La otra cara del Opus Dei/Desprestigio como estilo de defensa (parte 1)

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LA OTRA CARA DEL OPUS DEI


DRESPRESTIGIO COMO ESTILO DE DEFENSA (I)

Los socios del Opus Dei se jactan de su elección divina, en palabras de lo que es el prólogo de su Catecismo (resumen muy peculiar de sus Constituciones), hacen suyas, de cada uno, y aprendidas de memoria, palabras de su Padre en las que les cifra toda su felicidad, en "la alegría de haber sido elegidos por el Padre del cielo, para hacer el Opus Dei en la tierra".

En palabras del evangelio tendríamos que decir, tendríamos que centrar la verdadera felicidad, fidelidad como dicen ellos, en la realidad de una fe, insertada en Cristo, con la cual "viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos".

Obras son amores y no buenas razones. A sus obras voy a referirme: las obras realizadas por unos sacerdotes del Opus Dei, "en cumplimiento (según les han leído en nota de gobierno interna, a sus miembros, haciendo referencia al caso) de su misión sacerdotal".

Unas obras (misión de esos señores), con las que no sólo no quisiera desmerecer del sacerdocio, sino evidenciar lo radicalmente ajenas que le son a éste.

Alusiones proféticas dicen en la Sagrada Escritura: "Escuchad la palabra de Yahvé, hijos de Israel, pues Yahvé tiene una querella con los hijos del país, porque no hay sinceridad, ni piedad, ni conocimiento de Dios entre ellos, sino mentira y perjurio, muerte y robo, adulterio y violencia, asesinato sobre asesinato (...)

Entre tanto nadie protesta, nadie reprende, contra ti, sacerdote, me querello. Tropiezas noche y día. Y contigo tropieza el profeta y haces perecer a tu pueblo." (Oseas, 4.)

Cuando las obras no son consecuentes con la verdad y con la justicia, con la caridad, no pueden ser obra de Dios. No pueden ser obra de ningún miembro del cuerpo místico de Cristo en razón de su sacerdocio común, menos aún en razón de un sacerdocio ministerial.

Un Cristo al antojo de intereses personales, o de prejuicios y deformaciones con miras egoístas, o egolátricas (de culto a cualquier cosa que no sea Dios), es el peor atropello que católicos o sacerdotes, sacerdotes o católicos, podemos ofrecer sobre la verdadera imagen de nuestra fe y de nuestra misión de apóstoles.

¡Qué difícil es creer cuando los "buenos" muestran esas imágenes! ¿Nos damos cuenta de lo difícil que se hace la fe a los que ven en "los buenos" una imagen así? Una imagen que repele, provoca rechazo, desagrada, desconcierta, rompe... y aleja. ¡Qué difíciles...!

Durante veinte siglos, desaprensiones y bajezas en nuestra conducta, en la de los católicos (en la de eclesiásticos igual, a pesar de su compromiso, por decisión vocacional personal, de ir por delante como maestros) han incidido en la Iglesia católica como el látigo en el mártir. La Iglesia tiene, y siempre las ha tenido, sus peores dificultades en las infidelidades de los suyos. Dificultades que a la vez no dejan de ser el gran desafío: la prueba mayor de su divinidad. ¿Qué sociedad humana es capaz de subsistir a pesar de... siglo tras siglo? ¿Qué sociedad anónima no quiebra a la vuelta de muy pocos años si los suyos no son competentes? La Iglesia subsiste a pesar de nuestras miserias.

Muy a pesar de tantas variadas argumentaciones como se esgrimen ahora para justificar lo injustificable, hay quienes, sin querer dejar de llamarse católicos, dicen que creen en Dios pero no en la Iglesia; contradicción tan tremenda como la de estar concibiendo que se puede creer en Dios sin hacerlo en su Palabra hecha carne: Cristo o cabeza precisamente de esa Iglesia en la que dicen no creer. Hoy por hoy se dice de todo. Éste es el problema.

El problema que bajo jactancias opuestas, pero de la misma inconsecuencia, ha llevado a estos señores a llamar "misión sacerdotal" a una serie de visitas programadas, sin otro motivo que desprestigiar, injuriar y calumniar.

En diciembre del 76 publiqué el libro (primera parte de éste) titulado "El Opus Dei. Anexo a una historia", cuyo contenido han ido comentando las cartas que han salido a colación. En enero del 77 publica la prensa (Diario de Barcelona) una carta] en la que veintitantas personas, antes pertenecientes a la Obra, se solidarizan con dicho contenido. Carta que siguió saltando a la opinión pública en distintas revistas nacionales, durante los meses posteriores.

