La locura del Opus Dei vista desde la sabiduría Oriental

From Opus Dei info

Por Bruno, 9.06.2010


Desde hace más de 2.500 años se desarrolla en el Oriente una sabiduría que, basándose en observaciones incuestionables, llega a formular unos principios que nos ayuden a llegar una vida humana, alejada de todo tipo de locura. En este artículo, voy primero a presentar esta sabiduría, luego voy a examinar las prácticas del Opus Dei, medidas por las enseñanzas de este conocimiento.

Contents

La sabiduría Oriental

Vivir en el mundo real

Una parte esencial de la sabiduría Oriental se basa en las siguientes observaciones:

El “aquí y ahora” como único espacio real de vida

Todo lo que sucede, sucede en el presente. Descubrimos el mundo contemplando lo que está aquí y ahora. El presente no es la suma de todos los eventos que tienen lugar en un momento concreto. Tampoco es un imperceptible estado transitorio entre el futuro y el pasado. El presente es el espacio en el que las cosas suceden.

Lo que existe u ocurra en el presente es real. Todo lo que no ocurra en el presente no es real. Es fruto de nuestra imaginación.

La mente como instrumento que nos hace escapar del “aquí y ahora”

Cuando la mente considera a los eventos, los transforma enseguida en conceptos: interpreta, clasifica y juzga. Mediante el análisis de estos conceptos, no profundizamos nuestro conocimiento del mundo. Lo único que profundizamos son nuestros pensamientos. La mente es una herramienta maravillosa, pero le escapa todo lo que no puede convertir en conceptos.

La mente no logra captar el presente, porque el presente no es un objeto: es un espacio, es decir nada. Para conocer al mundo, hace falta apagar nuestra mente, cortar con el monólogo incesante que tenemos en nuestra cabeza. Debemos contemplar sin la mediación de pensamientos, análisis, comentarios y juicios.

La mente constantemente considera el pasado y hace planes para el futuro, tratando al presente como un medio para alcanzar un objetivo siempre pospuesto. Bajo su liderazgo, nos comportamos como el conejo que corre detrás de una zanahoria. Sin embargo, la plenitud ya se encuentra en el presente. ¿Qué falta en este mismo momento?

La resistencia a la realidad como única fuente de sufrimiento

La resistencia es un fenómeno causado por el dominio de la mente sobre nuestro espacio interior. Consiste en deniar la realidad en nombre de imaginaciones. He aquí una corte ilustración para darnos cuenta del modo de funcionar de este mecanismo.

Imaginemos la siguiente situación: vuelves a casa por la tarde y encuentras junto a la puerta una cesta con un bebé. El niño apareció en tu vida, lo quieras o no. La negación de este hecho no tiene sentido. Sería absurdo pretender que el niño no exista, saltar por encima de la cesta, entrar en la casa y cerrar la puerta. No te resistas a lo que apareció. Reconoce lo que es. La actitud negativa (gritar "no, no, no") no resuelve nada. Lo único que podemos hacer es aceptar, acabar con nuestra resistencia. Es nuestra resistencia la fuente del sufrimiento, no es el acontecimiento en sí mismo.

Un niño tiene la costumbre de llorar y de hacer sus necesidades en su sitio. Es su modo de ser. No juzgues lo que es. La actitud negativa (quejarse) no tiene sentido. Un niño es un niño, hay que ocuparse de él. Lo único que podemos hacer es aceptarlo, poner fin a nuestra resistencia. Es nuestra resistencia la fuente del sufrimiento, no el mundo.

Los niños no aparecen por sí mismos. Tarde o temprano llegarán sus padres, agradecerán por el cuidado, pedirán perdón por las molestias y saldrán con él, a pesar de que empezabamos a quererle. Todo acaba. La actitud negativa (gritar "no, no, no") no tiene sentido. No trates de detener lo que ya desapareció. Lo único que podemos hacer es aceptarlo, poner fin a nuestra resistencia. Es nuestra resistencia la única fuente de nuestro sufrimiento.

