La santificación del trabajo. Un texto de Teilhard de Chardin

From Opus Dei info

Por Ottokar, 25.09.2006


El artículo de S.C. sobre la Relación ente Josefa Segovia (co-fundadora de la Institución Teresiana) y el padre Escrivá (fundador del Opus Dei) hace referencia a la cuestión de que Escriva pudo haber “tomado prestadas” del Padre Poveda muchas ideas de éste, tal como sugiere Estruch en Santos y Pillos.

También sobre este tema vuelve a ser Opuslibros la fuente donde profundizar, ya que las biografías oficiales pasan de puntillas sobre las relaciones entre Escrivá y Poveda, no vaya a ser que la genial aportación de Escrivá a la teología del laicado –anticipándose al Vaticano II- pudiera haber tenido algún precedente humano. Así Marcus Tank nos ha ofrecido escritos como Pedro Poveda y José María Escrivá, dos amigos canonizados, y La acción fundacional del Opus Dei.

Ante la insistencia por parte de la literatura oficial del Opus Dei del papel de Escriva en la predicación de la santificación en y a través del trabajo profesional como “precursor” del Vaticano II creo que sería muy interesante llevar a cabo un estudio en profundidad de otros posibles precedentes...

He comenzado por consultar “Vocación, Trabajo, Contemplación”, de Pedro Rodríguez, publicado en la Colección Teológica de la Universidad de Navarra, con la esperanza de encontrar alguna referencia a otros precedentes. Tras la inevitable mención de la interpretación de Lutero del trabajo profesional en la vida del cristiano (pag.38), se pasa directamente a Escrivá, dando la sensación de que en el mundo católico, desde que San Pablo escribe a los Corintios diciéndoles: “Que cada cual permanezca en la vocación a que ha sido llamado” (1 Cor 7,20), nadie se ocupa de este asunto hasta que Escrivá funda el Opus Dei. (Para estudiar la cuestión en el mundo protestante una referencia clave es “La ética protestante y el espíritu de capitalismo”, de Max Weber).

Sí he encontrado, en cambio, un texto de Teilhard de Chardin en su libro “El Medio Divino”, que me ha llamado mucho la atención tanto por su contenido como por la fecha en que fue escrito (redactado entre noviembre de 1926 y marzo de 1927, revisado en 1932. (Cfr. "La filosofía de Pierre Teilhard de Chardin", Alfonso Pérez de Laborda, pag.157).

Quién conozca otros textos, le invito a que los dé a conocer en Opuslibros. Entretanto os dejo con unos extractos del padre Teilhard.

No me parece que exagere al afirmar que para las nueve décimas partes de los cristianos practicantes, el trabajo humano no pasa de ser un «estorbo espiritual». A pesar de la práctica de la intención recta y de la jornada ofrecida a Dios cotidianamente, la masa de los fieles abriga oscuramente la idea de que el tiempo pasado en la oficina, en los estudios, en los campos o en la fábrica es tiempo sustraído a la adoración. Naturalmente que es imposible no trabajar. Pero es también imposible pretender entonces esa vida religiosa profunda, reservada a quienes tienen holgura para rezar o para predicar todo el día. En la vida es posible recuperar algunos minutos para Dios. Pero las horas mejores quedan absorbidas, o al menos depreciadas, por los cuidados materiales. Bajo el imperio de este sentimiento hay una masa de católicos que lleva una existencia prácticamente doble o fastidiada: necesitan quitarse el ropaje de hombre para sentirse cristianos, y aun sólo así cristianos inferiores.

