La represión emocional y el Opus Dei

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Por Unocomocualquiera, 17.06.2013


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No quiero ocuparme de mis sentimientos

Retomaré un tema en el que se ha notado cierto interés. La intención es concientizar a todos los miembros y ex miembros de la Obra sobre las limitaciones y desviaciones que se pueden generar cuando los sentimientos son reprimidos en vez de educados. La Obra enseña a reprimir los sentimientos. Tiene una metodología concreta para hacerlo:

  1. El punto Aristotélico-Tomista donde se proclama el gobierno de la Inteligencia e Imperio a la voluntad sobre los sentimientos.
  2. El satanizar el sentimentalismo y glorificar la actitud estoica… “hacer la voluntad de Dios, caiga quien caiga”
  3. El concepto negativo de estar sentimentalmente apegado a algo, como opuesto al amor de Dios. “El corazón no se puede compartir” nos dicen.
  4. El concepto ascético de que el corazón debe vaciarse de uno mismo para meter a Dios, implicando vaciarse de todo sentimiento y afecto...
  5. El concepto de que sólo se debe amar a Dios, pero que a la Oración no se va a buscar sentimientos… disociando el amor de los sentimientos.
  6. La práctica sistemática de la mortificación con tintes ascéticos, para reprimir sistemáticamente los sentimientos y emociones.
  7. El promover “hacer lo que no me gusta” como algo bueno y virtuoso; así como la precepción de “hacer lo que me gusta” como sospechoso y signo de estar apegado.
  8. El continúo examen de conciencia sobre actos y emociones, así como la acusación semanal (pública o privada) de estas culpas, reforzando el sentimiento de culpa.


Vamos por partes, el amor es una sensación, un sentimiento. De ahí que para poder amar y sentirse amado, una persona debe primero ser capaz de experimentar emociones. Esto suena simple, tan obvio que algunos podrán decir que es ridículo señalarlo. La verdad es, sin embargo, que algunas personas desean amar y sentirse amadas, al mismo tiempo que se quieren mantener ajenas a lo emocional.

En la Obra se predica que por principio es necesario mantener controladas las emociones, no ceder a ellas ni permitir "que se apoderen de nosotros". Según esa visión, dejarse llevar por los sentimientos es un signo de debilidad, falta de carácter y/o mala crianza.

En los numerari@s se han desarrollado formas más severas de bloqueo se encuadran en términos generales en dos actitudes comunes:

La primera actitud, que genera acartonados
la tienen las personas que no pueden tolerar la intensidad emocional. Los sentimientos fuertes de cualquier naturaleza, buenos o malos, los ponen incómodos. Esto sucede aun cuando sean sentimientos "agradables" como el amor. Se empeñan en mantener bajo control sus propios sentimientos, asumiendo un aire de calma imperturbable, y casi siempre también procuran controlar los sentimientos de los demás, para lo cual utilizan un repertorio convencional: "No te sientas de ese modo", "No puedes dejar que eso te perturbe", "Estás sobreactuando", etc. Por mucho que deseen sentirse amados, cuando por fin se les presenta la oportunidad se muestran ansiosos y alterados y sienten que la experiencia les produce una enorme agitación interior, hasta el punto de dejarlos aturdidos, confusos, descolocados. Para ellos, la perspectiva de pasar por la vida sin amor puede ser menos alarmante que vivir la inquietante experiencia de ser amados.
La segunda actitud, que genera rarotongos
la forman numerari@s para quienes la cuestión no es cuán intensamente sienten, sino qué sienten. Desean sentir en forma selectiva, experimentando sólo aquellos sentimientos que consideran "buenos, agradables, y positivos". No tienen inconveniente en experimentar estos sentimientos "buenos" con intensidad, siempre que no experimenten nunca sentimientos "malos", tales como enojo, envidia y resentimiento.

Ambas actitudes, acartonados y rarotongos, son igualmente efectivas para bloquear la receptividad del amor, porque si lo aceptaran correrían el riesgo de sentirse sacudidas, conmocionadas. Semejante intensidad los excede, son incapaces de absorberla.


Los numerari@s rarotongos terminan por hacerse acartonados porque se bloquean sin saberlo para no aceptar amor, ya que creen erróneamente que pueden cerrarse sólo a los "malos" sentimientos. No comprenden que dado que todos los sentimientos están inextricablemente vinculados, nadie puede suprimir varios sentimientos "malos" sin perder la capacidad de experimentar también todos los otros sentimientos, incluidos los "buenos".

Por fortuna, no todos los numerari@s entrenados en el bloqueo sentimental lo padecen en sus formas graves. Tampoco se encuadran todas exactamente en una de las dos categorías descriptas. El bloqueo puede manifestarse en forma sutil: personas que no están permanentemente en guardia contra los sentimientos fuertes, pero que tampoco se sienten del todo cómodos cuando sienten una emoción con auténtica intensidad, se sienten fuera de lugar. Si se sorprenden a sí mismos experimentando un sentimiento que consideran "malo", digamos resentimiento hacia un ser querido, deseo sexual hacia alguien que no es su pareja, o envidia hacia un amigo, se apresuran a censurar y reprimir ese sentimiento, diciéndose "No debería sentir los que siento, es pecado!". Y si experimentan una emoción con gran intensidad, ya sea rabia o euforia, los invade el temor de que si no la controlan, esa emoción puede dominarlos y hacer que se comparten de un modo tonto e imprudente que luego lamentarán “no debo de hacer un mal cierto a la Obra de Dios”. No matan la emoción, pero le ponen sordina. Viven el miedo como "incómodo", la alegría como "agradable" y el enojo como "desagradable". Si bien son capaces de sentir afecto y amor por los demás, no se permiten amar sin trabas, porque esto implicaría perder el control. Y aunque en el plano intelectual puedan saber que otros los aman profundamente, son incapaces de experimentar la expansiva calidez interior que logra quien se permite a sí mismo abrirse de verdad y dejar que el amor de otra persona penetre en lo más hondo de su ser. El numerari@ termina ser un experto en antropología, pero un desadaptado en el plano emocional. Habla y da charlas magistrales sobre el “amor humano” pero es incapaz de tolerar y administrar el amor.