Cuando la mente nos obliga a concentrarnos en el futuro, aparece una tensión interna: ansiedad, estrés, preocupación y otras formas de miedo. Cuando la mente nos obliga a concentrarnos en el pasado, aparecen resentimiento, amargura, tristeza, culpabilidad y otras manifestaciones de rencor. Sin embargo, en el presente no existe problema alguno. ¿Tienes algún problema en este mismo momento?

Adán y Eva abandonaron el paraíso por el acto de consumir la fruta del conocimiento del bien y del mal, es decir por empezar a hacer juicios cualitativos sobre el mundo y los eventos. Dejaron de aceptar el mundo y comenzaron a fantasear sobre cómo debería ser el mundo. Así como lo hemos constatado, la resistencia (causada por el predominio de la mente) es la única fuente de nuestro sufrimiento. Para volver al paraíso, basta con ir camino de regreso, es decir liberarse del dominio de la mente – aceptar la realidad tal como es – y permanecer en el aquí y ahora. A veces el dolor es parte del presente y podemos aceptarlo.

Cuando aceptamos la realidad, empezamos a contemplar las cosas tal como son. Dejamos de evaluarlas, de ponerlas nombre, de definirlas, de catalogarlas, de asociarlas, de compararlas o de buscar para ellas un sentido, una justificación o una explicación. No tenemos ya miedo al vacío, al silencio, a nuestra ignorancia, a nuestra incertidumbre.

La liberación del dominio de la mente como condición de salud

La contemplación del mundo sin la mediación de la mente nos permite ver y sentir mucho más. Porque la mente se detiene sólo en lo que puede captar. Las cosas más importantes se le escapan: el presente, el espacio, el silencio, la paz, la alegría, la belleza, el amor...

Basta con sentarse inmóvil unos minutos para que nuestros pensamientos se calmen, silencien, y luego desaparezcan. Cuando en este estado dirigimos nuestra atención al cuerpo, a nuestra respiración, tomamos conciencia de la vida que nos anima. Tomamos conciencia de que el mundo está vivo. Nos sentimos parte del universo, desaparece el sentido de alienación y de miedo. El único obstáculo era nuestra costumbre de mirar al mundo por el prisma de la mente.

Es la mente quién, dando nombre a las cosas, las separa del resto del mundo. Las analiza sin tomar en cuenta el conjunto. Empero, cuando nos damos cuenta de que somos parte de una fuerza vital más amplia, logramos aceptar nuestra fugacidad y disfrutar por fin del mundo.

El actuar afirmativo como regla de vida sana

Cualquier comportamiento negativo es desmedido, irracional y dañino. El actuar positivo consiste en reconocer la realidad tal como es en el momento, luego aceptarla y sólo a continuación optar por una de las tres posibles acciones:

  • aceptar la situación tal como es (no se la cambia)
  • retirarse de la situación
  • adoptar las medidas oportunas para modificar la situación apresente

En tal comportamiento no hay sitio para la negatividad. No hay sitio para quejas, problemas o sufrimientos. La aceptación de la realidad pone fin a la desgracia y al sufrimiento.

Conocerse a sí mismo

La sicología moderna nos enseña que el hombre se comporta de acuerdo con la imagen que tiene de sí mismo. Cada sabiduría intenta encontrar una respuesta a la pregunta: “¿Quién soy?”. Este saber es fundamental en el momento de elegir el comportamiento a seguir en cada situación concreta. La mayoría de las religiones fundamentan su respuesta con la ayuda de mitos fundacionales. La sabiduría Oriental, al revés, no recurre a este truco: es una sabiduría abiertamente racionalista.

Lo que no eres

Antes de responder a la pregunta “¿Quién soy?”, la sabiduría Oriental intenta denunciar las falsas imágenes que uno puede tener de sí mismo. El modo de racionar es el siguiente:

Imagínate a una persona dominada por la ira. Grita, se tira por todos lados, ataca a la gente. Nadie puede calmarla. Cualquiera que trate de hablar con ella es rechazado o agredido. Cuando alguien permanece en ese estado de obnubilación, es incapaz de pensar racionalmente. Se identifica con sus emociones, no guarda distancia hacia ellas, no es consciente de sí misma. Tú también a veces te identificas con tus sentimientos. Pero tú no eres tus sentimientos.

