Por qué se van tantos numerarios de la Obra?

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Por Castalio, 28 de julio de 2008


Creo que ninguna institución en la Iglesia Católica tiene tantos disidentes como el Opus Dei. Quizá los Legionarios de Cristo se le acerquen un poco. Pero sin duda la Obra lleva la delantera, y con mucho. Ante tal fenómeno merece la pena intentar dar una respuesta o al menos aproximarnos a ella tratando de encontrar los orígenes más o menos comunes de la numerosa dimisión de sus miembros.

En primer lugar, advierto al lector que fui numerario durante veinticinco años. Pero en esta ocasión no deseo detenerme en descripciones de mi experiencia en la Obra, sino en la observación de un fenómeno masivo de carácter religioso, con la intención de que lo lean los supernumerarios y los cooperadores del Opus Dei. Casi sobra decir que mi intención no es de denuncia o desahogo, sino de deseo de mejora y reforma eclesial...

He dicho en otros escritos que al Opus Dei entra cualquiera. Y me refiero especialmente al estrato de los numerarios. A los jóvenes candidatos sólo se les investiga un poco para verificar que no tengan antecedentes psíquicos que los predeterminen a conductas psicopatológicas. La investigación se hace por medio de lo que en la institución llaman trato apostólico. Los numerarios jóvenes aprenden a inquirir de modo más o menos velado a sus amigos para revisar algunos aspectos que puedan impedirles pitar, es decir, pedir la admisión como miembros célibes o numerarios. El director o el subdirector del centro llevan a cabo el control de esta investigación por medio de una reunión semanal o quincenal con cada miembro, a la que se da el nombre de despacho, o bien a través de la charla fraterna. En el primer caso, suele pasar de uno por uno para recibir indicaciones de cómo tratar al amigo. Esto quiere decir que el jerarca le instruye para la investigación. Las directrices versan en torno a una primera aproximación a través de una charla de café para que revisen el cumplimiento del plan de vida, o bien, para que el numerario se entere (e informe en el siguiente despacho al director) sobre la forma en que el amigo-candidato-pitable vive la virtud de la pureza y otras virtudes a las que no se da tanta importancia como a ésta. Luego, le señala metas apostólicas, que en su mayor parte se dirigen a la cooptación o reclutamiento de sus amigos para que se incorporen lo más pronto posible como numerarios, agregados o supernumerarios. Si este proceso se hace en la charla fraterna o confidencia semanal, entonces se convierte en la parte central de la dirección espiritual que reciben los numerarios.

Estas tácticas no son aleatorias. Tienen un sentido estratégico bien probado y prescrito por el fundador. Si se siguen al pie de la letra, cualquier joven más o menos normal, puede sentirse removido por el espíritu de la Obra, siempre que se le de el debido seguimiento en el trato apostólico. Dije cualquier joven.

En caso de que no funcione la táctica general o se dilate el proceso, ha de acometerse por un camino abreviado, igualmente probado. Con audacia y celo proselitista, el numerario es instruido para plantearle la vocación a su amigo. Esto significa que a cualquier joven que se acerca a los centros de San Rafael (centros de formación para jóvenes) se le ha de ver por principio, como pitable.

Los numerarios jóvenes aprenden desde su más temprana formación que esa táctica es de eficacia sobrenatural o que se realiza según el Querer de Dios. Esto quiere decir que no sirve o no funciona si no está precedida de oración y mortificación. Por ello los numerarios se sienten en legítima posición de ataque, tras haber rezado el rosario por su amigo o haber dejado de tomar azúcar con el café. Todo funciona como un mecanismo: rezar, usar el cilicio, y atacar a quien se ponga enfrente. A quien sea.

Para realizar esos movimientos de ataque, los numerarios no necesitan de un conocimiento teológico profundo, ni de saber predicar el Evangelio en un púlpito. Tampoco requieren vestir un hábito o cantar laudes en latín. No se necesita más que adoptar una actitud mecánica de vendedor de productos de limpieza o de perfumería, con el añadido de la oración y la mortificación, igualmente mecánico. Eso lo puede hacer cualquiera. Absolutamente cualquiera, siempre que aprenda el funcionamiento del mecanismo religioso, plasmado en unas reglas de carácter funcional.

Es por eso que el proselitismo de los numerarios se hace mecánicamente, inhumanamente, irracionalmente. Son pocos los numerarios jóvenes que intentan profundizar en el sentido de su actividad proselitista. Y para evitar ese tipo de complicaciones se les insta a la acción y al afán; al activismo y a la praxis. Quien pretenda leer libros de Teología o de Religión que no sean de la Obra, y en los que se profundiza demasiado en la actividad apostólica de los laicos en la Iglesia, es visto con profunda sospecha. En el Opus Dei no hay lugar para ese tipo de personas. Se quiere, se admira y se respeta al numerario pragmático, al que tiene muchos amigos o al que hace proselitismo sin miramientos de ninguna especie. Si es cura, ha de ser igualmente pragmático y superficial en sus planteamientos; la mística no cabe en el Opus Dei. Ningún tipo de mística espiritual, por elemental que sea. Sólo cabe la praxis proselitista ciega y efectiva.

