La voz de los que disienten/Apuntes sobre el fundador y su fundación

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Apuntes sobre el fundador y su fundación



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Qué es un santo

«Yo he sido muy crítico con el Opus Dei y con su fundador, y digo que he sido porque ya no me atrevo a serlo. Ahora es santo, cuenta con todas las bendiciones del Santo Padre, y eso a mí me merece mucho respeto.» Así se expresa un filólogo que me escribe desde Huesca. Más rotunda aún se muestra una ex numeraria histórica, que llegó a ser expulsada de la Obra por el propio Escrivá, cuando dice que ella ya no puede ir abiertamente en contra del Opus y de su fundador, porque ahora es santo, y lo de la santidad viene a ser como un dogma de fe para todo católico practicante, y ella lo es.

He elegido como prototipo estas dos opiniones, pero son muchas las cartas que he recibido en las que el o la remitente trata este tema. También han sido numerosas las llamadas telefónicas y las entrevistas personales en las que el asunto de tan polémica y discutida subida a los altares ha salido a relucir.

El 1 de octubre de 2002, vísperas de la canonización de Josemaría Escrivá, el teólogo Casiano Floristán escribía en el Diario de Navarra: «Con libertad de espíritu y afecto cristiano me permito sugerir unas modestas ideas para gente perpleja en esta cuestión y en esta hora». De su escrito merece la pena destacar tres puntos que me parecen importantes.

  • La canonización de un cristiano, acto reservado al Papa, ha ocasionado con frecuencia discusiones ya que, al reconocerse públicamente la santidad de una persona en una solemne eucaristía papal, se la propone como modelo para los católicos de todo el orbe. Sin embargo, no todos los santos son iguales, ni todos los ejemplos de santidad son unánimemente aceptados. Los cristianos tienen libertad de elegir como propio el nombre de un santo, rezar a quien más les complazca de la corte celestial y, si son coherentes, seguir la senda que recorrió antes un admirable imitador de Jesucristo. Por «sentido de fe», el pueblo ha sabido ensalzar a unos santos y desestimar a otros.
  • La santidad, como valor fundamental cristiano, está por encima de una canonización concreta. Hay más santos sin peana que con ella. Dicho de otra manera, un cristiano puede estar lejos de un proceso de canonización, con tal de que aprecie el valor de la santidad. En fin, que se puede disentir del modelo de santidad que refleja el fundador del Opus Dei y sentirse más cerca de otras figuras que el pueblo considera ya santas, por ejemplo Juan XXIII y el obispo salvadoreño Óscar Romero.
  • La santidad es plural, como son diferentes las personas; las culturas y las épocas. Ahora bien, al ser los santos imitadores de Cristo, deberán seguirlo en lo medular, en el compromiso y las acciones. Hoy podemos considerar santo a un cristiano entregado (que está al servicio de los más necesitados), que sabe perdonar (que concilia y reconcilia), que obra con justicia y libertad (el reino de Dios es su causa), que se encara con los ídolos (el dinero, el poder), que vive la cercanía de Dios (que dialoga con Él) y que reacciona evangélicamente ante la vida y la muerte (pues sus valores son los de Jesús). Quien así obra será santo, suba o no a los altares.

Para quien no desee meterse en mayores berenjenales, estos tres puntos pueden resultar suficientemente aclaratorios y tranquilizadores, pero a otros pueden parecerles insuficientes, y a otros más, innecesarios, como es el caso de un amigo, conocedor de la Obra por estar rodeado de familiares miembros de la misma, que me decía: «Yo, después de la canonización del San Marqués, es que ya paso de todo». Una postura entendible, pero también demasiado fácil. Y, para no caer yo también en lo facilón, he intentado profundizar en el tema. En esta tarea me ha resultado de gran ayuda el trabajo realizado por Wolfgang Beinert, profesor de Teología sistemática y de los dogmas en la universidad de Ratisbona (Alemania), y publicado en la Stimnzen Der Zeit, revista de los jesuitas alemanes. Dicho artículo está traducido y condensado en la revista Selecciones de Teología 166 (2003), pp. 83-92, con el título «¿Qué son los santos?».

Lo primero que destaca W. Beinert es que el fenómeno de la santidad ha fascinado, sin excepción, a todas las religiones. Los judíos profesan devoción a sus rabinos famosos, los budistas veneran a sus «iluminados» (llamados lamas en el Tibet), el hinduismo admira a los «maestros» (gurús) y el islam a los «místicos» (sufíes).

También las diversas confesiones cristianas veneran a los santos. Los pro-'testantes se opusieron a los abusos de la piedad popular, recibidos en la Edad Media, y condenaron las formas de culto de los santos. Pero nunca negaron la existencia de personas santas, ni tampoco su merecida veneración. «Sólo la Iglesia católica -especifica Beinert- posee un secular procedimiento, centralizado en Roma, para reconocer la santidad auténtica de un fiel cristiano.»

¿Qué es un santo? ¿Qué relevancia tiene la santidad para la vida cristiana? ¿Qué procedimiento se sigue en la Iglesia católica para reconocer la santidad de alguno de sus fieles? ¿Qué puede decirse de este procedimiento y de lo que implica? Éstas son algunas de las preguntas que pueden planteársenos ante los complejos procesos de beatificación y canonización propios de la Iglesia católica. Procesos que, últimamente, han sido noticia para propios y extraños, sobre todo teniendo en cuenta la discutida personalidad de algunas de las personas que han merecido llegar al honor de los altares.

Al referirse a la devoción de los santos, el profesor Beinert señala que este fenómeno tan universal nos lleva a aceptar en la naturaleza social humana una necesidad de ideales y modelos éticos. «Los santos -dice- son los héroes religiosos.»

Las religiones prometen vida más allá de la muerte y recompensa para el bien obrar de la tierra. De ahí la creencia común de que los hombres y mujeres que mejor vivieron su fe, gozan ahora ante Dios de especial favor y poder y pueden interceder por nosotros en las contrariedades de esta vida. Ello explica la veneración de los santos y que les pidamos beneficios espirituales o materiales.

Al analizar la palabra «santo», Beinert descubre gran variedad de significados y siempre con un sentimiento analógico. Se trata de cosas santas por su mayor o menor relación con un «analogatum princeps». Dios es el Santo, el absolutamente santo. Dios es santo en sí mismo y sin relación a otra persona o cosa. La santidad es un atributo divino que no puede describirse. Todo lo que se refiere a Dios es santo. Lo que no es Dios, no es santo. La santidad de Dios no depende de nada, es absoluta, pero Él la ha querido compartir con sus criaturas. Esta divina solidaridad con los seres humanos permite afirmar que cuanto entra en relación con Dios puede llamarse santo, bien que en un momento posterior o como algo derivado del «analogatum princeps». «Hay cristianos que se toman muy en serio el seguimiento de Cristo, el Santo de Dios. Éstos se merecen de manera especial el atributo de santos», escribe san Pablo en su primera Carta a los Corintios.

Merecen el nombre de «santos», en primer lugar, los «mártires» (vivieron prisión, testimonio de fe y muerte violenta) seguidos de los «confesores» (que, por amor a Cristo, sufrieron condena, cárcel y torturas, sin llegar a la pena capital). Cuando, en el siglo IV, el cristianismo deviene religión del Estado, ya no se dan persecuciones sangrientas. Entonces surgen en la Iglesia cristianos que viven tan austeramente su fe que merecen ser llamados «mártires blancos». Son los monjes y las vírgenes, los ascetas, los ermitaños y los anacoretas. A todos ellos se les reconoce una particular santidad.

Ya en la Edad Media la Iglesia admiró y veneró la santidad de aquellos cristianos que vivían el Evangelio de forma poco común (obispos, misioneros, teólogos, miembros de órdenes de caballería). El santo es entonces un héroe moral. Y, puesto que al final de la época antigua se había infiltrado en el cristianismo un cierto dualismo, caracterizado por la oposición al cuerpo, se privilegió la perfecta continencia y castidad. Así, en 1320 santo Tomás de Cantilupe fue canonizado porque amaba tanto la castidad que ni aseaba su cuerpo ni se atrevía a abrazar a sus hermanas. En el siglo XIV, el único laico canonizado fue san Eleazar de Sabrau, quien, en veinticinco años de convivencia matrimonial, no consumó nunca su matrimonio.

¿Qué significa «canonizar»? «Canonizar» significa inscribir a alguien en la lista de personas santas, en sentido bíblico. El santo canonizado merece culto litúrgico. Se le asigna un día en el calendario, se hace memoria de él en la liturgia de las horas y en la celebración eucarística. Puede también ser declarado patrono de una iglesia local y recibir veneración privada por parte de los fieles.

¿Cómo se llega, de hecho, a ser un santo reconocido? La Iglesia ha desarrollado un procedimiento singular para ello, que ha sufrido considerables cambios a lo largo del tiempo. El procedimiento actual es relativamente reciente y se remonta al año 1983, habiendo sido promulgado por Juan Pablo II. Se distingue entre santos y beatos. La beatificación tiene como consecuencia que la persona beatificada sólo puede ser venerada en una diócesis determinada o en una congregación religiosa específica. La canonización, por el contrario, permite la veneración por parte de la Iglesia Universal. El testimonio, el milagro y la veneración son de vital importancia para el procedimiento de la canonización.

Al referirse a los actuales procesos de canonización, el profesor Beinert no puede ocultar su malestar, y el de otros muchos, al comprobar lo siguiente. Cada causa, al ingresar en la congregación, recibe rigurosamente un número de protocolo. Pero tanto la congregación como el mismo papa pueden promocionar una causa o congelarla.

Los motivos no son siempre bien comprendidos -escribe textualmente-. Canonizar un determinado santo conlleva un hecho de significado «político». ¿Se trata de motivos reales y objetivos o su actualidad depende del juicio de Roma? Ahí radica el disgusto de muchos fieles cristianos por la canonización del Padre Pío y Josemaría Escrivá[1]. Su conducta personal en vida y el posterior comportamiento de sus seguidores no han dejado de levantar sospechas.

La canonización es un proceso jurídico que ratifica la ejemplaridad de una vida cristiana, consumada a veces con el martirio a causa de la fe o notoriamente marcada por el ejercicio de las virtudes morales vividas en grado heroico. El juicio del papa, que, según la teología oficial de la Iglesia, es infalible en los procesos de canonización (no así en los de beatificación), confirma que estos santos gozan eternamente de la comunión de vida con Dios. Con ello quedan claros los límites y significado de este proceso. He aquí sus principales limitaciones:

  1. El juicio papal tiene carácter «aseverativo», no «exclusivo»; afirma que un santo vive en la eternidad divina. El papa sólo quiere resaltar el carisma más sobresaliente de la persona canonizada y mostrarlo como ejemplo a los creyentes.
  2. Se trata de un juicio que «permite», no «obliga». Permite venerar e invocar a un santo o a una santa. Pero no obliga a sentir o manifestar devoción. Nadie tiene obligación de profesar veneración a un determinado santo, y menos aún a su peculiar manera de «ser cristiano».
  3. La declaración papal es «escatológica», no histórica. Afirma que el santo y la santa, una vez acabada su vida terrena, ha alcanzado la gloria celestial. No afirma que todas sus actuaciones u omisiones fueran buenas, cristianas y correctas.

Los santos han sido pecadores. Incurrieron en los errores de su tiempo. Su horizonte teológico era limitado. El honor que la Iglesia tributa a los santos no se extiende tampoco a sus escritos (que la crítica puede considerar mediocres o malos), ni a sus instituciones o fundaciones. «Por esto -puntualiza Beinert-, la canonización de Josemaría Escrivá no sustrae a la crítica ni los aforismos de Camino ni al Opus Dei.»

El santo es la persona más propia y auténticamente humana; es el hombre humano por definición. En la medida en que alguien está en comunión con Cristo es santo, con peana o sin peana, y, en consecuencia, vive lo humano con todas sus fuerzas. Pienso que viene al caso aquello de: «Ni son todos los que están ni están todos los que son».

Y tan sabio refrán encaja aquí como anillo al dedo si tenemos también en cuenta que, ante una amenaza de inflación de santos, el papa Pablo VI intervino en 1969, mandando borrar del catálogo oficial y del calendario litúrgico a más de cuarenta santos.

La lista de santos y santas eliminados es la siguiente: Mauro, 15 de enero; Pablo el Ermitaño, 15 de enero; Prisca, 18 de enero; Martina, 30 de enero; Domitila, 12 de mayo; Bonifacio de Tarso, 14 de mayo; Venancio, 18 de mayo; Prudenciana, 19 de mayo; Modesto y Crescenda, 15 de junio; Juan y Pablo mártires, 26 de junio; Alejo, 17 de julio; Sinforosa e hijos, 18 de julio; Margarita de Antioquía, 20 de julio; Práxedes, 21 de julio; Cristóbal, 25 de julio; Susana, 11 de agosto; Eusebio, 14 de agosto; Hipólito, 22 de agosto; Sabina, 29 de agosto; los doce hermanos mártires, 1 de septiembre; Lucía y Germiniano, 16 de septiembre; Eustaquio y compañeros mártires, 20 de septiembre; Tecla, 23 de septiembre; Cipriano y Justina, 26 de septiembre; Plácido y sus compañeros mártires, 5 de octubre; Baco y Apuleyo, 7 de octubre; Úrsula y sus compañeras mártires, 25 de octubre; Trifón, Respicio y Ninfa, 10 de noviembre; Félix de Valois, 20 de noviembre; Crisógomo, 24 de noviembre; Catalina de Alejandría, 25 de noviembre; Bibiana, 2 de diciembre; Bárbara, 4 de diciembre, y Anastasia, 25 de diciembre.