El 27 de abril del mismo año, y en menos de una semana, seis sacerdotes del Opus Dei: dos en Madrid (don Emilio Navarro Rubio y don Juan García Llovet), dos en Barcelona (don Benito Badrinas Amat y don Severino Monzón) y dos en Andalucía (don Ernesto Peñacoba Muñoz-Chapuli y don Antonio del Vals), todo ellos con años, muchos años, de vuelo en la institución, en la cual han desempeñado y desempeñan cargos de responsabilidad, previa cita con carácter urgente y para una visita rápida (así lo fueron advirtiendo a las interesadas), recorrieron las casas de una serie de personas firmantes de la carta antes mencionada.

Se trataba de que yo era persona peligrosa, y se consideraban en el deber de advertirlas contra mí. Durante cuatro años que llevaba fuera de la Obra, nadie había tenido nada que decir. A nadie le había parecido mala. Hasta que salió el libro, y más aún cuando resultó ser merecedor de solidaridad por parte de personas que habían vivido la misma experiencia que yo.

¿Qué los movió a actuar como lo hicieron? No lo sé. Quizá su afán de autodefensa (prestigio del Padre y de la Obra) a ultranza, en el que el fin justifica los medios, unos medios que pueden ser cualesquiera, y que se buscan (en ese caso lo prueba la evidencia de los hechos) entre los más destructivos.

¿Movidos por la necesidad de acallar testimonios (los propios de esas personas visitadas) que se fortalecen, o se hacen más posibles, en la fuerza del grupo?

¿Convencidos de que la escabrosidad del tema nos anonadaría, nos dejaría agobiadas, acobardadas y hundidas, deshechas, y psíquicamente incapaces de volver a levantar la voz?

¿Para desunir lo que ni siquiera estaba unido (la mayoría no me habían visto en su vida ni me conocían), y con ello evitar la fuerza de la unión?

No lo sé. Únicamente sé, y esto sí que creo resulta constatable, que sí existía la clara necesidad de que destruyendo la propia honra y el prestigio de la autora el libro queda desmerecido. Algo así como una especie de terrorismo psicológico.

Durante el transcurso de las visitas alegaban, según los textos que van a quedar expuestos por las propias interesadas, el deseo de "velar por ellas". De velar expresamente por las que se habían solidarizado con mi libro, no por otras. Mientras durante años, cuatro o cinco por el lado más corto, habían ignorado toda clase de necesidades (espirituales, morales o materiales) en esas mismas personas. Entre ellas las hay con problemas de todas clases. Las hay que han tenido que buscar trabajo viviendo de mala manera por no tener lo suficiente para pagarse una residencia en condiciones, y no les ha importado. Las hay con un hijo enfermo (una operación detrás de otra), un hermano que se queda progresivamente paralítico a los 30 años y con cinco hijos, y nadie se ha dignado ofrecerle el más elemental consuelo. Las hay que durante ese tiempo se les murió su padre, y no fueron a visitarlas. Las hay de todas clases. Y en ninguna de esas necesidades ha creído oportuna la Obra acordarse de ellas.

Otras muchas (de las que han salido de la Obra), se han vito también abocadas a descalabros serios, como consecuencia de la utilización que hacen de la fe y de los más elementales sentimientos, junto con la soledad en que dejan. Y nada de eso ha despertado en ellos, los de la Obra, ninguna actitud de ayuda. Sé de una numeraria, que dejó de serlo ya bastante mayor (hace unos 5 ó 6 años), que se encontró sin familia, sin profesión, y sin tan siquiera fuerzas para luchar en la difícil tarea de conseguir el sustento de cada día (después de haber agotado sus energías al servicio de la Obra), y que le "permitieron" vivir en una casa de vecinos con derecho a cocina, en un barrio extremo de Madrid, porque la Obra no estaba dispuesta a pasarle cantidad para más; muy a pesar de las exquisiteces que se viven dentro. Sin que esto tampoco fuese para ellos ninguna exigencia o deber de caridad. De justicia, diría yo.

Pero ahora sí, ahora "hay que velar" por las que podemos dar un testimonio demasiado claro y constatable.

"Venimos a hablarte de María Angustias Moreno": era el preámbulo con el que iniciaban sus entrevistas. "¿De su libro?", contestaban las interlocutoras, como aceptando la razón más lógica dentro de la inesperada y sorprendente visita. "No -fue la contestación tajante-, de su libro no, de ella." El libro no querían ni mencionarlo; les constaba que lo conocían bien, y sabían igual de bien la incapacidad o imposibilidad de rebatirlo a personas tan experimentadas en la materia. Quizá por eso tampoco se plantearon nunca querellarse con el libro en sí; ello podía provocar "defensas", y no les interesan.

No deja de ser inaudito, desconcertante. ¿A santo de qué?, se preguntaban las visitadas. No voy a ser yo la que lo cuenta, lo van a contar ellas, cada una. Como cada una, luego, localizando mi teléfono (algunas de ellas a través de la Editorial), me fueron llamando para ofrecerme su ayuda. Aproveché para pedirles una redacción de lo ocurrido, lo más extensa posible, legitimada ante notario.

