Lenguaje y mentira en el Opus Dei

From Opus Dei info

Por Flavia, 16.02.2009


Valga esta intervención como aporte o apunte a lo discutido estos últimos días en la web a partir del escrito de EBE, Los daños del Opus Dei: La Mentira".

Este verano -en el hemisferio sur- he estado leyendo el extraordinario ensayo del filólogo judeo alemán Víctor Klemperer, "El lenguaje del Tercer Reich". El autor vivió en Alemania durante el nazismo y padeció todo lo imaginable en ese contexto-.

En su libro Klemperer analiza cuidadosamente la trama lingüística del nacionalsocialismo a través del lenguaje popular, publicitario, político, literario, aún del pretendidamente especulativo.

Resulta esclarecedor ver cómo desbroza página a página el modo en que el Tercer Reich configuró las mentes y las conductas de individuos y grupos, generando un universo de expresiones que lograron construir una realidad y crear las claves para interpretar los acontecimientos...

Durante la lectura del texto no pude evitar evocar una y otra vez lo que llamaré "el lenguaje del opus dei", en la medida en que entiendo que el universo opus dei está constituido en un sentido medular, por una configuración del lenguaje cuyos contenidos y formas de circulación generan un "efecto de realidad" que modela la vida de sus miembros.

Quisiera centrar el análisis en dos cuestiones:


En primer lugar, la vida cotidiana del od, desde el ingreso, está plagada de una jerga interna, accesible sólo a los "de casa", que se inicia con el término "pitar", pasando por el saludo mismo "pax", para proseguir en una colección variopinta de términos y metáforas de toda laya, incluso zoológica. Todos recordamos la población de patos y borricos que inundaban, discursiva y materialmente, los centros del od, surgida del seso de Escrivá y convertidos en paradigmas de virtud, por sus cualidades más triviales.

La idea misma del opus dei como "casa", espacio doméstico, en la cual Escrivá era el Padre, y con esa paternidad nos legaba abuelos y tíos, reforzaba el sentido vinculante de la lengua interna, y le daba su lugar de legitimidad: la persona misma de Escrivá.

Por algo cada palabra emanada de su boca, aún la más absurda, adquiría un lugar privilegiado, era una clave sustantiva de conductas y criterios.

El lenguaje del od es entonces un lenguaje doméstico, en el cual la autoridad del lider, Escrivá, se difunde por la cadena de mando de los directores/as, colocando al resto en una situación de perpetua minoridad, y abarcando todos los aspectos de la realidad, otorgándoles significatividad.

Estas breves observaciones pretenden destacar que el lenguaje del od tiene una fuente, material y simbólica, Escrivá- Padre, una forma de circulación por el que esa fuente está en el centro, construyendo una realidad restringida, cerrada.


Me interesa, en segundo término, examinar unas pocas frases de las muchas que constituían los lugares comunes de la vida cotidiana del od, como signo seguro de la adquisición e identificación con el "espíritu de la obra".

Por ejemplo, y respecto de la actitud del od con el afuera, la expresión "complejo de superioridad", la idea que los miembros del od debíamos sentirnos superiores porque lo éramos: rezábamos más, trabajábamos más, y nuestro rumbo era el único seguro. Igualmente, la frase "familia numerosa y pobre" -provista de dosis equivalentes de engaño y ambigüedad- como justificación de una cantidad innumerable de conductas y de prohibiciones, o la idea de que es preciso "obedecer o marcharse", como marca clara de los límites de la pertenencia.

Igualmente, las vedadas expresiones "pensé qué, creí qué" trazaban un ámbito en el cual lo pensable o creíble era lo ya "previsto", recuerdo claramente esas palabras "en el opus dei está todo previsto". Cada matiz de la realidad quedaba tomado en el recetario de Escrivá, por ello para cada situación de la vida había una frase y un remedio de la "farmacopea" opusina, con algunas claves recurrentes: "encomendar a", "llevarlo a la oración", o el conocido "conviene -o no- que".