Ante esta reducción drástica, una de las primeras decisiones durante el papado de Juan Pablo II fue la de decidir aumentar el número de santos. El papa Wojtyla expuso sus intenciones en la introducción al apéndice I del reformado Código de Derecho Canónico sobre la «causa de los santos», y en el documento reconocía que «debido a experiencias recientes se ha considerado oportuno revisar esta forma de procesos para simplificar las normas, salvaguardando naturalmente la solidez de la investigación».

El Opus Dei se ha sumado a esta carrera imparable de nuevos santos y, tan sólo un año y medio después de que Juan Pablo II canonizara a San Josemaría, el 5 de marzo de 2004, arrancaba en Roma el proceso de canonización de Álvaro del Portillo, sucesor de Escrivá al frente de la Obra. Y todo indica que llegará a los altares con la misma celeridad.

Junto al que fue la «sombra» del fundador, la Obra cuenta con otros seis santos en cartera y con proceso abierto: Montse Grasses, Ernesto Cofiño, Tony Zweifel, Isidoro Zorzano, Eduardo Ortiz de Landázuri y Guadalupe Ortiz de Landázuri. Los procesos están en manos de un equipo de postuladores bien engrasado, al que dicen que no hay abogado del diablo que se le resista. Pero sobre todo, cuentan con la protección de Su Santidad [2].

Líderes carismáticos y líderes inspiradores

«Homero, Platón, Rafael, Shakespeare... Estos hombres magnetizan a sus contemporáneos de tal manera, que sus compañeros pueden hacer, gracias a ellos, lo que jamás hubieran podido hacer por sí mismos; y de este modo, el gran hombre vive en varios campos, y escribe, o pinta, o actúa con varias manos; y pasado algún tiempo ya no es fácil decir cuál es la obra auténtica del maestro y cuál pertenece únicamente a su escuela. » Así se expresa R. W Emerson en su obra Hombres representativos[3].

En el transcurso de una reciente charla que mantuve con una ex numeraria de los llamados «primeros tiempos», la cual conoció a san Josemaría muy de cerca, le pregunté -en plan algo provocador- acerca del grado de magnetismo de Escrivá, y si pensaba que era digno de ser incluido en la galería de «hombres representativos» apuntada por Emerson.

Después de dejar bien claro que ella nunca se sintió hechizada por el personaje que tratamos y que, además, él lo detectaba, responde:

Intelectualmente, su medida era corta, corta. Básicamente era un hombre de fe; de fe que quiere arrastrar a su causa a todo lo que le salga al paso. También era orgulloso y soberbio. Bueno, decir que era orgulloso y soberbio me parece demasiado decir, ya que creo que no daba la talla para eso. Era vanidoso, enormemente vanidoso. Sí, así de simple, era simplemente vanidoso. De lo contrario, ¿cómo se explica uno que disfrutara poniéndose el atuendo de «prelado doméstico», y que pasara al planchero, para pasearse así vestido, tan contento, delante de las sirvientas a las que pretendía extasiar, y a una mayoría extasiaba?

Me quedé pensativa. Porque una persona vanidosa, fundamentalmente vanidosa, suele ser inofensiva, es decir: ni buena ni mala. Una persona vanidosa suele ser proclive a los halagos, y, por lo mismo, muy receptiva al regalo adulador, pero, en el fondo, «ni fu ni fa».

Es cierto que los nombramientos, las cruces, los honores, las distinciones y los títulos, le volvían del revés. Así, a lo largo de los años cincuenta es condecorado con la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort, la Gran Cruz de Isabel la Católica, etcétera; en 1960 recibió el doctorado honoris causa por la Universidad de Zaragoza, y años más tarde fue nombrado «hijo predilecto de Barbastro», su ciudad natal. Igualmente cierto es el asunto de la «mitra episcopal», cuando en 1950 puso en marcha a Álvaro del Portillo para perseguir el nombramiento de obispo para el fundador, y parece ser que estuvo a punto de conseguirlo, de no ser porque el asunto fue frenado en el último momento por intervención de algunos miembros de la Compañía de Jesús muy próximos a Pío XII. Finalmente, sus ansias de grandezas quedaron coronadas a finales de la década de los sesenta con la adquisición del marquesado de Peralta.

Vanidad de vanidades que tanto contrasta con su n.° 677 de Camino: «Honores, distinciones, títulos..., cosas de aire, hinchazones de soberbia, mentiras, nada». Su hagiógrafa, Pilar Urbano, abunda en este punto, cuando escribe en su hagiografía: «Este voluntario eclipsamiento, tan opuesto a la tendencia natural de cualquier trayectoria humana, que lo que busca es despuntar, sobresalir, ganar relieves de prestigio y de notoriedad social, Josemaría Escrivá lo pretende desde siempre: hay ya una carta suya, en los primeros años treinta, en la que declara al Vicario general de la diócesis de Madrid: "Cada vez veo más claro que lo mío es ocultarme y desaparecer"» [4]

Asombroso, ¿no? «Sui generis», sí. Estoy de acuerdo con J. Estruch, cuando en su Santos y Pillos, afirma al referirse a Escrivá:

Por más que sea hijo de su tiempo, no es un hijo cualquiera de su tiempo. La suya es una personalidad fuerte y acusada; guste o no, es un auténtico líder religioso; y la obra que ha dejado en herencia no es simplemente una más de las tantas fundaciones de la Iglesia católica en el siglo XX. Por inspiración divina, por habilidad personal o por todo un conjunto de esas bromas, imprevistas e imprevisibles, que suele gastar la historia, monseñor Escrivá fue un hombre que generalmente supo estar en el lugar adecuado y en el momento oportuno [5].

Además de vanidoso y con ciertas dosis de orgullo y soberbia, quienes le conocieron de cerca -dejando aparte repulsas o atracciones personales- le suelen definir como un personaje simpático y cordial, también un individuo impulsivo, irascible, que fácilmente se irritaba. Un hombre asimismo ambicioso y exuberante. Muchos destacan su capacidad de «dominio de las masas», sus extraordinarias cualidades de «puesta en escena» y su «magnetismo». Todas estas facetas que se destacan de su personalidad coinciden con los rasgos característicos del personaje que Max Weber llama «líder carismático».

Todos reconocen, tanto los que le ven desde el polo negativo como los que lo hacen desde el positivo, que era un hombre fundamentalmente de fe, que actuaba impulsado por una gran ilusión y entusiasmo. J. Estruch escribe: «Instrumento escogido por Dios y objeto de favores especiales, monseñor Escrivá es un hombre tan baturramente convencido de que cuanto hace es voluntad divina, de que es la Obra de Dios, que quien actúa contra él y contra el Opus actúa contra Dios. Por esta razón se producen a lo largo de toda su vida intervenciones sobrenaturales "cuando era menester"» [6]

Max Weber entiende el término «carisma» como referencia a una cualidad «extraordinaria» de una persona, independientemente de que ésta sea real, pretendida o supuesta. En consecuencia, la «autoridad carismática» se referirá a un dominio sobre los hombres, ya sea predominantemente externo o ante todo interno, al que se someten los gobernados debido a su fe en la cualidad extraordinaria de la persona específica. El brujo hechicero, el profeta, el jefe de expediciones de caza y de saqueo, el cacique guerrero, el llamado gobernante «cesarista» y, bajo determinadas condiciones, el jefe personal de un partido, todos ellos son dirigentes de este tipo en relación a sus discípulos, seguidores, tropas alistadas, partidos, etc. La legitimidad de su mando se basa en la fe y la devoción por lo extraordinario, apreciado porque trasciende las cualidades humanas normales y considerado originariamente sobrenatural. La legitimidad del mando carismático se basa, por tanto, en la fe en poderes mágicos, revelaciones y culto al héroe.[7]

El dirigente carismático únicamente obtiene y mantiene su autoridad a base de demostrar su fuerza en la vida [8]. Si desea ser profeta, debe realizar milagros; si desea ser un jefe guerrero debe realizar hazañas heroicas. Sin embargo, su misión divina debe «probarse» ante todo como tal en el éxito de los que confían devotamente en él. Si éstos no tienen éxito, evidentemente no se trata del señor enviado por los dioses.

Para el carismático, el reconocimiento de sus seguidores es fundamental. Weber dice: «El depositario del carisma se encarga de la tarea adecuada para él y exige obediencia a un grupo de seguidores, en virtud de su misión. Sus pretensiones carismáticas fracasan si su misión no es reconocida por aquellos a los que se considera enviado. Si lo reconocen, se convierte en su jefe»[9]. [...] «Los súbditos pueden otorgar una "aceptación" más activa o pasiva a la misión personal del jefe carismático. Su poder se basa en una aceptación puramente factual y emana de una fiel devoción a lo extraordinario y desconocido, a lo que es ajeno a toda norma y tradición, y que por tanto se considera divino [10]

De Escrivá dicen que borraba a los que no sintonizaban con su mente o no le seguían con una fe total. Si alguien le contradecía le podían dar ataques de auténtica ira. Y entonces llegaba a humillar, amenazar, y acorralar y aterrorizar.

Era sabido que, sin su conocimiento y aquiescencia, en la Obra no se movían ni las hojas de los árboles de sus jardines ni las de las plantas que decoraban los interiores de sus casas. Impuso inequívocamente su Führerprinzip, es decir, su jefatura única e indiscutible, su voluntad omnímoda sobre todo y sobre todos y todas.

También es cierto que sabía desplegar todo su encanto y sus dotes persuasorias para atraerse a individuos con marcada personalidad. Los seguidores de Hitler hablan de facetas de su personalidad muy parecidas a estas que comentamos. Ahora me viene a la cabeza el ejemplo de Goebbels, cuando, después de haber sido hechizado de una vez para siempre por el Führer, anota, fascinado, en su diario: «Hitler es el instrumento de un destino divino... Amable, bueno y generoso como un niño. Sutil, astuto y suave como un gato. Rugiente y feroz como un león».

El liderazgo carismático se basa en las cualidades casi místicas que los partidarios de un líder le confieren. Esta forma de poder no está arraigada en ninguna tradición ni se basa en una autoridad institucional; no reconoce constitución alguna y se aparta por completo de lo que puede ser el poder de alguien elegido en el marco de una democracia.

En la creación del carisma tiene gran importancia la autosugestión; el líder carismático tiene mucho poder sobre la imaginación y la psique. Recuerdo que en mis tiempos de militancia en la Obra, cuando planteabas algún tipo de duda acerca del fundador o su institución, los directores proponían una respuesta estándar que era: «No pares un solo momento de pedir en tu oración: "Señor, que lo vea. Que lo vea, Señor". Es seguro que te escucha, y lo acabarás viendo».

Los éxitos en la expansión de su Prelatura y los incesantes esfuerzos por crear un culto hacia su personalidad consolidaron o fueron consolidando el reconocimiento de su carisma. La ideología Opus cultivaba un auténtico culto religioso al Padre; deificaba su figura mesiánica.

¿Cómo podía inspirar una devoción, en ocasiones, tan fanática? La respuesta es que tenía carisma, que ejercía un poder personal, casi mítico, sobre los que le rodeaban. No se anunciaba con brazalete y botas altas, sino con sotana, pero actuaba como un auténtico Führer. El fenómeno Escrivá, yo lo he visto, daba pie a que gente inteligente suspendiera la actividad de esa parte de nuestros cerebros donde se aloja el pensamiento racional. Hay numerosos ejemplos de personas con alto índice de inteligencia, que quedaban fascinadas por la figura del Padre.

De Hitler también se han recopilado numerosos casos de obnubilados: Hermann Göring, mariscal del Reich, llegó a decir: «Si Hitler te decía que eras una mujer, salías del edificio pensando que eras una mujer»; el mariscal Werner von Blomberg, ministro de Defensa alemán, declaraba que un cordial apretón de manos del Führer podía curarlo de un catarro; uno de los oficiales de su Estado Mayor, el general Walter Warlimont, recordaba que «casi ninguno de los grandes comandantes con mando operativo que acudían al cuartel general para presentar un informe o recibir órdenes era inmune a la abrumadora presencia de Hitler».

Un atributo clave de todo líder carismático es la tenacidad casi sobrehumana mantenida a lo largo de los años y en cualquier circunstancia. De su Obra, Escrivá decía: «El cielo está empeñado en que se realice».

El líder carismático se aferra sin pestañear a sus convicciones. En Escrivá su convicción principal era la de creerse un elegido de la Providencia, que tenía una misión salvadora. Tenía una fe inquebrantable en su propia estrella: la Divinidad le envía, le dirige.

Tenacidad y fe indeclinable en su misión. Este factor es muy importante para conseguir ganar muchos seguidores. Escrivá tenía un profundo sentido de su misión, y nada ni nadie pudo desviarle de sus propósitos.

La esencia del liderazgo exitoso es tener y mantener una visión: aferrarse sin vacilar a una visión. El líder carismático ofrece así a sus seguidores un objetivo común con el que pueden identificarse sin reservas.

También es imprescindible saber venderse y saber vender su visión; han de convencer a los otros de su valía y de la validez de su mensaje. La prédica, el discurso hablado es aquí fundamental por persuasivo y eficaz, pero también la palabra escrita, la imagen externa y el despliegue de persuasión a todos los niveles es importante. Escrivá lo sabía bien y supo cuidarlo.

Inspirar a los demás es otro de los factores clave para un gran líder: despertar los espíritus. Su ánimo, en ocasiones, resulta más importante que sus acciones. El Padre, en este terreno, se movía como pez en el agua.

