Santos y Pillos/Desde la fundación oficial del Opus Dei hasta el comienzo de la guerra española

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DESDE LA FUNDACIÓN OFICIAL DEL OPUS DEI HASTA EL COMIENZO DE LA GUERRA ESPAÑOLA (1928-1936)


Sinopsis de la versión oficial: la fundación del Opus Dei

a) El mes de abril de 1927, José María Escrivá llega a Madrid. El mes de junio es nombrado "capellán del Patronato de Enfermos" y empieza a "desarrollar una incansable labor apostólica" (Berglar, 387). Se gana la vida dando clases, en la Academia Cicuéndez. No es ya exactamente el período de los "barruntos" (aquel "un buen día, quién sabe cuándo, Dios le iba a exigir algo, quién sabe qué", de Berglar, 37). Se trata más bien del período en que espera, y ruega a Dios que le manifieste su voluntad: "ut videam", "que vea, Señor".

b) El año 1928, el día 2 de octubre, "ve", "ve el Opus Dei", "Dios le hace ver el Opus Dei". Lo ve "tal como Dios lo quería, tal como iba a ser al cabo de los siglos" (Vázquez, 113). Y lo ve, además, con toda claridad: "no fue una inspiración genérica, destinada a irse concretando con el quehacer histórico, sino una iluminación precisa y determinada" (Illanes, 1982, 87). Ve, en definitiva, cuál es "la vocación específica que la Providencia divina le había reservado desde la eternidad" (Berglar, 68).

Sobre esta fecha y sobre su significación, los autores del Opus Dei comentan, glosan y no acaban. Vázquez de Prada explicará qué tiempo hacía aquel día en Madrid (p. 16), qué noticias traían los periódicos (p. 20), qué número había salido premiado en el sorteo de la lotería (p. 21) y qué películas echaban en los cines de Madrid (p. 24), para concluir con una descripción del viaje del "Zeppelín" aquel mismo 2 de octubre, día en que Hindenburg cumplía los ochenta y un años (p. 25).

A un nivel distinto, Fuenmayor, Gómez-Iglesias e Illanes definen "la fisonomía de la Obra tal y como la vio su Fundador", en una enumeración dc no menos de doce rasgos fundamentales: llamada a la santificación del mundo y a la "instauración del Reino de Cristo"; llamada a la valoración del trabajo profesional; llamada a vivir la fe con radicalidad, en respuesta a la "intervención de Dios en la historia" que supone la aparición del Opus Dei; llamada a la santificación personal, porque "no se trata de llevar adelante una empresa humana, sino de participar en la aventura divina de la Redención"; llamada al apostolado; llamada a la unidad de vida; llamada a hombres y a mujeres (aunque en este punto los autores admiten que será en 1930 cuando Dios "le hizo comprender que la luz recibida año y medio antes tenía que ser comunicada también a mujeres"); llamada a personas solteras y casadas (reservando a las primeras "determinadas funciones de dirección o formación"); llamada a sacerdotes y a seglares; llamada a la valoración de la inteligencia (de ahí "el aprecio que don Josemaría manifestó a las profesiones intelectuales, consciente de su trascendencia social"); llamada al reconocimiento de la "plena libertad de los miembros en todas las cuestiones profesionales, sociales y políticas"; y, por último, llamada a la universalidad o internacionalidad del Opus Dei (Fuenmayor y otros autores, 39-47).

c) A partir de ese 2 de octubre de 1928 en que "Dios se dignó iluminarle" (Berglar, 67), el padre Escrivá no para quieto. Intensifica su vida de plegaria y de mortificación, y empieza a buscar a "personas que pudieran entender y vivir el ideal que Dios le había manifestado" (Berglar, 387). Desde aquel mismo momento, dice Escrivá, "no tuve ya tranquilidad alguna, y empecé a trabajar, de mala gana, porque me resistía a meterme a fundar nada; pero comencé a trabajar, a moverme, a hacer: a poner los fundamentos" (citado en Illanes, 1982, 66).

Otros testimonios corroboran esa resistencia a emprender una fundación nueva: "no me interesaba ser fundador de nada" (citado en Vázquez, 115); "no quería, no pensaba ni deseaba nunca hacer una fundación" (citado en Sastre, 96). El "Padre" se pone a indagar sobre algunas organizaciones católicas que habían surgido hacía poco en Italia y en la Europa central, "pensando que si alguna de ellas correspondía a lo que Dios le había mostrado, se uniría a ella para ser el último de todos" (Helming, 23). Pero las informaciones que recibe le convencen de que éste no es el caso; por lo tanto, no le queda otra solución que "abrir brecha él solo" (ibíd., 23).

En efecto, el Opus Dei no tiene precedentes inmediatos. Así lo afirma Álvaro del Portillo: "Si se tiene en cuenta el paréntesis -de muchos siglos- que había entre la vida santa de los primeros seguidores de Cristo y la espiritualidad de la Obra, se entenderá que no puedo señalar ningún precedente inmediato del Opus Dei" (Portillo, 1978, 40). ¿Cuál es ese largo paréntesis que se cierra con la "visión" del padre Escrivá? Que "al cabo de los siglos, volvía a recordar a la humanidad entera que el hombre había sido creado para que trabajara" (Sastre, 93). Esto es, según la versión "oficial", lo que convierte a monseñor Escrivá en "un pionero de la santidad de los laicos", y en "una de esas almas excepcionales escogidas por Dios", cuya misión "ha resultado uno de los elementos fundamentales de la renovación eclesial suscitada por el Señor durante los últimos decenios" (Alonso, 1982, 229).

d) El mes de febrero de 1930, al poco tiempo de haber dejado escrito que nunca habría mujeres -"ni de broma"- en el Opus Dei, Dios hace ver a Escrivá que él sí quiere que en el Opus haya mujeres. Luego tendrán que transcurrir otros trece anos para que Dios, "metiéndose una vez más en su vida", le muestre que quiere que exista asimismo "un cuerpo o núcleo sacerdotal", puesto que "ésa es la estructura de la Iglesia, y la que, a su modo, debía reproducir también el Opus Dei" (Fuenmayor y otros autores, 118s).

De esta forma quedará consolidada la triple fundación del Opus Dei inicial, la sección femenina y la sociedad sacerdotal. De la primera, Escrivá dirá: "Y yo tengo que decir que no he fundado el Opus Dei. El Opus Dei se fundó a pesar mío. Ha sido una voluntad de Dios que se ha verificado y ya está. Yo soy un pobre hombre que no he hecho más que estorbar, de modo que no me llames fundador de nada" (citado en Vázquez, 472). De la sección de mujeres: "Os aseguro con una seguridad física -así, física- que sois hijas de Dios. Vosotras no habéis tenido fundadora: vuestra Fundadora ha sido la Santísima Virgen" (ibíd., 116). Y de la sociedad sacerdotal: "El 14 de febrero de 1943, después de buscar y no encontrar la solución jurídica, el Señor quiso dármela, precisa y clara" (ibíd., 233). En resumen, y siempre según el "Padre": "La fundación del Opus Dei salió sin mí; la Sección de mujeres, contra mi opinión personal, y la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, queriendo yo encontrarla y no encontrándola" (ibid., 234).

