Santos y Pillos/La expansión internacional del instituto secular del Opus Dei

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LA EXPANSIÓN INTERNACIONAL DEL INSTITUTO SECULAR DEL OPUS DEI (1947-1958)


Sinopsis de la versión oficial: aprobación del Opus Dei como instituto secular y expansión internacional

El nuevo período que ahora vamos a considerar se caracteriza básicamente por la aprobación, primero provisional (1947) y al poco tiempo definitiva (1950), del Opus Dei como instituto secular de la Iglesia católica; por su notable expansión internacional (Europa, América del Norte y del Sur, y, hacia el final del período, Japón y Kenya); y por una clara ampliación de su ámbito de actuación, con la inclusión en el seno del Opus Dei de miembros casados, de sacerdotes diocesanos y hasta de cooperadores no católicos, con la creación de instituciones propias en el terreno educativo (principalmente los colegios romanos y la Universidad de Navarra), así como con la aparición de socios de la Obra en lugares muy destacados de la vida política y económica, singularmente en el caso de España.

La aprobación pontificia del Opus Dei como instituto secular

Por razones tanto cronológicas, como de mayor proximidad temática con las cuestiones analizadas en el capítulo anterior, abordaremos en primer lugar el aspecto más jurídico del reconocimiento oficial del Opus Dei como institución de derecho pontificio.

A comienzos del año 1947 la Santa Sede aprueba, mediante el documento llamado "Provida Mater Ecclesia", la creación de los institutos seculares, que son "sociedades, clericales o laicales, cuyos miembros, para adquirir la perfección cristiana y ejercer plenamente el apostolado, profesan en el siglo los consejos evangélicos" (art. 1). Tres semanas más tarde, un decreto de la Sagrada Congregación de Religiosos erige "la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei, abreviadamente llamada Opus Dei", como instituto secular ("Primum Institutum Saeculare", reproducido en Fuenmayor y otros autores, 532-535).

a) Dado que disponemos del texto (publicado en 1949, pero no siempre muy tenido en cuenta en la literatura "oficial") de una conferencia pronunciada en Madrid, el año 1948, por monseñor Escrivá de Balaguer, sobre la "Provida Mater Ecclesia" y sobre "la naturaleza del Opus Dei en cuanto estado de perfección evangélica" (Escrivá, 1949, 5), vamos a utilizarlo aquí como fuente básica. Escrivá, que pronuncia la conferencia precisamente en la sede de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y se dirige a su auditorio diciendo que "es para mí gozo grande difundir el conocimiento de la Obra entre los hijos buenos de nuestra madre la Iglesia" (ibíd., 5), presenta en primer lugar el documento pontificio ("Provida Mater Ecclesia") como reconocimiento de una nueva forma de vida de perfección, distinta de la de los religiosos.

La Iglesia es, según monseñor Escrivá, un organismo que demuestra su vitalidad con un movimiento que no es una mera "adaptación al ambiente: es una intromisión en él, con animo positivo y señorial" (ibíd., 7). Se trata de una antigua idea del fundador del Opus, quien ya en Camino contraponía la concepción según la cual "¡nfluye tanto el ambiente!" a una situación en la que quepa afirmar: "¡influimos tanto en el ambiente!" (Camino, n°. 376). La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, ha de ir por el mundo "con paso firme y seguro, abriendo ella camino, y consciente, además, de que trae en su seno el signo de contradicción para la ruina y la salvación de muchos" (ibid., 7). Esta breve introducción no es "una profesión de fe en la presencia y acción del Espíritu Santo en la comunidad cristiana" (Fuenmayor y otros autores, 21 8), sino también una buena síntesis de la visión que de la iglesia en el mundo tiene el fundador del Opus Dei.

El texto prosigue con una breve panorámica histórica de las sucesivas maneras de vivir "el estado de perfección" dentro de la Iglesia (ascetismo, vida rnonástica, órdenes y congregaciones religiosas, sociedades de vida común sin votos). Acerca de las últimas dice que se distinguen netamente de las asociaciones de tipo laical y que se parecen mucho, en cambio, a las congregaciones religiosas (vida común, practica de los consejos evangélicos de pobreza, celibato y obediencia, forma de apostolado y organización interna centralizada). La única diferencia significativa entre estas sociedades y las congregaciones de religiosos estriba en la cuestión de los votos, que o no existen, o son promesas y no votos, o son votos que carecen de carácter público (Escrivá, 1949, 14). Todas estas observaciones son particularmente interesantes, habida cuenta de que entre 1943 y 1947 la fundación del padre Escrivá había gozado precisamente de ese estatuto de "sociedad de vida común sin votos".

La novedad de los institutos seculares radica en el hecho de que, con la "Provida Mater Ecclesia "se reconoce un nuevo estado de perfección, distinto de los que hasta aquí jurídicamente existían" (ibíd., 16). Por primera vez se reconoce la posibilidad de un estado de perfección cuyos miembros no sean religiosos. En efecto, el rasgo distintivo de los religiosos es, o bien "la vida contemplativa dedicada a la oración y el sacrificio", o bien "la vida activa dedicada a remediar desde fuera del mundo los males y necesidades de éste" (ibíd., 16). Con los institutos seculares aparece, en cambio, "una nueva forma de vida de perfección, en la que sus miembros no son religiosos": al contrario. "ahora es del mismo mundo de donde surgen estos apóstoles que se atreven a santificar todas las actividades corrientes de los hombres" (ibíd., 1 6s).

Ésta será, a partir del año 1947, una buena definición de lo que son, según Escrivá, los miembros del Opus Dei: "apóstoles que se atreven a santificar todas las actividades corrientes de los hombres". En este sentido los institutos seculares, y el Opus Dei el primero, constituyen "el término en la evolución de las formas de vida de perfección en la Iglesia" (ibíd., 17). Los institutos seculares "constituyen en el siglo un verdadero estado de perfección", distinto sin duda del estado religioso, pero no menos distinto "del mero estado secular" (Canals, 1954, 85). Cuando años más tarde monseñor Escrivá afirme que "el Opus Dei no es ni puede considerarse una realidad ligada al proceso evolutivo del estado de perfección en la Iglesia" y que "nuestra Asociación no pretende de ninguna manera que sus socios cambien de estado, que dejen de ser simples fieles iguales a los otros, para adquirir el peculiar estado de perfección" ("Conversaciones", n°. 20), la literatura "oficial" podrá decir cuanto quiera, pero parece innegable que monseñor Escrivá está literalmente "desdiciéndose" de lo que había dicho en su conferencia del año 1948.

En la segunda parte de la conferencia, en efecto, monseñor Escrivá presenta al Opus Dei como primer instituto secular aprobado de acuerdo con las normas de la "Provida Mater Ecclesia", "que ha sido puesto como modelo de este nuevo tipo de vida de perfección por el Santo Padre Pío XII" (Escrivá, 1949, 18). El texto es relativamente breve y recoge las principales "notas características" del Opus Dei, en la que bien puede ser considerada como una versión oficial y autorizada de la época. En el apartado que dedica a "las finalidades del Instituto" (apartado curiosamente excluido del resumen que de la conferencia hacen Fuenmayor y otros autores, 219), monseñor Escrivá destaca los dos puntos siguientes:

- "El fin general del Instituto es la santificación de sus miembros, por la práctica de los consejos evangélicos y la observancia de las propias Constituciones. El específico es trabajar con todas sus fuerzas para que los intelectuales se adhieran a los preceptos y aun a los consejos de Cristo Nuestro Señor, y que los lleven a la práctica; y de este modo fomentar y difundir la vida de perfección en el siglo entre las demás clases de la sociedad civil, y formar a hombres y mujeres para el ejercicio del apostolado en el mundo" (ibíd., 19). Pese a que a partir de esta época empiezan a aparecer las referencias a "las demás clases de la sociedad civil", en continuidad con lo que desde el momento de su primera cristalización ha sido siempre el Opus Dei se reitera una vez más que éste trabaja específicamente entre los intelectuales, quienes han de influir ("fomentar y difundir") sobre "las demás clases", de acuerdo con el viejo principio -propio de los Propagandistas a los que se dirige Escrivá en su conferencia- de que aquel que haya alcanzado "el dominio de las cumbres es dueño de la sociedad entera" (Fontán, 45).

- "Los socios que se consagran temporalmente o a perpetuidad, emiten votos privados, como puede hacerlo otro fiel cualquiera" (Escrivá, 1949, 19). Al Opus Dei, dirá en cambio monseñor Escrivá veinte años más tarde, "no le interesan ni votos, ni promesas, ni forma alguna de consagración para sus socios, diversa de la consagración que ya todos recibieron con el bautismo" ("Conversaciones", n°. 20).

b) Tras esta síntesis de la situación, debida al propio padre Escrivá de Balaguer, poco más cabe añadir. El decreto de aprobación provisional ("Primum Institutum Saeculare", 24.2.1947) consagra efectivamente la unidad de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei, y reconoce incluso que el segundo nombre es el que abreviadamente suele utilizarse para designar al Instituto, presentado por lo demás como "modelo de los institutos seculares" (Fuenmayor y otros autores, 534). El documento precisa asimismo que aunque por la condición ordinaria de sus miembros habría de ser un instituto laical, en razón de la Sociedad de la Santa Cruz (cuyos miembros ostentan todos los cargos de dirección) queda definido como prevalentemente clerical, habiéndose de equiparar desde un punto de vista jurídico a los institutos clericales (ibíd., 534). Si a primera vista pudiera parecer que el Opus Dei había de poner todo el empeño en ser reconocido como laical -dado el carácter de "seglares corrientes" de sus miembros, y dada la existencia de una rama femenina- de hecho su definición como "clerical" le confería toda una serie de ventajas desde el punto de vista de su autonomía frente a las autoridades diocesanas (Rocca, 1985, 4Oss y 52ss).