Lógicamente no me es posible asegurar que fueran sólo las que han dado señales de vida las entrevistadas. De hecho me llegaron por diversos conductos argumentos en la misma línea, como la "más natural explicación" por parte de miembros de la Obra, ante la necesidad de cortar cualquier conversación, comentario o pregunta acerca del libro.

A mí también me visitaron, pero antes de verme a mí habían estado ya en casa de una en Sevilla, y de varias en Madrid y en Barcelona.

A los pocos días fue mi madre, con mi hermano, a visitar a los sacerdotes de Andalucía, esperando recibir de ellos alguna explicación. No hubo medio.

Los textos escritos sobre la marcha el día mismo de los sucesos van a ser la más exacta y veraz explicación. Copio sólo unos cuantos, correspondientes a las distintas ciudades en que se efectuaron las visitas, lo suficientemente significados, a la vez que no demasiado repetidos (son todos los demás similares). Quince son las personas citadas de las que yo he sabido; entre ellas un sacerdote.

Reproduzco primero la visita que me hicieron a mí; luego la de mi madre y hermano, para a continuación hacerlo de otras seis más.

Día 27 de abril, sobre las siete de la tarde.

Dos sacerdotes del Opus Dei: Don Ernesto Peñacoba Muñoz-Chapullo y Don Antonio del Vals, pasaron por casa de mi madre buscándome. Esta, con ellos delante, llamó a mi piso para ver si estaba; me dijo que esos señores querían verme, y yo les dije que les recibía en mi casa. En menos de cinco minutos, encontrándome yo sola en el piso, se produjo la entrevista siguiente:
-Venimos a decirte que estás haciendo cosas muy graves.
-La gravedad -les argumenté- no deja de ser un problema personal, mío, de mi conciencia y según la ley.
-Tu ley -me contestaron ellos.
-No, la ley objetiva de la Iglesia -les respondí.
- No venimos a discutir. Sólo hemos venido a decirte que tenemos cosas muy graves que decir contra ti, con datos y pruebas, y que pensamos usarlas.
-Ustedes sabrán -les contesté-. No tengo nada que temer, acepto lo que quieran inventarse; allá ustedes.
-La Obra no ha dicho nada contra ti y tú lo estás diciendo de la Obra.
-Perdonen -les interrumpí-. Si quieren les cuento el último comentario que personas de la Obra han difundido entre un grupo de señoras de Sevilla. (Ya había empezado la campaña.)
-Eso no es la Obra, eso son las personas -dicen ellos.
-Delimitemos -les interrumpo-. ¿Qué es la Obra y qué son las personas?
-Te hemos dicho que no venimos a discutir. Queremos sólo decirte que vamos a usar contra ti acusaciones muy serias.
-De todas maneras (les insisto), permítanme que les diga que ustedes, los sacerdotes del Opus Dei, con la mano en el corazón, saben mejor que nadie que nada de lo que yo he dicho de la Obra hasta ahora es mentira. Y si no, díganme.
Callan, se levantan y se van diciendo que ya sé a lo que han venido.
Y yo, detrás de ellos, que salían, les dije:
-Lo de siempre. Ustedes lo único que saben es condenar sin dialogar.

A pesar de que la advertencia era de que "iban a decir", nada más salir ellos de casa, me cuentan telefónicamente de cuatro personas que ya habían estado a decirles lo que ellas mismas podrán declarar.
Sevilla, 27 de abril de 1977.- Fdo. MARÍA ANGUSTIAS MORENO CEREIJO.




El día 30 de abril de 1977, María Luisa Cereijo, Vda. de Moreno (madre de María Angustias) después de solicitar una visita por teléfono a don Antonio del Vals, ésta le fue concedida, y acudió a ella acompañada de su hijo, Rafael Moreno Cereijo, a Río de la Plata, 7, Sevilla, sobre la una del mediodía. En resumen, la conversación, se desarrolló de la siguiente manera:

María Luisa Cereijo expresó el motivo de su visita solicitando una explicación a la entrevista mantenida el día 27 anterior entre ellos y María Angustias. Don Antonio del Vals contestó diciendo que había que rezar mucho por María Angustias. Intervino Rafael y le dijo que no habían ido a pedir rezos, sino una explicación.

La explicación no se producía; la actitud de don Antonio del Vals era pasiva, de gesto, anodina; sin negar nada de lo que se le fue diciendo y sin explicar nada tampoco.

