Madurez afectiva y psicológica de numerari@s y agregad@s

From Opus Dei info

Por Ruta de Aragón, 28 de septiembre de 2007


Hace falta un tratado para tratar el tema, no en forma demasiado amplia, sino con la debida atención a los múltiples aspectos que, inevitablemente, se presentan apenas intentamos profundizar un poco en esta cuestión de la madurez afectiva. Los tratados de teología moral no acostumbran a estudiar los procesos, las etapas y los criterios de la madurez afectiva, limitándose a los problemas de la conciencia moral y de la observancia de la ley. Y no podemos menos que constatar con pena y asombro el silencio habitual de los libros de moral acerca de la cuestión de la madurez afectiva.

Los teólogos y moralistas clásicos han estudiado con perfección el tema de la ley y de la moralidad, partiendo de la idea, más bien especulativa, del hombre libre ante el bien y el mal.

Tenían sin duda presente el influjo de las pasiones, de la ignorancia y de otros elementos modificadores de la conciencia y del acto humano, y el mecanismo íntimo del hombre moral, el modo cómo se va creando su conciencia y por consiguiente la disposición resultante para realizar los actos morales, no pudieron conocer bien estas cuestiones, porque todo esto es consecuencia de los descubrimientos recientes de la llamada "Psicología de las profundidades".

No solamente estas investigaciones obligan a ser tenidas en cuenta para la visión moral del hombre, sino que ellas mismas inducen directamente a plantearse la cuestión, al descubrir que el aspecto moral constituye un núcleo central de todo hombre, sano o enfermo. La estructura íntima del hombre es la de un "ser moral", que confirma el concepto básico de la unidad humana, hecha de cuerpo y alma, de espíritu y materia.

Aplicando esto al caso de un numerario/agregado del Opus Dei, nos obliga a ver a éste como un hombre, con toda la complejidad de sus problemas psíquicos, un hombre o una mujer que va a enfrentarse con una realidad sobrenatural: la consagración a Dios, de las cuales emanan una serie de obligaciones, comportando una "forma de vida", para la cual es imprescindible poseer una preparación adecuada y unas gracias sobrenaturales especiales...

El hombre y la mujer no alcanzan, nunca la madurez absoluta, en lo que a su evolución psíquica se refiere. Podrá hablarse de madurez fisiológica y aun esto es muy difícil de precisar, pero en lo referente al desarrollo de su personalidad interna es siempre perfectible, y puede conjugarse muy bien una decadencia de determinadas actividades, con un perfeccionamiento interior progresivo siempre hasta la muerte. Y si nos referimos al progreso moral y de perfección cristiana, todavía se hace más patente su posibilidad de perfeccionamiento ilimitado.

La personalidad es el resultado de la formación de una persona humana, de una obra que no se logra sino cuando sus cualidades fundamentales poseen una cierta riqueza.

Se trata, pues, de un concepto relativo de desarrollo y perfección.

Al hablar, por consiguiente, de una madurez "psicológico-afectiva" no podemos pensar en el desarrollo pleno de las posibilidades de un o una joven de 15 a 20 años, que es la edad ordinaria de las vocaciones a numerario y agregado. Se mide la madurez afectiva por la libertad. Se la mide también por el carácter razonable del comportamiento. La madurez consiste en el desenvolvimiento óptimo de nuestra afectividad espiritual y en el poder de integración en la afectividad espiritual de la afectividad sensible.

Esto es lo importante para precisar el concepto de madurez afectiva del numerario /agregado del Opus Dei. Este, como ser humano que es, llegado a una edad en la cual los afectos, bien conocidos desde la adolescencia en su generalidad, han adquirido un cierto desarrollo, debe tenerlos sometidos a la voluntad, ejerciendo sobre ellos un dominio que permita ordenarlos y dirigirlos a los objetos elegidos por la inteligencia. Ahora bien: esta integración y dominio de las tendencias afectivas naturales, espontáneas y pasionales, puede hacerse de distintas maneras, en algunas de las cuales se descubrirá, no la madurez sino formas anormales que constituyen un defecto, esto es, una inmadurez. Son precisamente estas formas anormales de dominio las que más tarde producirán los estados anormales y los problemas del espíritu, que deberían de ser evitados al exigir una disposición óptima de la personalidad del numerario.