La carrera de numerario en el Opus Dei es para las masas. Ahí no caben los reflexivos, los serios, los que deseen encontrar un camino de amor verdadero que no sea el estrictamente prescrito por Escrivá de Balaguer. Por eso cabe cualquiera. Por eso puede ser numerario cualquiera. Por eso pita cualquiera. Por eso hay tantos y tantos que se incorporan a la praxis apostólica sin más deseo que el de su voluntad de servir a Dios, sin saber lo que eso significa. Por eso hay gente bienintencionada. Por eso hay tantos numerarios que no entienden el sentido de una vocación laical. Por eso hay tantos numerarios que se angustian y deprimen viviendo una vida tan mecánica, tan artificial, tan rara y ajena a ellos mismos. Fueron cooptados, se dedicaron a cooptar y reclutar numerarios. Y con el paso de los años se quedan sin nada: sin verdaderos amigos, sin vida propia, sin criterio personal. No hay falacia mecánica por religiosa que pretenda ser que no se rompa con el tiempo cuando se ha aplicado al corazón, al alma y a la conciencia de una persona.

A diferencia de la vida religiosa, monacal o conventual, la carrera de un numerario del Opus Dei no requiere de una vocación o llamada específica de Dios sino de una determinación de la voluntad personal, inducida por las tácticas proselitistas de los numerarios. Dicho de otra manera, la labor de San Miguel, o sea, la de los numerarios, es una organización típicamente moderna basada en un sistema de tácticas y cálculos racionales, no una comunidad de fe y amor. Por eso se van tantos de la Obra diciendo que no encontraron el amor fraternal que esperaban. Quizá es que no debieron esperarlo. No entendieron que la Obra (de los numerarios) es una praxis ideológica y no una familia. El discurso institucional de que constituyen una familia de hermanos célibes, es parte de la práctica proselitista. Por eso le he llamado discurso, pues no es sino eso: palabras que se dicen para dotar de algún sentido al mecanismo. Y no creo que haga falta detenerme demasiado para explicar este aspecto.

En síntesis, la inmensa mayoría de los numerarios del Opus Dei no requieren una vocación, como tampoco la requiere un vendedor o agente comercial de seguros. Lo que se requiere para ser numerario es una adecuación de la conducta, impulsada por la voluntad de ser y pertenecer. Dicho con otras palabras, los numerarios no están en el Opus por el sentimiento de una llamada, como lo están la mayoría de los cartujos y trapenses, los misioneros de las congregaciones o los miembros de antiguas órdenes como los jesuitas, los dominicos, los franciscanos o las hermanas de las diversas comunidades religiosas. Los numerarios están ahí porque se sintieron atraídos por un modo de operar que en sí mismo era, y quizá sigue siendo atractivo; por un mecanismo que apeló a sus buenos sentimientos; por una labor incisiva de seguimiento proselitista; por un sistema religioso apto para cualquiera. Para cualquiera.

Por eso considero que la única parte más o menos saludable de la Obra es la labor de san Gabriel, es decir, el movimiento de los supernumerarios, entre los cuales hay verdaderos convencidos; admirables en su entrega a la causa opusdeína. Quizá sean ellos quienes deberían encarar a las autoridades del Opus Dei para que corrijan esos modos tan poco cristianos de cooptar numerarios; de crear e inventar vocaciones al celibato. En fin, esos modos que en lo personal repruebo por su inmoralidad; por su intrínseca inmoralidad. Y si bien lo digo sin resentimiento, sí lo señalo con un profundo convencimiento derivado de la experiencia. Conozco a un sinfín de supernumerarios afanosos, piadosos, caritativos y bienintencionados. ¿Por qué no se reúnen y hablan con el prelado y con los jerarcas sobre esta web de Opuslibros? ¿Cuántos de ellos no tienen hijos que fueron cooptados y manipulados? ¿Cuántos de ellos no tienen la experiencia de un hermano, un primo, un amigo, que sin deberla ni temerla terminó incorporado a las filas del Opus Dei con el deseo firme de servir a Cristo y salió decepcionado y abandonado por los directores de la institución? ¿Acaso la enorme cantidad de exnumerarios que escriben en esta página de Internet es un fenómeno de resentimiento? ¿Pueden los supernumerarios ser tan buenos en tantas cosas y tan ciegos con lo que ocurre en el seno del movimiento al que pertenecen?

Creo que se necesita una acción de todos los supernumerarios del mundo para encarar a las autoridades de la Obra. No se trata de una acción de deslealtad ni un motín, sino simplemente de pedir un cambio a la institución; de exigir una explicación a la que tienen derecho. No es posible que en la Iglesia haya personas de tan nobles sentimientos, como la mayoría de los supernumerarios, y que se queden callados ante la desbandada de numerarios o que se conformen con explicaciones superficiales, como echar la culpa al ambiente o al diablo. La humildad institucional requiere el cuestionamiento, el autoexamen, la criba de sus modos de operar. Y eso sólo lo pueden impulsar los supernumerarios, pues los numerarios son instruidos para no hacerlo nunca so pena de ser sujetos de admoniciones y reprensiones. Eso es una realidad y la digo con el deseo profundo de que se reforme la Iglesia de Cristo, reformando sus instituciones.


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