Los templarios, un antecedente del Opus Dei

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Por Ramiro Cristóbal, La época


El caballero borgonón Hugo de Payens fundó la orden del Temple con otros ocho caballeros en 1128 y fue aprobada por el Papa a raíz del Concilio de Troyes, en 1128.

El primer objetivo de la orden fue proteger los caminos utilizados por los peregrinos que iban a los Santos Lugares, pero pronto entraron en campana contra los musulmanes, distinguiéndose especialmente en la segunda Cruzada (1146-1150), que no fue aún más desastrosa por la valerosa actuación del Temple.

Sin embargo, los afanes místico-guerreros de los templarios fueron dejando paso a la avaricia y aun cuando en la Edad Media estaba prohibida la usura, abusaron de ella sin inhibiciones.

La época de los templarios -siglo XII al XIV- estuvo marcada por las Cruzadas. Urbano II predicó la primera Cruzada para arrebatar a los infieles los Santos Sepulcros. Una multitud de ancianos, mujeres, ninos y hombres con pocas más armas que la fe fueron prácticamente aniquilados por los musulmanes. Poco después, caballeros italianos, franceses, alemanes y flamencos se apoderaron de Nicea y vencieron a los turcos en la batalla de Nicea. Más tarde se apoderaron de Jerusalén. A mediados del siglo XII los musulmanes contraatacaron, por lo que se puso en marcha la Segunda Cruzada, pero Saladino logró apoderarse de Jerusalén en 1187. Toda la cristiandad cayó en la desesperación y fue entonces cuando Barbarroja, Ricardo Corazón de León y Felipe Augusto iniciaron la tercera Cruzada, que no logró sus objetivos.

La cuarta Cruzada tenía móviles más comerciales que religiosos, a pesar de las inventivas del Papa Inocencio III. Fue financiada por mercaderes venecianos que vieron claro los beneficios económicos que traería poder comerciar sin riesgos por aquellos lugares y contar con la base clave de Constantinopla.

Durante el siglo XIII se organizaron cuatro cruzadas más, todas ellas con objetivos comerciales o por ambiciones de poder de los príncipes más poderosos.

La irrupción del Opus Dei como grupo de presión económico, religioso y político es, además de uno de los hechos más importantes de la Espana de posguerra, un auténtico motivo de reflexión sobre los hombres que pertenecen a la Obra y sobre el porqué de su fácil imposición sobre la sociedad espanola.

En efecto, todas las peculiaridades -algunas rocambolescas- del Opus no han dejado de atraer a los intelectuales espanoles y justo es subrayar que, por lo general, las posturas han sido bastante críticas. Entre otros análisis no han faltado en este intento de clarificación las comparaciones históricas: el Opus ha sido asimilado parcialmente a la francmasonería, a los jesuitas y a la ACNP. Pero, probablemente, la más curiosa comparación histórica sea la del Opus con los caballeros templarios.

Ayuda a este recuerdo el gran poderío económico alcanzado por la orden templaría en el Siglo XIII, que la convirtió en «un Estado dentro del Estado» y que llegó a rivalizar con la monarquía francesa, con la que acabaría enfrentándose.

Una moda bastante reciente -doctrinalmente muy vieja, en realidad- ha dado en lo que podríamos llamar la teoría histórica de la «gran y eterna inteligencia». Son esas pretendidas explicaciones de los sucesos históricos a partir de una posible inteligencia oculta que dirige los destinos de los hombres. En un celebérrimo libro -«El retorno de los brujos»- con pretensiones ocultistas, Louis Pawells y Jacques Bergier lanzaron algunas de estas sugerencias: existe un «sputnik» girando alrededor de la Tierra, y dentro de él una computadora dirige la política de la URSS; una buena docena de sabios casi inmortales vive bajo las aguas del Ganges y, desde allí, hace y deshace en el mundo; los dirigentes políticos y económicos «visibles» son sólo, en realidad, títeres movidos por los sabios. En fin, algo o alguien ha planeado desde la noche de los tiempos la sorprendente expansión y vitalidad de los imperios turco y mogol; el descubrimiento de América por los europeos; la revolución francesa y la revolución industrial; el imperialismo y el colonialismo europeo y americano; el hambre del Tercer Mundo y la revolución soviética. Todo esto estuvo en una mente privilegiada en algún momento y se fue desarrollando.

