La voluntad de Dios. «Mi índice»

From Opus Dei info

Por Job Fernández, 22.03.2010


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¿En dónde reside la voluntad de Dios?

En vivo y en directo —en una de sus “tertulias” multitudinarias (hacia 1972)— le oí emitir al fundador del Opus Dei un rotundo comentario, sobre el hecho que la Iglesia hubiese suprimido el índice de libros prohibidos[1]. Lo finalizaba de la siguiente manera:

«Han quitado el Índice de Libros Prohibidos, pues yo lo pongo. Pongo mi índice».

Decía tal afirmación irguiendo la figura[2] y elevando el dedo índice (me parece que de la mano izquierda) a la altura de la cabeza. Y en esa compostura quedaba unos instantes seguro, complacido y recalcando su importante determinación. Mientras, movía ligeramente el dedo en actitud de exhibición del poder digital. Le faltaba añadir (quizás lo estaba pensando, porque lo dijo en otras ocasiones): «y al que no le guste que se aguante».

En tal decisión se reafirmaba y de ella se sentía muy orgulloso, porque —decía— él era el Buen Pastor, el Padre que cuidaba de sus hijos, etc. El resultado era que para todos los socios del OD seguía estando vigente el Index como obligación moral; que había que seguir teniendo orejeras en el cerebro para poder enfocar la realidad de manera adecuada; al igual que en la época histórica de analfabetismo e ignorancia generalizada, que dio origen al Index.

De manera que organizó dentro del OD su propio Index. Los centros del OD fueron inundados por fichas de libros, con su comentario y clasificación moral. A resultas de aquello, la organización de aquel material llegó a ser algo casi inabordable, por la constante incorporación de montones de fichas.

Como anécdota muy ilustrativa de la orientación moral y teológica de aquel OD-Index, baste decir que allí estaba incluido el entonces teólogo Josef Ratzinger (después cardenal y después Papa con el nombre de Benedicto XVI) en alguno de sus libros. La inclusión en el OD-Index quería decir, que para leer al actual Papa, había que pedir permiso bajo pena de incurrir en penas morales[3]. Otra cosa es que te concediesen el permiso de lectura. Ya que los permisos para leer a la mayoría de esos los autores “peligrosos”, sólo se concedían —y con reticencias— a aquellos que se dedicaban profesionalmente a la teología. Claro que cuando convino cambiar por motivos prácticos, a Ratzinguer se le hizo doctor honoris causa, por la Universidad de Navarra (año 1998). Por entonces parece que la voluntad de Dios había cambiado de idea y el dedo índice que la anunciaba apuntaba a otra parte.

El OD establecía penas morales o de conciencia, para los miembros que leyesen libros clasificados como peligrosos en esos OD-Index. No sé si Escrivá tenía competencia legal para emitir tales penas o no, pero afirmaba que sí la tenía ante sus “hijos”. Lo cierto es que no solía quedarse en cuestiones excesivamente formales; entre la pillería y el recurso al juicio divino arreglaba o componía a su gusto muchos asuntos. Así, afirmaba que él tendría que dar cuentas a Dios sobre como había desarrollado y cuidado el OD. Por tanto parece tenía que establecer esas tutelas para los pobrecitos de sus hijos, que tenían que estar pendientes de la autoridad y del dedo indicador de papá. Y eso era así, porque él parecía conocer mejor que nadie la voluntad de Dios, que en aquellos momentos se había depositado en el índice de Escrivá. Y eso era así porque se sentía equiparado al Buen Pastor (Jesucristo) y el resto éramos el rebaño, las ovejas de “su” rebaño que —parece— no sabíamos por donde andábamos, ni teníamos capacidad de juicio suficiente.

De aquellas palabras y puesta en escena se deducía algo alarmante, algo que debía de circular por algún estrato de su cabeza: Yo Escrivá, sólo daré cuenta a Dios, no hay nadie más adecuado para pedirme explicaciones. Con ello no hacía más que poner de manifiesto el escaso ámbito de autonomía que dejaba para los miembros del OD, incluido al Consejo General del Opus Dei, ya que con tal afirmación: «...pues yo lo pongo... Pongo mi índice», dejaba reducida a una cuestión anecdótica la función del llamado Consejo General del OD. Por todos los indicios que nos llegaban debía de ser “su” Consejo Adorador, no llegaba a ser ni siquiera su Consejo Consultivo.

En este caso su mando y peculiar sentido de la propiedad, quedaba demostrada al cargar la conciencia de sus hijos con obligaciones que la Iglesia Católica ya había determinado dejar en desuso, por considerarlas muy poco convenientes a los tiempos históricos.

Éste es uno de los muchos ejemplos, en los que queda claro su sentido desmedido de la tutela, su ejercicio del poder y su sentido de excelencia personal, que es, en definitiva, lo que está en la base de los otros dos elementos.


La escasa libertad de los miembros del OD se puede ver en cualquiera de los ámbitos por los que nos internemos. Por lo que cuando Escrivá hablaba de ejercer la libertad y defendía la libertad de las conciencias —lo que hacía con mucha fuerza— no se sabe muy bien a que realidad se estaba refiriendo. Probablemente a un proceso interno suyo, en el que necesitaba amplios espacios de autonomía y adhesión. Puede que con ese empeño lograse sacudirse ciertas estrecheces mentales eclesiásticas decimonónicas, que él conoció, para después establecer sus propias directrices y orejeras mentales entre sus hijos. De manera que las nuevas directrices de Escrivá superaban en dirigismo y estrechez mental a las otras.

Como se puede observar en este ejemplo del índice, su forma de argumentar no pertenece al campo de lo muy sesudo y racional; su apoyatura argumental estaba más bien en lo efectivo y teatral. Todavía tengo bastante claro en mi cabeza el cuadro del sucedido: la imagen de su figura elegantemente ensotanada, de pié, con el dedo índice izquierdo levantado a la altura de la cabeza y moviéndolo ligeramente, a la manera de decir “no” por signos. Mientras, se callaba y dejaba así compuesta la figura durante breves segundos.

Se sabía con autoridad sobre las conciencias y la ejercía sin excesivas contemplaciones. Y esas puestas en escena —que no el razonamiento— eran la parte esencial en la exposición de sus argumentos de autoridad. Esos “argumentos” los usaba con mucha frecuencia y estaban unidos a las formas patriarcales, que tanto le encantaban. Esas determinaciones y disposiciones que hacía para sus hijos le reafirmaban como Padre, en su idealizada figura patriarcal: se sentía reconfortado en tal imagen y en especial en ese tipo de autoridad.

Este es uno de los ejemplos, en los que se puede comprobar que el OD es un lugar, en donde la ley —en forma de costumbre o de regulación explícita— se reduce a sistematizar, escribir y promulgar, lo que ha dicho el fundador. Él mismo lo aseguraba de forma temeraria (y enfermiza): «El que no pasa por mi cabeza y mi corazón, ha errado el camino».


Entre las muchas anécdotas o sucedidos que se cuentan internamente en el OD con afán ejemplificante, para enseñar “el espíritu” y forma de funcionar en el OD, recuerdo otra que puede completar la muestra. Parece que le ocurrió a Amadeo Fuenmayor, cuando era consiliario[4] de España. Estas anécdotas, contadas recurrentemente como ejemplo en los medios de formación internos, puede que hayan sufrido cierta distorsión en las frecuentes trasmisiones, pero en todo caso esas distorsiones reflejan un sentir común, un deseo de enseñar y ejemplificar el “buen espíritu” del OD, para que otros vayan aprendiendo y asimilando.

Pues parece ser que Amadeo estaba en Roma despachando ciertos asuntos con el fundador (al que siempre se identificaba como el Padre). Estaba éste leyendo y glosando una instrucción escrita que iba a ser enviada a todos. Llegado un determinado punto, Amadeo dijo algún leve comentario. Muy leve debió de ser ya que era un hombre muy prudente y comedido en sus afirmaciones, además de suave en la forma de decirlas, que eran las de un catedrático y fino jurista. El fundador se molestó por esa observación, dejó de hacer comentarios sobre el escrito y le dijo:

—Mira, vas a coger este escrito. Te vas de inmediato a España. Nada más llegar reúnes a la comisión[5]; cuando estéis todos juntos, te pones de rodillas y se lo lees. Cuando termines de leerlo, besas el escrito y les dices: Esto es voluntad de Dios.

Así se hizo y así se propagó la anécdota por charlas de formación y tertulias[6] internas. Era repetido como un claro ejemplo sobre cómo todo lo que venía de los directores y del Padre, era voluntad de Dios[7], y como tal debería ser escuchado con reverencia y meditado para llevarlo a la practica, sin más dudas ni comentarios que pudiesen poner en tela de juicio cualquier elemento de su conjunto: la forma, su oportunidad o conveniencia, y no digamos su contenido, lo acertado o no del asunto. Hay que añadir que el buen espíritu no consistía sólo en acatar lo mandado, en modo alguno; el buen espíritu consistía en justificar internamente aquellas cosas que se mandaban, en identificarse con ellas y hacerlas propias. Más o menos, consistía en prescindir de una cierta capacidad intelectual, en usar una parte del cerebro para taponar a la otra parte. Acostumbrándose así a sumergirse en las adhesiones incondicionales y al uso de una cierta fe pedestre (en el Padre y su infabilidad, en el OD, en los directores, en el espíritu sobrenatural del OD, en la vocación...) como contra-argumento de contención a las dudas razonables.

Con relación a la anécdota contada, se pueden glosar algunas importantes apreciaciones: si tan evidente y sencilla era la conveniencia de aquel escrito, seguro que no costaría gran cosa explicarlo de manera concluyente. Si el receptor era algo torpe (en el caso anterior, un buen jurista, con publicaciones reconocidas), bien podría San Josemaría usar un poco de su santidad en forma de paciencia y de sentido paternal. Pero el fundador no se digna a explicarlo y en cambio opta por enfadarse y provocar la sumisión drástica del que pregunta.

¿Qué es lo que le molestaba para proceder de esa forma tan tajante? Pienso que este tipo de actitudes son propias de quien en el fondo tiene miedo a no convencer; del que, para estar seguro de lo que propone, necesita un apoyo externo a la argumentación; del que le faltan razones y necesita una razón suprema externa; del que recónditamente se siente inferior, o sin argumentos, y lanza el gran órdago: «Esto es voluntad de Dios». Del hecho se sobrentiende: «Yo soy el mensajero, soy el portador de la luz suprema; tú el receptor, o sea que a callar, a escuchar y a realizar lo que te digo, que para eso estás».

Si todo esto no es la muestra de un ego desorbitado, que sólo se puede explicar por un narcisismo patológico, no sé que otra explicación tiene. Porque es propio de un carácter narcisista, la necesidad de una fuerte adhesión a su persona entre los que le rodean, para así reafirmar constantemente la sensación interna de valía personal, de gran excelencia, de superioridad moral.

Esas situaciones son un ejemplo del sistema de las ataduras de la conciencia que se crean en el OD. Son posibles debido al control de la conciencia que establece sobre sus socios (en esencia con su sistema de dirección espiritual). Esos nudos de atadura no son nada fáciles de soltar, ya que se logran fundamentar en una supuesta voluntad de Dios. O aunque, generalmente, no se enuncie así de manera taxativa, a esa conclusión se llega necesariamente. Se encarga de ello la formación interna que proporciona el OD a sus miembros y lo consigue de manera eficaz.

