La voz de los que disienten/Apuntes sobre las mujeres

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Apuntes sobre las mujeres


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«Ordenar a una mujer es como bautizar a un gato»

...Y, por último, le hago saber que me dejó sorprendido algo que usted debería haber mencionado y, sin embargo, omitió. Me explicaré. Su libro dedica un apartado a la cuestión del sacerdocio femenino. En ese apartado usted podría (incluso debería) haber mencionado una frase de Escrivá que, en la sección de varones de la Obra, se nos repetía con cierta frecuencia: «Ordenar a una mujer es como bautizar a un gato». Tal vez esa frase no se divulgara en la sección de mujeres, y eso explicaría la omisión de ella en su libro. Con esa frase Escrivá exponía «gráficamente» la doctrina según la cual una supuesta ordenación de mujeres sería una ceremonia que produciría un efecto nulo o inválido (como el supuesto bautismo de un animal); dicho con palabras más precisas y escolásticas: el sujeto del sacramento del bautismo es un ser humano, y el del orden es sólo un varón bautizado. Pero usted estará de acuerdo conmigo en que, en atención a la perspectiva feminista que su libro tiene, esa machista frase de Escrivá tendría que haber sido mencionada en él. ¡Lástima que no lo haya hecho! Tenga en cuenta estas sugerencias para una siguiente edición de su libro.

Es parte textual del contenido de una espléndida carta escrita por un ex numerario que perteneció al Opus Dei durante más de veinte años.

No, efectivamente, durante mis años de permanencia en la Obra no tuve nunca ocasión de escuchar tan inspirada, significativa y triste cita, aunque sí conocía por aquel entonces textos como el famoso «Decreto de Graciano», y desde luego pensaba que nosotros los del Opus estábamos ya en otra onda, craso error el mío.

Los escritos de Graciano -siglo XII- han sido fuente principal del derecho de la Iglesia hasta el siglo XX, y dicen cosas tales como: «Esta imagen de Dios está en el hombre (en el sentido de varón) como creación única, origen de los demás seres humanos y habiendo recibido de Dios el poder de gobernar como su sustituto, porque es la imagen de un Dios único. Por esta razón, la mujer no ha sido hecha a la imagen de Dios». Y un poco después, todavía se muestra más explícito: «Por algo es que la mujer fue creada, no del mismo barro del que fue hecho Adán, sino de una costilla de Adán... Por ello Dios no creó en el principio un hombre y una mujer, ni dos hombres, ni dos mujeres; sino primeramente el hombre y seguidamente, a partir de él, la mujer».

Y Graciano, para huir de toda duda, hace especial hincapié en que «esta creación de la mujer a partir de Adán constituye el origen de la inferioridad femenina» y del poder de sujeción que el hombre ha de ejercer sobre ella; y que esta subordinación de la mujer al hombre es una verdad que emana de la ley natural, es decir, del derecho divino, de la que nadie puede dispensar. Para reforzar sus argumentos cita, entre otros, a san Agustín cuando dice: «Es de orden natural entre los humanos que las mujeres sirvan a los hombres, los hijos a los padres, porque es justo que el inferior sirva al superior».

Dedico una cierta extensión a estos textos por considerar que son fiel reflejo de una civilización que ha llevado el antifeminismo al plano de la doctrina más elaborada, con repercusiones aún en nuestros días. «Todas las medidas discriminatorias, todas las incapacidades decretadas en Occidente a lo largo de los siglos con respecto a las mujeres, tienen su explicación resumida en una frase lapidaria de Graciano: "Es a causa de la condición de servidumbre por la que la mujer ha de estar sometida en todo al hombre"», dice J. M. Aubert en su libro La femme. Antifeminisme et christianisme, publicado por Desclée en 1975 y que todavía suena a nuevo en muchos aspectos.

«Ordenar a una mujer es como bautizar a un gato.» Con su, tal vez, ingeniosa frase, pero de contenido nada original, Escrivá no hace más que mostrar que militaba en la fila más tradicional de los ambientes cristianos, impulsora de ideologías que se empeñan en instalarse en la etapa precientífica y que en todo rozan lo retrógrado.

