Secreto y secretismo

From Opus Dei info

Por E.B.E., 30.01.2008


Cuando estaba en «la Obra», había muchas «cosas que no podía contar». Sin embargo, ni se me pasaba por la cabeza que se trataran de secretos. Ya había dicho el fundador que no los había y por lo tanto estaba claro el asunto en teoría.

Sin embargo, había muchas cosas que no podía contar.

Pero si me preguntaban si en el Opus Dei había secretos, decía que «para nada». Sin embargo, había muchas cosas que no podía contar.

En un examen, un profesor me dijo por qué no había leído el texto del autor X si era entendible hasta para los oligofrénicos. Una situación humillante, sabiendo que no era que no lo había querido leer sino que me habían prohibido leer ése y otros cuantos textos más. Me quedé en silencio y como un imbécil esperé con paciencia que me anunciara el aplazo, luego de que el profesor intentara por todos los medios entender cómo no había leído ese simple texto. Eso sí, me santifiqué porque obedecí al director que me dijo que fuera igual, aunque no supiera la materia. ¡A ofrecerlo, que me estaba ganando el Cielo!

Me hubiera gustado contarle por qué no lo había leído, pues en el Opus Dei no había secretos. ¿Hubiera entendido la razón que le habría presentado? Se habría quedado con los ojos más que bien abiertos.

Se lo hubiera podido contar, pero «no lo hubiera entendido». Era por su bien (¿o por el mío?) que no se lo contaba, ya que secretos no había. Secretos no, pero sí muchas cosas que no podía contar.




Llegado al punto, el hecho de que la doctrina oficial afirmara que no había secretos, no me servía para nada. Yo quería contar muchas cosas, pero no podía contarlas. Ese era el problema, no el que hubiera o no secretos. ¡Qué me importaban los secretos! Que se los guardaran los directores, en todo caso.

Se los guardaban, en realidad, a muchos. Me enteraba de ellos por casualidad, por los «trabajos internos» o porque algún soldado raso me compartía su descubrimiento. Jamás vino un director y me dijo «te voy a contar un secreto». En cambio, muchas veces diferentes directores me dijeron: «esto no lo cuentes». Qué sabor parecido.

Otros, en realidad, no eran secretos, pues se trataba de cosas que yo hubiera contado sin problemas. Los directores creaban el problema, hacían de cosas normales, un secreto. Bueno, normales para mí en ese momento. Ahora, desde afuera, de normales nada.

Claro, si yo hubiera vestido el hábito de monje y le hubiera dicho al profesor que en nombre de la santa obediencia no había leído sus libros, todo quedaba claro y sin ningún secreto. Pero el secreto, en realidad, no era hacia el profesor, sino hacia mí: que no me diera cuenta de que en lugar de ser un «cristiano corriente» era un monje viviendo la santa obediencia hasta el límite del absurdo (pero no por razones santas sino por intereses corporativos del Opus Dei: que el hombre trabaje como hormiga, aunque con conciencia de hombre, no sea que se pregunte ¿acaso soy una hormiga?). Ahí hubiera habido problemas, sobre todo de identidad. Crisis vocacional.

Había muchas cosas que no podía contar porque no me las podía contar. Y un modo de contárselas a uno mismo es contarlas en voz alta (o por ejemplo en esta Web, al dejarlas por escrito). Ahí se pone a prueba y se toma consciencia de muchas cosas que, pensadas en voz baja, no alcanzan su verdadera dimensión. Contarle al profesor, en vivo y en directo, que no había leído sus libros por obediencia a los directores hubiera sido un descubrimiento para mí, de quién era yo.

El no contar permite no contrastar. Y de esa forma se prolonga la ignorancia en el tiempo. Cuando surge el contraste, comienza la verdadera crisis vocacional.

Es la disociación entre el pensar y el hacer. Una disociación tremenda, que crea verdaderos problemas de identidad, personas necesitadas de terapia profunda. Sólo cuando se deja de disociar se comienza a entender la naturaleza dañina del Opus Dei.

«Con rigideces nada se consigue: se pierde la espontaneidad y la iniciativa y se da lugar a que surjan espíritus retorcidos: hombres que, por no formarse en la verdad, acaban yendo contra su conciencia con pecados, que podríamos llamar barrocos, complicados, poco naturales. Libertad, hijos míos, libertad, que es la clave de esa mentalidad laical que todos tenemos en el Opus Dei» (Escrivá, Carta, 29-IX-1957, n. 55., citado en Meditaciones IV, págs. 272-273).

Doctrina admirable. Pero por otro lado, palabras preocupantes, porque surgen de la misma persona que fundó al monstruo. ¿Dr Jeckyll y Mr. Hyde? Como leer el Emilio de Rousseau y comprobar luego cómo terminó educando a sus hijos. Si tan sólo hubieran sido escritores...




Una vez afuera de la Opus Dei, puede repetirse el fenómeno. Por razones totalmente opuestas, pero con el mismo resultado: reprimirse interiormente. Vivir ocultando cosas, vivir con secretos, vivir sin poder contar, sin poder hablar.

Antes la razón era la dignidad de la Obra: «no nos van a entender». Ahora las razones podrían ser de lo más variadas: no dar una imagen equivocada de la Iglesia, evitar que parientes se escandalicen o sorprendan desagradablemente, etc., y también razones propias: borrar definitivamente ese pasado vergonzoso. Decirle hoy a ese profesor por qué no leí sus libros es sumamente humillante, sobre todo porque no es católico y por lo tanto la fe no es para él una razón que explique nada. Si le hablara de santa obediencia me preguntaría si soy Robin, el compañero de Batman. Pero prefiero pasar por idiota a recurrir al secreto.

No, no más secretos acerca del Opus Dei aunque esos secretos me involucren. Hoy no quiero conservar ninguna de esas cosas que ayer el Opus Dei me impedía contar. Hoy no quiero ser yo el que impida que esas cosas puedan ser contadas. No quiero custodiar más ningún secreto del Opus Dei.

Ahora me resulta tan liberador contarlo todo acerca de la Opus Dei. Y si a ese profesor me lo cruzo de nuevo, se lo cuento todo, y de paso me entero a ver qué cara pone.

En el Opus Dei no hay secretos. Simplemente hay millones de cosas que no se pueden contar. Que en los hechos, para el común de los mortales, es lo mismo.



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