El OD (o Escrivá) ha creado verdaderos tapones mentales, muy especialmente entre sus socios numerarios. Secuestros de la conciencia, que impiden afrontar la realidad con sentido racional en ciertos campos. Ha creado fuertes adhesiones, basadas en una fe en su persona y en su organización. Fe construida con ciertos razonamientos pretendidamente sobrenaturales (los puntos de vista de Escrivá). Una fe que pasa por encima de todo, en donde lo primero es el OD y la figura de Escrivá. Pero esa actitud supone tener una fe teologal impropia, mal aplicada o desviada. Una fe que sólo puede ser clasificada como propia de un fanático, anticristiana y por tanto herética.

Con esos razonamientos suyos, en los que concluía, o daba a entender, que su afirmación era voluntad de Dios ¿estamos ante una cierta hipérbole literaria? ¿O más bien habría que decir que estamos ante el gran teatro del bien, el gran fingimiento para mayor gloria de Dios?

Hablando de teatro, tampoco conviene pasar por alto la puesta en escena de la anécdota anterior, analizando sus mandatos: «...de rodillas ante todos»; «...cuando termines lo besas»; «...esto es voluntad de Dios». No conviene pasar por alto esta puesta en escena, ya que muestra con bastante precisión la forma histriónica a la que era tan aficionado el fundador en sus manifestaciones. Era una de sus características comunicadoras.


La anterior historia describe un cuadro sorprendente, digna de una obrilla burlesca (¡que se cuenta con ánimo ejemplificante!). Dentro de ese cuadro sobresale la seguridad del fundador para hablar de esa manera y la superioridad moral que manifiesta el santo; una superioridad y unos modos muy poco humildes. Seguridad para constituirse en interprete autorizado de Dios, con toda tranquilidad, sin inmutarse. Como Escrivá ya ha pasado a la otra vida, es seguro que habrá tenido que dar cuenta a Dios de cada una de esas autoproclamaciones o suplantaciones, considerándose mensajero divino. Habrá tenido que de dar cuenta a Dios de cada uno de los efectos perjudiciales que ha provocado con ese proceder. No me refiero sólo a las consecuencias directas de las decisiones, que las hay, me refiero a asuntos sumamente importantes:

  • a utilizar el nombre de Dios para configurar mentalidades sumisas a su criterio y persona;
  • al fomento de caracteres humanos dependientes e inmaduros;
  • a la fe suplementaria que establecía, con relación a sus afirmaciones (toda fe suplementaria es idolatría).
  • Me refiero sobre todo, al secuestro de la conciencia que cultivó y fomentó entre los del OD, apoyado en este tipo de sacralizaciones farisaicas. A las esclavitudes morales que estableció con ese proceder.

El fundador era muy consciente de su sentido paternal —patriarcal— con los miembros del OD, sentido que conectaba con el de «buen pastor» evangélico y con el cuidado de «su rebaño». Le encantaba ejercer su paternidad como si se tratase de un patriarca de los del Antiguo Testamento y eso lo hacía conectar plenamente con su sentido pastoral hacia los miembros del OD. Con ello, se podría decir que aquella antigualla patriarcal, con capacidad de mando absoluta, arbitraria en ocasiones, se configuraba como una de las características organizativas de la obra de Escrivá.

En sus predicaciones sobre el buen pastor, llegó a citar y glosar una poesía clásica de Juan de la Encina: Tan buen ganadico. Tal entusiasmo puso en sus glosas sobre el asunto, que sus hijos desenterraron y recompusieron una antigua canción con ese texto. A partir de ese momento se convierte en una de las canciones habituales en el OD, cantada con fruición de oveja gregaria y contenta de su destino. Canción repetida una y otra vez por algún coro, en las forzadas ordenaciones sacerdotales de numerarios.

Resume bien esa mentalidad y situación, esa tutela realizada con absolutismo doctrinal y de funcionamiento, un párrafo extraído de cierta novela (algo adaptado):

«En su ínsula, monseñor José María Escrivá se estableció con mano firme y decidida. Todos allí andaban derechos y nadie se rebullía ni osaba poner en tela de juicio sus irrevocables mandatos. Verdad que para obtener este resultado precioso empleaba el absolutismo puro... su genio no admitía ni aún observaciones tímidas: su ley era su santísima voluntad; su lógica, el palo».[8]

El espíritu fariseo

Considero muy interesante sintetizar las causas que conducen a los elementos negativos del OD. Para ello es necesario hablar del espíritu fariseo y de algo muy conexo, quizás previo, que se puede definir como la tentación del bien.

No estamos ante nada nuevo ya que es un fenómeno descrito el Evangelio y allí fuertemente denostado como una perversión de la religiosidad.

El fariseo es escrupuloso y exigente con sus obligaciones religiosas. Pero su aspiración hacia el bien le lleva a unos caminos impropios de ese bien que desea conseguir:

  • Es un personaje tocado por el deseo de excelencia, se considera situado en un nivel moral superior (fariseo = separado);
  • tiene tendencia a exhibir sus virtudes morales;
  • trasmite o implanta sus ideas y organizaciones en los demás mediante un procedimiento detestable: las sacralizaciones instrumentales.

En realidad nos encontramos aquí con una variante de los conflictos entre fin y medios. El conflicto entre la consecución de un fin bueno y el uso de medios repudiables para conseguirlo.

La tentación del bien

La tentación del bien no es una expresión realizada con ánimo burlesco. No es exclusiva del ámbito religioso, es aplicable a varios ámbitos y tipos de actividad. Está ligada al deseo de construir un mundo mejor o, simplemente, una vida significativa. Pero esa construcción puede estar desenfocada por el uso de medios insanos para conseguir los objetivos. Estamos ante medios inadecuados para conseguir un fin bueno. Ese tipo de medios invalida el objetivo final.

La tentación del bien, tiene unos efectos que pueden ser mucho más perjudiciales —de hecho suelen serlo— que los producidos por el neto deseo de hacer el mal, de hacer daño. Son efectos muy nocivos porque sus promotores piensan que hacen el bien, lo que les da fuerza para actuar con contundencia, con la firmeza y empeño del que cree firmemente tener la razón de su parte.

Hay medios que son totalmente inadecuados, lo que ocurre cuando no se respeta la libertad, cuando se obliga, cuando se engaña. Esos medios inadecuados son los más evidentes, pero hay otros que no son tan evidentes aunque son igualmente perjudiciales. Sucede cuando se plantean objetivos desmedidos, trasnochados o desquiciados, en nombre de una autentica religiosidad; cuando se logra un ambiente de coacción moral; cuando se usan lo que llamo “sacralizaciones instrumentales”. Sacralizaciones tendentes a situar en el ámbito de la fe elementos a los que no les corresponde ese encuadre.

La vida es una construcción temporal, cohesión con un orden. Todo lo que sea construcción, es sentido como una afirmación de la vida. Sentimos que nos alejamos del vacío, de la nada, y con ello del destino fatal. La muerte es disgregación, la destrucción de ese orden. La tentación del bien, esencialmente, pretende ser constructiva, a diferencia de las otras tentaciones que son percibidas claramente como destructivas.

Hay supuestos, o teorías, que hablan de dos pulsiones esenciales en el hombre, las pulsiones de vida y las de muerte, que parecen concordar bastante con la tendencia constructiva y la destructiva. Sin embargo no se debe identificar a una con el bien y a la otra con el mal, ya que lo que se construye puede ser tosco, tonto, asfixiante, escaso, feo... o tener otros aspectos fácilmente clasificables como perjudiciales.

Estas cosas han producido que, en el sentir generalizado, se haya identificado al bueno[9] con el tonto. El bueno en esta acepción resulta peligroso. Queda bastante patente cuando ocurre que alguien te obliga, directa o indirectamente, a realizar algo que es positivo. Alguno de la serie de buenos, justos y redentores; un personaje de esos que nos hacen la vida exasperante, que no se sabe como quitárselos de encima y al final hay que darle las gracias. Gente que nos coloca en una encrucijada, no sé sí por buenos o por tontos, o por ambas cosas. Con cierta razón, mucha gente encuentra peligrosos a los clasificados como buenos, ya que en ocasiones logran hacernos la vida imposible, con un estilo que resulta tan alambicado, que es muy complicado salir de los problemas en que te meten. Quedas empantanado en un ambiente parecido al que se describe en El Vizconde Demediado[10], en donde se termina la narración resumiendo:

«Así transcurrían los días en Terralba, y nuestros sentimientos se tornaban incoloros y obtusos, porque nos perdíamos entre una maldad y una virtud igualmente inhumanas».

Para verlo primero desde una perspectiva neutra, podemos fijarnos en la tentación del bien cuando se desarrolla en su variante colectiva o social. En ese caso es fácil ver la gran cantidad de muertos y desgracias producidas; muchos más muertos y desgracias que los producidos en el campo que identificamos más fácilmente con el mal: con el impulso destructivo o la violencia gratuita.

No es mi intención analizar la tentación del bien en la variante social, en la variante de los que se empeñan en organizar la sociedad con unos criterios y patrones excelsos, o que ellos consideran excelsos. No pretendo profundizar demasiado en eso, pero es muy útil no pasar de largo sobre ese aspecto. Solamente en el siglo XX hemos pagado un precio notable en forma de guerras, muertes, deportaciones y abusos, que no se sabe muy bien si adscribirlo dentro de los esfuerzos por construir una sociedad mejor; pero ciertamente esa era la clara intención de sus promotores. Aunque esa afirmación no se presente como evidente a primera vista.

Por centrarnos en los grandes desastres sociales del siglo XX, podemos verificar, por ejemplo, que el empeño por construir una sociedad mejor, era la meta obsesiva de dos de los principales promotores de ese desastre: Stalin en Rusia e Hitler en Alemania. Hay más personajes similares a estos dos, pero son suficiente ejemplo.

A los impulsores citados como ejemplo, se les suele aplicar un cierto satanismo en su actuar, por lo que no es retórico preguntarse: ¿Quisieron conscientemente hacer el daño que provocaron? ¿Tenían como objetivo hacer daño, destruir? La respuesta categórica es: no.

Ocurre que en la cabeza de estos personajes había algo parecido a un mito, una ideología o una teoría, en la que creían ciegamente y que consideraban excelsa. Para su puesta en marcha pusieron todo su empeño e ilusión. Deseaban construir una sociedad según sus excelsos patrones. En su caso no se pararon en medios para allanar los obstáculos que se encontraron, aunque eso les llevase a producir guerras, deportaciones, genocidios: muchos millones de muertos. En sus cabezas estaba la nueva humanidad igualitaria, en un caso, o el entusiasmo nacionalista y racial en el otro. Ambos deseaban promover a un hombre nuevo y feliz, en una estructura social renovada por ellos, presentada como el nuevo amanecer, como una nueva humanidad en un paraíso prometido. Pretensiones genéricas que no están llenas de maldad, muy al contrario, pretenden ser más que buenas: excelsas.

Mucha gente sintonizó con esas utopías, las apoyó y trabajó con entusiasmo para materializar aquellos objetivos finales, que les parecían buenos. En el caso alemán, basta con echarle un vistazo al libro Mi lucha[11], para comprobar que no está lleno de ideas satánicas, ni de pulsiones de destrucción y muerte. Muy al contrario es evidente el deseo de regeneración de la vida social y política. Es allí evidente un gran amor por la patria y por el pueblo alemán, que llegó a ser muy peligroso porque fue excesivo, no se paraba en medios adecuados y generó una guerra de proporciones mundiales.