Aubert explica, de manera clara y concisa, en su trabajo citado, que una civilización que desconocía la ovulación de la mujer (no descubierta hasta finales del siglo XVII) y, sobre todo, la existencia de cromosomas portadores de los factores hereditarios (lo que se descubrió a fines del siglo XIX), no podía más que llegar a la conclusión siguiente: el único factor visible de la generación era el esperma masculino; luego, sólo el hombre tenía un papel positivo en la procreación: dar la simiente; la mujer no es más que el receptáculo que hace fructificar aquélla y le proporciona la materia adecuada, como una tierra de siembra; a partir de la fecundación, no es más que una nodriza y, desde luego, no aporta elemento activo alguno; no desempeña más que un papel pasivo y material y no interfiere en nada el proceso generacional en la historia de las genealogías humanas. Así, en una perspectiva tal, habría sólo un verdadero sexo, el masculino, responsable único de la generación y el solo transmisor de la línea hereditaria, el único de hecho identificado con la naturaleza humana perfecta, por ser el único capaz de transmitirla.

Lo sorprendente es que esta visión precientífica se ha venido manteniendo, a pesar de los descubrimientos biológicos que demostraron que la hembra desempeña un papel tan importante como el varón en la procreación. Tal sexismo, que hacía del sexo masculino el prototipo de lo humano, se encuentra aún extendido en no pocos ambientes, y de modo particular, en el eclesiástico. Hace ya casi cuatro decenios, el Concilio Vaticano II proclamó solemnemente el fin de una larga tradición de antifeminismo doctrinal, y decimos doctrinal porque aún está lejos de pasar a numerosas aplicaciones prácticas. Esta doctrina se encuentra especialmente expresada en la constitución pastoral «La Iglesia en el mundo moderno» (Gaudium et Spes). Si damos un repaso al documento, encontramos: igualdad fundamental de hombre y mujer (n.° 49), «hay qué superar y eliminar toda clase de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, por razón de sexo, como contraria a los designios de Dios» (n.° 29). El Concilio equipara completamente a hombre y mujer, invitando a ambos a ver «en su trabajo» una prolongación de la obra del Creador, «contribuyendo con su esfuerzo personal al cumplimiento de los designios divinos en la historia» (n° 34); al reconocer que «las mujeres trabajan ya en casi todos los sectores de actividad», se precisa que «será deber de todos reconocer la participación específica y necesaria de las mujeres en la vida cultural y promoverla» (n.° 60). La legitimidad de la promoción femenina queda reconocida (n.° 52).

Y volvamos a la realidad pura y dura del tema que tratamos. La doctrina tradicional sobre la incapacidad de las mujeres para recibir el sacramento del orden está condensada en el canon 1024 del actual Código de Derecho Canónico (año 1983): «Sólo el varón bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación» (sagrada ordenación de presbítero y obispo).

Desde la Antigüedad hasta adentrado el siglo X, existió en varias regiones del Oriente cristiano la ordenación de diaconisas -además de la de diáconos, presbíteros y obispos-, cuya función era ayudar en la liturgia y en la atención social a mujeres enfermas. Recientemente, la Iglesia ortodoxa griega se ha planteado la conveniencia de reinstaurar la antigua institución del diaconado femenino, que quedó truncada hace unos mil años. En nuestra Iglesia occidental o latina nunca ha habido diaconisas -sí diáconos-; sin embargo, ese precedente histórico del cristianismo oriental permite la posibilidad de plantearse la instauración del diaconado femenino para toda la Iglesia católica actual. Lo que sí hubo en la Edad Media latina fueron algunas abadesas que, sin haber recibido el orden sacerdotal, poseían una jurisdicción cuasi-episcopal al frente de su monasterio y de las tierras pertenecientes a él; un caso concreto fue la abadesa de Las Huelgas en Burgos. Incluso monseñor Escrivá se interesó por esta cuestión histórica en su tesis doctoral: J. Escrivá de Balaguer, La abadesa de las Huelgas, Madrid, Rialp, 1974. El interés de Escrivá no era feminista, sino exclusivamente jurídico: él anhelaba poseer para el gobierno del Opus una jurisdicción más o menos similar a la de aquellas abadesas medievales. Este sueño no se realizó en vida de Escrivá, ya que, sólo tras su muerte (1975), el papa Juan Pablo II elevó en 1982 el Opus Dei al rango de prelatura personal.

