo mal, en el 4º piso de Muntaner, 440. Yo estaba adscrita a ese centro cuando volvía en vacaciones de la universidad de Navarra. Era el año 1962.

Lía Albert ya no era su directora, pero el recuerdo de Montsita y de ella estaban muy vivos en el centro; todavía quedaban adscritas de aquella época. A las vocaciones recientes nos narraban la historia de su enfermedad y nos animaban a seguir su ejemplo: recuerdo el comentario de que, ya muy enferma, procuraba asistir a los actos del centro, con la pierna vendada, y le ponían un taburete en el oratorio para que la apoyara. También que a veces no podía resistir el dolor y le saltaban las lágrimas. Pitó con 15 años y murió año y medio después. En el momento de su muerte estaba su madre, pero no Lía ni nadie de su centro...

Tengo dos fotos de Montse: la primera muestra a una niña recién entrada en la adolescencia, de carita redondeada, ojos soñadores y expresión seria; la otra, en la cama, el rostro afilado y envejecido, sonriente, pero con una sonrisa que no oculta el dolor. ¿Qué hay entre las dos fotos?

Todo comenzó cuando, esquiando en La Molina, Montse se dió un fuerte golpe en la rodilla. En principio, era una lesión sin importancia, cuestión de reposo durante unos cuantos días. Pero el dolor no cedía, y empezaron las visitas al médico y los análisis. Pensaban que era de origen reumático, pero al final el traumatólogo (el doctor Cañadell, el mejor especialista de huesos de Barcelona) les confirmó lo peor: sarcoma de Ewing.

Yo siempre he pensado por qué no le cortaron la pierna, quizá hubiera muerto igualmente, pero era un recurso a probar. Recuerdo que años más tarde, a principios de los 70, un hijo del senador Edward Kennedy padeció la misma enfermedad, le amputaron la pierna y sobrevivió. Quizá el cáncer ya había hecho metástasis o quizá... pensaron que ocurriría un milagro. Una cosa es cierta: si le hubieran cortado la pierna, Montse no habría podido seguir siendo numeraria. Pero no quiero ni pensar en esta motivación, porque hubiera sido una burrada demasiado grande.

Dicen que Montse aceptó su sentencia de muerte con total serenidad; es muy posible que en aquel momento no fuera muy consciente de lo que significaba ni de lo que le aguardaba. Sus padres y Lía sí. Y decidieron que la harían santa.

Conocí de vista a su padre; su madre fue de mi centro de San Gabriel y tuve bastante contacto con ella: era una persona muy fuerte, de convicciones muy sólidas. Nunca hablamos de su hija: había como una prohibición tácita de mencionar este tema, y se cumplía a rajatabla. Sí sé que ambos se esforzaron al máximo para que su hija cumpliera todas y cada una de las normas, recordándoselas, cumpliéndolas con ella, exigiendo que las cumpliera cuando la niña –porque era una niña, no lo olvidemos- decía que no tenía ganas. Recuerdo una anécdota: Montse iba con la pierna vendada y le dolía mucho; al llegar a su casa, quería coger el ascensor, pero su padre le instaba: “no, sube por las escaleras y ofrece este sacrificio al Señor”. Y así continuamente.

Lía, por su parte, la encaminaba hacia el apostolado: todas las “pitables” conocían su caso y Montse se encargaba de hablar con ellas y darles el último empujón. Incluso cuando ya no se levantaba de la cama, las llevaban para que la vieran. Quiero ser imparcial, y aunque yo considero esto algo morboso, pienso que quizá era una manera de ayudarla a sobrellevar su enfermedad...

Viví un tiempo con una numeraria que había sido adscrita de Muntaner en los años de la enfermedad de Montse. No quería hablar de ella, pero un día se le ¿escapó? una confidencia: “la ponían tan por las nubes que se lo acabó creyendo y se convirtió en una chica insoportable; a mí me caía muy gorda. Y de santa... ¡pues qué quieres que te diga!”

Sí, en la Obra la exigieron y la mimaron a un tiempo: sus padres la llevaron a Roma a ver a Escrivá, se hicieron fotos (creo que la primera foto que tengo es de ese viaje), le concedieron la oblación con dispensa de tiempo y luego la fidelidad. Fue como una carrera contrarreloj, algo así como “fabrique un santo en siete días”.

¿Cómo respondió Montse a este tratamiento de choque? Os cuento algo que me tocó vivir: encargaron a una numeraria de toda garantía que escribiera una biografía de Montse Grases para publicarla en los folletos de Palabra. Ella se encerró en la administración de Viaró y puso manos a la obra. Un viernes me llamaron de la delegación de Barcelona y me dijeron que fuera el fin de semana a Viaró, a ayudar a aquella numeraria a acabar el trabajo. Y allí fui:

- ¿Qué pasa?
- Que no sé cómo acabar. La parte de su vida ya la tengo, no he tenido problema, pero estoy en el capítulo de la muerte y luego las conclusiones finales, y me estrello.
- ¿Hummm?
- Don Benito me ha pasado fotocopias de la agenda de Montse, con el examen de conciencia de sus últimas semanas, ¡y no cumplía todo el plan de vida! Le fallaban algunas normas. No era santa...
- ¿Y te parece poco? Se estaba muriendo y se esforzaba por cumplir las normas, ¿qué más quieres? La santidad no es un punto en el camino, es un esfuerzo diario que culmina cuando mueres, nunca antes.

No estaba convencida del todo, pero dejó que yo le dictara este capítulo y las conclusiones. Luego, cuando salió publicado el folleto, vi que no habían corregido esos textos finales y casi me sorprendió, porque me consideraban bastante heterodoxa.

Pero lo sencillo, lo natural, lo real, impresionan poco a la gente y para enfatizar más los valores de una persona se tiende a adornar lo sencillo, a maquillar lo natural, a fabular por encima de la realidad, y se va montando todo un artificio que acaba pareciendo una falla de Valencia: el “siervo/a de Dios”, cuando era bebé, no mamaba los viernes en honor a la pasión del Señor (san Francisco de Sales); levitaba a un metro del suelo cuando hacía oración (santa Teresa y san Juan de la Cruz); vivía alimentándose tan sólo de la hostia consagrada (santa Gemma Galgani), etc., etc.

Montserrat Grases no ha escapado tampoco a este trampantojo publicitario: ¡hasta han maquillado su edad! Coincidí con una hermana suya en un curso anual; no quería hablar de su hermana, pero un día, después de una tertulia en la que narraron detalles de su vida, me comentó que estaba cansada de oír cosas de su hermana que no eran ciertas, que los hechos no habían sido como se contaban. No me dio más explicaciones y yo, una vez más, respeté ese silencio que era, al mismo tiempo, tan elocuente.

Anna María Calzada



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