Finalmente, un gesto importante del liderazgo -y no sólo del carismático- es el de exigir grandes sacrificios a sus seguidores; muchas personas se sienten bien cuando afrontan algún sacrificio, y hasta consiguen, entonces, liberar lo mejor de sí mismos. Los gurús del liderazgo, a la vez que exigen sacrificios, saben inyectar optimismo. Escrivá conocía que se trataba de un punto básico.

Podemos concluir diciendo que hay dos tipos de líderes: los carismáticos y los inspiradores, y que san Josemaría, sin lugar a dudas, pertenece al primer grupo. Cuando en un número de magia vemos al mago realizar sus trucos, unos se fijan en sus manos y tratan de averiguar el secreto de esos trucos, mientras otros se limitan a seguir sus evoluciones, dejándose llevar por la sensación de asombro. Los primeros, que son los escépticos, seguirán a un líder inspirador y siempre sospecharán de cualquier líder carismático. Sinceramente, pienso que una cierta dosis de escepticismo es muy saludable y es bueno favorecerla y alentarla.

San Josemaría creo que fue un carismático muy vanidoso. Pero también estoy convencida de que un estudio a fondo, una verdadera biografía de este importante personaje del siglo XX está todavía por hacer. Con mi experiencia y la información que hasta mí ha llegado, puedo suscribir lo que Luis Carandell ya apuntaba en 1975: «Creo que el fundador es una de esas personas que han alcanzado tal grado de autoconvencimiento respecto de su propia misión en el mundo que su sentido lógico queda completamente satisfecho con las justificaciones que él mismo da de sus actos y del desenvolvimiento de su obra personal »[11], Se trata de lo que los psicólogos llaman «la inautenticidad auténtica».

El estudio está todavía por hacer. Espero que, para el bien de muchos, surja alguien suficientemente capacitado para llevarlo a cabo.

Como un nuevo Mesías

He sido numerario durante más de diez años -desde los 15 hasta los 27- y tengo que reconocer que durante la mayor parte del tiempo que permanecí allí dentro me creí al pie de la letra todo lo que me decían: la Obra era perfecta, su fundador el «enviado» o Mesías y nosotros, los numerarios, los «elegidos». Me ayudó a abrir los ojos y a reflexionar un compañero de trabajo, al que empecé a tratar en plan proselitista, pero poco tiempo después nos hicimos amigos de verdad, y a los dos nos gustaba hablar abierta y sinceramente de todo lo divino y lo humano. Cuando llegamos a tratar temas de fondo, él se quedó asombrado de mi capacidad de mitificación y de mi convencimiento de que san Josemaría había sido el Mesías del siglo XX. Me costó salir de mis «seguridades», ya que desde los once años me las habían ido metiendo en el «coco»: todo lo referente al Opus Dei y a su fundador era providencial, sagrado y producto de una inspiración directa y exclusiva de Dios. Fue laborioso para mí el superar aquellos maravillosos planteamientos inducidos y comenzar a formar mi propio criterio. Hoy pienso que los mesianismos y los mesías no son saludables, es más, que pueden llegar a ser peligrosos [...].

El caso (su caso) que este chico cuenta es más frecuente de lo que él mismo cree. Muchas personas inteligentes y equilibradas han pasado por el mismo proceso. Vladimir Feltzmann, ex sacerdote numerario y después sacerdote colaborador del Cardenal Primado de Inglaterra, declaraba a Cambio 16 en marzo de 1992:

Había entrado en la Obra a los veinte años. Una vez dentro nos dicen que el fundador ha recibido inspiración directa de Dios. Él es el más puro, el más transparente, el transmisor de la voluntad divina. Si uno ama a Dios, tiene que atender lo que dice el fundador. Si uno se atreve a criticar, es que padece orgullo intelectual. Pero en 1981 me dije: ¡Qué estúpido! ¿Cómo un doctor en Teología, un máster en Ciencias, no puede advertir que Dios y el Opus no son la misma cosa? El Opus había sido una barrera para mi contacto con Dios, porque Dios es la verdad y el Opus está constantemente ocultando la verdad.

El caso de este crédulo muchacho es normal si tenemos en cuenta, como Joan Estruch señala en sus Santos y Pillos (p. 99), que la totalidad de la literatura hagiográfica destaca y magnifica este carácter de la figura de monseñor Escrivá como «elegido», como «enviado», como «ungido». Pero además es que es el propio fundador del Opus quien, con sus manifestaciones, contribuye con frecuencia a ello. En el último periodo de su vida, básicamente con dos tipos de comparaciones: por una parte, al presentar al Opus Dei como «el pequeño resto de Israel», como el grupo de aquellos que por su fidelidad y por su ortodoxia han sido escogidos por Dios con la misión de preservar la fe de la Iglesia (una elección y una misión de las que Escrivá es, históricamente, el instrumento por excelencia). Y, por otra parte, al poner de relieve que el Opus Dei supone en la vida de la Iglesia una realidad nueva, equiparable sólo a la de las primeras comunidades cristianas.

El fallecido periodista Luis Carandell, que tan bien caló la personalidad de Escrivá sin tan siquiera conocerle, cuenta en su Vida y milagros de monseñor Escrivá de Balaguer (pp. 42-43) que en una ocasión preguntó a un periodista amigo suyo, que pertenecía a la Obra, cuáles creía él que eran los autores que más pudieron influir en monseñor en la época de la gestación del Opus Dei. Él pensaba, por ejemplo, en los grandes místicos o ascéticos del pasado, como santa Teresa, san Ignacio o santa Catalina de Siena, o bien en escritores modernos como Ramiro de Maeztu, Unamuno, Ortega o el jesuita padre Ayala, fundador de la Congregación de «Los Luises», de la que surgió el núcleo inicial de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, o su primer presidente, Ángel Herrera. «Ante mi asombro -escribe Carandell-, y con el aplomo de quien está repitiendo una consigna, mi amigo me contestó que no había existido en monseñor ningún tipo de influencias intelectuales, por el sencillo hecho de que el Opus Dei había sido inspirado por Dios en su mente y Dios no acostumbra a compartir influencias intelectuales de ningún tipo.»

El mismo fundador lo daba a entender claramente. En un coloquio celebrado en la capilla Barbazana de la catedral de Pamplona con un grupo de periodistas, el corresponsal de France-Presse en España le preguntó:

-¿A qué atribuye usted el gran desarrollo del Opus Dei en el mundo?

A lo que el Padre respondió:

-¿Usted se lo explica? Yo, no. Humanamente no tiene explicación. Es Obra de Dios y sólo El podría satisfacer su curiosidad.

Y a partir del momento en que el Señor manifiesta a Escrivá cuál es el camino que debe seguir, su personalidad providencial se rodea de un halo de misterio, se agiganta y se va haciendo progresivamente inaccesible. Sus hijos tienen que hacerse niños que idealizan a su padre, lo mitifican y lo colocan en un pedestal, poniendo todos los medios para mantener intacto lo que en el Opus Dei se denomina su «carisma fundacional». La personalidad del Padre es la piedra angular sobre la que se sostiene todo el edificio de la Obra, y como consecuencia surge el culto a la personalidad del fundador, que crece y crece sin límites hasta llegar a ser -valga la comparación- del todo «estalinista».

Al citado Carandell, lo que le sorprende de un modo especial es el dominio que ejerce la personalidad de monseñor sobre sus discípulos, que no depende simplemente de su permanencia al frente del Instituto. «Es un dominio de tipo mental -escribe- que moldea la personalidad de sus hijos y los sintoniza con su pensamiento. Un dominio que se viene ejerciendo desde el día ya lejano en que los primeros estudiantes pasaron a formar parte del núcleo inicial de la "Gran Familia" que el Opus Dei ha llegado a ser más tarde. Un dominio que se ejercerá sin duda aun después de la desaparición física del fundador, mientras exista el Instituto. » (Con motivo de la canonización de monseñor Escrivá hemos tenido ocasión de comprobar la premonición de Carandell hecha realidad.)

Y a todo lo contado hay que sumar la campaña pedagógica que la Obra ejerce para que los socios -en especial los neófitos- se convenzan de que toda crítica ha de ser interpretada como pura «habladuría», «faena de comadres», «trapisonda, enredo, chisme, cuento, insidia», «lengua, lengua, lengua», «tu obediencia debe ser muda, ¡esa lengua!» (véanse los puntos de Camino dedicados a la crítica). Además, todo asociado de «buen espíritu» ha de obstinarse en ignorar las críticas que desde fuera se dirigen a la Obra.

En fin, que lo que le ocurrió a este muchacho cuya carta reproducimos, contando con todas estas circunstancias a las que hemos hecho referencia, le podía haber ocurrido a cualquiera. Cómo él mismo cuenta, es fácil dejarse enganchar, y difícil el desengancharse.

Pero el caso del Opus no es el único ni el primero. Sin ir más lejos, también a la causa de Adolf Hitler se engancharon muchos, y sus mecanismos externos para enganchar fueron muy parecidos.

Hitler, en el verano de 1937, tiempo en el que ya se creía infalible, declaraba: «Cuando recuerdo los cinco últimos años, puedo decir: esto no ha sido obra de la mano del hombre únicamente». Y por las mismas fechas, en uno de sus discursos dirigido al pueblo alemán, decía: «Ése es el milagro de nuestra época, que me hayáis encontrado entre tantos millones. Y yo os he encontrado a vosotros. Esa es la suerte de Alemania».

El líder nazi tenía tanta fe en sí mismo que no dejó que nada le desviara de sus propósitos y atribuía toda su energía a la «Divina Providencia». En esta idea del «providencial encuentro» le alentaba el Partido Nazi; por ejemplo, Schulz, de las SS de Pomerania, despreciaba toda comparación de Adolf Hitler con Jesucristo porque, mientras éste había tenido tan sólo doce discípulos, Hitler tenía setenta millones[12].

El último biógrafo de Hitler, sir Ian Kershaw, en su obra The Hitler Myth, declara no sentir extrañeza por la mitificación de su personaje:

Por supuesto, la inclinación a poner todas nuestras esperanzas en el «liderazgo» y autoridad de un «hombre fuerte» no es en sí misma particular de Alemania. Alentada por elites amenazadas y por la aceptación de unas masas deseosas de un liderazgo autoritario y firme, personificado con frecuencia en una figura «carismática», esta inclinación la han experimentado (y aún la experimentan) muchas sociedades en las que un sistema pluralista débil se muestra incapaz de resolver las profundas fisuras políticas e ideológicas existentes y da la impresión de encontrarse en una crisis terminal.

Ante las grandes crisis, la glorificación del liderazgo «carismático» se presenta como una tabla de salvación. ¿Y es el carisma algo natural, es decir, que se tiene o no se tiene? Los más recientes estudiosos del tema dicen que se trata de un rasgo adquirido, ya que es la percepción que los demás tienen de él lo que confiere carisma a un líder, pues, al fin y al cabo, nadie nace carismático. El Führer sólo adquirió carisma gracias a sus éxitos políticos y a sus incesantes esfuerzos por crear un culto hacia su propia personalidad.

Algunas veces, los líderes religiosos tienen carisma -al menos a los ojos de sus seguidores, como es el caso de monseñor Escrivá, hoy san Josemaría- porque su autoridad se funda en la fe. En su condición de religión secular, el nazismo no era muy diferente en este aspecto. Distintos historiadores han demostrado cuánto tenía en común la ideología nazi con un culto religioso, sobre todo en la deificación de la figura mesiánica. La autoridad del Führer estaba fuera de toda duda, y Hitler subrayó deliberadamente este carisma que se le atribuía alimentando su presunta condición de elegido e infalible.

Para finalizar, quiero decirle al joven que ha iniciado este escrito con su carta que, si quiere ver su caso definitivamente aclarado, le recomiendo la lectura de algún estudio serio sobre el mito de Hitler; él mismo podrá comprobar la cantidad de paralelismos que pueden establecerse entre este fenómeno y el que él ha vivido. Al mismo joven también puede resultarle útil y aclaratoria la lectura de una buena y crítica biografía de Franco, personaje al que monseñor Escrivá admiró y aduló en más de una ocasión. Un claro ejemplo puede ser una de las cartas que san Josemaría escribió al dictador español en el año 1958. (Las fotocopias de las cartas inéditas de Escrivá de Balaguer a Franco se conservan en el archivo de la Fundación Nacional Francisco Franco, c/ Marqués de Urquijo 10, 28008 Madrid. El original de esta carta aquí reproducida lo posee la hija del Generalísimo, duquesa de Franco.)

El texto dice así:

Al Excmo. Sr. Don Francisco Franco Bahamonde, jefe del Estado Español. Excelencia,

No quiero dejar de unir a las muchas felicitaciones que habría recibido, con motivo de la promulgación de los Principios Fundamentales, la mía personal más sincera.

La obligada ausencia de la Patria en servicio de Dios y de las almas, lejos de debilitar mi amor a España, ha venido, si cabe, a acrecentarlo. Con la perspectiva que se adquiere en esta Roma Eterna he podido ver mejor que nunca la hermosura de esa hija predilecta de la Iglesia que es mi Patria, de la que el Señor se ha servido en tantas ocasiones como instrumento para la defensa y propagación de la Santa Fe Católica en el mundo.