Si el esquema fundamental de la madurez humana consiste en el dominio de las estructuras espirituales del hombre, sobre las pertenecientes a la zona «natural», esto puede lograrse: o bien por un desarrollo suficiente de la voluntad y de las fuerzas racionales reforzadas por la gracia sobrenatural, constituyendo las genuinas virtudes sobrenaturales, o bien por una disminución o carencia de las fuerzas pasionales inferiores.

En el primer caso tenemos una personalidad bien construida, la verdadera madurez, en el segundo una pseudo-madurez, encubridora de un equilibrio inestable, propenso a verse roto, en cuanto los términos de la tensión de las pasiones cambien de intensidad.

Lo que en muchas ocasiones se esconde detrás del calificativo de un "joven inocente" o de un "muchacho angelical", en lugar de ser una voluntad bien templada y decidida a luchar contra las tentaciones y atractivos naturales, es sencillamente una falta de experiencia, una carencia de incentivos pasionales, que, por las circunstancias favorables del ambiente, no se han despertado aún o no han provocado apetitos de las pasiones violentos. Esta madurez es falsa, o al menos insuficiente, manteniendo un interrogante hasta ver cómo reacciona frente a las tentaciones urgentes.

Pensamos, al hablar así, especialmente en las pasiones y afectos de orden sexual, aunque, es preciso tener en cuenta otras formas de afectividad tan importantes o más que éstas. Como ejemplo, nos damos cuenta de la diferencia existente entre el numerario que ha tenido que luchar contra las apetencias de su carne o que ha sentido el atractivo directo hacia una mujer, a la cual renuncia conscientemente para aceptar su entrega generosa a Dios, a la del otro que protegido por un ambiente puro, apenas ha tenido que luchar o no sabe lo que es sentirse atraído dulcemente por el amor humano. En ambos casos existe un aparente equilibrio entre los dos planos del afecto natural y espiritual, pero el primero está ya contrastado por el esfuerzo y por la auténtica virtud, que ha necesitado reforzarse en la contradicción de la carne; el segundo carece de esta experiencia y por lo tanto del vigor de la voluntad. A este segundo le calificamos de inmaduro.

Otra forma defectuosa de madurez, especialmente interesante en psicología, por las consecuencias de posibles conflictos que de ella se derivan, es la de quien a falta de las gracias sobrenaturales necesarias y de la madurez psicológica y afectiva necesaria, ejerce un dominio sobre sus fuerzas pasionales, en forma de violencia, de miedo y susto interior ante la tentación, manteniéndose en pie gracias a una tensión dura, siempre vigilante. Esta forma es anormal, insostenible a la larga, rompiéndose en dos posibles direcciones, en la de engendrar una neurosis de escrúpulos o en la de no poder mantener la virtud.

Este imperio de la razón no debe ser de naturaleza violenta. Si la violencia puede ser alguna vez necesaria, depende de una debilidad de la virtud y quizá de un error en el ideal propuesto, el ideal de una "moral" que, a causa de la debilidad del yo, por insuficiencia de interioridad, reprime el instinto por miedo de lo Prohibido, en lugar de asumirlo en la afectividad espiritual y de hacerlo así "razonable". Se entiende por madurez afectiva de una personalidad, dispuesta a comprometerse a aceptar las graves obligaciones, que llevan anejas una vocación consagrada a Dios como la de numerario o agregado del Opus Dei, la que supone la experiencia y conocimiento de los afectos normales en un joven en plena virilidad, cuyos afectos están integrados en una voluntad capaz de dirigirlos hacia los objetos y fines sobrenaturales propios de la vocación.