Por lo demás, el "decreto de aprobación" de 1947 hace una breve presentación histórica del Opus Dei que, aun sin aportar novedad alguna, resulta sumamente útil para confirmar todas las hipótesis sobre el carácter exclusivamente universitario de la obra de apostolado del padre Escrivá. "El doctor Escrivá de Balaguer -dice el texto del decreto- se sintió fuertemente llamado y suavemente impulsado al apostolado entre los alumnos de la universidad laica y de las escuelas superiores madrileñas". En los "tiempos difíciles" anteriores a la guerra española, "trabajó en el apostolado entre estudiantes universitarios y hombres cultos, y a través de ellos entre toda la sociedad de los intelectuales y de los dirigentes" (Fuenmayor y otros autores, 533; obsérvese que aquí no se hace aún referencia alguna a "las demás clases de la sociedad civil"). Con su consolidación y con el inicio de su expansión internacional sus socios se han multiplicado: el decreto menciona explícitamente a "médicos, abogados, arquitectos, militares, científicos, artistas, escritores, profesores y estudiantes" (ibíd., 533). Especifica a continuación el decreto cuáles son los fines del Instituto, en los términos que Escrivá reproduce en su texto del año 1949, y añade que por esta razón conviene que todos los socios posean el doctorado en alguna disciplina (ibíd., 534). Sólo después de haber hecho esta importante puntualización se habla de "la santificación del trabajo ordinario de los miembros". Convendrá tenerlo en cuenta ya que, en otras palabras, ello significa que cada vez que la literatura "oficial" habla de la "santificación del trabajo ordinario" de los socios del Opus Dei, habrá que recordar que se trata del trabajo "ordinario" de individuos que están en posesión del título académico de doctor.

c) Si en 1947 el Opus Dei es el primer instituto secular provisionalmente aprobado por la Santa Sede, exactamente tres años más tarde (un período francamente corto, habida cuenta de las costumbres de la Curia, según reconocen las fuentes "oficiales") monseñor Escrivá solicita su aprobación definitiva. Tenemos ahí tres elementos igualmente importantes: la "iniciativa" es de monseñor Escrivá; la "prisa" que se da ("prisa por dar este nuevo paso, tan importante, en el "itinerario" jurídico de la Obra; Fuenmayor y otros autores, 220); y el carácter "definitivo" de la aprobación del Opus Dei como instituto secular, la cual es efectivamente concedida por la Santa Sede en junio de 1950 (decreto "Primum ínter Instituta Saecularia, reproducido en Fuenmayor y otros autores, 544-553).

Decimos que los tres elementos son igualmente importantes, porque ponen de manifiesto, además del probable deseo de volver a ser los primeros en recibir la aprobación, la voluntad de continuar apareciendo como "modelo". Es decir que ponen también de manifiesto, por consiguiente, la conformidad del Opus Dei con la figura jurídica de los institutos seculares, que continúa pareciendo a sus dirigentes adecuada y plenamente satisfactoria. En síntesis, en 1950 se sigue considerando que "el Opus Dei encarnaba el tipo perfecto de instituto secular" (Canals, 1954, 82). De ahí que se trate de obtener "cuanto antes esta nueva y definitiva aprobación" (Fuenmayor y otros autores, 221), que equivaldrá a "una definitiva sanción pontificia". Según el propio Escrivá, "la aprobación definitiva asentará de nuevo los principios fundamentales de la Obra" (ibíd., 221). En la literatura "oficial" más reciente se lee, en cambio, que el año 1950 "la Santa Sede otorgó al Opus Dei las aprobaciones necesarias, aunque el marco jurídico que se le atribuyó no era lo que el Fundador tenía pensado" (Helming, 52); o bien que "el estatuto jurídico de instituto secular fue considerado siempre por el Opus Dei como un traje que no estaba hecho a su medida" (West, 187).

En sí mismo, el decreto "de aprobación definitiva del Opus Dei y de sus Constituciones" aporta escasas novedades (puede consultarse el largo comentario que le dedican Rocca, 1985, 66ss, y Fuenmayor y otros autores, 237-244, además del texto íntegro reproducido -en latín- en ambos volúmenes). Se indica que la solicitud ha sido cursada por el fundador y su consejo general, con el aval de ciento diez cartas de recomendación de obispos (entre ellos, doce cardenales y veintiséis arzobispos). Se explicitan una vez más los objetivos del Opus Dei. Se distinguen sus diversas categorías de miembros, tanto entre los hombres como entre las mujeres (numerarios, que son propiamente los miembros en sentido estricto, oblatos y supernumerarios; con una distinción suplementaria, en el caso de las mujeres, entre numerarias y numerarias auxiliares, que son las que se dedican a los trabajos manuales domésticos). Se presenta una relación de las principales obras de apostolado, se subrayan las características básicas del espíritu del Instituto y, por último, se habla de la formación de los socios y del régimen del Instituto.

En este último apartado, el decreto precisa que el Presidente general, cuyo cargo es vitalicio, ha de gozar de plena potestad: entre otras cosas porque "al ser intelectuales todos los miembros numerarios", la autoridad del Presidente peligraría en el caso de poder ser discutida (Fuenmayor y otros autores, 554). Por otra parte, el decreto es casi como un resumen de las Constituciones de 1950, excepto tal vez en lo relativo a las "obras de apostolado de los miembros". Destacaremos aquí en particular aquellos puntos que con menor frecuencia suele mencionar la literatura "oficial".

Todos, y en especial los hombres, ejercen el apostolado:

  • mediante la santificación del trabajo profesional, procurando la edificación y el bien de las almas de sus compañeros de profesión y de quienes trabajan con ellos o bajo sus órdenes. Han de ejercer una auténtica acción social con los obreros, los ayudantes y los colaboradores que les están subordinados;
  • mediante una actuación ejemplar en los cargos civiles y políticos que las autoridades públicas les encomienden;
  • mediante la educación religiosa, científica y profesional de los jóvenes, especialmente universitarios. Pese a que en ciertos casos podría llegar a tener instituciones propias, el Opus Dei prefiere, "en la medida de lo posible, prestar su colaboración anónima en los establecimientos públicos". Esta forma de apostolado incluye la docencia en las universidades ("si es posible, públicas"), la educación moral y religiosa en residencias universitarias, y la educación social, artística, física, etc. en toda clase de organizaciones juveniles;
  • mediante la difusión de la cultura cristiana, recurriendo a todos los medios "más modernos de emisión y reproducción, oral y escrita, de la palabra y de la imagen";
  • mediante la investigación científica, la publicación de libros y artículos, la colaboración en congresos científicos;
  • de forma especial se hace hincapié en el apostolado entre quienes están en la ignorancia y en el error, quienes se encuentran fuera de la casa paterna (léase, protestantes) y quienes se muestran hostiles a la Iglesia. Son los "cooperadores", que pueden colaborar profesional y económicamente con las obras del Instituto, en espera de su conversión;
  • y, por último, mediante la disposición obediente a trabajar en aquellas regiones donde la Iglesia padece persecución (Fuenmayor y otros autores, 548s).

En el caso de las mujeres, además de colaborar en esas mismas obras apostólicas, según convenga a su condición femenina, el decreto destaca como peculiares las siguientes obras de apostolado:

  • la dirección y administración de casas de ejercicios espirituales;
  • el trabajo en editoriales, librerías y bibliotecas;
  • la formación apostólica de otras mujeres;
  • la promoción y defensa de la modestia cristiana de la mujer;
  • la dirección de residencias de estudiantes (femeninas);
  • la fundación de escuelas agrarias y de centros de formación de empleadas del hogar;
  • y la administración y gestión económica de todas las casas del Opus Dei (Fuenmayor y otros autores, 549).

d) En cuanto a las Constituciones de 1950, objeto asimismo de la aprobación definitiva de la Santa Sede, que con algunas modificaciones ulteriores permanecerán en vigor hasta el año 1982, se trata de un texto al mismo tiempo fundamental y peculiar.

