Servir a la Iglesia como Ella quiera ser servida

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Por Ana Azanza, 13 de junio de 2012


La cita está tomada del punto 6 de la carta de Mons. Escrivá de Balaguer a los miembros del Opus Dei sobre la cuestión institucional, 2-X-1958.

Con respecto al tema sobre la defensa del concilio Vaticano II que actualmente hace Fernando Ocáriz desde las páginas del periódico oficial de la Santa sede, no viene mal un poco de historia. Aunque el Opus Dei puede apañar hechos a su antojo, los miembros o fieles han dado que hablar a otros que han dejado su testimonio sobre cuál fue la posición de destacados miembros del Opus en el inmediato post concilio...

Yo al menos ya he superado la fase en la que creía que el Opus Dei no se metía en política. Y que las actuaciones de sus miembros nada tienen que ver con la dirección de la institución. Esta propaganda queda desmentida, desde fuera de nuestras personales vivencias, tras la provechosa lectura del volumen “Confesiones”, casi 1000 páginas salidas de la pluma no de un enemigo de la Iglesia, sino del cardenal Vicente Enrique y Tarancón.

Tengo que decir que cuando me acerqué a este volumen pensé que, con todos mis respetos, no iba a poder con los sermones de un obispo tan importante de los tiempos del franquismo. Ahora he de reconocer que al margen de lo que hiciera o dijera, Tarancón fue una personalidad. Dudo mucho de que en estos momentos existan en España ni en el catolicismo “príncipes de la iglesia” de esta talla. Me parece que los nombramientos que se han hecho desde hace tres décadas no van en la línea de favorecer que asciendan personalidades a las responsabilidades eclesiásticas. Sobre todo cuando vemos que más de un obispo y más de dos pertenecen a las llamadas “guarderías de adultos”, que según ha quedado más o menos establecido no es la mejor receta para criar “personalidades”.

Pero voy a ir al grano.

El Opus Dei es nombrado con profusión en estas “Confesiones” del cardenal. Precisamente a partir del momento en el que Tarancón accedió a la más alta dignidad eclesiástica año 1969 por delante de candidatos como Casimiro Morcillo, se va a encontrar a cada paso con los miembros del Opus Dei. He nombrado al obispo Casimiro Morcillo puesto que nos debe sonar como aquel eclesiástico que según ponía en las publicaciones internas, facilitó que se pudiera tener reservada la Eucaristía en la academia DYA. Y me parece que alguna otra intervención favorable a Escrivá y su obra tuvo este señor obispo. En todo caso don Casimiro Morcillo parecía muy afecto al régimen de Franco, y Tarancón tenía en aquellos años 60 fama de aperturista y de estar dispuesto a implementar las reformas que el Concilio había dispuesto.

Una reforma conciliar que se enfrentaba con lo que España representaba desde 1939 era la libertad religiosa. Tarancón explica muy bien cuál fue la postura de de muchos católicos convencidos en la guerra civil. En especial en mi tierra (Navarra) muchas personas se alistaron de voluntarios con Franco para “defender la fe”. Con esto quiero decir que este libro merece la pena leérselo desde la primera hasta la última página, ofrece el contexto histórico sobre lo que ha sido la iglesia y la religión en España, y cuál ha sido la vivencia que los españoles han tenido de ella. De esa forma nos vamos liberando de los mitos en los que nos criaron y acunaron, como el de que “el Opus Dei lo puso Dios en el alma de nuestro padre” y etc… El Opus Dei es una planta que no podía nacer más que en nuestra patria, en nuestro suelo. No caída del cielo ni fruto de una revelación privada original e intransferible, fue criada aquí, con nuestros prejuicios culturales y nuestra forma de ser católicos tan característica.

En todo caso Tarancón afirma que era evidente que ni el gobierno español ni Franco habían digerido el concilio Vaticano II y no podían comprender los esfuerzos de la santa Sede para aplicarlo. Televisión Española en aquellos momentos estaba dirigida por Adolfo Suárez, una persona en la órbita del Opus Dei y que llenó esta única cadena que entonces había en nuestro país de miembros y afines del entonces instituto secular. Era el gran medio de propaganda del régimen. Y como no había sentado demasiado bien el nombramiento de Tarancón por aperturista, TVE no le dio importancia a la noticia del nuevo cardenal primado de España. La defensa conciliar de la libertad religiosa y de los derechos humanos les parecía a los gobernantes españoles de aquellos años un ataque a la patria, y en eso el recién nombrado obispo de Toledo estaba en la línea proclamada por los documentos conciliares.

Dedica el señor cardenal una página a la entrevista que tuvo con Franco. Quedó claro que el caudillo echaba en falta disciplina en la iglesia católica posconciliar. También que el dictador estaba convencido de que tan sólo la doctrina y moral católicas pueden garantizar un régimen político.

Cuando Tarancón toma posesión en Toledo enseguida observa que los curas están divididos entre una mayoría sin problemas con las novedades del concilio y una minoría “retro” que quiere imponer sus puntos de vista. En este capítulo como en otros muchos se ven las razones políticas que se mezclaban continuamente en los argumentos de los eclesiásticos a la hora de las justificaciones y decisiones.

Llegamos a 1971, un año clave para la iglesia en España porque tuvo lugar la Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes. Pretendía ser una reunión del clero español en la que se viera cuál era la situación del catolicismo y se tomaran decisiones pastorales. Para dicha asamblea se hizo una encuesta preparada por sociólogos de distintas tendencias, no se obviaba ningún tema: el celibato de los sacerdotes, sus opiniones políticas… todo pasó por allí. Hubo quien se escandalizó. Había mucho miedo al cambio en los obispos. Fuerza Nueva, un grupo de extrema derecha que daría que hablar en aquellos años, criticó la desvergüenza. La revista Iglesia Mundo que Tarancón no duda en asignarla al Opus Dei, publicó un reportaje que resultó una auténtica bomba: la encuesta era tendenciosa, progresista. Era peligroso que opinaran los presbíteros.

La opinión pública no obstante estas reacciones más extremistas, apoyó la encuesta. En el mismo seno de la comisión permanente del episcopado Tarancón denuncia el obstruccionismo de un grupo de obispos recalcitrante que mostraba un trasfondo político en sus argumentos aparentemente eclesiales. Había que revisar la unión Iglesia-Estado que procedía de la guerra civil, y esto él lo tenía claro. Otros obispos no.

Casimiro Morcillo preparó la Asamblea conjunta pero las acusaciones que se formulaban le hacían temer conflictos con el régimen político.

Finalmente el 85% de los curas españoles respondieron a la encuesta. En algunas asambleas se hicieron afirmaciones atrevidas que la prensa del régimen aprovechó para llamar herética a la iniciativa. El gobierno, la Hermandad Sacerdotal y los medios de comunicación en manos del Opus Dei, Tarancón cita en otros lugares a la Agencia Europa Press, hacían lo posible por reventar la asamblea. No sabe si dicha Hermandad sacerdotal tenía conexiones con el Opus Dei, externamente no parecía pero la ideología era similar.

El cardenal Tarancón nombra a un periodista todavía en ejercicio, Antonio Aradillas, como uno de los encargados de hacer el reportaje para el periódico Pueblo. Esta persona enviaba sus crónicas a San Sebastián y Emilio Romero las “pulía” antes de publicarlas. Aradillas se excusó ante el cardenal del affaire.

El 13 de septiembre de 1971 se inauguró dicha Asamblea conjunta. Tarancón habló en su discurso de la necesidad del diálogo y puso sobre la mesa los temas candentes: la iglesia española no había sido instrumento de reconciliación durante la guerra civil, el celibato de los curas, la jurisdicción castrense. Doce asambleístas entre los que se encontraba el obispo Guerra Campos entregaron en sobre cerrado a Tarancón una petición: que no se tratara el tema del celibato. El cardenal no le dio más importancia al asunto confiando en que se trataba de algo prescindible. Pero poco antes de entrar en la reunión de la mesa de presidencia se entera de lo que él pensaba que era un asunto confidencial interno a los curas se ha divulgado por Europa Press. “Once obispos protestan contra los procedimientos de la Asamblea Conjunta.”

Tarancón se indignó: “Ante todo porque no podía comprender que un escrito presentado unas horas antes a la Mesa de la Asamblea, en plan confidencial, para que se tratase en reunión ordinaria, estuviera ya en la calle. Y sobre todo, porque se veía claramente la mala intención de hacer fracasar la Asamblea, precisamente porque iba desarrollándose tan serena y seriamente que ponía nerviosos a los que se habían opuesto a ella.”

En las páginas 464-5 Tarancón, muy a su estilo, salva la cara de monseñor Guerra Campos, secretario de la conferencia episcopal al que tenía por persona inteligente y buena pero que en esta ocasión y otras posteriores se comportó con manifiesta deslealtad. Cree que obraba por convicción y fanatismo de que la nueva mayoría episcopal que se dibujaba sería nefasta. Se creían en la obligación de inutilizar a Tarancón. Ante los políticos ya estaba hecho. Pero también querían hacerlo ante la santa sede.

Paso sobre las diferentes discusiones que hubo en la asamblea, en particular la de la necesidad de pedir perdón por la implicación de la iglesia en la guerra civil. No se pudo formular así porque no se llegó hasta los dos tercios de la asamblea. Se aceptó como conclusión final la necesidad de un profundo cambio y conversión de la iglesia. Al final Tarancón hace una clasificación sobre los medios de comunicación que informaban correctamente sobre lo que ocurrió en dicha asamblea y los que no. Y dice textualmente:

“Era desconcertante, sin embargo, como ya he adelantado anteriormente, la información que daba Pueblo y tendenciosa la que daban Europa Press y Pyresa, como agencias y los periódicos Arriba y Nuevo Diario. Los asambleístas en su casi totalidad estaban francamente indignados por la conducta especialmente de Europa Press y de Pueblo. Y se hizo una moción, en la sesión plenaria del tercer día –moción que fue recibida con una ovación cerrada de parte de todos los asambleístas- pidiendo que se expulsara de la Asamblea a los representantes de Europa Press, el sacerdote Ardions de Pueblo, el sacerdote Aradillas, y de Nuevo Diario –un sacerdote del Opus, de Valladolid.”

Más adelante tras hacer cábalas sobre esa falta de objetividad de algunos medios dice el cardenal:

“El caso de Europa Press es distinto. Es la agencia controlada por el Opus Dei y siempre se habían distinguido por crear problemas a la Conferencia Episcopal y a los obispos que no éramos de su agrado. Era lógico que ella pretendiera hacer fracasar a la Asamblea o, al menos, desacreditarla lo más posible.” Palabra de Cardenal Primado.

¿Cómo era aquello de “tirar del carro en la misma dirección del obispo diocesano”? está citado en el catecismo de la Prelatura de la santa Cruz y Opus Dei edición 2003, en la anterior edición de 1995 era el punto 251.

259. -¿Cómo colaboran los fieles del Opus Dei con el Ordinario diocesano?
Todos los fieles del Opus Dei colaboran de manera muy activa con los Ordinarios diocesanos; al cumplir la misión específica de la Prelatura: así tiramos del carro en la misma dirección, y la mayor parte del fruto del apostolado queda en la diócesis.




A pesar de los pequeños incidentes la Asamblea de obispos y sacerdotes se cerró en un muy buen ambiente. Había entusiasmo generalizado, incluso por parte de los que al principio no eran partidarios. Sólo los representantes de Europa Press y de Nuevo Diario –los dos eran del Opus Dei- no participaban de esas manifestaciones de alegría de los demás periodistas.

El entusiasmo se desbordó tras el discurso de clausura del cardenal Quiroga, fueron bastantes los sacerdotes que manifestaron su convencimiento de que se había producido un hecho trascendental en la Iglesia de España; el hecho más trascendental, decían algunos, en los últimos años...

El cardenal Quiroga, presidente en funciones de la conferencia episcopal española le pidió a Tarancón que dijera las últimas palabras. En ellas reconocía el cansancio por el trabajo y la satisfacción por haber realizado una obra buena en servicio de la Iglesia.

Se alegraba de que los momentos de tensión se hubieran superado con serenidad, humildad y respeto. Sin embargo Tarancón no quiso obviar las dificultades por las que se había pasado:

“Creo que conviene subrayar el proceso que ha seguido este clima de diálogo. Porque el primer día todos estábamos un poco nerviosos. Se trataba de una experiencia nueva que –conviene decirlo con claridad- tenía sus riesgos. Riesgos que podían ser magnificados por la imprudencia de unos u otros o por la presión de agentes exteriores. Se había hecho tal propaganda desde los medios de comunicación social con un trasfondo político evidente que todos estábamos un poco impactados. Aunque todos sonreíamos al encontrarnos reunidos por primera vez en este local la procesión iba por dentro. Daba la impresión de que no estábamos integrados, ni los distintos grupos de sacerdotes entre sí, ni los sacerdotes y los obispos. Pero todos hemos podido comprobar que la integración se produjo fácilmente y que cada día iba progresando el clima de diálogo y de responsabilidad”

Tarancón recordaba que todos debían avanzar al unísono en la iglesia, que había que hacer una labor de catequesis con el pueblo para que los fieles asimilaran la renovación impulsada por el concilio y para que fueran capaces de entender el porqué de las decisiones tomadas.

También intuía la tormenta que se podía desencadenar, por eso dejó claro que la Asamblea se había celebrado por iniciativa y decisión de la Conferencia Episcopal y que esta la tomaba como suya, por lo que estudiaría todas las conclusiones de la misma para tomar las decisiones pertinentes.

Al terminar se leyó un telegrama firmado por el cardenal primado que se enviaba al Santo padre. En él se transmitía el homenaje de fidelidad inquebrantable del episcopado español y 160 sacerdotes asambleístas representantes de los presbíteros.

Se las prometían muy felices, “todos creíamos que habían acabado las tensiones –señala Tarancón-. Lo más difícil sin embargo, de la Asamblea, vino después.”

Y el Opus Dei, perdón, “algunos miembros del Opus Dei”, hijos fidelísimos de la Iglesia, jugó un papel de primer orden en las dificultades como veremos.

Terminada la Asamblea marchó el cardenal a un Sínodo de obispos en Roma. El ambiente parecía en calma. El cardenal Quiroga apoyó la iniciativa del Secretariado de la Comisión del Clero de publicar en la BAC la colección de todos los documentos de la Asamblea Conjunta. El volumen se pudo enviar a Pablo VI y a los padres sinodales. Quedaron admirados de la seriedad con que se había celebrado y del tono de las ponencias.

