La pseudo tradición del Opus Dei

From Opus Dei info

Por Juanco, 9 de marzo de 2009


Quiero relatar los hechos que he vivido y que me han llevado a reflexionar profundamente sobre la actitud y doctrina del Opus Dei y me han hecho cambiar por completo la estimación en que tenía a esta institución religiosa. A pesar de ciertas reservas que me provocaba el hecho de un cierto "disimulo" que rodea a sus miembros y a sus obras, mi juicio era más bien benevolente. Consideraba que estaban muy cerca nuestro por su aprecio de la Tradición, de la Sma. Virgen, del Santo Rosario, de las bendiciones con el Ssmo. Sacramento y su irrestricta adhesión a las enseñanzas de santo Tomás de Aquino. Como su erección canónica fue aprobada por Juan Pablo II, no podía menos de reconocer su legitimidad. Por otra parte, he conocido personalmente a algunos numerarios y supernumerarios -si bien casi siempre uno duda de su calidad- y los he hallado bien orientados, preocupados por la desviación doctrinal que afecta a la Iglesia y celosos guardianes de la salud moral, tan decaída en estos lamentables tiempos. Todo un ejemplo de vida cristiana.

Pero, dada la historia que he vivido y que paso en seguida a referir, mi juicio se ha mudado enteramente. El lector comprenderá las razones obvias de tal mudanza.

La historia

Los hechos comenzaron hace ya más de una década. Vivía yo en una ciudad a la que no había llegado aún ningún cultor de la Tradición sin concesiones a las novedades conciliares, por lo que, con cierta reluctancia, no me opuse a que mi esposa y mis hijas comenzaran a frecuentar la casa que abrió el Opus en mi ciudad. Las niñas, que cursaban aún la secundaria, comenzaron a asistir a sesiones de "clubes" donde se aprendía a escribir a máquina, coser, y otros menesteres que sirven para disimular el verdadero carácter y las intenciones del Opus Dei. Como es natural, a dichas labores se agregaban invitaciones a charlas culturales y religiosas y a celebrar ciertas fiestas de particular solemnidad; en la nueva liturgia, por cierto, pero oficiada con devoción y respeto, cosa pocas veces vista en las parroquias...

Mi mujer sentía cierta reluctancia por esa actitud ambigua, tan propia de la Obra. ¿Por qué no invitar directamente a cursos de formación católica que tanto hacen falta en el día de hoy? Yo defendía a la institución. Con ese método podían atraer a niñas que, de otro modo, no se acercarían. Con el tiempo observé que la mayor de mis hijas y mi mujer eran bastante asiduas. Más tarde, mi hija comenzó a enseñar catecismo a niños de una parroquia sita en un barrio de mucha pobreza.

Al acercarse el fin de sus estudios secundarios, pensaba que, sin duda, mi hija me pediría autorización para ingresar a la Obra. En ese entonces, desconocía la diferencia que hay entre un numerario y un supernumerario y casi todo lo referido a la naturaleza de esta curiosa institución eclesial. Para mi sorpresa, mi hija no solicitó tal cosa sino que decidió ir a estudiar a la universidad de una ciudad vecina. Me sorprendí sobremanera porque, como profesor universitario, prefería que mi hija ingresase a mi universidad. Por mi calidad de tal, no debía costear sus estudios -que son muy caros en mi país- y, además, la carrera que ella quería proseguir era una de aquéllas en la que mi universidad sobresalía. A pesar de lo cual, insistió en que quería realizar sus estudios con el Prof. Dr. X que pertenecía a la otra universidad, lo que exigía irse a residir a la ciudad vecina. Además había descubierto que el Opus Dei tenía magníficas residencias para universitarios donde ella podría alojarse. Francamente esto sí que era incomprensible porque en dicha ciudad vecina vivían mis padres. ¿No era más lógico y prudente -y menos oneroso– que mi hija fuera a vivir con sus abuelos? Al llegar a este punto, tuvo que reconocer que lo que en realidad quería era ingresar al Opus Dei. Quedé estupefacto ¿Por qué no comenzó por el verdadero motivo en vez de toda esa supuesta admiración del famoso profesor? Como es natural, no me opuse a los deseos de mi hija, pero quedé intrigado. Finalmente pensé en la timidez tan propia de los adolescentes y no le di más importancia al asunto. Llevé a mi hija a la vecina ciudad, a la casa de formación de numerarias que allí había, y me conformé: al menos mi hija ingresaba a un lugar donde se conservaba el amor por la Tradición y se fomentaba el estudio de santo Tomás de Aquino, garantía de ortodoxia y sensatez.