María Luisa expuso el desconcierto que le producía que sacerdotes católicos actuaran como ellos lo estaban haciendo. Le dijo que si ellos veían mal el libro que procedieran contra éste; pero que cómo siendo sacerdotes, cuya misión es confesar, convertir y perdonar, se dedicaban a acusar, de forma organizada como lo estaban haciendo y en ciudades distintas. Le comentó el pasaje del Evangelio en el que le llevaron a Jesús a una mujer pecadora. "Jesús -comenta María Luisa- ni aplaudió la actitud de quienes la denunciaban ni se lo agradeció siquiera." María Luisa siguió argumentando que cómo era posible que actuaran así ahora si a ella, Don Antonio (director de la delegación de Sevilla, sacerdote con el que ella se confesaba) cuando María Angustias se salió de la Obra, le dijo que no se preocupara, que si ella quería volver, la recibirían con los brazos abiertos. Don Antonio del Vals no contestó a nada, dijo únicamente que él no tenía nada que decir.

Rafael Moreno intervino diciendo que si él creía que en nombre de Dios, por la salvación o defensa de cualquier tipo de "cosa", se podía utilizar la injuria; a lo que el sacerdote contestó con un encogimiento de hombros: .."depende... " Ante el desconcierto que aquella actitud les producía y la insistencia de María Luisa de que ella no podía pensar que como sacerdotes actuaran así por el perjuicio que a la Iglesia le podían ocasionar, Rafael le contestó que no se preocupara porque la Iglesia había sobrevivido a Papas corrompidos. Siguió Rafael haciendo una breve síntesis de la manera de ser de María Angustias, la cual había escrito el libro escogiendo la postura más incómoda, la de no pensar en ella misma (en su comodidad), por honradez, no por soberbia, por un amor a la Obra mucho más profundo que el que los mismos de dentro estaban demostrando; ella, le dijo, la cree salvable, y se juega su comodidad para que sea posible; y lo cree a pesar de que hace tiempo hay mucha gente que no lo cree.

Nosotros -siguió Rafael- respondemos de que mi hermana, cuando se fue a la Obra, era una persona totalmente normal; si luego lo que ustedes andan diciendo es verdad, lo primero que habrá que hacer es someter a revisión la vida que ustedes les hacen llevar en las casas de la Obra.

Mi hermana es muy pequeña al lado de ustedes; esto ha pasado a ser un problema familiar, y realmente como familia también somos insignificantes al lado del poderío de ustedes, pero si quieren escándalo se va a producir. Ante lo de "poderío" Don Antonio del Vals contestó con fuerza por primera vez en toda la entrevista, diciendo que ellos no eran poderosos. Rafael le dijo que le diese el nombre que quisiera, pero que se trataba de que, a pesar de todo, María Angustias tendría que defenderse, e iba a hacerlo.

Don Antonio del Vals mantuvo su postura pasiva, sin razones, sin opción al diálogo, sin argumentar nada en contra de lo que se le iba diciendo; cerrado en una actitud de incógnita, de intriga, extraña e inconsciente, ante lo cual María Luisa y Rafael dieron por terminada la entrevista. Don Antonio por la escalera se permitió insistir a María Luisa en que "no se preocupara", que rezara. Ella le dijo que sí se preocupaba, y que rezaba, rezaba mucho por la Iglesia, por sus hijos y por el Opus Dei.

Sevilla, 30 de abril de 1977.- Fdo. María Luisa Cereijo Juárez, Rafael Moreno Cereijo.




Día 27 de abril de mil novecientos setenta y siete, a las 6,30 de la tarde.

Vinieron a visitarme dos señores que decían ser sacerdotes del Opus Dei: Don Ernesto Peñacoba Muñoz-Chapuli y Don Antonio del Vals.

A las seis de la tarde me había llamado por teléfono el primero de ellos, para solicitar la entrevista. Le pedí que me explicara el motivo de la visita a lo cual se negó debido a que era por teléfono, pidiéndome que por favor esperase un momento que iban para mi casa.

Sobre las 6,30 llegaron los dos arriba citados. Les advertí que había quedado citada con Teresa Vázquez y que podía ser una situación violenta para ellos. Ella llegó nada más iniciada la conversación. La pasé a la habitación de al lado, y ellos me advirtieron que cerrara la puerta porque podía oír. El piso es un apartamento y se oye todo en todas partes.

La conversación fue la siguiente:
Les pregunté el motivo de la visita.
-Venimos -dijeron- a hablarte de María Angustias Moreno.
-Conozco su libro -les contesté.
-No venimos a hablar del libro, sino de ella. Queremos advertirte de que es lesbiana, es decir que ha tenido trato camal y tenemos pruebas de corrupción dentro de la Obra.

Les pregunté si se daban cuenta de la difamación que eso suponía, de la gravedad de lo que estaban diciendo. Les dije que la conocía y me parecía suficientemente adulta, además de que su labor me parecía positiva incluso respecto a la Obra. Con su libro -insistí- desde luego me identifico.