Pablo VI tenía el tomo sobre su mesa cuando recibió a Tarancón al final del Sínodo. Le pareció que no lo había leído pero al mencionarle la Asamblea, el Papa elogió la iniciativa y le dijo que era natural que hubiese resultado bien porque la preparación había sido esmerada y porque siempre es fructuoso un diálogo entre obispos y sacerdotes.

Algunos obispos españoles se molestaron por la publicación, esos documentos no tenían valor hasta que no fueran revisados y aprobador por la Conferencia Episcopal.

Me parece que la españolísima expresión “ser más papista que el Papa” nos viene aquí como anillo al dedo. Me gustaría saber cuándo y como se fraguó, ¿pudiera ser entonces?, en toda esta historia, los más papistas que el papa juegan un papel fundamental.

Daba la impresión de que ese grupo de eclesiásticos utilizaban los documentos para mantenerse en oposición a la Asamblea y para crear un clima de franca rebeldía hacia ella. Excepto las revistas de ultraderecha Iglesia-Mundo y Fuerza Nueva en todas las demás, no sólo en las de carácter religioso, se consideraba que había sido uno de los pasos más importantes que había dado la Iglesia española.

En la sombra la Hermandad Sacerdotal dirigían escritos al gobierno asegurando que la Asamblea era una desviación eclesial y un reto al régimen.

En noviembre de 1971 hubo reunión de la plenaria de la conferencia episcopal, Tarancón observó que se había preparado una maniobra para retrasar la toma de decisiones en relación a la Asamblea. Se trataba primero de hacer imposible su aplicación con informes tendenciosos a Roma y al gobierno. Tarancón no estaba informado de una carta que se leyó en la sala, era una carta de unos pocos obispos que contenía un juicio condenatorio de la Asamblea y en la que se pretendía dar carpetazo al tema. El tono que puso al leerla el obispo Guerra Campos desagradó a la mayoría. Y tuvo un colofón inesperado cuando se leyó otra carta de don Marcelo González que en si misma era casi anodina pero fue presentada como si don Marcelo hiciese suya todas las afirmaciones de la anterior misiva.

El ambiente se caldeó y hubo una discusión acalorada incluso violenta. Con el voto en contra de 20 se publicó una nota en la que se decía que la Asamblea había sido una realidad positiva y que ya se vería como se utilizaban sus conclusiones. En definitiva: la minoría ultramontana se había casi salido con la suya. Muchos obispos no se dieron cuenta dice Tarancón de la maniobra. Pero eso no fue todo.

Ahora viene lo mejor, la entrada en escena del Opus Dei “oficial” en todo este asunto, que no lo olvidemos, se refiere a la aplicación del concilio vaticano II en España por los legítimos pastores, obispos y sacerdotes españoles. Lo pongo de relieve, puesto que los que entonces entorpecieron la necesaria renovación con consecuencias graves para nuestro país y para la iglesia, hoy aparecen como los defensores acérrimos del concilio frente a “sus enemigos”. Han pasado sólo 40 años y habría que ver si Fernando Ocáriz, el defensor, no estaba ya ocupando algún cargo o al menos formaba parte del Opus Dei.

Tarancón se expresa así de duramente, el subrayado es mío:

“Para entender, de alguna manera lo que acaeció en febrero de 1972 con la publicación del documento de la sagrada Congregación del Clero y por qué se había fraguado todo ello en un secreto absoluto a fin de que públicamente quedase desautorizada la Asamblea Conjunta y puestos en entredicho, ante la Santa Sede y ante la opinión pública española, los obispos que habíamos intervenido personalmente en su preparación y realización, es interesante tener presentes unos cuantos datos.”

Los datos que recuerda son:


- Que esa Asamblea Conjunta fue el primer acto público de la iglesia española en el que se había puesto en tela de juicio la conexión Iglesia-Régimen de Franco desde la guerra civil. Los políticos se alarmaban porque la iglesia era uno de los pilares que sostenía el régimen. Ciertos obispos partidarios de la España “esencialmente católica”, confundían régimen de Franco con Patria, no veían el cambio con buenos ojos. No eran la mayoría de los obispos, pero parece que se llevaron el gato al agua.

Cito textualmente al cardenal Tarancón, salvo mi subrayado:

“- El Opus Dei que participaba de esa misma opinión, pero más radicalmente, ya que su ascética individual y su sentido de cristiandad les hace considerar el poder político y las riquezas como los instrumentos eficaces de evangelización –no puede olvidarse que, como consecuencia de este convencimiento, que yo considero sincero, ellos estaban abiertamente comprometidos con el Régimen, y tenían en él una gran influencia; y promovían la riqueza entre los suyos y que, por otra parte, ejercían en muchas Congregaciones romanas cierta influencia, en alguna como la del Clero, decisiva-, juzgase escandalosa y herética la postura de la Asamblea. La verdad es que esa institución, entonces, no había aceptado el concilio.

Ellos podían tener medios para evitar que las conclusiones de la Asamblea Conjunta fueran a orientar la nueva postura de la Iglesia española y podía ser el gran instrumento del gobierno y de ciertos obispos para conseguir anularla, como todos pretendían.


- La conferencia episcopal se había renovado en los últimos años. La mayoría por Régimen que había sido muy fuerte en un principio, se había ido debilitando por el ingreso de nuevos obispos hasta pasar a ser una minoría –poco más de una cuarta parte de los votos en esa época- aunque tuviese todavía fuerza en la Permanente que había sido constituida en la época anterior.”

Se comprende que el Opus Dei haya puesto toda la carne en el asador por alcanzar la curia y dominarla. Los nombramientos episcopales son claves para que las diversas iglesias en cada país vayan en un sentido o en otro. Entonces Roma, sin el Opus Dei metiendo mano en esos nombramientos, fue una ayuda para que nuestro país se renovara eclesialmente, que bien necesitados que estábamos. Hoy, en la iglesia de Ratzinger, nos pasa lo contrario, un presbítero “aireado” no tiene boleto ninguno para alcanzar el episcopado. Además no hay que olvidar la trascendencia de todo esto dado que la iglesia católica en España era y es una instancia cultural y moral de primer orden.


Sigo con el relato de Tarancón. Asegura que los de la antigua mayoría episcopal temían a las elecciones a la presidencia de la conferencia episcopal que se iban a celebrar en marzo de 1972. Parecía que iba a cambiar el secretario, Guerra Campos obispo a la usanza franquista, y temían que si Tarancón asumía la presidencia, los “retro” iban a perder influencia en la marcha y orientación de la Conferencia. De ahí que fuera lógico que pensasen en anular al cardenal Tarancón y a todos los partidarios de la Asamblea Conjunta.

Tarancón salva la cara de todo el mundo. Desconozco si cuando escribió estas Confesiones había recibido quejas de personas o familias dañadas por el Opus Dei y sus métodos internos de recluta, formación y manipulación. Pienso que cuando alguien miente o actúa secretamente, por detrás de las personas a las que ataca, es porque sabe que lo que está haciendo no es correcto. Cuando se hacen las cosas por detrás del interesado no suele ser por el bien de nadie.. Al que hace el mal no le conviene aparecer como malo, hay que dar razones plausibles, autoengañarse antes de intentar engañar a los demás. En todo caso esto dice Tarancón sobre los que “le hicieron la cama” a la renovada y renovadora mayoría episcopal española:

“-Creyendo sin duda, hacer un servicio a la Iglesia –yo creo que ellos, aunque equivocados, procedían de buena fe, aunque después tuvieran que utilizar medios y procedimientos no sólo impropios de una conciencia cristiana sino de una conciencia medianamente honrada- buscaron el procedimiento adecuado para asestar el golpe de gracia a la Conjunta, poner en tela de juicio la ortodoxia o, al menos la prudencia de la mayoría actual y, de rechazo, anularnos ante la Santa Sede y ante la opinión pública a los que podíamos ser elegidos para los cargos directivos de la Conferencia en la nueva etapa.
La sagrada Congregación para el Clero, que es a la que correspondía esta materia, tenía unos cuantos consultores del Opus Dei –Alvaro del Portillo, Julián Herranz, etc, - y de ella era secretario monseñor Palazzini, vinculado íntimamente al Opus Dei, como era notorio en Roma.”

Teniendo en cuenta estos datos puede explicarse el hecho que siguió que casi parece de novela por los procedimientos que se utilizaron.

Ya tardó Dan Brown en sacarle partido a los procedimientos habituales de esta institución.




El cardenal Tarancón estaba tranquilo, sereno y confiado tras entrevistarse en Roma con el Papa y con varios prefectos de congregaciones vaticanas, incluido el prefecto para la congregación del clero, cardenal Wright. Todos habían recibido el volumen de la BAC con los documentos de la Asamblea conjunta y sólo había recibido palabras de elogio.

Las únicas dificultades esperables vendrían seguramente de los obispos españoles de la minoría en la conferencia episcopal española. Recojo textualmente:

“Pero la verdad es que, a pesar de esta postura de este grupo de obispos, nunca hubiera podido imaginar que alguno o algunos de ellos fuesen capaces de urdir una trama tan malévola y mucho menos que pudiesen conseguir sus propósitos.”...

El 21 de febrero le llama José Luis Martín Descalzo desde la redacción de ABC, habían recibido un comunicado de la agencia Europa Press en el que se decía que Roma hacía una advertencia a los obispos españoles sobre las ponencias y conclusiones de la Asamblea Conjunta del Clero.

¿Os imagináis el impacto después de haber hablado con todo “quisqui” en Roma, repartido el libro y oído elogios incluidos los de Pablo VI? Además, si tal documento existía lo normal es que el primero en recibirlo sea el implicado más directo, en este caso, cardenal primado y presidente de la conferencia episcopal española. Pero cuando el Opus Dei actúa nada es normal. Todo lo hacen con la mejor voluntad. Que conste.

En un primer momento Tarancón se dijo que era una broma. Pero Martín Descalzo tenía a la vista el comunicado. Leyó el título, tal vez era una oficiosidad de Europa Press, agencia que tenía acostumbrado a los obispos a lanzar noticias maliciosas con la frase “en círculos eclesiásticos bien informados”, algunas absurdas y otras verdades a medias, que pudiesen minar la autoridad de la Conferencia Episcopal o de su Presidente en funciones. Era reciente una noticia muy mal intencionada sobre la diócesis de Madrid.

Pobre Opus Dei, nadie entiende su afán de servir a la iglesia fidelísimamente.

Martín Descalzo llamaba más que nada para asegurarse de si existía ese documento. El cardenal contestó:

“Soy yo quien debe recibir ese documento, si en verdad existiese, porque soy ahora el Presidente de la Conferencia Episcopal –había muerto ya don Casimiro- y soy a la vez, el presidente de la Comisión del Clero –había muerto en diciembre el cardenal Quiroga- Y te puedo asegurar, verbo sacerdotis, que no he recibido el documento ni tengo noticia ninguna sobre su existencia”.

El Cardenal llamó a la nunciatura, puesto que usualmente ese tipo de documentos llegaban por valija diplomática. Nada sabían. Así que Tarancón volvió a llamar a Martín Descalzo para decirle que debía de ser un bulo, y que desmintiese en el periódico del 22 de febrero su existencia. Así se hizo. En la nota pone que Europa Press se había informado en círculos eclesiásticos que la comunicación “era vieja” de 10 días.

Pero ese mismo día el periódico Nuevo Diario en el que el numerario López Rodó y entonces “cuasi primer ministro” tenía una intervención directa, publicaba una nota que se hacía eco de las “importantes observaciones y advertencias en torno a la Asamblea Conjunta” por parte de Roma. También aseguraba que el arzobispo de Madrid tenía que viajar a Roma, lo cual le permitiría tratar el contenido de esa comunicación. Otra nota del mismo periódico aseguraba que la encuesta que se había hecho al clero, examinada por expertos sociólogos, contenía muchos fallos técnicos.

Ningún otro diario se hizo eco del comunicado romano.

Se armó un gran revuelo entre obispos, sacerdotes y seglares. Todo el mundo quería saber qué pasaba. Y el principal implicado se veía obligado a contestar que no sabía nada.

Los miembros de la comisión del clero de la conferencia episcopal española redactaron una nota de desmentido que se publicó el día 23. En el segundo punto especificaba:

“Es muy lamentable que determinados medios de información sigan empeñados en crear confusión en el pueblo de Dios sobre un acontecimiento que, desde el principio al fin, gozó de carácter plenamente jerárquico y que la conferencia episcopal, en su última reunión, no ha dudado en asumir como un hecho positivo y dinámico de la Iglesia en España.”

La nota tranquilizó a la mayoría e indignó a Europa Press. Ellos habían recibido la noticia de un eclesiástico cualificado. No sabemos todavía quien. Dicho eclesiástico les dio el documento y el índice del mismo, por lo que podían sacar citas textuales.

Mientras el Ya y el ABC dudaban el 24 de febrero del documento, el Nuevo Diario daba el título y el índice en italiano: “Proposizioni e relazioni Della Assemblea Congiunta Vescovi-Sacerdoti tenutasi en Spagna dal 13 al 18 de setiembre 1971”. Luego venia una nota firmada por la dirección de Europa Press en la que lamentaban las reacciones precipitadas “cuando el único deseo de la agencia era y es servir a la verdad.”

Dice Tarancón que esta nueva nota, con el título incluido del documento fantasma, le creaba un problema de suma gravedad.

“¿Cómo había llegado la noticia primero, y el documento después a una agencia que se había distinguido por sus ataques a la Conferencia Episcopal sin que yo, el presidente de la misma, tuviese la menor noticia sobre la existencia de ese documento?... Lo verdaderamente inaudito del caso –tratándose de la Santa Sede- era que un documento que se podía considerar como una censura contra el episcopado se hiciese público por una agencia informativa sin que supiese nada el Presidente de la Conferencia. Y más asombroso todavía era que, según se desprendía de las afirmaciones de ciertos periodistas, ese documento estaba en poder de algún obispo quien, por lo visto, en vez de darlo a conocer al Presidente y a los demás miembros de la Conferencia, lo facilitó a esa agencia periodística.”

Cero en procedimientos.




Tras el desconcierto provocado por las réplicas y contrarréplicas en la prensa había comentarios para todos los gustos en Madrid: ¿y si el señor Cardenal ha recibido el documento y se lo ha guardado para sí? ¿Y si era un chantaje para atemorizar a los obispos?

El 24 de febrero de 1972 Tarancón tenía seguridad absoluta de que el documento de marras era más que una fantasía. Ese día estaba invitado en la nunciatura (¡qué recuerdos rondando a Juan Pablo II!) Participaba en la comida don Marcelo obispo de Toledo. Después de la recepción ya en la puerta le dice don Marcelo a don Vicente...