Poco después oí que mi mujer era supernumeraria. Por supuesto que lo negué terminantemente. Mas a la tercera "denuncia" en el mismo sentido decidí preguntarle a ella misma sobre el particular. Para mi sorpresa, la denuncia era efectiva, y, tal como en el caso anterior, no hubo explicación alguna del porqué nada se me había comunicado.

Muy lentamente fui comprendiendo la naturaleza de la Institución. Conversando con mi hija comprendí que se trataba de verdaderas “monjas”, aunque "vergonzosas" de su calidad de tales. No pueden casarse, están sometidas a estricta obediencia, no pueden pernoctar fuera de las casas de la Obra, salvo especialísimo permiso de la superiora, etc. Pero trabajan como todos los seglares. Lo que no obsta a su calidad monacal, pues, como bien se sabe, desde la Edad Media, siempre ha habido monjes y monjas dedicados a labores civiles: órdenes militares, hospitalarias, educativas, etc. Ciertamente, ser militar, enfermera o profesor, son labores propias de laicos. Ya sé que, legalmente, el Opus Dei tiene carácter secular; pero creo que mi observación es atinada.

Ahora sí que me sentí ofendido; porque esta nueva sorpresa me dejó profundamente herido. ¿Cómo es posible que mi propia mujer se haya comprometido en secreto y me lo haya ocultado por años? ¿En qué queda la confianza entre esposos? ¿No es acaso el marido quien debe guiar a la esposa, como Cristo a la Iglesia, al decir de san Pablo? Pero esta esposa le oculta todo a su esposo.

Oculté mi dolor todo lo que pude, pero no logré superarlo y decidí exponerlo a un sacerdote de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que, en esta época, ya había comenzado a frecuentar dicha ciudad, si bien aún no contaba con priorato en ella. Ahora la sorpresa fue compartida por el sacerdote: a su juicio, esta actitud, preconizada por el Opus Dei, es contraria al derecho natural y lleva a sus numerarios y supernumerarios a violar el cuarto mandamiento de la ley de Dios.

Dos hijas más, por esos años, se habían relacionado secretamente con el Opus Dei: una como numeraria y la otra como supernumeraria. Un día, la primera de ellas, me comunica que la están "mandando" a la vecina ciudad. Nueva sorpresa mayúscula: ¿pero quién osa entrometerse e imponerte lo que no deseas?- "el Opus Dei". ¡Otra vez, quién otro! Repuesto de mi sorpresa, le expliqué que tal decisión era muy grave, todo compromiso de esta naturaleza es tremendamente serio, de modo que la decisión final debía tomarla ella cuando estuviese completamente convencida del paso que iba a dar. Si estaba con dudas era una grave imprudencia el proyectado viaje e internación en la casa de formación de numerarias. Naturalmente ignoraba yo que ella era numeraria desde la secundaria, tal como la hermana mayor. Cosa rara, mi hija escuchó a su padre y decidió alejarse de la Institución.

Poco después, mi sexto hijo me comunica que desea, en el futuro, ingresar a la Obra. A pesar de todas las experiencias, no me sentí autorizado a oponerme pues no sabía aún cuán lejos de la moral está esta Institución. Me limité a declararle a mi hijo que no confiaba en ella, mejor dicho: que no me gustaba para nada; pero como había sido aprobada por Juan Pablo II, si, en el futuro, deseaba ingresar en ella, lo permitiría.

Algunos años más tarde, por indiscreción de mi última hija, supe que el muchacho se había hecho numerario del Opus, siendo menor de edad, apenas contaba con quince años, sin comunicarme este paso y manteniéndolo oculto. No muy convencido de que tal fuera la verdad, interrogué a mi hijo. Efectivamente, había ingresado a pesar de no haber terminado sus estudios secundarios. No convencido todavía le interrogué a fin de conocer más detalles. Así me enteré de que, para dar tal paso, el candidato ha de escribir una solicitud formal al superior de la Obra, a la sazón el propio fundador, la que, una vez aceptada, da lugar a una ceremonia solemne en la capilla de la residencia del Opus ante la presencia de otros numerarios. Es decir, todo en regla y en perfecto secreto, como en la masonería.