Me repiten que no quieren hablar del libro, y que no han tomado ninguna medida contra él para que pudiera decir lo que quisiera, pero que se había pasado, por lo que ahora actuaban. Sólo venían a advertirme en contra de ella, de su labor de corrupción dentro y fuera de la Obra.

Vuelvo a exponer mi desconcierto. Les digo que a ellos no los conozco de nada y que María Angustias sí, por lo que les pido que me lo demuestren con pruebas.

Dicen que si eso (tocándose la sotana) no es suficiente motivo de crédito.

Les argumento que conozco a María Angustias a través del libro especialmente, y que la sotana no me es suficiente. Insisto en que me den pruebas para creer lo que me están diciendo.

Contestan que no quieren involucrar a personas, pero que me advierten del daño que María Angustias podía hacerme.

No tenemos más que decir. Se levantan y se van. Sólo desde la puerta pude repetirles que si se daban cuenta de la gravedad de lo que acababan de decir, sin darme además ninguna prueba.
Sevilla, 27 de abril de 1977.- Fdo. L. H.
Cordoba, 28 de abril de 1977




Querida Marian:
Quiero que tengas noticias de una visita sorpresa que he tenido esta mañana y a la que todavía no he sabido reaccionar.
Sobre las doce de la mañana me llamó por teléfono D. Ernesto... diciendo que era sacerdote del Opus Dei, y que quería hablar conmigo unos minutos, llegando a mi casa seguidamente, acompañado de otro sacerdote también de la Obra: D. Antonio del Vals.
En resumen, lo que ellos me han planteado se puede sintetizar así:
1° Me plantearon que habían visto mi firma en varias cartas publicadas en diversas revistas, solidarizándome con el contenido de tu libro "Anexo a una Historia. El Opus Dei", y advirtiéndome que "debía tener cuidado con lo que firmaba".

Al responderles que soy responsable de lo que firmo y que participo plenamente con lo que en el libro se dice, les indiqué que si algo en él había que no fuese cierto, existen unos medios legales para rebatirlo, y que están en su perfecto derecho de llevarlo a cabo.

Me respondieron: "que no venían para hablar del libro", pasando entonces a lo siguiente.
2° Querían hablarme de ti como persona, porque lo consideraban un deber de justicia el preocuparse por la salvación de mi alma, y tal deber les obligaba a decirme que tenías "desvíos sexuales" y, concretamente, que eres homosexual.

Ante mi sorpresa e incredibilidad, no pudieron explicarme desde cuándo tienes tú ese famoso "desvío", y sólo me contestaron que "hasta ahora no habían querido hablar".
3° Como último tema, ellos justificaban que el hecho de tú haber escrito el libro era para encubrir el "defecto" que ahora dicen que tienes.

Como puedes comprobar de nuevo vuelven al primer planteamiento sobre el libro, de tal manera que en el curso de la conversación les dije si es que les daba miedo que los que nos hemos salido de la Obra pudiéramos escribir un nuevo libro. Por supuesto, respondieron que no.

Marian, te puedes imaginar que me encuentro totalmente deprimida, no por ti, sino por ellos, ya que te he tratado lo suficiente como para no creérmelo, y en el último caso de admitirlo, me parece un chantaje demasiado bajo.
Esperando verte muy pronto, recibe un abrazo.
Fdo. E. P. G. Madrid, 29-4 -77




Querida María Angustias:

Sólo dos letras; no quiero volver a contarte la repugnante historia que creo ya conoces de los curas que se dedican a ir de casa en casa para decir majaderías.

Soy una más de las firmantes de esa carta que tan nerviosos los ha puesto; como cuando se presentaron en mi casa me dejaron estupefacta con el planteamiento, y no pude ni responder, hoy mismo les he escrito para darles mi contestación al tema y te mando una copia de la carta para que conozcas mi actitud.

Puedes estar segura de que nadie de las que en Madrid ha firmado esa carta va a echarse para atrás y que a ninguna han conseguido impresionar con sus planteamientos; estuvimos reunidas ayer y el tema quedó bastante claro, puedes contar con todas para lo que haga falta.

Hasta cuando quieras, un abrazo muy fuerte.
Fdo. M. V.

La entrevista con M. V., totalmente semejante a las expuestas, abordaba el tema bajo la disculpa de defenderla de su ingenuidad.

Madrid, 29 de abril de 1977
Sr. D. Juan García Llovet
Diego de León, 14.

No estoy muy segura, pero es posible que mi reacción del miércoles, después de su visita, les haya parecido positiva; voy a explicarles la realidad de lo que su repugnante actitud me ha parecido.

El que yo no tuviera nada que decirles en aquel momento se debe, sobre todo, a lo increíble que me pareció lo que estaba viendo y oyendo: dos personas que, hasta ese momento, podían parecerme de cierta categoría, se presentan en mi casa, jugando a sorprender para calumniar a otra tercera. Y mis buenas maneras se deben, simplemente, a que me considero una persona educada y a la presencia de mi madre en casa. Una vez aclarado esto, voy a decirle cuál es mi postura ante este tema, para que todos sepamos a qué atenemos.

