Por qué se amotinan los numerarios

From Opus Dei info

Por Chispita, 22.X.2006


En estos últimos días parece que la crisis de la Institución fundada por San Josemaría Escrivá de Balaguer con tanto cariño y esfuerzo alcanza límites insospechados. Van llegando noticias de personas que después de muchos años empiezan a ver con claridad nueva la realidad de sus vidas y de la Institución que las rige. Entonces surge el motín, surge la marcha. Quizás nos podemos preguntar por qué.

En varios trabajos anteriores (La crisis de la dirección en el Opus Dei, el Mobbing y supervivencia al mobbing en el Opus Dei, etc) he tratado de reflejar que juntamente con la percepción de la llamada de Dios, toda persona aspira a la felicidad, a ser tratada con amor y respeto, a buscar la plenitud existencial. Realmente Dios, que es Padre, la llama a esa plenitud de alegría que supone la vocación. Darte en tu oración cuenta de que El está ahí, y que te llama a una vida de entrega en Su Servicio para proclamar la llamada a la santidad y a la santificación de los deberes ordinarios del cristiano. Luego está la percepción –no menos nítida- de que junto con esta Llamada existe un trato y un comportamiento que hunden a la persona en la infelicidad y la apatía, haciendo que se ponga Dios bajo sospecha por culpa de muchas personas de la Prelatura: Dios quiere esto para ti. Y entonces surge la tentación de considerar que Dios es un Dios tiránico y opresivo disfrazado de Buen Pastor. Eso es lo diabólico, lo que hay que desechar, porque Dios es siempre Padre amoroso que ha buscado con amor de predilección, que llama a la intimidad con Él, y por tanto a la Felicidad de poseer en uno la intimidad de la vida Intratrinitaria. Dios no tiene culpa de los manejos de los que se dicen servidores suyos, pero la llamada de amor no varía...

Ahora bien cuando se percibe que la Institución en la que ha tenido lugar la llamada se descuelga por caminos de manejos ocultos en despachos, de presiones sin cuento en una dirección espiritual forzada no pocas veces y hueca como un colador de delaciones e Informes de Conciencia; cuando se percibe el rechazo social que la Institución suscita, por no decir vivísima antipatía en tantos frentes y sectores sociales; cuando se percibe la manipulación de jóvenes y adolescentes a los que se inventa una vocación de diseño de despacho; cuando la agresión personal y la intromisión en la intimidad de la vida de las personas cobra carta de naturaleza por obra de personas sectarias, y se comprueba que no hay intención de cambiar, que las cosas no van a cambiar, que la Institución se desliza sin remedio por el fanatismo, la mentira, las falsas ilusiones, las irrealidades de una atmósfera virtual, la hipocresía y otras muchas carencias, entonces cabe pensar que hay que abandonar la Institución para salvar la propia vida personal y sobre todo la propia vocación a la santidad y al apostolado.

El problema de fondo

El objeto de las siguientes líneas es analizar las causas remotas de todo esto. Yo estimo que la situación es sobre todo culpa del enfoque ascético que se da a las personas del Opus Dei, que produce personalidades sectarias. Es decir quiero afirmar que la intención de San Josemaría Escrivá fue crear una Institución que canalizara el mensaje que Dios le dio el 2 de Octubre de 1928. Pero que el modo de formar ha transtornado personas y creado una estructura sectaria y de pecado porque en ella se ofende a Dios Nuestro Señor, porque no se tiene conciencia de esa ofensa y porque se transtorna y se ofende a los hermanos.

El problema de la dirección y de la formación espiritual que se realiza con toda la mejor intención del mundo en la Prelatura – y que también afecta a los Legionarios de Cristo- reside en el rigorismo en la vida espiritual que se vive y se enseña a vivir. Es decir, aunque se procura que la vida de familia tenga un aire amable; aunque se procura que las conversaciones y pláticas tengan un aire distendido y jocoso, el problema no está en la forma sino en el fondo, en el como, se forma. Se forma en el rigorismo espiritual con uno mismo y con los demás. Es un modo de ascetismo que hace que las personas no se reconcilien consigo mismas, y que las hace sentirse culpables de un montón de cosas que ellas mismas no pueden evitar. Es una estrategia que solo consigue la inculpación y la autoinculpación de las personas, que las hace duras y severas consigo mismas, agrias y feroces y que les embota el corazón y la mente.