En el caso ruso, los que están imbuidos de ideología comunista y con la praxis revolucionaria encasquillada en la cabeza, no tienen más remedio que apartar la vista ante los millones de muertos producidos. Prefiere mirar hacia otro lado o ponerse la venda en los ojos, porque no quieren apearse de la ideología. Pero los muertos están, han sido contabilizados y superan los cien millones.

En uno y otro caso de los personajes mencionados, parece haber existido una cierta locura colectiva, un apoyo generalizado, que hizo posible la implantación y desarrollo de sistemas ideales. Estos promotores desaforados de utopías colectivas, proyectaban en la sociedad una idea excelsa, óptima, que después se ha revelado como disparatada; con el uso de unos medios disparatados. Por algún motivo hubo un convencimiento o un entusiasmo colectivo y en la base de todo ello está la utopía, la ideología, el gran proyecto hacia la meta excelsa. Esa es la que les proporciona la suficiente cobertura ideológica para justificar todos sus actos.

Por todo ello la variante colectiva de la tentación del bien, se configura como mucho más peligrosa que la violencia gratuita —lo que suele identificarse como el mal— que no tiene ideología de soporte y que suele desarrollarse casi exclusivamente en el ámbito personal o de grupo reducido. Lo más paradójico es que esa tentación, está movida por un excelso deseo constructivo, y sin los impulsos constructivos ninguna civilización hubiese sido formada; tampoco la nuestra.

Es muy importante el análisis racional de esas ideas; una actividad muy deseable y no siempre asequible. Pero esas tentaciones del bien no son fáciles de detectar, especialmente en su fase inicial. Eso lo demuestra la gran cantidad de gente que ha seguido alguno de esos caminos, que he presentado como ejemplos nefastos, y la gran cantidad de gente que sostuvo sus sistemas sociales. Pero la piedra de toque para comprobar su bondad está en las consecuencias que producen (a las que muchos están ciegos).

Las consecuencias nefastas comprobadas, son las que clasifican y denuncian, a una aspiración como excesiva, como una tentación del bien. Y es que las repercusiones que produce —los datos experimentales— deberían ser la prueba irrefutable sobre la bondad de esas teorías. Parece lógico el sistema, pero la experiencia también demuestra que no es de fácil análisis. La desgracia es que hay mucha gente que no está dispuesta a que la realidad le estropee una buena teoría, una utopía, una ideología, una idea excelsa y desmedida. Prefieren seguir tras la ilusión. Pero esa ilusión puede responder a su literalidad —visión engañosa— lo que les hace continuar persistentes, una y otra vez, tras el objetivo; lo que les configura propiamente como ilusos.

Para deslindar el problema, parece conveniente tratar sobre:

  1. los “límites” del bien,
  2. los medios inadecuados que se suelen emplean para conseguir el fin bueno, y
  3. las personalidades propensas a ese tipo de actuaciones.

Sobre los límites. El exceso

La virtud clásica siempre se ha considerado como un cuidado equilibrio entre el defecto y el exceso.

El defecto en la virtud, suele resultar bastante evidente, ya que muestra las carencias e inactividades culpables.

El exceso en el bien es más difícil verlo; se muestra, por ejemplo, en las actividades penitenciales cuando provocan daño físico.

Hay otros excesos, los productores de exigencias desmedidas o rigorismos morales que, en ocasiones, producen mayores distorsiones y daños psicológicos que los del daño físico. Esos excesos son con frecuencia difíciles de detectar. Pero siguen siendo engaños morales, planteamientos desmedidos carentes del necesario equilibrio que requieren las virtudes, para que no sean algo inhumano.

No obstante a lo anterior, en muchas ocasiones parece difícil de argumentar que el bien tiene límites, ya que, si realmente se trata de un bien, no se entiende que deba de ser recortado. A tal razonamiento se apuntan muchos con sólido rigor mental, pero no sé muy bien en qué ámbito celeste se puede argumentar de esa manera. Parece un razonamiento sólo válido para las ideas puras y los conceptos absolutos; para esos universales sobre los que discutían los filósofos medievales. Lo real es que somos entidades limitadas, sujetas a múltiples equilibrios y cualquier cosa que tengamos o procuremos en demasía —o en carencia— llega a ser perjudicial: desequilibra nuestra estructura fisiológica, la psicológica, la social, o todas a la vez.

Los ejemplos de exceso de bien son muchos y variados:

Comer es necesario y por tanto un bien; en cambio comer en exceso suele generar fealdades, disfunciones fisiológicas y hasta enfermedades. Ayudar a los demás es algo positivo, pero ayudar al prójimo a costa de abandonar a los hijos, es algo que empieza a rondar el disparate, etc.

En el terreno religioso y en el humano, parece necesario un cierto esfuerzo para adquirir virtudes y alejarse de los vicios. Pero cuando el esfuerzo se plantea de tal manera que perjudica la salud, como ocurre con ciertas penitencias productoras de sangre, se está en un mal camino.

El problema se complica de manera extra, ya que además tendemos a valorar más lo que es más difícil de conseguir. Porque en muchas ocasiones los objetivos comprometen al sentido de la vida. Con tales parámetros, lo que resulta difícil es reconducir la intención, dar marcha atrás y buscar otro camino adecuado. De ahí la persistencia en los objetivos desmesurados. De ahí, que esa especial persistencia en ellos genere un tipo de esclavitud poco contemplado:

«La esclavitud moral no consiste únicamente en ser esclavo de nuestras pasiones (en sufrir debilidad de la voluntad o fragilidad ante las tentaciones del mal), sino también, y eso ha sido menos notado, en transformarnos en esclavos de nuestros deberes; unos deberes autoimpuestos en un principio con total libertad, y hasta como ejercicio explícito de tal libertad, pero por los cuales hemos quedado luego sojuzgados y aplastados. Estos son los peligros de la tentación del bien.»[12]

El problema continúa con la persistencia que suele llevar aparejada el gran ideal. En la consecución de los grandes objetivos suele llegar a confundirse lo excelso con la desmesura. Y, hay que decir, que eso ocurre en el plano cristiano, aunque el objetivo sea la santidad, ya que tal objetivo es uno de los más susceptibles de estar empapado por la desmesura, por la autoexigencia desmedida, por el narcisismo o el autoperfeccionismo maniático. Es más, plantearse la santidad como primer objetivo, ya empieza a sonar a desorden en las intenciones. Pero esta afirmación es necesario ajustarla a los estrictos términos en que está formulada.

Aquí es necesario distinguir —y contraponer— lo excelso y lo óptimo. La paradoja que ejemplifica esto —tantas veces repetida— es la afirmación de que el que tiene como objetivo primero ser santo, es un soberbio, y un soberbio no puede ser santo.

La santidad es el resultado indirecto de querer comportarse como una buena persona, como un buen cristiano. No es lo mismo realizar duros ejercicios para tener unos músculos con los que sentirse orgulloso —unos musculitos de exhibición— que desear tener una adecuada resistencia física, para afrontar un determinado objetivo.

Puede que alguien piense que eso de la tentación del bien, aplicado al ámbito cristiano, es una pura digresión teórica. Que lo considere como un mal menor, cierta paradoja fácilmente salvable, o algo que entra dentro del paquete de los esfuerzos necesarios que acompañan a cualquier forma de mejora. Este es un pensamiento falto de análisis, ya que estoy hablando de desmesuras. Hablo de efectos perjudicales en ciertas personas, que no buscan la virtud (con su equilibrio) sino la súper-excelencia. Hablo, en resumen, de motivaciones basadas en el egoísmo, en un autoperfeccionismo (cerrado en si mismo o exhibicionista). Son actitudes difíciles de identificar como perjudiciales, al menos en primera instancia. Son la base de una conciencia convencida de su gran excelencia[13], de estar situado en un nivel moral superior.

Se pueden resumir esas personalidades diciendo que son una imagen de Escrivá. Diciendo que son muy proclives a verse en el pedestal de la excelencia, lo que supone aceptar de buen grado ciertos atajos malsanos para ser eficaces.

Sobre los medios. Los sistemas detestables

La consecución de un fin bueno no justifica el uso de medios malos (norma moral universalmente aceptada). El buen objetivo de aplacar el hambre, no se puede concretar en llegar a merendarse a una persona. No es un buen medio —no es una buena praxis— en especial para el que ha sido merendado.

El anterior parece un medio muy poco apropiado, lo que logramos ver de manera bastante evidente. Hay otros medios igualmente inapropiados, circulan por la mentira, la coacción, el engaño, la desmesura...

Otro de los medios perversos, que no se suele tener muy en cuenta, es el recurso a la voluntad de Dios: recurso a las sacralizaciones instrumentales. Este es un instrumento perverso, sumamente deformador de la religiosidad.

Las sacralizaciones son —entre otras cosas— un engaño que propicia el secuestro de la conciencia moral, ya que constituir elementos como producto de la voluntad de Dios propicia una extraordinaria ligadura de la conciencia. Es un engaño adecuado para la fácil concatenación de otros engaños morales similares. Esencialmente, este método le sirve al promotor para la implantación de una ascendencia o un poder moral sobre los demás, que le permite manejarlos según sus personales criterios. Lo que tiene como consecuencia la inmadurez o la alienación, el vivir la vida establecida por otro, no la propia.

Este sistema, en el ámbito cristiano, además de las consideraciones precedentes, es un fraude a la fe, o una corrupción idolátrica de la fe cristiana. Se está ampliando el ámbito de la fe con cuestiones accesorias o suplementarias, lo que solo puede ser considerado como una idolatría.

Los promotores. El narcisista

La psiquiatría ha analizado un tipo de persona, el narcisista, al que se le puede considerar como el candidato adecuado para sucumbir a la tentación del bien. Lo será porque, en una forma de desarrollo de esa patología, deseará construir grandes proyectos que pongan en evidencia su valía. Lo será, porque intentará el reconocimiento y dominio de los que le rodean.

El narcisista está tocado por el deseo de súper-excelencia y necesita la constante afirmación de su valía personal, en forma de contemplación personal o de admiración de las personas de su entorno.

Cuando ese tipo de personalidad tiene niveles patológicos y se cursa dentro del ámbito religioso —ambas cosas pueden coincidir—, las repercusiones no son fáciles de identificar y además son muy negativas.

El narcisista religioso, como todo narcisista, necesita un reconocimiento desmedido o maniático de sus cualidades. En este caso se centra en el reconocimiento de sus cualidades morales o religiosas, ya que parece que eso es lo que considera como los elementos que pueden enriquecer su yo. Ese reconocimiento de sus cualidades, tenderá al ámbito interno o externo, según se incline más o menos por la reafirmación interna de sus cualidades (autoperfeccionismo maniático) o por la búsqueda del reconocimiento de sus virtudes por los demás (exhibición de su bondad). Cada una de esas vertientes tendrá un peso diferente, según las personas. Configurará un carácter más o menos dado al contemplamiento interno de su perfección, o bien a exhibirlo e imponerlo.