Parece infantil y, sin embargo, está teniendo más éxito y difusión de lo que parece. He aquí, por ejemplo, algunas frases pertenecientes a Louis Charpentier, un concienzudo historiador francés: «?Qué voluntad específica, segura y sabia, ha dirigido así todo un mundo durante ochocientos anos y quizá aún más? (...)» «La "cabeza" de la orden benedictina va a jugar a este escondite durante quinientos anos (...).» Es curioso seguir a través de la historia, en correlación con los acontecimientos políticos y militares, los desplazamientos de la mente maestra.

No obstante, la teoría, ya queda dicho, es vieja. No es más que una traslación ocultista de la teoría agustiniana de historia, al considerar a ésta lineal en su desarrollo hacia un fin predeterminado. Es una forma más de rehuir la suprema lección de la historia de que las superestructuras culturales responden a unas estructuras económicas y políticas determinadas y no, como quieren otros -con viejo regusto idealista-, al poder de una inteligencia que fuera del tiempo y el espacio dirige los asuntos humanos. Probablemente, como ya se ha dicho con frecuencia, el idealismo de ciertos historiadores contemporáneos tiene refugio más seguro en el ambiguo campo del ocultismo que en el de las viejas posiciones cristiano-conservadoras de fácil adscripción ideológica.

La iniciación

Una última puntualización en torno a un aspecto que está íntimamente relacionado, tanto con los templarios como con el Opus Dei: el de la iniciación.

El doctor Frederik Köning define así la iniciación: «ceremonia por la que una persona es admitida en el conocimiento de ciertos misterios de las religiones antiguas y más tarde en el seno de sectas y comunidades secretas u ocultistas». Realmente esa ceremonia a que alude Köning no era más que el símbolo -principio o final- de una generalmente larga labor de «concienciamiento». La persona admitida era iluminada, en distinta medida según su grado, en los conocimientos de la secta, de sus bases y sus fines, así como de los medios para conseguir éstos.

En realidad, nos encontramos ante la materialización lúdica de un aspecto político insoslayable. Hasta el momento, ninguna ideología política con una cierta envergadura de masas ha logrado que todos sus militantes adquieran un grado similar de conocimientos. Hay casos -como en los de estructura por definición jerarquizada- en los que los dirigentes no quieren que exista realmente un conocimiento compartido. Pero aun en los movimientos más democráticos parece haber una absoluta imposibilidad para que los conocimientos de las bases ideológicas y la decisión de la estrategia -condicionada por el continuo y cambiante momento histórico-- pueda ser compartida y consultada a los militantes. Así se recurre a lo único que permite la premura: la creación de una amplia base de militantes con unos rudimentos intelectuales y sentimentales y a los que se exige una entrega voluntaria a una obediencia y una disciplina.

Y por encima, un grupo más o menos amplio, de «iniciados». Unas cuantas personas a las que se muestran las verdaderas posibilidades históricas del grupo, fuera de eslóganes y propagandas. Este tipo de iniciación ha sido históricamente muy importante en las sociedades secretas, que de alguna manera estaban fuera -en la oposición- del poder constituido, pero también en aquellos grupos (como los templarios o el Opus Dei) que se plantean una misión temporal de tipo político o económico que, aunque al margen de dicho poder, éste en principio tolera y protege.

En todos estos casos, la iniciación tiene un doble objetivo: el ya citado de crear una plataforma dirigente que pueda reaccionar con agilidad y presteza ante cualquier circunstancia y el mantener un cierto secreto muy conveniente ante la curiosidad de la gente o del propio poder constituido.

La salvación por el trabajo

Mientras el cristianismo fue una religión espiritualista, cercada por lo que sus practicantes consideraban un mundo de tentaciones y de sendas cegadas que apartaban de la que conducía a Dios; mientras fue perseguido o socialmente mal considerado el ser cristiano, no quedaba apenas más salida que el martirio o el ascetismo. Durante casi cinco siglos este espíritu de defensa y autodefensa -contra los no creyentes y contra las tentaciones mundanas que padecía uno mismo- será el predominante entre los cristianos. En frase de Royston Pike, «durante unos doscientos anos se pensó que los rasgos distintivos de un verdadero siervo de Dios eran la vida austera, la penitencia, los azotes y el torturarse de una manera atroz. Al fin surgió, en vez de los grupos en celdas eremíticas, una vida monástica organizada y con ella el trabajo y la oración vinieron a ser las características de los religiosos más celosos».