Un mes después de haber fundado la sección de mujeres, el 24 de marzo de 1930, el "Padre" escribe una primera carta a cuantos, a partir de ahora, llamará "hijos míos". Berglar hace singular hincapié en la significación de dicho documento, del que reproduce y comenta bastantes fragmentos (Berglar, 94-101). La carta, que tiene "una gran importancia para la historia de la Iglesia", ha sido traducida al latín, "idioma de la Iglesia", y se conoce como "Singuli dies" ya que, "como es normal en estos casos", tales cartas suelen citarse por sus primeras palabras (Berglar, 94; las cursivas son nuestras). Puede resultar oportuno recordar que éste es, en efecto, el procedimiento que suele usarse en el caso de las encíclicas de los Santos Padres. Tampoco es del todo inoportuno llamar la atención sobre el hecho de que el "Padre" redacta la carta "Singuli dies" en un momento en el que aún no hay nadie, "ni un solo miembro", en el Opus Dei, lo cual no deja de suponer una innovación con respecto a las costumbres pontificias.

e) En las postrimerías del año 1930 comienzan a llegar los primeros miembros del Opus Dei, "como fruto de la ingente labor del Fundador con personas de toda condición: hombres, mujeres, sacerdotes, estudiantes, obreros, enfermos" (Berglar, 387). En la cronología establecida por este autor al final de su volumen, para el período 1931-1932 hace constar tan sólo que Escrivá deja de ser capellán del "Patronato de Enfermos" para pasar a serlo de "las Agustinas Recoletas del convento de Santa Isabel", así como que "los domingos va con un grupo de estudiantes a visitar a los enfermos del Hospital General" (Berglar, 387).

j) El mes de diciembre de 1933, ya en plena república, y seis meses después de la aprobación de una ley que prohíbe a las congregaciones religiosas la creación o el mantenimiento de escuelas privadas (Vázquez, 135), Escrivá inaugura su primera obra apostólica: "la primera labor corporativa fue la Academia que llamábamos DYA -Derecho y Arquitectura- porque se daban clases de esas dos materias; pero significaba Dios y Audacia, para nosotros" (Escrivá, 1975, 27).

La academia "funciona como centro cultural y de enseñanza"; además de las clases "de temas profesionales, se organizan algunos ciclos de formación religiosa y apologética", de los que no se encarga Escrivá, sino un sacerdote amigo (Sastre, 173; véase igualmente Bernal, 197). Al comenzar el curso siguiente, la academia se traslada a unos locales más espaciosos, al mismo tiempo que se convierte en residencia de estudiantes, "en un barrio distinguido" de Madrid (Pérez Embid, 1963). Con este motivo Escrivá solicita al obispado un permiso para poder instalar un oratorio en el edificio. La petición figura como primer documento en el apéndice documental del volumen colectivo de Fuenmayor (1989, p. 509). En ella, Escrivá se presenta como director espiritual de la academia-residencia, cuyo director técnico es el arquitecto Ricardo Fernández Vallespín, uno de los primeros "discípulos" del "Padre". Es interesante comprobar de qué forma presenta Escrivá las actividades de esta "primera obra apostólica del Opus Dei". De acuerdo con lo expuesto en la solicitud, en la academia se dan clases de religión, "además de los fines culturales que le son propios". Por otra parte, "se procura hacer obras de celo con los alumnos y residentes de la casa y con otros estudiantes de todas las Facultades y Escuelas Especiales, explicándoles el Santo Evangelio, practicando el retiro mensual, atendiendo a catequesis en los barrios extremos, etc ."; y es por todo ello que desean poder tener en la casa "Capilla y Sagrario con su Divina Majestad Reservado" (Fuenmayor y otros autores, 509).

A finalizar el curso 1935-1936 la residencia se traslada de nuevo, "a un noble palacio de esa misma calle de Ferraz" (Pérez Embid, 1963); pero al cabo de una semana de haber solicitado la autorización para trasladar asimismo el oratorio (Fuenmayor y otros autores, 510) estalla la sublevación militar del mes de julio de 1936, y en el ataque a un cuartel próximo el edificio queda destruido.

g) Por último, preciso es señalar que en 1934 Escrivá publica, además de "Santo Rosario", obra "profundamente poética e intimista" (Berglar, 168), un librito que lleva el título de "Consideraciones espirituales", editado en la Imprenta Moderna, la antigua imprenta del Seminario de Cuenca, ciudad cuyo obispo, pariente lejano suyo, le había ofrecido tiempo atrás una canonjía.

"Consideraciones espirituales", obra en la actualidad prácticamente ilocalizable, es presentada por la literatura "oficial" del Opus Dei como una primera versión de Camino, el cual vendría a ser simplemente su reedición ampliada. Así por ejemplo, se dice que "Consideraciones espirituales", "en su segunda edición, sin modificaciones y con algunos capítulos más, aparecida en 1939, recibió el nombre de Camino" (Gómez Pérez, 1976, 253). El propio Escrivá afirma: "Escribí en 1934 una buena parte de ese libro (Camino), resumiendo para todas las almas que trataba -del Opus Dei o no- mi experiencia sacerdotal" (Conversaciones, n°. 36). En la advertencia preliminar de "Consideraciones", Escrivá había dicho que eran "apuntes, escritos sin pretensiones literarias ni de publicidad, respondiendo a necesidades de jóvenes seglares universitarios dirigidos por el autor". Y el mismo año 1934, en carta dirigida al vicario general de la diócesis de Madrid, le comunica la inminente aparición de un "folletico", explica que son "notas que empleo para ayudarme en la dirección y formación de los jóvenes", y añade que "no tienen pretensiones, ni importancia" y que "sólo son útiles para determinadas almas, que quieran de veras tener vida interior y sobresalir en su profesión" (Bernal, 199).

En todo caso, el librito de 1934 "consta de 438 puntos de meditación" (Gondrand, 94), mientras que Camino tiene 999, es decir algo más del doble. Jamás se ha efectuado un análisis comparativo de ambos textos: sería sin duda muy interesante.

Algunas cuestiones pendientes

Es lógico que para este período inicial, y relativamente lejano, sean numerosas las cuestiones no resueltas, o no resueltas de modo satisfactorio. Cabría subdividirlas -aunque sólo sea en orden a una mayor claridad expositiva, ya que de hecho todas ellas están estrechamente emparentadas- en cuestiones que básicamente afectan a la trayectoria personal del "Padre", cuestiones relacionadas con el Opus Dei en cuanto movimiento u organización naciente, y cuestiones relativas a la aparición de los primeros seguidores de Escrivá y primeros miembros, por tanto, del Opus.

El padre Escrivá en Madrid

Aunque aparentemente se trate de cuestiones menores, en el caso de la trayectoria del padre Escrivá durante esos años habría que tomar en consideración, por una parte el tema dc su incardinación en la diócesis de Zaragoza y de la licencia que se le concede para residir en Madrid, y, por otra parte, el tema de las razones y del objetivo del traslado de Zaragoza a Madrid.