-“Yo he recibido ese documento…. por eso me extrañó que usted afirmase que no existía. Ya se lo enviaré si quiere.”
-“Gracias, pero yo he de recibir el documento por el cauce oficial. Como tú comprenderás, no puedo darme por enterado hasta que me lo envíen convenientemente. Ya ves que el nuncio tampoco sabe nada.”

La iglesia paralela.

Tarancón hacía cábalas con los obispos auxiliares de Madrid. Tres cosas estaban claras: el documento existía, al palacio episcopal de Madrid no había llegado, si había llegado de Roma directamente a Toledo.

Cuando la Santa Sede se comunicaba con la conferencia episcopal el envío tenía estas características:

  • directo a su presidente.
  • por medio de la nunciatura.
  • nunca a ningún otro obispo.
  • tampoco al secretario de la conferencia episcopal.
  • en todo caso a la dirección de la conferencia episcopal a nombre de su presidente.

El hecho de que esta vez le llegase primero a Marcelo González obispo de Toledo hacía sospechar. Más tarde efectivamente Tarancón comprobó que en Roma había registradas el mismo día la carta a don Marcelo y a él.

Más dudas: ¿lo habían enviado a Toledo como una oficiosidad de la secretaría de la congregación? ¿Por qué había llegado el suyo el día 20 antes de que Europa Press diese la noticia el 21 y no el de Tarancón? ¿Se habían recibido en la secretaría de la conferencia episcopal y desde allí se había dado la noticia a Europa Press? En este caso ¿por qué no se lo habían hecho llegar a Tarancón antes?

La hipotética solución después de cavilar con sus colaboradores fue que:

  • Monseñor Guerra Campos había hecho la gestión en Roma para que enviasen el documento que antes mandaron preparar a determinadas personas. ¿Los hijos fieles de la iglesia?
  • Podían llegar al secretario de la congregación del clero, monseñor Palazzini, por medio del Opus Dei del que todos sabían que era muy afecto.

Efectivamente el documento llegó a la secretaría de la conferencia episcopal. Lo recibió monseñor Guerra Campos, él estaba en el ajo, pero en vez de dárselo primero a Tarancón llamó a Europa Press. Haciendo eso evitaba que Tarancón se pusiera en contacto con Roma y dialogase al margen de cualquier “escándalo”, Guerra Campos ayudado por el Opus Dei quería jaleo en la prensa.

El cardenal explica sin ambages que él sabía que no era santo de la devoción de monseñor Guerra Campos. Que le había sentado mal el nombramiento de Tarancón como administrador apostólico de Madrid y luego de arzobispo. Era un cargo que Guerra Campos ansiaba para sí y con él el gobierno de Franco, formado en gran parte por ministros del Opus Dei.

La camarilla comprendía que Tarancón de arzobispo de Madrid y presidente de la conferencia episcopal conseguiría que se terminarse la influencia de los obispos de pensamiento preconciliar. Además Tarancón dice de sí mismo que predicaba y practicaba la independencia de la Iglesia del Régimen franquista. Un verdadero daño para la Iglesia en términos opusinos.

Con ocasión del nombramiento de Tarancón como administrador apostólico de Madrid, Nuevo Diario publicó un editorial con el título: “Golpe de estado en la iglesia”, hacían referencia a que el nombramiento de Tarancón se había hecho en contra del clero y de España. Y ese mismo diario no dejaba de lanzar insidias diciendo que sólo Guerra Campos podía ser elegido secretario de la conferencia episcopal porque los demás no reunían condiciones, y además Tarancón iba a ser nombrado para un alto cargo en Roma.

El Opus Dei veía al obispo que quería aplicar el concilio como el máximo peligro. Y hacían lo posible para desprestigiarlo.

Las intrigantes notificaciones de la prensa en manos del Opus Dei, Nuevo Diario, siguieron apareciendo:

  • En una nota se decía que el documento romano era oficial,
  • en la siguiente que era de la congregación del Clero y que habían creído no hacía falta consultar ni al santo Padre ni a otros dicasterios para su envío,
  • en otra se hacía constar oficialmente y con el permiso de lo alto que “mientras la carta ha llegado al primado de Toledo no parece haber llegado al presidente de la conferencia episcopal” y que “tratándose de un envío normal de correspondencia, son extravíos que suelen ocurrir y por ello se ha repetido el envío” y que no se entendía porqué tanto nerviosismo.

El cardenal estaba totalmente desconcertado. La secretaría de Estado (el ministerio del Vaticano más próximo al Papa) le había comunicado que no sabían nada del documento y que había de considerarse como una oficiosidad de la sagrada congregación que a ellos, los de la secretaría de Estado, les había disgustado extraordinariamente. Tarancón ya no sabía qué pensar. Parecía que la Santa Sede había perdido la confianza en él y en la conferencia episcopal española.

Decide entonces que irá a Roma con una larga carta donde explicará lo que ha pasado al cardenal secretario de Estado, y los recortes de la prensa española de todos esos días. Fue su peor viaje en avión, había datos reales que certificaban la mala voluntad con la que se había procedido:

  • Ni el Papa ni sus colaboradores más cercanos sabían nada,
  • el asunto se había fraguado en la congregación del Clero al margen de su prefecto el cardenal Wright,
  • que la noticia de Europa Press no podía salir más que de alguien que estuviese en el ajo. En Roma sólo podía ser el Opus Dei. En Madrid sólo podía ser un obispo, monseñor Guerra Campos.

Pero el cardenal se resistía a pensar que un obispo español pudiese patrocinar una maniobra contra los obispos ni que fuera capaz de usar medios contrarios a las más elementales normas de moralidad. Le quedaba el temor de haber perdido la confianza que tantas veces ya le habían manifestado Pablo VI y monseñor Benelli, su mano derecha.

En cuanto llegó a Roma un emisario de la secretaría de Estado, Pablo Puente, recogió toda la documentación y le aseguró de parte de Benelli que todo se resolvería, que estaban muy disgustados por la maniobra del secretario de la Congregación del Clero, le echaban toda la culpa a Palazzini, aunque tenía que estar presionado por un grupo, aludían al Opus Dei.

Fue el mismo monseñor Benelli quien tranquilizó a Tarancón diciéndole:

  • Que en cuanto se habían enterado por Tarancón redactaron una nota dándole un valor muy reducido al documento.
  • Que el Papa molesto por todo ello, había pedido a la Sagrada Congregación el texto del documento porque quería conocerlo.
  • Que eran españoles en Roma los que habían preparado y llevado a cabo la maniobra. Se refería claramente a algunos miembros del Opus Dei.
  • Que Tarancón no se iría de Roma sin un documento firmado por el cardenal secretario que aclarase las cosas. Que él vería antes ese documento para que estuviese a su gusto, aunque tampoco podían desautorizar oficialmente a la Congregación.

Tarancón estaba en Roma por un Sínodo de obispos, cuando acabó Pablo VI recibió a todos y en un aparte le dijo: “Esté tranquilo. Todo está arreglado. Lo que usted pedía y tal como usted lo pedía, ya está hecho. Con todo venga a verme tengo que hablar con usted.”

Pablo VI le dio a entender en esa audiencia que contaba con su confianza, que sabía de las dificultades con los políticos españoles y con algunos obispos, pero que no temiese y que fuese optimista. El le apoyaría en todo.

Benelli le aseguró que el Papa había leído toda la documentación el mismo día que llegó a Roma y que Pablo VI había tomado rápidamente cartas en el asunto.

Algunos curiales le dijeron a Tarancón que había conseguido lo imposible: “Es la primera vez que desde un plano superior se desautoriza aunque sea implícitamente a una Congregación.”

No me extraña que los Opus quisieran la cabeza de Benelli en una bandeja y que amaran locamente a Pablo VI. Se explica peor porque tras esta sucia jugada a la conferencia episcopal española, los autores de la misma no fueran expulsados o relegados de alguna forma. Se puede decir que han hecho carrera en la curia, y hoy uno de ellos está camino de los altares.

Recordemos que el motivo de esta serie era ilustrar el amor del Opus Dei de ayer y de hoy al concilio Vaticano II y su fidelidad a toda prueba a la iglesia, al Papa y a los obispos.




Marzo de 1972, Tarancón ha regresado de Roma, tranquilizado por Pablo VI pero íntimamente disgustado. Pensaba que sólo en parte iba a poder contrarrestar el daño que se había hecho en la opinión pública y la desazón entre sacerdotes y fieles causada por la lucha en la prensa en torno al documento.

Estaba entristecido de ver que algún obispo español no había jugado limpio. En Roma algunos eclesiásticos le habían citado a monseñor Guerra Campos, de sus manejos con el Opus y con la Secretaría de la Sgda. Congregación del Clero. Las espadas seguían en alto, había sido sólo una escaramuza. No se podía bajar la guardia. Copio literalmente...

“Ellos temían que yo hubiese conseguido algo en Roma –no creo que pensasen que me había enterado de todos sus manejos-, pero confiaban en poder arrastrar a su parte a varios obispos, denunciando públicamente algunas imprudencias y, la más grave de todas a su juicio, la publicación de las ponencias y conclusiones de la Asamblea Conjunta en un tomo de la BAC antes de estar revisadas y aprobadas por la Conferencia Episcopal.”

Había gran expectación por lo que el cardenal iba a decir en la apertura de la Asamblea Plenaria de la conferencia episcopal. Un centenar de periodistas, televisiones extranjeras, era algo inusual. Se notaba la tensión en el ambiente. No quería ni nombrar directamente a los encausados en todo el jaleo, tampoco que su discurso sonara como una defensa de su candidatura a presidente de la conferencia episcopal que era inminente.

Contó como se habían sucedido los hechos, como se había enterado por la prensa de la nota dirigida precisamente a él. Expuso el cariño y apoyo que había encontrado en Pablo VI y que la Secretaría de Estado había hecho todo lo posible por contrarrestar la absurda publicación de aquel documento. Explicó que Nuevo Diario había dado por hecho algo que no era vedad, que el documento había sido emanado por la secretaría de Estado. Leyó una carta del cardenal Villot, otra de Wright saltándose los nombres de los implicados. Algunos obispos querían conocer la integridad de esos documentos.

Monseñor Guerra Campos allí presente se pudo dar cuenta de que Tarancón tenía todas las pruebas documentales de que era él uno de los instigadores.

Los obispos estaban indignadísimos contra monseñor Guerra principalmente, contra Palazzini, secretario de la congregación del Clero que se había prestado a firmar y contra algunos del Opus Dei residentes en Roma, concretamente contra Alvaro del Portillo y Julián Herranz, consultores de dicha congregación a los que hacían responsables de que monseñor Palazzini hubiese dado luz verde, y a los que consideraban como los autores materiales del documento.

Se dijo que Alvaro y Herranz habían juzgado seis ponencias y encargaron a José María Piñero la ponencia que trataba de economía. Piñero había dado su informe, sin embargo se hacía constar al principio del documento que ese informe económico no había llegado a Roma. El mismo Piñero confirmó que todo era cierto.

Pero todo el material de la Asamblea conjunta llegó íntegramente a la congregación romana. Tarancón es testigo de ello. Aparecía más claramente la intención con que se había preparado el asunto.

Los nervios estaban de punta y todo esto no hizo sino dividir la asamblea en dos bandos: los “indignados” y los que seguían erre que erre en el preconcilio. En la votación para elegir los cargos de la conferencia se vieron claramente las dos posturas. Al final salieron elegidos Tarancón de presidente y Elías Yanes de secretario.

La Asamblea Conjunta fue un punto de partida para una nueva relación de la Iglesia de alejamiento del régimen político. Desde que había acabado el concilio muchos sacerdotes jóvenes reclamaban a los obispos la renovación conciliar. Muchos españoles se alejaban de la iglesia por su vinculación con la dictadura. El sistema político español era incompatible con el decreto Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa.

(Un paréntesis actual, este decreto es uno de los motivos más fuertes de la separación de Lefebvre y por el cual es seguro que muchos de sus seguidores no volverán a Roma.)

Muchos obispos querían endurecer la disciplina contra los contestatarios.

Cuando se celebró la Asamblea Conjunta la mayoría episcopal era joven, se había renovado. Pero los representantes de la anterior mayoría estaban furiosos por el cariz que iban tomando las cosas. Había recelo frente a la Asamblea Conjunta.

Tarancón no pone en duda la buena fe de nadie, los obispos a la antigua usanza creían por razones puramente eclesiales que había que seguir con el catolicismo de Estado, que era la mejor forma de defender a la Iglesia de las nuevas corrientes secularizadoras.

Pero en la Hermandad Sacerdotal y en el Opus Dei las cosas no eran tan claras. Ellos estaban convencidos de que el poder político era un instrumento magnífico de evangelización, y por eso querían que la Iglesia conservase su poder político. La Asamblea era a sus ojos un suicidio por querer separarse de la política. Algunos de ellos eran falangistas ante todo y sobre todo como uno de ellos se lo llegó a confesar a Tarancón o eran fanáticos del nacionalcatolicismo.

El régimen franquista había logrado convencer a muchos españoles de que la alternativa a Franco era el comunismo ateo. Si desaparecía el régimen la patria y sus valores católicos estaban en peligro. Muchos obispos confundían régimen con patria.

La conjura contra la Asamblea tomó desde el primer momento un tinte religioso-político, que era el de toda actuación del gobierno. Los políticos de la época comprendían que si les faltaba el apoyo de la Iglesia se les venía todo abajo.

Era difícil en aquellos años distinguir entre patriotismo y catolicismo. El catolicismo había dado lugar a la unidad de España y había configurado el carácter español. Todos creían que España no podía dejar de ser católica sin dejar de ser España.

Tarancón puso toda la carne en el asador para enterarse de lo que había pasado en Roma. La Asamblea había sido un momento de esperanza para la Iglesia española y aquel documento emanado de la congregación del Clero había sido un jarro de agua fría sobre un clero renovado, con ganas de nuevos horizontes.