En efecto, frente a la tendencia ascética de los primeros eremitas surge el monaquismo hacia finales del siglo V o principios del VI. Benito, nacido en Nursia, cerca de Espoleto, en 480, es considerado el pionero de esta tendencia de la Iglesia cristiana que de alguna manera tendía a justificar al hombre por su conducta en la colectividad. Es el principio de una actividad más combativa que tenderá hacia la conversión de «los pecadores» mediante la actividad de los clérigos en «su medio», al mismo tiempo que permite a las comunidades religiosas adquirir un poder material formidable en el orden económico y político. Como ha dicho Enrique Ballestero, con frase gráfica, para referirse a la peculiar ética del Opus Dei: «La clásica división de los pecados en mortales y veniales debe ser revisada. La gravedad de un pecado se mide por su efecto final, directo o indirecto, sobre la caridad objetiva. Resulta así que las diversas clases de tibieza en el cumplimiento del deber (por ejemplo, la despreocupación, la desgana y el descuido durante la jornada de oficina, que se traducen en un bajo rendimiento) son pecados mortales y no veniales: aunque los católicos de tipo medio, no solían darles mucha importancia.»

San Benito funda una abadía en Monte Cassino, cerca de Nápoles, en 528, que se convertirá en casa matriz de todas las abadías benedictinas de la cristiandad. La jornada benedictina estaba consagrada al trabajo manual (siete horas), al estudio (cuatro horas) y a la oración (cuatro horas). La importancia fundamental de la obra estriba en que salvaron la sabiduría clásica mediante la copia de los manuscritos antiguos. Para algunos, su importancia en la historia de la cultura es aún mayor: según ellos, los benedictinos no sólo salvaron la cultura antigua, sino que asimilaron y aplicaron los conocimientos arquitectónicos, musicales y astronómicos de la antigüedad oriental y griega. En suma, hay quien cree a los benedictinos, o sus discípulos, los creadores del románico.

En el ano 910, una rama reformada de los benedictinos funda en la localidad francesa de Cluny la orden de los cluniacenses, cuyo abad solicitó y obtuvo completa jurisdicción sobre todos los conventos de la orden. Poco a poco, los abades irán obteniendo sustanciosos privilegios civiles y eclesiásticos, particularmente de los papas y los duques de Borgona. La novedad con respecto a los benedictinos es que el trabajo manual de los monjes es cada vez menor (las labores agrícolas se dejan para los «monjes laicos») y se orientan más bien hacia el trabajo intelectual.

En 1098, a unos 25 kilómetros de Dijon, en Citeaux, el abad de Molesme funda la orden de los cistercienses. En 1113, San Bernardo ingresa en la orden y en 1115 funda la abadía de Claraval que no sólo será la casa matriz de la orden, sino que de ella saldrá también la gigantesca organización templaria.

Resumamos, pues, lo que tenemos hasta el momento:

  • Algunos cristianos deciden orientar su salvación personal a través del trabajo.
  • Los benedictinos y sus órdenes reformadas van acumulando poder material y privilegios.
  • Los abades son cada vez más independientes de los obispos y de los senores; sólo el Papa y el rey tienen auténtico poder sobre ellos.

Se empieza a vislumbrar lo que un historiador llama «el Estado dentro del Estado y la Iglesia dentro de la Iglesia».

Los templarios

La orden de los templarios fue fundada en 1118. En esta fecha, nueve caballeros, capitaneados por Hugo de Payns -un alto oficial de la casa de Champagne- se presentaron en Jerusalén al rey Balduino II, que acababa de ser coronado. Su misión: defender los Santos Lugares tomados por los cruzados, de los ataques de los «infieles». El rey acepta su ofrecimiento y les cede una parte de su palacio, precisamente la situada en el antiguo emplazamiento del templo de Salomón. Desde entonces serán los caballeros del Temple o templarios. Para muchos tiene extraordinaria importancia que entre los nueve fundadores de la orden figure Andrés de Montbard, tío de San Bernardo de Claraval, y que pocos anos más tarde -en 1125- se incorpore a la orden, en Jerusalén, el propio conde de Champagne, Hugo. El poderío de la orden en Europa partirá, desde luego, de la Champagne, la región situada al este de París.