Influencias familiares y culturales

Es indudable que nuestras experiencias tempranas determinan en gran medida el estilo con que manejamos nuestros sentimientos. En el caso de los numerari@s, en especial si se pito como aspirante a temprana edad, mucho de esta determinación está influenciada por la Obra, más aún si se estuvo en un colegio del Opus, y aún más si se puede, si sus padres eran supernumerarios...

En efecto, una de las razones por la que tantos nomerari@s se sienten incómodos con sus sentimientos es que somos todos productos de una cultura opusina caracterizada por un fuerte prejuicio anti-emocional a la que la Obra añade fuerza. Para Escriva, con una cultura de principios del siglo pasado, los sentimientos y las emociones eran algo que se tenía que repimir, tal vez por la terrible experiencia de sus tragedias de infancia, que para el “tornearon su carácter”. En la Obra, como consecuencia, se enseña a admirar la racionalidad "viril" como un rasgo al que se debe aspirar, en tanto que el sentimiento es menospreciado por considerárselo femenino e infantil. Las numerarias duermen en tablas sin colchón para enreciar su carácter!. La cultura Escrivariana ha glorificado al hombre fuerte, silencioso, que nunca "cede" ante sus sentimientos, pintándolo como un ser noble, heroico y hasta sexy/varonil. En contraste con ello, la expresión abierta de los sentimientos es vista como algo embarazoso, poco serio o indecoroso, y a quienes manifiestan sus sentimientos se los suele considerar débiles y tontos, llamándoles despectivamente “sentimentalistas”.

Por supuesto las diversas regiones en la Obra tienen actitudes distintas frente a las emociones y se ajustan a distintas reglas respecto a la manera de expresarlas. En términos generales, las culturas alemana, escandinava, inglesa e irlandesa tienden a una represión emocional mucho mayor que las latinas y mediterráneas. Son secos y aprecian de los latinos la calidez. Cuando hablamos del prejuicio anti-emocional que impregna la cultura Opusina, nos referimos a una tendencia de la corriente cultural dominante, que hasta el presente se halla sometida sobre todo a la influencia de las culturas de Europa del Norte de principios del siglo pasado.

Es verdad que este prejuicio antiemocional tiene su lado positivo. Dado que los negocios y las relaciones sociales serían imposibles si todo el mundo diera rienda suelta a sus emociones, cierto grado de represión emocional es necesario para que podamos vivir en un mundo aceptablemente ordenado, eficiente y civilizado. Pero es igualmente cierto que esa represión torna difícil para mucha gente la saludable aceptación de sus emociones, tan crucial para el bienestar psicológico y el mantenimiento e relaciones satisfactorias. Recuerdo, por ejemplo, que mis amigos buscaban mi consejo por considerarme frio y poco emocional, pero muy racional… y yo en mi ignorancia lo consideraba un halago!

Junto con el prejuicio general contra los sentimientos, prevalece en la cultura opusina la idea de que ciertos sentimientos son especialmente malos. Así, por ejemplo, muchos nuemrari@s consideran que la pena y la tristeza son sentimientos impropios, enfermizos y de mal gusto para un cristiano en medio del mundo. A los numerari@s se les enseña que no tenían derecho a ellos, y que experimentarlos era una tontería, una falta y una grosería. Tal vez sus directores les inculcaron que los "niños grandes no lloran", trataron de convencerlos de que "en realidad no te sientes de ese modo", los fastidiaron con expresiones como "te falta visión sobrenatural", o les dijeron "no tienes derecho a sentir lastima por ti mismo, mira a Jesús en la Cruz". Les enseñaron con el ejemplo de Escrivá, que a veces tenían que hacerla de payaso, aunque sintieran lo contrario o que su destino virtuoso era el de morir en la Cruz.

Aun cuando a un numerari@ se le permitía experimentar pena y tristeza, lo más posible es que se le enseñara a no dejar que tales sentimientos se prolongaran demasiado, pues corría el riesgo de acabar "hundiéndose" en ellos por ser muestra de egoísmo –piensas demasiado en tí. De ahí que cuando experimentan tales sentimientos en la edad adulta, muchas personas reaccionan con impaciencia y enojo contra sí mismo, diciéndose que están en pecado y que deben "salir de eso lo antes posible".

El enojo es otro sentimiento que a muchos numerari@s se les enseñó a ocultar, o incluso a no permitirse experimentarlo. El castigo podía ser manifiesto, como en el caso de niños a quienes se les pegaba cuando tenían una rabieta o se enojaban. También podía ser sutil, como en el caso de los padres que retaceaban afecto, aprobación o alimento hasta que sus hijos empezaban a sonreír como ellos creían que debía hacerlo un niño.

El sexo es un factor de peso para determinar cuáles son los sentimientos que aprendimos a considerar inaceptables. Por ejemplo, a las mujeres se les da por lo general más libertad que a los varones para tener sentimientos y expresarlos. Pero el problema es que esa libertad sólo se aplica al grupo relativamente pequeño de emociones humanas consideradas "femeninas", tales como la compasión, la ternura, la humildad y el amor romántico y maternal. Otros sentimientos humanos como la ira, la lujuria, la ambición, la agresión, el odio, y la vanidad están catalogados como "no femeninos".