Desde el momento en que el derecho canónico y la teología quedaron sistematizados, es decir, en la Edad Media, se encontró la primera formulación, pretendidamente científica, de esta tradición que ha durado hasta nuestros días. ¿Cuál es esta fomulación que condensa y resume toda la tradición? Graciano, príncipe de los canonistas, y santo Tomás de Aquino la resumen en una misma idea: la mujer no puede recibir órdenes sagradas porque, por su naturaleza, se encuentra en condición de servidumbre -dice Graciano-; porque se encuentra en estado de sumisión -dice santo Tomás-. Es decir, que el argumento esencial es que la mujer no puede ordenarse porque es un ser incapaz de autonomía; está hecha para vivir bajo tutela, para obedecer a un hombre.

En el siglo XXI, ¿qué pensar de este argumento? La respuesta es que hoy carece de valor. J. M. Aubert concluye diciendo: «Es evidente que todas las razones invocadas para negar a las mujeres el acceso a las órdenes partían y parten aún (pero entonces inconscientemente) de una imagen cultural, humana, de la mujer, heredada del judaísmo y del paganismo. Nadie pensaba en invocar algún derecho divino. Parece, pues, que la naturaleza de esta exclusión es más bien antropológica y cultural que teológica».

Entre «los nuevos argumentos» destaca como «novedoso» -aunque lleva ya más de treinta años funcionando- el que las mujeres no deberían ser admitidas en las órdenes porque el mismo Cristo no lo hizo: su voluntad de reservar estos ministerios al sexo masculino sería, pues, la expresión de derecho divino, el famoso ius divinum, del que no pueden dispensarse los hombres. Además, sería ir contra la más antigua tradición de la Iglesia que se inspira en esa voluntad inicial de Jesucristo (el párrafo 1577 del actual Catecismo de la Iglesia católica del año 1992 expone este argumento).

Dicho argumento, que hace alusión a la actitud de Jesucristo, ha sido ya ampliamente rebatido: si en aquel ambiente misógino hubiese llamado a las mujeres como apóstoles, hubiera superado el conocido como «umbral de la intolerancia»; nadie le habría escuchado. Al igual que no había introducido en el colegio apostólico a ningún pagano, ni a ningún samaritano, tampoco podía introducir mujeres: su actuación entre los judíos se habría visto detenida desde el principio. La limitación venía dictada por las circunstancias históricas y culturales; era preciso pasar por ellas con la finalidad de hacerse oír.

Que «ordenar a una mujer es como bautizar a un gato», de entrada, me parece una bofetada a la sensibilidad, además de un argumento insultante. Con mayor rigor y, por supuesto, respeto al género femenino, escribía Karl Rahner en La Croix ya en 1974 (un año antes de la muerte de Escrivá): «La práctica de la Iglesia católica de no ordenar a las mujeres para el sacerdocio no tiene ningún carácter decisivo». Y después de confesar que él no esperaba cambios en el actual proceder, añadía: «No es un dogma; está basado simple y puramente en una reflexión humana e histórica, válida en el pasado, en unas condiciones culturales y sociales en trance de cambiar rápidamente».

¿Rápidamente? En esto el sabio Rahner se equivocó, pues han pasado más de treinta años desde sus declaraciones y parece que muchos talentos se están empleando en funcionar para que el tema vaya más para detrás que para delante, es decir, para pegarse más a Graciano y sus argumentos.

Jesús, rabí, judío, rompió moldes y asumió riesgos, pero acogió a mujeres en su grupo;

[...] hoy, sin embargo -escribe la teóloga Marifé Ramos González-, sus seguidores nos dirigen frases durísimas: «las mujeres no podéis ser sacerdotes; el tema está zanjado»; «no podéis estudiar Teología en los semirarios», no «podéis acceder al diaconado»; «no podéis predicar la homilía»... incluso «no podéis ser monaguillas». Y a pesar de todo, las iglesias no se vacían, pero debemos preguntarnos: ¿no nos estaremos acercando al límite de la paciencia de generaciones de mujeres de mediana edad que ya buscan formas de religiosidad al margen de las instituciones? ¿Qué será de estas instituciones sin la savia que han aportado estas mujeres? Creo que no es exagerado afirmar que actualmente hay una corriente subterránea de religiosidad femenina que vivifica a las grandes religiones históricas[1].