El primero de ambos aspectos fue planteado con cierta insistencia por Giancarlo Rocca (1985, 9-14), según el cual pudiera haberse producido alguna irregularidad en la situación jurídica del padre Escrivá. A partir del momento en que expira el permiso de dos años que se le había otorgado en abril de 1927, sin que haya regresado a Zaragoza ni tenga intención de hacerlo, no se sabe exactamente cuál es la situación oficial de Escrivá. Rocca explica que pese a sus múltiples intentos de aclararlo, ni en el obispado de Madrid saben decirle si Escrivá pasó a formar parte del clero de la diócesis de Madrid, ni en la curia diocesana de Zaragoza existe constancia alguna de que hubiese dejado de pertenecer a dicho obispado (Rocca, 1985, 13). El autor llega a la conclusión de que Escrivá no queda incardinado a la diócesis de Madrid hasta 1942: es decir, trece años después de la finalización del permiso, y con la guerra española de por medio. El libro de Fuenmayor y otros autores, sin referirse en ningún momento a las preguntas suscitadas por Rocca, confirma este último extremo (Fuenmayor y otros autores, 26, nota 2). Antes de la publicación del libro de Rocca, la literatura "oficial" nunca había aludido para nada a la cuestión (Gondrand, 47; Berglar, 59); posteriormente, en cambio, la mencionan, aunque sin precisión alguna: el plazo inicial de dos años "irá ampliándose" (Sastre, 82); Escrivá habría visto renovadas "las oportunas autorizaciones canonicas" los años 1929, 1930 y 1931, "la última, para un período de cinco años" (Fuenmayor y otros autores, 26).

Todo ello no revestiría aquí para nosotros particular interés, si no fuera porque la cuestión podría estar estrechamente relacionada con el porqué de la voluntad de Escrivá de marchar de Zaragoza. Al parecer, el seminarista Escrivá había mantenido excelentes relaciones con el entonces arzobispo, el cardenal Soldevila. Pero Soldevila muere en 1924 (víctima de un atentado), y su sucesor, monseñor Rigoberto Doménech, no trata a Escrivá con tanta deferencia. De suerte que Escrivá, que quería ser sacerdote pero no quería, según vimos ya, "ser el cura, que dicen en España" (Bernal, 65), al día siguiente de haber cantado la primera misa es destinado a una pequeña parroquia rural. Al cabo de un mes y medio está ya de regreso en Zaragoza, posiblemente con el pretexto de que debe terminar los estudios de la carrera de derecho. Poco después de haberse licenciado, es destinado a otro pueblo, al cual llega el día 1 de abril, para permanecer en él hasta el 17 del mismo mes; el día 19 sale hacia Madrid, con el famoso permiso para hacer el doctorado.

Prescindiendo del hecho de que una vez en Madrid se dedica a muchas otras actividades, pero sin sacar adelante la tesis doctoral, habría que preguntarse para qué quiere el título de doctor. Y parecería que, o bien se trata de un mero pretexto para huir de Zaragoza, o bien lo quiere porque en aquellos momentos su objetivo es el de dedicarse a la enseñanza. Podría ser una pura casualidad, pero no es seguro que sea mera casualidad: de la época del Seminario y de la Universidad de Zaragoza, Ana Sastre menciona exclusivamente los nombres de tres amigos de Escrivá: don Félix Lasheras, el profesor Legaz Lacambra y monseñor José López Ortiz (Sastre, 68). El primero, sacerdote y capellán castrense, fue durante muchos años catedrático de latín (huelgan en este caso las referencias bibliográficas: fue profesor mío en un instituto de Barcelona); el segundo, catedrático de derecho (véase López Rodó, 1990, 27), además de ser -¿otra casualidad?- el traductor castellano de "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" de Weber, y el tercero, también catedrático (López Rodó, 1990, 29), antes de ser obispo y vicario general castrense.

La fecha de la fundación

No obstante, éstas son todavía cuestiones relativamente menores. En lo que respecta a este período (1928-1936) es evidente que el tema básico es el de la fundación del Opus Dei, fechada oficialmente en 1928. Y también en este caso existen problemas no resueltos, o bien no resueltos de forma tan satisfactoria.

Del análisis de la literatura oficial se deduce que antes del día 2 de octubre de 1928 Escrivá no tiene intención alguna de fundar nada. En ningún momento se nos habla de la existencia de proyecto alguno, previo a la "iluminación" divina. Sin dejar de admitir la posibilidad de que realmente así fuera, no hay duda de que el argumento sirve, de paso, para ahorrarse el reconocimiento de la existencia de cualquier tipo de influencia en el origen de la idea de Escrivá. Planteadas así las cosas, en efecto, la atmósfera que Escrivá descubre a su llegada a Madrid no va a tener absolutamente nada que ver con la fundación del Opus, ya que (quod erat demonstrandum) el Opus es la manifestación directa de la voluntad de Dios.

¿Cuál es, sin embargo, esta atmósfera? Fieles al principio de basarnos en toda la medida de lo posible en autores pertenecientes al Opus Dei, veamos cómo describe Antonio Fontán el ambiente de aquella universidad madrileña en la que Escrivá se matricula de los cursos de doctorado: "Los sectores dinámicos del profesorado universitario español son predominantemente prorrevolucionarios, acatólicos o neutrales en el orden religioso, y en algunos casos muy notables, abiertamente anticatólicos" (Fontán, 1961, 22). "Los profesores miembros de organizaciones católicas eran muy escasos, y en las universidades más importantes, como por ejemplo la de Madrid, el movimiento cultural y científico lo dirigían hombres de izquierdas o agnósticos y secularistas, e incluso marxistas" (ibíd., 23). Hay un "descenso de vitalidad creadora intelectual entre los católicos españoles... (que olvidan) que tenían por misión una presencia activa en las cosas de este mundo, y especialmente en las más nobles y fecundas: la ciencia, la educación, la cultura" (ibíd., 27).

Nos hallamos, prosigue Fontán (basándose en este punto en un libro de Suñer, "Los intelectuales y la tragedia española", 1937), con una auténtica revolución, obra "de los ideólogos políticos que conquistan la universidad en el primer tercio del siglo ", y que se propone "la implantación de una España nueva, secularizada, contradictoria con la tradición católica, que había sido columna vertebral de toda la tradición nacional española" (Fontán, 1961, 31). Pues bien: "El punto de partida de esta revolución profunda es Giner y la Institución Libre de Enseñanza", un movimiento inicialmente pedagógico que se politizó, que luchó contra el general Primo de Rivera y contra la monarquía, y que contribuyó al establecimiento del régimen republicano aliándose "con los extremistas del socialismo y del anarquismo español", y convirtiéndose en definitiva en "una "dique" revolucionaria de dudosa sinceridad intelectual, que se proponía apoderarse de todos los puestos de dirección de la cultura española, sin reparar en la limpieza o calidad de los medios que empleara para ello" (ibíd., 31).

Leyendo esta última frase, se entiende que Aranguren sostuviera hace ya muchos años que el Opus Dei era exactamente una "parodia de la Institución Libre de Enseñanza" (Aranguren, 1962, 12) y que el proyecto de Escrivá consistía en último término en copiar el modelo, invirtiendo sus objetivos. Si la Institución fundada por Giner, con su Junta de Ampliación de Estudios, había contribuido a la descristianización de España, el Opus Dei de los años cuarenta, con su control del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (¡que ocupaba incluso los mismos locales!), había de "recristianizar de arriba a abajo a España, desde la universidad" (Aranguren, 1962, 4).