Después de lo que hemos dicho acerca de las extensiones divinas y de las divinas exigencias del Cristo místico o universal, se ponen de manifiesto la inanidad de estas impresiones y la legitimidad de la tesis, tan cara al Cristianismo, de la santificación por el deber de estado. Sin duda, hay en nuestras jornadas minutos especialmente nobles y preciosos, los de la oración y los sacramentos. Sin estos momentos de contacto, más eficaces o más explícitos, la afluencia de la omnipresencia divina y la visión que de ella tenemos se debilitarían muy pronto, hasta el punto de que nuestra mejor diligencia humana quedaría para nosotros vacía de Dios, aun sin perderse totalmente para el Mundo. Pero una vez conferida esta parte celosamente a nuestras relaciones con un Dios, si puedo decirlo así, encontrado «en estado puro» (es decir, en estado de Ser distinto de todos los elementos de este Mundo), ¿cómo temer que la ocupación más banal, la más absorbente, o la más atractiva, nos fuerce a salir de Él? Repitámoslo: en virtud de la Creación, y aún más de la Encarnación, nada es profano aquí abajo para quien sabe ver. Por el contrario, todo es sagrado para quien distingue, en cada criatura, la parcela elegida de ser, sometida a la atracción del Cristo en vías de consumación. Reconoced, con ayuda de Dios, la conexión, incluso física y sobrenatural, que enlaza vuestro trabajo con la edificación del Reino Celeste, ved al propio Cielo sonreíros y atraeros a través de vuestras obras; y al salir de la Iglesia a la ciudad ruidosa, ya no tendréis sino la sensación de seguir sumergiéndoos en Dios. Si el trabajo os parece insulso o agotador, refugiaos en el interés inagotable y sedante de progresar en la vida divina. Si os apasiona, haced pasar por el gusto de Dios, a quien conocéis mejor y deseáis mejor bajo el velo de sus obras, ese impulso espiritual que os comunica la Materia. Nunca, en ningún caso, «que comáis o que bebáis»... consintáis en hacer nada que antes no hayáis reconocido tenga un significado y un valor constructivo en Cristo Jesús. Esto no es sólo una lección salvadora cualquiera: con arreglo al estado y la vocación de cada uno, es la vía misma de la santidad. En efecto, ¿qué es para una criatura ser santa, sino adherirse a Dios con el máximo de sus fuerzas? ¿Y qué es adherirse a Dios al máximo sino, en el Mundo organizado en torno a Cristo, cumplir la función exacta, humilde o eminente a que, por naturaleza y sobrenaturalmente, se halla uno destinado?

En la Iglesia vemos toda clase de agrupaciones, cuyos miembros se aplican a la práctica perfecta de tal o cual virtud particular: misericordia, desasimiento, esplendor, ritual, misión, contemplación. ¿Por qué no ha de haber también hombres entregados a la obra de dar, con su vida, el ejemplo de la santificación general del esfuerzo humano? ¿Hombres cuyo ideal religioso común fuera explicitar consciente y completamente las posibilidades o las exigencias divinas que encierra cualquier ocupación terrestre? En una palabra, ¿hombres que en el campo del pensamiento, del arte, de la industria, del comercio, de la política, etc., se entregasen a realizar, con el sublime espíritu que exigen, las obras fundamentales que son la armazón misma de la sociedad humana? En torno a nosotros, los progresos «naturales» de que se alimenta la santidad de cada siglo nuevo quedan demasiadas veces abandonados a los hijos del siglo, es decir, a los agnósticos o a los impíos. Inconsciente o involuntariamente, estos últimos colaboran sin duda en el Reino de Dios y en la perfección de los elegidos: sus esfuerzos los recupera, superando o corrigiendo intenciones incompletas o malas, Aquel «cuya Energía es capaz de someterlo todo a sí». Pero esto no es sino un mal menor, una fase provisional en la organización de las actividades humanas. Desde las manos que preparan la masa hasta las que la consagran, la gran Hostia universal no debería ser preparada y manipulada más que con adoración.

Ojalá llegue el tiempo en que los Hombres, alertados al sentido de ligazón estrecha que asocia todos los movimientos de este Mundo en el único trabajo de la Encarnación, no puedan ya entregarse a ninguna de sus tareas sin iluminarla con la visión precisa de que su trabajo, por elemental que sea, es recibido y utilizado por un Centro divino del Universo.

En este momento, a decir verdad, poco distintas serán entre sí la vida del claustro y la vida del siglo. Y en este momento tan sólo la acción de los hijos del Cielo (a la vez que la acción de los hijos del Siglo) habrá alcanzado la plenitud deseable de su humanidad.



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