En esta misma línea se expresa Carmen Bernabé, profesora de la Facultad de Teología de la Universidad de Deusto:

[...] Y es que la estructura eclesial se caracteriza por la ausencia de mujeres en los niveles de decisión última, aquellos donde se legisla, se juzga o se gobierna, allí donde se decide, en última instancia, la vida de la comunidad eclesial nacional o universal. Como ejemplo podemos pensar qué papel han tenido las mujeres en la composición del Nuevo Código de Derecho Canónico, que es una ley fundamental por la cual se regulan muchas situaciones eclesiales y personales de los miembros de la comunidad, incluidas las mujeres en cuanto tales. Se legisla por ellas, para ellas, pero sin ellas.

[...] En la Iglesia -continúa diciendo la misma autora-, la capacidad de gobernar está unida a la capacidad de consagrar. Como las mujeres están impedidas, por razón de sexo, para ser ordenadas, también lo están para gobernar, legislar, o juzgar en la Iglesia, es decir, están impedidas para tener un lugar y una palabra allá donde se deciden las directrices comunitarias de la vida de la Iglesia. Mientras un varón puede llegar a un puesto de decisión en la Iglesia, la mujer sabe que nunca podrá ocupar un puesto de responsabilidad ni tendrá una palabra decisiva en una instancia máxima, allí donde se decidan las normas y las actuaciones que regirán la comunidad eclesial. [...] La comunidad eclesial, al mantener esta situación, está reduciendo a las mujeres a un estatuto permanente de personas no adultas, y está perdiendo, a su vez, sus capacidades, que son también dones del Espíritu Santo para la construcción del mundo y de la Iglesia.

[...] No se trata de repartirse tareas por sexo -añade-, sino por vocación y competencia. La comunidad eclesial ha de ser una comunidad de adultos, varones y mujeres donde el sexo no sea un condicionamiento para la participación plena en su vida, en sus estructuras de Gobierno, también en sus niveles últimos. ¿Acaso se puede seguir manteniendo que en la Iglesia el papel de los varones es dirigir, ordenar, decidir, y el de las mujeres obedecer y acatar?[2]

Una tercera teóloga, Isabel Gómez Acebo, profesora de Biblia en la Universidad Pontificia de Comillas, comprende que en el catolicismo haya habido poca evolución en todo lo referente al tema de la mujer, ya que las posturas oficiales se inclinan por la llamada complementariedad de los sexos, adscribiendo a las mujeres una serie de cualidades innatas. La encíclica «Mulieris dignitatem» expresa bien este pensamiento: «La mujer no puede en virtud de su liberación de la dominación del varón tender a apropiarse las características masculinas en detrimento de su propia originalidad femenina».

«Posiblemente -concluye la teóloga- el problema está en la determinación de esas cualidades, si de verdad existen, cuáles son y si no forman parte de una construcción cultural que ha quedado desfasada[3]

Pan duro para ellas

La historia que sigue me la cuenta una señora de ochenta años cumplidos: alta, rubia y bien plantada. Fue numeraria durante más de tres decenios, y una parte de todos esos años la pasó en Roma junto a san Josemaría. Charlamos un rato largo, y, entre las distintas cosas que recuerda de forma muy viva, me llama la atención un suceso que me parece enormemente significativo.

Un buen día les anunciaron que iba a haber huelga de panaderos en la ciudad, y, como era lógico, las responsables de la administración de la casa encargaron al horno todo el pan suficiente para no quedarse sin existencias durante el tiempo que durase el paro. Llegó la hora del desayuno del primer día de huelga, y la mesa de monseñor Escrivá y de su séquito fue servida igual de maravillosamente que siempre, gracias a la previsión de las administradoras, pero, eso sí, el pan no era reciente como de costumbre. Finalizado el desayuno, con gran asombro de todas las presentes, el Padre irrumpió en la zona de servicio absolutamente enfurecido y gritando: «¡Desde cuándo se puede tolerar una cosa así! ¡En todas las casas, cuando ha sobrado pan del día anterior, las que se lo han comido siempre han sido las mujeres!».

Ante tal exabrupto, todas las presentes se quedaron rígidas y espantadas, y además con la sensación de que lo habían hecho fatal, ya que nadie le había comunicado al Padre que en Roma había huelga de panaderos.