Este hecho fue el que me hizo comprender toda la historia que acabo de referir. Comprendí que mi hija mayor era numeraria años antes de trasladarse a la ciudad vecina y que esto era doctrina del Opus y no timidez de adolescente.

Ante tal evidencia y desconfiando de mi idoneidad para juzgar estas cosas, acudí a un párroco amigo, experto en derecho canónico. El señor cura me confirmó mis temores: atropello al derecho natural, y tanto más inconcebible cuanto que provenía del Opus Dei, supuesto celoso defensor de la moral católica. "Es tan grave lo que te ha ocurrido que debes comunicarlo al señor obispo" me aconsejó. Preferí dirigirme al pro Gran Canciller de mi universidad y a otras personas, y siempre hallé la misma respuesta. El pro Gran Canciller me contó otras historias que él mismo había vivido y que me confirmaban la inmoralidad de los numerarios. Éste insistió en que era importantísimo que tal aberración fuese comunicada al señor obispo. Finalmente narré la historia al Obispo de la diócesis quien me aconsejó seguir disimulando mi dolor para no dañar a la familia. En todo caso él se iba a preocupar del asunto. "Ya volveremos a hablar", me dijo, y dio por terminada la audiencia. Nunca más hemos tocado el tema.

Finalmente, ante la petición de mi hijo, accedí discutir con un sacerdote de la Sociedad de la Santa Cruz, formada por numerarios que, ante la orden de su superior, renuncian a su vocación de perfeccionamiento moral y espiritual en su condición de seglar y aceptan la ordenación sacerdotal. Después de maratónicas sesiones, no hubo avance alguno. Según él, el Opus Dei se limita a otorgar orientación espiritual a los seglares, por lo que no hay por qué solicitar permiso alguno a sus padres; Nuestro Señor no comunicó a los suyos que se quedaba en el Templo; Dios llama a quien quiere y los padres no tienen derecho a oponerse, etc. Como es fácil apreciar, meras falacias que no resisten al mero sentido común de los fieles que comprenden que un menor de edad y una mujer no pueden ocultar algo tan importante a su padre o marido sin romper la confianza que hace posible un hogar. Dios no puede querer tal ruptura cuando fue El quien nos otorgó tales sentimientos. Por lo demás, sería sorprendente que la Iglesia jamás haya comprendido la moral en este punto, pues siempre exigió la autorización paterna a los menores de edad que deseaban ingresar al sacerdocio o a la vida religiosa.

En vez de discutir su posición, preferí que él la demostrara. Ya que se apoyaba en un texto bíblico, le exigí que me mostrara que la pérdida de Jesús en el Templo era ejemplo de que los hijos no deben pedir permiso a su padre, aunque fueran menores de edad, para entrar en “religión”, como se decía antaño. A la sesión siguiente, apareció con 3 gruesos volúmenes. Abrió el primero, de un jesuita del siglo XVII, si la memoria no me falla, y comenzamos a leer su exposición. El buen jesuita argumentaba que los padres no debe oponerse al deseo de sus hijos a entrar en religión. Ponía como ejemplo lo que le sucedió a un caballero que, ante tal petición, tomó a su hijo y se paseó por Europa hasta que el muchacho, encandilado con el mundo, olvidó su vocación. Poco tiempo después, una fiebre se lo llevaba de este mundo. Dios castiga a los padres que no son generosos, concluía el autor. Fácil me resultó mostrarle que el libro me daba la razón a mí. Porque, en vez de aconsejar a los padres que otorgaran el permiso solicitado, debería haber aconsejado a los hijos que no pidieran tal permiso. Mi interlocutor reconoció que tenía razón y no abrió ninguno de los otros libros. De este modo terminó nuestro diálogo.

Mi hijo me desobedeció, se incorporó a la casa de formación en cuanto terminó su secundaria. Yo, por cierto, me negué a pagarle sus estudios en la Universidad de la Obra, pero ellos lo recibieron igual.