Peculiar, más que nada por la especie de "secreto" en el que siempre han estado envueltas estas Constituciones. A pesar de las reiteradas protestas de la gente del Opus Dei en el sentido de que no es correcto hablar de secreto ("cualquier persona medianamente informada sabe que no hay secreto alguno"; "informarse sobre el Opus Dei es bien sencillo"; jamás se han puesto trabas a la labor informativa, "contestando a sus preguntas o dando la información adecuada"; Escrivá, "Conversaciones", n°. 30), lo cierto es que "las Constituciones no pueden ser divulgadas, ni siquiera pueden traducirse del latín a las lenguas vulgares sin permiso del Padre" ("Constituciones", 1950, art. 193). Incluso algunas personas que durante muchos años habían sido miembros del Opus Dei se quejan a menudo del hecho de no haber podido leer nunca las Constituciones. Vladimir Felzmann: "He estado veintidós años en el Opus Dei. Fui a Roma, me doctoré, fui ordenado sacerdote. Pero jamás he visto las Constituciones" (en Hertel, 1990, 227; véase igualmente Moreno, 1976, 25s; Steigleder,1983, 261ss). Las Constituciones las publicó por primera vez Ynfante, en 1970, en el apéndice documental de su libro (Ynfante, 397-452), provocando un revuelo considerable; durante un tiempo se insinuó incluso que no eran las verdaderas Constituciones del Opus Dei. En 1986 se publicó una edición bilingüe (latín-español), con una traducción hecha -ironías de la historia- por el secretario del Instituto de Filología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, hogar durante tantos años de muchos jóvenes universitarios del Opus Dei. Precisemos, finalmente, que el volumen "El itinerario jurídico del Opus Dei" reproduce en apéndice sus doce primeros artículos -sobre un total de 479- en latín (Fuenmayor y otros autores, 553-555).

Por lo que a las biografías de monseñor Escrivá se refiere, la de Salvador Bernal no incluye en su índice analítico ni la palabra "Constituciones" ni la expresión "instituto secular", mientras que en la cronología no hay referencia alguna a la aprobación definitiva del año 1950 (Bernal, 366). Gondrand, en un apartado titulado "Una aprobación decisiva", dice que en 1950 "el Papa firma el decreto de aprobación definitiva y solemne del Opus Dei", y añade que "Radio Vaticana difunde un amplio comentario sobre el decreto en cada una de sus treinta emisiones en distintos idiomas" (Gondrand, 197), pero sin mencionar para nada la figura jurídica de los institutos seculares y sin decir una sola palabra acerca de las Constituciones. Lo mismo hace Vázquez de Prada: dos breves alusiones a la "aprobación definitiva" (Vázquez, 257 y 259), sin mencionar las Constituciones ni los institutos seculares en la cronología ni en el índice analítico. Berglar, para quien "la aprobación del Opus Dei se basaba en una nueva fórmula jurídica especial que tuvo que ser creada ex profeso", dedica media página a hablar en términos generales de los institutos seculares (Berglar, 237), que no aparecen en el índice, del mismo modo que tampoco aparecen en él las Constituciones. Con la más reciente de las biografías, de Ana Sastre, la pauta no se ha modificado.

Así, el único texto de la literatura "oficial" que presta una mínima atención a las Constituciones de 1950 es el estudio de Fuenmayor, Gómez-Iglesias e Illanes. De su contenido, el primer elemento que subrayan como significativo es el hecho de la unidad del Instituto: para decir que si anteriormente aparecía en un primer plano la Sociedad de la Santa Cruz, ahora la denominación "Opus Dei" corresponde a todo el conjunto, dentro del cual existe una agrupación de socios formada por los sacerdotes y por aquellos laicos que, según el criterio del "Padre", mayores probabilidades tienen de llegar a ser sacerdotes ("Constituciones", 1950, art. 1). "Advertiremos -comentan los tres autores- que las cosas se han, literalmente, invertido con respecto a los textos de 1943 y años sucesivos" (Fuenmayor y otros autores, 248), confirmando indirectamente con ello que éste era en efecto, según nuestra hipótesis del capítulo anterior, el gran problema de fondo del año 1946.

En segundo lugar, y de forma no menos eufemística, afirman que con la aprobación definitiva se cierra el período "durante el cual (monseñor Escrivá) vio necesario concentrar preferentemente su actividad en el apostolado con los universitarios" (ibíd., 248). Pocas veces la literatura "oficial" había proporcionado una formulación tan relativamente próxima a la realidad del Opus Dei de los primeros años. Aun así, subsiste el hecho de que las Constituciones siguen hablando del trabajo entre los intelectuales como finalidad específica del Opus Dei, en un artículo (art. 3) que los autores reproducen íntegro en latín en el apéndice (p. 553), pero no así en el texto (p. 250), donde unos puntos suspensivos substituyen la frase en la que se afirma que la clase llamada intelectual "es la que dirige la sociedad civil, tanto por su mayor instrucción, como por los cargos que ejerce, como por su prestigio".

Ahora, prosiguen los autores de "El itinerario jurídico", con la autorización concedida por la Santa Sede de admitir a hombres y mujeres, "solteros o casados, de cualquier profesión, clase o condición social", el Opus Dei queda descrito en las Constituciones "como camino de santidad y apostolado, en medio del mundo, sin establecer limitación o concreción alguna, y abierto por tanto a hombres y mujeres de cualquier condición" (Fuenmayor y otros autores, 248). Indirectamente, ello equivale a reconocer que esta forma de describir lo que es el Opus Dei, a pesar de todas las reiteradas afirmaciones de la literatura "oficial" en sentido contrario, es válida tan sólo "a partir" de esta fecha. E incluso así, habría que preguntarse hasta qué punto se ajusta rigurosamente a la realidad la afirmación según la cual a partir de 1950 queda abierto a personas de cualquier "profesión, clase o condición social", sin "limitación alguna", teniendo en cuenta que los miembros numerarios "han de estar en posesión de un título universitario" (art. 35), que "han de cursar estudios eclesiásticos de nivel superior" y "de orientación tomista" (art. 135 y 136, y Fuenmayor y otros autores, 252), y que son ellos los únicos miembros "stricto sensu" del Instituto (art. 16). Como decía el decreto de aprobación al que antes hicimos referencia, "todos los miembros numerarios son intelectuales" (Fuenmayor y otros autores, 554); y así sigue siendo después del año 1950.

Bien es cierto que las mismas Constituciones especifican que la distinción entre categorías diversas de socios se efectúa con el fin de que cada uno conozca sus obligaciones, y de que todos los socios se comprometan igualmente en la búsqueda de la perfección (Fuenmayor y otros autores, 255). Pero no es menos cierto que ese mismo artículo de las Constituciones dice -y Fuenmayor, Gómez-Iglesias e Illanes no lo mencionan- que los socios supernumerarios han de saber que "la vocación de los numerarios es más alta y más plena" (art. 44.1). Por otra parte, las vocaciones de no numerarios pueden reclutarse "entre personas de cualquier condición social" incluidas aquellas que "padecen alguna enfermedad crónica" (art. 41). Por el contrario, los socios numerarios del Opus Dei, que tienen "precedencia sobre los no numerarios" (art. 31), ni pueden ser enfermos crónicos, ni pueden estar casados, ni pueden ser de "cualquier condición social": para aquellos numerarios que no son sacerdotes, las Constituciones prevén las siguientes actividades profesionales: cargos de la administración pública y de docencia universitaria; abogados, médicos y similares; comercio y actividades económicas" (art. 15).

Además, incluso entre los miembros numerarios del Opus Dei existen categorías: algunos de los numerarios, llamados "inscritos", son destinados a "cargos de dirección del Instituto" (art. 16.3), por "designación directa del "Padre"" (art. 19). De entre estos "inscritos", algunos tienen voz y voto en la elección del presidente general: el propio presidente general es quien les nombra (art. 22), y reciben el título de "electores" (art. 16.3). Finalmente, hay numerarios que son al mismo tiempo miembros numerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, bien porque son sacerdotes, o bien porque "el "Padre" les considera candidatos al sacerdocio" (art. 1); y también dentro de este grupo algunos constituyen una categoría especial (art. 70). Es exclusivamente el "Padre" quien determina qué personas han de ordenarse: aquellos que "lo desearían, pueden expresar dicho deseo al "Padre", pero sometiéndose a su decisión" (art. 273).

Las Constituciones de 1950, detalladas y hasta meticulosas, abordan muchas otras cuestiones en las que no vamos aquí a detenernos. En todo aquello que respecta a las obligaciones de los miembros (obediencia, castidad, pobreza), a las costumbres y las devociones, al régimen de gobierno, y a la sección de mujeres, recorreremos al texto de las Constituciones cuando así lo aconseje el tema concreto que estemos considerando. (Para un comentario global sobre las Constituciones, más sintético pero acaso también más preciso que el de Fuenmayor y otros autores, véase Rocca, 1985, 68-74.)

La expansión internacional

Desde una perspectiva distinta, cabe destacar un segundo gran rasgo característico de este período (1947-1958), que no es menos importante que el de la aprobación definitiva del Opus Dei: nos referimos a su expansión internacional.

Durante estos años, el Opus Dei deja de ser un fenómeno exclusivamente -y típicamente- español. Bien es verdad que siguen siendo españoles la mayoría de sus miembros y, sobre todo, la práctica totalidad de sus dirigentes. Mas aun cuando sean generalmente españoles los primeros que implantan el Opus en los distintos países, el hecho es que el instituto secular se internacionaliza, tanto en lo que concierne a su ámbito de actuación como a los socios que lo integran.

En muy raras ocasiones facilitan cifras concretas los autores del Opus Dei. El año 1950 los miembros son unos 3.000 en total (más del 80 %, hombres); lógicamente la mayor parte son numerarios, dado que la incorporación de los supernumerarios al Instituto es todavía muy reciente, y los sacerdotes son 23 en total (Fuenmayor y otros autores, 195s). De los cerca de 2.400 socios masculinos, 1.500 son españoles (260 portugueses, un centenar de italianos y de mexicanos, etc.) (Rocca, 1985, 63s). Once años más tarde, los miembros del Opus Dei sumarán más de 30.000, con una pequeña mayoría de hombres tan sólo y con una netísima inversión de proporciones entre numerarios y no numerarios. Los numerarios serán, en 1961, 3.000 mujeres y 3.500 hombres (300 de ellos, sacerdotes) (Rocca, 1985, 81).