Esta madurez afectiva se ha de analizar en los dos campos en que fundamentalmente se desarrollan las experiencias y los conflictos: el de las inclinaciones afectivas de la sexualidad y el de las relaciones sociales, especialmente en lo que se refiere a la jerarquización de la obediencia y dependencia de la personalidad.

En la afectividad referida al primero de estos dos campos, el de las relaciones amorosas sexuales, pueden distinguirse todavía tres clases de afectos: el primero, el de la sexualidad, como placer carnal; el segundo, el de las relaciones amorosas de tipo sentimental elevado; y el tercero el de las relaciones de amistad, humana, tanto con el sexo propio cuanto con el contrario.

La primera clase de afectos es bien conocida: al aparecer la adolescencia, comienzan las tentaciones y las luchas. Muchas vocaciones consagradas se definen en esta encrucijada. Las exigencias de una castidad bien probada, con períodos largos de prueba, para que pueda con recta conciencia consagrarse a Dios, y para que los consejeros y directores espirituales, puedan dar una sentencia favorable sobre una posible vocación consagrada, son la garantía de la madurez.

Sin embargo, todavía pueden distinguirse casos, en los cuales, aun cumpliendo esta condición indispensable de una castidad probada, no se descubre en el mecanismo íntimo de la virtud una madurez apetecible. Son aquellos o aquellas, en los cuales, pudiendo decirse que no existe caída clara en el pecado, queda siempre una duda, una indecisión, se llega, por decirlo así, al borde, con el grado de duda suficiente para dar una sentencia favorable sobre la existencia de una vocación consagrada de numerario y agregado, pero lo insuficientemente seguros, para confiar en el futuro.

Los directores espirituales temen, con sobrada razón, que cuando el ambiente del mundo sea más excitante y la tensión espiritual pierda la fuerza propia de quien sabe que "no puede caer", porque se está jugando una grave consecuencia, la de "tener vocación o no" la lucha será de otro modo y las consecuencias menos brillantes.

Otros casos, también con victoria en la lucha, no dejan duda de pecado, pero causan en el sujeto una gran perturbación de su equilibrio interior: las tentaciones producen escrúpulos, angustias, inquietudes excesivas, incluso cuando la conciencia moral debiera quedar del todo tranquila. Se demuestra aquí que no existe una integración completa de las fuerzas pasionales, sometidas a un dominio sereno y completo de la voluntad, sino que los elementos inconscientes del «superego» y de la libido, al margen de lo libre y voluntario tienen demasiada acción en la personalidad.

El problema grave que plantean estos casos, por desgracia nada infrecuentes, es el del consejo que debe darse a estos numerarios y agregados. No suele tratarse de una situación que se resuelva con nuevas esperas en su situación vocacional de numerario o agregado, porque lo más probable es que todo continúe igual. ¿Se debe aconsejar el abandono de la vocación de numerario o numeraria? ¿Se puede confiar en que la gracia de la vocación completará estas deficiencias?

Los directores espirituales, continúan perpetuamente divididos en dos posturas: la de los directores espirituales severos que prefieren perder vocaciones posibles, para asegurar la selección de los numerarios y agregados a cuya sentencia favorecen sin duda los documentos Pontificios, más cargados de ordinario de tonos de rigor que de benevolencia en esta materia, y el criterio de los directores espirituales que quieren a toda costa lograr esas vocaciones, postura dominante en el Opus Dei; confiando en el porvenir y en la gracia.