En todo caso, cuando el narcisista desea el reconocimiento a su persona por parte de los que le rodean, suele originar un dominio sobre ellos. Esto es así, ya que sólo hay reconocimiento por parte de los demás, cuando éstos admiran la cualidad moral del narcisista, cuando la consideran deseable. El resultado es que el narcisista exhibe su bondad moral y trata de inculcar sus criterios en los que le rodean. Necesita el reconocimiento y el convencimiento de los circundantes. Lo que se traduce en la necesidad de tener personas sometidas a su influencia.

El narcisista patológico tiene una vertiente peligrosa cuando se constituye como un jefe de secta, un brujo o chaman, o como un pastor-ídolo (tal que Escrivá). Este tipo de personajes logra establecer entre sus adeptos una fuerte influencia moral, una influencia que está con frecuencia por encima de la lógica, porque hay en la vida asuntos que son previos a la lógica y en ese campo logran introducirse. De esa manera se constituyen las sectas y más en concreto las sectas destructivas, las que dominan la conciencia y la vida de los adeptos en función del criterio del conductor de la secta. Los afectados tienen imbuido un sentido de la vida —el que ha logrado introducirles el pastor— que puede ser más o menos raro, pero abandonar su sentido vital de la existencia no es fácil. Con frecuencia, esa dejación se les presenta como una desestructuración de su persona.


Este sistema de sometimiento o adhesión personal, en la actividad social normal, suele estar bastante mitigado, ya que el narcisista no suele encontrar elementos fáciles para el reconocimiento o sometimiento ajeno. No ocurre lo mismo en el terreno religioso, porque en él se entra en el ámbito de la fe y del sentido de la vida. Aquí es más fácil manipular la conciencia moral, con asuntos que se hacen basar en planteamientos pretendidamente sobrenaturales, o con puntos de vista que se hacen basar (en último término) en la voluntad de Dios. Es decir, el narcisista religioso se vale de sacralizaciones, de argumentos que presenta como basados en la voluntad Dios.

Para dedicarse a estas actividades, no hace falta tener una decidida voluntad de engaño a los demás, porque seguramente el narcisista religioso sufra un cierto autoengaño que le permite hablar de la voluntad de Dios de una forma comprometedora. Un autoengaño en el que se mete, que le permite convencer a los demás y apuntalar así su endeble seguridad. Sencillamente, es el camino para imponerse cuando se carece de fuertes argumentos.

El narcisista, en el plano social, puede ser bastante molesto pero se queda en el ámbito externo de la persona. En cambio, en el ámbito religioso la influencia es mucho más profunda y dominante, ya que entra en el ámbito de la conciencia moral. Produce un cierto secuestro de la conciencia, una esclavitud moral; ya que logra implantar normas y obligaciones, excesivas o innecesarias, o simplemente las que él elige como oportunas.

El narcisista religioso logra añadir a la fe cristiana elementos ilegítimos, cuestiones de conveniencia personal (realizado bajo la capa de la conveniencia sobrenatural). Esas inclusiones están tan adheridas, que el que logra desligarse del ámbito del narcisista, no es difícil que pierda la fe. Lo que es una demostración de que esa fe cristiana estaba fuertemente contaminada por las enseñanzas del narcisista.

El narcisismo dentro del camino de la santidad, es algo de lo que nadie puede extrañarse, a no ser que se extrañe del ser humano. Que alguien aspire a una excelencia tal, que no pare de mirarse en el espejo de la santidad para ver cómo se encuentra, no es tan raro, aunque no sea fácilmente evidenciable.


Para todo aquel que entre bajo la influencia de personas como las descritas, salir de su ámbito de influencia o dominio, resulta realmente complicado. Ocurre, que al dominio que extiende el narcisista, se suma el hecho religioso deformado. Como el hecho religioso implica toda la vida, los objetivos no son unos objetivos cualquiera, no son banales o fácilmente prescindibles. Prescindir de ellos supone deshacer el edificio de justificación vital que se había construido.

El fariseo y los medios perversos

Cuando las anteriores actitudes se mueven en el ámbito religioso de la vida, nos encontramos con el fariseo. A primera vista, no es fácil clasificar su actitud como una seria perturbación de la religiosidad, pero el hecho es que se constituye como algo bastante perjudicial.

En el terreno cristiano, el fariseísmo es una forma de tentación del bien, denunciada extensamente en el Evangelio con sus diatribas y condenas, dirigidas a escribas y fariseos. Con las duras calificaciones sobre su afición por querer mostrarse (la exhibición) con una excelencia moral superior (la desmesura) y a poner cargas morales encima de los demás (realizar sacralizaciones). En las páginas del Evangelio comprobamos que es un colectivo bastante repudiado (en cambio, no estaban repudiados socialmente) por sus características morales y religiosas. Es denunciada como una forma que enmascara y degrada la religiosidad y en concreto al cristianismo, porque en ese ámbito se ha logrado definir.

Para esos fariseos hay frases bastante despectivas en los evangelios: «guías ciegos que guían a otros ciegos», «... os parecéis a sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, mas por dentro llenos de muertos y de toda suerte de inmundicia»[14] Pero el fariseo quiere ser bueno, es creyente, tiene fe, es observante de la ley religiosa, propugna una sociedad construida con patrones morales excelentes ¿Qué es lo que ocurre para ser tan denostado?

Volvamos a repasar las características perversas del fariseo.

a) Está instalado en la excelencia moral
Es una persona rigurosa y exigente, lo que está motivado por un deseo interno de gran excelencia moral. Eso le hace sentirse superior a los demás, a mirarlos como inferiores: «¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana pago el diezmo de todo lo que poseo.»[15]
El deseo de excelencia moral o religiosa, le lleva hacia una alta autoexigencia en ese campo. A cumplir al pie de la letra todos los preceptos construidos alrededor de la religión. Pero resulta, que no se llega a la santidad mirándose al ombligo constantemente, queriendo tener una imagen moral excelente de sí mismo. Porque ése es el camino de la soberbia.
b) Tiende a la exhibición del bien
La identidad más comentada del fariseo es el afán de exhibir su excelencia moral —sus virtudes— ante los demás. Se les caracteriza por el deseo de reconocerse —y de ser reconocidos— en su bondad u observancia religiosa. Aunque, con frecuencia, sea una observancia según la letra de la ley, no según su espíritu.
c) Realiza sacralizaciones instrumentales
Trasmite o implanta sus aspiraciones en los demás mediante un procedimiento detestable: las sacralizaciones instrumentales.
Sobre este último elemento me detendré en el apartado siguiente, ya que lo considero un elemento esencial por peligroso. Un elemento que se puede encontrar con claridad en el OD.

Las sacralizaciones

Son muy características del fariseo la exhibición de sus virtudes morales y la rigurosidad y autoexigencia. Pero no siempre se analiza adecuadamente otra de las características esenciales del fariseo; característica que me parece más perjudicial que las anteriores. Las manifestaciones de esta característica, se describen en los evangelios diciendo: «...me dan culto vano, enseñando doctrinas que son preceptos humanos»[16]; «...echáis pesadas cargas sobre los hombros... »[17]. Es decir:

  • El fariseo impone cargas morales innecesarias sobre la conciencia.
  • Se implantan en nombre de Dios: «Es Dios quien lo quiere», parece concluir la argumentación de sustento de esas sacralizaciones.

Esas cargas morales se realizan queriendo agradar a Dios. Pero de esas sacralizaciones se dice: «...me dan culto vano» ya que en realidad lo que hacen es “enseñar doctrinas que son preceptos humanos”.

Esas sacralizaciones son un aspecto esencial de la deformada mentalidad de los fariseos. Una deformación más importante que la exhibición de la bondad, porque perturba, distorsiona la fe (“me dan culto vano”). Es un modo de proceder, que Jesús critica duramente en los Evangelios: «Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente...»[18]. Su consecuencia: la implantación de cargas morales por medio de una fe deformada.

A pesar de esas claras referencia de las Escrituras, algunos no se han dado cuenta que éste problema de las sacralizaciones, es un peligroso problema de contaminación o deformación de la fe. Esto no es un concepto abstracto, es uno de los mayores fraudes que se puede realizar, ya que incide en asuntos esenciales: vitales y religiosos.


Lo curioso de este espíritu fariseo es que responde a un deseo constructivo. Pretenden mantener, dar lustre a la religión y atraer a la gente a ese camino. Pero se lo plantean en términos equivocados. Recurren al camino de construir una excelencia moral superior, a exhibir la virtud en sus personas y a sacralizar elementos innecesarios. El objetivo es mover al bien y ligar a las conciencias con el bien. Pero las sacralizaciones de elementos secundarios suponen deformar la fe con añadidos innecesarios, son un fraude a la verdad, suponen la introducción de elementos de idolatría, en cuanto plantean elementos accesorios como parte de la fe.

A los fariseos les encanta la admiración que puede producir la virtud y quieren adornarse con tales vestimentas morales. Desean agradar a Dios, a la vez que procuran la admiración hacia su persona y hacia las construcciones morales que han realizado. Pero eso sólo es posible cuando hay una reverencia interna hacia esas construcciones. Lo más eficaz entonces es proceder a sacralizarlas, asegurar que son voluntad de Dios: esa es la manera de ligar las conciencias hacia e bien. Puede, además, que estén convencidos que ese es el camino que Dios quiere para darle culto.

Para calificar un asunto como idolatría, no hace falta que se sacralice un ídolo de oro con forma de becerro, como le ocurrió a Moisés con los judíos. Pueden ser elementos organizativos, costumbres, ritos, métodos, formas de funcionamiento, veneraciones a personas, lugares, normas de piedad, reglamentos, vestimentas... Elementos que podrían ser de cualquier otra manera, pero que se implantan como inamovibles, como queridos por Dios. En realidad, sólo son elementos que sirven para apoyar la identidad de un grupo, su diferenciación con el resto. Sirven para cohesionar al grupo de los elegidos, los que buscan la súper-excelencia. Ya que en el fondo, este proceso supone pensar más en la organización, en la cohesión del grupo, que en las personas.

El objetivo de los fariseos, parecen ser bellas construcciones organizativas (leyes, reglamentaciones, directrices, rezos... ) que constituyen su seña de identidad. Asuntos con los que se pretende construir un esplendoroso edificio moral o religioso. Para ello recurren a emitir leyes y reglamentos que terminan siendo fundamentados en la voluntad de Dios (se sacralizan). Con ello logran una fuerte adhesión a su sistema, a costa de colocar cargas inútiles sobre los demás; sobre los que confían agradar a Dios haciéndoles caso. Esas sacralizaciones resultan un añadido fraudulento a la fe, son una deformación de la fe o una forma de idolatría.

Éste no es un asunto menor en el ámbito religioso. No es lo mismo que consideremos que algo es querido por Dios, a considerarlo como una buena idea, aunque sea religiosa. Es muy importante preguntarse ante ciertos asuntos, métodos y reglamentaciones ¿Es esto realmente querido por Dios? Porque si tal asunto es sujeto de veneración y la respuesta anterior es negativa, estamos ante la veneración de un ídolo, ante una idolatría. Se está prestando veneración a algo secundario, dándole categoría de fe teologal.

Este aspecto de las sacralizaciones, es lo más preocupante, lo más peligroso y más definitorio de la conciencia del fariseo. Estas sacralizaciones innecesarias son un sistema pernicioso, que tiene como efecto la manipulación de las conciencias, ya que liga la conciencia moral. La secuestra, porque la liga a cuestiones secundarias, a inventos organizativos. Por ello, convierte en esclavos morales a las personas que están bajo su órbita. Una situación totalmente insana.