Entiendo que si por algo se me puede llamar ingenua no es precisamente por haber firmado la famosa carta, sino por haberles escuchado a ustedes y por haberme dejado sorprender con sus procedimientos, ya conocidos por mí desde hace tiempo. Resulta que me llaman para "un asunto urgente", urgente sobre todo para usted, no para mí, que ya hasta se me había olvidado, y sin ninguna consideración aparece en mi casa acompañado de otro individuo, experto en la materia, pura y sencillamente para calumniar (digo "calumniar" perfectamente consciente de lo que eso significa) a otra persona que yo ni siquiera conocía. Efectivamente soy una ingenua y debía haberme imaginado con su sola llamada cualquier bajeza de este tipo.

Además, tuvieron la deferencia conmigo a modo de lealtad, ¿lealtad con quién?, me pregunto yo. Conmigo no, desde luego; con la Obra, que para ustedes está por encima de todo (y esto no van a negarlo ahora), por encima, por supuesto, de las personas, a las que se puede importunar, maltratar, calumniar y hasta deshacer, si fuere preciso, con tal que su Obra resulte triunfante. Ya se imagina que no tengo nada que agradecerles, el favor no iba para mí. Yo a usted le importo bien poco, y la prueba es que no se interesó por mí directamente ni una sola vez desde que yo me marché de la Obra y el miércoles tampoco ninguno de los comentarios tuvo que ver conmigo.

Usted, D. Juan, acudía a mi buena voluntad porque "conociéndome como me conoce" le había sorprendido mi adhesión al libro de María Angustias. Y yo sigo preguntándome ¿cómo me conoce? Jamás había hablado, hasta el otro día, personalmente conmigo; me imagino que su profundo conocimiento de mi persona se debe, sobre todo, a ese cotilleo continuo que se traen en la Obra y que hace que lleguen siempre, a través de terceros, los rasgos de la personalidad de cada uno hasta los directores, que son capaces con esos datos, obtenidos con intermediarios en el 90% de los casos, de juzgar y disponer de la vida de todas esas personas que "ingenuamente" siguen creyendo que están ahí haciendo de su vida una entrega continua a Dios y a los demás. Usted, don Juan, no me conoce en absoluto y lo ha demostrado con su ridículo comportamiento, que ha conseguido unos efectos exactamente contrarios de los que pretendía.

La afirmación que me hizo sobre la desviación patológica de María Angustias, es algo que de ninguna manera venía a cuento y que. además, no me interesa en absoluto. En el libro no se vislumbra ningún síntoma de semejante cosa, solamente usted y los que como usted miran todo a través de un filtro enfermizo, son capaces de llegar a semejantes conclusiones, nadie más-y son muchos los que lo han leído, no olvide que el libro está ahora entre los best-sellers- ha llegado a esas conclusiones. Por lo tanto, creo que si del libro se trataba, lo normal hubiera sido que me hubiesen demostrado de alguna manera que, cualquiera de las afirmaciones que en él se hacen no es cierta. Lejos de eso, dejan sin negar, porque no lo pueden negar, claro está, nada de lo que dice el famoso libro y, sin embargo, se dedican a meterse en la vida privada de la persona que lo ha escrito y a calumniarla impunemente. Si tanto les preocupa el comportamiento sexual de la gente. dedíquense a investigar dentro, que tiene material suficiente.

Me parece que, de momento, no tengo más cosas que decirle; quede bien claro que volvería a firmar la carta que tanto les preocupa y que, con su comportamiento, lo único que han conseguido ha sido que, además de poyar el libro y cooperar, a partir de ahora, a su difusión, apoye desde este momento a María Angustias, a quien, en contra de lo que usted afirma, yo ni siquiera conocía y quien, por supuesto no ha intentado en ningún momento ponerse en contacto conmigo ni para que firmara la carta ni para ninguna otra cosa.

Un último detalle: no quiero volver a tener relación ni con usted ni con nadie que se dedique a chismorrear, y mucho menos a calumniar, con lo cual ni intente prepararme otra encerrona como la del otro día, porque mi "ingenuidad" han conseguido curármela; eso es lo único que tengo que agradecerle.
Fdo. M.V.




