Las mentiras

From Opus Dei info

Por MIGUEL ANGEL, 29.11.04


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El control de la correspondencia

En mi anterior escrito, publicado el 19 de noviembre, decía que iba a dar mi testimonio particular en tres temas. Empezaré por el control de la correspondencia. De los casos que tengo ya redactados para contar, este es quizá el menos jugoso en cuanto a detalles, pero es contundente, no admite discusión.

En la obra se empeñan en decir que no leen la correspondencia de sus miembros. Así lo escriben en sus páginas afiliadas, oficiales, amigas, etc.

Cada vez que lo leo, me sonrojo. Esta afirmación es rigurosamente falsa. Todas las cartas que recibí, me las entregaron abiertas, y todas las que enviaba debía dejarlas con el sobre sin cerrar en la mesa del director. La única excepción, las felicitaciones de Navidad, que no hacía falta someterlas a censura en el envío.

Es posible, eso sí, que algún director, con un mínimo de lo que hay que tener, no leyera las cartas, limitándose a cumplir con abrir los sobres o cerrarlos. Y también, por supuesto, uno podía enviar las cartas por su cuenta, a escondidas. O también se podía abrir un apartado de correos para recibirlas. O conseguir una copia de la llave del buzón, y abrirlo todos los días antes que el director. Muchas perrerías eran posibles, pero todas, claro está, de mal espíritu.

Estoy hablando de mi experiencia de hace 20 años, entonces no existían más que el correo ordinario y los telegramas. Hoy tenemos además el correo electrónico, el internet, los mensajes a móviles, el mesenger, ... Se complica el control, tanto que quizá lo hayan dado por imposible. De ahí que puedan afirmar que no leen la correspondencia. Me gustaría que alguien que haya dejado la obra hace poco nos contara cómo son estos temas últimamente, cómo se controlan las comunicaciones.

¿A qué fin esa vigilancia de todo lo que uno envía o recibe?. ¿Evitar lecturas inconvenientes?. ¿Información dañina?. ¡Anda ya!. Si hay mil cosas más peligrosas que una carta. Aparte del puro alcahueteo, todo obedece a un afán desmesurado de dominio sobre las personas. El control fundamental se ejerce, obviamente, en el correo recibido, ya que en el enviado pocas cosas se pueden pescar. No creo que a ninguna numeraria o numerario se le ocurriera mantener una relación epistolar amorosa a sabiendas de que se lee todo. O si alguien tenía un secreto inconfesable reflejado en sus cartas, ya se buscaría un medio seguro para la correspondencia. Y no me refiero con secreto inconfesable a nada en particular, no vayáis a pensar mal: puede ser cualquier cosa, por ejemplo, cartas pidiendo consejos sobre las inquietudes de la vocación.

El próximo capítulo va sobre la confidencialidad de la vida personal, muy en línea con los últimos escritos relativos a los informes (traslado y fidelidad), de dos numerarios.

La confidencialidad de la charla fraterna

Continuando con mis testimonios, ahora le toca el turno al muchas veces mencionado tema de la confidencialidad de la vida espiritual y personal de cada uno. Como tal, para el que no lo sepa, me refiero a los temas que se tratan con el director espiritual en la charla fraterna semanal.

Precisamente, el pasado 19 de Noviembre se publicaron en esta web los informes de dos numerarios (traslado y fidelidad), y que están estrechamente relacionados con este escrito.

En la obra siempre dicen que todo lo que se cuenta en confidencia entre el sacerdote o el director y el dirigido, queda entre ellos. Y por supuesto, lo contado en la confesión está sujeto al sigilo sacramental.

Pues bien, todos los asuntos tratados en las charlas con el director o el sacerdote se guardan, además por escrito, en algún sitio. Sobre si son aireados en los consejos locales, no hablo, pues no he estado en ninguno, pero a los testimonios aquí expresados sobre el particular me remito. Sin embargo, sí es cierto que todo se refleja en algo parecido a lo que podríamos llamar “ficha personal”, y que es transferida a los sucesivos directores espirituales que a uno le van tocando en suerte. Cuento mis casos.

En el primer año de centro de estudios, tuve un problema económico. Llamado al orden por el director, le confesé que el motivo era una afición mía, que compartía con otros amigos de la facultad. He de reconocer que este director, que hasta entonces no me caía nada bien, tuvo un comportamiento cariñoso y comprensivo en esa situación. Quizá fuera por haberse formado otra idea sobre el tema. El caso es que esa afición de la que hablo es una afición rara, lo digo para enfatizar la singularidad del hecho. No se trata de nada pecaminoso o ilegal, que va. Es simplemente un deporte, minoritario, que para practicarlo hay que alquilar una pista, y eso cuesta un dinero, que lo poníamos a escote entre mis amigos y yo. El tema quedó aclarado, e incluso se le dio cierta orientación apostólica, con la que yo ya contaba desde el principio.

Pasados más de cuatro años, haciendo la charla con el director que tenía asignado, y hablando de uno de esos amigos míos implicados en el affaire, me suelta de sopetón:

- ¿Oye, por cierto, ahora que hablamos de fulanito, ya no te ha vuelto a pasar aquello de ... (historia que conté)?.