Aunque apartado de toda actividad política, no he podido por menos de alegrarme, como sacerdote y como español, de que la voz autorizada del jefe del Estado proclame que «la Nación española considera como timbre de honor el acatamiento de la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y Fe inseparable de la conciencia nacional que inspirará su legislación». En la fidelidad a la tradición católica de nuestro pueblo se encontrará siempre, junto con la bendición divina para las personas constituidas en autoridad, la mejor garantía de acierto en los actos de gobierno, y en la seguridad de una justa y duradera paz en el seno de la comunidad nacional.

Pido a Dios Nuestro Señor que colme a Vuestra Excelencia de toda suerte de venturas y le depare gracia abundante en el desempeño de la alta misión que tiene confiada.

Reciba, Excelencia, el testimonio de mi consideración personal más distinguida con la seguridad de mis oraciones para toda su familia.

De Vuestra Excelencia affmo. In Domino

Josemaría Escrivá de Balaguer

Roma, 23 de mayo de 1958.

Legitimar el mito: un paso fundamental

Un ex numerario mayor, que pasó sus años de juventud en Roma junto a Escrivá, dice: «Es que no han tenido ni el pudor de esperar a que desaparezcamos los testigos, es decir, a que estemos muertos. De esta forma hubieran podido, con más tranquilidad, crear una versión oficial sin riesgo de escándalo». Piensa que tantas prisas por rematar el proceso de canonización se han debido, en parte, a la inseguridad. Con Juan Pablo II parece que todo lo tienen a favor, pero si este papa hubiera fallecido en el transcurso de estos diez o quince últimos años, el Opus Dei hubiera corrido el riesgo de dejar de ser el number one y, por tanto, de no tenerlo todo tan fácil. Había que aprovechar la buena estrella para conseguir santificar el mito del fundador; una vez conseguido, todo queda legitimado y la «ejemplaridad» probada.

«Hablo de mito -añade-, porque aquí ha funcionado una auténtica tarea de marketing; han querido hacer, y han hecho, de Escrivá, una Coca-Cola beata para calmar la sed de santidad que padecían el fundador y su Obra. Al subirlo a los altares han calmado su sed, pero otros nos preguntamos: si monseñor está ya encaramado a los altares, ¿dónde vamos a encaramar ahora a los verdaderamente buenos?»

A continuación cuenta que el Opus Dei confía del todo en Juan Pablo II, pero siempre ha desconfiado de la Iglesia católica. Para los directivos de la Obra ellos son el único criterio, y la historia reciente se ha encargado de dejarlo patente. ¿Por qué les pareció bueno este papa? Porque estaba de acuerdo con lo que el Opus hacía. Pablo VI no les parecía bueno porque no estaba de acuerdo, y Juan XXIII tampoco era «santo de su devoción» porque no les hacía el juego, aparte de que tampoco les gustaba por sus orígenes campesinos y, sobre todo, por haber convocado el Concilio Vaticano II.

A propósito del mito Escrivá, poco después de su canonización, publiqué en el diario El Mundo (5 de noviembre de 2002) una carta en la que decía:

[...] Se ha hecho un santo de diseño -diseño que él mismo se encargó de hacer ya en vida-: han inventado un personaje para convertirlo en modeló emblemático de determinados ideales; han hecho un resumen de todas las virtudes atribuidas a su imagen, han buscado testimonios que apoyen esa imagen, y ya poco importa la realidad y la autenticidad del personaje.

Algo innegable es que Escrivá era un hombre de fe, un convencido de que era un elegido de los cielos para realizar su «obra de Dios», y puso toda la carne en el asador para conseguirlo, hasta tal punto que se automitificó y todos los socios de su asociación debíamos hacer permanente propaganda de ese mito.

Juan Pablo II ha canonizado una idea -la aspiración del cristiano a la santidad en medio del mundo-, la idea que me llevó a apuntarme al Opus Dei y más tarde también a desapuntarme.

En fin, hay personajes que están a la altura de su leyenda, mientras que otros tienen que recurrir a muy estudiadas técnicas de autopropaganda para ampliar su figura y su imagen y poder entrar así en el imaginario colectivo, algo que resulta más inmortal que los libros de Historia.

Hay acontecimientos que con el tiempo se vuelven legendarios. Se trata de acontecimientos significativos o tenidos por tales por los formadores de leyendas. La finalidad de una leyenda es poner de manifiesto el significado de una persona histórica o de un acontecimiento histórico. La verdad de una leyenda no se basa en que todo lo que cuenta sucedió punto por punto, sino en captar lo que se considera principal e interpretarlo.

De leyendas, sin duda, san Josemaría sabía, es más, él mismo tenía mucha prisa por hacerse legendario, por eso aprovechaba los acontecimientos más insignificantes para conseguir que los suyos los convirtieran rápidamente en acontecimientos simbólicos. Y en esa imparable carrera de convertirse en leyenda, no pocos hechos reales fueron falseados, o simplemente silenciados, y algunos fueron inventados. Los que le rodeaban debían colaborar con una propaganda activa y, con sus imágenes o relatos testimoniales o aparentemente testimoniales, debían contribuir a la sobrevaloración de cualquier acontecimiento que tuviera alguna relación con la historia del Padre, su historia. En la descripción de dichos acontecimientos no convenía distinguir los hechos de las ficciones (base de toda auténtica ciencia histórica) sino sobrevalorar el acontecimiento, y punto, para ir así formando la leyenda y el personaje legendario. Un ex numerario, catedrático de Derecho, que pasó varios años en Roma junto a Escrivá, me cuenta que a los/las que no entraban en este juego, porque su sentido de la realidad les llevaba a distinguir entre hechos y ficciones, o bien porque no les salía de dentro, o se les daba mal lo de sobrevalorar acontecimientos, monseñor Escrivá no los/las quería tener cerca de él y, con uno u otro motivo, los/las mandaba bien lejos. «Además -dice mi interlocutor- tenía un olfato especial para detectar quién entraba en el juego y quién no».

Joan Estruch, en su estudio sobre El Opus Dei y sus paradojas, hace hincapié en esa permanente insistencia de «hombre escogido», por parte de los suyos: en ciertas ocasiones podría hablarse casi de «mesianismo» en el caso del fundador de la Obra[13]. Y no sólo a tenor de los términos utilizados por la literatura «oficial» para referirse a su iluminación o visión del año 1928, presentándole como «el instrumento elegido por Dios para realizar en la tierra la empresa divina del Opus Dei».

A Estruch le llama la atención cómo la literatura hagiográfica destaca y magnifica este carácter de la figura de monseñor Escrivá como «elegido», como «enviado», como «ungido». Pero aún le sorprende más que sea el propio fundador del Opus quien, con sus manifestaciones, contribuye con frecuencia a ello (14). En el último periodo de su vida -dice-, básicamente con dos tipos de comparaciones: por una parte, al presentar al Opus Dei como «el pequeño resto de Israel», como el grupo de aquellos que, por su fidelidad y por su ortodoxia, han sido escogidos por Dios con la misión de preservar la fe de la Iglesia (una elección y una misión de las que Escrivá es, históricamente, el instrumento por excelencia). Y, por otra parte, al poner de relieve que el Opus Dei supone en la vida de la Iglesia una realidad nueva, equiparable sólo a la de las primeras comunidades cristianas. «Dentro de la Iglesia católica -concluye Estruch-, en efecto, esta pretensión de conexión directa con las comunidades cristianas primitivas, por inspiración divina no menos directa, ha sido una de las características de todos los movimientos de tipo mesiánico.»

El autor de Santos y Pillos puntualiza que los biógrafos «oficiales» han tenido quizá el privilegio de dormir con la cabeza encima de los documentos del «Registro Histórico del Fundador», pero no se han dado cuenta de que con esto no bastaba. «Han querido mitificar al Padre -insiste- y lo han convertido en un fetiche, un "ser deforme", un "caso para que lo estudie un médico modernista". No existe aún un buen estudio sobre monseñor Escrivá. Y el personaje lo merece [14]

Después de escuchar con toda atención las opiniones de distintos ex asociados y ex asociadas que estuvieron cerca, y algunos hasta muy cerca, de Escrivá, me reafirmo en que buena parte de la fama y el prestigio que rodeaba y rodea su figura se debe, más que a su personalidad real, al anecdotario surgido en su entorno, que unas veces fue motivado por su propio esfuerzo por poner en evidencia siempre y en cualquier circunstancia su naturaleza de ungido, y otras por el extremo cuidado desplegado por parte de quienes le rodearon; ellos potenciaron su naturaleza como elegido de Dios.

La fama y la gloria de muchos de los personajes que han contado con ella alcanzaron su realce gracias a la publicidad que se dio de sus actos desde el mismo momento de llevarlos a cabo. Detrás de cada época, y junto a cada protagonista de los que han determinado los capítulos esenciales del devenir histórico, ha habido siempre unas ideas publicitadas por personas de su entorno, dedicadas a promocionarlas, y sin cuya exaltación esos protagonistas no habrían logrado la fama que adquirieron. Y es que cuando la semilla sembrada por una determinada doctrina sale victoriosa, aquella exaltación primera se troca en paradigma y el personaje carismático pasa así a convertirse en modelo emblemático de determinados ideales y en un auténtico motor de toda una Historia llena de su carisma.

Desencadenada esta historia y desaparecido el carismático personaje que la promovió, el séquito que contribuyó a tal desencadenamiento se convierte en una clase dominante que necesita estabilizar su dominio, legitimarse, pasar a ser, definitivamente, séquito carismático continuador del carisma de la historia original. Este fenómeno lo explica como nadie Max Weber en su Sociología de la autoridad carismática. El padre de los sociólogos observa que, cuando el carisma se convierte en institución permanente de una comunidad, queda destinado a dar paso a poderes tradicionales y de socialización racional. En general, este desvanecimiento del carisma indica una disminución de la importancia de la acción individual[15]Y el más irresistible de los poderes que reducen la importancia de la acción individual es la disciplina racional.

El contenido de la disciplina no es más que la ejecución consistentemente racionalizada, metódicamente enseñada y exacta de la orden recibida, en la cual se suprime incondicionalmente toda crítica personal y el actor se dispone a poner en práctica la orden, de modo exclusivo y sin vacilación. Además, esta conducta bajo órdenes es uniforme. Su cualidad de acción comunal de una organización de «masas» condiciona los efectos específicos de dicha uniformidad. Los que obedecen no constituyen necesariamente una masa que responde al unísono, y tampoco se hallan especialmente reunidos en una localidad específica. Lo decisivo para la disciplina es que la obediencia de una pluralidad de personas sea racionalmente uniforme.

Weber continúa diciendo que, una vez desaparecido el líder carismático, su séquito sólo puede mantener su vigilancia y su superioridad sobre sus súbditos mediante una disciplina estricta. La disciplina viene así a sustituir al éxtasis heroico o a la devoción individual[16], al entusiasmo arrebatado o la devoción por un dirigente, por la habituación a una práctica «rutinizada».

En todos estos complejos «tejemanejes», no cabe la menor duda de que los más interesados en «legitimar» o«santificar» al «líder carismático» son los que forman su séquito más próximo; en conseguirlo o no, les va la vida, bueno, su vida. Decir legitimación es decir reconocimiento de sus posiciones y saberlas así también santificadas. De este modo se conservan los elementos carismáticos traducidos en estructura de dominación.

Según Weber, el poder extraordinario, «sobrenatural y divino» del carisma, se convierte, una vez «rutinizado», en fuente adecuada para la adquisición legítima de poder soberano por los sucesores del héroe carismático[17]. En consecuencia, el carisma «rutinizado» continúa favoreciendo, en especial, a aquellos cuyo poder y posesión se hallan garantizados por ese poder soberano y que, por tanto, dependen de la existencia continuada de ése.

Legitimar el mito era un paso fundamental, no sólo para satisfacer el insistente deseo de Escrivá de llegar a ser san Josemaría, sino también para la continuidad de su institución.

Un caudillismo ambicioso

Es vasco por los cuatro costados y tiene 43 años. Me cuenta en su carta que estudió la carrera de Derecho en la Universidad de Navarra, que frecuentó el colegio mayor Belagua, que conoce bien todos los «tics» del Opus, pero que no pudieron con él, es decir, que por más que le persiguieron no dieron con la meta de «pescarle». Explica también que él fue siempre un hombre pacífico -y hasta de principios pacifistas-, está felizmente casado, tiene tres hijos y trabaja en un próspero negocio familiar en el que «curran» tres generaciones (abuelo, padre y tíos, y nietos). Hace hincapié en lo de pacífico y pacifista porque, según dice, una de las cosas que más le chocaron de la Obra fue el empeño de hacerle entender la espiritualidad cristiana como un caudillismo ambicioso en todos los campos, aunque revestido de espiritualismo; un caudillaje, en definitiva, que apunta a un cristianismo elitista y uniformado: «¿Adocenarte? ¿Tú del montón? Si has nacido para caudillo.» (Camino n.° 15.) «[.,.] Y, después, guía, jefe, ¡caudillo!..., que obligues, que arrastres, con tu ejemplo y con tu palabra y con tu ciencia y con tu imperio.» (Camino n.° 19.)

En esta misma línea he recibido varias cartas, todas ellas escritas por varones. No me he detenido a analizar el fenómeno, pero es posible que el asunto vaya por lo de que, al leer o meditar todos aquellos puntos de Camino que hablan del caudillaje, tal vez las mujeres dábamos por supuesto que iban dirigidos a los varones, ya que nosotras pensábamos poco, o nada, en lo de grandes liderazgos[18] o en arrastrar masas.