El día 27 de abril, alrededor de las nueve de la noche, al volver del trabajo, sonó el teléfono y cuando contesté me dijeron: Soy D. Emilio Navarro. No sé si te acordarás de mí, pero nos vimos un día en casa de Pilarín, mi hermana, que estaba enferma; yo estaba allí y tú fuiste a visitarla. Le contesté que sí me acordaba, y entonces él dijo: Tengo que verte urgentemente para hablarte de un tema muy grave; yo al principio dudé, ya que hacía siete años que no sabía nada de ningún sacerdote del Opus Dei, a partir de una salida mía de la obra muy desagradable, en cuyos momentos se portaron muy mal, me calumniaron, se quedaron con mi dinero, que pertenecía a mi patrimonio, y como no hubo forma de dialogar, ellos adoptaron la postura de que había difamado a la Obra -cuando lo único que había hecho es contar la verdad a las personas que me lo preguntaron-, y declararon que no querían saber nada, incluso negándome el saludo, etc.

Pero al insistir y por tratarse del hermano de Pilar Navarro, de la cual soy amiga y también salió de la Obra en unas condiciones similares a la mía, pensé que deseaba hablarme de algún problema familiar, por lo cual repuse que de acuerdo. Don Emilio dijo que tenía que ser al día siguiente; yo le expuse mi horario de trabajo, ante lo cual quedamos en mi casa a las 3.30.

A las 3.20 en punto veníamos Isabel y yo -I. M. de R., trabajamos en la misma Empresa y ella es la encargada general- nos encontramos justo en la puerta del apartamento. A don Emilio Navarro le acompañaba otro sacerdote, que nos presentó en ese momento: Don Juan García Llovet.

Entramos en el apartamento e Isabel se fue a la habitación de al lado dejando la puerta entreabierta. Nos sentamos los tres e inmediatamente dijo don Emilio que venía para hablar conmigo, que era algo muy privado, etc. Yo le dije que de acuerdo y que por eso Isabel se había quedado en la otra habitación descansando.

YO: Ustedes me dirán.
D. EMILIO: Se trata de una cosa delicada, grave. ¿Tú sabes lo que es la difamación?
YO: Sí.
D. EMILIO: Si yo supiera algo de ti -algún lío personal-, y lo dijera, sería difamarte aunque fuera verdad, y eso es lo que ha hecho María Angustias con su libro y tú firmaste la carta aprobando semejante actuación.
YO: Desgraciadamente sé perfectamente lo que es. Firmé la carta porque todo lo que dice es verdad y estoy de acuerdo con ella.
D. EMILIO: Del asunto que vamos a hablarte sólo hemos querido hacerlo con las personas que están implicadas directamene, ya que algo tan grave no nos parece se pueda difundir. Mira, B.: es sobre María Angustias Moreno. Hemos venido a advertirte sobre esta persona. María Angustias es una desviada sexual, una lesbiana.
D. JUAN: Sí, está totalmente corrompida, es espantoso.
YO: ¿Qué pruebas tienen para decir semejante cosa?
D. EMILIO: Muchas, muchísimas.
YO: Sí, claro, de personas de dentro.
D. EMILIO: No, de antes de ser de la Obra, de cuando era de la Obra y de después; nos parece que tú como has firmado una carta que se ha publicado es muy peligroso, además quedas involucrada con la vida espantosa de esta persona, etc.
YO: Primero no me lo creo, pero aunque fuera verdad, la vida privada e íntima de una persona es algo que siempre he respetado y que nunca me he atrevido a juzgar.
D. EMILIO: Sí, pero en este caso es distinto; date cuenta que tú tratas con gente conocida, respetable y sería lamentable que te encontraras mezclada en semejante corrupción.
D. JUAN: Sí, es una cosa increíble, son casos que podríamos contarte que te quedarías asustada...
YO: Miren, a mí todo esto me parece increíble y no admito que sigan ustedes hablando de esto. Yo efectivamente firmé una carta apoyando el libro, el cual me parece totalmente verdad, y desaprobando el boicot que ustedes estaban haciéndole al libro; pero yo en esa carta no he dicho nada sobre la persona de María Angustias y me parece que nadie tiene derecho a decirlo, así es que no me interesa seguir esta conversación, que por cierto me parece muy mal por parte de ustedes.
D. EMILIO: Sí, pero ten en cuenta que nosotros hasta ahora no hemos hecho nada, pero si las cosas siguen así, tendremos que tomar medidas contra María Angustias y las personas que colaboran con ella sabiendo el mal que está haciendo, para que lo piensen en conciencia.

En ese momento yo levanté la voz y llamé a Isabel:

-Isabel, ¿puedes venir un momento?

Los dos sacerdotes se levantaron furiosos y dijeron: Te hemos dicho que esto que hemos venido a decirte es sólo para ti, y luego tú haces el uso que te parezca, y yo les contesté: Por supuesto.