También los varones aprenden que sólo ciertos sentimientos son aceptables. La ambición, el orgullo, los celos y la arrogancia son permisibles; no así las emociones más tiernas y "femeninas". Y si bien en la infancia se les enseña a niñas y varones que la ira es mala, en la edad adulta los hombres gozan de mayor libertad para experimentarla. Los "jóvenes iracundos" representados por figuras de actores muy famosos y sexys, constituyen un elemento aceptado. El fuerte carácter del Padre. En cambio no existen imágenes correspondientes de jóvenes iracundas igualmente atractivas, como la dulce imagen de tía Carmen o la Abuela. En una sociedad que prohíbe la ira en las mujeres pero las acepta y alienta en los hombres, "a menudo las mujeres se deshacen en lágrimas en lugar de tener un estallido de ira, en tanto que los hombres se enfurecen cuando alguien lastima sus sentimientos y tienen ganas de llorar".

Como resultado, algunos exnemerari@s los sentimientos más perturbadores son los de índole sexual. Para quienes viven con incomodidad, o no aprendeiron a vivir con ellos, los sentimientos sexuales, el sexo para ser más específico, más que un medio para llegar a la intimidad, puede ser una barrera contra ella. Por ejemplo, la exnumerari@ que siente repugnancia por los genitales de su marido; en cambio con sus amigos podía relajarse y aceptar afecto, porque estaba sobreentendido que había límites claros para el grado de contacto físico permitido. Pero la relación con su marido que debía incluir por definición, el contacto sexual, le resultaba amenazante y abusiva.

En una situación inversa, ciertas exnumerari@s son capaces de experimentar intimidad con su pareja sexual, pero se sienten muy a desagusto cuando conviven con otras personas del sexo opuesto. Ello se debe a que asocian el sentimiento cándido de ser amado con el "cosquilleo" de la excitación sexual y les causa terror la posibilidad de que el sentimiento cálido de la amistad pueda encender sentimientos sexuales que consideran inaceptables.

El precio de la represión emocional

Lo que los numerari@s hacemos con nuestros sentimientos, es decir nuestro comportamiento, puede caracterizarse como correcto o incorrecto, bueno o malo. Es lo que hacemos con los sentimientos y no los sentimientos per se lo que es sujeto de calificación moral. La renombrada psicoanalista suiza Alice Miller señala este hecho al referirse a la ira y el odio. Como lo explica la autora. La ira y el odio suelen ser respuestas apropiadas a las crueldades y a la injusticia que muchas personas sufren en el mundo. Ambos son sentimientos normales, y "un sentimiento nunca ha matado a nadie"...

Por lo anterior, era necesario que en vez de que la Obra nos enseñara a reprimir los sentimientos, no formara en educarlos, es decir era necesario que el/la numerari@ aprendiera a dar salida a los sentimientos de alguna manera, ya sea verbalmente, a través del lenguaje corporal o del comportamiento. Pero en lugar de formas saludables de dar salida a los sentimientos, lo que se nos ha enseñado en la Obra a los numerari@s es a practicar la negación ("En realidad no me siento de ese modo, sino que doy gracias a Dios"), a juzgarse y autocensurarse ("No debería sentirme de este modo, es pecado, soy un egoísta, me lo merezco por ser una mula… borrico, borrico sarnoso") y a provocar que sus sentimientos se ajusten a las expectativas impuestas desde afuera ("es fiesta A, debo sentirme feliz, yehi! El cumple del abuelo!, salud!"). Estas son defensas corrientes contra las emociones y pueden ser eficaces, al menos por un tiempo, para mantener a raya a los sentimientos perturbadores… luego se explota.

A la larga es perjudicial manejar los sentimientos de esta manera. En primer lugar, las defensas minan la autoestima y nos hace inseguros. Casos de numerari@s profesores de universidad que abusaban de su poder despóticamente, o incluso misóginamente abundan en el anecdotario, como aquel profesor numerario que cuando hacía una pregunta a sus alumnos, se saltaba a las alumnas, o les ponía 6 de calificación en todo el curso con tal de poderlas ignorar. O aquellos directores que cuando son relevados de su cargo van a parar al psiquiátrico por no poder encontrar su lugar en el mundo normal, plagado de sentimientos. Para sentir auténtica autoestima, un individuo debe estar en condiciones de decir: "Soy un ser que siente, capaz de experimentar toda la gama de emociones humanas, y está bien que así sea", debe ser y sentirse vulnerable! Dicho de otro modo, respetarse a sí mismo significa respetar los propios sentimientos, sin exclusión de ninguno.

Cuando un numerari@ censura y reprime sus sentimientos también se priva de una fuente importante de información y guía. El miedo, por ejemplo, puede alertar a una persona sobre el peligro que la acecha, y hacerle ver la conveniencia de tomar precauciones o de huir. La tristeza que al parecer surge "porque sí" puede estar diciéndole a alguien que no cumplió el duelo necesario por una pérdida y que es usada en sus relaciones, ello tal vez sea un signo de que debe poner ciertos límites a lo que los demás pueden exigirle. Pero si el numerari@ está demasiado ocupado censurando sus propios sentimientos, no podrá "oír" lo que éstos tratan de decirle.

Recuerdo aquel sepelio donde se velaba a un supernumerari@, como en la Obra nos enseñaron a que en realidad era una celebración –dias natalis- el asunto era francamente raro. El/La espos@, no de la Obra, estaba francamente embargada, por supuesto había perdido a su pareja, por otro lado la gente aparentando una tertulia… al lado del féretro!... yo, ya sin ser de la Obra, saqué mi viejo rosario (oxidado, la verdad), me puse en una esquina del féretro y de rodillas comencé a rezar un rosario en silencio… al poco tiempo el/la viud@ me tocó el hombro y me dijo con ojos brillosos “podrías rezar el rosario en voz alta para acompañarte?”… así hice, sólo lo rezamos los dos, termine y me fui. Aquella era fiesta o luto?, celebración o duelo?

