Once consejos que no darán a numeraria/os y agregada/os

From Opus Dei info

Por Satur, 9.10.2006


  1. Amar a Dios sobre todas las cosas teniendo muchas cosas, buenas casas, un servicio cinco estrellas, una vida mollar, en lugares mollares, y vivir sin las aristas que las personas cuerpos normales tenemos es harto difícil. Piénsalo, hijo mío.
  2. No te creas que la voluntad de Dios se encauza a través de ti porque seas director de un centro , subdirector o secretario. Mucho menos porque te hayan dado el encargo de recibir charlas. No seas tan chulito, porque no va así...
  3. Trata más a tu familia. Preocúpate de tus padres, de tus hermanos y sobrinos. Moléstate por cómo les va la vida. Da propinas, garrapo. Asiste a las celebraciones más importantes. En las bodas quédate al banquete y no seas estirado. Si te ponen en una mesa con una prima guapa, o con una amiga de tu hermana que está como un queso, no te preocupes. Es normal. Se hace mucho y no es ningún compromiso para ti. Si sientes, ya de regreso a casa, como que estás con morriña y enamoradizo , también es normal. Cuando se está muchos años de celibato esas cosas suceden. Es la falta de costumbre. Si cada vez que estás con tu familia te da la llorera a solas en tu habitación plantéate si estás donde tienes que estar.
  4. Una manera de matar es negar el saludo, retirar la palabra, mirar como extraño al que fue tu hermano de vocación. No lo hagas, cabroncete.
  5. Si tienes muchos problemas de pureza, es señal clarísima de que ése estado no es el tuyo. Lárgate y busca una vida más acorde a tu naturaleza. Descubrirás que los problemas de sexualidad son de afectividad. Ni se te ocurra pensar que estarás haciendo el amor como un mandril todos los días. Ni lo sueñes, amigo. La vida misma hace que todo sea más sencillo. Y más hermoso.
  6. No hagas trampas cuando hagas movimiento económico. Nadie vive con unos pocos euros a la semana. No te guardes pasta diciendo que son para inversiones del despacho. No tengas un zulo de que te cagas en tu oficina, en casa de tus padres. Invita a tus amigos, que tienes fama de que no gastas ni en bromas. Haz regalos a tus familiares y amigos.
  7. Cuando hay Champions los martes, miércoles y jueves también tienes que dar el círculo de cooperadores o de supernumerarios. No inventes historias, cuentista, y se lo endoses al pobre agregado, y éste al pobre celador. Caradura. Listo, que eres un listo.
  8. Los peores pensamientos no son los que van contra la virtud de la castidad. Es peor querer ser a toda costa director de un centro, o aspirar siquiera a secretario, o chivatearte sobre un hermano tuyo porque no le aguantas. La envidia, el afán de medrar, ir de guapito por delante y por detrás dando pol saco no está bien.
  9. No seas envidioso. Hay gente que vale muchísimo más que tú. No uses el cascarrabias para darle a la peña. Detrás de los modales bruscos y las caras de tío que parece que está oliendo mierda todo el día suele haber un envidioso y un rencoroso. No seas así, hombre, que no merece la pena. No seas como ese médico que preguntaba a sus pacientes “¿oiga, usted cómo caga, en chorizos, en bolas o gotele”?.
  10. No te tomes casi nada en serio de lo que te digan allí dentro. La suma de actos perfectos no hacen un hombre perfecto. No vayas a por todas porque te puede dar algo, se te joroban los frenos y ya no hay manera de arreglarlos. Si, por ejemplo, en la segunda avemaría, de las tres que debes de rezar con los brazos en cruz , das un brinco y te metes en la cama, y una vez dentro piensas que muy mal y sientes que debes incorporarte y rezar la última, no lo hagas: rézala entre las sábanas, que no pasa nada.
  11. Por cada cita que digas en las charlas de San Josemaría, añade tres de Jesucristo, o cinco. San Josemaría no es muy importante, ni muy muy. A Benedicto XVI le preguntan en una entrevista si conoce a su ángel de la guarda ( que tiene pinta de ser más importante que San Josemaría), y contesta : “No. Yo me siento tan remitido a Dios, que aunque estoy agradecido por creer en el ángel de la guarda, me comunico directamente con Dios mismo. Para otras personas supone una certeza muy consoladora. Lo importante es no detenerse allí, sino dejarse conducir de verdad a Dios, y que la auténtica meta de la comunicación siga siendo siempre Dios mismo”. Cambia en el texto el ángel de la guarda por San Josemaría, y aplícate el cuento.

Te irá bien.


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