Al comenzar el período (1947) el Opus Dei tiene algunos centros en Portugal, Italia e Inglaterra. Durante ese mismo año 1947 se inicia la implantación en Irlanda y Francia, y a lo largo de los años siguientes en México, Estados Unidos, Chile y Argentina (Le Tourneau, 11). El año 1950 el Opus Dei posee unos 70 centros masculinos, 50 de los cuales en España, además de unos 20 centros femeninos (Rocca, 1985, 63). Al llegar al final del período (1958), ha abierto centros en otros países europeos (Alemania, Suiza, Austria), en el Canadá, y sobre todo en América Latina (Venezuela, Colombia, Perú, Guatemala, Ecuador Uruguay, Brasil y El Salvador, además de los anteriores de México, Chile y Argentina), y está empezando a operar en Africa (Kenya) y en el Japón (Le Tourneau, 11; Fuenmayor y otros autores, 301).

El proceso, particularmente bien descrito en la obra de Ana Sastre, sigue casi siempre una misma pauta: inicialmente se trata de algún miembro del Opus Dei que va a ampliar estudios a otro país, o bien de alguien (en general sacerdote) que es directamente enviado por el "Padre" para empezar "la Obra". Del apartamento o piso inicial se pasa, en la mayoría de las ocasiones, a la organización de una residencia de estudiantes. Llega entonces el momento de la incorporación de un pequeño grupo de la sección de mujeres, para hacerse cargo de la intendencia. Tan sólo en algunos casos, sobre todo al final ya del período, se comienza ya directamente con la creación de instituciones propias: un centro de estudios en el caso de Kenya, o un instituto de idiomas en el del Japón. (Véase Sastre, 363-471, sin aportar cifras, pero con muchas indicaciones de nombres propios.)

Por otra parte, en 1948 monseñor Escrivá erige en Roma el Colegio de la Santa Cruz, centro internacional de formación para los miembros de la sección masculina. De esta forma los miembros numerarios, y aquellos que se preparan para el sacerdocio, pueden realizar sus estudios eclesiásticos en común y sin salir jamás de la atmósfera del instituto secular. Esta parece haber sido una antigua idea de Escrivá, quien ni siquiera en el caso de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei (ordenados en Madrid en 1944) quiso que estudiaran mezclándose con otros seminaristas.

Otra de las ideas fijas del "Padre" es la de la radical separación entre hombres y mujeres. Y así, cinco años después del Colegio romano de la Santa Cruz se erige (1953) el Colegio de Santa María, "centro análogo al anterior, pero destinado a la sección de mujeres" (Fuenmayor y otros autores, 301s). Acerca de esta cuestión de la separación entre hombres y mujeres, Rocca reproduce un curioso documento, fechado en 1947 y titulado "Reglamento interno de la administración", en el que se estipula entre otras cosas que "a las casas de la sección femenina no van jamás, ni de visita, los varones de nuestro Instituto"; que éstos no ven nunca "a las sirvientas que forman parte de la administración (las "numerarias auxiliares"), no saben sus nombres y no hablan para nada con el servicio"; que en el caso de existir un oratorio único "las asociadas asisten a los actos de culto detrás de una reja, como se usa para las monjas de clausura cuando sus iglesias están abiertas al público"; y que la limpieza de la residencia se efectúa cuando los hombres están ausentes, "y las sirvientas pasarán siempre en grupo, a hacer la limpieza; nunca aisladamente" (Rocca, 1985, 163-165; en castellano en el original italiano).

Lo más significativo de este período es, de todos modos, que paralelamente al proceso de expansión internacional se produce la posibilidad de incorporación al Opus Dei (siempre como no numerarios) de personas casadas y de sacerdotes diocesanos. La conjunción de ambos hechos es la que provoca en el transcurso de la década de los años cincuenta una transformación notable de la fisonomía del instituto secular. Aunque la mayor parte de sus miembros sigan siendo españoles, paulatinamente empezará a prevalecer una percepción del Opus Dei como institución de origen español, pero ya no exclusivamente española sino universal. Y aunque los miembros del Instituto en sentido estricto sean los numerarios, con compromiso de celibato, y los únicos susceptibles de ocupar cargos de dirección, cuantitativamente serán cada vez más una minoría ("estado mayor") frente a la creciente mayoría de los supernumerarios ("clase de tropa", en la terminología de Camino, n°. 28). De esta forma irá ampliándose gradualmente el ámbito de actuación del Opus Dei y, si bien con alguna "limitación" más de la que admiten Fuenmayor, Gómez-Iglesias e Illanes (p. 248), cabrá empezar a hablar efectivamente tanto de personas de "condiciones sociales diversas" como de "trabajo ordinario".

Al mismo tiempo, sin embargo, comenzará a emerger igualmente una problemática nueva, que como es lógico va a manifestarse ante todo en España, que es el país en el que la implantación del Opus Dei es mayor y más antigua. En efecto, si en los países donde se inicia el proceso de expansión el apostolado primordial sigue siendo el universitario, en España muchos de los primeros miembros están ya en plena carrera profesional. Y en segundo lugar, la admisión en el Opus Dei de personas casadas va a suscitar rápidamente un problema hasta esos momentos inédito: la socialización de una segunda generación, es decir, la educación de los hijos de los miembros del Opus Dei.

La ampliación del ámbito de actuación

Sociológicamente, los procesos de institucionalización constituyen un lugar privilegiado de verificación del principio de las consecuencias no previstas de toda acción. Con esa fórmula del principio de las consecuencias imprevistas de la acción, los sociólogos solemos apuntar a cualquiera de los dos fenómenos siguientes, que el lenguaje popular expresa de forma más gráfica: a saber, que en ciertas ocasiones "el éxito sorprende a la propia empresa", mientras que en otros casos "el tiro sale por la culata".

Si el período 1939-1946 supuso para el Opus Dei en España el inicio de su proceso de institucionalización, a lo largo del período 1947-1958 dicho proceso alcanza su culminación, y la institucionalización se completa, en el marco de un régimen político que a su modo va institucionalizándose también y que progresivamente pasa de la autarquía económica a un cierto desarrollo, y del aislamiento internacional de los años inmediatamente posteriores a la segunda guerra mundial a una paulatina aceptación que halla en el año 1953 sus dos manifestaciones más espectaculares: la firma del tratado con los Estados Unidos y el concordato con la Santa Sede.

En el caso concreto del Opus Dei en España, ¿de qué modo se manifiestan a lo largo de la década de los años cincuenta estas consecuencias no previstas de la acción (en general, en forma de "éxitos sorprendentes", mucho más que de "tiros por la culata")?

a) En lo que concierne a la persona del fundador, que con su nombramiento como prelado doméstico del Santo Padre se convierte, en 1947, en monseñor Escrivá de Balaguer, si bien por un lado va diciendo -o le hacen decir, o dicen que decía- que "lo mío es ocultarme y desaparecer", por otro lado es nombrado "hijo predilecto de Barbastro", su ciudad natal (1947), y es condecorado con la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio (1951), la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort (1954) y la Gran Cruz de Isabel la Católica (1956).

b) Desde el punto de vista del logro de sus "objetivos apostólicos", algunos autores estiman que al finalizar este período los miembros del Opus Dei ocupaban hasta un 30 % de las cátedras universitarias (Valverde, 546). Pero simultáneamente se produce una lenta, y en cierta medida lógica, penetración de ciertos miembros del Opus Dei en los órganos de la Administración del Estado, mientras otros pasan a ocupar puestos destacados desde los que influyen en el mundo de la economía y de la política.

Ante este doble fenómeno, la versión oficial que desde el Opus Dei suele darse es francamente ambigua y en algún caso poco coherente al parecer con el texto de las Constituciones del año 1950. Así por ejemplo, cuando monseñor Escrivá se defiende de la acusación de que "queríamos ocupar puestos elevados" ("Conversaciones", n°. 64), no parece estar teniendo en cuenta el artículo de las Constituciones que habla de los "cargos públicos, y especialmente de aquellos que implican el ejercicio de una dirección. (art. 202), ni el contenido general del decreto pontificio de aprobación del Opus Dei como instituto secular.

El tema es uno de los que harán verter ríos de tinta a partir de la década de los años sesenta. Pero el detonante lo constituye un hecho acaecido en 1957, con la entrada en el gobierno español de dos ministros (Comercio y Hacienda) que pertenecen al Opus, dos meses después de que Laureano López Rodó haya accedido a la secretaría general técnica de la Presidencia, y al mismo tiempo que otros socios de la Obra ocupan cargos de responsabilidad en los ministerios de Información, Obras Públicas y Educación (Tamames, 1973, 512). Inmediatamente después de la constitución del primer gobierno de Franco que cuenta con ministros pertenecientes al Opus Dei, un sacerdote del Opus, Julián Herranz, publica un artículo, "El Opus Dei y la política", que durante mucho tiempo va a marcar la pauta de la 'versión oficial. (Herranz, 1957). Esta versión "oficial" gira en torno al doble argumento de que la Obra no interviene para nada en las opciones políticas de sus miembros, los cuales actúan con toda libertad ("en todo lo temporal los socios de la Obra son libérrimos", declara el "Padre"; "Conversaciones", n°. 48) y sin comprometer, por consiguiente, al Opus Dei. Y, en segundo lugar, que de hecho los socios adoptan en este terreno posiciones diversas, lo cual es perfectamente lícito, y el Opus lógicamente nada tiene que decir al respecto.

