Opus. Historia de un fracaso

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Por Unomas, 30 de octubre de 2006


El Opus se presentó como la organización que iba a revolucionar el catolicismo del siglo XX y posteriores. Hoy es una institución que aloja centenares de enfermos psiquiátricos (más de un tercio de sus numerarios y agregados: quien lo dude que vaya a visitar centros de mayores de cualquier país del mundo donde se encuentran) sin capacidad de captación más que (salvo excepciones) niñas y niños hijos de supernumerarios o cooperadores que han vivido su infancia en el entorno de clubs y colegios del opus.

Es una organización en la que los directores desean contar habitualmente con personas planas, porque tienen miedo a sentirse cuestionados por quienes no aceptan que el porque sí sea la respuesta adecuada. Quienes sin tener ni las más imprescindibles capacidades son puestos a dirigir un centro o se les envía a una delegación o una comisión (Dios mío cómo están algunas) aspiran a que los demás no cuestionen.

Un director de una delegación decía hace no mucho (literal):

-Qué suerte no ser listo. La gente que piensa se complica. Lo mejor es limitarse a hacer lo que te dicen.

El mayor enemigo del opus no es el ambiente social (como les gusta decir). Se van quienes no están dispuestos a aceptar lo simplón por respuesta. En atracción de gente valiosa fueron buenos (basta ver los escritos de opuslibros y el amplísimo mercado de exnumerari@s en cualquier país), porque presentan su mejor cara. Tenían un buen proyecto, en parte novedoso por el modo de implantarse (no por el proyecto en sí, porque otros en la época de Escrivá estaban en lo mismo: Poveda o Ayala).

Pasado el tiempo, fueron definiéndose perfiles de socios numerarios. Algunos sin capacidad crítica, aceptan cualquier orden. Van creándose un hueco, en el que esperan permanecer durante el resto de su vida (con la administración que tienen los centros es una opción no desdeñable para quien tenga estómago suficiente). Su baza es estar dispuesto a hacer cualquier cosa en beneficio de la organización. Si hay que imponer normativa, él lo hará por las buenas o por las malas, porque el opus está por encima de las personas.

Una segunda categoría de numerarios (desde la década de los ochenta la más numerosa) la forman quienes deciden irse, porque consideran que aquello es invivible. Muchos reconstruyen su vida, aunque no sin dolor. No lo logran tan deprisa quienes han permanecido demasiado tiempo dentro de una institución que es a fecha de hoy malsana en muchos de sus comportamientos colectivos.

En tercer lugar se encuentran los trepas. Hacen lo que les parece, pero se dedican a alabar a los directores mayores. Los cínicos (sobre todo entre directores y curas) se les han multiplicado. En público alaban al que corresponda y dañan al inferior al que sea preciso. En privado, critican las políticas del opus, pero sin hacer nada para que se modifiquen.

El opus, que se vende como excelente, está dirigiéndose a la esterilidad. Muchos de quienes se quedan acaban enfermando por la distancia entre lo que oyen y lo que se vive. Directores que hablan de pobreza el viernes noche en el círculo, pero el sábado juegan al golf en el club más caro de la ciudad como cualquier burgués acomodado. Curas que predican de sacrificio se las gestionan para ir a la playa siempre que pueden o se disputan el periódico por la mañana cuando miles de ciudadanos corren al trabajo.

En medio de todo ese desastre quedan algun@s (numerarias auxiliares y algunos curas sobre todo) que son sant@s. O supernumerarios a quienes les viene bien que periódicamente alguien les diga que sean mejores. Pero les vendría igual de bien ser terciarios franciscanos que ir por una iglesia de los carmelitas a sus conferencias.

Para lograr eso, el opus ha dañado a miles en todo el mundo. Tienen una gran responsabilidad de la que antes o después habrán de responder.


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