Muchas veces, producto de la represión emocional que la Obra nos enseña, también surgen problemas físicos. Si un numerari@ procura poner coto a sus sentimientos, se hace más vulnerable a una serie de dolencias psicosomáticas, que van desde insomnio, dolores de espalda, cuello y cabeza o desórdenes digestivos menores, hasta cuadros más graves como asma, úlceras y colitis. Recuerdo que mis primeras pastillas para poder dormir las tomé a los 25 años prescritas por un sacerdote!... nunca más necesité de ellas. Los numerari@s que niegan y reprimen sus sentimientos también corren un grave riesgo de caer en adicciones a la bebida o a la droga, pues como bien saben los alcohólicos y los drogadictos en tren de recuperación, la bebida y las drogas se utilizan muchas veces para mantener sepultados los propios sentimientos verdaderos. Recuerdo que cuando nos explicaban el criterio aquel de que un numerari@ no bebía tragos de más de 6grados de alcohol, me mencionaban que no siempre había sido así, pero que en un momento determinado era alarmante la cantidad de alcohol que bebían, así que la nota de Roma censuró el asunto. Sí conocí numerrari@s que tenían problemas controlando el alcohol, pero muchos más con problemas psicosomáticos… como la ahora llamada epidemia de la depresión, que algún sacerdote mayor me dijo que era el demonio que atacaba a la Obra… cuando en realidad es la misma Obra, en cuerpo, dando señales de que algo no está bien.

Por lo que sé, estudios recientes sugieren que incluso en las enfermedades físicas las posibilidades de curación pueden verse afectadas por la forma en que el paciente maneja sus emociones. Un estudio realizado en San Francisco por la Universidad de California, demostró que entre enfermos de melanoma, una forma grave de cáncer de piel, quienes expresaban con libertad sentimientos como la angustia y la ira mostraban respuestas inmunológicas más positivas que quieres reprimían sus sentimientos. Aquello de querer que Dios te lleve al cielo, por ser este un valle de lágrimas, es un poco raro, no crees?

En el fondo es que, aunque los numerari@s creen que si niegan determinados sentimientos como la ira o el resentimiento, éste simplemente se esfumará, lo cierto es que los seres humanos no podemos hacer desaparecer nuestros sentimientos. Podemos empujarlos al subconsciente, con lo cual en apariencia desaparecerán, pero ello requiere una enorme cantidad de energía, y a medida que transcurra el tiempo se necesitará cada vez más energía, y a medida que transcurra el tiempo se necesitará cada vez más energía para mantenerlos reprimidos. Es inevitable que esto lleve a ataque de agotamiento, o a una fatiga crónica que al parecer no tiene motivos. Y dado que a cada uno de nosotros posee una cantidad determinada de energía psíquica, cuanto mayor sea el caudal de energía que alguien invierte en reprimir sus sentimientos, tanto menos le quedará para otros esfuerzos que le demanda la vida.


Daño a las relaciones

Decíamos antes que la represión emocional acaba siempre por ser un esfuerzo inútil. Tarde o temprano los sentimientos sepultados afloran. A menudo ello ocurre en el momento más inesperado y con fuerza sorprendente, lo cual puede causar estragos en las relaciones personales de los numerari@s y exnumerari@s. Bien lo sabe cualquiera que haya estado con un hermano en la Obra, que de repente explota en histeria desproporcionada o le entra un achuchon (palabreja que aprendí en casa)...

En las casas de retiro se suele contar con zonas especiales llamadas “huéspedes” a donde se enviaban a los numerari@s a los que les entraban este tipo de padecimientos… “están cansados” nos decían, y se pasaban ahí una temporada sin hacer nada más que ver películas, leyendo historietas, y tomando antidepresivos… incluso se les disculpaba de hacer la normas… recuerdan?

El bloqueo emocional en el que los numerari@s son “formados” interfiere en las relaciones personales de distintas maneras. Por ejemplo, dado que la forma principal en que las personas se vinculan y llegan a intimar es a través de experiencias y emociones compartidas, a menudo intensas, los numerari@s que se esfuerzan por no mostrar sus sentimientos- o directamente por no tenerlos - necesariamente se sienten sol@s, apartad@s y no amad@s, aun en medio de relaciones en apariencia íntimas o de amistad. La alienación que experimentan respecto de los demás es el reflejo de la alienación en que se hallan respecto de sus propias emociones.

Por otro lado, cuando un numerari@ “formadill@” muestra intolerancia y rechazo de sus emociones y está asustado de sus propios sentimientos, suelen adoptar la misma actitud hacia los sentimientos de los demás. De ahí que a veces pueda causar una falsa impresión de insensibilidad o frialdad, que algunos llaman “madurez”!!!. De ahí la falsa imagen e que el numerari@ es una persona formada y madura para su edad. Y lo que es aún peor, aunque se diga a sí mismo que al reprimir sus sentimientos "negativos" protege a los demás, de hecho su falta de calidez, tolerancia y naturalidad emocional lastima a los demás y los aleja.

Otra consecuencia de que los numerari@s no asuman los propios sentimientos es la proyección. Esta situación se da cuando una persona ubica mentalmente sus sentimientos en otra, imaginando que esta última quien experimenta las emociones que en realidad es él quien siente. Por ejemplo, un exnumerari@ que está enojad@ con su cónyuge pero no se permite admitirlo, se aferrará a la idea de que es él quien está enojado con ella. O un exnumerari@ que se siente inseguro en una relación puede proyectar sus sentimientos de vulnerabilidad sobre su pareja, pues en ella le parecen mucho menos amenazantes. "nos fuimos a vivir juntos porque ella necesitaba esa cercanía", dirá él, sin reconocer nunca que él lo necesitaba tanto como ella. La proyección es un mecanismo habitual en toda clase de relaciones y genera buena parte de los malentendidos entre las personas.