Por lo que a la primera cuestión se refiere -el Opus Dei nunca interviene en política; son en todo caso algunos de sus miembros quienes lo hacen, bajo su personal responsabilidad y sin comprometer a la institución- el aspecto más problemático lo constituye la eventual aplicación del artículo 58 de las Constituciones de 1950, que afirma que los socios (numerarios y supernumerarios) juran que "consultarán con los superiores toda clase de cuestiones importantes de tipo profesional y social, aunque no constituyan materia directa del voto de obediencia". En este punto resulta poco convincente la réplica, tantísimas veces reiterada, en el sentido de que "en cuestiones políticas ser del Opus Dei es como ser socio de un club de tenis" (López Rodó, 1991, 18; véase igualmente Escrivá, "Conversaciones", n°. 49), ya que en principio un club de tenis no tiene entre sus objetivos el de hacer apostolado a través del ejercicio de cargos públicos, ni obliga a sus socios a consultar asuntos de tipo profesional. No más convincente resulta el razonamiento según el cual los miembros del Opus continúan gozando de total libertad de decisión tras haber recibido de los superiores los consejos correspondientes, ya que "de hecho, y de derecho, el compromiso obligaba a solicitar consejo, que no se transformaba en mandato" (Fuenmayor y otros autores, 244, nota 32). El año 1971, Alvaro del Portillo comunicará a la Sagrada Congregación de Religiosos la supresión de este artículo de las Constituciones, aduciendo que la experiencia ha demostrado que "estos juramentos no son necesarios para preservar nuestro peculiar carisma fundacional" (en Fuenmayor y otros autores, 586).

En cuanto a la segunda cuestión -el pluralismo de las opciones políticas de los socios de la Obra- el único matiz que sería preciso introducir es que no hay que perder de vista cuál es el contexto histórico concreto de estos años cincuenta, con el fin de no caer en confusiones acerca de las dimensiones y el alcance real de dicho "pluralismo". Rafael Calvo Serer, uno de los primeros miembros del Opus que interviene directamente en el mundo de la política (Calvo Serer 1947), dirá años más tarde que "la gente parte del prejuicio de que el Opus Dei es como una organización política que actúa de modo planificado en la vida pública", cuando "la realidad es que, a estos efectos, hay que olvidarse del Opus Dei si quieren entenderse las cosas" (Pániker, 85; véanse, en el mismo volumen y en idéntico sentido, las declaraciones de López Rodó: Pániker, 327s). "Hay que olvidarse del Opus Dei": es lo que hará literalmente Rafael Gómez en su "El franquismo y la Iglesia", cuando tras mencionar por vez primera a los ministros que entran en el gobierno en 1957, incluye una nota en la que dice: "Ullastres y Navarro Rubio eran miembros del Opus Dei, la conocida institución católica. En páginas anteriores han aparecido los nombres de otras personas que también eran miembros del Opus Dei: Pérez Embid, Calvo Serer, Rodríguez Casado, López Rodó y López Bravo. No mencioné esta circunstancia porque no tuvo específica relevancia política" (Gómez Pérez, 1986, 74, nota 5).

Sin duda puede afirmarse que existen entre todos ellos (y otros que habría que añadir: Albareda, Fontán, López Amo, Suárez Verdeguet, etc.) diferencias de puntos de vista y, por tanto, un cierto "pluralismo"; y puede admitirse asimismo la tesis de que el Opus Dei no funciona "como una organización política que actúa de forma planificada en la vida pública", y hasta la hipótesis de que en la central romana del Opus esta implicación visible de ciertos miembros destacados suscitó cierta inquietud y preocupación (Artigues, 170). Pero aun así, preciso es insistir una vez más en que la situación no deja de ser una consecuencia lógica y previsible del proceso de institucionalización del Opus Dei en España, y del éxito en el logro de los objetivos que se había propuesto. La paradoja radica más bien, en este caso, en el hecho de que ese mismo éxito parece pillar desprevenidos a los responsables de la Obra, los cuales se ven obligados a elaborar una estrategia con el fin de no tener que asumir como institucionales los éxitos de unos objetivos que sí habían sido definidos como institucionales. Tampoco puede dejar de tenerse en cuenta, por otra parte, que el pluralismo político de los miembros del Opus Dei es, durante los años cincuenta, un pluralismo francamente limitado: en su mayor parte utilizan la plataforma común de la revista "Arbor" (sobre "Arbor", y especialmente las figuras de Calvo Serer y Pérez Embid, véase Artigues, 147-177, y Casanova, 1982, 251-279, así como el número monográfico que la revista dedicó en 1985 a su propia historia: Pasamar y otros autores, 1985, 13-137); varios de ellos desempeñan un papel directísimo e importante en la formación del entonces príncipe Juan Carlos, y todos ellos coinciden en la afirmación del catolicismo como elemento esencial y "vertebrador" de la invertebrada España orteguiana, así como de un franquismo sencillamente dado por supuesto.

Dentro de estos estrechos márgenes puede -si se quiere- hablarse de pluralismo. Pero, si se quisiera, también se podrían hallar unos paralelismos y unos acuerdos muy básicos. Un solo ejemplo: el año 1952 Ángel López Amo, historiador, preceptor del futuro príncipe y rey, escribe que "la libertad de expresión, la libertad de sufragio y la libertad de cultos son la libertad de la destrucción y del rebajamiento" (López Amo, 313). Cinco años más tarde Rafael Calvo Serer, convertido ya en una especie de "enfant terrible" del franquismo por sus escritos polémicos y supuestamente inconformistas, afirma en un artículo periodístico: "La libertad de conciencia conduce a la pérdida de la fe, la libertad de expresión a la demagogia, a la confusión mental y a la pornografía, la libertad de asociación al anarquismo y de rechazo al totalitarismo" (citado por Artigues, 189s).

c) En tercer lugar, y a nivel institucional, el crecimiento del Opus Dei, el éxito de su implantación en España y la ampliación de sus bases gracias a la incorporación de miembros no numerarios y, sobre todo, de personas casadas, tiene otra consecuencia imprevista pero que lentamente transformará la fisonomía entera del Instituto de monseñor Escrivá: la creación de obras propias en el campo de la educación.

Durante los años iniciales, el padre Escrivá se había manifestado contrario a la creación de esta clase de obras propias. Su modelo había de ser muy distinto del de tantas congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza, y distinto también del modelo de los jesuitas, con sus escuelas para hijos de familias ricas. Ni siquiera compartía Escrivá la idea de los Propagandistas, de Herrera Oria y del jesuita Ayala, sobre la conveniencia de las universidades católicas (véase, por ejemplo, el capítulo "Apostolado dc la enseñanza" del libro "Formación de selectos" de Ángel Ayala, 260-282). Para Ayala la universidad católica es "la institución por excelencia formadora de la juventud": "mientras los católicos carezcamos en España de nuestra propia universidad, será imposible haya entre nosotros una generación de jóvenes integralmente formados en las doctrinas de la Iglesia, e imposible la creación del pensamiento nacional único en los problemas vitales de la nación" (Ayala, 260). En cambio, en los documentos de aprobación del Opus Dei (1950) se afirma todavía que el Opus Dei prefiere "prestar su colaboración anónima en los establecimientos públicos", y que los miembros de la Obra que sean profesores universitarios ejercerán su apostolado en las universidades, "si es posible, públicas" (Fuenmayor y otros autores, 548).

Ello no obstante, el año 1951 se inaugura la primera escuela del Opus Dei, cerca de Bilbao. Y en 1952 comienzan las actividades del Estudio General de Navarra, núcleo inicial de la que será unos años más tarde la Universidad de Navarra (la cual no lleva oficialmente el título de Universidad Católica, pero aparece clasificada entre las universidades católicas en el apartado correspondiente del "Annuario Pontificio").

Aranguren interpretó la creación de la Universidad de Navarra como una consecuencia del fracaso del Opus Dei en "su empeño de adueñamiento espiritual de la universidad" (Aranguren, 1962, 15). Y es cierto que a partir del año 1951, con el nombramiento de Joaquín Ruiz Giménez como ministro español de Educación, los vientos dejan de ser sistemáticamente favorables al Opus; que paralelamente a los primeros esfuerzos liberalizadores del nuevo ministro la universidad se tornará progresivamente conflictiva, y que por primera vez se expresarán críticas a los profesores y estudiantes del Opus Dei. Ello explicaría la posibilidad, puesta de relieve por Aranguren, de interpretar la creación de la Universidad de Navarra como una maniobra de retirada estratégica.