¿Por qué ocurre esto? El deseo de eficacia tiene la culpa, ya que el recurso a las sacralizaciones es uno de los sistemas más eficaces para conseguir fuertes fidelizaciones, seguidores incondicionales, que creen seguir un mandato divino cumpliendo un determinado método de religiosidad. Seguidores que han empeñado su vida —el sentido profundo de su vida— en una organización sacralizada. Han sido fanatizados. Su situación es muy similar a los de las sectas destructivas.

Esas sacralizaciones son la forma más refinada para controlar a las conciencias. Es una forma de dominación, creada generalmente para la eficacia, para la pervivencia de un sistema de ideas, de una forma de vida. Porque con ello se logra una inmejorable cohesión y control por parte de la organización.

Cuando esas sacralizaciones se logran implantar en la conciencia moral de las personas, entonces sí que la eficacia del sistema de fidelización, aumenta hasta grados insospechados. En esas situaciones, los afectados pueden ser movidos a empeñar su vida entera, sin resquicios y casi sin contrapartidas. Pero esa disposición está basada en una sumisión insana, porque corta el desarrollo del individuo como persona. Insana también, o sobre todo, porque genera una fe fraudulenta, en resumen una idolatría.

Para la organización tiene como ventaja que se anula el peligro de disidencia ante lo que se manda. Mediante el convencimiento con argumentos en los que subyace: “esto es voluntad de Dios”, se logran fidelidades absolutas y se logran aprovechar al máximo —exprimir— los recursos internos de las personas.


Otra consecuencia de esas sacralizaciones, que se manifiesta en el ámbito cristiano, es la pérdida de la fe en la persona que se decide a salir de ese ámbito. Con ese sistema, la contaminación de la fe es tal, que cuando alguien sale de un ámbito de sacralizaciones, no es raro que pierda la totalidad de la fe cristiana. Y ello es así porque la repercusión esencial de las sacralizaciones es la corrupción de la fe, además del secuestro de la conciencia y vida. Como hay adherencias impropias a la fe, en determinados momentos no se acierta a separar lo esencial de lo accesorio y se abandona todo de golpe. Tal consecuencia constituye de por sí un dato incuestionable, que abona la culpabilidad de esos sistemas. Tal consecuencia también se puede se puede observar en muchos de los que salen del OD.

Opus Dei y fariseismo

En las conciencias de los numerarios del OD, hay entelequias poderosas, que se implantan —y remachan—, con todos los medios de formación posibles, que son un tapón a cualquier tipo de razonamiento libre o neutro. Esas sacralizaciones prenden en la conciencia y la secuestran. Lleva a los numerarios a estar dominados por una multitud de reglamentos y pequeñeces, que Escrivá instituyó con tal ímpetu y lustre, que no dudó en fijarlos —sacralizarlos— como emanados de la voluntad de Dios. De esa manera, en el Opus Dei hay multitud de reglamentos, prescripciones, ideas y formas de funcionar que están sacralizados. La propia figura de Escrivá está sacralizada de una manera muy especial. Y todo ello, entra a formar parte de la “vocación” y por tanto de la “voluntad divina”, siguiendo su forma de argumentar.

Hay sobrados ejemplos de sacralizaciones en el OD. El mismo fundador da cumplido ejemplo del sistema, con su frecuente último recurso: «esto es voluntad de Dios»... Algunos elementos que podemos volver a repasar pueden ser:

  • La fundación del OD, como emanación incuestionable de Dios;
  • Escrivá como instrumento explícito de Dios;
  • la forma absoluta con la que se implanta la idea de la vocación;
  • la justificación de la obediencia a los que mandan como querida por Dios;
  • la implantación de un “espíritu sobrenatural” propio de los del OD, que no entienden del resto de los cristianos;
  • la fidelidad a todo elemento organizativo del OD como algo querido por Dios;
  • la asunción de todas las doctrinas y puntos de vista de Escrivá como elementos incuestionables.

Hemos visto, cómo esta dinámica de sacralizaciones y de influencia moral desmedida, es la que caracterizó y caracteriza, la actividad del fundador del OD con los miembros de la organización. Porque Escrivá parece tocado por el narcisismo religioso. Desde luego, ha logrado adhesiones inquebrantables a su persona; ha ejercido una autoridad inaudita entre sus hijos y un gran dominio sobre sus conciencias. Asuntos que logra hacer basar en la voluntad de Dios. Ese dominio continúa, porque sus sistemas y enseñadazas están incardinadas en el OD.

El OD, o Escrivá, ha establecido un manual y sistema, en el que no hay margen de maniobra personal, porque en ese camino «todo está atado y esculpido». No hay camino personal, porque el único planteamiento posible es “su” “camino”, la adaptación plena a su sistema religioso y organizativo. Un sistema que está sacralizado porque todo se hace basar en la voluntad de Dios, lo que lo configura como un sistema mental exigente y blindado, sin escapatoria moral posible. Camino que se configura finalmente como un túnel, un encierro.

Si el sentido de excelencia en lo religioso y las sacralizaciones innecesarias, son las características esenciales del espíritu fariseo, el OD está plenamente inmerso en un fariseísmo institucionalizado o institucional.

El numerario ha sido convencido de que está en un camino moral y humano excelente. Aunque no lo diga de manera explícita, se considera en un estado moral superior al resto de los cristianos, religiosos, clérigos y eclesiásticos en general (incluidos, por supuesto, obispos y cardenales), porque eso ha aprendido del fundador; el que le ha trasmitido ese sentimiento. Íntimamente, se considera con una entrega a Dios, excelencia personal y corporativa, por encima de todos.

La segunda característica farisea, la exhibición de las bondades, se condensa en la exhibición de las virtudes corporativas del OD y en especial de su fundador. Merced a ello, no se ha dudado en múltiples ocasiones en maquillar la verdad, para así dar buen ejemplo y mover a los demás al bien. Este proceso o método lo ha puesto en marcha Escrivá con su vida. Este método es el que se ha seguido en el proceso de beatificación de Escrivá, en el que hay demasiados asuntos no aclarados de su vida. Asuntos que se pueden explicar por motivaciones no tan sobrenaturales y edulcoradas como las que presentan las biografías oficiales.

Finalmente, llegamos a las sacralizaciones instrumentales. Los numerarios del OD, están metidos en tal cantidad de veneraciones y asuntos sagrados innecesarios, que tienen la conciencia moral secuestrada. Han sido adoctrinados y convencidos, para que en su cabeza se establezcan gran cantidad de sacralizaciones en forma de ideas, reglamentos, normas de piedad y de funcionamiento; en especial, en todos los asuntos de los que ha hablado Escrivá. La fe en todas esas cosas está amparada bajo el argumento “espíritu del OD”, lo que se sustenta en la idea de la vocación, de la llamada de Dios (por tanto son voluntad de Dios). Pero muchos de esos asuntos no son más que conveniencias organizativas y otros opiniones particulares de Escrivá. No obstante su fiel seguimiento está conectado con la voluntad de Dios, son parte de su fe particular, o del singular “espíritu sobrenatural” que viven los del OD. Este es su particular mundo de sacralizaciones.

El resultado es una sujeción de la conciencia, una fe en asuntos secundarios que configura a los del OD, en especial a los numerarios, como esclavos morales. Porque tienen la conciencia secuestrada, encadenada con elementos prescindibles.

Esas sacralizaciones le parecieron a Escrivá necesarias para mantener la fidelidad de las personas; para construir un sólido edificio de religiosidad y una adecuada solidez organizativa. Por ello se implementan fuertes ligaduras de conciencia en las personas. Por ello, se recurre a sacralizar formas y organizaciones, inventadas por ellos, como si fuesen unos valores absolutos, explícitamente queridos por Dios. Están pensando en su edificio: en la organización, el sistema, en la eficacia, más que en las personas. De ambas peculiaridades podemos encontrar detallados ejemplos en el OD; los he estado referenciado en estos escritos.

Merced a ese sistema (por ejemplo: esto procede de Dios, esto Dios lo quiere así...), se está metiendo en el conjunto de lo sagrado, asuntos secundarios. Se está incrementando la fe con elementos innecesarios, que después se respetan con adoración. Se proponen como emanación directa o indirecta de Dios, lo que es en realidad puro invento utilitario, asuntos organizativos, prácticos o de conveniencia. Eso es un pecado contra la fe teologal (nada menos).

Hay que recalcar, que si bien la exhibición de la bondad moral es una degradación de esa pretendida bondad, la sacralización de elementos secundarios es bastante peor, porque es una degradación de la fe teologal. Una idolatría. Por un lado, crea otros dioses a los que adorar y por otro lado, hay un constante uso del nombre de Dios en vano.

Todo ello es realizado conforme a un método estricto, que seguramente viene bien para algunos y es un corsé incomodísimo para otros, la mayoría. El objetivo parece ser la santidad, pero la insistencia, el quemar etapas según el manual, el manejo de sacralizaciones y —en especial— el manejo de las conciencias, son los asuntos que mejor propician el secuestro de esa conciencia. La consecuencia es vivir la vida de otro, la despersonalización o la alienación. Nos volvemos a encontrar con la estructura de pecado o con el ogro cariñoso, como lo queramos llamar.

Principal sacralización del OD: la padrelatría

[19]

Entre los asuntos que se han logrado sacralizar en las cabezas de los del OD, sobresale la figura de Escrivá y sus planteamientos, en una especie de referente cuasi-absoluto de todo lo divino y humano. Ha logrado un gran encumbramiento de su persona entre los seguidores. Ese encumbramiento tiene tales características e intensidad, que es una veneración dislocada, una latría, por lo que puede ser definida como una padrelatría.

Es Escrivá el que ha implantado en “sus hijos” una fe excesiva en su persona y pensamiento. Una fe que se traduce en el ciego seguimiento y acatamiento de todas sus disposiciones y argumentaciones (más bien enunciados). Y es un ciego seguimiento, porque a él no le gustaba nada que se pusiese ningún tipo de “pero” o anotación, a sus categóricas afirmaciones. Cualquier proceder tendente a mitigar el absolutismo de sus afirmaciones era considerado como un asunto de muy “mal espíritu” y denotaba una gran ausencia de “visión sobrenatural”.

En realidad, nos encontramos ante las mismas características que siempre han configurado al brujo de la tribu, el chamán, o el organizador de una secta destructiva. Para los seguidores del chamán —el tocado por la divinidad— todo lo que éste dice es admitido como dato indiscutible. Dato indiscutible anterior a todo razonamiento; y ese dato, alimenta al resto de las argumentaciones. De manera que hay planteamientos y asuntos, que aunque para la generalidad de la gente no tienen mucho sentido, para los seguidores del chamán son algo inamovible y fundamentado.

Cuando resulta que la supuesta fidelidad a la vocación al OD, pasa por una fidelidad sin reservas al fundador y a su pensamiento, entonces es claro que Escrivá se ha constituido en un fenómeno definible como pastor-ídolo.