Estos son los puntos sobre los que tiene certeza:

  • El asunto se fraguó exclusivamente en la secretaría de la congregación del Clero sin haberlo llevado a sesión plenaria de la misma y sin haberlo notificado al Papa. Allí se escogió a quienes debían redactar el documento, desde allí se envió con una carta firmada por Palazzini, sin que éste pudiese adivinar la importancia de algo que no había leído.
  • Que el documento fue enviado el mismo día a don Marcelo y a Tarancón como presidente de la Conferencia Episcopal.
  • Que monseñor Guerra fue a Roma expresamente a por una nueva copia del documento y a exigir de la congregación una nueva nota de prensa que no se publicó en Roma por prohibición expresa de la secretaría de Estado, pero que monseñor Guerra envió el 26 de febrero a Europa Press. Una nota de prensa de la congregación que no la había hecho pública la congregación y que no tenía el permiso papal sino su prohibición.
  • Que los miembros del Opus Dei tomaron parte activa ¿única? en la confección del documento.
  • Que el documento salió de la congregación un sábado por la tarde cuando no hay oficina y por tanto no estaban en el edificio más que los conjurados para la empresa.

No ha podido confirmarlo pero tiene indicios de que:

  • Que el documento se escribió en castellano traduciéndose después al italiano, que es como se recibió en España. Hay que tener en cuenta que normalmente esos documentos suelen ir en latín. La técnica no nos resulta desconocida.
  • Que algún obispo español personalmente preparó en Roma el asunto.
  • Que este obispo consiguió el apoyo incondicional del Opus Dei quien por su parte consiguió el de Palazzini.
  • Que el día en que apareció la noticia en Nuevo Diario, el 22 de febrero, el ministro de justicia Antonio María de Oriol tenía también una copia del documento que le había llegado del mismo sitio de donde salió la noticia.

Los objetivos de los “conjurados” dice Tarancón eran desacreditar aunque fuera en lo teológico a la Asamblea Conjunta, así quizás se podía frenar la renovación que se veía venir en la conferencia episcopal. Todo se hizo justo en vísperas de la plenaria de la misma, cuando no había tiempo para aclarar las cosas y así poder presionar a los obispos a no votar a los “renovadores”.

No lo consiguieron, pero sí pusieron nervioso a todo el mundo. Y de todas formas Tarancón piensa que a pesar de las maniobras en contra la Asamblea ésta sirvió para que la Iglesia se adelantara al final del régimen y marcara el camino de la independencia con respecto a la política. La Asamble Conjunta fue una voz de alerta para el pueblo cristiano.




En los anteriores capítulos he relatado los dares y tomares que hubo a propósito de la Asamblea Conjunta, asunto en el que estuvieron directamente implicados clérigos del Opus Dei afincados en Roma y con acceso a la Sagrada Congregación del Clero.

Podíamos pensar que esa fue toda la aportación a la aplicación del concilio Vaticano II en España por parte de los católicos pertenecientes al primer Instituto secular. Nos equivocaríamos. Los miembros del Opus Dei tuvieron otro frente de actuación importante en lo que se refiere a entorpecer el deseo de la mayoría episcopal española en aquellos años. Me refiero al ministerio de Asuntos Exteriores de los últimos gobiernos del general Franco. Suponer que el Opus Dei como tal institución estaba implicado en todo eso sería ciencia ficción...

Estaba pendiente la renovación o revocación del Concordato que el estado español tenía desde 1953 con el Vaticano. Curiosamente a lo largo de todas las “Confesiones” de Tarancón este asunto vuelve una y otra vez, y se observa que el gobierno pretendía actuar al margen de los obispos españoles. Querían acordar directamente con la Santa Sede prescindiendo de los actores más interesados. También se observa que los obispos eran “más modernos” en general que los “seglares” que detentaban las carteras ministeriales. Los señores obispos tenían una visión de la iglesia independiente del poder político acorde con las conclusiones del Concilio Vaticano II. Los ministros se mostraban ansiosos por continuar con la situación anterior “consagrada” desde la victoria de Franco en la guerra civil, el nacionalcatolicismo. La Iglesia católica en España tenía que seguir siendo uno de los pilares de un régimen que ya se veía tan agonizante como su fundador, Francisco Franco.

En 1973 Tarancón tuvo una serie de conversaciones con el ministro de Asuntos Exteriores, Gregorio López Bravo, supernumerario del Opus Dei a la sazón, y con el de Justicia, Antonio María de Oriol. Las constantes de estas conversaciones fueron:

  • López Bravo se dignaba hablar con el episcopado español por pura benevolencia, para que no dijesen que no estaba dispuesto a recibir toda clase de información antes de empezar en serio las negociaciones. Estaba bastante claro que después del “affaire” del Proyecto de Concordato ad referendum no se habían reanudado las conversaciones. En cuanto comenzasen, actuaría él personalmente sin tener en cuenta para nada al episcopado español ni a sus compañeros de Ministerio. Insistía en que se trataba de algo personal suyo: él podría recibir sugerencias, pero no podía ser mediatizado por nadie durante las conversaciones. Tarancón sacó la impresión de que no serían fáciles las conversaciones porque López Bravo se creía en posesión de toda la verdad y de toda la razón.
  • El creía que podía y aun debía imponerse al Vaticano por dos razones principales: porque la Iglesia especialmente la Iglesia en España, debía defenderse contra los peligros que le venían de fuera incluso del Vaticano, y porque consideraba que la obligación de la Santa Sede era defender y apoyar al Régimen español que había salvado la Iglesia del comunismo. No sólo no aceptaba la postura del Vaticano II, sino que estaba convencido de que había sido perjudicial para la Iglesia. Y consideraba como una ingratitud el que la Iglesia no apoyase decididamente el régimen de Franco.
  • Para él, el episcopado español había emprendido un camino no sólo peligroso, sino claramente perjudicial religiosa y patrióticamente. Y había sido apoyado clarísimamente por el Papa y por Benelli, a los que no manifestaba ninguna simpatía. Concebía el Vaticano como un estado extranjero al que se le podía obligar a entrar por el camino que le conviniese al gobierno.
  • El creía que el gobierno español no sólo tenía el derecho sino del deber, de intervenir en el nombramiento de los obispos, incluso de los auxiliares, y esto por dos razones: para defender el régimen y para defender a la misma Iglesia.

Las directrices del Concilio y de Pablo VI sobre la proyección de la fe en el mundo le parecían francamente perniciosas. La iglesia no debía defender los derechos de las personas, sino predicar la resignación para los que se sintiesen postergados, y debía estar siempre al lado de la autoridad y de las leyes, aunque le pareciesen injustas. La Iglesia debía limitarse a fomentar la oración personal, a predicar la resignación, a procurar que cada uno se santificase en la propia situación sin procurar cambiarla, desentendiéndose de todos los problemas humanos y aun de la misma justicia.

Así era difícil dialogar. Si se le hablaba al ministro López Bravo del reconocimiento del derecho de la Iglesia a nombrar a sus propios pastores, decía que se habían nombrado obispos enemigos del Régimen. Si se le decía que la Iglesia tan sólo pedía libertad para predicar su doctrina y ejercer su ministerio, contestaba que nunca había encontrado la Iglesia tanto apoyo y esa libertad se pedía para hacer política…etc.

Tarancón contestaba que al menos reconociese a la Iglesia como ella es y quiera organizarse. Pero esa era la dificultad, Gregorio López Bravo pensaba en la iglesia de 1936 y exigía que las relaciones fuesen como entonces, la Iglesia aliada con el Movimiento (Franco) y la guerra civil una cruzada.

Nada de nuevo Concordato más en la onda del concilio Vaticano II, había que reformar el antiguo para atar más corto a obispos y curas.

En parecidos término se expresó Carrero Blanco, vicepresidente del gobierno en una comida con el nuncio monseñor Dadaglio, exigiendo que a cambio de todo el dinero que los curas quisieran la Iglesia fuera el apoyo más firme del régimen.

Tarancón se alegró de que se dijeran las cosas tan descaradamente porque no cabrían dudas ni en los obispos ni en la Santa Sede. El Concordato era imposible en esas condiciones incompatibles con las orientaciones conciliares.


Cae López Bravo, le sustituye López Rodó

A principios de 1973 llegó López Bravo a entrevistarse con Pablo VI convencido de que Roma había actuado de manera inadmisible con España. Tuvo una audiencia sensacional con el Papa. ¿Fue entonces cuando ocurrió la anécdota de los rosarios? La mujer del ministro quería sacar unos rosarios de una bolsa para que el santo padre los bendijera, y el papa le hubo de recriminar que no se preocupara que sus bendiciones atravesaban también el plástico. ¿O tal vez esta anécdota ocurrió con Juan XXIII?

Tarancón se refiere a esta entrevista en varios lugares de su libro, él fue a visitar a Pablo VI pocos días después y dice que el pontífice se la refirió casi textualmente. El Papa quedó impactado por lo que dijo y cómo este supernumerario del instituto secular Opus Dei.

“El Papa no sólo estaba francamente disgustado, sino que no acababa de explicarse la conducta impertinente del ministro. Le acusó abiertamente (¡Lopez Bravo al Papa!) de fomentar la subversión de algunos curas y de algún obispo y de apoyar el separatismo del País Vasco. Me dijo Pablo VI que le hubiese mandado salir de su presencia –su conducta era intolerable –a no ser por el perjuicio que tal medida hubiera producido a España ante el mundo entero”.

Desde ese momento López Bravo estaba sentenciado. Un fallo de esta naturaleza –el régimen español que no contaba con el favor de Europa necesitaba el oxígeno la benevolencia aparente de la Santa Sede- no puede perdonarse.

López Rodó sucedió en el ministerio a López Bravo. Personalmente, eran muy distintos. Al apasionamiento del segundo sucedía la frialdad británica de López Rodó. Al deseo de eficacia inmediata de López Bravo, ingeniero, sucedía la habilidad calculadora del profesor de derecho administrativo.

Pero con respecto a la misión de la Iglesia y a sus relaciones con el mundo y con el poder político, estaban plenamente de acuerdo, aunque planteasen las cosas de distinta manera. No puede olvidarse que los dos eran del Opus y que López Rodó era uno de los más representativos de esta institución.

López Rodó imprimió un nuevo rumbo a las negociaciones. Por propia iniciativa llamó a Tarancón y al cardenal de Toledo a una entrevista larga sobre el tema. Parecía reconocer la condición de Tarancón como presidente de la conferencia episcopal. Quería tratar con los dos cardenales que por las diócesis que ocupaban podían tener mayor influencia. Después se vió clarísimamente que ignoraba totalmente a la Conferencia Episcopal. A Tarancón lo consideraba tan sólo como cardenal arzobispo de Madrid-Alcalá. Si no prescindía en absoluto de él era porque estaba convencido de que Tarancón representaba a la inmensa mayoría del episcopado español.

Me vienen a la cabeza y al corazón las famosas “campanadas” del fundador, ¿no fueron escritas dichas cartas en estas fechas en las que los ministros del Opus Dei se afanaban en puentear a los obispos españoles y en no aplicar las directrices del concilio en lo referente a las relaciones de la Iglesia con el Estado? Recuerdo, 1973. Nos vendrían bien en la versión en que fueron conocidas por quienes las pudieron leer directamente. Personalmente no recuerdo si en mi temporada opusina estuvieron en algún momento al alcance de las tropas de a pie, o si sólo las conozco por verlas citadas en Noticias.

Dando por sentado que el Opus Dei nada tiene que ver con las actuaciones de sus miembros, son completamente independientes, llama sin embargo la atención que tanto la agencia Europa Press que Tarancón no duda en adscribir al Opus, como los señores ministros que sabemos pertenecieron al instituto secular, como Herranz y (del) Portillo, destacados eclesiásticos de la actual Prelatura personal, coincidieron en su línea de actuación: poner dificultades a los que lo obispos españoles y Pablo VI querían para la iglesia española

Es más, todos parecían no estar muy en la línea de lo que los textos conciliares habían dicho sobre determinados temas. Es al menos llamativo que hoy destacados miembros de la prelatura personal sean adalides oficiales de dicho concilio e incluso se sugiera en su universidad romana la exigencia de un juramento de fidelidad al mismo para los que se quieran “re- incorporar” a la iglesia católica.

Perdón, el Opus Dei no se hace responsable de lo que se escuche entre las paredes de sus instituciones universitarias, lo había olvidado.

Véase hacia el final de este artículo:

“Fr. Johannes Grohe del Opus Dei, destacado historiador de la iglesia, defendió la autoridad del concilio Vaticano II durante una conferencia que tuvo lugar del 3 al 4 de mayo en el 50 aniversario del concilio en la universidad de la Santa Cruz dirigida por el Opus Dei, insistiendo que sus enseñanzas son vinculantes y deben ser aceptadas por los que quieren entrar en comunión con la iglesia católica.

Grohe hizo un llamamiento a una “profesión de fe”, que incluya las enseñanzas del Vaticano II para cualquiera que quiera adherir a la iglesia.”

Luego dirán que la doctrina es inamovible y que no se puede cambiar en especial si se habla del sexto y el noveno, y todo lo relacionado que tanto nos ocupa últimamente. Oh sí, la doctrina es perfectamente inamovible y el pueblo fiel que esto escucha perfectamente lelo.




Estábamos en que ayer destacados miembros del Opus Dei no eran muy amigos de aplicar las directrices conciliares, mientras que se da el caso de que hoy lo defienden a capa y espada frente a los que quieren reincorporarse a la obediencia a Roma. Vivir para ver.

Tarancón relata la primera larga conversación con López Rodó cuando en 1973 éste asumió la cartera de Exteriores. Su “hermano” López Bravo se había puesto demasiado bravo leyéndole la cartilla a Pablo VI y le había costado el cargo...

Asistieron Marcelo González, obispo de Toledo y Ruiz Jarabo, ministro de justicia que al decir del autor del libro prácticamente se comportaron como convidados de piedra. Es curioso que Tarancón no supiera que iba a acudir el otro obispo, puede que sea irrelevante.

El cardenal de Madrid puso sobre la mesa los cuatro puntos básicos para iniciar unas negociaciones de cara a un nuevo concordato:

  1. El Papa no es el jefe de un estado extranjero y el gobierno español se equivocaba considerándolo como tal. Firma el Concordato como jefe de la iglesia universal y en España no hay más jefe de la iglesia que él. Esa jefatura papal es demasiado teórica para poder ser efectiva en el día a día. De hecho los gobiernos franquistas toreaban a los obispos españoles en varios asuntos, aprovechando que los obispos no eran el Papa y Pablo VI vivía lejos.
  2. Los obispos españoles no tenia interés en intervenir, pero el gobierno debía saber que Roma no iba a aceptar nada de importancia sin contar con ellos. El Concordato “ad referendum” no había prosperado porque se había intentado a espaldas del episcopado.
  3. Que la Iglesia es la que ha salido del Concilio Vaticano II, que si hay Conferencia Episcopal española es porque así se ha decidido en la magna asamblea. El Gobierno no podía seguir amarrado a la idea de la iglesia de 1936 que estaba desfasada.
  4. El gobierno se había equivocado al ignorar a la Conferencia, tratar al Papa como un jefe extranjero, pretender que la Iglesia sea el apoyo del régimen, mantener la injerencia en el nombramiento de obispos.