El sociólogo Joan Estruch, en su libro Santos y Pillos, dedica la primera parte de su trabajo a llevar a cabo una aproximación histórica y sociológica al fenómeno Opus Dei, y en ella escribe:

Por más que en la actualidad se insista en que Camino se dirige a hombres y mujeres, solteros y casados, de toda clase social y de cualquier profesión, lo cierto es que fue redactado pensando fundamentalmente en hombres, jóvenes, de buena familia, universitarios, y dispuestos a comprometerse a una vida de celibato. Unos hombres llamados justamente a no ser «clase de tropa», antes, muy al contrario, «caudillos». «¡Has nacido para caudillo?» (Camino n.° 16); «Viriliza tu voluntad para que Dios te haga caudillo» (n.° 833); «Me dijiste que querías ser caudillo» (n.º 931)[19].

El profesor Estruch[20] dice que el recurso de Escrivá al elegir como modelo el piramidal del Ejército no le sorprende, dadas las circunstancias:

No es tan sorprendente, si se tiene en cuenta el contexto histórico en el que se publica Camino, así como el tipo de personas a quienes va dirigido. En efecto Camino se publica en 1939, inmediatamente después de concluir la guerra española («Año de la Victoria», según consta en la primera edición). Y el Opus Dei se estructurará a partir de esa fecha de acuerdo con un modelo piramidal, fuertemente jerarquizado, con categorías distintas de miembros (como queda especificado en las Constituciones de 1950), hasta el punto de que el propio Escrivá lo definirá en más de una ocasión como un «ejército ordenado» [21].

Lo que sí sorprende es comprobar que, pasados más de sesenta años, Camino no haya cambiado su terminología y, sin embargo, con ese lenguaje tan de una época determinada y tan poco parecido al del Evangelio, continúe siendo punto de referencia y guía espiritual de muchos miles de hombres y mujeres. Para mí esto sí que resulta, más que sorprendente, pasmoso. Pues, ¿qué facultades son las que cuentan en la selección de un caudillo? Aparte de las cualidades de voluntad, decisivas para todo en este mundo, lo que cuenta, sobre todo, es el poder del discurso demagógico; para mover a las masas el caudillo utiliza medios puramente emocionales; utiliza la emotividad de las masas.

No podemos hablar de caudillaje y de caudillos sin tener en cuenta a los seguidores; ¿qué pintaría un caudillo sin una masa, cuanta más mejor, que le siga? Según Max Weber, que trató a fondo este tema del caudillaje, hay tres formas de seguir a algo o a alguien: tradición, razón y carisma, que corresponden a tres principios de obediencia. El hombre obedece a los jefes que la costumbre consagra, que la razón designa o que el entusiasmo eleva por encima de los demás. Los abuelos, los organizadores y los profetas simbolizan respectivamente estas tres fuentes de legitimidad.

La entrega al carisma del profeta, del caudillo, o del gran demagogo, significa, en efecto, que esta figura es vista como la de alguien que está internamente «llamado» a ser conductor de hombres, los cuales no le prestan obediencia porque lo mande la costumbre o una norma legal, sino porque creen en él. Y él mismo, si no es un mezquino advenedizo efímero y presuntuoso, «vive para su obra». Pero es a una persona y a sus cualidades a las que se entrega el discipulado, el séquito, el partido. «El caudillaje -afirma Max Weber- ha surgido en todos los lugares y épocas bajo uno de estos dos aspectos, los más importantes en el pasado: el de mago o profeta, de una parte, y el de príncipe guerrero, jefe de banda o "condottiero", de la otra.»

¿Y qué precio se paga por la dirección de un caudillo? Max Weber nos habla de la «desespiritualización» de sus seguidores; de su proletarización espiritual. Afirma textualmente: «Para ser aparato utilizable por el caudillo han de obedecer ciegamente, convertirse en una máquina, no sentirse perturbados por vanidades de notables y pretensiones de tener opinión propia». Más adelante, el mismo Weber añade: «Como en todo aparato sometido a una jefatura, una de las condiciones del éxito es el empobrecimiento espiritual, la cosificación, la proletarización espiritual en pro de la "disciplina". El séquito triunfante de un caudillo ideológico suele así transformarse con especial facilidad en un grupo completamente ordinario de prebendados».

Para acabar, he de decir -en especial a los que me han planteado este tema- que entonces como hoy buscaba y busco maestros no caudillos y que, como digo al principio de estas reflexiones, nunca me planteé lo de ser caudillo, aparte de que en mis tiempos caudillo, lo que se dice caudillo, parecía sólo haber uno, el de España: Francisco Franco.

Yo buscaba maestros que me ayudaran a enriquecer mi visión del mundo, y me enseñaran y animaran a gobernar mi vida y hacerme más y mejor persona; para aprender a dirigir mi conducta, para enseñarme a saber escuchar la voz del Espíritu. El maestro aporta método y disciplina para llevar a cabo todos estos descubrimientos; aporta claridad para verse a uno mismo mejor.

Buscaba maestros, no demagogos. El maestro aporta claridad y responsabilidad. Lo del caudillaje, ciertamente, siempre me quedó muy lejos.

Especialistas en modificar e inventar

Dice que se dirige a mí con todo cariño pero, a continuación, casi hasta me regaña, porque en mi anterior libro no digo una sola palabra acerca de cómo en el Opus Dei, desde sus comienzos, se han tergiversado distintos hechos y fechas de cuándo sucedió o cuándo se escribió esto o aquello. Nunca más a propósito que aquel refrán de: «Así se escribe la historia».

Me lo cuenta una ex numeraria de los primeros tiempos, trayendo a colación distintos recuerdos y anécdotas sustanciosas en las que -en todas ellas- puede establecerse un denominador común: la clara intencionalidad de modificar y reinterpretar los hechos (lo que había ocurrido o lo que estaba ocurriendo). Para no aburrir al lector -como he hecho ya en otras ocasiones y pienso que lo voy a seguir haciendo a lo largo de este trabajo-, elijo uno, entre la multitud de relatos, que me parece claramente significativo.

La ex numeraria que, con todo cariño, casi me regañaba -digo casi porque era consciente de que yo no tenía por qué saber todo lo que ella sí había tenido ocasión de conocer-, cuenta que, cuando vivía en Roma, ella y las sirvientas elegidas para tan insigne tarea se encargaban de limpiar los aposentos del Padre. Con toda discreción y fervor -y supongo que también con la misma dosis de curiosidad-, cuando venía al caso, echaba una ojeada a los distintos apuntes y notas que monseñor Escrivá dejaba sobre su mesa y, por tanto, estaban a la vista. Ella lo consideraba como algo valiosísimo y casi sagrado. Pero, cuál fue su asombro, cuando empezó a comprobar que distintos escritos del Padre que iban apareciendo en las publicaciones internas -los mismos que ella había leído en el transcurso de sus limpiezas- se editaban con fechas de hacía ya algunos años. A la vez, los sacerdotes se encargaban, en sus prédicas, de dejar bien claro que el Padre era un pionero, que se había adelantado a los tiempos, y que la inspiración divina era lo que le había llevado a ver, con mucha antelación, lo que otros, dentro de la Iglesia, parecía que estaban empezando a comprender.

De este tema realmente yo no sabía nada, pero tan nada de nada, que nunca llegué ni tan siquiera a plantearme el que en la Obra pudiera haber especialistas en modificar y reinventar fechas y aconteceres, y, menos aún, que el creador de tal montaje, o al menos el que lo apoyaba directamente, fuera el propio fundador. Lo que primero me abrió los ojos en este sentido fue el libro, del catedrático de sociología Joan Estruch, Santos y pillos, el Opus Dei y sus paradojas, que trata el tema de forma seria y desapasionada. Escribe Estruch:

Así, en nombre de la posterior internacionalización del Opus Dei, se niega su carácter originalmente español y, en cierto sentido, «típicamente» español incluso. En nombre de la -relativa- diversidad de posiciones sociales de sus actuales miembros, se reivindica también para el pasado esa misma diversidad. En nombre de la -no menos relativa- pluralidad de sus opciones ideológicas actuales, se niega la existencia de una modalidad anterior de pensamiento que no era pluralista en absoluto. Y una vez comprobada -muy a pesar suyo, por lo demás- la irreversibilidad de toda una serie de cambios introducidos en la Iglesia católica a raíz del Concilio Vaticano II, el Opus Dei pretende presentarse actualmente como un precursor de esos mismos cambios.

Joan Estruch resume diciendo:

Podría decirse en este sentido que toda la historia del Opus Dei constituye un ejemplo monumental y extraordinario de aquella actitud que consiste en «modificar el pasado» y en reinterpretarlo, adaptándolo a las circunstancias y a los intereses del presente. De ahí que el esfuerzo por situar al Opus Dei en el contexto histórico en el que nació y se desarrolló termine siendo un ejercicio particularmente atractivo, a la vez que particularmente complejo y previsiblemente polémico.[22].

El lector quizá se pregunte cómo puede ser que, después de nueve años de haber estado en la Obra, sea uno de fuera el que ayuda a abrir los ojos. Una respuesta, que suena a rotunda pero que es muy válida, la daba el sociólogo Alberto Moncada en su libro Los españoles y su fe, al afirmar que «la verdadera historia del Opus no se va a contar nunca. Los que saben poco, porque lo simplifican todo, en un sentido o en otro. Los que saben las verdades, por diferentes tipos de miedo o cobardía»[23].

En su intento de llevar a cabo un trabajo serio y lo más objetivo posible sobre el Opus Dei, J. Estruch se encontró con muchas sorpresas de este tipo: las fechas no coinciden con los dichos y los hechos, y, al revés, los hechos y los dichos no encajan con las fechas. Es especialmente significativo el análisis que lleva a cabo de la carta del Padre «Non ignoratis», con fecha 2 de octubre de 1958, en la que Escrivá deja claro que a su asociación no quiere que se le aplique nunca más el nombre de instituto secular.

Después de empaparse de su contenido, el autor que comentamos comprueba con asombro que Salvador Canals, sacerdote de la Obra y uno de los más estrechos colaboradores de Escrivá, publica en 1960 y en Ediciones Rialp un libro titulado Los institutos seculares, en el que se muestra del todo identificado con este tipo de asociaciones. Estruch llega a la conclusión de que la única forma de hacer comprensible el trabajo de Canals es suponer que el autor ignoraba por completo el texto de la «Non ignoratis». ¿Y cómo lo desconocía si hacía ya dos años que se había escrito?

El autor de Santos y pillos se plantea los siguientes interrogantes:

¿Realmente redactó monseñor Escrivá la carta «Non ignoratis» el día 2 de octubre de 1958? Si la escribió, ¿la envió a sus «hijas e hijos»? ¿Con alguna condición, como por ejemplo la prohibición de hacer uso de ella? ¿Podría haberse escrito la carta con posterioridad a 1958 y antes de 1964? ¿Podría haber sido redactada incluso entre 1964 y 1975, año de la muerte del fundador? Y por último, con el fin de no omitir ningún interrogante posible -verosímil o inverosímil-, ¿podría haber sido redactada después de 1975 y no ser, por consiguiente, una carta de monseñor Escrivá?[24]

En su intento de aproximación histórica y sociológica al Opus Dei, Estruch se encuentra con la realidad de un revuelto «rompecabezas», y lo manifiesta así:

En algunas ocasiones nuestro ya mareado constructor del «rompecabezas» acaba teniendo la clarísima sensación de que quienes le han precedido se han dedicado a colocar en algunas zonas más piezas de la cuenta. Algunos pedazos de puzzle aparecen superpoblados y se presentan como excesivamente completos. Al observarlo con mayor detalle, le parece comprobar que algunas piezas a primera vista están efectivamente bien encajadas, pero en realidad encajan de modo forzado. En otras palabras, al rompecabezas ahora le sobran piezas. Unas piezas que, aunque bastante parecidas a las originales, probablemente no forman parte de él[25].

Ante tal «quebradero de coco», el profesor Estruch recuerda lo que los autores Berger y Luckmann dicen sobre el fenómeno de la alteración, concretamente cuando éstos hablan de las «reinterpretaciones específicas de ciertos acontecimientos del pasado» que el individuo quisiera olvidar por completo:

[...] Pero como olvidar algo por completo resulta francamente difícil, [...] dado que resulta algo más fácil inventar cosas que no han sucedido, que olvidar las que han tenido lugar, el individuo puede fabricar acontecimientos y colocarlos donde sea preciso con el fin de armonizar el pasado que recuerda con lo que reinterpreta. Y puesto que la realidad que ahora le resulta plausible es la nueva y no la vieja, el individuo puede hacerlo con toda «sinceridad»: no es que mienta sobre el pasado, sino que lo ajusta a la «verdad», la cual necesariamente ha de comprender tanto el presente como el mismo pasado.

Resulta curioso y hasta divertido, si no fuera por la trascendencia del tema, comprobar que el sesudo catedrático de Sociología, con su trabajo de investigación, y la ex numeraria, con su sencilla tarea de limpieza, coinciden del todo en los resultados de sus indagaciones. Uno y otro detectan que el «rompecabezas» está enmarañado; uno y otro descubren que en la historia oficial que se pretende hacer de la Obra hay escritos, dichos, hechos y fechas amañados.

Para finalizar el presente apunte, incluyo en estas páginas una pequeña parte del largo informe que un profesor de filosofía, entonces numerario de la Obra, dirigió en 1995 a sus directores acompañando a su correspondiente carta de dimisión. Bajo el título «Interés y verdad» dice:

La falta de intelección de las cosas de la Obra es especialmente grave en una institución que está dirigida primordialmente a los intelectuales. Por eso, es sorprendente que los que llevan mucho tiempo en la Obra y que, en teoría, son intelectuales, no conozcan la historia real de la Obra, sino sólo una historia «ad usum delphini». Por eso, la impresión que incluso un numerario mayor e intelectual puede tener es que, en la Obra, no hay verdadera comunicación ni transparencia, ni se sabe realmente lo que pasa: todo son decisiones de los directores que uno tiene que asumir sin conocer verdaderamente la realidad. Pero, en mi opinión, es muy difícil -por no decir imposible- hacer propio algo que no se conoce a fondo, algo que no sea transparente.