Conclusión

Hasta aquí una breve reseña de los hechos tal como los viví y que los narro según lo que puedo recordar. Habrá, con toda seguridad, otros aspectos que completarían el cuadro; pero con lo narrado creo que nos basta para comprender lo que está en juego: la naturaleza del Opus Dei.

Hace algún tiempo supe que la policía francesa estudió el tema de las "sectas" y de lo peligrosas que son, especialmente para la juventud. Jamás creí que tal estudio estuviera teológicamente bien fundado. Pero he tenido que cambiar de opinión al saber que el policía a cargo de la investigación la ha publicado revelando que fue asesorado por un monseñor de la Iglesia Católica considerado el mejor experto en sectas. Pues bien, dicho informe califica de "secta" al Opus Dei.

Mi experiencia con la Obra me parece que confirma el diagnóstico y lo ilustra a la perfección. Tal vez habría que agregar, mientras no se demuestre lo contrario, que estamos ante una institución que nos recuerda poderosamente al fariseísmo. Estamos ante la misma celosa actitud de guardianes de la ortodoxia y de la moral; pero son acusados, como en el Evangelio, de no respetar el cuarto mandamiento de la ley de Dios. En cuanto algo favorece a la Institución, hallan la justificación moral de su actitud. Lo que más sorprende es la facilidad con que mienten en cuanto algo podría perjudicar o favorecer a la “Obra”, como la llaman en confianza.

Más aún, en cierta ocasión escuché a una numeraria explicar a un grupo que se acercaba por primera vez a dicha Institución, que Dios había inspirado a Escrivá lo que Él quería que se hiciera en el siglo veinte. Debo decir que tiemblo cada vez que me encuentro con alguien que se siente inspirado por el Espíritu Santo.

Mi hija menor presentó a una numeraria mi reclamo por aceptar niñas sin el consentimiento del padre. La respuesta de la numeraria, según mi hija me lo contó, fue negar la acusación. Por supuesto que se pide permiso a los padres; pero, si sabemos que lo van a negar, en ese caso, no se pide. Me eduqué con los jesuitas los que dan gran importancia a la virtud de la obediencia. Como ejemplo de fariseísmo se nos presentaba la actitud de esta numeraria. Así se finge poseer la virtud de la que se carece por completo.

Yo siempre había creído que las cosas que se rumoreaban en torno a dicha Institución provenían de la envidia que persigue a las personas exitosas. Me eduqué con los jesuitas y conocí cómo eran calumniados y resistidos justamente por lo eficientes que eran. Mas ahora no puedo ocultar mi cambio de juicio y creo que Roma no puede mantenerse indiferente a la acusación. Tendrá que decidir si la actitud tradicional de la Iglesia de exigir la autorización paterna para los menores de edad que desean entrar en "religión" era mera convención social, o era, como entonces se creía y nosotros lo seguimos pensando, una exigencia del cuarto mandamiento, si se lo mira desde el hijo, y de la responsabilidad ineludible del padre, verdadero educador y director espiritual de sus hijos, si se lo mira desde el padre. ¿Acaso no está expresamente prohibido otorgar el bautismo a los pequeños sin la autorización de los padres?

Por mucho que sea verdad que los padres no puedan oponerse a la vocación de sus hijos si carecen de razones válidas para ello, no deja de ser cierto que han de tener al menos la oportunidad de juzgar y dar su consentimiento. La doctrina que defiende el Opus Dei es que la vocación se resuelve entre el elegido y Dios, y los padres no tienen nada que ver en ello. Si el argumento fuese válido, se aplicaría al bautismo con mucha mayor razón: el bautismo no es consejo, es necesario para la salvación eterna. Pero la Iglesia se pronunció contra el otorgamiento del sacramento sin previo consentimiento de los padres.

Por lo demás, los numerarios le dejan poco espacio al Espíritu Santo: ellos eligen a quien quieren en la Obra. Al menos mi hijo me dijo que, en realidad, no se le había ocurrido interesarse en eso, pero un numerario lo invitó y poco a poco lo fue entusiasmando.

Pienso que la acusación es tan grave que el Vaticano deberá estudiarla acuciosamente y deberá dar respuesta oficial a tantos padres que han sufrido esta ofensa de parte de esta secta farisea.

Mi juicio ha cambiado por completo. Hasta que se demuestre lo contrario, tengo al Opus Dei por una secta farisea.



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