Recuerdos de un Doctor

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Por Cremucio Cordo, 18 de febrero de 2008


Leyendo en estos días los escritos publicados sobre tesis doctorales ([[Comment:Sobre algunas tesis doctorales (1)|Beto], Alfredo, Nachof, Bienvenido...), se me vinieron a la cabeza un montón de recuerdos de mis años en Pamplona y en Roma relativos al tema y resolví ponerlos por escrito aunque no sea mas que para conservarlos para cuando la memoria se vaya borrando.

Particularmente para mi, y creo que para muchos, preparar una tesis doctoral es un asunto muy serio. Es nada menos que la culminación de una carrera y una prueba de fuego que permitirá al doctorando ingresar al coetus de los Doctores, por lo tanto hay que hacerla bien. Quizá en mi caso, tenía en mente un coetus de corte medioeval, donde ser Doctor tenía un sentido y quizá también perduraba –como perdura aun– en mi cabeza, la imagen de la defensa de la tesis de mi padre: yo tendría 5 o 6 años cuando la defendió y mi madre quiso que estuviera presente. La defensa se realizó en el Paraninfo de la Universidad, con las paredes cubiertas de maderas talladas y unos apliques de bronce y cristal en las paredes que producían unos reflejos espléndidos. En el estrado, los examinadores vestidos con sus togas se sentaban en unos sitiales de altísimos respaldos, rematados cada uno por una especie de dosel. La larga mesa cubierta con un paño verde con galones dorados y mi padre sentado, frente a los Doctores, esperando tener él mismo el derecho de sentarse ahí. Y a mí los pies aun no me llegaban al suelo…

Cuando me incorporé al centro de estudios en Aralar, me encontré que la mitad de los residentes trabajaban en sus tesis doctorales: habían vuelto del Colegio Romano, algunos ya ordenados, otros no, pero todos con un objetivo: terminar la tesis, obtener la toga y continuar “la labor” ahí donde fueran destinados.

A los pocos días de llegar recibí un encargo que era muy común en ese Centro de Estudios: cotejar tesis. El encargo consistía en que dos alumnos del Centro de Estudios, recibían del doctorando sus originales y la copia en limpio de la tesis para comprobar que estuviera correctamente escrita, marcar las correcciones oportunas, antes de hacer las copias finales.

Las tesis eran muy variadas, algunas interesantes, aunque la lectura de corrido con fines de corrección no ayudaba a una completa comprensión del argumento, otras eran un auténtico plomo desde la primera a la última hoja. En ese encargo no había descanso. La idea era que el doctorando defendiera cuanto antes, para que pudiera dedicarse a lo que en realidad importaba: el apostolado y la atención de las labores que le encomendaran.

En este punto empecé a caerme del peral: la tesis doctoral no era ni con mucho lo que yo imaginaba. Era simplemente un molesto requisito (que no había impuesto nadie más que el Fundador, no sé para que si en definitiva no era más que una pérdida de tiempo) del que había que deshacerse cuanto antes y sin mayores miramientos.

Empecé a fijarme con mas atención y a hacer averiguaciones discretas y me encontré con el siguiente panorama: a la mayor parte de los doctorandos, eso de la tesis no les hacia ninguna gracia, era un requisito que había que cumplir y con bastante desgana. A otros sí les interesaba y les gustaba incluso, y se subían por las paredes al comprobar que no contaban ni con el tiempo ni con los medios para hacer un trabajo digno: comprobé muchas frustraciones en este grupo.

Por otra parte estaban los profesores y los directores de tesis: a estos en general les interesaba un buen resultado. Muchas de las tesis versaban sobre temas que al profesor deseaba investigar de modo particular y por lo tanto esperaba que el resultado llevara la investigación por nuevos derroteros. A estos, la presión de los directores sobre los doctorandos, poniendo plazos que solo darían chapuzas como resultado, no les gustaba nada. Existía pues una contraposición de intereses: por un lado el tema académico de la excelencia y las necesidades de los investigadores y por otro lado los intereses de la Institución, que lo único que quería era que su súbdito se desembarazara cuanto antes de ese engorroso trámite de la tesis doctoral.