De todo esto, sin embargo, los estudios "oficiales" sobre monseñor Escrivá y sobre la fundación del Opus Dei no dicen ni una sola palabra. Si algún miembro del Opus Dei escribe acerca de la Institución Libre de Enseñanza, lo hace en un contexto en el que no cabe comparación alguna con el Opus (además del libro de Fontán, 1961, ya citado, véanse, en un tono mucho menos crítico, Orlandis, 1967, y Cacho, 1962); mientras que cuando escriben sobre los orígenes del Opus Dei, ni siquiera mencionan la Institución (sobre las posibles relaciones entre Institución y Opus véanse, además del texto ya citado de Aranguren, 1962, Casanova, 1982, 152ss; y, sobre todo, Artigues, 1971, 20ss).

Asimismo, al referirse a la fundación del Opus Dei la literatura "oficial" tampoco señala las múltiples iniciativas de los jesuitas con las que Escrivá entra en contacto a su llegada a Madrid. Hablaremos de ello más adelante, al tratar concretamente del papel que desempeña la Compañía en la historia del Opus Dei. Por ahora, limitémonos a constatar que un personaje como Ángel Ayala, fundador de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, movimiento en muchos aspectos paralelo al Opus Dei y al que pertenecen muchos de los primeros discípulos de Escrivá, no es mencionado ni una sola vez en las biografías del "Padre". El año de la fundación oficial del Opus, el presidente de los Propagandistas era otro personaje clave, Ángel Herrera Oria. Bernal y Sastre tampoco le mencionan; Vázquez lo hace en una sola ocasión, para decir que en 1933 Herrera le ofrece un cargo a Escrivá y que éste humildemente lo rechaza (Vázquez, 139). Y Berglar tiene la osadía de pretender que Herrera propuso una alianza de su Asociación con el Opus Dei, porque "los jóvenes de la Obra que había conocido le habían impresionado y quería ganarlos para su movimiento" (Berglar, 231), cuando lo cierto es que algunos de estos jóvenes habían ingresado en el Opus Dei procedentes de la Asociación de Propagandistas. El año 1932 (un año antes de la creación de la academia Derecho y Arquitectura de Escrivá), los miembros de la Asociación habían fundado en Madrid otra academia (Centro de Estudios Universitarios) para estudios de derecho: en ninguna de las biografías aparece mencionada.

Un caso singular lo constituye el de otro jesuita, el padre Valentín Sánchez Ruiz. La figura del padre Sánchez es significativa por dos razones: en primer lugar porque fue, según la leyenda, quien dio nombre al Opus Dei al preguntarle un día a Escrivá, "¿y cómo va esa obra de Dios?" (Gondrand, 62, quien prosigue: "Fue como una revelación. Si debía tener un nombre, que fuera ése: la Obra de Dios, en latín "Opus Dei""). Y en segundo lugar, porque el padre Sánchez fue el confesor de Escrivá, su director espiritual desde 1927, es decir desde antes de la fecha oficial de la fundación (Vázquez, 106). Ingenuamente cabría pensar, pues, que el padre Sánchez desempeñara algún papel en el origen del Opus Dei.

Pero no. Viendo cómo habla de él Vázquez de Prada desde el primer momento, se intuye en seguida que no. Cuando el joven Escrivá iba a visitarle, para empezar tenía que hacer "una larga caminata"; al llegar, le hacían esperar, y a veces "la espera era larga". Había días en que incluso "la tardanza resultaba interminable. Nadie aparecía. Nadie daba excusas". Y al final, podía suceder que después de haber aguardado tanto le dijeran "que el padre Sánchez Ruiz no podría verle". Vázquez exclama: "Cualquier otro lo hubiera tomado corno una desatención grave" (Vázquez, 106). Don Josemaría no, por supuesto.

Dada la situación, Vázquez de Prada opta por quitarle al jesuita el mérito de haber encontrado -aun involuntariamente- en nombre del Opus Dei. Al explicar la anécdota, no precisa quién hizo aquella pregunta, "¿cómo va esa obra de Dios?" (ibíd., 117). Bernal ya había hecho otro tanto: ""Alguien" le preguntó: ¿cómo va esa obra de Dios?" (Bernal, 116). Según Le Tourneau, fue "un amigo de Josemaría" (Le Tourneau, 8). Y en el índice onomástico de los volúmenes de Berglar y Sastre, el pobre jesuita no aparece.

Aun así, sabiendo cómo las gasta el Opus Dei tratándose del sacramento de la confesión, y sabiendo qué dice monseñor Escrivá en Camino acerca de la figura del director espiritual ("se precisa mucha obediencia al Director", n°. 56; "Director. -Lo necesitas. -Para entregarte, para darte..., obedeciendo. -Y Director que conozca tu apostolado...", n°. 62), es de suponer que si Sánchez Ruiz no tuvo intervención directa en el origen del Opus, por lo menos había de estar enterado del apostolado iniciado por el "Padre". Pues tampoco: "Por supuesto, el confesor no se metía en asuntos del Opus Dei; y don Josemaría no hubiera permitido, por otra parte, interferencia alguna" (Vázquez, 116).

Ya puede empezarse a prever que el asunto va a terminar como el rosario de la aurora. Efectivamente, así es. Puesto que le debemos a Gondrand que haya sido el único en explicar que fue el padre Sánchez quien le sugirió al "Padre" el nombre del Opus Dei, dejemos que sea también él quien nos cuente el final: concluida la guerra, don Josemaría "se vuelve a confesar habitualmente con él"; pero un buen día el jesuita le dice que "la Santa Sede no aprobará nunca el Opus Dei". "Don Josemaría queda consternado ante este súbito cambio, ya que su confesor siempre se había mostrado convencido del origen divino de lo que había pasado en su alma aquel 2 de octubre de 1928." Escrivá no logra explicarse ese cambio de actitud si no es porque el jesuita "ha sido presionado para que le disuada de fundar el Opus Dei" (en este punto se plantea, por lo demás, un curioso interrogante: ¿cómo podría, en efecto, querer "disuadirle de fundar" una Obra que "oficialmente" hacía doce años que había sido fundada?). Y el padre Escrivá cambia de confesor (Gondrand, 115).

En síntesis, pues, el año 1928 Escrivá no tiene intención alguna de fundar nada, y la atmósfera y la gente con las que se encuentra en Madrid no ejercen ninguna influencia sobre un acontecimiento que se produce por intervención directa de Dios. Más aún, incluso después de esta intervención el "Padre" sigue resistiéndose a hacer una fundación nueva. No se decidirá a ello hasta que, después de haber buscado en vano la existencia de alguna iniciativa similar, llegue a la conclusión -como decía monseñor del Portillo- de que "no hay precedentes". No entraremos aquí en el debate sobre la existencia o la no existencia de precedentes: los especialistas habrían de decir si, sin salir de Madrid, una iniciativa como la de la Institución Teresiana del padre Poveda presenta semejanzas con el Opus Dei, o si, fuera de España, se asemejaban más o menos a él otras fundaciones anteriores.