Imagínate a una persona que se identifica con sus opiniones o creencias. Está convencida de que tiene la razón en todo, que el mundo se rige de acuerdo a las ideas que ella se ha forjado. En nombre de su Verdad es capaz de imponer a los demás sus propios puntos de vista. Rechaza o subestima a los que no están de acuerdo con ella. Tal no tiene distancia hacia sus creencias. Tú también a veces te identificas con tus creencias. Pero no eres tus pensamientos. Tampoco eres un flujo de pensamientos: no dejas de existir cuando dejas de pensar.

Imagínate a los que se identifican con su función social: los jueces y los abogados se visten de ropas raras, los médicos se esconden detrás de un delantal blanco, los profesores universitarios llevan sombreros ridículos, los funcionarios se comportan de manera diferente con uniforme o en la vida civil, las madres y los padres tienen miedo a revelar sus sentimientos delante de sus niños. El papel que cumplen en la sociedad cambia su modo de ser, de pensar, de hablar y de actuar. Se identifican con su función social, no toman distancia de ella. Tú también a veces te identificas con tu función social. Pero tú no eres la función social que representas.

Tampoco eres tu historia, o los planes que puedes tener para el futuro: no dejas de existir, si resulta que provienes de otra familia, que tu fecha de nacimiento es diferente, que ha cambiado tu carácter, que tienes amnesia o que has perdido la posibilidad de realizar tus planes y tus sueños...

Lo que eres

No eres ninguna de las cosas con las que a veces te identificas. POR TANTO ¿QUIÉN ERES?

Eres el espacio en el que aparecen y desaparecen experiencias, pensamientos y sentimientos. Todos ellos son inestables. Tú eres el espacio que perdura. No eres un objeto, no eres tu cuerpo o las circunstancias de tu vida. Mira a la habitación en la que te encuentras en este momento, hay varios objetos en ella, pero la habitación no es un objeto. Es el espacio en el cual las cosas pueden estar y existir. Se puede poner y sacar mucho de esa habitación, pero esto no cambia nada a la habitación misma.

Es difícil hablar del espacio porque no es un objeto. Sin embargo, es más real que los objetos, porque no es temporal. Por eso las siguientes afirmaciones sólo parecen paradójicas:

Una habitación no es una cosa, por tanto es nada.
Una habitación no existe. Pero sin ella, los objetos no tendrían dónde estar y existir.

Si se quitan las paredes de la habitación, el espacio no deja de existir: lo único que pasa es que dejamos de considerarlo como un lugar distinto. Todos los espacios son, finalmente, un solo espacio. Tratarlos como lugares distintos es una operación de la mente que no tiene correspondencia con la realidad, es una ilusión.

Como consecuencia de la aparición de las cosas en el espacio nace la conciencia de las cosas, del espacio e incluso de la conciencia misma. Imagínate el universo entero, quita de él todo salvo dos galaxias. Cuando una galaxia mira a la otra, toma conciencia de las dos galaxias y del espacio que las separa. Puedes considerarte como un microcosmos: tu conciencia nace de la contemplación de las cosas que aparecen en tu espacio.

Consecuencias prácticas

En tanto seres vivos nos esforzamos por desarrollarnos y evitar la muerte. Se podría decir que nuestras dos principales motivaciones son el temor a la aniquilación (el miedo) y la codicia (nos parece que nunca tenemos suficientemente). Cuando nos identificamos con algo, el objeto en cuestión recibe las características de los seres vivos: nos preocupamos por su desarrollo y tenemos miedo de su desaparición.

Si, por ejemplo, nos identificamos con un cierto punto de vista, vamos a reforzarlo con todo aquello que lo confirma y seremos ciegos a todo cuanto lo niega. Y si alguien intenta demostrarnos que nuestra opinión no es correcta, la defenderemos hasta con violencia, como si alguien estuviese atacando a nuestra propia persona. Cuando dejamos de identificarnos con nuestras opiniones, pensamientos y emociones, ellos muestran su verdadera naturaleza – son fugaces. Aparecen y desaparecen.