Poniendo algunos ejemplos. En Casa se practica sistemáticamente la «damnatio historiae»: el pasado --como en la Roma decadente y en la antigua URSS- es continuamente reinterpretado, cambiado, para adecuarlo a los intereses prácticos del momento. Por ejemplo, los que han «despitado» dejan de existir para los de Casa: se omite rigurosamente su nombre en las reuniones del Centro en que vivió durante muchos años (incluso se indica -como me ocurrió a mí- que no se frecuente el trato con los que han despitado); se expurgan continuamente los álbumes de fotos; se cortan y sustituyen por otras las páginas de las «Crónicas», que no se adecuan a los intereses actuales (editoriales, fotos, artículos varios). En una palabra, nadie sabe realmente la historia interna de la Obra.

Otros ejemplos en la línea de la falta de transparencia pueden ser los siguientes. En los Centros no se sabe lo que cuestan las cosas, ni lo que se debe, ni cómo van las cuentas, ni..., ¿cómo se van a asumir responsablemente sus necesidades si se ignora la situación real? No se trata, evidentemente, de que los directores tengan que justificar a cada momento lo que hacen, pero que, al menos, se sepa, en líneas generales, cómo funcionan las cosas. A la postre, siempre sucede lo mismo: sin conocimiento no puede haber ni libertad ni responsabilidad ni asumir algo como propio.

En definitiva, quiero decir que lo que interesa en cada momento prevalece sobre la verdad. Todo lo que diga en esta línea me parecerá siempre poco: la mayor traición que puede darse es no someterse a la verdad, ocultarla, manipularla. Convertirnos en «políticos» es hacer traición esencial al espíritu, no sólo al de Casa, sino al espíritu sin más: sólo la verdad libera -verdad teórica y verdad práctica-; sólo se puede practicar el bien dentro de un respeto exquisito a la verdad.

Recientemente, leyendo el demoledor testimonio de una ex numeraria que hace muy poco se fue de la Obra después de casi veinte años de militancia, compruebo que también trata este tema de las modificaciones, invenciones y manipulaciones. En concreto, al referirse al libro de monseñor Escrivá Via Crucis, publicado a principios de los años ochenta, Ana Azanza comenta [26]: «Ellos dicen que el libro lo escribió el fundador del Opus Dei, pero hay tantas cosas que van saliendo con el paso de los años, "auténticas" de monseñor que luego se descubre que son "apaños" de palabras suyas pronunciadas por él en distintos momentos y aumentadas por sus seguidores, que ya no sé que pensar».

Refiriéndose a este mismo tema, páginas más adelante afirma (p. 172): «En el Opus se reescribe la historia las veces que haga falta para que se vea la sobrenaturalidad del camino, todo lo cual demuestra que no es un auténtico camino. En los caminos de verdad hay subidas y bajadas, piedras con las que se tropieza, caídas y necesidad de levantarse, polvo que se pega y hay que sacudírselo, algún que otro bache o socavón. La Obra, si se les cree a ellos, toda su bibliografía lo demuestra fehacientemente, es como la estrella de los Reyes Magos, deja una estela de luz por donde pasa sin ninguna sombra. Saben muy bien que ocultan todo lo que no les interesa que se sepa».

Fabricó su propio índice

Jóvenes -de ambos sexos- que apuntaban a intelectuales me cuentan la cantidad de trabas con las que se fueron encontrando desde los inicios de su compromiso con la institución. Antes no, la imagen que les vendían de sí mismos era la de ser todo lo contrario: ellos eran la auténtica apertura y la verdadera libertad. Desde el momento en que se llevaba a cabo la admisión en la Obra, enseguida empezaban las cribas y las censuras en todo tipo de lecturas: este autor, con reparos; aquel otro, no; casi todos los demás, tampoco. Pero, bueno, la cosa no era para tanto -les decían-, porque la solución estaba en leer un resumen, que te daban ya elaborado, acerca de lo que había que decir sobre tal o cual pensador, y eso parecía ya ser más que suficiente.

Uno de estos jóvenes me cuenta que se quedó perplejo el día que vio en un vídeo la imagen de san Josemaría, entonces monseñor Escrivá, en una de sus alocuciones públicas, que aparecía en plan chistoso, levantando el dedo índice de su mano derecha y diciendo: «Cuando el Papa quitó el Índice de la Iglesia, yo puse el mío».

Efectivamente, todo miembro de la institución que quiere leer un determinado libro ha de consultar previamente un fichero donde se indica si se puede leer o no. A veces ocurre que el trabajo puede ser leído con ciertas reservas. En este caso se indica también la lectura de otro texto que pueda servir de antídoto. Suponiendo que, por fuerza mayor, el numerario/a necesite trabajar sobre una obra censurada, como puede ser El capital de Karl Marx, se le proporcionará una sinopsis del libro enfocada desde la particular óptica del Opus. Lógicamente, si no existe dicha sinopsis, el asociado no tendrá más remedio que ingeniárselas para evitar hacer ese trabajo.

Al referirse a esta férrea censura de los libros, un joven ex numerario irlandés, Colm Larkin, declaraba a Fergal Bowers:

Todavía creo en los principales objetivos y principios del movimiento, pero me apena el contemplar cómo se llevan a la práctica a lo largo de los años. Por ejemplo, mientras estudiaba en Nullamore se aplicaba un riguroso código de censura. Todos los libros y revistas que potencialmente pudiesen ser leídos por los miembros del Opus Dei llevaban un coeficiente de censura que iba de uno a seis. El libro lo podía leer cualquiera si llevaba un coeficiente uno. Un coeficiente de dos indicaba que había que pedir permiso para leer ese libro concreto. Los libros que llevaban un coeficiente de tres a cinco los podían leer los socios dependiendo de su veteranía. Si el libro tenía un coeficiente de seis no lo podía leer nadie. De hecho había que erradicarlo de las casas de la Obra. [...] Pienso que este tipo de actitudes infringen el derecho a la libertad personal y rayan en el antiintelectualismo[27].

Esta limitación de información externa se extiende también a la prensa, radio y televisión. El asociado debe consultar al director la conveniencia de leer, ver u oír cualquier periódico, programa de televisión o de radio.

Hoy ya no existe el índice, como tampoco hay Santa Inquisición. Pero eso no quiere decir que en el seno de la Iglesia haya desaparecido toda forma de control, ya que sobreviven distintos métodos para llevar a cabo las imposiciones convenientes. El control reaparece en otras formas y bajo otros nombres, con su policía, sus tribunales, sus interrogatorios, sus peculiares procedimientos y su aniquilación sistemática de todo disenso. Hoy a los clérigos y teólogos se les puede condenar al silencio, a retractaciones, y hasta a la desesperación. Y todo esto, a pesar de que, después del Concilio Vaticano II, el Santo Oficio es sólo un recuerdo. Fue Pablo VI quien, por el motu proprio «Integrae servandae», cambió a fines de 1965 el nombre y los métodos del Santo Oficio. Desde entonces los procesos ya no son secretos, y los escritores pueden defenderse. La actual Congregación para la Doctrina de la Fe juzga los errores según las normas procesales ordinarias y recurre al consejo de expertos encargado del examen de los textos controvertidos.

Como se puede observar, en la Iglesia actual no hay índice para anatematizar y poner en la «lista negra» a los autores en general, pero sí existen controles para los autores de dentro de la propia Iglesia. ¿No es así la censura ya más que suficiente? A san Josemaría le sabía a poco, por eso decidió fabricar su propio índice.

Un profesor universitario me ha enviado, desde su luminosa tierra andaluza, el interesante informe que entregó a sus directores de la Obra hace ocho años, poco antes de presentar su dimisión como miembro numerario. Lo titula Vida intelectual en el Opus Dei y, de forma extractada, recogemos aquí su contenido:

Si es que queremos dar la vuelta al mundo; si es que pretendemos no sólo influir, sino crear pensamiento, ciencia, cultura, y hacer que el mundo occidental vuelva a ser cristiano de los pies a la cabeza, el capítulo de la vida intelectual, especialmente de los numerarios, es capital.

Es decisivo darse cuenta de que esto es una tarea primordial. Sin una verdadera vida intelectual y cultural es imposible recristianizar la vieja Europa. Vida del espíritu significa que no se pueden recorrer los mismos cauces trillados, seguir fielmente -sin apartarse por miedo al error- a los maestros del pasado. Haciendo un balance muy general, puede decirse que, desde los siglos XVII-XVIII, los católicos hemos perdido el liderazgo de la ciencia y el pensamiento. Recuperarlo implica volver a recrear todo el mundo de la cultura, y eso no se hace a través de un acatamiento reverencial al pasado.

Quizá la institución que más podría haber contribuido a esa no ya renovación, sino refundimiento de todo el pensamiento es el Opus Dei, pero, por desgracia, no ha sido capaz de asumir institucionalmente el reto que suponía la modernidad y mucho menos los enormes cambios sociales y culturales de la segunda mitad del siglo XX. Es más, creo que ha sucedido todo lo contrario: se han puesto todos los medios para que la formación intelectual y cultural de los miembros de la Obra respondiera a caminos ya recorridos, a visiones de la realidad ya caducas. Ya sé que los directores se han movido por prudencia, por el bonum animarum -yo no juzgo los motivos, ni discuto su conveniencia para la piedad-, pero sucede que la Obra no es lo que debería haber sido: la fuerza renovadora de la cultura y el pensamiento.

Creo que no nos hemos hecho cargo de que renovar la vida cultural e intelectual de la sociedad implica dedicarse a fondo, sin miedo, con libertad, a esas cuestiones. Por un lado, hay que dedicar muchas horas cada día y muchos años para poder hacer algo medio serio en el campo del pensamiento y, por otro, tener mucha sensibilidad para lo que sucede en el mundo, sin estar encerrados en determinadas corrientes.

Son muchos los frentes en los que institucionalmente se ha impulsado a los miembros de la Obra en una dirección errada. Señalo algunos.

Ya en nuestros mismos estatutos se dice que nos debemos formar según el tomismo (Statuta, 103). Ciertamente la Iglesia así lo pidió a principios del siglo XX, pero ya no es así. Lo que deberíamos hacer es formarnos intelectualmente según el estado actual de la investigación filosófica, teológica, antropológica, sociológica, etc. Nos importa la verdad, no la «ortodoxia», ni la seguridad doctrinal.

Además, esa directriz se ha concretado hasta extremos excesivos: en la segunda mitad de los años setenta del siglo XX -me refiero a estas fechas porque son las que yo viví-, en nuestro Colegio Romano se estudiaba la teología con los textos de santo Tomás -en las clases se leían en voz alta y se comentaban-, exactamente igual que si estuviéramos en 1275. Lo cual, aparte de contribuir poco al conocimiento de lo que hoy día pasa, es un «desprecio» a la investigación de nuestros colegas, y un pésimo método pedagógico.

La renovación que el mundo esperaba de nosotros en teología y filosofía se concretó, por entonces, en editar en castellano las obras de santo Tomás.

Esta orientación de los estudios se agravó por las restricciones, en las lecturas, hasta el punto de que en la Obra se creó una escuela oficial de orientación fabriana (de Cornelio Fabro), donde todo se juzgaba según una particular interpretación del tomismo. Igualmente la historia de la filosofía se interpretaba según un modelo oficial interno. Esto explica que se consideraran escritos perniciosos libros que después han tenido que ser «recalificados», como, por ejemplo, los de Ratzinger.

En la Obra se ha descuidado muy notablemente el estudio de la teología y de la filosofía, y en general todo el cultivo del mundo del espíritu. Las clases internas de nuestros cursos anuales -hablo de mi experiencia- son penosas: con un nivel muy bajo, sin una verdadera intelección de los problemas, repitiendo fórmulas hechas sin ninguna vida. Las charlas doctrinales son dadas por personas no suficientemente preparadas, que se limitan a exponer guiones. Los guiones internos carecen muchas veces del mínimo rigor intelectual; por ejemplo, el que había sobre la doctrina católica contenía no pocos errores filosóficos y teológicos (escribí una serie de observaciones sobre él, pero ante la inutilidad de mis sugerencias, desistí por cansancio).

El sistema de calificaciones doctrinales de libros y, en general, todo el asesoramiento doctrinal debe basarse en un presupuesto: la ciencia de quien lo hace; dejarse guiar por un ignorante quizá sea una buena ayuda para la humildad, pero no para la búsqueda de la verdad.

En teoría, lo que se hace en la Obra es eso: una valoración justa; pero de hecho la gente que las hace no sabe suficientemente y se deja guiar por clichés. Por ejemplo, cuando estando en Roma hice la recensión de una obra de Husserl, se me indicó que la «endureciera» (ninguno de los que participaron en esa decisión había leído la obra: sólo tenían la impresión de que debía de ser moralmente peor de lo que yo decía); rehice la recensión varias veces; ni aun así, gustó: los que no habían leído a Husserl seguían pensando que ellos tenían razón y no yo.

En general, el sistema de asesoramiento ayuda muy poco, por no decir que muchas veces es más obstáculo que ayuda. La tarea de saber implica dedicarse muchos años con seriedad al estudio y la investigación; sin eso, se dan consejos «piadosos», pero científicamente falsos e inadecuados.