Mas aun sin descartarla, creemos que esta explicación debe complementarse con un segundo elemento no menos importante. A saber, que con la ampliación de su base de reclutamiento se le empieza a plantear al Opus Dei un problema hasta entonces desconocido: el de la socialización de las nuevas generaciones. Durante todo el período inicial, el reducido grupo de los primeros miembros del Opus se había dedicado de lleno a aquello que en lenguaje católico tradicional suele llamarse "el apostolado de penetración". Pero cuando el grupo deja de ser reducido, y además se reproduce, porque cuenta con miembros casados, se plantea la necesidad de educar a quienes han nacido ya dentro de la organización y no fuera de ella. No se trata todavía, ciertamente, de la fase en la que monseñor Escrivá rechazará radicalmente el apostolado de penetración y osará afirmar que "espero que llegue un momento en el que la frase "los católicos penetran en los ambientes sociales" se deje de decir, y que todos se den cuenta de que es una expresión clerical" ("Conversaciones", n°. 66). Esta proclamación data de 1968, y por ahora nos hallamos más próximos aún de aquella otra, según la cual es precisa "una intromisión en el ambiente, con ánimo positivo y señorial", que citábamos al iniciar el capítulo (Escrivá, 1949, 7). Pero, como mínimo, se le empieza a plantear al Opus Dei la necesidad de un nuevo estilo complementario de apostolado: la "memoria biográfica" de los primeros miembros ya no es suficiente; a partir de ahora hay que empezar a "transmitir una tradición" (Berger y Luckmann, 93). Dicho en otras palabras: sociológicamente es muy distinto el problema del "apóstol que convierte a los paganos" del problema del "apóstol que intenta que sus propios hijos crean". A nuestro modo de ver, también por esta vía ha de explicarse el origen de las obras educativas del Opus Dei.

En cualquier caso, con la creación de estos dos centros a principios de la década de los cincuenta se inicia un nuevo tipo de actividad, que a su vez contribuirá a ampliar el ámbito de actuación del Opus Dei. El Estudio General de Navarra será la primera -y todavía hoy la más importante- de toda "una amplia gama de instituciones universitarias en todo el mundo" ("Conversaciones", n°. 84); mientras que el Colegio de Bilbao, presentado en un primer momento como excepcional, será el precursor de una vasta red de escuelas -del Opus Dei, dirigidas por personas del Opus Dei, o que confían al Opus Dei las tareas de dirección espiritual- organizadas en "sociedades y cooperativas de padres para promover y dirigir centros de enseñanza. A la muerte de monseñor Escrivá de Balaguer, una de estas instituciones (existen varias y en diversos países) contaba con más de veinte colegios masculinos y femeninos, por los que habían pasado ya miles de alumnos" (Sastre, 427).

Obsérvese que, con todo ello, el Opus Dei se mantiene en situación de competencia con la Compañía de Jesús. Pero si en el capítulo anterior veíamos cómo en los años iniciales esa competencia -aun siendo una realidad, y una realidad percibida como peligrosa por los jesuitas- era francamente desigual, dadas la fuerza y la tradición de los unos, y las dimensiones reducidas y la escasa institucionalización de los otros, a partir de ahora los acontecimientos confirman el acierto de las aprensiones de los jesuitas. En muchos terrenos se encontrarán en competencia, pero ya en condiciones de igualdad. En el terreno de las escuelas -y más específicamente de las escuelas "para hijos de familias ricas"- el Opus Dei no se quedará precisamente atrás, antes bien al contrario. Y en otros ámbitos, ya a partir de esos años, los jesuitas empezarán incluso a ir a remolque del Opus Dei.

Así por ejemplo, en las postrimerías de la década de los años cuarenta un grupo de universitarios, que gira en torno a los jesuitas Llanos, Díez Alegría, etc., proyecta la creación de una residencia "que reuniera a un grupo selecto de universitarios con vista a la creación de un instituto secular" (González Estefani, 59). Habíamos dicho al comienzo que Escrivá y el Opus Dei se inspiraban netamente en el modelo jesuítico: ¡ahora ya no está tan claro quién copia de quién! Y el lenguaje de unos y otros sigue siendo el mismo: "Queremos dar a nuestra actitud ante todo una línea de austeridad e "intolerancia profundamente católica y española"; "deseamos dar a nuestro empeño de perfección la nota de "un fanatismo" por la caridad más unitiva hacia todas las clases, entidades e individuos de la Iglesia y de las Españas"; "queremos, como auténticos seglares católicos y españoles de nuestro tiempo, vivir la más perfecta armonía entre los dos servicios de la Iglesia y de la Patria" (González Estefani, 57; el entrecomillado es nuestro). El autor de estas líneas programáticas (del año 1947) no es el padre Escrivá, sino el jesuita padre Llanos. La evolución ulterior de uno y otro será radicalmente distinta: ¡pero el "pluralismo" de la España católica de la época no da para más!

Un segundo ejemplo de ese paralelismo entre Compañía de Jesús y Opus Dei guarda relación precisamente con la Universidad de Navarra. De hecho los jesuitas habían abierto en Bilbao un centro de estudios superiores (1886), y existían en España otros centros eclesiásticos de estudios. El Concordato de 1953 entre España y la Santa Sede reconocía el derecho de la Iglesia a crear centros de enseñanza de nivel superior, mas era el Estado el que había de establecer los criterios para la homologación de los estudios y los títulos emitidos por dichos centros. Tras la erección de la Universidad de Navarra como universidad de la Iglesia (1960), será el Opus Dei, y no la Compañía de Jesús y su Universidad de Deusto, quien logrará que en 1962 el Estado reconozca la validez oficial de los estudios y de los títulos emitidos por las universidades de la Iglesia.

Último, y significativo, ejemplo de paralelismo: al finalizar el período que estamos considerando (1958), la Compañía de Jesús crea en Barcelona una Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas (ESADE) y simultáneamente el Opus Dei crea, también en Barcelona, un Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE), instituciones de las que en la segunda parte nos ocuparemos con mayor detalle.

Algunas cuestiones no resueltas: del proyecto del padre Escrivá de abandonar el Opus Dei (1948-1949), al intento de echarle del Opus Dei (1951-1952)

Aunque el perfil básico de estos "diez años de éxitos" en la historia del Opus Dei, caracterizados por su aprobación definitiva como instituto secular, por su internacionalización y por la notable ampliación de sus ámbitos de actuación, pudiera inducir a considerar que para los seguidores de Escrivá todo marcha sobre ruedas y que su instituto secular es un verdadero oasis de paz, algunos datos y algunos indicios obligan a pensar que la superación de la grave crisis del año 1946, milagrosamente bien resuelta coincidiendo con la llegada a Roma del "Padre", no representa con todo la definitiva superación de los obstáculos que se interponen en la triunfal trayectoria de la Obra.

Durante la primera mitad del período 1947-1958 se producen al menos dos episodios que constituyen, para los dirigentes del Opus Dei, una fuente de disgustos y de quebraderos de cabeza. Ambos ilustran perfectamente aquel tipo de situaciones -con las que nos hemos encontrado ya en alguna otra ocasión- en que la literatura "oficial" se limita a advertirnos, con lenguaje eufemístico, que el rompecabezas no está completo y que por alguna razón no está dispuesta a colocar encima de la mesa las piezas que faltan.

a) En 1948 y 1949 monseñor Escrivá "siente una gran preocupación por la santidad y por la santificación de los sacerdotes", hasta el extremo de llegar a la conclusión de que "sería necesario emprender una nueva fundación con el fin de ayudar a los sacerdotes diocesanos, incluso, aunque esto le exigiera tener que abandonar el Opus Dei" (Fuenmayor y otros autores, 229s). Llega incluso -dicen- a plantear la cuestión a sus familiares, a los miembros del consejo general del Opus Dei, así como a determinadas personalidades de la Curia: "Fui a la Santa Sede y dije que estaba dispuesto a hacer una fundación para sacerdotes. Con gran sorpresa, allí me respondieron que sí" (citado en Sastre, 298). Según Berglar, Alvaro del Portillo habría comparado esta decisión del "Padre" con "el sacrificio de Abraham": e igual que en el caso de Abraham, "el Señor le dio la solución", en forma de incorporación de los sacerdotes seculares al Opus Dei a título de miembros no numerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (Berglar 410, nota 53). La aprobación definitiva del año 1950, al contemplar la posibilidad de integración de los sacerdotes no procedentes de las filas del Opus Dei, le ahorra "aquella nueva fundación, que hubiera escindido su corazón de padre y de madre dolorosamente" (Vázquez, 257; Bernal, 158).

Como puede comprobarse, todos nuestros autores habituales hablan del tema, pero ninguno de ellos lo hace de una forma concreta. ¿Qué se oculta tras la decisión de Escrivá de emprender una nueva fundación, aun a costa de abandonar el Opus Dei? ¿Cómo y por qué halla súbitamente una solución aparentemente muy sencilla, pero que pese a haberla "buscado durante tanto tiempo, nadie le había sugerido" (Gondrand, 196), y que consiste simplemente en incorporar a los sacerdotes que lo deseen a la fundación ya existente? ¿Puede guardar todo ello alguna relación con la aprobación definitiva del Opus del año 1950, en el sentido de que alguien hubiese planteado, como condición para aprobar el Opus Dei, que el "Padre" se dedicara a otra cosa distinta? ¿Existe acaso alguna relación entre ese proyecto y el asunto de la "mitra episcopal" del fundador objetivo que Alvaro del Portillo había perseguido insistentemente durante un tiempo y que estuvo a punto de alcanzar, pero que la literatura "oficial" jamás menciona siquiera, y que quedó frenado en el último momento por intervención de algunos miembros de la Compañía de Jesús muy próximos a Pío XII?