Si una emoción o un pensamiento toma posesión nuestra durante bastante tiempo, esto significa que nos identificamos con ellos. No vamos a deshacernos de ellos combatiéndolos. Basta con observarlos y tomar distancia. En consecuencia, dejamos de identificarnos con ello. Esto es suficiente para que estos pensamientos o emociones se desvanezcan después de algún tiempo. Porque la fugacidad es su naturaleza y solo nuestra identificación con ellos les ha dado gravedad e importancia.

Cuando nos identificamos con nuestro flujo de pensamientos (“Pienso, luego existo”), nos esforzamos para mantener este flujo: sentimos la impetuosa necesidad de pensar constantemente. Tenemos miedo al silencio y dejamos siempre encendida la radio, la televisión, estamos atentos al teléfono o a cualquier otra cosa.

Cuando tomamos conciencia de nuestra verdadera naturaleza – que somos un espacio donde aparecen fenómenos efímeros – esto marca el fin del miedo y del deseo. Porque siempre somos plenamente nosotros mismos. La adición de más objetos o habilidades en nuestro espacio no añade nada a lo que somos. El espacio es infinito por su naturaleza y no podemos hacerlo más grande. Tampoco podemos perderlo, porque no es un objeto. En consecuencia, nuestra motivación para defender lo que tenemos disminuye, tal como nuestro deseo por adquirir siempre más. Llegamos a ser libres. Libres del deseo enfermizo y del miedo, dejamos de responder automáticamente a los estímulos externos. Nuestro esquema de comportamiento ya no se basa en la defensa o en el ataque, deja de ser reactivo.

Despertarse

Cuando soñamos, nos parece que nuestro sueño es real. Sólo después de despertarnos nos damos cuenta que soñábamos. Todo lo que acaba es parecido a un sueño: no es del todo real, es efímero como un sueño. La iluminación consiste en despertarse del sueño de la identificación con las cosas. No somos nuestras posesiones, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestro cuerpo, nuestros atributos o nuestra situación de vida. Somos el espacio, uno con el mundo.

Caminos hacia la iluminación

Para percibir el espacio, se necesita perspectiva y distancia. No nos damos cuenta del espacio cuando el cuarto está lleno hasta el techo. Del mismo modo, para percibir el silencio, se necesita calma. No nos damos cuenta del silencio cuando la música lo ahoga. Para dejar de identificarse con algo, necesitamos tomar distancia hacia esa cosa. Así, por ejemplo, mientras alguien está sano, no deja de identificarse con su cuerpo. Mientras alguien es feliz, no deja de identificarse con su situación de vida. Mientras alguien está íntegro, no deja de identificarse con sus convicciones. La enfermedad, la vejez, la muerte, las desgracias y las catástrofes son una oportunidad para que dejemos de identificarnos con las cosas, son una buena oportunidad para el despertar, para la iluminación.

Logramos percibir el espacio cuando contemplamos los espacios vacíos dejados por cosas que hemos amado, con las que nos identificábamos y de las que tuvimos que separarnos. El fondo de un cuadro se revela sólo después de haber quitado varias capas de pintura. No nos damos cuenta de la presencia del fondo si añadimos otra capa de pintura. Tampoco se llega a la iluminación adquiriendo nuevos conocimientos o viviendo nuevas experiencias. Por el contrario, la iluminación tiene sitio cuando hemos perdido mucho, hemos contemplado el vacío que apareció y tuvimos conciencia del espacio en el que las cosas aparecen, se mueven y desaparecen.

Nunca se puede decir sí o cuándo alguien podrá despertar del estado de inconsciencia. Sin embargo, podemos crear condiciones favorables para el surgimiento de la autoconciencia por:

  • dejar de pensar
  • escuchar el silencio
  • estar aquí y ahora
  • aceptar lo que es
  • dejar de resistir
  • perdonar
  • tomar distancia hacia sí mismo

La vida consciente

Todo lo que nace en el espacio es por su naturaleza bipolar y sujeto a la ley de los opuestos: a cada bien corresponde un mal. Nacimiento y muerte, luz y oscuridad, alta y baja, enamoramiento y odio. Cada placer o cumbre emocional contiene en sí una pizca de dolor – su inseparable opuesto – que aparece después de un tiempo. Sin embargo, lo que proviene de la contemplación del espacio no tiene contrapartida negativa: son la paz, el amor y la alegría.