La llamada «opción por los pobres»

Me llega una larga carta de un economista y psicólogo salmantino. En las primeras líneas me da las gracias por lo que de bueno le ha aportado la lectura de mi libro, y enseguida pasa a contarme el significado de unos recortes de letra impresa que adjunta, y que corresponden a distintos números de las Hojas Informativas que ha venido distribuyendo la Prelatura del Opus Dei para promocionar la causa de su santo. En todos ellos se destaca la constante y gran preocupación que Escrivá sentía por los más pobres y necesitados. La síntesis del contenido de los mismos -me dice- viene a ser ésta: su actitud de servicio es patente en su entrega al ministerio sacerdotal y en la magnanimidad con la cual impulsó tantas obras de evangelización y de promoción humana en favor, sobre todo, de los que sufren todo tipo de carencias y miserias. «Asombroso, ¿no?» -puntualiza-. El autor de la carta manifiesta así su asombro ante esta falsa faceta de Escrivá, que los que trabajaban por subirle a los altares quisieron destacar como rasgo característico de su persona, a pesar de que tantos y tantas que lo conocieron saben de sobra que para nada se sentía especialmente próximo a los más pobres y necesitados, sino más bien todo lo contrario. Él también vivió una experiencia concreta, que le impactó de tal forma, que con esa «una» tuvo suficiente para alejarse de todo lo que le oliera a Opus. Seguidamente me cuenta aquello que tanto le afectó en su etapa de conexión y desconexión con el Centro que frecuentaba.

Se define como creyente y afirma que siempre ha tenido una cierta inquietud social y que llegó a conocer la Obra a los 18 años, por un primo suyo que por aquel entonces era numerario.

En un principio, su relación con la institución fue ingenua, animosa y gratificante, hasta que un buen día, entre las muchas anécdotas e historias edificantes que, con interés, solía escuchar en tertulias, charlas, círculos y prédicas, se quedó pasmado ante la que un numerario mayor contó con tono pedagógico y trascendente. En cierta ocasión, parece que algunos de sus hijos preguntaron al Padre qué pensaba acerca de la llamada «opción por los pobres» -que por los años setenta comenzó a aguijonear con fuerza a la conciencia de los cristianos.

-También tienen alma... los que no tienen piojos -respondió firme y contundente.

A él aquella respuesta le sonó a despiadada y frívola, algo así como decir: «Oye, que los ricos también lloran». En fin, que se quedó tan congelado que, a partir de ese momento, no quiso saber más de la Obra y los suyos.

La conclusión edificante a la que quería llegar, con tan desventurada anécdota, aquel numerario mayor, era que para Escrivá no hay Iglesia de los pobres, ni Iglesia de los ricos, ya que, como él decía o exclamaba: «¡Todas las almas son pobres!».

Tras la lectura de esta carta, de contenido duro y real, he repasado mentalmente las Bienaventuranzas y las catorce obras de Misericordia, con el fin de comprobar, una vez más, que en el contenido de los Evangelios existe una clara predilección por los más pobres y necesitados. Después he hojeado diferentes textos de Juan Pablo II, con intención de encontrar referencias al tema de la pobreza. En un visto y no visto, he encontrado tantas, que tan sólo voy a citar unas pocas:

  • Un signo distintivo del cristiano debe ser, hoy más que nunca, el amor por los pobres, los débiles y los que sufren. Vivir este exigente compromiso requiere un vuelco total de aquellos supuestos valores que inducen a buscar el bien solamente para sí mismo: el poder, el placer, el enriquecimiento sin escrúpulos. (Jornada Mundial de la Paz, 1998.)
  • Una de las mayores injusticias del mundo contemporáneo consiste precisamente en esto: en que son relativamente «pocos» los que poseen mucho, y «muchos» los que no poseen casi nada. Es la injusticia de la mala distribución de los bienes y servicios destinados originariamente a todos. (Encíclica «Sollicitudo rei socialis», 1987, p. 28.)
  • La solidaridad con los pobres resulta más creíble si los cristianos viven con sencillez, siguiendo el ejemplo de Jesús. La sencillez de vida, la fe profunda y el amor sincero a todos, especialmente a los pobres y abandonados, son ejemplos luminosos del Evangelio en acción. (Exhortación apostólica «Ecclesia in Asia», 1999, p. 34)
  • Las zonas de miseria o de hambre que existen en nuestro globo hubieran podido ser fertilizadas en breve tiempo, si las gigantescas inversiones de armamentos que sirven a la guerra y a 1a destrucción hubieran sido cambiadas en inversiones para el alimento que sirva a la vida. (Encíclica «Redemptor hominis», 1979, p.16)
  • Hace falta esta mirada de amor para darnos cuenta de que el hermano que está a nuestro lado, con la pérdida de su trabajo, de su casa, de la posibilidad de mantener dignamente a su familia y de dar instrucción a sus hijos experimenta un sentimiento de abandono, extravío y desconfianza. Hace falta la creatividad de la caridad. (Polonia, 2002.)

La respuesta de san Josemaría: «También tienen alma... los que no tienen piojos», ante el serio planteamiento de la miseria, de la pobreza y de los que hacen «opción» por las mismas es, verdaderamente, sangrante y antievangélica. Esta carta a la que hago referencia, toda ella seria y profunda, finaliza así: «Somos muchos los que tenemos la impresión de que se ha canonizado un camino diverso del camino de Jesús. Un camino de éxito mundano y de los medios necesarios para alcanzar este éxito, que no son la pura competencia técnica, sino el dinero y el poder. Al camino de Jesús pertenece la Bienaventuranza de la persecución por la justicia (Mt 5, 10) y el escándalo de la Cruz (Ga 5, 11; Co 1, 23)».

Recuerdo que hace años se contaba un chiste que decía:

-¿Sabes qué paralelismo existe entre san Francisco de Asís y monseñor Escrivá [hoy tendríamos que decir san Josemaría]?

-Que el primero se caracterizó por su amor a los pobres y el segundo por su amor a los ricos.

Y siguiendo la línea del humor, traigo a estas páginas lo que Alfonso Ussía escribió a propósito de la beatificación de Escrivá, estableciendo un paralelismo entre él y el padre Llanos, el «cura rojo». El humorista, en esta ocasión, perdió todo humor -incluido el humor amargo-. Todo su escrito destila repulsa y amargura a secas cuando expresa:

[...] Y mientras él [Llanos] se entierra, «el otro» [Escrivá] se eleva. Y yo me pregunto: ¿cómo es posible que todo siga su curso? ¿Cómo se puede admitir que la más cursi nube del supuesto Cielo, la más rica nube del supuesto Cielo, la más elitista nube de ese Cielo -a partir de ahora, con minúscula- se adueñe de la inteligente frialdad de la Iglesia? El santo de los pobres y el «santo» de los millonarios. El jesuita que se equivocó sin ira, y el irascible señorito de los señoritos juntos con el mismo Dios. No, no y no. Dios no se tambalea tanto. Dios no exige cruces de piedras preciosas, ni Dios gustaba de la colonia «Atkinsons», ni Dios besaba más veces a los ministros que a los directores generales, ni Dios pagó lo indecible para ser marqués, ni Dios buscó en los poderosos la consistencia de su mensaje, ni Dios trucó su origen y apellidos, ni Dios admitió la soberbia y la vanidad. Dios, mi Dios, es otro. Y está más cerca de mi pobre y equivocado padre Llanos, que de mi nada pobre y tremendo marqués de Peralta.[28]

La evangélica «opción por los pobres» es una opción tan seria, que a algunos les ha costado hasta la vida. Ejemplos de mártires recientes los tenemos en Óscar Romero, obispo de El Salvador, en los seis jesuitas de la Universidad de El Salvador, en Pierre Claverie, obispo de Orán, y en los siete monjes trapenses de Tibhirine.

El jesuita, filósofo y teólogo Ignacio Ellacuría, un fidedigno representante de esta «opción», decía que «los pobres son objeto de salvación y que esos mismos pobres son sujetos de salvación».

Un discípulo de Ellacuría, José Sols Lucia, lo explica así:

Lo primero es relativamente sencillo de asimilar: los pobres son objeto de salvación, o sea, necesitan salir de su opresión, necesitan la liberación de Dios, que se vehicula a través de la acción libre de los hombres. Lo segundo es más peliagudo, aunque igualmente cierto: los pobres son sujetos de salvación, o sea, ellos traen la salvación. No es que ellos sean la fuente de la salvación (sólo Dios es la fuente), sino que la salvación nos viene a todos a través de ellos... porque Dios es así, porque Dios se da kenóticamente, porque su Amor se muestra en el abajamiento. La Biblia está empapada de este ser de Dios: el escogido es el pueblo hebreo, esclavo, y no el pueblo egipcio, el libre; la escogida es la humilde María, y no la deslumbrante Cleopatra; el escogido es Jesús, hijo de un carpintero de Nazaret, y no el Sumo Sacerdote o el rey de Galilea. Y hoy los escogidos son los que constituyen el pueblo crucificado, y no los que sufren insomnio pensando en sus acciones de Wall Street[29].

Jon Sobrino, filósofo, teólogo, jesuita y comprometido en la misma «opción» que Ellacuría, define quiénes son los pobres de América Latina y de todo el Tercer Mundo, nombrando sus rostros concretos:

[...] campesinos, obreros, pobladores de tugurios, perseguidos, torturados, etc. De estos pobres, que hoy como en tiempo de Isaías y de Jesús, son los destinatarios primarios de la buena noticia, quienes por su situación material e histórica están en mejor condición de comprender de qué se trata en la buena noticia, de estos pobres decimos que son el centro inspirador y organizador de la Iglesia. [...] Una Iglesia que surge en solidaridad con los pobres, protestando contra su pobreza material como expresión del pecado, luchando contra ella como expresión de la liberación, y dejándose afectar por su pobreza y consecuencias como expresión de la kénosis, esa Iglesia se constituye como Iglesia de los pobres[30].

Esta Iglesia, tan arraigada en América Latina y en otros países del Tercer Mundo, ¿tiene razón de ser en Europa, en EEUU y otras latitudes ricas del Planeta?

En estas latitudes «problemas y realidades humanas difíciles no faltan», escribe el jesuita José Sols Lucia en su trabajo dedicado al legado de Ignacio Ellacuría, y enumera una larga lista de problemas concretos[31]:

  • Grandes grupos de otros continentes que llegan a Europa y que se instalan aquí con dificultad: magrebíes, africanos negros, turcos, latinoamericanos, etcétera.
  • El denominado Cuarto Mundo: la marginación social en las grandes ciudades modernas.
  • Las cárceles pobladas de extranjeros, a menudo indefensos en la práctica, aunque no en teoría.
  • El imperio internacional de la droga, que llega a corromper incluso a algunos de los que, se supone, deberían luchar contra él.
  • La cultura de la violencia.
  • El desastre en que ha quedado la Europa del Este; desmembrada en un sinfín de naciones de incierta frontera, a caballo entre un socialismo centralista y burocrático y un capitalismo salvaje, con escasa cultura democrática, donde las mafias encuentran una tierra bien abonada para su crecimiento.
  • Las redes de prostitución de menores, en las que hay implicadas incluso personalidades importantes.
  • La presencia de niños, por supuesto, mal pagados, en la fabricación de famosos productos que luego utilizamos sin escrúpulos en la vida diaria.

Para concluir, yo diría que «los que no tienen piojos... y tienen alma» no pueden permanecer impasibles ante esta realidad de millones y millones de seres humanos que viven en la miseria y la indignidad. Los que han hecho «opción por los pobres» viven inmersos en esa dura realidad, ayudando a los que consideran sus hermanos «con piojos y con alma», y acompañándoles en su lucha por salir de una situación injusta. Los «con alma y sin piojos», aunque no estemos en la brecha ni batallando en primera fila, contamos con muy distintas formas de colaborar. Lo que no podemos hacer, en ningún caso, es ignorar esa realidad, o lo que es aún peor, negarla.

Se me quedó profundamente grabado lo que en cierta ocasión oí decir a una persona, muy querida, y que vive del todo entregada a los más necesitados: «Debo estar tan cerca de mi hermano que, si él tiene los zapatos rotos, yo tengo que sentir frío en los pies».

Y acabo con una cita más del papa Juan Pablo II: «Los pobres exigen el derecho de participar y gozar de los bienes materiales y de hacer fructificar su capacidad de trabajo, creando así un mundo más justo y más próspero para todos. La promoción de los pobres es una gran ocasión para el crecimiento moral, cultural e incluso económico de la Humanidad entera»[32]

El maestro y el administrador o traficante de sueños

Hoy catedrático de Historia jubilado, a finales de la década de los cuarenta del siglo pasado, siendo muy joven, casi un crío, conoció de cerca a muchos de los «chicos de Escrivá» de las primeras hornadas, pero él nunca perteneció a la Obra; su espíritu abierto le llevó a decantarse por otros derroteros. Ahora aprovecha nuestro encuentro para recordar aquellos tiempos en que el joven sacerdote, fundador del Opus Dei, deseaba ser el caudillo del cambio de la España liberal e intelectual. Quería conseguir un grupo de intelectuales con una vida de entrega completa a su asociación, entonces todavía en ciernes, que «pusiera a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas», según decía textualmente.