De boquilla los ministros dijeron “borrón y cuenta nueva” Pero fácilmente se entendía que López Rodó mantenía idéntica mentalidad que López Bravo. Pensaba conseguir la firma del Concordato sin ceder un ápice en sus puntos de vista. Daba la impresión de que con los obispos o contra los obispos López Rodó llegaría a sus objetivos.

Describe así al ministro del Opus Dei:

“López Rodó es inteligente y frío. Planea inteligentemente su táctica y no repara en medios para llevarla a término. Está convencido de que tiene toda la verdad y que puede prestar un buen servicio a la Iglesia, y utiliza todos los recursos para triunfar. La fama que tenía entre muchos políticos de que utilizaba la verdad a medias, la simulación, etc. para conseguir sus objetivos, parece merecida. Y hasta creo que él lo hacía así, en conciencia, porque trataba de conseguir un mayor bien. ¿Era ésta, como decían entonces, la táctica de los miembros más conspicuos del Opus? Lo cierto es que López Rodó era un miembro caracterizado de la Obra.”

Lo cierto es que el señor cardenal no había recibido las clases del apartado III del B10 sobre mentalidad laical y humildad colectiva que explican la separación entre el mando y las actuaciones públicas de los miembros entonces hoy fieles de la prelatura personal. Me entra una duda ¿cuándo inventaron lo de la mentalidad laical en el Opus Dei? ¿quizás a raíz de estas destacadas actuaciones de los ministros que “coincidía” eran numerarios y supernumerarios?.... otro capítulo que está por descubrir sobre la genealogía del B10.

Tarancón comentó con el cardenal Jubany la marcha de la conversación y éste le confirmó que López Rodó por su inteligencia y su frialdad y porque era un verdadero doctrinario del Opus Dei de entonces, sería mucho más peligroso.

Para servir a la iglesia como ella quiere ser servida que los cardenales digan eso de un numerario ministro que con ellos trata no está nada mal.

Los hechos confirmaron las primeras impresiones.


Los primeros síntomas del ataque

Dice Tarancón que se fue de vacaciones de verano con la mosca detrás de la oreja, ¿cuál sería la siguiente actuación del gobierno?. Escribe:

“Tenía el convencimiento de que pronto se iban a ver los primeros síntomas de la actuación de López Rodó. Yo estaba convencido de que él quería obtener un triunfo rápido en este campo. Podía considerarlo como un triunfo de la postura de la Obra ante la Conferencia Episcopal”.

¿Asi que el señor Cardenal daba por hecha la contraposición “Opus Dei-Conferencia Episcopal? Increíble.

A primeros de agosto, estando el nuncio Dadaglio de vacaciones otro monseñor de la nunciatura visita a Tarancón: “Monseñor Casaroli quiere hablar urgentemente con usted. Me dice que él vendrá a Madrid a no ser que prefiera ir usted a Roma. Se trata de las negociaciones sobre el Concordato que el gobierno español quiere acelerar todo lo posible.”

Qué agobio,¿quién le había metido tanta prisa a Casaroli en plena canícula?

Tarancón estaba de acuerdo con los demás cardenales españoles que no era el momento propicio para el Concordato pero que no podía oponerse abiertamente a que se reanudasen las negociaciones. Además una visita de Casaroli a Madrid en aquellas circunstancias sería de lo más imprudente. Por eso fue él a Roma y establecieron una serie de puntos irrenunciables para presentar a Casaroli y evitar el políticamente incorrecto viaje de éste a Madrid.

Casaroli era entonces el Secretario de Estado del Vaticano. El 4 de septiembre Tarancón y Bueno Monreal se entrevistan durante tres horas con monseñor Casaroli. El secretario de Estado estaba muy decidido a empezar las conversaciones para el concordato y le parecía que sería coser y cantar. Insistió en que el Papa estaba muy interesado en esas conversaciones. No se habló en ningún momento de una visita de Casaroli a Madrid. Tarancón estaba seguro de que si había conversaciones con el gobierno serían en Roma. Establecieron los puntos irrenunciables del Concordato que más tarde Casaroli envió al ministro español por carta: reconocimiento de la plena libertad de la iglesia para su misión y para la provisión de cargos eclesiásticos, renuncia por parte de la iglesia al privilegio del Fuero, libertad para las asociaciones de apostolado seglar, garantía de la enseñanza católica en las escuelas.

Casaroli les dijo que el Papa quería recibir en Castelgandolfo al menos a uno de los dos antes de su regreso a Madrid. Tarancón tenía cierta prisa en volver a Madrid así que acudió Bueno Monreal. Primera escaramuza: el Papa dio como sentado que Casaroli viajaría a España, que podría ser un gesto de buena voluntad para que el Gobierno no hablase más de la animosidad de la Santa Sede contra él.

Dice el cardenal:

“Mi alarma fue mayor porque era muy significativo que monseñor Casaroli no hubiese hecho la más mínima alusión a esa visita el día anterior, cuando ya estaba comprometido. Esto me hacía suponer que él se daba cuenta de que nosotros nos hubiésemos opuesto a ella y que incluso él mismo la consideraba dudosa. Tal como se estaban poniendo las cosas entre la Iglesia y el gobierno, una visita de esa clase, si no se hacía con extraordinaria prudencia, podría parecer a los ojos de muchos como una concesión indebida de la Santa sede en contra del parecer de la Conferencia Episcopal, lo cual no beneficiaba a nadie.
Desde entonces estaba yo un poco nervioso. Me temía alguna actuación pública que podría ser gravemente perniciosa en las circunstancias que estábamos viviendo. Existía un ambiente conflictivo entre el Gobierno y el Episcopado español. El gobierno quería tener un apoyo, aunque aparente de la Santa Sede para desautorizar a la Conferencia episcopal.”




Antes de seguir con si viene o no viene Casaroli a España, visita que Tarancón consideraba de lo más inapropiada porque era un “puenteo” del gobierno español a la conferencia episcopal, quiero aludir a un conflicto que duró hasta la muerte de Franco.

Se trata de las vacantes de las diócesis españolas. En tiempos de la dictadura se estableció un complicado proceso en el que la nunciatura presentaba unos candidatos a los que el gobierno debía dar el visto bueno...

Dice Tarancón que el Gobierno español quería promocionar a algunos candidatos que no eran aceptados por los obispos ni por la Santa sede y recelaba, por principio, de todos los nombres que presentaba la nunciatura. Antes de aceptar la sexena que el nuncio presentaba, el gobierno pedía informes a los gobernadores civiles, a los jefes de Falange y en no pocas ocasiones, a los puestos de la Guardia civil.

Por sorprendente que pueda parecer en aquellos tiempos miembros de esos grupos nombrados así como de la policía se dedicaban por encargo de la administración franquista a examinar libreta en mano las homilías de los curas. Cuando se escuchaba algo ofensivo o “cuasi” para el régimen político el cura corría el riesgo de ser denunciado y de que se le impusiera una multa por el sermón “antipatriótico” o “por hereje”. Algunos curas se negaban a pagar de ahí que el Estado pasara a mayores.

Aquellos gobiernos franquistas poblados de ministros del Opus Dei se vieron en la obligación de habilitar un pabellón en la cárcel de Zamora para curas díscolos. Hubo muchos inquilinos vascos en dicho apartado de la prisión zamorana. Y este tipo de preso tan especial planteó nuevos problemas a los obispos españoles en los que ahora no voy a abundar.

Berlanga, el director de cine español, debería de haber introducido este episodio en alguno de sus guiones.

La cuestión era la de la provisión de vacantes episcopales. Muchos nombres de posibles candidatos fueron borrados de la sexena tras informe de la guardia civil. Era evidente que la provisión era mucho más lenta cuando el gobierno estaba disgustado por alguna intervención de la jerarquía española o porque no acababa de conseguir de la Santa Sede algo que le interesaba. Era un arma para presionar al Vaticano. La Santa Sede hubo de aceptar en más de una ocasión a obispos que no eran los más adecuados por edad o por otras causas, pero era la única forma de suavizar el conflicto.

La orfandad de la diócesis se hacía notar en el pueblo fiel que se sentía castigado y en todos los católicos que no acababan de comprender esta conducta. Los obispos estaban molestos porque los curas contestatarios utilizaban este argumento para probar la sumisión de la Iglesia al poder civil.

Cito a Tarancón:

“Mucha gente creía que era el mismo Franco el que ponía esas dificultades. Yo puedo asegurar que no era así. En dos ocasiones tuve que hablar yo con el Jefe del Estado porque existían varias diócesis vacantes y no se veía la posibilidad de proveerlas, y las dos veces noté el disgusto que esto le producía. Por su intervención, se solucionó rápidamente el problema.
Y lo más gracioso del caso es que los ministros que actuaban más duramente en este aspecto eran los más piadosos: Gregorio López Bravo y Laureano López Rodó, que eran los del Opus Dei, y Antonio María del Oriol, que era de comunión diaria. Lo hacían, a decir de ellos, por defender a la Iglesia; claro, que querían defenderla contra el Papa y contra la jerarquía española; cosa asombrosa desde luego.”

Tarancón justifica esta conducta por la simbiosis que siempre había existido en España entre el poder político y la Iglesia. El poder político se creía en el deber de proteger la Iglesia, porque identificaba cristianismo con patriotismo, y exigía que la Iglesia defendiese siempre al estado.

El episcopado español había subrayado el carácter de cruzada religiosa de la guerra civil y no pocos católicos se sentían obligados a defender el Régimen resultado de la victoria guerrera como un deber de conciencia.

Los políticos católicos estaban desconcertados por el rumbo que tomaba la Iglesia después del Concilio. Creían sin duda que era desacertada. Por eso se creían obligados en conciencia a defender a la Iglesia contra ella misma.

Hasta tal punto alegaban razones eclesiales los ministros piadosos que en una de sus conversaciones ministeriales Tarancón hubo de recordar a su interlocutor: “No olvide señor ministro que el obispo soy yo. Usted puede alegar razones políticas, no eclesiales. Estas debo utilizarlas yo, de acuerdo con la Santa Sede.”

La desconcertada es la que esto escribe: ¿No habíamos quedado en que el Opus Dei se adelantó al concilio Vaticano II? ¿En qué quedamos? ¿En qué momento empezó el Opus Dei a ser precursor del Concilio? ¿Antes o después de estos acontecimientos?

Tarancón añade una nota que entre tanta razón eclesial y sobrenatural se había quedado en el tintero:

“Ellos usaban ese arma de retrasar, en lo posible, las provisiones de la diócesis para demostrar su disconformidad con la línea que seguía la Santa Sede en el nombramiento de obispos. También hay que confesarlo, tal vez para defender sus intereses económicos que estaban vinculados al Régimen. Y éste encontraba en la Iglesia tal como ellos querían un fuerte apoyo.”




En la penúltima entrega de esta serie hablaba de una posible visita a Madrid del cardenal Casaroli, el Secretario de Estado del Vaticano en octubre de 1973. Esta visita se preparó a espaldas de los obispos españoles y contra su opinión. El principal implicado, Tarancón, se enteró prácticamente por la prensa.

Los periódicos decían que haría una escala en España de paso hacia Estados Unidos. También que tenía un compromiso con López Rodó para hacer un gesto de buena voluntad. Daba la impresión de que iba a ser una visita sin mayor trascendencia. Sin embargo leyendo entre líneas se podía uno convencer de que algo se estaba tramando. Tarancón habló con el nuncio que no sabía nada. Los obispos pensaban que esa visita era descabellada, pero sin más noticias se limitaron a esperar...

El 9 de octubre le avisan a Tarancón de la nunciatura y le dicen urgentemente que:

  • Casaroli viene a España, sin que se sepa la fecha.
  • Se trata de una escala técnica y es lógico que visite al ministro de Exteriores (López Rodó).
  • Que deseaban saber su opinión sobre cómo debía de ser esa entrevista Casaroli-López Rodó y a ser posible sin que trascendiera a la opinión pública.

Tarancón confiesa que la noticia le desconcertó y le pareció inadecuada la propuesta de ocultar la visita, porque haría el efecto de que se querían adquirir compromisos en la sombra. Propuso que Casaroli fuese a la nunciatura y que allí le visitara López Rodó, él mismo podía visitarle.

Aunque los de la nunciatura no sabían la fecha Tarancón tenía la impresión de que aquello era más que una visita protocolaria. Insistió en lo desacertado de la misma y en que en el anterior Concordato las conversaciones habían sido en Roma no en Madrid.. La visita sin fecha de Casaroli dejó desazonado al cardenal de Madrid.

A lo largo del mes de octubre los periódicos “oficialistas” iban preparando el terreno. El 20 lo hace Pueblo en una sección habitual menciona la posibilidad de esa visita, sólo para saludar al ministro. El 25 la agencia Europa Press cuya asignación al Opus Dei y sus íntimas relaciones con el ministro eran vox populi resultaba más explícita en sus afirmaciones.

Hablaba dicha agencia de una posible “reanudación de negociaciones entre España y la Santa Sede”. Insinuaba que la Conferencia Episcopal había exigido tomar parte, junto con la Santa Sede y el gobierno español en la preparación del futuro Concordato, sin tener en cuenta que un Concordato es un acuerdo entre dos estados soberanos: entre el Estado español y el estado del Vaticano. Era fácil saber de donde procedían dichas insinuaciones. Escribe el cardenal:

“Decía textualmente que no existían más que dos interlocutores válidos: el ministro del Gobierno español y el sustituto para Asuntos Extraordinarios, por la Santa Sede”. Y dejaba entrever después, con bastante claridad, que la Conferencia iba a ser marginada totalmente. Haciendo finalmente la insinuación –solapada pero inteligible- que la tendencia marcada por los documentos publicados por al Conferencia no iba a ser tenida en cuenta. Parece que se quería insinuar ante la opinión pública que la Santa Sede no aprobaba la orientación de la Conferencia.
Tenía ya en esa época una experiencia larga y penosa de las informaciones dirigidas por esa agencia, que me habían hecho sufrir. Comprendí que esa información tenía mucha más miga de la que pudiera parecer. Y que algo se estaba tramando –sino estaba ya perfectamente organizado- que podía provocar malentendidos.”

¿Cómo? ¿El Opus Dei haciendo sufrir a un obispo? ¿No habíamos quedado en que “tiramos del carro en la misma dirección que los obispos? ¿A qué carro se refieren?