Cuando dejamos de aferrarnos a lo que tenemos, empezamos a gozar de todo: ya no requerimos que el mundo sea diferente para empezar a apreciarlo. Aceptamos todo tal y como es – sin emitir juicios sobre su bondad o maldad. Todo adquiere rectas dimensiones. Nada es absoluto o inmortal. Y esa perspectiva transforma nuestra percepción del mundo.

Vemos las cosas tal como son. Dejamos de evaluarlas, de ponerlas nombre, de definirlas, de catalogarlas, de asociarlas, de compararlas o de buscar para ellas un sentido, una justificación o una explicación. No tenemos ya miedo al vacío, al silencio, a nuestra ignorancia, a nuestra incertidumbre.

Cuando tomamos conciencia del espacio, la paz que reina en este vasto espacio se comunica a nosotros. No somos una insignificante pequeñez en un universo amenazador, que vive suspendida un corto plazo entre su nacimiento y su muerte, con el derecho de gozar cortos momentos seguidos inevitablemente por el dolor y por la aniquilación final. Cuando tomamos conciencia de nuestra unidad con el entorno, nos llena el amor a toda la naturaleza, la alegría de la existencia.

La locura del Opus Dei

La sabiduría expuesta en las páginas precedentes no es específica a un sistema filosófico, a ciertas creencias o a una religión. Es una sabiduría universal y cualquier proyecto sano de vida tiene que incluir los principios citados.

Así por ejemplo, cuando en el Opus Dei se me decía “Ofrece esto!”, yo no entendía de que se trataba. A la luz de lo que hemos dicho, empiezo a entender que “ofrecer algo” en realidad significaba: “poner las cosas en las manos del Señor, en consecuencia liberarse del jugo y aceptar las consecuencias”. Esta forma de hablar es un poco deviada, complicada, pero en el fondo significa algo muy simple: aceptar lo que es. En este punto la pastoral del Opus Dei converge con la sabiduría Oriental.

Pero hay otras prácticas fundamentales del Opus Dei que son absurdas, fortalecen el dominio de la mente y generan sufrimiento en las víctimas de la pastoral del Opus Dei:

1. El ascetismo
en lugar de centrarse en lo que es, uno se identifica con ciertos ideales y busca su realización en el futuro. Mientras tanto, el despertar sólo puede ocurrir aquí y ahora. El ascetismo fortalece la identificación con una determinada imagen de sí mismo.
2. El moralismo
uno está siempre preparado para emitir juicios morales, tiene una respuesta preparada para todo. Se desprecia la realidad en nombre de las convicciones (“Esto es siempre bueno, esto es siempre malo, y aquello no debería ser así”).
3. La humanización de Dios 
Dios es más grande y más misterioso de lo que pensamos. No es un viejito con barba blanca. Ni siquiera es un ser corpóreo. Y no está fuera de nosotros. No hagamos de él un ídolo.
4 La prisa 
Cuándo llegará esto a su fin”. “Ojalá no estuviese aquí”. “Estoy esperando el momento siguiente para empezar a aceptar el presente”.
5. Las expectativas
Eso debería ser de otra manera”. “Yo esperaba otra cosa”. “Dios quiere más”.


1. En el Opus Dei se practica el ascetismo de manera sistemática. Se dice: “hacer el Opus Dei, siendo uno mismo Opus Dei”. Por tanto, cada persona centra su atención en unas prácticas, normas, costumbres, modos de actuar, que le apartan del presente, del mundo real. Entrar en el Opus Dei es comenzar a luchar para aplicar en su vida una multitud de criterios ajenos. Por tanto se trata paulatinamente de dejar de ser uno mismo para identificarse con unos ideales. Además, de alguna manera, se “premia” este estatus. Se considera a la persona como más entregada, más fiel, en la medida en que se adecúa a estas formas y modos. Por el contrario, si existe alguna resistencia interna hacia los criterios “revelados, por inspiración divina, a nuestro santo fundador”, se barrena continuamente hasta que ésta deja de existir. Se vive una vida racional, siguiendo un rigorismo en el que todo está estipulado, normado y regido, subordinando totalmente la realidad a los criterios. Los sentimientos, la intuición, el saber del corazón, la conciencia, quedan paralizadas. Se deja de vivir como se es para terminar siendo lo que piensa el Prelado de turno.


