Mecanización de la vida cristiana

From Opus Dei info

Por Pinsapo, 29 de diciembre de 2014


El Papa Francisco no deja pasar una ocasión para alumbrarnos con su vivificante sabiduría, como el pasado 22 de diciembre en su felicitación navideña a los miembros de la curia romana, nos ofreció su magistral listado de 15 enfermedades que aquejan a la Iglesia, exhortando a la autocrítica y a la necesidad de actualización. Denuncia el “Alzheimer espiritual” de quienes por haber perdido la memoria de su encuentro con Jesús, dependen como autómatas de las manías y caprichos del líder carismático, construyendo a su alrededor un artificioso caparazón de “muros y costumbres”, alejados de su originario sentido por falta del cotidiano alimento del Dios verdadero...

Hace un tiempo compartía la reflexión sobre la razón del atractivo del mensaje de este Papa, y no era otra que el ofrecimiento de un cristianismo tierno, alegre, sonriente y esperanzado, tan opuesto al camino que experimentamos en la Obra, por eso resulta el mejor antídoto contra el estéril lamento por un pasado en el que sentimos el desencanto de una espiritualidad enlatada, mecanizada y empobrecida. La causa de estas continuas fuertes sensaciones que provoca Francisco no es otra que la de provenir de un pastor que ha sido cocinero antes que Papa, que viene de la vida real: del metro, del fútbol, del supermercado donde compraba la comida que él se cocinaba.

Francisco reprueba a quienes transformados en burócratas, abandonan el servicio pastoral para refugiarse en un artificioso trabajo de oficina centrado en la excesiva planificación que lejos de ser un servicio a los demás, les provoca un endurecimiento mental y espiritual que le impide “llorar con los que lloran y alegrase con los que se alegran.” Detesta al apóstol que planifica todo minuciosamente y se convierte en mero contable que pretende pilotar la libertad del Espíritu Santo, siempre más grande y más generosa que cualquier planificación humana.

Describe la patología de la ‘fosilización' mental y espiritual de quienes poseen un corazón de piedra, que por el camino perdieron la vivacidad y la audacia al esconderse tras los papeles, son meras ‘máquinas de prácticas' y no ‘hombres de Dios' (Eb 3,12). Pierden ‘los sentimientos de Jesús' porque su corazón, con el pasar del tiempo, se endurece y es incapaz de amar sin condiciones a Dios y al prójimo (Mt 22, 34-40).

De todo ello la consecuencia es la transformación de una persona en teoría entregada por una llamada religiosa, que de suyo conlleva ser una persona amable, serena, entusiasta y que desborda y transmite alegría; acaba aquejada de la enfermedad de la indiferencia hacia los demás, de la “cara de funeral”, persona brusca y grosera que considera que para aparentar seriedad hace falta pintar el rostro de melancolía y severidad. Trata a los demás, sobre todo a los que consideran inferiores, con rigidez, dureza y arrogancia. Dicha severidad es en realidad puro teatro, que junto al estéril pesimismo, configuran síntomas de miedo e inseguridad en si mismos.

Todas estas reflexiones me han hecho identificar muchas de estas patologías con el camino cristiano que se nos inculca al iniciar el camino de numerario a los 14 años: plan de vida de la hoja de normas que a diario rellenábamos al modo de “quiniela”, donde se incluyen ofrecimiento de obras, oración, Misa, Ángelus, visita al Sagrario, Rosario, lectura espiritual, exámenes de conciencia, mortificación corporal, avemarías de la noche, etc. Dicho camino espiritual incluye obligaciones semanales: confesión, círculo, meditación, confidencia, disciplinas, Salve, Salmo II. Cada mes día de retiro, cada año curso de retiro de 6 días y curso anual de 21 días. Aparte quedan otras muchas “normas de siempre” de las cuales semanalmente se repasan en las 26 preguntas del círculo breve que nos repetían semanalmente, detalladas en el Ceremonial de 1941 (documento que el Opus Dei quitó de esta web por mandato judicial).

Todas estas prácticas y devociones provienen de la tradición católica, siendo lo original juntarlas todas y promover su práctica sistemática y periódica. Es la “mecanización de la vida cristiana”, un proceso de automatización que garantiza eficiencia y resultados “contabilizables”, aplicar el método de organización industrial a la práctica cristiana, con el aumento de la “productividad” y al mismo tiempo se evita el control del “obrero” en su tarea, que no debe aportar nada propio ni cuestionar los mandatos de los superiores sobre “el método”. Es lo que llamo “religiosidad Taylorista”, por analogía con el Taylorismo en el ámbito de la organización del trabajo que propugna la racionalización y división de las distintas tareas en el proceso de producción de forma jerárquica, relacionado con la producción en cadena. De modo análogo, el “plan de vida” inculca una vida cristiana mecanizada o en cadena, que no permite fisura ni peculiaridad alguna del sujeto que la practica.

En el ámbito de las Neurociencias se concluye que muchos fenómenos en la conducta humana requieren un mínimo de 21 días para que una imagen mental establecida desaparezca y cuaje una nueva: los hábitos se moldean en función de la imagen que las personas tienen de sí mismas, y las conductas que han creado, guardan estrecha relación entre sí, de modo que al cambiar de imagen, cambiarán los hábitos. William James explica en Principios de Psicología (1890) que aprender nuevas conductas tiene efecto en la estructura física del cerebro modificándolo y estableciendo nuevas estructuras neuronales, por lo que habla de la plasticidad cerebral. Esta puede ser una explicación del tiempo de duración de convivencias y cursos anuales donde se implementa de forma comunitaria el cumplimiento de todas las normas y costumbres, que repetidos año tras año, dan un preciso perfil conductual, unida a la experiencia de los centros de estudios como “noviciados expres.”

Un modo de vida cristiana fosilizado y sin fisuras, insertada en la persona férreamente, le sitúa en una misma realidad inmutable que le asienta siempre en los mismos pensamientos, decisiones, experiencias, acciones y conductas. Si son los mismos durante años, reforzando un ciclo interminable, el cerebro adquiere una impronta limitada por activar siempre las mismas estructuras neuronales, por ello se describe como Neurorriguidez. Por el contrario la Neuroplasticidad se logra aprendiendo a pensar de nuevas formas distintas a las de siempre, logrando activar en el cerebro distintas secuencias, estructuras y combinaciones. Sentimientos nuevos inspiran pensamientos, decisiones, experiencias, acciones y conductas nuevas.

Para concluir no encuentro mejores palabras que las del Papa en su Homilía matinal del pasado 15 de diciembre en la Casa de Santa Marta, al denunciar el fariseísmo de aquellos que en su vida todo es exterior, todo regulado, pero que no saben en que creen porque su corazón es débil, y su propia inseguridad les lleva a resistirse al mínimo cambio o crítica de sus costumbres: “Cuando Pío XII cambió la disciplina -‘¡Ah, herejía! ¡No! ¡Ha tocado la disciplina de la Iglesia!'- muchos fariseos se escandalizaron. Muchos. Porque Pío XII había hecho como Jesús: ha visto la necesidad de la gente.”

Que esta luz Navideña sea el principio del fin de la resistencia a la autocrítica, pues aunque sea más “segura”, fácil y cómoda la “mecanización espiritual” al permanecer en las propias posturas estáticas e inmutables, según el Papa Francisco la Iglesia solo es fiel a Dios en la medida en que no tiene la pretensión de regularlo todo y de domesticar al Espíritu Santo, que es frescura, fantasía, novedad.



Original

Personal tools