El amor a sí mismo no es narcisismo

Una de las simples verdades de la vida es que el/la numerari@, como cualquier otra persona, no será capaz de aceptar el amor de los demás si antes no se ama a sí misma. Del mismo modo, un numerari@ no será capaz de sentir amor por los demás a menos que también se ame a sí mism@. Ello está implícito en las palabras de Cristo, quien no dijo "ama a tu prójimo más que a ti mismo", ni "ama a tu prójimo y no a ti mismo". Sino "ama a tu prójimo como a ti mismo".

Cuando un numerari@ tiene amor por sí mismo se valora y se preocupa por su propia persona, se ve a sí mismo como merecedor de compasión, benevolencia y felicidad. Tiene plena conciencia de sus faltas y errores, pero en lugar de ver sus imperfecciones como prueba de su falta de méritos, “yo no soy nada, no merezco nada”, y de la imposibilidad de que lo amen, las ve como pruebas de su condición humana...

El amor a uno mismo es un tema tabu dentro del Opus Dei, no recuerdo jamás haber escuchado una plática o una meditación al respecto, más que para satanizarlo. Veamos, encuentro en la literatura que aunque los términos "amor a sí mismo" y "narcisismo" suelen usarse como sinónimos, no lo son. El narcisista es un perfeccionista exigente que se fastidia cuando él y los demás no responden a sus grandes expectativas. Es típico de este modo de ser acusarse de imperfecciones, examinarse continuamente, ser muy exigente consigo mismo y con los demás, tiende a ser casi imposible vivir con él, como en las casas de numerari@s mayores. En cambio, cuando una persona aprende a amarse más a sí misma se torna más tolerante y deja de juzgarse y juzgar a los demás conforme a modelos imposibles de alcanzar.

El numerari@ formado para ser narcisista tiene también un marcado sentido de sus derechos y lo impacienta que los demás no lo atiendan como él cree que debería hacerlo, que no respeten su cargo y posición. Quien tiene amor por sí mismo, en cambio, considera que merece la mejor vida, pero no que se le debe un tratamiento especial.

El numerari@ narcisista tiene una idea exagerada de su propio valor y se siente superior a los demás, como de una casta privilegiada, elegidos por Dios. El que se ama a sí mismo tiene una visión realista de su propia persona y se considera un ser complejo, ni superior ni inferior a los demás y valores como seres humanos tan complejos como él mismo.

El proceso de aprendizaje

Hay numerari@s que están tan acostumbrados a verse a sí mismos de determinada manera, que jamás cuestionan el origen de esa visión, sino que dan por sentado que si sienten desagrado por su propia persona lo más probable es que hayan nacido con ese sentimiento (nuestras propia limitaciones) y que sin duda es el destino que merecen (la cruz que he de cargar). Los cierto es que nadie llegó al mundo viéndose a sí mismo feo, malo, estúpido o indigno de ser amado, ni tampoco hermoso, bueno, inteligente o digno de ser amado. En lo que respecta a ideas acerca de nosotros mismos, todos comenzamos la vida con una pizarra en blanco. Ignorábamos por completo si éramos listos o tontos, valiosos o despreciables, lindos o feos, incluso si éramos varón o mujer, o “elegidos por Dios desde toda la eternidad”. Todo lo que sabemos acerca de nosotros mismos, lo hemos aprendido, nos lo han dicho hasta él cansancio usando la metodología del anuncio.

A medida que crecimos, adquirimos ideas definidas, fuimos formados por nuestros hermanos, acerca de quiénes deberíamos ser. La influencia de nuestra familia y el Opus Dei cuando se pita de 14 años es importante en la maquinación de la idea del deber ser de nuestra propia persona. Lo típico es que constantemente comparemos el yo que percibimos con el yo ideal, contra ese modelo de santidad, que en la Obra, lejos de ser Cristo, es el fundador. Si la percepción de uno mismo queda muy debajo del ideal, nuestra autoestima será baja. Numerari@s con autoestima baja son fáciles de dirigir.

También es importante recordar que el Opus Dei está dentro de una cultura en la que tradicionalmente se han considerado superiores los méritos del varón. Un chico cuyos padres no lo aman lo bastante puede hallar consuelo en el hecho de que es varón, y como tal se lo supone más inteligente, más competente, más importante y en general más valioso que sus contrapartes femeninas. Una niña cuyos padres no le brindan suficiente amor no dispone de esa fuente de consuelo. Más aún: en lugar de constituirse en baluarte contra el sexismo de la cultura en la que vivimos, muchas familias de supernumerari@s difunden activamente la idea de que los varones poseen una superioridad innata.

Los numerari@s no sólo son educados en la idea de que tienen más motivos de autoestima que las mujeres, sino que también se los alienta a alimentar elevadas opiniones acerca de sí mismos. Conforme a un milenario sistema de valores en que se privilegia al hombre, la elevada autoestima es una prerrogativa exclusivamente masculina. Se da por sentado que los numerarios han de tener una opinión positiva de sí mismos, mientras que las numerarias deben ser modesta y se les enseña a tener mucho cuidado de no mostrarse vanidosas o demasiado satisfechas consigo mismas.

El/La numerari@ que no necesita a nadie porque es fuerte

En muchos casos, el bloqueo del numerario/a "No necesito ayuda" coexiste con el bloqueo "No quiero ocuparme de mis sentimientos", y se lo puede considerar una extensión y manifestación específica de aquel. Los numerarios que están incómodos con sus sentimientos en general, lo están en particular con sus sentimientos de necesidad y dependencia. A algunos de nosotros nos cuesta un trabajo enorme pedir ayuda, o tan siquiera un favor.

Muchos numerarios que afirman, en esencia, "No necesito a nadie: soy fuerte", ignoran que esta posición actúa como bloqueo afectivo. Por el contrario, creen que los demás los aman y valoran por su fuerza y su autosuficiencia, y temen que si no fueran tan fuertes, los demás los amarían menos...