2. Unido estrechamente a lo anterior, en el Opus Dei, se vive en el moralismo. El fundador buscaba un “camino seguro”. Repasando la historia de los años fundacionales, aquella que nos han narrado los hagiógrafos y la extensa tradición oral que existe dentro de la Obra, se nos relata, en palabras del fundador, que “la Obra se hizo al golpe de vuestras pisadas”. Y así es. De cada experiencia vivida se redactó un “criterio” y del “criterio” se pasó a la norma. El libro De espíritu estipula y hace norma y costumbre de todo, absolutamente todo. ¿Qué persona está “más entregada”? Lógicamente, la que ordena su conducta a todos estas normas y criterios.

Al estar normado y regulado todo lo que es bueno para el fiel de la prelatura, al existir unos directores que ponen todo su afán y su fidelidad en que los demás vivan el espíritu, todo conduce al sujeto a estipular unos criterios morales férreos: Es “bueno” vivir todo lo que señala el “espíritu”, es malo todo lo que se sale de la norma. De manera simultánea, debido al celo por la fidelidad, cada miembro de la Obra se erige en juez. Uno se juzga a sí mismo y vive juzgando a los demás. Así, siguiendo este espíritu, el miembro de la Obra siempre encontrará motivos para auto inculparse y sentirse pecador, que ha fallado, que no es fiel. Además, siendo una persona que cumple tantos preceptos “buenos”, comienza a sentirse superior a los demás, algo así como el fariseo de la parábola: “Te Doy gracias, Señor, porque no me has hecho como los demás”... dividiendo el mundo y la sociedad en la que vive en justos e injustos. Dictador de sentencias e impositor de moral y disciplina, convierte el mundo que quiere santificar en un mundo de buenos y malos – buenos a los que hay que ensalzar y malos a los que hay que combatir.

Todo esto conforma una quimera que lleva a quien la padece a no saber ni quien es, ni dónde está. Se convierte en un portador de “valores” en un ser “ético” que tiene la misión divina de “convertir” al mundo y llevarlo a “su bondad”. Se niega todo valor a la contemplación, al descubrimiento del mundo tal como es. En contrario, se obligaba muchas veces a “hacer” la oración con un libro de gobierno (Experiencias, Glosas, Vademecums...) que contiene recetas hechas para juzgar, condenar y corregir al mundo, despreciando toda experiencia directa y no invasiva.


3. En muchas ocasiones, Escrivá hizo alusión a las palabras de Santa Teresa “Dios está entre los pucheros” o estampó frases tan sonoras como “Donde se juntan el cielo y la tierra es en nuestros corazones cuando vivimos santamente la vida ordinaria”. Sin embargo, ¿a qué Dios sirve una persona en el Opus Dei? Son personas que han guardado su corazón “bajo siete cerrojos” que tienen hora para la oración (aunque esté vacía de contenido) que basan su espiritualidad en un voluntarismo titánico (hacer, esforzarse por decir jaculatorias, rezar, cumplir, siempre “cumplir”). El Dios del Opus Dei es un Dios externo, ajeno al ser humano, plagado de ritos, al que la persona que se esfuerza “para agradarle” pero que ha negado la posibilidad de hallarle en su corazón, en su debilidad humana, en su ser imperfecto, impuro... Parece como que el camino del Opus Dei ha sido hecho para los puros, para los “salvados”. El Dios al que se adora en el Opus Dei debe ser siempre agradado por las propias buenas obras y se apena con las omisiones, un juez terrible lejano de aquello que se reza en el salmo 50: “Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías...”

El fiel de la prelatura vive entonces, en una tremenda paradoja. Por un lado, el sujeto se auto inculpa de sus incumplimientos, se le afean externamente mediante correcciones fraternas, y, por otro lado, se anula para sentir a Dios como ser humano, para experimentarlo y vivirlo en sí mismo y para buscarle y hallarle en los demás. Como consecuencia, la persona, despojada de su humanidad, ¿cómo va a conocer a Jesús- Dios hecho hombre que no ha bajado a la tierra para condenar sino para salvar?