La famosa expresión "buen -mal- espíritu", era el tamiz en el que se juzgaba el conjunto de la vida: tener buen espíritu era tener el espíritu del Fundador, del Padre. Tal espíritu se cifraba en ese conjunto de expresiones formularias por las que se obstruía cualquier posibilidad de reflexión -el juicio crítico nunca ha sido bienvenido en el od-, y se privaba al individuo de la básica realidad de decirse, de poner palabras a su experiencia.

En este sentido se ubica la manipulación de términos de gran tradición en el cristianismo: "discreción", como ejemplo típico, que en el od se traducía en lo real como mentira y disimulo; para no mencionar las singulares exégesis bíblicas de Escrivá y sus adlátares -la túnica inconsútil de Jesús como prueba de que no había sido pobre, utilizada como recurso para combatir a quienes criticaban la opulencia del od, o la lujuria de Herodes como explicación de que Jesús no le hablara, para subrayar la repugnancia de "los pecados de la carne"-.

Es así como el lenguaje del od lograba reemplazar al discernimiento personal por la mecánica aceptación de fórmulas y clichés, alejando a las personas de la propia subjetividad. En la medida en que finalmente el yo y el entorno era descifrado en términos de ese lenguaje, se configuraba un mundo artificioso, por cuanto la realidad sólo era decodificable en la clave de la lengua forjada por Escrivá.

Así, por ejemplo, la frase "la contradicción de los buenos", para hablar de quienes no entendían al od y se opusieron a él, o "los de siempre", para mencionar a los jesuitas -eternos enemigos-, tipificaba al afuera, y hacía girar al mundo alrededor de la obra.

No en vano la palabra máxima que nombra a la virtud opusina es "fieles", entendiendo a la fidelidad de un modo canino y burocrático: "el que obedece nunca se equivoca".

Por otra parte en el od no había silencio sino un perpetuo ruido exterior-interior, un murmullo de frases que no dejaban oír la propia voz, que tampoco dejaban hablar a Dios. La única voz era la de Escrivá y cía. Por eso cualquier palabra proferida era interpretada en esa clave, de ahí la imposibilidad de comprensión, la sensación de encierro.

Dos aspectos me parecen relevantes en esta perspectiva: el verbo máximo del od es "vivir", se ha de "vivir" el espíritu de la obra, las normas del Plan de Vida, se han de "vivir" las palabras de Escrivá, etc. El vivir aquí se opone al analizar, el que vive, en esta línea, no reflexiona sino que se adhiere absolutamente.

No puede olvidarse además que el mundo interno del opus dei está cuidadosamente burocratizado y tipificado, hay una palabra imperativa, una instrucción para cada cosa, el lugar para la iniciativa personal genuina no existe, no hay palabras para ese lugar.


Ahora bien, las mentiras del od recorren el camino de la constitución de ese lenguaje, pero el lenguaje como tal no miente, me refiero a que el análisis del mundo que diseña ese lenguaje muestra, atravesando fetichismos y sustituciones, la trama de la realidad que llamamos od.

En mi opinión la gran mentira, la mentira fundacional del od, es la que hace de la obra de dios una visión sin fisuras que el fundador tuvo el 2 de octubre de 1928, en virtud de la cual él entendía al od como salido, sin mediaciones, ni las temporales, ni las institucionales, de Dios mismo.

El problema es que el opus dei sólo fue visto por él, y era sólo él el propietario de esa visión y de esa "garantía" sobrenatural.

Todos sabemos que la historia fáctica del od es compleja, esquiva, difícil de reconstruir, en la medida que el od mismo, a lo largo del tiempo, ha procurado crear un mito fundacional y darle una cierta apoyatura documental, pero también todos podemos reflexionar un poco sobre la historia del od en un sentido moral. Cabe recordar aquí aquella pretensión kantiana de descubrir, en medio de la confusión y la torpeza de la historia fáctica, los hilos de la razón, que en su caso son también los de la libertad.