Como puse cara de póker, siguió:

- Si, hombre, aquél problema económico que tuviste hace años jugando a (aquello).

Ahora, la cara era de repóker, no por no saber de qué iba el tema, sino que de repente las dos neuronas que me quedaban libres se pusieron en contacto, y lo vi todo muy claro, en una sola imagen. Supongo que como al santo en su día con la fundación de la obra. Así que pregunté:

- Y tú, ¿cómo sabes eso?.

- Me lo habrás contado. Vamos, digo yo.

- No, yo no te lo he contado.

- ¡Bah, olvídalo!, supongo que me habré equivocado de persona.

No, no se había equivocado de persona, que ya sería mucha casualidad que a otro le hubiera ocurrido exactamente lo mismo, lo contara exactamente igual, y además practicara ese extraño deporte precisamente con mi amigo.

Yo, personalmente, no llegué a notar violaciones del sigilo sacramental de la confesión. Sin embargo, sí que caí en ese ruin consejo que daban: “lo que cuentes al cura en confesión, una vez absuelto, te sientas un rato con él y se lo vuelves a contar en confidencia”. Y ya se sabe como son los consejos en casa, sí o sí. Dar ese consejo, dando por supuesto que se seguirá por obediencia, me parece de una vileza supina.

No sé si a alguno de vosotros os ha pasado la historia esa del sapo que se ha podido llevar dentro. En mis primeros años llevaba una doble vida, no me importa decirlo, una dentro y otra fuera, ésta más relacionada con lo que he contado un poco más arriba. Hasta que un día, en el centro de estudios, decidí soltarlo y empezar todo de nuevo, el corazón contrito y esas cosas. Se lo conté al director espiritual. Éste me dijo que también se lo contara al cura. Y al director del grupo. Y al... Jopé, ¿a cuánta más gente se lo tengo que contar?. Tal era la obsesión de esa pregunta que me planteaba, que en el curso de retiro de ese año, ya estaba con guión preparado para contarlo al director de turno. Aunque éste era el director del centro de estudios, con él no había hablado nunca en confidencia. En cuanto me llegó la vez de hablar con él, me dijo:

- Lo tuyo no hace falta que me lo cuentes, háblame de los propósitos que te vas a llevar de aquí.

Al principio, me sentí aliviado, pues no tenía que contar otra vez más la historia. Pero pasado el tiempo ese "lo tuyo no hace falta que me lo cuentes", me empezó a mosquear. ¿Qué sabía esa persona sobre lo mío?. Y si lo sabía, ¿cómo lo había conocido?.

En otro correo dije que siempre he intentado poner algo positivo en mis escritos. Ni en este ni en el anterior he podido.

El control de la personas

No sé si debiera llamarlo así, control de las personas, si a alguien se le ocurre un título mejor, se admiten sugerencias.

En esta mi tercera carta explicando mi experiencia personal en determinadas situaciones en la obra, toca hablar del dominio físico y espiritual. Supongo que más adelante, haciendo memoria, me acordaré de alguna más, pero de momento, es la última. Francamente, he de reconocer que alguna de estas mentiras las he descubierto ahora, muchos años después, tras leer algunos de vuestros testimonios.

Dicen en la obra que los miembros son totalmente libres y no son sometidos a control en modo alguno.

Lo que voy a contar podría encajar también en lo anterior, pero lo cuento aquí. Los hechos fueron los siguientes, ocurridos también durante el periodo de formación en el centro de estudios.

Invité a un amigo al centro para que lo conociera y, cómo no, lo conocieran. Había sobrado merienda, pues lo normal, nos la zampamos, ¿algún problema?. Como era ya tarde, y vive lejos de la zona, él se fue para su casa pronto, aunque quedamos citados para la mañana siguiente en la facultad. Como yo no había estado en Misa aún, acudí a la parroquia próxima, pero no pude comulgar por no haber pasado aún la hora que, nunca mejor dicho, mandan los cánones. En cuanto volví al centro, busqué a uno de los curas que había allí, le pedí la comunión, y tan contento. Hasta el director me decía, “venga, que encomiendo para mañana”. Al día siguiente, cuando ya me iba a la cita con este amigo, empezó el follón.

Ya con el abrigo puesto, mi director me prohíbe, así como suena, salir de la casa, argumentando que era una pérdida de tiempo, y allí me quedé, muy obediente aun sin entender. ¡Ah, la obediencia inteligente!. ¿Qué demonios habrá cambiado en tan solo unas horas?. Al rato, pensé: pobre amigo, hacerle venir desde su casa al lugar de la cita, que son 30 kilómetros, para luego no presentarme yo. Además ya era tarde para avisarle, pues estaría de camino. Hoy en día, con los teléfonos móviles, habría sido otra cosa, pero estoy hablando de hace más de 20 años. Busqué de nuevo a mi director, y le expliqué esto, lo que él debió interpretar como una insubordinación, y me recordó que tenía prohibido salir de la casa, y que dejara de una vez de perder el tiempo con este tema. Pues nada, más obediencia inteligente, y a estudiar.