En el ano 1128 se convoca un Concilio en Troyes, también en la Champagne, y en el transcurso del mismo, Hugo de Payns manifiesta su deseo de crear una orden de monjes soldados para guardar los Santos Lugares. Bernardo de Claraval, que goza ya de un extraordinario ascendiente sobre reyes y papas, se encarga de hacer la regla. Probablemente es la única vez que se crea una orden a través de un Concilio.

Las reglas del Temple que redacta Bernardo son, en principio, caballerescas y militares, pero hay en ellas un aspecto muy importante: declaran explícitamente la posibilidad y el derecho de la orden a enriquecerse y de qué manera habrán de ser administrados y repartidos los bienes. De manera taxativa se establece que los bienes del Temple no podrán manejarse ni siquiera por el gran maestre, sino que ha de ser el Capítulo el que decida y que, en cualquier caso, nunca debe usarse en beneficio de uno de los miembros. Encontramos, pues, en las reglas fundacionales ese doble aspecto no muchas veces resaltado: por un lado, su carácter guerrero, que pondrá de manifiesto -con bastante eficacia, por cierto- en Oriente Medio y por otro, su potente actividad como mercaderes y banqueros en Europa occidental.

Es curioso que, por ejemplo, David Annan sólo repare en los templarios guerreros y se centre después en el juicio que, evidentemente, no les vino por su actividad militar, sino por el enfrentamiento político con el rey de Francia a causa de las riquezas acumuladas. Sin embargo, para nosotros, es ésta, su segunda faceta, la más interesante.

Durante los dos siglos de existencia de la orden, el Temple llega a tener un inmenso poderío económico proveniente, en un principio, de los productos del pillaje y de las donaciones, y que se acrecienta después con la actividad económica de la orden. Es muy importante el que, empleando una terminología económica moderna, los templarios no reparten ningún tipo de beneficio entre sus miembros y absolutamente todo lo que se obtiene se invierte. Lo obtenido por un templario, un convento o una encomienda de la orden, es inmediatamente entregado, y mientras, los caballeros viven en la más absoluta pobreza, que llega al extremo de tener un solo plato para cada dos y un solo caballo para cada dos combatientes. Como escribía el propio Bernardo: «Llevan los vestidos que les dan, no buscan otros vestidos ni otros alimentos. Desconfían de todo exceso de víveres y vestimentas. Viven juntos, sin mujeres ni ninos. Residen bajo el mismo techo sin que nada sea de su propiedad, ni siquiera su voluntad...» La protección apenas encubierta de San Bernardo es patente: Charpentier afirma que San Bernardo, que en aquel momento controlaba las abadías del Cister, tenía la clara intención de transferir a los templarios toda la «labor laica», para lo cual dio orden a las abadías cistercienses de no aceptar ningún tipo de donación y de transferirlas en favor del Temple.

De este modo, la orden llegó a ser inmensamente rica. Sus encomiendas lograron cubrir una extensión tal que los únicos caminos seguros llegaron a ser los que guardaba el Temple, y además esta extensión y esta proliferación de «sucursales» les llevó a desarrollar un rudimentario, pero eficaz, sistema bancario. Crearon una especie de letras de cambio y llegaron a ejercer el préstamo particular. Por otro lado, la actividad de su poderosa flota, tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo, fue otra fuente de beneficios. La creación de hosterías, la extensión del comercio y la más libre circulación del dinero son algunas de las aportaciones históricas de la orden; así mismo, se encargaron de realizar la recaudación real de algunas grandes provincias como la Champagne y Flandes.

Aunque no se ha logrado evaluar la riqueza total de la orden, se calcula que sólo en Francia llegó a poseer más de dos millones de hectáreas integradas en las dos mil encomiendas de la orden; además, un número indeterminado de granjas, almacenes y hosterías, sin olvidar las innumerables casas en las ciudades, de las que poseían barrios enteros. En el momento de comenzar el proceso contra ellos se habían extendido por Francia, Inglaterra, Espana y Portugal.

El golpe contra los templarios llegó a principios del siglo XIV. El 14 de septiembre de 1307 el rey de Francia Felipe IV «el Hermoso» dio la orden de que fueran detenidos todos los templarios del país. En una sola noche se llevó a cabo la operación de detener a varios millares.