Además, es el propio pastor, Escrivá, el que resume el modo habitual de pensar y proceder en el OD, diciendo a “sus hijos” que «quien no pasa por mi cabeza y corazón ha errado el camino», entonces está claro que se está postulando directamente como pastor-ídolo. Por muchos distingos y diferenciaciones que se hagan, la frase anterior de Escrivá, si la comparamos con la cita del Evangelio en la que Jesús dice: «Yo soy el camino la verdad y la vida»[20], nos encontraremos con una peligrosísima equiparación. Y si tal frase de Escrivá no les suena a muchas personas, como algo realmente peligroso en el plano cristiano —de naturaleza idolátrica— es que ellos también se han convertido en peligrosos.

El mismo tratamiento que se ha asegurado «el Padre» (palabra siempre escrita con mayúscula) es realmente arriesgado e indica una ascendencia moral impropia. En especial teniendo en cuenta la prescripción evangélica «a nadie llaméis Padre en la tierra, porque sólo hay un Padre que está en los cielos»[21]. Es más que arriesgado, porque esa frase evangélica es una mención explícita a no atender a los que se consideraban maestros de la ley. Es plenamente aplicable a Escrivá, porque él se consideraba, para sus hijos, como el maestro incuestionable de la moral y ley religiosa.

La figura del pastor-ídolo ya estaba plenamente institucionalizada, dentro del OD, en vida del fundador. Fue el mismo Escrivá el que se entretuvo en regular y fomentar tal sistema de adhesiones a su persona y sometimientos morales, e instaurarlo a perpetuidad. Siendo plenamente consciente del sometimiento de juicio y veneración que había implantado en la organización. Este proceso e intención de acumular adhesiones (que se convertían en adoraciones) se puede desvelar en muchos aspectos. En esencia se sintetizan en dos: el primero, en mostrar su dedo índice como el elemento legislador supremo[22]; otro, en fomentar la adhesión y ensalzamiento hacia su persona.

Escrivá instauró para sus hijos un trato a su persona reservado a un ser superior: con el saludo rodilla en tierra. Instauró unas peculiares relaciones paterno-filiales, más bien patriarcales, en las que él estaba situado en un plano superior; con la misma diferencia de nivel que entre un padre y un tierno infante. Prescribió que en todos los medios de formación internos, se hablase con frecuencia del fundador (el Padre), de su figura, de su correspondencia a la gracia de Dios, de su elección divina como instrumento para fundar el OD (como mensajero divino). Glosa que había que completar con sus virtudes cristianas, calidad humana, dedicación, visión sobrenatural, desvelo de padre, cariño de madre y alabanzas similares[23]. El que distribuía fotografías firmadas entre sus hijos, para que las llevasen encima y contribuyesen a que él fuese el elemento referente de sus vidas[24]. En definitiva, el que estableció un programa periódico de alabanzas a su persona. Todo eso, tenía la virtud (o el vicio) de colocarlo en nuestras mentes, en un pedestal de excelencia desmedido.


Con esta forma de proceder, Escrivá construyó una organización proclive a formar personalidades sumisas, que tienen al fundador subido al pedestal del endiosamiento. Un fundador al que se le atribuye una capacidad de juicio prácticamente infalible y al que entregaban una ascendencia moral y patriarcal que le encantaba. Él decía entusiasmarse con la figura del patriarca que aparece en la Biblia; la ponía como ejemplo admirándose de su autoridad y ascendencia. Una autoridad que él practicaba de igual manera trasnochada que esos patriarcas. Disfrutaba hablando de «sus hijos» como si de una propiedad se tratase. Se hinchaba con rotundas afirmaciones del tipo: «Yo no quiero eso para mis hijos».

Le encantaba apoyar sus afirmaciones, diciendo cosas tan razonadas (y tan ilustrativas de su mentalidad) como: «Decidle que lo he dicho yo, que lo ha dicho el Padre». Y con eso daba por concluido el sublime razonamiento. Los demás asentían y se reafirmaban en su adhesión y fe inquebrantable, porque con ello pensaban que agradaban a Dios. Cuando alguien apoyaba un argumento con algo similar a «lo ha dicho el Padre» se acababa el dialogo y la reflexión, sino era para manifestar alabanza y adhesión. Era de locos continuar apoyando la postura contraria.

En vida, Escrivá era un pastor-ídolo y sus hijos seguían de manera ciega al ídolo, en todo lo que decía y disponía. Después de muerto Escrivá, la situación de fe en el fundador se ha agrandado de tal manera, que si se analiza como se vive en la práctica, se verá que tiene forma de latría, una adoración solamente a Dios aplicable. Toda latría es herética; es uno de los pecados esenciales del cristianismo, porque se están admitiendo otros dioses (en teoría o en la práctica: de hecho). Es una idolatría definible, para el caso del OD, como padrelatría[25].

Una vez muerto y además santificado, el proceso ya es un delirio de fijaciones sacralizadas, sobre todo lo que ha hecho, dicho y emitido por la boca. Si ya en vida decía que «todo está escrito y esculpido», para indicar la fijación y sacralización de todos los asuntos organizativos del OD y a sus enseñanzas, después de su muerte, toda esa sacralización se agranda, de manera que no se puede tocar ni una coma. Dentro del OD, su persona, enseñanzas, frases y organizaciones instauradas por él, devienen en algo que es objeto de veneración absoluta; referencia inamovible. Todo lo que ha hecho se repite exactamente de igual manera. El resultado es un notable anquilosamiento institucional y de las personas.

Y eso es así porque en la cabeza de los del OD, Escrivá está por encima de todo: eclesiásticos, iglesia, papas, santos, padres de la iglesia y de quien se ponga por el medio. En el OD es moneda corriente citar frases del fundador como argumentos definitivos, incuestionables. Sus enseñanzas son consideradas en la práctica como infalibles. Todo se enfoca con las explicaciones y glosas de Escrivá, incluidos los evangelios. Escrivá es, para los del OD, como un segundo Dios. Y si los cristianos ya lo tenemos complicado con el tema de la Santísima Trinidad, sólo nos faltaba esto.

La sintonización con el pastor-ídolo es de tal manera que cualquier crítica se siente como un ataque personal. Eso es lo que explica algunas actuaciones como la ocurrida, hace años, en Barcelona en un tradicional juicio bufo estudiantil.

En la Facultad de Derecho de Barcelona era costumbre celebrar una astracanada estudiantil, consistente en una representación en la que se juzgaba, de manera jocosa, algún aspecto de la sociedad. Se le llamaba el juicio bufo. Hacia el año 1965 se plantearon hacerla sobre Escrivá de Balaguer. En esa época los del OD se movían mucho por la universidad, la institución empezaba a tener relieve social y en Barcelona había muchos jóvenes universitarios que tenían contactos, o habían ingresado en la institución.

La pretensión de que uno de los actos del juicio bufo fuese sobre Escrivá, no gustó absolutamente nada a los del OD, que dada su adoración por Escrivá, consideraron aquello —literalmente— como un sacrilegio. Algo que había que parar como fuese.

Como no consiguieron convencer a los organizadores del acto, decidieron actuar el día de la representación cortando aquello por la fuerza. Al acto fueron los del OD desde todas las facultades de la universidad. Cuando empezaba la parte correspondiente a Escrivá, interrumpieron el acto en tropel y a puñetazo limpio. Organizaron un buen escándalo y varios de los promotores de la representación, recibieron una cierta dosis de tortazos. El tema fue de tal manera que después, nadie en la facultad de Derecho se quería acercar a sus compañeros del OD.

Los participantes en el altercado, contaban orgullosos el sucedido en los ambientes internos; como una gran hazaña producto de su fidelidad al OD y al fundador. Los demás escuchaban con aprobación y entusiasmo. Tenía la narración un aspecto de defensa trasnochada del bien que parecía abierta, juvenil y hasta simpática, si prescindíamos de los afectados por el “repaso” manual y otras varias cuestiones morales. Los mismos narradores aseguraban que todo aquel suceso había sido contado a Escrivá, lo que me parece normal. Y que Escrivá, el Padre, había dicho que no hiciesen eso pero que se había alegrado y que bendecía cada tortazo que habían dado, que «lo bendecía con las dos manos.»

Quede la anécdota como una muestra de la adoración por Escrivá que los del OD tienen implantada en la cabeza. Adoración capaz de romper —por él— la mansedumbre cristiana y media docena más de consejos evangélicos. Porque él es la referencia intocable que está por encima de todas esas cosas.


La fidelidad de los miembros del OD al fundador, a Escrivá y a sus enseñanzas, se basa —desde que vivía— en la consideración literal, que había sido elegido por Dios para fundar el OD. Entonces Escrivá es el portador del depósito del espíritu del OD, algo querido por Dios (aunque al principio fuese algo sin ideas ni contenido). Por ello todo lo que Escrivá decía que formaba parte del espíritu del OD, era de origen divino, ergo, sacralizado, venerado: idolatrado.

Una vez convencidos de lo anterior, ya estamos en condiciones de abrir los oídos, la cabeza y el corazón, a todo lo que dice el pastor-ídolo. La consecuencia (como mensajero de la divinidad) es que todo lo que dice, debe ser escuchado con aceptación, porque es portador de una autoridad y ascendencia nada común entre los humanos de a pie. Entonces el pastor-ídolo, sabedor de su ascendencia, emitirá sus dictámenes, determinaciones, decisiones y opiniones, sobre todo lo divino y humano. Los demás, escucharán. Saben que es la fuente de la autoridad, que Dios ha confiado en él para llevara cabo en la tierra su misión, y aceptarán todo lo que diga. Más que aceptarlo, harán lo posible por venerarlo y justificarlo racionalmente. En este punto los numerarios —y los de situación asimilable— han sido iniciados en un proceso en el que piensan por medio de otro. Un proceso que termina con el secuestro de la conciencia moral: en una esclavitud moral.

Será así, porque de ello se encarga constantemente la formación interna del OD y la insana dirección espiritual que imparte entre sus socios. Entonces el pastor-ídolo no cesa de emitir juicios, indicaciones y especificaciones morales. Asegura que son voluntad divina los asuntos que considera convenientes. Asuntos que no son expuestos a la consideración y juicio de los receptores; son especificaciones y mandatos emitidos con autoridad, para ser aceptados, acatados, cumplidos (aunque sean emitidos con una sonrisa). Con la autoridad de alguien al que, al parecer, Dios ha elegido como instrumento para fundar el Opus Dei, para realizar Su Obra en el mundo. De alguien que se anuncia como instrumento de Dios y que pregona con seguridad gran cantidad de decisiones, en las que asegura —directa o indirectamente— que Dios lo quiere así.

Así, se sacraliza cualquier asunto y especificación, sea moral o de funcionamiento pedestre. Se sacraliza porque parece que es Dios quien quiere que se cumpla todo eso y de esa manera concreta; que es Dios quien quiere que obedezcas eso. Por ello, sólo tienes dos opciones: o aceptas a Escrivá como fuente de autoridad indiscutible (mediador divino), o te marchas del OD.


En la predicación cristiana se recurre con cierta frecuencia a considerar idólatras a los que ponen por delante en su vida, al dinero, las apariencias sociales, la fama o cualquier otro asunto. Se considera que están valorando a todo eso más que a Dios o al menos equiparándolo en la práctica. Por eso se les tacha de idólatras y se considera que atentan indirectamente contra el primer mandamiento: «Amarás a Dios sobre todas las cosas». Al OD con su fundador le corresponde plenamente esa apreciación, por lo que he mencionado de fe, adoración, y de valor superior de todas sus enseñanzas y persona. De manera que esa veneración es insana. En la práctica es igualmente herética que las otras latrías o idolatrías (o mucho mayor).