Esta “rebeldía” se la debió de contar al director del grupo. Quizá lo tendría que haber explicado antes; en el centro de estudios, como éramos muchos, estábamos divididos en tres grupos, cada uno con su director, su subdirector, su cura y su secretario. Por encima de todos ellos, estaban el director, subdirector cura y secretario del centro de estudios. Este personaje, el director del grupo, me llamó y me echó una bronca de narices, nunca me había pasado nada parecido en la obra. Por supuesto, yo sin entender ni papa. Entre otras lindezas, me dijo:

  • Que me amenazaba con quitarme la dirección espiritual.
  • Que había cometido vaya usted a saber qué pecados gravísimos.
  • Que estos pecados no se los había contado a mi director.
  • Que, para colmo de males, estos pecados los había confesado con un cura de fuera.
  • Que seguía castigado sin poder salir de la casa hasta nuevo aviso.
  • Que me conminaba, en ese preciso instante y allí mismo, a contarle con pelos y señales esos hechos que estaba ocultando.

Ojo, el director mencionaba la palabra pecados en su sentido estricto, de ofensas a Dios, y además graves, o mortales. ¡Qué barbaridad!. ¿Quién se habría creído que es?. Todo esto, claro está, adornado con las consabidas referencias a la falta de sinceridad, abuso de confianza en la obra y en mi director, y toda la pesca. En aquél entonces sólo me quedaba libre una neurona, pero ésta despertó a otra y empezaron entre las dos a descubrir qué composición de lugar se habían montado en este caso, tan sencillo como veis. Pues resulta, me imagino, que el cura que me dio la comunión, fue corre que te corre a contarle al director “mira que fulanito me ha pedido la comunión...”. El director, corre que te corre a preguntarle a todos los curas del centro, cinco creo que había, a ver si me había confesado con alguno de ellos. Y a la vez, y corre que te corre a alcahuetearle a mi director espiritual si le había contado algo especial. Allí, entre los dos, o los tres tal vez, el cura, el director del grupo y el espiritual, se dedicaron a montar mi “historia”: “Miguel Ángel ha pecado gravemente, se ha confesado por ahí, ha pedido la comunión en casa, y no le ha contado nada a su director. ¡Menuda desfachatez!. Queda castigado hasta que desembuche”. Hay que ver en lo que se puede llegar a convertir dentro de una mente ¿enferma, deformada, malvada? la realidad más simple, como es un mordisco apostólico a un bocadillo de chorizo. Esto no es más que una caza de brujas. Y una pandilla de alcahuetas, también.

La cosa acabó con que le conté a este director la explicación del tema, mostrándome apesadumbrado por el mal rato que me estaban haciendo pasar sin saber porqué. Asombrado se quedó el hombre de su metedura de pata. Para que me quedara tranquilo y no “sospechara”, me dijo que me fuera corriendo a la cita con el amigo, que aún llegaría a tiempo. Aunque lo de sospechar en ese momento no iba conmigo, fui al director del centro de estudios con intención de contarle lo ocurrido. Por muy comido que tuviera el coco en ese momento, todo esto me sentó como una bofetada. Uno se deja la piel en la entrega, su sacrificio le cuesta, y en mi caso mucho, para que a la mínima cosa que a una mente calenturienta le pareciera sospechosa, me hiciera semejante montaje. Estuve en un tris de hacer las maletas, pero ya. Incluso recuerdo que tenía una foto del padre, en la que estaba escrita en el reverso la fecha en la que pedí la admisión. Ya tenía el bolígrafo en la mano, a punto de añadir “Entré en la obra el ..., y gracias a A.R.A. (el director del grupo) estuve hasta el día ...”. Pero ya he dicho que tenía el coco muy comido, lo dejé pasar, no hice nada, y no hablé con nadie.

De esa pareja, director del grupo, A.R., y director espiritual, M.M., tengo otras historietas que contar. Ya intentaré juntarlas todas, pero aquí va una pequeña perla. Resulta que un día, comentando la cuenta de gastos con el director espiritual, me dice:

- Oye, veo que compras los paquetes de tabaco de uno en uno. Cómpralos en cartones, que es más barato.

- No, M., que vale lo mismo un cartón que diez paquetes sueltos.

- No, no y no. Los compras en cartones, es más barato, que hay que vivir la pobreza.

En fin, que me quedé como muchos de vosotros que seáis empedernidos fumadores, a cuadros. El caso es que minutos después, me viene el director del grupo, y en un aparte me echa otra buena bronca, a gritos.

- Mira, Miguel Ángel, no te lo insinuaré más veces. Cuando el director te diga que es más barato un cartón, es que es más barato un cartón, y punto, ¿entendido?.

Sin comentarios.

Estas tres historias que he contado no las ha conocido nadie, vosotros sois los primeros. En su momento, todas juntas actuaron como espoleta para marcharme de allí. Pero eso será otra historia.


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