Sin embargo, la larga experiencia de la Iglesia es que debieran inclinarse más a la severidad. En primer término, porque así lo indica el deseo de la Iglesia, cuya experiencia es indiscutible, lo mismo que su sabiduría y su amor a las vocaciones consagradas a Dios como son las de numerario, agregado y sacerdocio. Y en segundo lugar, porque esa confianza, en la evolución de la conciencia y de la acción de la gracia sacramental está fuera de lugar. La consagración a Dios no está hecha para curar insuficiencias en las personas de los numerarios y agregados, sino para santificar y ayudar al cumplimiento de los deberes de la vocación, a quien previamente se le debería exigir que presentara una idoneidad. Sin negar que la gracia de estado no puede ser considerada en forma demasiado limitada y exclusiva, dar alegremente por supuesto que ha de subsanar defectos que no debieran existir, es uno de tantos caprichos interpretativos de la gracia sobrenatural, que se cometen por creernos un poco Dios manejando a nuestro gusto sus dones y gracias.

Se puede afirmar que en la casi totalidad de casos difíciles y de problemas graves presentados por numerarios y agregados, a los cuales se les hace difícil permanecer en un equilibrio psíquico y a veces en una conciencia segura, por causas de sus dificultades en la castidad, se descubre una ligereza en el consejo de su vocación.

No he llegado a comprender aún la seguridad con que ciertos confesores y directores afirman: "tu tienes vocación, te lo digo en nombre de Dios”. No pretendo negar el carisma de «discreción de espíritus», que puedan poseer algunos, ni disminuir el valor de una afirmación así, cuando se trata de casos demasiado timoratos e indecisos, pero estos han de ser muy excepcionales. ¿Quién se puede atrever a decir que es segura la vocación divina? La Iglesia nos manda conocer la vocación, por las pruebas y síntomas de la idoneidad presentadas por el candidato o candidata a numerario o agregado consagrado, y cuando la idoneidad de la persona para una vocación consagrada es dudosa o discutible, discutible y dudosa es la vocación, que no adquiere seguridad y idoneidad por la simple afirmación del director espiritual: "¡Tu tienes vocación!"

El segundo grupo de afectos es el de la inclinación amorosa hacia el otro sexo. La madurez, en este caso es mucho más difícil de verse lograda, por la razón sencilla de que es imposible haber pasado siendo numerario o agregado por las experiencias que la aseguren. Es imposible pensar que los jóvenes numerarios o agregados se enamoren antes de hacerse numerarios para saber renunciar a estos afectos, o que cultiven el trato con muchachas para percibir lo que es la simpatía y atractivo sentimental hacia la mujer y el hombre. Por otra parte, aunque eso fuera posible, en hipótesis puramente fantástica, tampoco serviría para asegurar que la gran pasión despertada a los treinta o a los cuarenta años, o en determinadas circunstancias de la vida no diera al traste con la vocación. La madurez que tiene el hombre o mujer espiritual que ha conocido estos momentos difíciles y ha salido triunfante de ellos, con la ayuda de Dios, es imposible exigirla al joven numerario o agregado. Es preciso por lo tanto, en este aspecto, hablar de una madurez inmadura, si cabe la paradoja, o mejor, de una madurez apropiada a la edad y a las condiciones de vida y desarrollo psíquico del numerario o numeraria. Lo que sí puede esperarse es que, si esta madurez relativa está lograda, en circunstancias normales, se logrará el triunfo para el porvenir y la madurez necesaria en cada momento de la vida futura.

Esto nos lleva a la cuestión, en la doctrina clásica a la tentación de pensar que, no habiendo sido posible prever la fuerza pasional que arrebata a un corazón en la plenitud de la vida, el compromiso adquirido en la juventud es injustamente definitivo. El famoso "si yo llego a saber entonces, lo que iba a pensar y sentir hoy, no me hubiera hecho numerario o agregado", es la eterna cuestión. En principio no existe absolutamente ningún contrato humano que una vez realizado, uno o una no sienta el deseo de arrepentirse de haberlo realizado, por el cambio de las circunstancias o de los propios sentimientos que se tenían cuando se celebro el contrato.

Cuantas veces hemos oído "si hoy fuera no me habría comprado esta casa, este coche, o no habría pedido el préstamo".

Y el primer contrato de todos, del que la gente más rápidamente se puede arrepentir es el del matrimonio. "Si hoy fuera no me habría casado".