El encargo de la corrección de las tesis tenía otra vertiente que personalmente me resultó interesante y hasta divertida: en esa época había en Pamplona todo un cuerpo de mecanógrafas, diseminadas por la ciudad, que se ganaban la vida pasando a limpio las tesis que se producían en la Universidad. Como en general los doctorandos estaban muy ocupados en terminar sus tesis –y en el caso de los curas, de atender las labores pastorales a su cargo– éramos algunos del Centro de Estudios los encargados de llevar y traer material desde Aralar a las mecanógrafas y viceversa. Por otro lado no estaría bien que un cura vaya solo a la casa de una señora, por mas mecanógrafa que fuera. Eso nos permitía a los encargados, corretear por la ciudad –una de mis diversiones favoritas– y salir legítimamente del enclaustramiento de Aralar. En general íbamos de a dos -por el tema de lo que pudiera pasar- y en algunas ocasiones, raras, acompañábamos al cura, sobre todo si era uno de los doctorandos que se tomaba en serio lo de la tesis.

Como en todo, había un grupo de doctorandos privilegiados: eran los que habían sido elegidos –supongo que porque en ellos confluían varios factores– para trabajar sobre un tema que interesara de modo particular a la Institución. Esos gozaban de todos los privilegios posibles: sus directores de tesis les daban dedicación muy particular, tenían correctores en exclusiva, solían tomarse su tiempo en la investigación y en la redacción, aunque el tiempo siempre venía dado en estos casos, por la urgencia que tenía la Institución porque salgan a la luz sus particulares teorías sobre el tema del que se tratara. Recuerdo varias tesis de derecho canónico que se hicieron en esa época sobre la evolución de determinados cánones y de determinadas instituciones jurídicas, que luego se vino a saber que estaban vinculados con el nuevo ropaje jurídico que se estaba pensando para la Obra. Esas tesis ni las hacia ni las dirigía cualquier pardillo.

Cuando llegó la primera defensa de tesis de mi estancia en el Centro de Estudios, me pareció natural que aquello fuese una fiesta: total habían muchas noches de mal dormir, muchas horas de ilusionada dedicación, muchos correteos –la última etapa era la encuadernación que también producía ansiedades, sobre todo por si iba a estar lista a tiempo– y pensé que lo natural era que en un día tan señalado, los del Centro de Estudios, o al menos un buen grupo, acompañáramos al doctorando en su defensa.

Tonto de mí, aún estaba subido en el peral… eso era sin duda una pérdida de tiempo, a menos claro está que los padres del doctorando hubieran viajado a Pamplona, en cuyo caso convenía que el “aire de familia” esté presente, pero no más de dos o tres, de modo que tampoco se dé la impresión de que no teníamos nada más que hacer que manifestar el aire de familia y asistir a defensas de tesis.

Si no había padres presente, el doctorando se encontraba solo frente al tribunal, en un aula cualquiera de la Facultad, la que estaba desocupada en ese momento. Terminada la defensa y pronunciado el fallo, los profesores daban la mano al nuevo doctor, quizá una palmada en la espalda y a otra cosa mariposa.

A veces, lograba compatibilizar mis horarios, que eran bastante flexibles, y me escapaba a una defensa, la soledad del candidato era aterradora.

Recuerdo ahora dos tesis de esa época: la una tuvo un desarrollo bastante irregular, porque al alumno le cambiaron tres veces el director, por temas de traslados…cada vez, tuvo que empezar casi de cero porque el enfoque del nuevo director era distinto. El autor a esas alturas no tenía mucho entusiasmo y se acercaba peligrosamente la fecha en la que debía volver a su país.

El rector de Aralar presionaba porque la tesis esté terminada de cualquier modo, y en efecto, se terminó de cualquier modo y esta circunstancia la sabía todo el mundo: la Delegación, la Facultad, el Director y los miembros del Tribunal. La defensa fue la misma mañana del día en que el autor tenia que tomar el avión. Asistí a la defensa y puedo asegurar que nunca vi una carnicería igual, nunca vi tanta saña. El doctorando lloraba de rabia frente al tribunal. Obviamente luego de deliberar, le dieron la nota más baja que puede obtener una tesis para ser aprobada y para colmo el tribunal le hizo saber que le daba esa nota para que se pueda ir, aunque merecía ser reprobado… el Director allí presente y que conocía la historia perfectamente… tacebat.