La acusación oficial era de herejía, adoración de ídolos y sodomía. Según todos los historiadores, la orden de Santo Domingo, a través de la inquisición, llevó adelante la acusación y fue precisamente el gran inquisidor de Francia el dominico Guillermo de París -confesor, además, del rey-, el que presidió el proceso. Importante también fue el papel desempenado por el Papa Clemente V en dicho proceso, en el que la mayor parte de las declaraciones fueron arrancadas por medio de la tortura.

Los bienes confiscados a los templarios pasaron, como era de esperar, a poder del rey, la orden de los dominicos y la familia del Papa. A partir de ese momento y desembarazada ya de tan peligroso rival, la Inquisición sería la gran fuerza de la Iglesia católica.

Como dato curioso digamos que nadie ha podido explicarse por qué los templarios, que contaban con un ejército casi tan potente y mucho más aguerrido que el del rey de Francia, no se defendieron. Por el contrario se dejaron prender mansamente. En Alemania, sin embargo, se presentaron armados ante el tribunal que iba a juzgarles y fueron dejados en paz. En Espana, tras la disolución papal de la orden, los templarios se integraron en otras órdenes militares y en Portugal se transformaron en la orden de Caballeros de Cristo. Sólo en Francia e Inglaterra fueron detenidos y buen número de ellos ejecutados como herejes; entre estos se contó el gran maestre Santiago de Molay, que fue quemado en la isla de Cité en 1314.

En el siglo XIV un poeta puede escribir:

«Los hermanos del Temple, los maestres,
bien bastados y aun sobrados
de oro, de plata, de riquezas,
?A do fueron?, ?qué suerte hubieron?
Tal era su poder de antano que nadie retarlo osara; no hubo tal audacia;
siempre compraron, mas jamás vendieron».

?Los templarios entre nosotros?

Ya queda dicho que resulta particularmente pintoresca la teoría histórica de la gran línea subterránea. Según ésta, los templarios supervivientes continuaron su labor a través, sobre todo, de otras sociedades secretas. Habría huellas templarías en los rosacruces y en la masonería. Incluso se dice que cuando fue decapitado Luis XVI se alzó una voz del público que dijo: «Santiago de Molay ha sido vengado».

Anécdotas aparte, la cuestión de la similitud entre los templarios y el Opus Dei creemos que parte más de lo que podríamos denominar una tendencia político-religiosa paralela que de corrientes subterráneas que afloren de repente.

No obstante, es preciso anotar algunas coincidencias que cada cual puede explicarse como crea conveniente. En primer lugar, la humilde divisa de los templarios, «Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam», parece que es repetida frecuentemente por los miembros del Opus Dei mientras besan el suelo. Después está la importancia de la rosa en ambas órdenes. Como ya es sabido, la rosa encontrada por monsenor Escrivá en una iglesia abandonada del bosque de Rialp en 1937, ha pasado a ser un auténtico símbolo para el instituto. Para el Temple la rosa y la espina también es un símbolo de capital importancia, aunque justo es consignar que la metáfora de la flor rodeada de espinas o del sacrificio para alcanzar la perfección es una parábola muy conocida en muchas culturas.

Lo que emparienta realmente a unos y otros es, sobre todo, su vocación, más o menos explícita, de obtener el poder temporal a través del poder económico. Ya ha quedado dicho algo del alcanzado por los templarios y la alusión concreta a la obtención de riquezas existentes en la regla de San Bernardo. Anadamos ahora, que los albergues y hosterías templarías estaban en las rutas de grandes peregrinaciones; la consecuencia es, que además de proselitismo con la espada, los templarios lo hacían con la persuasión y, sobre todo, con el «ejemplo» de su grandeza religiosa. El Opus Dei también ha volcado gran parte de su actividad en la creación de albergues, residencias y colegios mayores para universitarios, donde es fácil crear un «ambiente» adecuado para la persuasión proselitista. Pero además, tanto el Temple como el Opus no realizan una labor de captación vulgar. En uno y otro caso se dirigen a personas destacadas: los templarios sistemáticamente captan a miembros de la realeza francesa o, como mínimo, a altos oficiales de las grandes casas nobiliarias. Fácil es comparar este aspecto con el apartado de las constituciones del Opus, que reza como sigue «Lo específico sea esforzarse con todo empeno en que la clase que se llama intelectual y aquella que (...) es directora de la sociedad civil, se adhiera a los preceptos de Nuestro Senor Jesucristo». Preceptos interpretados, claro está, a través de la versión integrista (tal como les acusó el teólogo Urs Von Balthazar) peculiar del Opus Dei.