¿Quién puede contar el número de casados, que rescindirían su contrato, al cabo de uno, cinco, diez o veinte años de experiencia matrimonial? La belleza física de la mujer o del hombre ha desaparecido, o ya no es atractiva para su marido o la mujer, el carácter es otro, la convivencia menos amable, etc. Y a nadie en la Iglesia se le ocurre dar valor a estas razones para poner en duda la obligación de mantenerse fieles.

¿Cómo se plantea la cuestión de la madurez afectiva en el numerario y agregado? ¿Existe en el numerario y agregado la madurez y la correcta disposición afectiva? Si luego desaparece esa correcta disposición afectiva ¿quién es el responsable?

El discernimiento de la madurez afectiva no es tan fácil y simple como cuando se trata de saber si se han cometido o no pecados contra el sexto mandamiento.

La madurez afectiva consiste en una plenitud de la castidad de modo que el amor afectivo este dirigido a Dios, hasta tal punto que, aun sintiendo la llamada y el atractivo del amor humano y sin negarle sus valores y su grandeza, se renuncia a él con alegría, por mejor poseer la unión divina. No se trata de elegir entre una cosa buena y otra mala, sino entre una buena y otra mejor, como dice S. Pablo.

El joven numerario o agregado que no vea esto como una plenitud, sino como una renuncia, el que "mire envidiosamente por la ventana de su celda" al mundo y a las parejas, sintiendo la tristeza de su soledad, que no de el paso adelante de hacerse numerario o agregado, porque corre el gravísimo riesgo de dar más tarde otros muchos hacia atras.

Ahora bien, el problema se plantea al preguntar si, para lograr esta disposición espiritual de madurez afectiva, es mejor el máximo aislamiento del mundo o un cierto contacto con él y con sus riesgos; si el alma juvenil del futuro numerario y agregado tendrá más probabilidades de éxito, en sus experiencias y riesgos dentro del mundo, habiendo tenido alguna experiencia o guardando a su alma de toda contaminación. Volvemos a encontrar dos tendencias, que también es de suponer que continua­rán polarizadas y esgrimiendo cada una sus casos y argumentos perpetuamente. Es, por otra parte, una cuestión modificable según momentos históricos, climas, países, ambientes sociales, de cultura, etcétera. Las dos posturas son defendibles, con tal de que se eviten los extremos y las utopías.

Es extremismo en la dirección rigorista, pretender que los jóvenes numerarios y agregados vivan en un total aislamiento del mundo femenino y masculino, cargando de sentimiento pecaminoso, cuanto a la mujer y al hombre se refiere y formando una sensibilidad tan timorata, que cualquier ocasión de trato despierte recelos de culpabilidad. Y es utopía, en el mismo sentido, creer que todos los numerarios y agregados van a ser Luises Gonzagas o Curas de Ars. Y la numerarias y agregadas, Teresitas del Niño Jesus.

Es muy arriesgado presentar a la juventud, como norma corriente de vida, los ejemplos excelsos de ciertos santos, a los cuales sabemos con certeza moral que no va a llegar casi nadie. Porque este procedimiento formativo hace formarse unos criterios límites de virtud, que más fácilmente dan lugar a desalientos que a estímulos favorables. Basta preguntar a los mismos directores y sacerdotes que los proponen si han logrado una santidad tan perfecta.

¿Cómo se consigue en cada caso y se comprueba la madurez afectiva que requiere una vocación consagrada como la de numerario y agregado, teniendo en cuenta el carácter de cada uno su forma de ser y sus reacciones?

No existen las fórmulas mágicas, no hay recetas "standard" como pretende el Opus Dei en la madurez afectiva, porque cada hombre y mujer es distinto. La formación es el trabajo en algo que está en evolución, en cambio. La vida es así, la verdad está en un centro, atraída siempre por fuerzas contrarias.

No podemos hablar de madurez afectiva, sin percibir que se han despertado, conocido y vencido ciertos sentimientos hacia la mujer o el hombre.



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