Me refiero a poder juzgar la historia del od, que se nos da de modo privilegiado en su lenguaje, en su construcción discursiva, en los efectos de ese lenguaje sobre la realidad institucional, sobre nuestras propias experiencias.

En cualquier caso, lo diré directamente, a mí no me interesa la psicología de Escrivá, quiero decir que si estaba loco o no es, de fondo, irrelevante, cuando se trata de juzgar moralmente al od, de pensarlo además teológicamente, eclesiológicamente. Las patologías de Escrivá pueden ser útiles para dar cuenta de unas peculiaridades biográficas -incluso del largo brazo de esas peculiaridades-, pero el tamaño y los alcances de la institución od van mucho más allá de la patología de Escrivá, como todos sabemos, aunque cuenten o puedan contar con ella.

Aquí es donde vemos que, para expresarlo en grandes pinceladas, el od es la trama en la que el fundador, los primeros, la España del nacionalcatolicismo y el franquismo, los miedos y "vicios" institucionales de la Iglesia -para sintetizar en pocas palabras un problema inmenso-, el dinero, el afán de poder y prestigio, fueron materializando un "camino" concreto, una institución concreta, que, de yapa, como decimos en el español rioplatense, se comprendía como venida directamente de Dios.

Hay mucho por discutir respecto de la obra, por ej., sobre qué es la laicicidad del od, sobre su juridicidad, sobre su diseño sociológico, sobre su "teología", pero no se puede dejar por el camino que el od es lo que es y ha sido lo que ha sido por una responsabilidad directa y consciente de quien lo ha fundado y dirigido, y de quienes han sido sus puntales. No es posible restar un gramo de responsabilidad a los sostenedores de una institución que ya tiene 80 años, y que ha efectuado un mal incalculable para la vida de tantos y tantas. No hay inconsciencia que explique su arquitectura perversa, su permanencia y expansión, su intrincada política para escalar posiciones.

Lo que sucede es que, contrariamente a la muletilla opusina, el que obedece muchas veces se equivoca, el que obedece a la voz del amo en su interior también, aunque no lo sepa. Despertar, recobrar la libertad, implica poner nombres a lo que permanecía oscuro e indiferenciado en el tumulto de palabras y de normas del opus dei, es poder nombrarse con la propia palabra, aunque duela.


Quisiera terminar comentando, a modo de ilustración, algo que sucedió hace pocos días. Leí en una de las comunicaciones de la Agencia Fides una nota referida a la formula litúrgica de la oración por los judíos en el viernes santo, firmada por don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello, dos teólogos vaticanos que habitualmente escriben en ese espacio. Allí se decía, en el contexto de la discusión sobre el tema generada por las acciones del Papa en el último tiempo, que la palabra "pérfidos", presente en la fórmula antigua referida a los judíos, no era ofensiva y hacía alusión a la permanencia de ese pueblo en la fe de sus padres. Cualquiera que tenga sentido común, no ya que sepa latín o meramente consulte un diccionario, sabe que el término pérfido significa exactamente lo contrario: traidor a la fides o confianza.

¿Se confundieron don Nicola y don Salvatore? Yo creo que no, intentaron zanjar con una mentira absurda, algo peor, que tiene que ver con el rumbo actual de las políticas vaticanas, o de la teología oficial.

De igual modo, el lenguaje del od mentía sobre la realidad pero no sobre la naturaleza de la obra.

Klemperer refiere en su libro la leyenda de un cartel colgado en su universidad, en él se decía lo siguiente: "cuando un judío habla en alemán, miente". De esa manera el nazismo pretendía privar a los judíos de habla alemana de su propia lengua, hacerlos extraños a ella, a sí mismos. La tarea de Klemperer, efectuada en los años del sufrimiento más atroz, testimoniaron lo contrario, un judío que hablaba y pensaba en alemán analizó con increíble lucidez las entrañas del horror: el lenguaje no miente, el lenguaje del opus dei no es la excepción.



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