Para abreviar (y con el consiguiente riesgo de simplificar un tanto), si la especificidad del Opus Dei consistiera realmente en aquello que proclaman hoy sus representantes más autorizados ("promover entre personas de todas las clases de la sociedad el deseo de la perfección cristiana en medio del mundo", Escrivá, "Conversaciones", n°. 24; "desde el primer momento el objetivo único del Opus Dei ha sido el que le acabo de describir: contribuir a que haya en medio del mundo hombres y mujeres de todas las razas y condiciones sociales que procuren amar y servir a Dios y a los demás hombres en y a través de su trabajo ordinario", ibíd., n°. 26), tal vez lo mejor fuera invertir los términos de la pregunta. Tal vez, en lugar de preguntarse si existe o no algún precedente del Opus Dei, habría que preguntarse más bien si existe en el Opus Dei algún elemento verdaderamente original.

Por lo que al tema de la fundación del Opus Dei se refiere, las cuestiones no resueltas podrían sintetizarse en definitiva en un triple interrogante: ¿Cuál es la originalidad de la fundación de Escrivá del año 1928? ¿Coincide la fundación de 1928 con la visión que dan hoy de ella los miembros del Opus? ¿En qué sentido puede decirse que el año 1928 es el año de la fundación del Opus Dei?

Los primeros discípulos

Para acabar de poner difíciles las cosas, dejando expresamente cuestiones por resolver, ni siquiera el tema de los primeros discípulos del padre Escrivá es de fácil solución. Si se pretende establecer la lista, preciso es reconstruirla pacientemente a partir del laberinto de nombres y datos que figuran en las distintas biografías, en una desordenada mezcla que parece deliberadamente destinada a crear confusión, y no claridad, ya sea con el fin de no precisar con exactitud cuántos y quiénes son los miembros del Opus durante estos primeros años, ya sea en aplicación del principio -no escrito, pero fácilmente verificable- según el cual no deben mencionarse los nombres de aquellos que han abandonado la Obra.

Veíamos más arriba que, según Berglar, a partir de 1930 empieza a haber en el Opus Dei "personas de toda condición: hombres, mujeres, sacerdotes, estudiantes, obreros, enfermos" (Berglar, 387). De acuerdo con el esquema más claro de Fuenmayor y otros autores (p. 36s), vamos a fijarnos en las primeras tres categorías, y ya veremos luego si son estudiantes u obreros (enfermos, en principio, tanto pueden estarlo unos como otros). Según estos autores, en efecto, "el conjunto de los que han escuchado su mensaje y le siguen" (Fuenmayor y otros autores, 36) son:

-Siete u ocho sacerdotes, a quienes ha hablado de la Obra "y con cuya colaboración cuenta, en mayor o menor grado". Un único nombre propio: José María Somoano, que fallecerá en 1932, "seguramente envenenado" (Vázquez, 135). En las biografías se menciona algún otro nombre: Lino Vea, "otro sacerdote que quiso unirse a la Obra" (Berglar, 118), fallecido al estallar la guerra española; o bien Norberto Rodríguez (Sastre, 121). Los demás nombres podría ser que no fueran mencionados porque, corno dice Vázquez, "algunos de aquellos buenos sacerdotes resultaron su "corona de espinas", por no ajustarse al mismo espíritu que el Fundador" (Vázquez, 232). En cualquier caso, lo cierto es que el día antes de la ordenación sacerdotal de Álvaro del Portillo y otros dos miembros, en 1944, el único sacerdote del Opus Dei es José María Escrivá.

-"Algunas mujeres" (Fuenmayor y otros autores, 36), sin dar nombres ni precisar la cifra. La primera de todas parece haber sido María Ignacia García Escobar (Sastre, 114), fallecida en 1933. Pero ninguna de ellas "asimila el espíritu específico del Opus Dei": en 1939 Escrivá "decide recomenzar esta labor casi desde cero" (Fuenmayor y otros autores, 37). Como puede comprobarse, pues, al finalizar el período inicial que estamos considerando el Opus Dei tiene entre los sacerdotes y las mujeres a sus primeros "mártires" (Berglar, 118s), pero ni un solo miembro.

-"Un grupo reducido de varones, miembros de la Obra" (Fuenmayor y otros autores, 36). De los llegados antes de 1933, uno muere en 1932 -Luis Gordon-, y "los restantes no perseveran", con la única excepción de Isidoro Zorzano, que fallecerá en 1943. Pero a partir de 1933 "el panorama cambia", y al estallar la guerra Escrivá "cuenta ya con diez o doce hombres" (ibíd., 36; es tan inverosímil que los autores no sepan si eran diez o eran doce, que la única conclusión posible es que no quieren precisarlo).

¿Quiénes son esos diez o doce?

Isidoro Zorzano. "Fuera de la Obra, su nombre será conocido en cuanto concluya su causa de beatificación, iniciada en 1948" (Berglar, 131). Dado que la espera puede ser larga, ya que es evidente que la "causa" de Zorzano no va al mismo ritmo que la del "Padre", adelantemos entretanto que había sido un condiscípulo de Escrivá en Logroño y que poseía la nacionalidad argentina, hecho que permite que desde 1930 don Josemaría, atento siempre a la "entraña universal" de la Obra, exclame: "Ya tenemos en el Opus Dei personas de los dos hemisferios" (Sastre, 144). Era ingeniero.

Juan Jiménez Vargas. Cuando conoce al Padre es estudiante de medicina. Miembro del Opus Dei desde el mes de enero de 1933 (Gondrand, 87). Al estallar la guerra vivirá con el "Padre", escondido; será detenido y encarcelado (Sastre, 199s); acompañará al "Padre" en su huida por Barcelona y los Pirineos; alcanzada la zona franquista, será movilizado (Sastre, 220). Catedrático a los 27 ó 28 años (Barcelona, 1941), será uno de los promotores de la Facultad de medicina de la Universidad del Opus Dei en Navarra, a partir de 1954 (Sastre, 422).

José María González Barredo. Estudiante de química. Miembro del Opus Dei en 1933. Es quien pone el dinero para pagar el alquiler del primer piso donde se instala la academia DYA (Sastre, 150). En los meses iniciales de la guerra, es quien proporciona a Escrivá la llave que terminará en una alcantarilla (Sastre, 198), y posteriormente uno de los que se refugian con él en la Legación de Honduras en 1937 (Berglar, 172). Catedrático de física y química, y profesor en dos universidades norteamericanas (Sastre, 148). Traductor de Camino al alemán y al inglés (Sastre, 150s).

Ricardo Fernández Vallespín. Estudiante de arquitectura, conoce al "Padre" en mayo de 1933. Año y medio más tarde, Escrivá le habla de la Obra, "de la cual no tiene aún noticia alguna" (Sastre, 154), y él decide "ser de eso" (un "eso" al cual "no acierta a poner un nombre concreto", Sastre, 155). Director de la academia DYA. El día antes de estallar la sublevación militar, viaja a Valencia donde tenía que organizar otra residencia (le substituía, en Madrid, Zorzano). Hijo de militar, tiene a dos hermanos en la cárcel por haber participado en el "pronunciamiento" militar de 1932 (Sastre, 152). Catedrático de universidad. Ordenado sacerdote en 1949. Pionero de la expansión del Opus Dei en la Argentina (Sastre, 398).