«En fin, que además de las bárbaras palabras que tuvimos que escuchar, encima, infelices de nosotras, teníamos sentido de culpabilidad» -finaliza diciendo esta ex numeraria histórica, que se niega a dar su nombre por estar rodeada de familiares que son miembros de la Obra. A continuación me dice que anécdotas de este tipo, en las que se pone de manifiesto que san Josemaría era un machista redomado, podía contarme un montón. Y me las cuenta, pero como para hacer mis propias reflexiones es suficiente tener en mi haber una anécdota significativa, he elegido esta del «pan duro para ellas», por parecerme que está sobrada de peso específico.

San Pablo nos mandó callar en las asambleas y someternos en todo a nuestros compañeros masculinos; también nos obligó a ponernos velo, pero, con todo su talante de misógino, nunca nos llegó a recordar que el pan duro tenía que ser para nosotras. ¡Pobres mujeres! Y además, bromas aparte, de san Pablo hay que destacar que no en todo se manifiesta como un radical misógino, que su actitud ante las mujeres es de una ambigüedad fundamental. Por un lado, les da un lugar en el apostolado y en la misión; en particular les reconoce el derecho de ejercer un tipo de ministerio importante en aquella época, el de la profecía, y ello en igualdad con los hombres. Pero, aun haciendo esto, conservó de su formación rabínica algunos prejuicios respecto de las mujeres y el mismo tipo de argumentación utilizado por los rabinos, para sacar de los textos bíblicos motivos que rebajan a las féminas. Si a san Pablo lo leemos completo y a fondo, podemos restablecer de él una imagen menos antifeminista y más deseosa de aplicar el principio evangélico de igualdad entre hombre y mujer (a pesar de las reminiscencias rabínicas). Es en los siglos posteriores cuando la imagen inversa se generaliza, al convertir los textos paulinos en una de las principales fuentes de una corriente antifeminista cristiana que va claramente en contra de la libertad y de la dignidad de la mujer.

San Pablo exige que la mujer que profetice o rece en público lleve cubierta la cabeza en la asamblea. Él era muy respetuoso con las costumbres, y el llevar velo era un fenómeno cultural y religioso muy extendido en el Oriente antiguo, que atribuía al velo una especie de función mágica. Ocurre entonces que un grupo de mujeres cristianas se habían singularizado en no seguir la antigua costumbre oriental de llevar un velo en la cabeza, en el curso de las reuniones; ¿significaba ello un espíritu de protesta femenina, de liberación de la mujer, puesto que el velo era también símbolo de sujeción? Puede ser que así fuera, ya que Pablo decide poner orden en la cuestión, aunque lo haga adoptando una actitud un tanto contradictoria: por una parte reconoce a esas mujeres el derecho a orar públicamente y, sobre todo, a profetizar en el curso de una reunión, es decir, reconoce los dones del Espíritu sin distinción de sexo. A la vez, las obliga a cubrirse la cabeza, con todo el significado que tiene tal gesto.

En la primera epístola a los corintios, Pablo se manifiesta tajante: «Las mujeres callen en las asambleas, pues no les está permitido hablar, sino que se muestren sumisas como manda la ley. Y si quieren aprender algo, que lo pregunten a sus maridos en casa; pues no está bien visto que una mujer hable en una asamblea» (1 Cor 14, 34-35). Es curioso que esta prohibición se encuentre en la misma epístola en la que Pablo reconoce expresamente a las mujeres el derecho a profetizar.

¿Quedó marcado Pablo por la enseñanza rabínica? Hay aspectos en los que la interpretación que hace de los textos rabínicos establece hilo directo con el rabinismo; éste es el caso de ciertos argumentos relativos a la subordinación femenina. Por otra parte, si Pablo era judío de nacimiento y de formación, al mismo tiempo estaba muy familiarizado con el pensamiento griego, estoico principalmente, del que aparecen muchos conceptos en uno y otro lugar de sus escritos.

Esta doble formación explica las vacilaciones de san Pablo, en tensión entre dos maneras de abordar el problema femenino, tanto más cuanto la enseñanza evangélica se separaba radicalmente de la tradición judía a propósito de la igualdad de hombre y mujer y se aproximaba, en este punto, al pensamiento estoico. Pero a pesar de todas sus vacilaciones, el Apóstol, más allá de toda misoginia, anunció la alegre noticia del fin del racismo, de la esclavitud y de la discriminación sexual, al escribir a los cristianos de Galacia: «Ya no hay judío ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay varón ni hembra, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3, 28).