El silencio de la nunciatura y de las fuentes oficiales no presagiaban nada bueno, era la calma que precede al estallido de la tormenta. Tarancón se olía que algo se preparaba en la sombra. Estas eran sus impresiones:

“Me temía que López Rodó no se contentaría con una cosa meramente protocolaria. Incluso que tendría sumo interés en que pareciese que la Santa Sede estaba condescendiente con el gobierno español y apoyaba la línea del Opus. Podía ser esta visita en la mente del ministro, una desaprobación de la Santa Sede a la línea de la Conferencia Episcopal y esto es lo que a mí especialmente me alarmaba. Tenía el convencimiento de que López Rodó haría todo lo posible para que tuviese esa apariencia. Por desgracia, la realidad confirmó con creces mis temores hasta un extremo que yo no podía ni imaginar, como diré para reseñarla.
Después se filtraban noticias de que en la embajada española en Washington se estaban preparando todos los pormenores de la visita de monseñor Casaroli al margen de la nunciatura en España y, desde luego, del episcopado español.
No podía creer lo que a mí me parecía una monstruosidad. Pero se vio, ya desde el momento de su llegada a España que todo estaba previsto y preparado minuciosamente para que dicha visita tuviese, ante la opinión pública, aquella apariencia que yo temía, con las consecuencias que eran fáciles de prever y que se dieron realmente.”

¿López Rodó santo patrón de las intrigas palaciegas?


Visita de monseñor Casaroli a España

El último día de octubre el señor nuncio anunció por teléfono al cardenal que al día siguiente llegaba Casaroli sin dar más explicaciones. Parece que él tampoco sabía más. Al día siguiente a las diez vuelve a llamar el nuncio: Casaroli está en Madrid, va a celebrar misa en la nunciatura. Después irá a visitarle y después irá al Ministerio de Asuntos Exteriores.

En ese momento Tarancón no tenía ni idea de lo que ya era historia: Casaroli había sido recibido en el aeropuerto con todos los honores, había hecho incluso declaraciones a los periodistas, había sido recibido por López Rodó, un coche oficial con motoristas se puso a su disposición y Casaroli había ido a la nunciatura en el coche oficial del ministro. De todos esos detalles se enteró Tarancón en el telediario de las tres. El nuncio lo confirmó y también él estaba disgustado.

A las once Casaroli se presentó en casa de Tarancón que le dio unas cuartillas que había preparado después de su vista a Roma. El cardenal español le hizo ver la dificultad de las circunstancias por la conflictividad que el gobierno fomentaba contra la Iglesia y cómo ahora quería apoyarse en la Santa Sede para desautorizar a la Conferencia Episcopal.

Tarancón le manifestó su extrañeza por no haberle hablado de la visita en septiembre cuando al parecer ya estaba resuelta, del efecto que podía producir en la opinión pública, en la mayor parte de los obispos y en grupos destacados de sacerdotes y militantes cristianos.

La visita de Casaroli fue mucho más que “una escala técnica”. Duró tres días con varias sesiones de trabajo y armó un revuelo en la prensa. De ella sacó Tarancón estas impresiones:

  • La Televisión y los periódicos oficiales no se enteraron de la visita que monseñor Casaroli había hecho aquella mañana al presidente de la conferencia episcopal, mientras daban relieve a la visita al arzobispo de Toledo y de la merienda en el palacio arzobispal de Toledo de Casaroli y López Rodó con el cardenal. (En definitiva, “puenteo” buscado del ministro López Rodó a la legítima autoridad eclesiástica en España).
  • El nuncio no tomó parte en las conversaciones que se tenían en el Ministerio de Asuntos Exteriores.
  • El nuncio invitó al arzobispo de Toledo y al de Madrid a cenar una noche con los ministros de Exteriores y de Justicia. Tarancón se resistió a aceptar aquella invitación y estaba molesto, tampoco el propio nuncio podía disimular su malestar.
  • El ministro organizó una comida de gala para Casaroli a la que no tuvieron más remedio que asistir los tres cardenales españoles.

Esa comida dice Tarancón que fue una tomadura de pelo. Les avisaron para que fueran puntuales, a las dos en punto, porque Casaroli debía de coger el vuelo de las cuatro a Roma. Así se hizo, sin embargo a las tres de la tarde todos los cardenales y el nuncio seguían esperando, no aparecían ni el ministro ni Casaroli. El ministro de Justicia Ruiz Jarabo se le acercó a Tarancón para decirle que no entendía todo aquello, parecía que López Rodó actuaba a su aire, prescindiendo del mismo gobierno. Tarancón contestó que aquel modo de proceder estaba poniendo peor las cosas.

A las tres y media Tarancón por poco se marcha harto ya de esperar.

El ministro y Casaroli no aparecieron hasta cerca de las cuatro.

“Sin dar ninguna explicación ni aun la menor excusa, aunque a Casaroli se le veía nervioso, tomaron el aperitivo y pasamos al comedor. Después… entendimos la razón de tan largo retraso. Casaroli ya no podía marchar en el vuelo regular y le pusieron un avión especial, un Mystére, para que hiciese el viaje, era el colofón de la mascarada que había organizado López Rodó.
La distribución de los puestos en la mesa era estratégica: estaba todo previsto para que en la foto final apareciesen con las copas de champaña en las manos don Marcelo y el nuncio con el ministro.
La visita de Casaroli fue exclusiva y no contentó a nadie. El Gobierno estaba molesto porque todo apareció como una cosa personal del ministro –un triunfo del Opus- sin que los ministros restantes supieran nada de todos los incidentes. Los obispos estábamos todos molestísimos porque dio la impresión de que la Santa Sede quería complacer al Gobierno en contra del parecer de la Conferencia. La opinión pública quedó desconcertada como reflejaron los medios de comunicación social. Los sacerdotes y los militantes cristianos más conscientes quedaron escandalizados.
Lo que se organizó como un medio de imponer la tesis del Gobierno se convirtió en un auténtico fracaso, principalmente para el ministro López Rodó. De momento se cerraba la puerta a las negociaciones.”




Va tomando cuerpo la tesis del “patronazgo” dentro del santoral católico que el numerario López Rodó se ganó a pulso. Lo sugerí en el capítulo anterior y tras escribir y leer este otro me parece difícil que se encuentre una persona más a propósito para ejercerlo.

Pocos días después de la visita de Casaroli el ministro López Rodó llamó al cardenal Tarancón: necesitaba hablar urgentemente con él. Ese día el cardenal está citado con Carrero Blanco y dejan la charla para el día siguiente. Dice que la conducta de López Rodó es desconcertante después lo que había pasado...

López Rodó le comunica que quiere informarle detalladamente de las conversaciones que ha tenido con Casaroli porque él es el presidente de la Conferencia Episcopal y conviene que esté al tanto de todo. Tarancón reaccionó así a este repentina amabilidad:

“Perdone señor ministro, pero no tengo más remedio que decirle que no acabo de entenderle. Usted ha subrayado públicamente el alejamiento de la Conferencia Episcopal y de su Presidente de todo este asunto. Incluso ha censurado personalmente la noticia de la visita que me hizo a mí monseñor Casaroli antes de acudir el día 1 de noviembre al ministerio. Yo no tengo nada que alegar. Sé que las conversaciones concordatarias deben llevarse a cabo entre las dos altas partes contratantes –Santa Sede y Gobierno-. Pero francamente, no acabo de entender con un criterio realista, el afán de hacer ver que saltan por encima de la Conferencia Episcopal –del criterio de la mayoría de los obispos de España- para que la Santa Sede les diese la razón a ustedes en contra de ella. Esto como usted comprenderá es un absurdo.
El no sabe nada de nada, me dice con toda tranquilidad. Y yo sabía, incluso, que él había rectificado de su puño y letra alguna noticia para televisión en ese sentido. Insiste en que es necesario que yo esté al corriente de todo lo que se haga y me da incluso el texto de los resultados de las conversaciones habidas. Por cierto, que en las conversaciones no se había adelantado nada; tan solo –y este detalle me alarmó- constaban como puntos a tratar en ulteriores conversaciones los cinco principios basilares, condiciones sine que non, que constaban en la carta que le había escrito el cardenal secretario de Estado. Ya no se trataba de condiciones previas para empezar las conversaciones tal como había aceptado monseñor Casaroli, sino de puntos iniciales en las conversaciones, lo cual era una cambio sustancial en el planteamiento.”

López Rodó tenía excusas para todo lo que había hecho. Se había procedido así con la visita de Casaroli porque consideraba que ese era el mejor camino para llegar a una rápida inteligencia.

Tarancón se sorprende de que en esa conversación López Rodó no aludiera a la sentada que hubo en la nunciatura ni a la intervención de tres obispos auxiliares de Madrid. El ministro quiso dar a entender que Tarancón les podría ayudar mucho:

“Se había empezado el camino, me dijo, y nos hemos puesto de acuerdo las pospartes sobre los puntos principales de la negociación. ‘Una actuación de usted en Roma, me dijo, apoyando esta postura, podría ser decisiva.
La verdad es que yo salí de esta entrevista más desconcertado que había entrado, ya que no entendía esa aparente amistad del señor ministro cuando tenía pruebas evidentes de que desconfiaba positivamente de mí y de la Conferencia Episcopal…
Me dí cuenta de que esta entrevista lejos de aclarar la situación y aminorar el clima conflictivo, suponía que el conflicto iba a ser mayor en lo sucesivo. Y que el ministro estaba dispuesto a poner toda la carne en el asador –empleando todos los medios aunque no fuesen los correctos- para conseguir su propósito.”

Las cosas se estaban poniendo cada vez más tensas y más difíciles. Había otros problemas en España aparte de los manejos del ministro con la santa Sede. Eran los tiempos en que sacerdotes, religiosas, seglares se encerraban en el Seminario de Madrid y en la nunciatura para protestar por diversas actuaciones dictatoriales del gobierno. El clima no era óptimo para iniciar unas conversaciones de cara a un nuevo concordato.


Visita a Roma (noviembre de 1973)

Tras la poca oportuna visita de Casaroli a España se imponía un viaje del cardenal Tarancón a Roma para exponer el clima que se había creado, las reacciones que la visita había suscitado en los distintos sectores y de la apariencia de desaprobación por la Santa Sede de la Conferencia Episcopal.

Tarancón se fue a Roma con un amplio dossier de todo lo que había salido en la prensa, caricaturas y chistes incluidos. Entregó sendas copias a Casaroli, Benelli y al propio Pablo VI. Dice Tarancón:

“Benelli estaba francamente indignado y me dijo claramente que Casaroli había procedido por su cuenta, sin que la Secretaría de Estado supiese nada del carácter de la visita. El mismo insinuó que se había preparado en detalle mientras estuvo Casaroli en Norteamérica, en donde había, por cierto un representante de la Santa Sede que también era del Opus.
El Papa creyó en principio, que aquella visita de Casaroli –casi protocolaria- iba a ser tan sólo un gesto de buena voluntad y aun estaba convencido de que yo había dado personalmente el visto bueno a la misma. Lamentaba lo ocurrido, pero insistía en que era conveniente que la Santa Sede diese algunos signos de buena voluntad porque en España creían que el Papa era enemigo de España y les había de convencer con hechos de que no era verdadera esa apreciación. Le insistí en que los políticos eran los que propagaban esa animosidad de Pablo VI hacia España. La inmensa mayoría del pueblo español quería al Papa y estaba convencido de que el Papa quería lo mejor para nuestro pueblo. “

Podemos afirmar que Tarancón quedó muy afectado por estas maniobras del católico fiel que era López Rodó. Hay que decir que en sus Confesiones narra con pelos y señales el antes y después de la visita de Casaroli a España por dos veces. Señala que después de tanto hablar de la dichosa visita no sirvió para nada. Casaroli mantuvo firme la posición de la Santa Sede que era la de la Conferencia episcopal española. Pero Tarancón no se llama engaño y escribe:

“Las apariencias tienen su valor en estas cuestiones. Por ellas juzga la opinión pública. No es extraño que esa visita se convirtiese en el detonante de una serie de conflictos que nos amargaron la vida durante algún tiempo.”

Lo que Tarancón quiere decir es que en la iglesia española no estaba sólo el Opus Dei, perdón, los miembros del instituto secular proporcionando dolores de cabeza a la jerarquía. Había una mayoría de curas jóvenes y laicos, movimientos sociales cristianos que si habían entendido el concilio y querían que España fuera hacia delante saliendo de las sombras de un régimen arcaico. Estos manejos de los poderosos alimentaban las sospechas de que los obispos no querían cambiar y seguían al lado del régimen. Y todo eso exacerbaba el clima, las exageraciones, las posturas violentas.

Los extremos político-religiosos en España siempre se han caracterizado por calentarse los cascos mutuamente. Este asunto de los ministros franquistas y concretamente López Rodó queriendo marcar la agenda de la iglesia fue un caso paradigmático. No fueron hombres de paz sino encizañadores, echando leña al fuego de los conflictos, en lugar de suavizar. Se caracterizaron por una posición doctrinaria de imponer su punto de vista desde el poder a espaldas de la mayoría.

Sigue el cardenal:

“Yo pasé un par de días muy malos. Me llamaban alarmados los obispos. Me interpelaban –airadamente algunos- grupos de sacerdotes y de cristianos comprometidos. Incluso algún ministro me manifestó su desconcierto porque creía que el ministro de Asuntos Exteriores (López Rodó) se había preparado un triunfo personal, por lo que estaban molestos los miembros del gobierno.
No era suficiente que yo asegurase a los obispos y sacerdotes que la Santa Sede no tomaría ninguna decisión sin contar con la Conferencia Episcopal. Yo estaba convencido de ello. Me lo habían repetido una y otra vez en la Secretaría de Estado y el mismo Pablo VI. A ellos les molestaba el clima de escándalo que esta visita producía, existiendo problemas tan graves como el de los sacerdotes encarcelados y el de la presión inadmisible de la policía sobre los dirigentes de ciertos movimientos del apostolado seglar”.

Expliqué el rocambolesco episodio sólo posible en España de la cárcel para curas en Zamora. Para informarse sobre el apostolado seglar, la Acción Católica, la HOAC y otras organizaciones católicas, hay que leer el resto de las memorias de Tarancón. El cardenal estuvo al frente de la Acción Católica desde los años 40. Desempeñaba un puesto privilegiado que le permite describir con solvencia digna de crédito lo sucedido. Los seglares españoles de Acción Católica a diferencia del López Rodó no intrigaban desde la alta política, sino que buscaban un camino de vivencia de la fe cada vez más separado de lo que había sido la tradición de sumisión del seglar a la jerarquía. Esa evolución empezó en los años 50 y fue mucho más clara en los 60.