La otra, era una tesis que a mí particularmente me gustaba mucho. El doctorando era uno de esos que se pasaban y se sigue pasando la Institución a la torera. Había invertido ya casi el doble del tiempo establecido, para presentar la tesis y el seguía tan campante, no tenia la mas mínima prisa por terminar: “es mi tesis y la hago como quiero”.... Un día me llamaron a dirección y me dijeron que desde ese día iba a ayudarlo en la investigación y en la redacción de la tesis. Me sonó a música celestial, porque los archivos siempre han sido mi debilidad: pasé horas en la hemeroteca del Ayuntamiento de Pamplona revisando diarios antiguos y haciendo fichas.

El doctorando era un vivillo de aquellos y estaba feliz de tener un ayudante. Por ser de la Obra, le estaba vedada la entrada a determinado archivo, pero consiguió que el portero del edificio se hiciera el sonso y le dejara a la vista las llaves los días sábados, cuando no abría al público (algo parecido a lo que hacia el dominico aquel que dejaba “por descuido” la llave de la morgue, para que Miguel Angel pudiera estudiar por las noches anatomía en los cadáveres) y allá nos íbamos los sábados cual Indiana Jones a revisar los fondos documentales, para lo que había que subir una vieja escalera de madera en puntillas (el edificio estaba habitado) con riesgo de ser descubiertos y echados a patadas: una vez dentro el archivo era nuestro...

Años después me tocó a mi hacer la tesis, esta vez en la misma Roma… Las tensiones eran las mismas que en Pamplona. Yo ya había caído completamente del peral y estaba dispuesto a defender mi derecho a hacer una tesis digna y lo defendí bastante bien, aunque con la necesaria prudencia.

Me tocó también hacer la investigación, en un archivo donde nunca había trabajado un miembro de la Obra. Se necesitaba presentación y no estaban dispuestos a dármela, así que tuve que buscármela por mi cuenta. Tampoco se permitían en ese archivo estudiantes que hicieran tesis y hube de presentarme en calidad de investigador y ocultar deliberadamente las dos circunstancias que me hacían indeseable en ese lugar.

Cuando buscaba bibliografía en la biblioteca del Colegio Romano, me llamó poderosamente la atención la cantidad de tesis que se habían escrito sobre la Misión de Francia, sobre los Obispos titulares, sobre prelaturas de todo género… se ve que llevaban años haciendo trabajar tesis que aclararan el panorama.

En Roma no había mecanógrafas como en Pamplona y si las había, los tiempos habían cambiado. En el Colegio Romano había una sala de ordenadores, donde los doctorandos enviaban los textos, escritos a máquina, para que los encargados los digitalizaran.

Lo de las máquinas de escribir es otro tema: no sé bien cuantas habrían, pero en todo caso eran absolutamente insuficientes para el número de usuarios. Por otro lado eran de esas maquinitas portátiles que los estudiantes solían llevar a los colegios, machacadas por muchos dedos. Había que sacar turno para usarlas y cada turno era por tiempo limitado. En la sala de ordenadores, no había un encargado asignado a cada tesis, sino que el que estuviera libre tomaba el material que llegaba y lo digitalizaba, lo que a mi modo de ver complicaba el trabajo. Espero que el sistema haya mejorado con el tiempo. Una vez que la tesis estaba lista, pasaba a la sección encuadernación, donde los encargados procuraban encuadernarla lo mejor que sabían.

La defensa era igual que en Pamplona: el doctorando solo frente a su destino. Yo tuve la suerte de que a mi defensa asistieran los otros dos que defendían el mismo día. Nos habíamos puesto de acuerdo en acompañarnos. Además me había encargado de invitar a algunas personas que pusieron en aprietos al tribunal.

En Roma, es costumbre entre los estudiantes “normales” darse un chapuzón en alguna fontana de Roma luego de obtener “la laurea”, cosa que obviamente los doctorandos del Opus no hacían, quizá por eso de ser cristianos corrientes. Pues nosotros lo hicimos… elegimos la barcacia de Piazza di Spagna y luego nos fuimos tan contentos a comer hamburguesas al Mac Donalds que está en la misma plaza…!!! (esto tenia también su razón de ser!!)



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