Y volviendo a la brutal anécdota con la que he comenzado este texto, es claramente mejor que dispongamos de «pan reciente para todos y para todas», pero, en caso de que hubiera que consumir pan duro, que sea igualmente para todas y para todos. En fin, también se puede tostar; tostado, el pan del día anterior, queda buenísimo.

«Escrivá era tremendamente machista» -insiste mi interlocutora en el transcurso de la animada charla que mantuvimos.

Efectivamente. Y a san Pablo lo superaba con creces, porque éste, como contamos, estaba lleno de vacilaciones, mientras que él parece que no vacilaba.

En descargo de san Josemaría podemos decir que las ideologías antifeministas que han florecido a lo largo de la historia en el ambiente cristiano son un montón, pero, a pesar de ser muchas, tal como nos cuenta Jean Marie Aubert en su libro La femme. Antiféminisme et christianisme, se pueden resumir en tres grandes grupos: las exégesis masculinizantes, el recurso a la biología antigua y las idealizaciones de la mujer. Al analizar el contenido de estos tres grupos, comprobaremos que Escrivá, como tantos eclesiásticos y no pocos miembros de la sociedad profana, nunca se han quedado cortos en la cuestión de legitimar la supremacía masculina.

1. La exégesis masculinizante
Desde el inicio del cristianismo se encuentra lo que podríamos llamar una exégesis interesada, una interpretación masculinizante de los textos fundamentales. Aubert explica cómo la pretensión universalista que siempre ha tenido el antifeminismo le ha llevado a buscar sus credenciales en el mismo origen de la humanidad, en el acto creador de Dios. De tal forma que los textos de la Biblia que narran esta creación fueron el objeto privilegiado de tal interpretación, al igual que, leyendo un texto que se aproxima a un problema existencial (y el de la primacía del sexo masculino lo es), cada uno se inclina a leerlo en función de sus propias preocupaciones, de su modo de ser, de sus prejuicios, de la cultura, etc. Es lo que podríamos llamar la exégesis no reflexiva, no crítica, que lentamente ha ido cediendo el sitio a una exégesis científica y crítica, esforzándose por buscar, investigar y no hacerle decir lo que no dice. Pero hasta la llegada de las modernas ciencias humanas la exégesis, sobre todo en ambientes católicos, era poco científica; por eso no hay que asombrarse de que durante siglos haya sido ante todo el reflejo de la mentalidad general y de la cultura tradicional, que era masculinizante y antifeminista.
La mayor parte de los comentaristas judíos y cristianos dedujeron de este texto de la Creación dos consecuencias muy despectivas para la mujer: primeramente, no podía decirse de ella que fuera hecha «a imagen de Dios» (la exégesis de san Juan Crisóstomo reconoce que la mujer también fue creada «a imagen de Dios»); en segundo lugar, estaba constituida para ser sometida al dominio del hombre. Las consecuencias no se quedaron en pura teoría, sino que inspiraron una imagen social de la mujer y unas medidas discriminatorias con respecto a ella a lo largo de la tradición cristiana. En la exégesis tradicional del relato de la Creación y de la Caída, nos encontramos con uno de los fundamentos de todo el sexismo cristiano.
2. El recurso a la biología antigua [4]
En lo que al tema que tratamos se refiere, el antifeminismo cristiano encontró, ante el progreso científico, un nuevo rostro ideológico en una concepción estrecha de la naturaleza humana. Efectivamente, en una verdadera «reducción» del concepto de naturaleza humana vino a atrincherarse la enseñanza teológica corriente: la naturaleza humana total se identificó con la naturaleza biológica del ser humano, haciendo de ésta como una norma de moralidad. En verdadera regresión, se trataba de dar un nuevo argumento al antifeminismo, que siempre ha legitimado la segregación femenina por la identificación de la mujer con su cuerpo; se la reduce a la función de maternidad, y esta función, a pesar de su grandeza, se convierte fácilmente en el pretexto para reducirla y prohibirle toda clase de función pública. Esta «reducción biológica» de la naturaleza humana ha venido sirviendo para perpetuar una desigual suerte entre hombre y mujer, en lo que atañe a su libertad y sus derechos.
3. La idealización de la mujer
En la sociedad tradicional cristiana esta idealización apuntaba a las dos vocaciones ofrecidas a la mujer: la maternidad y la virginidad consagrada. En nuestros días, ante la inanidad de los antiguos argumentos que despreciaban a la mujer, y por la influencia de una nueva imagen de la misma que no pueden ignorar, muchos hombres de Iglesia tratan de legitimar su antifeminismo consciente, inconsciente o inconfesado mediante ideologías idealizantes que pueden resumirse en la simple idea de que la mujer ha sido creada por Dios con una naturaleza particular, orientada a la maternidad; tendría, por tanto, una vocación específica, muy noble, la de toda la feminidad, la de representar dentro del género humano el espíritu del don de sí, de generosidad, de acogimiento y, por tanto, de seguir aceptando, en la humildad y en la resignación, el dejar a la competencia de los hombres la dirección de los asuntos del mundo y de la Iglesia.