No advierten que existe una diferencia entre el amor y la admiración, y que si bien la fuerza y la autosuficiencia pueden ser admirables, estos rasgos no despiertan afecto en la mayoría de la gente, o por lo menos no tanto afecto como la franqueza, la suavidad, el humor y la vulnerabilidad.

Resulta en casos como el de aquel, con quien todos querían contar en el trabajo, pero nadie lo recordaba para los festejos. Tampoco advierten que mucha gente necesita que la necesiten, y por lo tanto una postura de fuerza y autosuficiencia totales –no necesito a nadie- puede apartar a los demás. Así por, por ejemplo, un numerario formadillo puede levantar un muro tan alto alrededor de sus sentimientos de dependencia y vulnerabilidad, que causa la impresión de ser frío, acartonado y soberbio –suficiente de sí mismo-, por lo cual suscita antipatía –y desconfianza- en mucha gente que lo rodea.

Al salir de la Obra, algunos exnumerarios que se consideran condenados a la privación afectiva, también suelen creerse destinados a sufrir privaciones económicas y materiales, es parte de la maldición de San Josemaria para los que no preservaran. Algunos provienen de hogares en los que la falta de recursos emocionales iba de la mano con una falta de recursos económicos, por lo cual las dos clases de privación quedaron inextricablemente ligadas en su mente. Otros llegaron a las misma conclusiones pese a haberse criado en hogares de buena situación económica. En estos casos, la sensación de carencia emocional que impregnaba el clima Opusino salpicaba el orden de las cosas materiales, coloreando la forma de ver y manejar el dinero y haciendo que todos se sintieran pobres y que los numerarios fueran formados en una "mentalidad de pobreza".

También puede suceder que un exnumerario supere un bloqueo afectivo, sólo para descubrir que detrás está agazapado otro bloqueo más grave y más profundamente arraigado. Detrás de aquel bloqueo emocional, se puede ocultar otro: "En mi destino no hay amor".

Incluso, algunos numerarios han sido programados para pensar que al dejar el Opus Dei nunca tendrán una oportunidad para el amor, piensan simplemente que ya han otorgado la cuota que les corresponde. Sucede algo similar a el ejemplo clásico es el de la viuda o viudo que no quieren ni oír hablar de salir con una persona del sexo opuesto y mucho menos de volver a casarse, ya que eso sería una traición al cónyuge desaparecido, 'mi único amor verdadero'. Pero lo más común es que quienes padecen este bloqueo sientan que han desperdiciado –malgastado- sus oportunidades, o que corren el riesgo de que eso les ocurra. Para los que por desgracia piensan así, el mundo fuera del Opus Dei no es sólo un sitio de escasez, sino también un sitio implacable.

Algunos exnumerarios pueden creer que ya han consumido sus oportunidades para el amor, generalmente piensan que no lograr que una relación funcione (sobre todo la vocación “divina”) es un delito terrible que merece ser castigado. ¿Y qué mejor castigo puede haber que no tener ya jamás otra oportunidad, y por lo tanto estar condenado a la soledad perpetua? Después de salir del Opus Dei, por ejemplo, alguno puede culparse a sí mismo razonando de este modo: "Vivir solo el resto de mi vida es el castigo que merezco por haber fracasado en mi vocación".

También aquí la influencia de la familia desempeña un papel importante. Es muy probable que el mundo le parezca un lugar implacable para el numerario que creció en una cultura donde el más mínimo 'delito' (no vivir el minuto heroico, no tender la cama, no comer todo lo que le sirven o llegar tarde a la oración) provocaba amenazas de castigo eterno, probablemente le resulte muy difícil creer que el mundo puede perdonar.

'Sólo te dan una oportunidad y si la malogras no habrá otras', es una clásica experiencia infantil, re-afirmada dentro de la doctrina de San Josemaria por la que pasan incluso las personas que se criaron en una familia muy bien avenida. Casi no hay quien no recuerde un episodio en el que perdió, rompió por accidente o arruinó en un berrinche un objeto favorito. En lugar de consolarlo por la pérdida, se lo reprendía: '¿Ves lo que pasa cuando no cuidas tus cosas? Pues bien, si esperas que te compremos otro (juguete, vestido, muñeco, etc.), olvídalo. Eres tú quien lo perdió (rompió, aplastó, etc.), de modo que te lo tienes merecido'.

Los numerari@s que son formados con la sensación de que el mundo es un sitio implacable desembocan en un callejón sin salida que limita su capacidad de amarse a sí mism@s. Dado que no existe un ser capaz de llegar a una edad avanzada sin lastimar a otros aunque sólo sea ocasionalmente y sin cometer algún acto criticable, saber perdonarse es esencial para el bienestar psicológico. Pero quien no cree en la posibilidad del perdón no podrá hacerlo, y por lo tanto se verá obligado a abrazar una de estas dos imágenes distorsionadas de sí mismo: o bien se verá como una mala persona condenada a pasar por la vida manchado por todas las malas acciones que alguna vez cometió, o se verá como alguien que goza de un status muy especial y elevado, alguien que es incapaz de hacer nada malo y en consecuencia está por encima de la necesidad de perdón. Para los del primer grupo el amor a sí mismos está fuera de la cuestión y la vida llena de autoodio y autocastigo. Los del segundo grupo parecen sentir un gran amor por sí mismos, pero se trata de un pseudoamor basado en un concepto erróneo del propio yo y del lugar que ocupan en el mundo.

Cuando el numerari@ es formado en ver al mundo como un sitio implacable, también desarrolla la tendencia a ser implacable con los demás. Esas personas responden a las heridas y desilusiones que sufren en su relación con los demás con esta actitud: "Aquí se acabó todo. Has arruinado todas tus chances conmigo, y no te daré otra oportunidad de acercarte a mi y volver a hacerlo". Es habitual que hagan balance de lo que dan y lo que reciben y se sientan perpetuamente víctimas y explotados, lamentándose en estos términos: "¿Por qué dar tanto para recibir tan poco?"