Álvaro del Portillo. Entra en contacto con Escrivá a través de una familiar: a todas las señoras que colaboran benéficamente en el Patronato de Enfermos Escrivá "les pregunta si tienen algún pariente joven, estudiante" (Sastre, 120). Ingeniero de caminos. Miembro del Opus Dei en 1935. Escondido con el "Padre" en Madrid durante la guerra. En 1938, tanto la madre de Portillo como Escrivá se hallan en Burgos: "El Fundador, por iluminación divina, le anunció tajantemente: El día 12 se pasa su hijo" (Vázquez, 196). En la fecha "intuida", en efecto, cruza la línea divisoria de la España republicana; es movilizado y destinado a un pueblo cercano a Valladolid. Ordenado sacerdote en 1944: uno de los tres primeros. Compañero inseparable del fundador, reside en Roma desde los años cuarenta, y se convierte en el sucesor de Escrivá en 1975.

José María Hernández de Garnica. Conoce el Opus Dei en 1935. Estudiante de ingeniería de minas, "pollo pera, y madrileño hasta la médula" (Vázquez, 155). Encarcelado en Madrid en 1936, está a punto de ser fusilado, es trasladado a un penal de Valencia (Sastre, 159) y se incorpora al ejército republicano (Vázquez, 191). Ordenado sacerdote al mismo tiempo que Portillo, en 1944, se ocupará inicialmente de la sección femenina del Opus. Más tarde irá a Francia y a Inglaterra (Vázquez, 298), y durante los años sesenta será uno de los pioneros del Opus en Alemania (Berglar, 168).

Francisco Botella. Estudiante de arquitectura cuando conoce al "Padre", en 1935 (Vázquez, 161; de ciencias exactas y arquitectura, precisa Sastre, 162); es uno de los residentes en la academia DYA. Desde Valencia, acude a Barcelona "con documentación falsa" (Sastre, 210; es un "desertor del ejército republicano", según Berglar, 178), para añadirse al grupito del "Padre" en el periplo a través de los Pirineos rumbo a la España franquista. Movilizado y con destino en Pamplona, al cabo de un mes es destinado a Burgos, donde se aloja en el hotel Sabadell, junto a Escrivá. Catedrático de geometría analítica (Barcelona, 1941), en 1946 es ordenado sacerdote.

Pedro Casciaro. Compañero del anterior, estudia lo mismo que él, y su trayectoria inmediatamente antes y durante la guerra es idéntica a la de Botella. Son los "Jaimitos" del Opus Dei de esos años (Berglar, 189). Casciaro es hijo de un catedrático de convicciones republicanas (Bernal, 49), y sus antecedentes familiares le hacen sospechoso entre los militares de Burgos (Vázquez, 190s). Un hermano menor, José María, será decano de la Facultad de teología de Navarra (Bernal, 294). A partir de 1940 dirigirá una residencia en Valencia, cantera de futuros destacados miembros del Opus (Sastre, 255s). Ordenado sacerdote en 1946, tres años más tarde será enviado a América, donde se convertirá en el primer promotor de la expansión del Opus Dei en México (Berglar, 92).

Hasta aquí todas las biografías de Escrivá coinciden. Las informaciones que aportan son diversas pero, una vez reordenadas cronológicamente, complementarias. Se trata de ocho hombres, jóvenes, solteros (y con compromiso de celibato). Pese a la insistencia del Opus Dei en el carácter "laical" de su espiritualidad, a partir de 1944 la mayoría de estos primeros discípulos se ordenarán sacerdotes. Por más que, según Berglar, entre los primeros miembros del Opus había ya "personas de todas las condiciones", son todos universitarios. Y a pesar del pluralismo ideológico que el Opus Dei dice haber reivindicado siempre, está claro de qué lado se decantan sus preferencias en el contexto de la situación española de la época: algunos son detenidos en el Madrid republicano; se esconden, posiblemente para rehuir la movilización militar; en algunos casos expresamente se reconoce que son "desertores"; y tras su paso de la España "roja" a la España "franquista", se desvanece toda resistencia a la militarización inmediata.

Pero para el período que abarca hasta el comienzo de la guerra teníamos que haber dado con "diez o doce" (según Fuenmayor y otros autores), y lo cierto es que hasta ahora las biografías de Escrivá tan sólo nos han proporcionado ocho nombres indiscutidos.

Así por ejemplo, no figura en la lista José María Albareda, porque no conoce al "Padre" hasta el año 1937 (algunas fuentes hablan de 1936; Alvaro d'Ors, 1974). El doctor Albareda, que no sólo es uno de los que integran la expedición que por los Pirineos cruza hasta la zona "nacional", sino que juega un papel destacado para posibilitarla, es ya en ese momento un científico de prestigio, que ha estado en Alemania, en Suiza y en Inglaterra. A partir de 1939 será la pieza clave del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. No se ordenará sacerdote hasta 1959. En 1962, cuatro años antes de morir, será rector de la Universidad de Navarra. (Sobre Albareda, véase Gutiérrez Ríos, 1970.)

En la misma situación inicial se halla Tomás Alvira. Amigo de Albareda, también él integra la expedición que en 1937 huye de la España republicana. En el caso de Alvira se da, sin embargo, un factor decisivo que le impide formar parte de la lista de los primeros del Opus: tiene "vocación matrimonial" (Camino, n°. 27).

Uno de los que podrían figurar en la lista (y de hecho algunos autores parecen incluirlo, como por ejemplo Vázquez, 155) es José Luis Múzquiz. Su trayectoria es muy similar a la de cuantos hemos venido considerando: conoce a Escrivá en 1934 ó 1935 (Bernal, 303); durante la guerra aparece de vez en cuando por el hotel de Burgos en el que se aloja el "Padre" (Bernal, 133). Ingeniero de caminos, será sacerdote en 1944 (uno de los tres primeros, por tanto). Muy relacionado con los primeros contactos del Opus Dei con gente de Barcelona (Sastre, 261) y de Valladolid (Sastre, 259). El año 1946 es enviado a Portugal (Sastre, 366), y el año 1949 a Estados Unidos (Nueva York, Chicago), donde se convierte en pionero del trabajo del Opus Dei ("Father loe", Sastre, 388s), antes de iniciar la implantación en el Japón nueve años más tarde (Sastre, 464). Pero Berglar afirma expresamente que sólo se hace miembro del Opus Dei después de haber finalizado la guerra española (Berglar, 219).

En orden a completar la lista de los "diez o doce" primeros, tendremos que buscar pues otros nombres, pese a que la información proporcionada por las biografías de monseñor Escrivá es mucho más escasa.

Así por ejemplo, Pepe Isasa, quien conoce al "Padre" desde el año 1932 y muere en el frente durante la guerra. Su nombre no es citado en la mayor parte de las biografías; de hecho, la única que le menciona es Sastre, pero ella parece considerarle miembro del Opus (Sastre, 146).

También esa autora es la única que parece situar antes de la guerra la relación de Escrivá con Fernando Maycas (Sastre, 120), el hombre que iniciará el trabajo del Opus Dei en París (Sastre, 376).