No hay mayor adoración que la que se realiza con estas formas de sometimiento mental. Producen una sumisión que configura totalmente la vida, la mediatiza o la fanatiza. No hay mayor adoración que considerar voluntad de Dios las directrices que emanan del pastor-ídolo. Y eso es lo que les pasa a la generalidad de los que pertenecen al OD. Cuando una frase se convierte en un argumento de tipo incontestable, porque “lo ha dicho el Padre”, eso quiere decir que Escrivá se ha constituido en un pastor-ídolo. Quiere decir que hay una total sumisión mental: una adoración efectiva.

Los numerarios del OD estudian teología y saben (deberían saber) la diferencia entre la dulía (culto que le corresponde a los santos) y la latría (adoración que le corresponde a Dios). Pero eso es mera teoría de clasificaciones. En la práctica, en el caso de Escrivá dentro del Opus Dei, es difícil de deslindar ese culto de una veneración casi total. Es decir, es difícil despegarlo de la adoración: hay demasiado sometimiento mental a la figura y enseñanzas de Escrivá, demasiada fe en todas sus enseñanzas (divinas y humanas); lo que sólo es posible si implícitamente se le considera como un ser superior, como algo parecido a un dios menor. Un dios menor al que se le presta adoración —latría— en forma de total sumisión mental.


Escrivá parecía tener una honda sensibilidad religiosa. La mayoría de sus predicaciones se pueden considerar como evangélicas y perfectamente homologables a la realidad cristiana. Pero aunque se le pueda considerar y él se considerase, como profundamente cristiano y evangélico; aunque pensase que hacía bien a la gente, al mundo y a la Iglesia, su frecuente uso de métodos insanos (entronización en la excelencia, tendencia a las sacralizaciones y su configuración como pastor-ídolo) perturba profundamente el cristianismo. Puede que todo eso lo hiciese para lograr una mayor eficacia, pero en la práctica es pura incongruencia, que no hace más que producir distorsiones en todo lo que toca. En especial en la vida de los numerarios del OD.

El control sobre la conciencia

En el OD, a falta de carisma específico fundacional[26], se habla de la santidad. A los que se acercan a su órbita se les implanta un plan de vida, un sistema de normas propias de funcionamiento y de piedad. Un sistema precocinado, con el que se les asegura que están en el camino de la santidad. También se les inculca una fidelidad extrema al espíritu fundacional, lo que se traduce por fidelidad extrema al fundador.

Para los numerarios, el sistema —método o manual— es rígido y desmedido, además de sacralizado. El manual —lo que deben hacer y cómo deben hacerlo— abarca todos los aspectos de la vida sin resquicio; desde las normas de piedad hasta cómo deben de pensar y enfocar los aspectos más normales de la existencia. Y como todas esas formas se empeñan en ligarlas con la voluntad de Dios, el resultado es un dirigismo extremo y un control excesivo; productos ambos de una fe impropia.

Al final todo ello se reduce a unas formas, más o menos convenientes, enseñadas por unos intermediarios que perecen ser agentes de Dios. Si bien ellos son conscientes de que no han recibido ninguna inspiración directa de Dios, sí consideran que cualquier aspecto del espíritu del OD —forma de funcionar—, es querido por Dios, ergo, es voluntad divina. Esto es una cadena de apoyos, en la que unos enseñan a los siguientes a asumir esos presupuestos, hasta que se llega al fundador, Escrivá, que el que ha iniciado el proceso y ha inculcado esas tremendas y temerarias seguridades, fundamentadas en la voluntad de Dios.


En el caso de los numerarios, como prácticamente todos se enrolan en el OD en la época de la adolescencia, ese sistema logra situarlos bajo una peculiar influencia tutelar. Es una tutela que se cursa mediante una dirección espiritual realizada bajo la característica de la obediencia y sometiendo las intimidades de la conciencia a un intenso tráfico de informaciones[27]. Tutela asumida —tal como la admite un menor de edad—, que continúa después muchos más años; en algunos toda su vida. Tutela que se enraíza inicialmente y después persiste, con el argumento de la vocación sobrenatural, de la voluntad de Dios y de la filiación al fundador, que ha sido su instrumento para fundar el OD. El camino “vocacional” en el que están metidos.

Lo cierto es que este sistema de ligadura de la conciencia, funciona bien desde el punto de vista organizativo. Es eficaz y eso le gustaba mucho a Escrivá; aunque esa eficacia pasase por encima de sensibilidades, libertades y juicios personales. Posibilita la existencia de una organización delimitada y cohesionada. Posibilita una obediencia muy efectiva y práctica, ya que evita muchas dudas y vacilaciones. Pero, para una organización que pretende formar a personas de forma integral, eso es sumamente incongruente, es un atajo insano. Un uso de medios ilícitos: el resultado de una tentación del bien. Con ese proceder se está primando el aspecto corporativo (lo primero es la organización y funcionamiento del OD) y colocándolo por encima de la persona.

Quien establece entre sus seguidores un sistema como el descrito, debería tener algún tipo de responsabilidad; no sólo moral. Que el resultado organizativo es eficaz no se puede negar, pero eso no excusa nada, más bien puede ser una prueba en contra de la bondad del sistema. También eran eficaces los remeros de las antiguas galeras ¿Qué la mayoría de ellos no tenían otra opción: estaban encadenados o no tenían otra opción? Cierto, pero los que reman en el OD están en situación similar, tienen cadenas en la cabeza, en su capacidad de razonamiento. Su libertad está seriamente dañada por los elementos de contención: las sacralizaciones instrumentales en forma de absolutismos artificiales, a los que se llama —impropiamente— «voluntad de Dios», «vocación sobrenatural», «obediencia», «fidelidad», etc.

Es claro que tal proceder conviene en grado sumo a cualquier organización. La hace eficaz: unos deciden y otros ejecutan con fidelidad absoluta. Lo que incluye además en el caso del OD dos características alienantes: esforzarse por poner ilusión y ganas en el tema, y además intentar justificar internamente, racionalmente, la necesidad esas acciones. Es un sistema organizativo altamente eficaz, pero los problemas que se derivan de él no son pequeños. El principal es que tal modo de proceder mantiene un rescoldo infantil en la personalidad de los que así proceden. Mentalidad de quien espera que su mamá —la madre buena: la Obra, el OD— le diga por dónde tiene que ir, lo que tiene que hacer y pensar. Asunto propio de personajes poco autónomos, poco libres, con evidentes rasgos infantiles.

Este infantilismo, entronca plenamente con el tratamiento de “Padre” que se aplicaba al fundador y que se ha mantenido para los sucesores, aunque su título oficial sea «Presidente General» o «Prelado del OD».

Tal sistema de fidelidades y encadenamientos, no sólo es malo para el adecuado desarrollo de las personas, también es malo para la cualquier institución u organización cristiana, ya que favorece la discrecionalidad de los dirigentes y dificulta notablemente la capacidad interna de regeneración. El resultado es el anquilosamiento, que es lo que está viviendo el OD en estos momentos, a marchas aceleradas, ante la incapacidad de reaccionar de sus dirigentes.


Para sobrellevar esta situación, hay que ser de una pasta especial, tomarse las cosas con cierta parsimonia y relatividad, aprender lo que significa el gran teatro del bien, y lograr ver que eso de la voluntad de Dios es algo parecido a una licencia literaria. Cuestiones nada fáciles, ya que te inculcan lo contrario.

Por otra parte los que fácilmente logran tener en su cabeza una cierta relatividad para esos conceptos tan absolutos, son los que necesitan un mayor seguimiento y apriete de tuercas, al menos desde el punto de vista de la institución. Sin embargo, los criterios son comunes y el sistema se establece con carácter general. Pero los que usualmente se toman las cosas en serio, los que para funcionar de manera responsable no necesitan tantas recomendaciones, exhortaciones e insistencias machaconas, resultan sometidos a una presión desmesurada. De ellos surgen los deprimidos[28], los ansiosos, los que necesitan acudir al psiquiatra y ser medicados con psicotropos.

Este es el “camino” que se promueve dentro del OD y que el tiempo acaba por certificar, que no es más que el camino de un burro de noria, cerrado en circulo, sin horizonte. El horizonte visionario del principio, ese en que aspiraba a ir más allá de las estrellas —al infinito— muestra su peculiar infinitud, en el repetido recorrido de un pequeño circulo cerrado y deprimente. La alta aspiración del principio, se va materializando con persistencia en la perspectiva vital del burro de noria: atado —con ligaduras morales artificiales— y recorriendo el pequeño círculo de la noria una vez tras otra. Perspectiva propia de infrahumanos: de burros, de bestias de carga.

La imagen de un burro[29] de noria era propuesta por el fundador con gran precisión y detalle. Su intención era alabar una vida oscura de servicio y trabajo constante, pero desfiguraba la imagen que pretendía exponer, al presentarlo con caracteres épicos. Aunque hay que decir, que conseguir exponer el ejemplo del burro de noria con colorido épico, tiene su mérito.

Pero si él proponía ese ejemplo, probablemente es porque llegó a ver su vida de esa manera tan poco esperanzada. No sé si eso sucedió antes o después de su intención de irse del Opus Dei para fundar otra cosa (o eso argumentaba). No sé si sucedió antes o después de otra época de postración vital y mutismo, en la que necesitó la asistencia de un psiquiatra[30]. Sea cuando fuere, permaneció atado a la noria que había construido, dando vueltas y más vueltas. Convenciéndose a sí mismo de que todos los detalles de aquel conjunto organizativo —creado por él— eran voluntad de Dios. Poniendo fardos y cargas morales sobre los hombros de los que había convencido que agradaban a Dios siguiendo su manual; convenciéndoles de que esa era la voluntad de Dios para ellos. Consciente de lo que hacía, a los destinatarios de estas cargas les hablaba del burro en términos épicos, de lo bueno que era trabajar, insistir, perseverar en ese horizonte cerrado y encadenado. Todo ello narrado con un forzado sentido positivo. Pero «genio y figura hasta la sepultura», ya que en alguna de sus glosas le salía la veta teatral junto con la pillería y empezaba a hablar de lo inteligente que era el burro: «mirarlo bien, tiene cara de catedrático». Algunos entendían esto, otros lo consideraban como algo gracioso ¿Cómo considerarlo, cuando lo decía estando entre el público algunos catedráticos (“hijos” suyos) y Escrivá era muy consciente de ello?


Las sacralizaciones instrumentales producen un encadenamiento de la conciencia, un secuestro insano. Son las productoras de la esclavitud moral. Tales consecuencias, son los datos objetivos de los que habría que partir en cualquier análisis sobre el OD, que diese lugar a alguna revisión de su monolítico proceder. Asunto no obstante difícil, ya que ellos identifican toda esa profusa reglamentación con su espíritu o característica fundacional. Y en su lógica argumental concluyen que es algo querido por Dios. Por ello consideran que romper las cadenas mentales de su esclavitud moral, sería un desatino. En fin, un verdadero galimatías para los que están metidos dentro.

¿La palabra clave es la eficacia? ¿Vale cualquier medio? ¿Esto es lo que tiene por espectador a Dios y a la Virgen? Más bien esto parece un montaje de locos, en el que al final sólo se atisba una postura razonable: el alejamiento.