Se trata claramente de una primera cuestión no resuelta, y planteada desde la literatura "oficial", además, en unos términos que denotan una decidida voluntad de no resolverla por ahora.

b) El segundo episodio es igualmente oscuro, pero parece revestir mayor gravedad que el de 1949. Se trata en esta ocasión de una iniciativa exterior, que se produjo en los años 1951 y 1952, con el objetivo "de alejar a monseñor Escrivá de Balaguer del Opus Dei, y de dividirlo en dos institutos diferentes, uno de hombres y otro de mujeres" (Fuenmayor y otros autores, 317). Pese a dedicarle varias páginas, Gondrand no es más explícito: es "un proyecto de desmantelamiento de la Obra... un plan verdaderamente diabólico: se trata de escindir las dos secciones del Opus Dei -masculina y femenina- y de obligar al fundador no sólo a renunciar a su cargo de Presidente general, sino a apartarse de la Obra", lo cual hace exclamar a Escrivá, "con lágrimas en los ojos: si me echan, me matan; si me echan, me asesinan" (Gondrand, 206).

¿De dónde surge esta iniciativa, que "hace peligrar la existencia de la Obra y pone al Fundador en una situación casi desesperada" (Berglar, 44)? En el punto de partida podrían hallarse los familiares de algunos miembros italianos del Opus Dei, alarmados por las denuncias que llegan hasta ellos, relativas a la Obra (Vázquez, 259); pero tras estos familiares obviamente han de hallarse quienes organizan "la campaña de denuncias y calumnias", que habrían iniciado "la tramitación secreta de falsa documentación presentada a la Santa Sede" y que según todas las apariencias siguen siendo los mismos de siempre: "Aquellos benditos varones de antaño porfiaban con terquedad; y no por motivos ejemplares. Le hostigaban con lengua falsa, pegajosos como moscas cuando se avecina tormenta" (Vázquez, 261).

La referencia de Vázquez de Prada a "antaño" permite suponer que los "benditos varones" en cuestión pertenecían posiblemente a la Compañía de Jesús. Pero es sólo una suposición, no confirmada enteramente por la literatura oficial ("se produjeron sucesos análogos a los ocurridos antes en España"; Fuenmayor y otros autores, 303). Sobre todo, no se nos dice ni palabra acerca del porqué de las denuncias, ni en torno al contenido de la "falsa documentación". Se nos explica tan sólo que monseñor Escrivá decide "consagrar el Opus Dei al Dulcísímo Corazón de María" (1951), y posteriormente "al Sagrado Corazón de Jesús" (1952), hasta que, por intervención directa del Santo Padre, "el asunto quedó zanjado" (Fuenmayor y otros autores, 304).

La conclusión no puede ser otra que la de Berglar: "Sólo dentro de algún tiempo, cuando haya avanzado suficientemente el proceso de sedimentación histórica y se abran los archivos, sabremos más concretamente de qué tipo fueron los peligros y cómo se pudieron superar" (Berglar, 269). Esta es probablemente la ocasión en que de forma más explícita alguien que ha tenido acceso a los documentos inéditos reconoce que, efectivamente, existen zonas del rompecabezas que no se van a poder construir hasta que no aparezcan una serie de piezas que, hoy por hoy, permanecen escondidas.

La teoría del "terzo piano": un pequeño ejercicio de vaticanología

La "vaticanología" es una disciplina de notable complejidad, que cuenta con expertos excelentes y muy competentes, además de un nutrido grupo de "amateurs éclairés" y de la inevitable caterva de curiosos que tienden a confundir el conocimiento con el mero cotilleo esporádico. Si no se pertenece a ninguna de las dos primeras categorías, y no se quiere ser acusado de formar parte de la tercera, mejor es andar con mucho tiento.

Vamos a partir, pues, de un esquema elemental y clásico, que aun sin captar todos los matices tiene la ventaja de la claridad y, sobre todo -según nos han confirmado varios expertos con quienes nos hemos asesorado- la ventaja de ser fundamentalmente correcto. De acuerdo con dicho esquema, para entender mínimamente cuanto acontece en el Vaticano, es preciso distinguir tres ámbitos: 1) las masas ("la clase de tropa", en el lenguaje de Escrivá), los colectivos movilizables e identificables, con sus gritos y banderitas, en medio de una gran concentración en la plaza de San Pedro; 2) la curia, es decir, todo el complejo burocrático de la Iglesia romana, aparentemente silencioso y discreto para quien lo contempla desde fuera, y con un funcionamiento en general bastante eficaz si se tiene en cuenta que se trata de una burocracia, de una burocracia muy compleja y de una burocracia que trabaja en unas condiciones de más que notable precariedad; y finalmente 3) "el terzo piano", el tercer piso, o sea el mundo cerrado y de acceso reservado en el que se mueven el Papa y sus colaboradores más inmediatos.

En la época del pontificado de Pío XII (hoy, seguramente, ya no tanto), había que añadir a esos tres un cuarto elemento no menos indispensable: el "castillo", el "Borgo di Santo Spirito", la casa generalícia de los jesuitas donde reside el que por aquel entonces solía ser denominado "el papa negro". Durante todo aquel período, en efecto, los jesuitas -como nadie y más que nadie- además de disponer de sus propias masas (seglares que a través de múltiples asociaciones giraban en torno a la órbita de la Compañía), estaban presentes prácticamente en todos los organismos de la Curia y tenían acceso al "terzo piano".

Si nos propusiéramos escribir una página imitando el estilo literario de los biógrafos del "Padre", podríamos decir que durante la noche del 23 de junio de 1946, su primera noche en Roma, que pasa "rezando y contemplando alternativamente la cúpula de la basílica de San Pedro... y las ventanas tras las cuales habita su sucesor" (Gondrand, 176), Escrivá medita sobre todas esas cosas y reflexiona sobre la situación del Opus Dei. "El Padre" sueña en el día que los suyos van a ser capaces de movilizar masas: "la primera vez que el Fundador estuvo con verdaderas muchedumbres" no será hasta 1960, con motivo de la ceremonia de erección de la Universidad de Navarra. Durante los últimos años de su vida, "el maratón sobrenatural" (Sastre, 528) de los viajes por España y por diversos países de América Latina, serán "baños de multitudes". Tras su fallecimiento, con ocasión del viaje de Juan Pablo II a España (1982), la capacidad de movilización de masas del Opus Dei alcanzará uno de sus hitos más espectaculares: a lo largo de aquellas jornadas las ciudades aparecían tan rebosantes de pancartas con la salutación del Opus al Papa, "totus tuus", que daba la impresión de que los españoles eran "totus Opus". Y desde hace tiempo unos cuantos millares de estudiantes se reúnen anualmente en un congreso en Roma, los días de semana santa, y aclaman al papa mientras éste les habla "calurosamente del Opus Dei y de su fundador" (West, 17). Pero aquella noche del mes de junio de 1946 Escrivá aún no puede convocar a millares de jóvenes del Opus en la plaza de San Pedro. El Opus Dei todavía "no es obra de muchedumbres, sino de selección", según había escrito el obispo de Madrid, Eijo Garay, al abad coadjutor de Montserrat (Rocca, 1985, 132).

En segundo lugar, es evidente que el padre Escrivá no tiene acceso directo al "terzo piano". Mientras va "contemplando sus ventanas", reflexiona sobre la abismal diferencia que media entre el hecho de ser recibido en audiencia por el Santo Padre y el hecho de poder subir hasta el tercer piso por la escalera trasera. Que se hubiera hecho formar a la guardia suiza para dar entrada a Alvaro del Portillo "por la gran escalinata que conduce a la sala de audiencias" (Sastre, 322) tiene, sin duda, su gracia. Pero por la otra escalera suben y bajan con entera libertad unos cuantos jesuitas. En su meditación el "Padre" se da perfecta cuenta de que a él el acceso le está vedado. Tampoco logrará acceder a ella con Juan XXIII, y mucho menos aún durante los larguísimos años del no tan largo pontificado de Pablo VI. El papa siguiente será el fugaz Juan Pablo I: de no ser porque murió al cabo de un mes, quién sabe...

El sueño de Escrivá en la veraniega noche romana queda tal vez bien reflejado en las palabras de Joaquín Navarro Valls, el miembro del Opus Dei que en 1984 fue nombrado director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, cuando explica que "es tanta la informalidad que el Santo Padre da al trato con sus colaboradores más inmediatos, que yo he de hacer un esfuerzo para recordar a menudo que estoy hablando con el Papa"; en concreto, prosigue diciendo que para conocer mejor el alcance de una noticia que acaba de difundirse, "llamé al apartamento y el secretario me dijo: venga a cenar esta noche" (declaraciones a "Catalunya Cristiana", 25.4.1991, p. 16). ¡A eso se le llama subir, por la escalera trasera, directamente al "terzo piano"! El único problema -concluye monseñor Escrivá en su imaginaria meditación- es que cuando por fin algunos "hijos" suyos tienen acceso a ella, se cruzan con frecuencia, con demasiada frecuencia en realidad, con los "hijos" de monseñor Giussani y su "Communione e Liberazione". Especialmente si se confirma el acierto de aquella definición de Juan Pablo II como papa que "escucha a mucha gente, habla con muy poca y decide él solo" (Grootaers, 211).