San Josemaría, con la anécdota del «pan del día anterior y cuál debería ser su destino», se muestra muy próximo al contundente y un tanto terrorífico canonista Graciano, cuando decía allá por el siglo XII su frase lapidaria: «...a causa de la condición de servidumbre por la que la mujer ha de estar sometida en todo al hombre». Por supuesto, está clarísimo que el pan duro estaba dirigido a ella; no cabe ningún tipo de dudas ni vacilaciones.

Contemporáneo de Escrivá era Pío XII, y en 1957, antes de Juan XXIII y del Concilio Vaticano II, declaraba en una alocución a la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas: «Hombre y mujer son imagen de Dios y, según el modo que les es propio, personas iguales en dignidad y poseedoras de los mismos derechos, sin que se pueda sostener en modo alguno que la mujer sea inferior».

Pío XII tuvo el mérito de plantear el movimiento a nivel de los principios; hubiera sido deseable que la puesta en práctica hubiese seguido en forma lógica. Mucho dicho y poco hecho, pero al menos no afirma descaradamente que «ellas deben engullir el pan sobrante y que ellos siempre han de tener pan tierno».

Personalmente, más que feminista, me considero antisexista, porque la palabra feminista se ha ido cargando de un contenido equívoco. Feminismo, con frecuencia, se opone a machismo, y parece querer decir que se trata de una supremacía de la mujer sobre el hombre, cuando una mayoría de las corrientes feministas no pretenden nada de supremacías, sino todo lo contrario: lo que pretenden es que nadie resulte supeditado a nadie en razón de su sexo, que el hecho de ser hombres o mujeres no nos encierre en un estereotipo.

«Feminismo antisexista» quizá sea la expresión más afortunada, ya que rebaja dogmatismos y prejuicios para no llegar a caer en efectos tan contraproducentes como los del machismo que se pretende combatir. El feminismo desaforado parte desde la orilla contraria, pero puede llegar a ser tan nefasto como el machismo. Por eso me gusta hablar de feminismo antisexista, pero sin dejar de ser consciente de todo lo que le debemos al feminismo a secas; a los esfuerzos que durante muchos años -y hasta siglos- han venido realizando un puñado de mujeres, y también de hombres, que batallaron por cambiar una situación social aberrante.

En el mundo occidental actual es evidente que mujeres y hombres comparten un montón de cosas, aunque, por supuesto, ellas posean un pequeño núcleo de vivencias específicas por el hecho de ser mujeres, del mismo modo que ellos poseen su rincón particular por el hecho de ser varones. Y digo en el mundo occidental, porque es el que ha evolucionado, ya que en las dos terceras partes del planeta la mujer sigue siendo un ser carente de derechos, a pesar de que algunos pasos firmes también se van dando. Vamos a recoger aquí dos hechos recientes.

A mediados de octubre de 2003, el mismo día que se concedió el Nobel de la Paz a la abogada feminista iraní Shirin Ebadi, el rey de Marruecos, Mohamed VI, anunciaba en un discurso, calificado en los más diversos sectores de histórico, las nuevas reformas del código de la familia, la «Mudawana». Las reformas, calificadas de liberales, consisten básicamente en la anulación del repudio por parte del marido, la práctica eliminación de la poligamia y la suspensión de la tutela obligatoria de la mujer por parte de un miembro varón de su familia.