La síntesis: padrelatría y fariseísmo

Hemos visto como a Escrivá (el Padre), primero se le constituye (se constituye él) como pastor-ídolo y después instaura un culto, una adoración (latría) definible como una padrelatría o patrolatría (adoración al padre). Hemos visto como múltiples elementos organizativos del OD están sacralizados para mayor eficacia y sujeción a la organización. Estamos entonces ante un fariseísmo, puesto en marcha por Escrivá y promovido institucionalmente.

Las sacralizaciones de ideas y persona, es el instrumento fundamental, que permite el manejo de las almas de los numerarios y el secuestro de su conciencia. Un secuestro moral, o esclavitud moral, que permite la exigencia desmedida y rigorista.

Sinteticemos ahora algunos ejemplos de sacralización e idolatría, de neto fariseísmo o de seguimiento del pastor-ídolo, que son comunes dentro del OD:

  • La mayoría de las cuestiones organizativas del OD son sustentadas por un razonamiento pretendidamente sobrenatural, pero inconsistente: la fundación del OD es querida por Dios, por eso todos los detalles organizativos son queridos por Dios, por tanto intocables. Su trasgresión se considera una falta de fe y de sentido sobrenatural: son adorados, están sacralizados.
  • La fidelidad de los miembros del OD al fundador, a Escrivá y a sus enseñanzas, se basa —desde que vivía— en la consideración literal que había sido elegido por Dios para fundar el OD. Entonces Escrivá es el portador del depósito del espíritu del OD, algo querido por Dios. Por ello, todo lo que Escrivá decía que formaba parte del espíritu del OD, era de origen divino, ergo, sacralizado y venerado: idolatrado.
  • Lo anterior se manifiesta, no sólo en sus enseñanzas, también en la persona de Escrivá. Ya que, con el mismo razonamiento anterior, se llegaba a su constitución como pastor-ídolo y después a una especialísima veneración, definible como la padrelatría.
  • Se implanta la idea de la vocación divina —de una llamada de Dios— en sentido literal y con la fuerza que proporciona el sentido literal de la afirmación: un absoluto. Ello tiene como objetivo ligar las conciencias y conseguir la ciega fidelidad de la persona. Este absolutismo, es una temeridad por parte de quienes lo plantean así, ya que se están arrogando la capacidad de conexión directa con Dios. En la medida en que esa idea se implanta, con la seguridad de algo querido por Dios, se está sacralizando —idolatrando— una piadosa afirmación. Se está procediendo a implantar un sistema netamente fariseo. Esta es una de las mayores sacralizaciones a las que están sometidos los numerarios.
  • La justificación de la obediencia a los que mandan, basada en planteamientos absolutos, en los que se llega a una clara conclusión: Dios quiere que se obedezca a los directores.
  • Merced al mismo planteamiento sobre la voluntad de Dios, cualquier cosa es posible en la vida de un numerario y con ello está sometido a todo tipo de reglamentos, consejos y encauzamientos. Todos divinizados, sacralizados, inamovibles: farisaicos.




Estas cosas ocurren en el OD literalmente de la forma descrita. Es un aspecto muy negativo. Lo es en sentido neto, aunque el promotor de ese sistema, esté totalmente convencido que les está haciendo un bien a los que somete bajo sus sacralizadas prescripciones. Lo es, aunque él mismo pueda llegar a estar convencido que aquello proviene de Dios. Aunque para esto último, considero necesaria una cierta dislocación mental, alias, locura. Algo de eso hace falta, para llegar a justificar internamente las piruetas mentales sacralizadoras. Piruetas con las que Escrivá no tuvo más remedio que constituirse en portador de la divinidad. Simultáneamente, probablemente no tenga más remedio que constituirse en hacedor del gran teatro del bien, en el que espera tener como espectadores a toda la corte celestial.

Los numerarios están sometidos a una esclavitud moral; esclavitud peor que la física (ya que en ésta última, la cabeza, el juicio queda libre). Han sido sometidos a un control y manipulación de la conciencia, que les hace ser la pieza invisible de una maquinaria benefactora. Para ellos el OD se ha constituido en una especie de ogro, que pretende hacer el bien a la fuerza: un ogro cariñoso y torpe, que araña cuando acaricia.

El ogro cariñoso muestra aquí una peculiaridad, consistente en el ataque a la autonomía de la conciencia, a la raíz de la libertad personal. Pero el ogro asegura que desea acariciarte y te asegura: “Es para ayudarte, para que no te pierdas en este mundo lleno de relativismos y de valores invertidos. Es por tu bien (mi pobre niño, pequeño y desvalido)”.



Notas

  1. El Index Librorum Prohibitorum, o Índice de libros prohibidos. Su publicación fue iniciada por el Santo Oficio hacia 1559, en el inicio de la Reforma Protestante, para dar a conocer que ciertos libros eran juzgados por autoridades competentes de la Iglesia cómo dañinos a la fe, por ser contrarios a las enseñanzas de la fe o moral, porque desacreditaban a la Iglesia o podían confundir la fe de los creyentes. Después se añadieron penas morales, para los que leyesen o retuviesen tales libros. Las penas morales fueron suprimidas después del Concilio Vaticano II, el 14 de Junio de 1966.
  2. En estas “tertulias” solía estar en un estrado, siempre de pie y moviéndose cómo en un escenario de teatro.
  3. Este asunto se puede completar diciendo que Josef Ratzinguer (entonces cardenal), presidió una reunión, en la que las prelaturas personales (acorde con el Concilio Vaticano II) quedaron fuera del encuadramiento jurídico de las iglesias personales. Asunto de importantes consecuencias para la situación jurídica del OD.
  4. El consiliario se llamaba a máximo exponente de una región —en este caso España— en el orden de gobierno dentro del OD. Actualmente se debe de llamar también representante en España de la Prelatura.
  5. La comisión, era el órgano de gobierno de una región. Lo preside el consiliario.
  6. Un sucedido muy similar lo cuenta Joaquín Prieto (El País; domingo 12 de abril de 1992), en este caso lo aplica a Francisco Planell. Supongo que proviene igualmente de la tradición oral, aunque cita a Álvaro del Portillo cómo fuente docente. En este caso, la narración es todavía más teatral y autoritaria: «Esto no marcha; no dais la importancia necesaria a las disposiciones que os hacemos llegar de Roma. Por tanto, harás lo que yo te digo: apenas veas llegar de Roma un aviso o una indicación concreta mía tomarás aquel folio y durante la reunión de la comisión te arrodillarás, te lo pondrás sobre la cabeza con las manos y dirás: Esto viene de nuestro fundador; por tanto, viene de Dios, y hay que ponerlo en práctica con toda nuestra alma.» [Francisco Planell fue bastantes años director de la Delegación de Barcelona del OD]
  7. Con el tiempo ese tipo argumento se suaviza, diciendo que aquello no es propiamente un mandato divino, sino que Dios quiere que se obedezca en todo lo que piden los directores. Lo contrario sería demasiado flagrante y también muy arrogante, ya que no deja de ser arrogancia en grado sumo esa forma de plantearlo. Es un ejemplo de las ligaduras de conciencia que se implantan en el OD: El fundador impone algo, y después asegura que Dios lo quiere así.
  8. Párrafo (ligeramente modificado) del final de la novela: Misericordia, de Benito Pérez Galdós. «En la ínsula de doña Francisquita, se estableció con mano firme la normalidad al mes de haber tomado las riendas y todos allí andaban derechos...”
  9. Bueno: (Dicho de una persona, en sentido irónico) Simple, bonachona o chocante. Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua.
  10. Italo Calvino, en su obra, El Vizconde Demediado, describe a un personaje, el vizconde Medardo, que había sido partido en dos con una cimitarra turca. En una de las mitades solamente estaba la parte buena y en la otra, la parte mala. Ambas en estado puro, sin el contrapeso de la otra.
  11. Libro escrito por Adolf Hitler (1889-1945). La primera parte es considerada cómo más personal y la segunda cómo el programa del Partido Nacional-Socialista de Alemania.
  12. Juan Antonio Rivera, Lo que Sócrates diría a Woody Allen, Editorial Espasa, Madrid, 2003, Pag. 169
  13. He contrapuesto la virtud a la excelencia, el equilibrio o la mesura que requieren las virtudes con la excelencia, a la que, en general, no se le aplican equilibrios ni límites. Por eso, uso la palabra excelencia con un tono peyorativo, como una manifestación de la soberbia.
  14. Nuevo Testamento, Mt 23, 27
  15. Nuevo Testamento, Lc 18, 11-12
  16. Nuevo Testamento, Mt 15, 9; Mc 7,7
  17. Nuevo Testamento, Lc 11, 46
  18. Nuevo Testamento, Mt 23, 4
  19. Padrelatría o patrolatría. La adoración al padre (Escrivá). JMMA, me ha brindado esta preciosa palabra, para expresar una realidad muy peligrosa que está incardinada en la médula del OD y que es origen de la mayoría de los males internos que afectan a esa institución.
  20. Nuevo Testamento, Jn 14,6
    Todas las glosas que se hacen de esa frase del evangelio, coinciden en un doble sentido: Jesús es el camino hacia Dios Padre y es además el único camino. Todos los otros caminos son idolatría.
  21. Nuevo Testamento, Mt 23, 9
  22. «Dile que lo digo yo. Que lo ha dicho el Padre», «Yo pongo mi índice», «El que no pasa por mi cabeza y mi corazón ha errado el camino»...
  23. Con esta enumeración estoy condensando el esquema exacto que se usa en los medios internos de formación del OD.
  24. Todavía conservo una de esas fotografías (fechada en 1968), en dónde no se le aprecia ni una sola cana en el pelo (a los 66 años). Resulta interesante comprobar la puesta en escena de esa foto de estudio. Puede ser una síntesis del sistema empleado para su ensalzamiento personal, ya que la imagen —su persona en espera de adhesiones— está acompañada (en el reverso) por una jaculatoria: un elemento religioso, como apoyo o instrumento para las fidelidades personales.
  25. El ciego seguidísimo al fundador (el Padre) es una efectiva adoración (latría). De ahí surge la inquietante palabra: padrelatría (o bien patrolatría si se le quiere dar un aspecto más científico).
  26. Falta de idea fundacional. Lo que se considera cómo característica fundacional, proviene de muchos años después de la fundación.
  27. No hay libre elección de director espiritual; se realiza usualmente con el superior jerárquico; no se guarda el secreto natural.
  28. La máquina biológica se satura o se desgasta y aparecen ideas negativas: de seguir de esa manera carece de interés vivir, se añora el “descanso eterno”. Esas ideas negativas suponen una defensa biológica en la medida que incitan a descansar o a tomarse las cosas de otra manera.
  29. Cuando alguien pedía la admisión cómo numerario, se solía colocar una figurita de burro en algún punto concreto de la casa. El número de figuritas indicaba el número de personas que habían solicitado la admisión ese año. (Para las numerarias, la figurita era un pato)
  30. Psiquiatra numerario, por supuesto. Perteneciente entonces a la Clínica Universitaria de Navarra, que fue llamado a Roma para tratar médicamente a Escrivá. Allí estuvo una temporada.
    Es una lástima, y una gran carencia, que su testimonio no esté en el proceso de beatificación de San Josemaría.



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