Se dice de Jenaro Lázaro, artista y escultor (Bernal, 344), que era uno de los que acompañaba a Escrivá en sus iniciales visitas a los enfermos del hospital (Vázquez, 133). Por una vez tendríamos a alguien que no era ingeniero, ni arquitecto, ni médico; pero no hay constancia alguna de que fuese jamás miembro del Opus Dei.

Otro tanto cabría decir de Pepe Romeo, otro de "los chicos que le acompañan en visitas a hospitales" (Sastre, 143). Desconocemos su profesión, pero sabemos que Escrivá era amigo de la familia (Bernal, 162). Y, sobre todo, que el "Padre" había ido a su casa el día en que se encontró luego con Isidoro Zorzano, así como que Romeo tuvo igualmente una intervención indirecta en el primer encuentro de Escrivá con Ricardo Fernández Vallespín. Nadie afirma, sin embargo, que hubiese sido nunca miembro del Opus.

¿Llegó a formar parte de él Manuel Sainz de los Terreros? Ingeniero, había acompañado al "Padre" en algunas ocasiones señaladas antes de la guerra (Sastre, 184; Bernal, 288), así como en la expedición de 1937. Berglar, por ejemplo, menciona repetidamente su nombre a lo largo de todo este episodio (Berglar, 176-183), pero a partir de esa fecha desaparece definitivamente de todas las biografías.

¿Fue miembro del Opus otro estudiante "que frecuentaba la residencia DYA" (Sastre, 201), llamado Eduardo Alastrué? Será uno de los que con el "Padre" se refugiarán en la Legación de Honduras, el mes de marzo de 1937. Más aún, durante este período él es quien pone por escrito "las charlas y meditaciones de don Josemaría" (Sastre, 202). En 1938, acompaña a Álvaro del Portillo en su huida hacia Burgos (Sastre, 236).

¿Por qué razón su nombre no es ni siquiera mencionado por el resto de la literatura "oficial"? Si, de acuerdo con la leyenda de los años cuarenta, hubo un "Judas" entre los "doce apóstoles" del "Padre", es probablemente uno de esos nombres que ahora estamos considerando.

Finalmente, quedarían aún otras dos personas, que sin duda fueron miembros del Opus Dei, pero de las que las biografías apenas hablan. Vicente Rodríguez Casado, hijo de militar, es otro de los que viven escondidos en Madrid al estallar la guerra. Cerca de dos años permanece encerrado en la Embajada de Noruega (Sastre, 236), hasta que huye con Portillo y Alastrué (Vázquez, 196). Por Bernal sabemos que fue catedrático (Bernal, 164); y por Sastre, que pertenecía ya al Opus Dei en 1936 (Sastre, 199; véase igualmente Gondrand, 111).

En cuanto a Miguel Fisac, estudiante de arquitectura, a partir de la literatura "oficial" sabemos sólo que desde el comienzo de la guerra vivía escondido en su casa, en la región manchega (Berglar, 178), y que fue otro de los integrantes de la expedición pirenaica del año 1937. Si de Vázquez de Prada hubiese dependido, ignoraríamos hasta su nombre, ya que se limita a decir que se juntaron a la expedición Pedro (Casciaro), Francisco (Botella) "y otro estudiante" (Vázquez, 179). Miguel Fisac ha contado algunas cosas, de su paso por el Opus Dei y de su posterior salida, en uno de los libros de Alberto Moncada (1987).

Una hipótesis alternativa

A lo largo de estas últimas páginas progresivamente, y de forma casi imperceptible, pero consciente y deliberada, hemos estado adoptando lo que habíamos convenido en llamar el "modelo epistemológico de Sherlock Holmes". Quisiéramos cerrar ahora el capítulo relativo al período inicial de la historia del Opus Dei proponiendo una hipótesis alternativa, basada en el otro modelo, el "modelo del padre Brown".

Efectivamente, a partir de los indicios dispersos y poco sistemáticos que nos proporciona la literatura "oficial" cabe la posibilidad de intentar reconstruir unos cuantos hechos: como, por ejemplo, la lista de los primeros miembros del Opus Dei y la fecha de su compromiso con la Obra de monseñor Escrivá. Con lo cual se termina dando por supuesto, sin querer, el elemento decisivo: la existencia misma del Opus Dei, desde el momento mismo de su fundación oficialmente fechada en 1928.

Si todo ello lo contempláramos desde una perspectiva distinta, en cambio, podría ser que no llegásemos a la conclusión de que la literatura "oficial" del Opus Dei nos proporciona mezquinamente unas pocas pistas dispersas e insuficientes, antes al contrario, que innecesariamente está proporcionándonos demasiadas pistas, con e1 objetivo tal vez de desviarnos del tema principal.

Por consiguiente, en vez de preguntarnos quiénes son los "diez o doce" primeros miembros del Opus, y si son diez o son doce, y cuándo ingresan en el Opus, y si son todos universitarios o bien "de todas las condiciones sociales", ¿por qué no preguntarnos sencillamente "qué es" el Opus Dei en este período, si es que algo es?

Invertida así la perspectiva, un primer dato sorprendente es que si por un lado, "a partir del 2 de octubre de 1928 el Fundador del Opus Dei predica, con clarividencia y fuerza inconmovibles, la santidad de los laicos en el mundo, en el trabajo profesional, en la familia, en todas las encrucijadas de los hombres" (Sastre, 93), por otro lado resulta que "durante largos años" no habla de este 2 de octubre de 1928, por "humildad" y por "prudencia" (Berglar, 69).

Así, con los jóvenes con quienes inicialmente se reúne, "el Padre no habla todavía de esa Obra de Dios cuyos cimientos está colocando" (Gondrand, 58). Durante los primeros años, su punto de encuentro es la casa de la madre dc Escrivá, donde hacen "tertulias y meriendas" (Vázquez, 140); pero del Opus Dei no se habla. Poco antes de ser designado director de la academia DYA, Ricardo Fernández Vallespín "no tiene aún noticia alguna del Opus", y reacciona diciendo que "quiere ser de eso", sin acertar a darle "un nombre concreto" (Sastre, 154). Ni siquiera la propia familia de Escrivá está enterada: "a su familia no le dice nada" (Gondrand, 56); todavía en 1933, ante las preguntas de su madre, Escrivá "responde de manera evasiva", porque "no le ha revelado lo ocurrido en su alma en aquel 2 de octubre" (Gondrand, 87). La madre y la hermana permanecerán en la ignorancia hasta 1934: sólo entonces "les habla con claridad de ese querer divino" (Gondrand, 99). ¿Y cuál es, en este momento, "la razón por la que les cuenta todo eso"? En Aragón ha fallecido recientemente un tío de Escrivá, sacerdote, mosén Teodoro. Ha dejado unos bienes, unas tierras (Vázquez, 141). Se trata ahora de vender estas propiedades y de pedir a la familia que "renuncie a su patrimonio", ya que con el producto de la venta "se podrían sufragar los gastos de la residencia que piensa abrir en octubre" (Gondrand, 99).

La primera conclusión es, pues, que durante cerca de seis años el padre Escrivá no habla del Opus Dei; y ni siquiera puede tenerse la certeza de que, al hacerlo por vez primera con sus familiares, les hable más que del proyecto de abrir una residencia de estudiantes.