Estas modificaciones fueron saludadas por todos los medios de comunicación como un gran paso hacia la igualdad entre los sexos en Marruecos. Parece que hasta los musulmanes, con la fama de machistas que siempre han tenido, están comenzando a pensar que el destino del pan duro no tiene por qué ser siempre el estómago de las mujeres, aunque, por mi parte, sigo insistiendo en que tampoco hay que tirarlo. Una buena solución para aprovechar el pan del día anterior es tostarlo o camuflarlo en unas ricas sopas de ajo, para delicioso consumo de todos. Pero, por Dios, pan duro a secas, ojalá que ya no exista para nadie.

Dirección espiritual: máxima vigilancia

«Mi desvinculación de la Obra está todavía muy reciente, y cuando recuerdo determinados temas aún me noto tambaleante», dice la carta de una ex numeraria de 43 años. Es licenciada en Historia pero nunca ejerció su profesión. En los casi veinte años que permaneció en el Opus siempre estuvo ocupada en tareas internas. El ser directora puede decirse que se convirtió en su principal dedicación, según se deduce de la larga epístola que me dirige, a la que adjunta un documento interno de la sección de mujeres de la Obra, fechado en junio de 1996, que todas las directoras debían utilizar para encauzar a sus dirigidas. Se trata de un informe en el que se dan consejos prácticos para llevar la dirección espiritual de las súbditas.

La remitente explica el contexto en que este documento se escribió, que fue el siguiente: en los años noventa del siglo recién pasado esa institución perdió muchas vocaciones, sobre todo de numerarias, cuando éstas terminaban sus estudios superiores y comenzaban su vida profesional, o bien cuando se aproximaban a los cuarenta años de edad (la llamada «crisis de los cuarenta»), o bien por otros motivos personales. Los sacerdotes y directoras se alarmaron y, tras hacer autocrítica, reconocieron que ese problema de las defecciones podría evitarse si la dirección espiritual se administrara debidamente. El informe que adjunta responde a ese «toque de trompeta» que los sacerdotes y directoras hicieron sonar a mediados de los noventa: ¡hay que hacer bien la dirección espiritual para evitar, a tiempo, las posibles defecciones!

La citada ex numeraria cuenta que cuando este documento llegó a sus manos, como tantas otras veces había hecho, puso todos los medios para llevar su contenido a la práctica. Sin embargo, ella fue la primera sorprendida al darse cuenta de que estaba más de acuerdo con los argumentos que le planteaban sus «dirigidas en crisis» que con el papel de «controladora» e «informadora» que ella debía ejercer para conseguir con eficacia los fines que la Obra perseguía. En poco tiempo le tocó seguir el proceso de desvinculación de tres numerarias profesionales a las que valoraba mucho. A continuación, el «sujeto de crisis» fue ella misma y, meses después, su decisión de dimitir se hizo irreversible. Afirma que el contenido de los folios que adjunta fueron decisivos para su ruptura. Por mi parte, me atrevo a opinar que dicho contenido -que seguidamente transcribimos íntegro-, quizá no fue más que la gota que colma el vaso. Ella deseaba unas hermanas libres, iguales y responsables, no teledirigidas por las directoras y los sacerdotes. Ese ir captando sin cesar la intimidad de sus súbditas le gustaba cada vez menos, y menos aún el tener que hacer de correa de transmisión. No, no quería eso. El último documento interno que manejó llegó en el momento oportuno para ver con claridad que no quería entrar más en ese juego, que no le parecía el mejor camino para ayudar a formar personas adultas, libres y responsables: Dirección espiritual: formación de la conciencia. Fidelidad

Referencias

  1. M. RAMOS GONZÁLEZ, «¿Existe una religiosidad femenina de raíz?», Crítica 913 (marzo 2004), pp. 25 ss.
  2. C. BERNABÉ, «Mujeres en las estructuras eclesiales», Crítica 913 (marzo 2004), pp. 61 ss.
  3. I. GÓMEZ ACEBO, «Las religiones ante las demandas femeninas», Crítica 913 (marzo 2004), pp. 16-20.
  4. Antes del cristianismo, Aristóteles asentó la tesis de que, en el plano biológico, «la mujer es un varón mutilado».


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