En el Opus Dei no se enseña a “reconciliarse con las propias faltas y debilidades, con la propias pasiones, a llevarlas amistosamente en vez de gritarles y reprimirlas” (Grün Anselm, Portarse bien con uno mismo, Sígueme, Salamanca, 2005, p.36), sino que se insiste una y otra vez en los puntos negativos, se colocan metas inalcanzables, se exigen metas que para esa persona resultan inasequibles en ese momento, con lo que se llega a la angustia, a la depresión y a la ira espiritual (y física), con lo que se consigue brillantemente que la persona sea cada día mas infeliz y desgraciada, porque vive en un círculo vicioso de exigencias que la ahogan y del que no hay escapatoria salvo en el trato íntimo con Dios en la oración. Pero si esta oración se realiza sobre textos con el mismo enfoque entonces el adoctrinamiento intelectual es total, y como éste choca con la propia realidad existencial, entonces viene o la enfermedad o la ruptura.

El perfeccionismo del Opus Dei

La ascética del Opus Dei muchas veces tiende a ahogar por sus exigencias perfeccionistas basadas en cumplimientos: se dice que hay que cumplir por amor, si, pero si no puedes, si no llegas, entonces es que no amas a Dios, entonces es que eres un desobediente, entonces es que eres un disidente, entonces es que vas por libre, entonces es que eres un Lutero, un Calvino o no se quien más. La formación y el sistema de formación que se realizan sólo produce complejos de culpabilidad y de frustración interior. Se crean complejos de culpa donde están en juego debilidades, errores humanos y pequeñas insignificancias cotidianas. Se crea gente perfeccionista, gente de hábitos, gente robot, que hace las cosas sin amor y sin corazón, como cumplimiento de un programa de autoperfeccionamiento y autosatisfacción interior aunque en ello se pisotee la felicidad de los hermanos. Y al mismo tiempo, se crean personas que son incapaces de admitir culpas reales porque para ellos lo único que hay son culpas imaginarias, de modo que uno se puede acusar en confesión de haber rezado pocas partes del sto Rosario o de haberse distraído en el rezo de una norma de piedad, pero no se da cuenta de que ha secundado un comportamiento agresivo o violado la intimidad de un hermano copiándole por ejemplo el disco duro de su ordenador. Es decir, se pierde el horizonte de lo que es verdaderamente importante: la Caridad, en aras de un cumplo y miento de todo un conjunto de costumbres, normas, prácticas, estilos de hablar y de moverse y de comportarse en los que se dice que está la santidad.

Como el perfeccionista ve que no puede con todo, se angustia y se atormenta, se autoflagela y flagela a los demás con su tensión interior que aflora con un carácter brusco y antipático que hace imposible la vida en un centro.

Siguiendo criterios de ascesis antigua se inculca la ascética de la renuncia y de la autopresión interior que acaba desquiciando sobre todo porque ni siquiera se tiene siempre (no diré que nunca) la seguridad de ser comprendido y ayudado en esos problemas sicológicos porque los que llevan confidencias apenas los conocen ni pueden ayudar. Están para conocer datos, y transmitir órdenes que hay que cumplir. Esa es la dura realidad. “A la luz de los actuales conocimientos de sicología profunda muchos consejos ascéticos no solo resultan inoperantes sino que ponen en peligro la salud espiritual (Rodin, Psicoterapie und Religión, Olten, 1964, cit. por Anselm Grunn, op. Cit. p. 40). Sin embargo, para Cristo, el ser perfectos significa parecerse a Dios más cada día, pero de un modo positivo, porque Dios nos ha creado para vivir, para ser felices. Dios nos quiere como a sus hijos en el Hijo y no nos quiere víctimas de otros, no quiere esclavos, sino libres, no se impone, se ofrece, y si permite la Cruz es para que nos unamos a El, pero de ningún modo quiere que suprimamos lo que hay en nosotros, porque cuenta con eso para nuestra santidad. Luego el esfuerzo ascético tendente a suprimir lo negativo que hay en nosotros en vez de enseñarnos a presentarnos ante Dios para que El nos ayude a convertirlos en camino de santidad, es frustrante, antihumano y negativo y por ello anticristiano.

Se trata de levantar a las personas, no de hundirlas. Se trata de pegarnos a su realidad, no de imponerles la nuestra o lo que se cocina en los despachos de otros. Se trata de animar, de hacer valorar y descubrir lo mucho que de bueno hay en nosotros, no de torpedearnos con lo malo que hacemos.

En definitiva, aunque ya continuaré otro día, se trata de ayudar de verdad con un sano espíritu que no nos haga ser perfeccionistas, sino a actuar por amor, que no nos hunda, sino que nos levante, que no nos agobie, sino que nos haga descubrir la verdadera libertad de los Hijos de Dios que están en la Casa de su Padre Dios y no construyendo la pirámide del déspota faraónico de turno en el centro que sea.



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