Abandonemos, no obstante, la imitación del estilo literario -mezcla de realidad y de fantasía- de los biógrafos del "Padre". En el panorama romano de los doce últimos años de Pío XII (1947-1958), descartadas las masas por inexistentes y el tercer piso por inaccesible, subsiste una única posibilidad: la Curia. Consecuente con su modelo de Iglesia, "que demuestra su vitalidad con un movimiento que no es una mera adaptación al ambiente", monseñor Escrivá dirigirá los esfuerzos de los miembros del Opus que residen en Roma hacia "una intromisión, con ánimo positivo y señorial" (Escrivá, 1949, 7) dentro de los organismos de la Curia vaticana.

En el momento de establecer el balance de lo que para el Opus Dei representa la aprobación pontificia de 1950, Fuenmayor, Gómez-Iglesias e Illanes concluyen que "en síntesis, los inconvenientes de la solución de 1950" son dos: "la dependencia de la Congregación de Religiosos, y el hecho de que la figura de instituto secular estuviera situada en el ámbito del concepto de estado de perfección" (Fuenmayor y otros autores, 295). Al segundo "inconveniente" nos hemos referido ya antes: concretamente hemos podido comprobar que al menos inicialmente los autores del Opus Dei, empezando por el propio Escrivá de Balaguer, más bien parecen felicitarse por el hecho de haber quedado incluidos dentro del "ámbito del concepto de estado de perfección". En el próximo capítulo, en todo caso, volveremos sobre esta cuestión; centrémonos por ahora en el primer "inconveniente", el de la "dependencia de la Congregación de Religiosos", para ver cómo es justamente ahí donde se produce sobre todo "la intromisión, con ánimo positivo y señorial", del Opus Dei dentro de la Curia vaticana.

Utilizando como fuente básica los volúmenes del "Annuario Pontificio", comprobamos que en la edición del año 1948 aparecen por vez primera algunos nombres relacionados con el Opus: Giuseppe Escrivá de Balaguer y Albás figura en la lista de los "Prelati domestici di S.S.", y José María Albareda es miembro de la Academia Pontificia de Ciencias. En el volumen publicado en 1949, y en las páginas correspondientes precisamente a la Sagrada Congregación de Religiosos, leemos lo que sigue: 1) En la sección de asuntos ordinarios, existe una subsección dedicada a las sociedades sin votos e institutos seculares, con un único nombre, "D. Alvaro del Portillo, dell'Opus Dei"; 2) en una segunda sección, llamada de asuntos especiales, aparece una lista de cuatro nombres, uno de los cuales es Alvaro del Portillo; 3) la comisión jurídica, por su parte, comporta una lista de trece nombres, el segundo de los cuales es Portillo; 4) en una última comisión, de "gobierno y disciplina religiosa", la segunda sección "para las relaciones quinquenales" incluye una lista de siete nombres, el primero de los cuales es el de Alvaro del Portillo.

El año 1950, Portillo continúa en las tres comisiones, y es substituido como miembro único del "III Ufficio" de la sección de asuntos ordinarios por Salvador Canals, también del Opus Dei. En la edición del año 1951 queda reflejada la aprobación definitiva del Opus Dei como instituto secular: se dice que el Opus Dei tiene como finalidad "difundir entre todas las clases de la sociedad civil, y especialmente entre los intelectuales, la vida de perfección evangélica". Al lado del Opus Dei aparece la Compagnia di San Paolo, que tiene como finalidad "el apostolado social y de penetración" ("Annuario Pontificio", 1951, 793s). En 1952 se invierte el orden de presentación, y a continuación de la Compagnia di San Paolo y del Opus Dei se añaden otros dos institutos seculares aprobados: los Sacerdotes Operarios del Sagrado Corazón de Jesús (fundación, año 1883), con la "formación de los aspirantes al sacerdocio" como objetivo, y la Sociedad del Corazón de Jesús (fundación, año 1791), que tiene por finalidad "hacer practicar la perfección evangélica". En cuanto a la Sagrada Congregación de Religiosos, Salvador Canals continúa en su cargo, y se produce una reorganización de las distintas comisiones; en la comisión para las constituciones de los institutos seculares aparece el nombre de Alvaro del Portillo. En otro lugar del mismo "Anuario" (1952, 1188) figura la relación de institutos seculares femeninos de derecho pontificio: cinco en total -entre ellos la Institución Teresiana fundada por Pedro Poveda- y del Opus se dice simplemente: "Opus Dei. Sezzione Femminile. Madrid".

De acuerdo con los datos de la edición del año 1953, en el marco de la Congregación de Religiosos se crea una Comisión para la aprobación de los institutos y de las constituciones, con dos secciones: una para congregaciones, y otra para sociedades sin votos e institutos seculares; Alvaro del Portillo es miembro de la segunda. No se producen cambios durante los dos años siguientes, salvo que el "Anuario" de 1955 dice que el encargado de "la estadística" de la sección general de la Sagrada Congregación es e1 "Rey. Alberto Taboada, dell'Opus Dei"; su nombre constaba ya en el "Anuario" desde el año 1949, pero como "Signore" y no como "Reverendo", y sin especificar que perteneciera al Opus Dei. En 1956 ocho peronas son promovidas al rango de "consultores" de la Sagrada Congregación de Religiosos, y se añaden así a la lista de los anteriores consultores: el octavo es Alvaro del Portillo.

Veamos como ejemplo, para este año 1956, el texto íntegro de las líneas que el "Annuario Pontificio" dedica al Opus Dei:

Societá Sacerdotale della Santa Croce (Opus Dei):
Societas Sacerdotalis Sanctae Crucis et Opus Dei (fond. 2.10.1928; decr. lod. 24.2.1947; appr 16.6.1950).
Scopo: Diffondere fra tutte le classi della societá civile, e specialmente fra gli intelettuali, la vita di perfezione evangelica.
Protettore, Emo. Sig. Cardinale Tedeschini.
Mons. Escrivá de Balaguer Giuseppe Maria, Presidente Generale.
Botella, D. Francesco, Secretario Generale.
Del Portillo, D. Álvaro, Procuratore Generale.
Hernández de Garnica, D. Giuseppe, Consultore.
Moles, Dott. Odone, Consultore.
Fuenmayor, Prof Amadeo, Consultore.
Barturen, Ing. Emanuele, Consultore.
Pérez, Avv. Antonio, Administratore Generale.
Albareda Herrera, Prof. Giuseppe Maria, Prefetto degli Studi.

La nota termina con las direcciones y teléfonos de las sedes de Madrid y Roma ("Annuario Pontificio", 1956, 880). Si nos hemos detenido en este año es porque se trata del último antes de toda una serie de cambios. Al año siguiente, en efecto, desaparecerá la dirección de Madrid y quedará ya sólo la de Roma. Habrá una renovación de los cargos directivos, entre los que por vez primen figurarán nombres de socios no españoles del Opus, mientras que en la lista de 1956 todos los nombres (excepto el del "cardenal protector") son aún españoles, y más de la mitad pertenecen al grupito inicial de los años de la guerra española. Señalemos, de paso, que el año 1956 es el de la primera edición alemana de Camino, y también allí el Opus Dei es presentado como "un instituto secular que tiene como finalidad la difusión del estado de perfección entre persona de todas las clases sociales, y especialmente entre los intelectuales" (entre los "Akademiker", se dice en el texto alemán).

En la edición de 1957 del "Annuario Pontificio", Salvador Canals sigue en la Sagrada Congregación de Religiosos, pero figura asimismo como como consultor de la Comisión Pontificia para la Cinematografía, la Radio y la Televisión. En el volumen correspondiente al año 1958, monseñor Escrivá aparece como consultor de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades (recordemos que el decreto de erección de la Universidad de Navarra es del año 1960). Y en el "Annuario de 1959 -que refleja, como siempre, los datos correspondientes al año anterior- consta la incorporación a la Congregación de Religiosos, como "comisado", de otro miembro dele Opus Dei, Javier de Silió, a la vez que Salvador Canals continúa trabajando en ella y que Alvaro del Portillo sigue como consultor.

A partir de esta fecha, que coincide con el inicio del pontificado de Juan XXIII y con el anuncio de la convocatoria del concilio VaticanoII, pero que queda fuera ya del período que estamos analizando, se producirá una creciente diseminación de socios del Opus Dei por otros organismos curiales, iniciada ya en realidad con los recientes nombramientos de Canals y de monseñor Escrivá. Pero no adelantemos acontecimienos y limitémonos a constatar por ahora la existencia de una aparente contradicción entre, por una parte, la afirmación según la cual "la dependencia de la Congregación de Religiosos es uno de los inconvenientes" de la solución jurídica a la cual se llega en 1950 (Fuenmayor y otros autores, 295), y, por otra parte, la presencia activa de destacados miembros del Opus Dei en las tareas de esta misma Sagrada Congregación. Contradicción aparente que tan sólo podrá resolverse en el caso de que sea posible aclarar e1 interrogante básico subyacente a ella: la aprobación del Opus Dei del año 1950, oficialmente calificada de "aprobación definitiva", ¿fue considerada como realmente definitiva por los dirigentes del Opus Dei durante los años cincuenta, o fue más bien considerada, ya entonces, como una etapa más en el itinerario jurídico de la Obra? Esta es la cuestión que abordaremos en el próximo capítulo.


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