Ten la valentía de ser cobarde… huye!

Muchas culturas tienen leyendas para ayudar a la gente a manejar la ansiedad y el miedo. En este caso, el miedo de dejar de ser Opus Dei y permitirse sentir. Aquí transcribo la historia india de Vichnú.

Cuenta la leyenda que en tiempos medievales había una aldea que vivía horrorizada por una dragón que habitaba en una cueva en las afueras. Todos estaban dominados por el miedo al dragón, y a medida que el miedo crecía, mudaban sus viviendas cada vez más lejos de la cueva. Pero el dragón seguía creciendo. De los diez metros de largo que medía al principio, pasó a los quince y luego a los veinte. Le salieron dos cabezas en lugar de una. Grandes púas le crecieron en el lomo y empezó a echar fuego por la boca. Cuanto más aterrados estaban los aldeano y cuánto más trataban de alejarse, tanto más se acercaba el dragón y más lejos llegaba su aliento ardiente...
Cierto día, un joven aldeano que había crecido en medio del terror que inspiraba el monstruo, decidió acercarse a la cueva para ver si la bestia era tan feroz como todos creían. Su familia y los demás aldeanos tratan de disuadirlo, pero él estaba decidido. Aunque el miedo hacía palpitar aceleradamente su corazón, partió en dirección de la cueva del dragón. A medida que se acercaba, su miedo crecía. El sudor le corría por la cara y sus piernas casi no le sostenían. Pero siguió caminando.
Por fin avistó la cueva. Oyó los movimientos del dragón y su terror aumentó. Estuvo a punto de vomitar y sintió ganas de huir. Pero siguió avanzando hacia la cueva hasta que pudo espiar el interior. Lo que vio lo sorprendió. El dragón era grande y fiero, pero ni por asomo tan grande y fiero como el suponía. Tenía una sola cabeza. Y ninguna púa. Arrojaba fuego, pero las llamas apenas llegaban a un metro de distancia. Muy aliviado el aldeano decidió sentarse a descansar. Se quedó dormido durante varias horas, y al despertar notó algo extraño. El dragón parecía más pequeño y menos feroz que antes. El joven decidió pasar la noche allí. Cuando despertó por la mañana, el dragón seguía en su lugar pero era mucho más pequeño. El aldeano se acercó a la bestia y le habló. Al hacerlo, el dragón siguió encogiéndose hasta que no fue más grande que un lagarto.
El joven regresó a la aldea y contó su aventura. Al principio los demás no le creyeron, pero poco después empezaron a acercarse a la cueva, primero de a dos y de a tres y luego en grupos mayores, para ver al dragón con sus propios ojos. Comprobaron que el dragón era desagradable y un tanto amenazante, pero ni tan feo ni tan feroz como ellos creían. Seguían sin gustarles la idea de que un dragón viviera en el linde con su aldea, pero ahora que se habían enfrentado con la bestia no les molestaba demasiado, y con el tiempo se acostumbraron su presencia.

Me encantaba decir, cuando era profesor, "Paso la hora, entreguen su prueba", ver el miedo y la ansiedad, sentir el poder… ahhhh. Para la mayoría de las personas éstas son palabras familiares. Para muchos, también son palabras ominosas, que les recuerdan alguna ocasión en que el reloj sonó antes de que hubieran podido terminar un examen. Que nos dijeran que "pasó la hora" antes de que hubiéramos terminado una prueba nos hacía sentir muy mal, sobre todo si habíamos estudiado mucho. Tal vez nos sintiéramos estafados, pensando que no nos habían dado el tiempo necesario. Tal vez nos sintiéramos estúpidos y lentos y nos reprocháramos habernos demorado tanto en la primera parte. Inevitablemente entregábamos el examen de mala gana, quizá diciéndonos: "Si hubiera tenido más tiempo me habría sacado un 10".

Para muchos numerarios y exnumearios, 'Pasó la hora' no es simplemente una frase asociada con sus tiempos de estudiante: es también una frase que resume su manera de sentir respecto de sus oportunidades para el amor. De acuerdo con su visión del mundo, cuando el Dios, Providencia o destino distribuye las oportunidades para el amor, cada una lleva un sello con la fecha de vencimiento, correspondiente a determinada época de nuestra vida. Si cumplida esa fecha no hemos hecho uso de esas oportunidades, mala suerte: automáticamente todos caducan.

Para los numerarios y exnumerarios que creen que habrán de consumir o malograr sus únicas oportunidades para el amor, el mundo es un sitio donde rige el principio de escasez y donde por lo tanto cada uno de nosotros sólo recibe una única oportunidad, o unas pocas. Pero, por el contrario, quienes consideran que su plazo ya venció, lo que está limitado no es el número de oportunidades, sino el tiempo dentro del cual debemos utilizarlas. Los que así piensan pueden creer que se les ha concedido un número infinito de oportunidades, pero como participantes de un concurso televisivo a los que se les da un minuto para cargar la mayor cantidad posible de productos en una carretilla, creen que tienen un plazo o edad determinado para utilizar sus oportunidades, y que si no logran hacerlo antes de que suene el timbre, eso significa que 'la hora ya pasó' y todas las oportunidades desaparecen.

Los numerarios y exnumerarios que crecimos en medio de un clima de impaciencia suelen entrar a la edad adulta sin haber madurado en una serie de aspectos emocionales. La persona tiene su propio reloj de desarrollo, que indica por qué etapa habrá de atravesar naturalmente, cuando y en qué orden. En una familia ideal se respeta el reloj interno de cada uno. No se lo obliga a abandonar el biberón cuando aún siente una gran necesidad, no se espera que forme frases cuando sólo está empezando a balbucear sus primeras palabras. Dicho de otro modo: no se espera- ni se lo obliga a ello- que se porte "como un chico grande" antes de que haya cumplido el tiempo en que necesita ser un bebé. A nadie se le adelanta de grado por ser considerado “muy inteligente”. Por otro lado, en la Obra donde la regla es la impaciencia de los directores, la situación es muy diferente. Lo que impera es la necesidad de dominio de los directores, y son sus expectativas, y no el reloj interno, lo que marca el ritmo para el desarrollo.