Por supuesto, el punto de partida es el mismo: el de la salvación a través del trabajo, independiente del que éste sea y dejando a los «iniciados» el juzgar la calidad del mismo. Escrivá ha dicho que «el mensaje del Opus Dei es que se puede santificar cualquier clase de trabajo honesto, sean cuales fueren las circunstancias en que se desarrolla».

Esta frase podría haber servido perfectamente para un benedictino y también para un templario.

La estructura interna de los templarios y del instituto también presenta similitudes. Los templarios aparecen jerarquizados y divididos en categorías prácticamente inamovibles, todos bajo el poder absoluto del gran maestre. La influencia del aspecto militar de la orden hace que las divisiones sean de este tipo; así, tras el gran maestre (con prerrogativas casi papales dentro de la orden) iban los caballeros, y a continuación, los sargentos; ambos formaban los «hermanos de convento»; un grado más abajo, los «hermanos de oficio» (herreros, albaniles, armeros, etcétera). No creo sea demasiado atrevido compararlos con la ya clásica jerarquización del Opus en presidente (el Padre), numerarios, oblatos, supernumerarios y cooperadores. En uno y otro caso, la selección se hace por motivos de rango social, cualidades físicas y situación personal respecto al celibato.

En cuanto a los resultados crematísticos, no pueden ser más similares. Unos y otros han obtenido un auténtico imperio económico. En el caso del Opus Dei ha llegado a tener en sus manos gran parte de la economía espanola y, al menos durante una década, los destinos políticos del país.

Por último, tanto el Temple como el Opus aparecen -por lo menos en su origen- como protegidos por los poderes temporales y tolerados por el resto del clero y por el Papa, a pesar de encontrarse justo en el límite de la ortodoxia, ya que mantienen una serie de peculiaridades que sin ser, desde luego, heterodoxas, les convierten en «sospechosos». En este sentido hay que considerar los continuos enfrentamientos verbales de los templarios con los obispos franceses y, al fin, con la otra gran orden de su época: los dominicos. También el Opus ha tenido sus tiranteces con la Iglesia más progresista posconciliar y, sobre todo, con los jesuitas.

Conclusión

A pesar de todo, poner a los templarios como un antecedente aislado e insólito del Opus Dei en la historia sería minimizar el papel de las circunstancias objetivas. En todo caso, podría afirmarse que dentro de una especifica rama de la Iglesia, precisamente aquella que busca la salvación del hombre en el trabajo cotidiano, el Temple constituye, por su relevancia, un antecedente muy importante de la Obra.

Las interpretaciones de lo que podría haber sido la historia si los templarios no hubieran sido eliminados han sido muchas y de todas las clases, porque, según algunos, aquellos fueron un factor de progreso y, según otros, llevaban camino de convertirse en otra Inquisición tan reaccionaria o más que la de los dominicos. Ahora cabe preguntarse qué posibilidades tiene el Opus Dei de cara al futuro. Y en este punto es necesario una importante salvedad: mientras el Temple introduce una perspectiva casi burguesa en el mundo medieval, el Opus presentaba una faz autoritaria y jerárquica en un mundo en el que la democracia y la libertad (según el patrón clásico burgués) ya han sido admitidas. El Opus introdujo el neocapitalismo en Espana y a muchos pareció un avance, porque a fines de la década de los cincuenta, el país aún no había superado del todo la etapa autárquica de estructura predominantemente agrícola. Pero el consumo sin la defensa de la libre crítica es una maniobra política muy rechazable, y ese fue nuestro caso.

Por eso es dudoso que el Opus tenga porvenir en el mundo de hoy. Fuera de países como Espana y quizá algunos países latinoamericanos, sus posiciones ideológicas resultan anacrónicas. El Temple se adelantó a su época y por este ahistoricismo fue destruido; el Opus retrasa con respecto a la hora del mundo, y por ello es muy probable que languidezca y se extinga por si mismo.