Su sueño, su ideal, su plan era ambicioso, pero en la ejecución del mismo se encontraba un serio problema, y es que él quería ser el líder único de ese imaginado grupo, puesto que él sólo había recibido la inspiración de las alturas -«la inspiración divina»-, pero también ocurría que él no era ningún intelectual, ni de cerca ni de lejos. Escrivá tenía el íntimo deseo de neutralizar la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos en 1876, incansable defensor de la idea de libertad en la cultura y en las humanidades, libertad que nunca invocó por una razón política o sectaria. Para llevar a cabo su ambiciosa tarea no hizo más que imitar en su apariencia externa cada uno de los proyectos de esta institución. Entre ellos destacan las labores de la junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas y lo que era una proyección de la junta: la residencia de Pinar, centro conocido por su ambiente multicultural y por ser un importante lugar de encuentro para discusiones y tertulias de intelectuales y artistas de primera fila.

Escrivá quería tener centros del estilo de Pinar, pero su finalidad era muy otra, ya que lo suyo iba de «cruzada religiosa». Sus metas, pues, nada tenían que ver con los objetivos intelectuales de personajes como Ortega y Gasset, Unamuno, Menéndez Pidal, Dalí o García Lorca y de numerosos sabios de otros países, como Albert Einstein, Marie Curie, Paul Valéry o Henri Bergson, que también aportaron sus saberes en la Residencia de Estudiantes.

Al finalizar la guerra civil española de 1936, la junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas fue abolida por el gobierno del general Franco. Ni que decir tiene que la nueva situación supuso para Escrivá todo un golpe de suerte, ya que, a partir de entonces, con la creación del nuevo Consejo Superior de Investigaciones Científicas, los miembros del Opus Dei pasaron a hacerse los reyes del lugar, acaparando los puestos claves en el recién nacido Consejo. Los numerarios de las primeras hornadas pasaron así a ser los intelectuales de la nueva España de la posguerra, con las máximas posibilidades para conseguir becas de estudio en el interior y en el exterior y las mejores recomendaciones para hacerse con las cátedras dentro de la universidad española.

Mi interlocutor es hijo de un viejo liberal de la escuela de los krausistas españoles (Julián Sanz del Río, Francisco Giner de los Ríos, Fernando de Castro, Gumersindo de Azcárate...), de todos aquellos que intentaban la renovación de nuestro país llegando a un mayor acuerdo con el moderno espíritu de libertad. Los viejos liberales batallaban desde la filosofía moderna en la que prevalece, ante todo, la autonomía de la conciencia, frente a la ortodoxia religiosa, que todavía arrastraba grandes lastres del argumento de autoridad de la época medieval.

Giner y los que conectaban con su onda consideraban necesario mantener la educación religiosa, pero con sus «peros». El fundador de la Institución Libre de Enseñanza criticaba a quienes defienden la enseñanza confesional de las religiones positivas, aunque, al mismo tiempo, afirmaba la necesidad de cultivar en los niños y jóvenes el espíritu religioso que define como «el presentimiento de un orden universal de las cosas, un ideal supremo de vida y un primer principio y nexo fundamental de los seres...». Por libertad religiosa entiende no forzar las conciencias, pero también quiere decir que hay que facilitar los datos para que cada quien pueda formar su propio criterio y elección a fin de que la ignorancia no sea un determinante negativo. Si Giner criticaba la educación confesional era por ser un determinante positivo de coacción. Él pensaba que los sentimientos religiosos pertenecen al interior de la conciencia y, por tanto, si vienen de ese último fondo, del más íntimo y el más poderoso de la vida, de ninguna manera pueden imponerse mediante un corpus de dogmas.

Con el peso específico de esta sólida formación, ¿cómo iba mi interlocutor a conectar con las ideas de Escrivá, por muy bonitas que quisiera pintarlas? Efectivamente, un honesto discípulo de la Institución Libre de Enseñanza enseguida detectaría, de una u otra forma, los blancos de este personaje.

Hace poco leí un artículo del profesor García de Cortázar, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto, que colaboró positivamente a aclarar la visión que este catedrático e hijo de viejo liberal me daba. «El maestro y el traficante de sueños» es el título, y los conceptos clarificadores que en este escueto trabajo descubrí son los que siguen[33]

El mencionado artículo es un recuerdo a Francisco Giner de los Ríos y a su obra. El profesor García de Cortázar considera, en primer lugar, que la vida de Giner es una de las más intensas apologías que podemos hallar sobre la figura del maestro, y que evocar a Giner hoy es evocar la diferencia que existe entre el gestor o administrador de sueños que aspira a crear bandos y eslóganes, a movilizar adeptos, persuadir individuos, generar copias e imitadores, y el maestro cuyo afán se reduce a formar personas. «Giner pertenece -afirma- a esta segunda clase.» Seguidamente destaca su voluntad de concordia, que no sólo era metafísica, ya que quería crear un país, una política, un clima ético, pero no transmitiendo a los discípulos una verdad teológica o filosófica, sino ofreciendo el ejemplo vivo de cómo se busca, enseñando la claridad del pensamiento, la pasión por la verdad y el respeto a los demás, que es inseparable de ésta. «En un país atrapado en la esquizofrenia del alma -comenta el citado autor-, atravesado por clericales y anticlericales agresivos, Giner estaba por el juicio razonado y se negaba a tomar partido en opiniones reservadas a la conciencia.»

El buen maestro tiene que abrir ventanas y ampliar horizontes. El maestro es tal porque, aun afirmando sus propias creencias, no desea imponérselas a sus discípulos. No busca acólitos. No quiere formar calcos de sí mismo, sino inteligencias independientes, capaces de avanzar por su propio camino. Los maestros como Giner siempre han escaseado -han abundado más los guías-, porque es más fácil lanzar consignas que tener unos sólidos principios y vivir de acuerdo con ellos.

La responsabilidad de decidir individualmente ha sido, y sigue siendo, un querer minoritario. Siempre han sido más numerosos los que han preferido ir de un lado a otro buscando padres, jefes, dueños, gestores de sueños, alguien que les dicte lo que deben hacer y pensar. El legado del fundador de la Institución Libre de Enseñanza era y es el llamamiento a dejar atrás la minoría de edad, el requerimiento íntimo a resistirse ante cualquier absolutización de las ideologías, el desafío a pensar por uno mismo, sin tutores que nos aprisionen en su teología, sus consignas o su himno emocionado. Es cierto que en la actualidad hay muchos hombres y mujeres que siguen atados al pensamiento que catequiza; Giner, sin embargo, laico y escéptico, se movió por el territorio de la ciudadanía y estimuló a sus discípulos a pensar por sí mismos y a que su sueño fuera soñar la libertad de ser libre como individuo.

El administrador o traficante de sueños pretende todo lo contrario y se dirige, fundamentalmente, a los que sólo pueden vivir de prestado.

Giner siempre apuntó a maestro, Escrivá -hoy san Josemaría- lo hacía más bien hacia el gestor, administrador o traficante de sueños[34] -«soñad y os quedaréis cortos», decía frecuentemente como frase feliz-. Mi interlocutor, discípulo de Giner, nunca acabó de conectar con Escrivá ni con sus chicos. Bueno, con algunos, sí, pero todos ellos, pasados unos años, dejaron de pertenecer al Opus Dei.

En cuanto a los modelos organizativos que conformaron en principio la Obra de Escrivá, no se puede dejar de mencionar, además de la Institución Libre de Enseñanza, la Liga de San Pío V (organización formada por católicos integristas, acérrimos defensores de la integridad de la doctrina católica), la Compañía de Jesús (aunque el militarismo de san Josemaría ya no es medieval, como el de san Ignacio de Loyola, sino fascista y español, es decir, clerical-autoritario) y la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (la ACNP, organización laica promocionada por los jesuitas, con personajes impulsores tan claves como el padre Ayala y Ángel Herrera Oria, después cardenal Herrera).

Referencias

  1. Son muchos los que han sentido desazón, desaliento o escándalo ante la canonización de monseñor Escrivá. M.ª Angustias Moreno lo expresaba con claridad en su libro El Opus Dei. Entresijos de un proceso, pp. 45 y 46. Canonizando a Escrivá -escribe- quedaría canonizado: el culto desmedido a la persona de un fundador, por el hecho de serlo y promocionado por él mismo; el afán de poder en todas sus esferas, como razón de eficacia cristiana; el secreto como prerrogativa de eclesialidad; la mentira como sistema de eficacia; la negación de la conciencia personal, el avasallamiento de ésta so pretexto de voluntad divina; el aniquilamiento mental del individuo, mediante el sometimiento, la manipulación y el secuestro mental, en concepto de generosidad o entrega a Dios; la ficción; la suficiencia y el totalitarismo como sistema de autoridad; la doblez, el engaño y el sectarismo; el sistema de desprestigios e insultos a los que recurren, como única posibilidad de razonamiento o respuesta para cualquier disconformidad con una institución como la Obra, al fin y al cabo una de tantas.
  2. Mientras corrijo las pruebas del presente libro, todos los medios de comunicación se hacen eco del fallecimiento de Juan Pablo II.
  3. R. W. EMERSON, Hombres representativos, del capítulo «Platón, o el filósofo», Barcelona, Ibérica, 1947.
  4. P. URBANO, El hombre de Villa Tevere: los años romanos de Josemaría Escrivá, Barcelona, Plaza y Janés, 1995, p. 346.
  5. J. ESTRUCH, Santos y pillos: el Opus Dei y sus paradojas, Barcelona, Herder, 1994, p. 114. 6 Ibid., p. 100.
  6. Ibid., p. 100.
  7. M. WEBER, Ensayos de sociología contemporánea, Barcelona, Martínez Roca, 1972, pp. 361-362.
  8. M. Weber, op. cit., p. 306.
  9. Ibid., p. 302.
  10. Ibid., p. 306.
  11. L. CARANDELL, Vida y milagros de monseñor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, Barcelona, Laia, 1975, pp. 85-86.
  12. D. JABLONSKY, Churchill and Hitler: Essays on the Political-Military Direction of Total War, Ilford, Cass, 1994, p. 260.
  13. J. Estruch, op. cit., pp. 98-99.
  14. Ibid.,p. 117.
  15. M. Weber, op. cit., p. 310.
  16. Ibid., p. 311.
  17. Ibid., p. 321.
  18. Hay que señalar que en la sección de mujeres del Opus Dei actual hay excepciones, como es el caso de Ruth Kelly, irlandesa de 36 años, casada, madre de cuatro hijos y supernumeraria. En la actualidad ministra de Educación del gabinete británico del laborista Tony Blair, es licenciada en Filosofía, Política y Economía y ha desempeñado también los cargos de secretaria de Estado de Economía y secretaria de Estado de Finanzas.
  19. J. Estruch, op. cit., p. 106.
  20. Un buen amigo me avisa de que cito demasiado a Joan Estruch. Mi respuesta es que estos apuntes no son un alarde de erudición ni una tesis doctoral, y para hacer un especial hincapié en determinadas facetas de la personalidad de Escrivá (caudillismo, mesianismo, culto a su persona;..), el análisis de Estruch me parece profundo, acertado y que da muy en el clavo.
  21. Ibid.
  22. J. Estruch, op, cit., p. 18.
  23. A. MONCADA, Los españoles y su fe, Madrid, Penthalon, 1982, p. 150.
  24. J. Estruch, op. cit., p. 308.
  25. Ibid., p. 50.
  26. A. AZANZA ELIO, Diecinueve años caminando en una mentira: Opus Dei, Jaén, Grupo El Olivo, 2004, p. 84.
  27. F. BOWERS, The Work. An Investigation into the History of Opus Dei and how it Operates in Ireland Today, Dublín, Poolbeg Press Ltd., 1989, p. 90.
  28. Época (2 de marzo de 1992).
  29. J. SOLS LUCIA, El legado de Ignacio Ellacuría: para preparar el decenio, de su martirio, Barcelona, Cuadernos Cristianismo y justicia n,° 86, 1998, p. 22.
  30. J. SOBRINO, Resurrección de la verdadera Iglesia.- los pobres, lugar teológico de la eclesiología, Santander, Sal Terrae, 1994, p. 110.
  31. J. Sols Lucia, op. cit., p. 20.
  32. Encíclica «Centesimus annus», 1991, p. 28.
  33. E GARCÍA DE CORTÁZAR, «El maestro y el traficante de sueños», ABC (5 de junio de 2004), p. 3.
  34. Y tal vez por eso, lo del rigor a san Josemaría le importaba poco. Lo suyo era la «eficacia» y para ello, en la Obra, se modificaba e inventaba lo que hiciera falta (este tema se trata ampliamente en un capítulo anterior, pp. 32-37).
    La ex numeraria Mª del Carmen Tapia recuerda que cuando ella era directora de la imprenta de la casa central del Opus Dei en Roma, hasta llegó a modificar el texto de las Constituciones de la Obra, texto ya aprobado «a perpetuidad» por la Santa Sede (B. y P. DES MAZERY, L'Opus Dei. Une église au coeur de L'Église, París, Flammarion, 2005, p. 133). También cuenta que tuvo que hacer numerosos cambios en las publicaciones internas (Noticias y Crónicas), sobre todo para levantar fotos y textos donde aparecían imágenes o nombres de personas que habían abandonado la Obra. En el mismo libro (p. 134), el ex numerario y sacerdote Vladimir Felzmann recuerda que monseñor Escrivá, en la década de 1960, solía ir en verano a Inglaterra y residía en la casa en la que él vivía. El padre Felzmann afirma que fue testigo de verle escribir cartas dirigidas a sus hijos, en las que ponía fecha de 1939 o de 1940, como si hubieran sido escritas en ese tiempo. Para el traficante de sueños, el fin de la «eficacia» justifica todos los medios.


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