Inevitablemente, los numerarios criados en casa se ven forzados a recorrer las fases de su desarrollo a un ritmo acelerado; antes de que hayan tenido tiempo de completar una etapa, se los empuja hacia la etapa siguiente.

Esos numerarios a menudo aprenden a enorgullecerse de ser "muy maduros para su edad" y a tener un "equilibrio de personas mucho mayores". Pero en un momento dado, los aspectos emocionales no elaborados en la adolescencia y juventud irrumpen en la edad adulta, llevándolos en ciertos casos a crisis graves. Si desean seguir adelante, lo único que les queda por hacer es ir hacia atrás para identificar y finalmente completar las tareas tan largamente demoradas.

En la edad adulta, los numerarios que crecieron en un clima de impaciencia también tienden a ser muy impacientes consigo mismo y con los demás. Recuerdan como eran los primeros de casa?. No se conceden a sí mismos ni a los demás el tiempo necesario para aprender y crecer. Cuando alguno deja la Obra, tampoco conceden a sus relaciones el tiempo necesario para desarrollarse. Tienen una necesidad urgente de establecer una intimidad inmediata, como si ya en el primer encuentro quisieran dar el salto hasta la mitad de la relación. Una relación que se desarrolla a un ritmo más lento, más saludable, los frustra y los enfurece; las cosas no ocurren lo bastante rápido y eso no pueden soportarlo, “hay que ir al paso de Dios”, piensan.

Los numerarios sienten que su plazo ha vencido suelen rechazar la ayuda- "Es demasiado tarde para empezar a cambiar", creen. "¿Para qué entonces debo tomarme la molestia de intentarlo?". Pero si entran en terapia manifiestan la misma urgencia. Quieren experimentar cambios rotundos, y experimentarlos ahora. Si eso no ocurre su frustración es enorme, Puesto que la psiquis incorpora e integra el cambio gradual mucho más fácilmente que el cambio súbito, es crucial para las personas que padecen este bloqueo aprender a darse el premiso s sí mismos para avanzar lentamente y no dejar que su sensación de que "mi tiempo se está acabando" los domine hasta el punto de renunciar por completo al tratamiento.

Lo que te pasará, una vez que dejes el Opus Dei

Lo escrito, escrito esta. No soy psicólogo y típicamente me encuentro descubriendo el mundo y la naturaleza humana. En lo anterior solo me he limitado a poner juntas algunas ideas que he encontrado aquí y allá, y que me han llamado la atención por su paralelismo respecto a la situación en el Opus Dei de lo que he visto y lo que vivido. Seguro tú habrás encontrado algunas de esas similitudes.

A los que se deciden a dejar el Opus Dei, les advierto –por si no lo saben- que el amor y la intimidad siempre entrañan el riesgo de salir lastimado...

Cuando nos importa otra persona abiertos para recibir su amor, somos vulnerables a las vicisitudes de su personalidad individual y a los acontecimientos exteriores que la afectan. Inevitablemente habrá momentos en los que personas que son importantes para nosotros nos criticarán, nos defraudarán, nos subestimarán o nos harán sufrir de alguna manera. Y siempre existe el riesgo de que alguien con cuyo amor contamos se retire en forma parcial o total de la relación o muera, dejándonos con un sentimiento de abandono y desamparo, dolidos por la pérdida. Todo esto es normal.

Sin embargo, hay que tener cuidado a un último riesgo o patología… aquel que piensa que nació para sufrir. En efecto, mientras algunos consideran que vale la pena correr estos riesgos en vista de los placeres y los beneficios que las relaciones íntimas pueden potencialmente procurarnos, a algunos numerarios y exnumerarios les pesa más el riesgo de que los lastimen, les paraliza el miedo a salir lastimados. No hay nada peor que pensar “salí de la Obra con un cargo de conciencia tremendo, y además me han lastimado en el amor… me lo merezco”!. En lo hondo de su ser sienten que el amor siempre lleva al sufrimiento, un sufrimiento tan terrible que el dolor supera de lejos al posible placer.

Aquellos, quienes padecen el bloqueo 'Es inevitable que salga lastimado' pueden agruparse en dos categorías generales: los que eluden el sufrimiento y los que son adictos al sufrimiento. A los primeros los motiva principalmente el miedo al sufrimiento que están seguros habrán de padecer si se permiten a sí mismos amar y ser amados. Según sea la dimensión y la naturaleza exacta de su miedo, o se abstienen por completo de toda relación íntima, o bien establecen relaciones pero luego se distancian o escapan apenas empieza a desarrollarse una auténtica cercanía.

Hermanos, hay que tomar el riesgo de vivir, de sentir y de amar. Sin ello no hay felicidad, y si en el camino nos encontramos lastimados, hay que tomar aliento pensar en lo tanto que nos ama Dios y seguir, y seguir y seguir… nada es para tanto. Siempre hay algo después, siempre hay alguien más, nos merecemos la oportunidad de ser mejores.

Por último, permítanme recomendar una película que vi durante mis años de exilio en tierras lejanas del norte polar. Wings of Desire dirigida por Wim Wenders. Esta película tiene un remake americano llamado “City of Angels” protagonizado por Nicolas Cage y Meg Ryan, lo recuerdan?... bueno la versión original de la historia es mucho mejor y menos trivial que la versión Americana… creo que nos ayudara a pensar una cosa o dos.






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