Es muy significativo como Tarancón explica que no se quiso entender que los tiempos pedían una mayor independencia de los seglares y cómo el excesivo celo controlador acabó por ahogar in nuce unos movimientos renovadores nacidos de la base. No por inspiración divina. Nos aleja del tema Opus Dei y no nos aleja, puesto que es útil observar qué diferente era lo que hacíamos nosotros cuando formábamos parte de la estructura Opus. Trabajábamos para un grupo, no para la iglesia universal. En todo caso nuestros esfuerzos iban dirigidos a que un grupo se hiciera con el poder en la iglesia, pero eso no se puede confundir con el bien de la iglesia. Somos los mejor situados para explicar que el Opus Dei al frente de la iglesia católica no es una buena opción.

Tarancón resume los resultados de la traumática visita:

“El Gobierno tiene un primer momento de euforia. Cree que ha ganado la partida a la Conferencia y a la nunciatura y que, desde ahora, se podría entender directamente con la Santa Sede sin intermediarios molestos. Esta euforia duró poco, no sólo por los conflictos que llegaron a continuación sino porque se dieron cuenta de que todo había sido un “bluff” sin ningún avance práctico.
La Hermandad sacerdotal y con ella grupos católicos colaboradores íntimos del Régimen- echan las campanas al vuelo: la Santa Sede ha dado su merecido a la Conferencia Episcopal que está dilapidando la herencia secular española.
Los sacerdotes y grupos de cristianos contestatarios también están contentos. Creen que les han dado un arma poderosa para oponerse a la jerarquía: tanto a la Santa Sede como a la Conferencia Episcopal.
La mayor parte de los obispos, sacerdotes, religiosos y cristianos comprometidos están tristes. Temen que va a venir una época de contestación violenta y desaforada, como así aconteció, y que quedaba un tanto mal parada ante la opinión pública la autoridad y hasta el prestigio de los obispos españoles.
Lo cierto es que, después de esta visita y haciendo referencia explícitamente a la misma, empieza una etapa difícil y extremadamente conflictiva en las relaciones Iglesia-Estado en España.”

En esto acaban las intrigas.




Me interesa dar a conocer esta serie de vivencias del cardenal al frente de la iglesia española por un hecho actual. En 2012 en España se oyen voces del entorno Opus en los medios de comunicación distribuyendo carnés de catolicismo a discreción. Según esas personas alguien es católico cuando “obedece” sin chistar a lo que la jerarquía dice. Sino es así, entonces uno será lo que quiera pero no católico.

Pues vale, pero la actitud de López Rodó, Agencia Europa Press y otros diarios de hace cuarenta años puenteando y” p… otra cosa” a la Conferencia Episcopal no tiene pinta de gran ejemplo de obediencia. Es muy bonito sacar a relucir la obediencia al Papa y a los obispos cuando son los que te convienen, y cuando no es así andar escribiendo cartitas a la grey advirtiendo de los peligros de la mundanización de la iglesia...

Hay que ver el clima político que había entonces en la iglesia de España. Había obispos que se negaban a que la autoridad procesase a sus sacerdotes, era el privilegio del fuero. Esto daba pie a la extrema derecha a decir que el privilegio del fuero no servía más que para proteger terroristas. Había división en el episcopado entre las dos posturas polarizadas y no hubo una línea de conducta común con estos problemas. Ahora bien, Tarancón aclara que el gobierno apoyaba también económicamente a los de un lado, concretamente la Hermandad Sacerdotal, permitiéndoles hacer asambleas de gran resonancia y publicar sus revistas.

Todo esto erosionaba la autoridad de los obispos. No fueron los miembros del entonces instituto secular quienes ayudaron a calmar los ánimos y que se obedeciera a los obispos como hoy nos enseñan cada vez que tienen un micrófono delante.

“El señor ministro de Asuntos Exteriores (López Rodó) había conseguido del Consejo de Ministros que cualquier asunto que se tuviese que tratar con la Iglesia –enseñanza, asignación del clero, etc.- se hiciese a través suyo, ya que a él le convenía tener todas las cartas en la mano para forzar la firma de un nuevo Concordato, tal como interesaba al gobierno.
No es extraño que se diese una doble impresión que producía desconcierto.
Por una parte daba la impresión de que políticamente se planteaba abiertamente la batalla contra la Conferencia Episcopal, contra la mayoría de la misma, y que contaba con fuerzas en Roma que podían presionar sobre algún dicasterio romano para inclinarla a su favor.
Por otra parte se iba prolongando, incluso enconando, los distintos problemas que se presentaban –se había dicho, por ejemplo, que ya estaba solucionada la cuestión de las nóminas del clero- y que incluso se presentase la postura ‘opusdeísta’ como la única ortodoxa tanto en el plano eclesial como en el patriótico, con lo que le malestar entre los obispos de la mayoría y los sacerdotes normales era cada día mayor. ….
Y lo peor del caso es que la actuación de Europa Press y de algunos medios de comunicación social más cercanos al Gobierno daba la impresión de que los obispos de la mayoría no éramos de fiar e, incluso, se nos señalaba como enemigos de la Iglesia y de la patria, lo que había de producir necesariamente un disgusto muy serio en todos los obispos, sacerdotes y cristianos sensatos. Las cosas iban poniéndose en sazón para que estallase el conflicto…
Cuando después de una lucha tenaz de muchísimos meses, se logró que se aprobase por unanimidad en una comisión el Estatuto del profesorado de Religión, y se había señalado la fecha de la firma, con la excusa, primero, de que la Comisión episcopal no representaba a nadie: era indispensable una delegación de Roma, y rechazando, después, ya abiertamente la delegación de Roma que llegó rápidamente, se negaron a la firma y salieron unos decretos de segundo rango del ministerio de Educación imponiendo unas normas de enseñanza de Religión en la Universidad.
Con esta conducta del gobierno sincronizó una campaña pública, promovida por una editorial afín al Opus (¿Magisterio Español? ¿Rialp?) y orquestada ampliamente por la agencia Europa Press, en contra de los libros de texto de religión para Enseñanza General Básica que había aprobado la Comisión Episcopal, con lo que se pretendía –y en parte se habría de conseguir necesariamente ante la opinión pública- el deterioro de la Conferencia Episcopal que en vez de velar por la ortodoxia en la educación en la fe de los escolares proponía textos nuevos y peligrosos. Con todo ello iba subiendo, como es lógico, el nerviosismo hasta la indignación de muchos obispos y de todos los sacerdotes, religiosos y católicos de buena voluntad, que comprendían perfectamente el trasfondo político de esas jugadas y aun el interés por conseguir un acuerdo con la Santa Sede de talante anteconciliar.”

¿Talante anteconciliar? No puede ser ¿No era Escrivá y por tanto sus hijos precursores del concilio y hoy defensores acérrimos?

La Dirección General de Asuntos Eclesiásticos, que siempre se había distinguido por su integrismo empezó a discriminar a las diócesis y sacerdotes en el plano económico. Varios seminarios menores y algún seminario mayor dejaron de recibir la subvención estatal con la excusa de que no eran propiamente seminarios.

El Ministerio de Gobernación había organizado una ofensiva abierta contra los sacerdotes llamados progresistas. Era normal que miembros de la Policía o de la Guardia civil vigilasen a estos sacerdotes, tomasen notas durante sus homilías y les molestasen a la menor ocasión. Estaban ayudados por los llamados Guerrilleros de Cristo Rey que tenían bula para todo. Irrumpían en las iglesias y armaban alborotos de los cuales hacían responder no pocas veces a los mismos curas.

Se imponían multas exorbitantes a dichos curas “por deterioro del ministerio sacerdotal” que al no pagarse provocaban el encarcelamiento.

Y vamos con más ejemplos de la obediencia a la jerarquía orquestados desde un Gobierno en el que los asuntos “Iglesia” estaban en manos de un numerario:

Campañas de insultos contra esos sacerdotes y en más de una ocasión contra los obispos “rojos”, contra el nuncio de su Santidad, contra la Secretaría de Estado y hasta contra el mismo Papa, eran frecuentes en los medios gubernamentales de información, en revistas de ultraderecha y hasta en alguna eclesiástica, “Iglesia-Mundo” sin que el Ministerio tomase medidas, daba la impresión de que estaban alentadas por los mismos ministerios.

Agresiones a sacerdotes y ofensas públicas contra obispos eran toleradas y, al parecer, fomentadas por los mismos que tenían el deber de evitarlas. Nunca se dio el caso de que fuese castigada una agresión de esa clase, ni siquiera cuando hubo una denuncia contra Sánchez Covisa jefe de los Guerrilleros de Cristo Rey por su actuación en el seminario el 1 de mayo, la agresión con sangre al consiliario diocesano de la HOAC y los insultos e intentos de agresión a un obispo auxiliar de Madrid. Mientras se castigaba de manera desorbitada cualquier gesto de los católicos avanzados.

Conclusión:

“Todo ello daba la sensación de una hostilidad del estamento gubernamental contra la Iglesia oficial: santa Sede, Conferencia Episcopal, obispos, que había de explotar necesariamente ante la sensación de maridaje entre Casaroli y López Rodó que resultaba inexplicable en ese clima conflictivo, casi de guerra fría.”

Se añadía la información tendenciosa de las agencias que tenían una sección religiosa. Al frente de ellas estaba un sacerdote del Opus Dei. Tendenciosa quiere decir: abiertamente en contra de muchas decisiones de la Santa Sede y, sobre todo, con una hostilidad manifiesta hacia al Conferencia Episcopal y hacia los obispos que ellos consideraban no gubernamentales.

Clima irrespirable en el que un factor era la actitud del Opus Dei que, “apareciendo como defensor de la ascética tradicional, que la Iglesia según ellos abandonaba traicionándose a sí misma, y con manifestaciones externas de adhesión a la jerarquía, fomentaba por todos los medios la convicción de que era el momento de defender a la Iglesia contra los enemigos de dentro. Y valiéndose de la política y de los poderosos medios con que cuenta fomentaba un clima de desconfianza contra todos los cambios que venían introduciéndose, aun oficialmente, como consecuencia del concilio y defendía el matrimonio de la espada y el altar como único medio para asegurar la unidad católica de España y para que esta pudiese vivir en paz, siendo fiel a su pasado”.

Nunca se vieron predecesores de algo más pasados de moda.




En noviembre de 1973 tuvo lugar una Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal. El clima era tenso y apasionado. Algunos sacerdotes y seglares habían hecho una sentada en el seminario de Madrid para que los obispos se comprometiesen con las reformas y el apartamiento de la iglesia del régimen político. Se pedía el reconocimiento de la objeción de conciencia respecto del servicio militar obligatorio. Tarancón dice que aunque se empezó con muchos nervios, la Asamblea terminó en un clima más sereno y que le ofreció diálogo a Marcelo González arzobispo de Toledo.

En torno a este prelado estaban reuniéndose las fuerzas “ultras”. Se quería dar la impresión de que la iglesia española tenía dos cabezas, Tarancón representante de la mayoría reformista, y Marcelo González punta de lanza de los que soñaban con una unión eterna de la iglesia católica con el Estado como mejor medio para preservar la fe del pueblo...

Tarancón hace un retrato de los ministros franquistas un poco descorazonador:

  • Carrero Blanco, el almirante que presidía el consejo de ministros, honrado, pero de elementalísima mentalidad política que nunca había pensado sobre los problemas de Estado y seguía con las ideas de 1936.
  • Antonio María de Oriol y Urquijo, ministro de justicia, piadoso, tradicional, incapaz de diálogo razonable, se creía junto con el Opus Dei el gran defensor de la Iglesia con obligación de salvarla de ella misma.
  • Carlos Arias Navarro, ministro de la Gobernación que confundía la política con el orden público.
  • Laureano López Rodó, ministro de Asuntos Exteriores, uno de los pensadores del Opus Dei, hombre frío, calculador, que utilizaba todos los medios para alcanzar el fin que se proponía y que estaba receloso contra la Santa Sede y francamente en contra de la mayoría episcopal, buscaba su triunfo personal y quería valerse de la Iglesia para conseguirlo, necesitaba una Iglesia al antiguo uso vinculada estrechamente al poder.
  • El ministro de Educación, Julio Rodríguez del que decían todos para explicar su conducta que estaba loco, mantenía con respecto a la Iglesia la postura que le señalaba López Rodó y hacía imposible la inteligencia con la Comisión Episcopal de Enseñanza.

Tarancón estaba convencido de que si los obispos se reconciliaban podían hacer mucho no sólo a nivel eclesial también político, por la gran influencia de la iglesia en la opinión pública española.

Por eso fue muy importante el encuentro en Ávila entre los dos grandes obispos del momento. Los de la Hermandad Sacerdotal y demás amigos del antiguo orden de cosas temieron que se les podía escapar una buena baza si ambos se entendían.

Los apuntes que da Tarancón sobre esa conversación me parecen fundamentales para entender los dos modelos de Iglesia frente a frente. Hoy en día, con otros matices, pero seguimos en las mismas:

  • una iglesia aliada del poder político y fundamento del mismo frente a
  • una iglesia desligada de la política, y consciente de las preocupaciones reales de las gentes de a pie, que no suelen ser las de los políticos.

¿De qué se quejaba la minoría amante de la España eterna y católica?

  • De la publicación de las conclusiones de la Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes, se les daba un rango de enseñanza oficial de la iglesia que no podían tener puesto que no habían sido aprobadas por la Conferencia Episcopal.

Hago notar al respecto que dicho volumen fue llevado a Roma y presentado al mismo Papa Pablo VI así como a monseñor Benelli y demás autoridades y nadie preguntó por el nihil obstat del mismo. Todos lo alabaron.

Por su parte Tarancón replicó a esta queja que don Marcelo se había mostrado muy satisfecho tras la Asamblea y había reconocido ante los demás que había sido positiva. Don Marcelo replicó que se había dado la impresión de que estaban aprobadas, y Tarancón le volvió a decir que de ningún modo, que se había dicho taxativamente que no eran normas de la jerarquía.

Obsérvese en esta discusión la mentalidad “juridicista”.

  • Don Marcelo se quejó de que la mayoría imponía los nombres de los que debían de elaborar una ponencia y las ponencias eran monocolores. Tarancón replicó que la minoría no se resignaba a no mandar, y que como no salía lo que ellos querían se consideraban desligados de la Asamblea. Cosa que nunca habían hecho los que anteriormente eran minoría.

Lecciones de democracia.