Isabel apareció y los dos la miraron indignados y dijeron: no, nosotros ya nos vamos, y yo repuse: esperen un momento porque yo también tengo cosas que decir. Me dirigí a Isabel y le dije: Estos dos sacerdotes vienen a decirme que María Angustias Moreno, la autora del libro sobre el Opus Dei que leíste, es lesbiana. Isabel no contestó nada y se les quedó mirando y entonces:
D. EMILIO: Pero ¿tú has sido del Opus Dei?
ISABEL: No, pero he leído el libro y me pareció muy bien, me aclaró muchas cosas que no entendía.
YO: Isabel quería haber firmado la carta que se publicó y que a ustedes tanto les preocupa, pero no lo hizo porque en aquella ocasión la carta sólo estaba firmada por personas que habían pertenecido al Opus Dei.

Los dos seguían de pie y dijeron: Bueno, nosotros nos vamos, porque éste no es el tema.

YO: Sí que es el tema y me gustaría hablar un momento. ¿O es que no puedo?
D. EMILIO: No, porque nosotros hemos venido a algo muy concreto y éste no es tema (repetía una y otra vez).
YO: Sí que es, porque existe un diálogo; por lo tanto tendrán que escuchar (pero ya estaban casi al salir).
D. EMILIO: En otra ocasión.
YO: Me extraña mucho si usted sabe en qué circunstancias salí de la Obra, con un problema económico que no sé si usted conoce.
D. EMILIO: Lo conozco.
YO: Sí, pero por parte de la Obra, o sea, la verdad de ustedes que siempre es la verdadera, sin escuchar la verdad de los demás; como en este momento que quiere marcharse porque lo que diga yo ya no les interesa.
ISABEL: Bueno si ustedes se van porque estoy yo aquí, no se preocupen porque me voy.

Y se marchó a la habitación de al lado.

D. EMILIO: Cuando tú quieras nos llamas; y de noche, de día, cuando quieras, hablamos de todo esto, pero te vuelvo a repetir que hoy no porque no es el tema.
YO: Me parece que cuando se dialoga los temas van todos unidos; porque ¿es normal que ustedes no se preocupen de una persona durante siete años, sin tener ni idea de los problemas gravísimos que pueda tener, sobre todo después de haberla dejado en una situación espantosa, física, moral y económica? Y como yo miles de personas en las mismas circunstancias y sin embargo hoy -a pesar de todo esto- como les interesa, todo lo pasado no cuenta, no importa; lo verdaderamente importante es su "Tema", y vengan como si fuera lo más normal del mundo a decirme una cosa tan increíble de María Angustias porque, según ustedes, es un deber de conciencia. ¿Qué clase de conciencia?
D. EMILIO: No son miles las que tú dices, son muy pocas.
YO: Bastantes.
D. EMILIO: Yo lo sé mucho mejor que tú, y las estadísticas dicen que la mayoría quedan vinculadas a la Obra y las que tú dices son las menos.
YO: Me parece que con que fuera una sola sería suficiente, y habría que preocuparse de ella. Además, el hecho de su visita de hoy lo confirma, ya que han venido para hablar de una persona, no para ayudarla, sino para prevenir contra ella sobre algo que como siempre ustedes afirman -en la posesión de la verdad- que es cierta. Esta vez sí que ha sido suficientemente importante una persona para que dijeran las cosas incalificables que dicen de ella.
D. EMILIO: Pero es para advertirte, para que sepas la verdad, porque además esa persona agrupa, hace todos los esfuerzos posibles para reunir a la gente a su alrededor y eso es lo peligroso. Además en el libro también se da uno cuenta de su obsesión sexual.
YO:Pues en mi caso en absoluto, porque yo me enteré de que una chica que había pertenecido al Opus Dei había escrito un libro, inmediatamente fui a buscarlo, lo compré, lo leí y después, como sólo sabía que vivía en Sevilla, me enteré de su dirección a través de la editorial; y en cuanto a la obsesión a que usted se refiere no la he notado en absoluto; pero todo lo que dice es totalmente verdad.
D. JUAN: Fíjate y veras como sí se refleja en el libro.
D. EMILIO: Bueno, B., ya te he dicho que estamos a tu disposición para todo lo que necesites, cuando tú quieras y como quieras.
D. JUAN: Nosotros te arreglamos con toda seguridad tu problema personal, así es que te volvemos a repetir que estamos a tu disposición en cualquier momento para hacerlo. Si no es así, cuelgo esta sotana (y se agarraba la sotana).
YO: Ya he sufrido bastante; no tengo nada que hablar con ustedes. Se habló en su momento, y yo sí que tengo testigos sobre esto, pero como en todas las actuaciones de ustedes no existe el diálogo, y la razón es sólo de la Obra, "caiga quien caiga", y a costa de lo que sea. "El fin justifica para ustedes todos los medios".
D. EMILIO: Te volvemos a repetir que estamos a tu disposición.
YO: Buenas tardes.
ELLOS: Buenas tardes.

El portero de la finca vio entrar a los dos sacerdotes, les preguntó adónde iban y ellos contestaron que a mi casa.
Fdo. B. E. Madrid.


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