En segundo lugar, ha de tenerse presente el hecho de que durante todo este tiempo el Opus Dei no tiene nombre. "Ni quiso en un principio el Fundador que su obra apostólica llevara siquiera nombre" (Vázquez, 117). Bien es cierto que según la leyenda el jesuita Sánchez Ruiz habría "bautizado" involuntariamente al Opus Dei, al formularle a Escrivá aquella pregunta: "¿cómo va esa obra de Dios?" Y no es menos cierto que simultáneamente habría empezado a escribir aquellas cartas, como la "Singuli dies" a que se refiere Berglar, y otras repetidamente citadas por Fuenmayor, Gómez-Iglesias e Illanes en la primera parte de su estudio. Pero mientras no exista una edición pública e íntegra de toda esta documentación, por más que en ella se hable del Opus Dei resulta difícil saber exactamente en qué términos y con qué fecha fueron redactadas las cartas. En cambio, en los demás documentos de que se dispone el nombre del Opus Dei jamás aparece para nada. En la correspondencia de Escrivá con el vicario general de la diócesis de Madrid, por ejemplo, hay alusiones al libro "Consideraciones espirituales" y a la academia DYA, a "nuestro apostolado sacerdotal entre intelectuales" (Vázquez, 143) y a las "obras de celo con estudiantes" (Fuenmayor y Otros autores, 509): pero el nombre del Opus Dei no es mencionado.

Diversos autores (Artigues, Hermet, Walsh, Ynfante) han hecho referencia a una denominación, "Socoin" (Sociedad de cooperación -o de colaboración- intelectual), como el posible nombre que Escrivá habría dado inicialmente a su proyecto. Berglar es el único de los "oficiales" que se hace eco de ello -aunque sin citar expresamente a ningún autor- y comenta que se trata de una asociación que "habían fundado algunos miembros del Opus Dei para dar personalidad jurídica a sus actividades culturales y apostólicas" (Berglar, 228).

En todo caso, el hecho de que en el libro entero de Camino (cuya primera edición es, como se recordará, del año 1939) "no haya una sola referencia al Opus Dei", el hecho de que la expresión "Opus Dei" no aparezca ni una sola vez, parecería otorgar plausibilidad a nuestra hipótesis alternativa: si durante todos estos años Escrivá no habla del Opus Dei, y si el Opus Dei carece de nombre, es porque el Opus Dei no existe.

Plantear la cuestión en estos términos equivale a tomar el rompecabezas de nuestra parábola inicial, a comprobar que demasiadas piezas no acaban de encajar o están mal colocadas y a deshacerlo en buena parte. Cabe la posibilidad de que al proceder de esta forma estemos eliminando más piezas de la cuenta. Estaríamos dispuestos a admitir que probablemente es así, e incluso que con ello sacamos del puzzle algunas piezas que tal vez estaban bien colocadas, siempre que se quisiera reconocer a cambio que, tal como lo presenta la literatura "oficial", al rompecabezas le sobran piezas. En otras palabras: pretender suprimir "totalmente" la fecha del 2 de octubre de 1928 de la historia del Opus Dei, es probablemente excesivo; pero sería preciso que se nos explicara el alcance real de esta fecha, sin magnificarla y sin hacer de ella un mito en el peor sentido de la palabra mito.

Bastaría que se nos dijera que los relatos fundacionales del Opus Dei deben ser leídos como quien lee el primer capítulo del libro del Génesis. Porque entonces sabríamos que no han de ser juzgados de acuerdo con los criterios "habituales" de lo que es "verdad" o "mentira". Pero mientras se pretenda que el género literario de dichos relatos es el de la tradición historiográfica occidental, habrá que decir que lo que queda de nuestro (incompleto) rompecabezas es lo siguiente:

Antes de 1936, el Opus Dei no existe. El padre Escrivá, un joven sacerdote que no quiere ser exclusivamente sacerdote y que desea dedicarse a la enseñanza, llega a Madrid el año 1927. En Zaragoza había adquirido ya la experiencia de dar clases en una academia; en Madrid reanuda la experiencia, dando clases en una academia fundada por un sacerdote, José Cicuéndez, dedicada "exclusivamente a la preparación de asignaturas de la licenciatura de derecho", y que funciona a la vez como residencia para unos ocho estudiantes internos (Sastre, 81). Escrivá, que realiza este trabajo "para conseguir el dinero necesario para vivir y mantener a su familia" (Sastre, 103), concibe la posibilidad de imitar el modelo, creando por su cuenta una academia semejante. El objetivo sería el de lograr que, al igual que en el caso de la academia Cicuéndez, "muchos alumnos de esta academia llegaran a ocupar posiciones notables en la vida profesional" (Berglar 81).

Por otra parte, con la proclamación de la república (1931) y con la aprobación de una serie de leyes que desmontan el sistema católico de enseñanza (expulsión de los jesuitas y prohibición de los centros escolares dirigidos por órdenes religiosas), dicho objetivo adquiere carácter de mayor urgencia aún para alguien como Escrivá, que sueña -igual que las fuerzas católicas con las que está en contacto- en la posibilidad de una "recristianización de España". De este modo nace la academia-residencia DYA ("Derecho y Arquitectura" "Dios y Audacia"). Persuadido de la conveniencia de "prestar una mayor atención a la labor apostólica con universitarios" (Fuenmayor y otros autores, 85), el padre Escrivá hace suyos los argumentos de un Ramiro de Maeztu:

"Nos encontrábamos con que lo que más necesitábamos en aquel momento no eran razones, sino espadas, pero para tener las espadas, necesitábamos las razones; habíamos cultivado durante décadas las espadas y al mismo tiempo habíamos permitido que los hombres que las llevaban fueran educados en centros de enseñanza donde no les enseñaban lo que era la monarquía española, lo que era el catolicismo en la vida nacional, lo que representaban en la unidad nacional y en la defensa y conservación del espíritu religioso de España" (citado en Fontán, 37).

El programa de gente como Maeztu, combinado con las limitaciones impuestas por la legislación republicana, da lugar al proyecto de Escrivá, quien en 1933 se lo comenta a Juan Jiménez Vargas en los siguientes términos: "habría que hacer, entre otras cosas, centros docentes no oficiales, impregnados de sentido cristiano desde el principio al fin, pero sin llamarse nunca católicos" (Bernal, 196).

El estallido de la guerra española hará que durante tres años tengan la palabra "las espadas", por encima de "las razones". Escrivá y los universitarios que le siguen percibirán muy claramente al servicio de cuál de los dos bandos han de poner tanto "espadas" como "razones". Y el resultado de la guerra va a modificarlo todo: no hará ya ninguna falta pensar en "centros docentes no oficiales". El Opus Dei, inexistente en cuanto a tal antes de 1936, nacerá durante los últimos meses de la guerra, o inmediatamente después, con una fuerza arrolladora.

Repetimos que en el estado en que acabamos de dejar el rompecabezas faltan piezas y que seguramente hemos eliminado alguna más de la cuenta. Pero al menos las que ahora quedan encajan todas. Y, como decía el padre Brown, acaso estamos empezando a "ver por primera vez cosas que desde siempre hemos conocido": acaso hemos "descubierto" algo en el sentido más literal de la palabra, a base de eliminar aquello que, "recubriéndolo", lo estaba "encubriendo".