  • Según el arzobispo de Toledo la Conferencia episcopal se había ocupado demasiado de temas sociopolíticos y se había desentendido de otros temas fundamentales, la defensa de la fe y de la moral y los temas propiamente teológicos y eclesiales.

En este punto me parece estar escuchando a Escrivá en aquellas tertulias multitudinarias por España y América, cuando voceaba que los curas no debían ocuparse de sociología ni de necedades. La defensa de la fe, ¿a qué se refieren? ¿ piensan aún en Covadonga y la Reconquista? La defensa de la moral ya sé en qué consiste.

Pero la respuesta de Tarancón fue que la culpa de esas preocupaciones episcopales era de los políticos españoles cristianos incapaces hasta el momento de aceptar las nuevas orientaciones del Concilio. No se podía obviar que según Vaticano II no se podía mantener la conjunción político-religiosa Iglesia-Estado, tal como estaba en España. Y que por esa misma realidad las mismas orientaciones religioso-eclesiales tenían una proyección política fuerte. Si la Conferencia ha de ser un organismo vivo y eficaz ha de estar atenta a la problemática real que se manifiesta en el pueblo de Dios y ha de acudir allí donde la necesidad sea mayor y más urgente.

Quizás se debería de afrontar problemas eclesiales, pero era muy difícil por la interpretación política que los periódicos del Régimen daban a todo.

Don Marcelo se sentía atado al régimen, por gratitud a quienes habían defendido la Iglesia y por estar convencido de que la pérdida de la unidad católica sería un mal para la patria.

Estos obispos a la antigua usanza no admitían que los “favores del 36” eran excusas para beneficiarse del apoyo de la Iglesia. La legitimidad que la dictadura no tenía en las urnas, la apuntalaba además de con la represión, con el ascendiente moral y el peso cultural indiscutible del catolicismo. Tarancón se da cuenta de que lo que le separa del otro obispo es una razón política, él no piensa que la supervivencia de la fe en España esté ligada al franquismo.

Luego se plantea el famoso y espinoso asunto que es un clásico: ¿qué cura se mete en política, el progre o el ultra?

Don Marcelo achaca que algunos curas se meten en política poniéndose en contra del régimen de Franco, y daba la impresión de que la Conferencia Episcopal y aún la Santa Sede apoyaban esa postura inadmisible.

Tarancón dijo que él tampoco aprobaba a los curas que se metían en política, pero le recordó que otros sacerdotes estaban metidos en política de una manera casi agresiva apoyando al gobierno.

Importante reflexión de Tarancón para España:

“Va a ser difícil que el entramado religión-política –que ha durado tantos siglos y que desde la “guerra-Cruzada”, con el desenlace del Régimen confesional que unía a la Iglesia al bando de los vencedores, ha convertido a la Iglesia en un instrumento del Estado y, en algunas cosas al Estado en instrumento de la Iglesia –pueda ser deshecho y podamos superar ese clima que hemos vivido tan intensamente.”

Hablaron de las conversaciones que Tarancón había mantenido en Roma en relación con las negociaciones concordatarias. El recelo de Marcelo González era mucho mayor. Dice Tarancón que los del Gobierno, por no decir López Rodó que era el encargado del tema eclesial, le habían informado a su manera. Hacían responsable a Benelli de la postura poco cordial y hasta inamistosa de la Santa Sede, hacían responsable a Tarancón por sus viajes continuos a Roma y porque además ¡él se atenía a las orientaciones de la Santa Sede!

Sobre el Concordato pendiente don Marcelo pensaba que debía hacerse en vida de Franco por lo que pudiera pasar después. El escándalo de la gente sencilla era su argumento, el pueblo no podía entender que el Papa no se entendiera con Franco. Mirando hacia atrás. Pero en Tarancón hacía mella el futuro de la iglesia que no se podía hipotecar con unos acuerdos que encontrarían contestación nada más ser firmados.

Don Marcelo no era partidario del diálogo con los seglares, es peligroso, se pone en peligro la autoridad de jurisdicción que tiene la iglesia. Tarancón opone que el Consejo Pastoral conveniente y aconsejado por el Concilio. No se puede dudar de la corresponsabilidad de los seglares en la acción pastoral de la Iglesia. No se puede ejercer la autoridad de manera autoritaria.

Otro punto de obsesión para Marcelo González es la ortodoxia de la fe, y piensa que la conducta de algunos obispos, la mayoría, la está deteriorando porque no se oponen rotundamente a las desviaciones. El pluralismo legítimo es una excusa para la desviación. Tarancón observa que Marcelo González está asustado y es incapaz de aceptar las realidades y la necesidad de una renovación intensa en todos los órdenes.

El hecho que según Tarancón afectó a este obispo además del talante de sus amigos los obispos Guerra Campos y Castán empeñados en la caza de brujas, fue su experiencia como obispo de Barcelona. No le agradaron las renovaciones que se pretendían hacer en esa diócesis, todas tenían un talante político y catalanista. Daba la impresión de justificar los excesos de la revista Iglesia-Mundo por los excesos de los demás.

A pesar de las divergencias la charla terminó en un clima de cordialidad.

Con respecto al tema Opus Dei, se puede concluir que la política que hacía el gobierno de Franco referente a la iglesia en 1973 era la de Laureano, él llevaba la voz cantante. Y el gran enemigo de las intenciones de Laureano en Roma era si no el papa, claramente monseñor Benelli. Este prelado pertenece al exiguo grupo de los que nunca simpatizaron con el instituto secular hoy prelatura. No cedió a sus encantos, a diferencia de otros muchos monseñores que se dejan engatusar por la política de halagos que el Opus Dei sabe prodigar con los poderosos.




Hubo cambios en el gobierno de España en 1974, tras el asesinato en atentado de Carrero Blanco en diciembre de 1973. Eran los últimos meses del dictador y se diría que los políticos pretendían hacer sobrevivir el régimen a cualquier precio. Fue nombrado presidente del gobierno Arias Navarro, conocido como el “Carnicerito de Málaga” en alusión a su política represiva en esa ciudad andaluza tras la guerra. Un hombre para el que Franco lo era todo asciende al cargo más importante.

Tarancón tenía que ir de viaje a Roma, hizo un informe sobre como afectaban los cambios a la iglesia. Entregó sendas copias al Papa, al cardenal Villot, a monseñor Benelli y a Casaroli. En él decía...

“Tras la formación del nuevo Gobierno se diría que en el país se respira una amplia satisfacción. El nuevo Presidente goza de simpatías mucho mayores que las del fallecido. Y la valoración de los nuevos gobernantes es superior a la de los cesados.

La nota más comentada en el país y que ha producido mayor satisfacción es la de la derrota del Opus Dei, cuyos miembros habían sido barridos de la escena política. Desde el punto de vista de la Iglesia, la impresión primera es claramente satisfactoria:
1. La desaparición de los miembros del Opus Dei quita muchas ambigüedades que en nada favorecían a la Iglesia.
2. La posición de los nuevos gobernantes parece, por el momento:
a. menos necesitada de éxitos políticos inmediatos.
b. Más dialogante.
c. más amiga de resolver los problemas pendientes.
Por el momento podemos registrar:
a. un silencio discreto, sin grandes manifestaciones en la primera manifestación del programa gubernamental.
b. Una búsqueda de contactos amistosos.
c. Unos primeros signos de simpatía a la Iglesia en los medios de comunicación.”

Por mi parte encuentro grave que la marcha de los servidores de la iglesia sea vista con alivio por la población y por el cardenal.

Tarancón seguía aconsejando en su informe a la Santa Sede que no había que tener prisa con los acuerdos con España, y marcaba las condiciones irrenunciables de los mismos. Tuvo una entrevista con monseñor Benelli, muy jugosa pues si Roma veía con buenos ojos que los católicos españoles se unieran en el campo político, Tarancón hubo de explicar que esa unión “de todos los que tenían un concepto cristiano de la vida era poco menos que imposible.”

Están los incondicionales del régimen franquista, que se creen defensores de la iglesia y por eso contrarios a la democracia, están los Gil Robles y Ruiz-Giménez que representan un cristianismo social fácil de aliar con los socialistas, pero también Silva de espíritu capitalista que nunca admitiría esas alianzas y todavía dentro de los tradicionalistas hay división. Tarancón sabía que a pesar de su ascendiente sobre muchos políticos era mejor no jugar en política con el apellido “cristiano”. Además el maridaje de la iglesia española con el poder ha sido fatal porque ha alejado a los obreros de ella.

El nuevo gobierno, aún sin Opus Dei entre sus miembros más destacados, seguía con las ideas preconciliares en cuanto a las relaciones con la Iglesia. Pero aunque no había ministros Opus Dei sí había embajadores. Concretamente Fernández de Valderrama, el embajador ante la Santa Sede.

Se entrevistaron en septiembre de 1974 en Roma. Y la idea del embajador era que había que aprovechar los últimos momentos de Franco, con el dictador en vida se podrá conseguir mucho más que después de su muerte, ya que no se sabía lo que iba a pasar.

Tarancón por la misma razón pensaba que era mejor no firmar el Concordato. La Iglesia no debe sacar ventajas, sólo necesita libertad para cumplir su misión. Esa postura no podía entenderla ni Franco ni muchos de los políticos –se refería a los del Opus Dei- pero la entenderían los que vinieran después.

Pensaba que tras 35 años de propaganda insistente la sociedad española era masivamente conservadora y anticomunista. Si después de Franco llega un gobierno “sectario”, es decir anticatólico se saltaría el Concordato a la torera, si es un gobierno democrático y conservador, será mucho mejor que no estén atados por un Concordato con los condicionamientos del régimen anterior.

El embajador opusino insistía en que “Franco es sinceramente católico y quiere reconocer el poder de la iglesia. Los gobernantes actuales desean también el mayor bien para la iglesia, cosa que quizás ya no tengamos más. Vale la pena aprovechar estas circunstancias mirando el bien de la Iglesia y el bien de nuestro pueblo, que es visceralmente católico y que no entiende la conflictividad entre la Iglesia y el Estado católico.”

Tarancón le dijo con fuerza que ya había pasado el tiempo en que la Iglesia procuraba aprovecharse del poder. Y que quizás fuese esa una de las causas más profundas que le había hecho perder su credibilidad delante de muchos especialmente de los más débiles.

Se dio cuenta también de que no iba a convencerle. A Fdez. de Valderrama le parecía absurdo poder aprovecharse del poder y no hacerlo. Si el dinero, el poder político pueden servir a la Iglesia para imponer su doctrina, ¿por qué renunciar? Si el fin que se propone la Iglesia puede conseguirse más fácilmente teniendo a su servicio el poder económico y el poder político y ejerciendo su control sobre la sociedad ¿puede en conciencia renunciar a ellos?

Era la tesis del Opus Dei en 1974, así lo dice el cardenal, que reconoce que en algún momento fue la tesis de todos, pero ese tiempo ya había pasado gracias en especial a la asamblea conciliar. Hoy sorprendentemente defienden ese concilio Vaticano II que hace 40 años no les convenía.

Otras actuaciones destacadas de opusinos relatadas por el cardenal:

Un tal De los Arcos como director general de política exterior siempre metía baza en el nombramiento de obispos con un solo objetivo, conseguir que la Santa Sede por encima de la Conferencia Episcopal cediese a las exigencias del gobierno, con la mentalidad y táctica del Opus, para que en ella encontrase el régimen su propio apoyo. Fueron tan insistentes en poner zancadillas al nombramiento de obispos que Tarancón acabó por resignarse a que muchas diócesis se quedaran descabezadas. La única solución para estas sedes vacantes iba a ser la muerte del Caudillo.

La Asamblea cristiana de Vallecas, Tarancón se detiene en explicar las peculiaridades de este barrio obrero de Madrid que sufrió la represión en la guerra y la posguerra. En los 60 y 70 creció el chabolismo con el aluvión de inmigrantes procedentes del sur de España. El auténtico Vallecas tenía conciencia de haber perdido la guerra ganada por militares y curas, y sus seres queridos habían muerto por ser “rojos”. El desarraigo, el hambre, la incultura hacían de este barrio pasto de la demagogia. Los habitantes del centro de Madrid bastante hacían ya con olvidar el pasado y “visitar a los pobres” de vez en cuando como para pensar en más amplias soluciones.

Por la especial distribución geográfica de las parroquias pertenecían a este distrito tanto iglesias ricas como iglesias pobres. Los curas progresistas y el obispo auxiliar quisieron poner en marcha la formación de una Asamblea cristiana que sería el blanco del Opus Dei y la Hermandad Sacerdotal. Dice Tarancón que dada la influencia del Opus en la Administración Pública, la Asamblea se convertiría en una excusa para la lucha religioso-política. Solamente por nombrarla Asamblea cristiana se encendieron las iras de los conservadores de la España eterna. El Opus consiguió que el ministro de Presidencia suspendiera la primera reunión, mientras que la agencia Europa Press y la revista Iglesia-Mundo advertían de los errores y herejías que se contenían en las ponencias. Tarancón advierte que no había disquisiciones teológicas sino que el contenido de las mismas era puramente pastoral. Sólo añadiré que el gobierno intentó que fuera el propio Tarancón, arzobispo de Madrid el que decretara la suspensión a un acto al que ya había dado su acuerdo. Todo acabó como el rosario de la Aurora como suele decirse.

Estas Confesiones de Tarancón tratan otras cuestiones eclesiales, también acontecimientos traumáticos, como las últimas condenas a muerte firmadas por Franco dos meses antes de morir. Quiero aludir a su primera conversación larga con el rey Juan Carlos en la que un tema importante fue la renuncia a la presentación de obispos. Tarancón asegura que vio al monarca sin opinión propia, hostigado por el Opus de un lado y los ministros de otro sin acabar de comprender el significado de la renuncia. Juan Carlos I decidió renunciar a dicho privilegio en 1976.

Sería interesante saber cómo se fraguó el acuerdo con la Iglesia aún vigente en España de 1979. Desconozco si las personas del Opus Dei tuvieron algo que ver en él. Se agradece la información al respecto, supongo que los canonistas habituales algo deben de saber sobre la cuestión.

He seleccionado voluntariamente las alusiones al Opus Dei. Tras el tiempo dedicado al libro concluyo que si estos son los servidores de la Iglesia sobran los enemigos. Ahora comprendo mejor que en mi tiempo pasado en el Opus Dei hice muchas cosas pero no “servir a la Iglesia como ella quiere ser servida”. Como tantas otras frases aprendidas y repetidas machaconamente esta es un slogan más con el que se pretende tener buena conciencia y justificar acciones injustificables.



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