Escrivá hablaba mucho de la humanidad de Jesucristo, del Jesús que pasa hambre, sed, sufre, llora por sus amigos, y lo hacía para que los miembros de su Obra fomentasen una reciedumbre estoica. Sin embargo, obvió lo esencial: Jesús, Dios hecho hombre, asume toda la humanidad y toda es toda. Para Escrivá, Jesús hombre era un modelo de estoicismo, no un ser humano con todo lo que conlleva el serlo. En definitiva, un Dios externo que poco o nada tiene que ver con las ansias, los padecimientos, el sentir y el vivir del ser humano real.


4. Escrivá hablaba de una mística ojalatera, animaba a rechazar el “ojalá fuese esto... o no sucediese aquello...” sin embargo, en el Opus Dei se vive en el “ojalá” de manera mediática y utilitaria. El afán proselitista inculcado en sus miembros hace que todas las acciones se mediaticen para un fin: ganar almas para Dios. Lo primero que llama la atención es que son “almas”, no personas. Después, que tras esta afirmación, todo vale para la causa. Esto convierte al fiel de la prelatura en un “pedigüeño” que intenta torcer la voluntad de Dios “para que las almas cumplan su voluntad”. La oración, como la mortificación, son presentadas como monedas con las que se compra a Dios, para haga lo que a nosotros nos parece útil.

Los “ojalás” en el Opus Dei se revisten de metas apostólicas, de listas de candidatos, de oraciones, metas y acciones para atraerlos, montajes y estrategias. Esto lleva a la persona a vivir totalmente proyectada hacia un futuro imaginario en el que se enreda cada vez más. En realidad, todo es una fantasía, una ficción individual y colectiva. El individuo vive de espaldas a las personas que le rodean: importándole “su alma”, justifica acciones poco nobles, coacciones, intereses. El Opus Dei ignora la realidad: todo lo conforma a su visión parcial.


5. Las expectativas llevan a la persona a enajenarse aún más. Frases lapidarias dichas en la dirección espiritual como “Dios espera más de ti” no hacen más que reforzar la subjetividad de quien las profiere. Contando con la buena voluntad de quien la recibe, esto hará del sujeto de esta “no-dirección espiritual”, un ser aún más alejado de sí mismo y de los demás. Habiendo sido instado a seguir la voluntad de Dios, lo que hará, sin duda, es hundirse aún más en un mundo subjetivo del que cada vez le resultará más difícil salir porque habrá perdido todas las estrategias para poder discernir.

¿Dónde hoy está la “voluntad de Dios”, revelada en privado al prelado Echevarría, que piten 500 numerarios/as en cada país? ¿Han cambiando algo los directores frente a esta derrota espectacular? No. La realidad no influye del más mínimo modo a la mente cerrada de los sectarios del Opus Dei. Sin enbargo, la locura de las expectativas del prelado de turno transforman a la vida de los miembros en un infierno cuotidiano: nunca están a la altura de las expectativas “de Dios” (en realidad de un prelado psicópata).

Desde la perspectiva de la sabiduría Oriental, no es dificil predecir que todos los miembros del Opus Dei que toman su ideología en serio acaban con serios transtornos de la realidad o con enfermedades psíquicas.

En esta parte, me he centrado en los aspectos de la ideología del Opus Dei que destacan del corriente contemporáneo de la espiritualidad católica. En la próxima parte, voy a presentar otras normas de comportamiento que, desde la sabiduría Oriental, son absurdas y nocivas, pero que son imputables no al mismo Opus Dei, sino a la cultura judeo-cristiana (y al Opus Dei como su extremismo).

La locura del judeo-cristianismo

El mesianismo

El judeo-cristianismo está profundamente fundamentado en la idea del mesianismo:

  • Mesianismo del pueblo de Israel, que condiciona su salvación con la venida de un salvador
  • Mesianismo de los cristianos, que condicionan la salvación con el acoge del bautismo
  • Mesianismo de la pastoral cristiana, que promete el paraíso a la gente que se comporta de acuerdo a las reglas dictadas por los gobernantes
  • Mesianismo del Opus Dei, que condiciona el advenimiento de un paraíso terrestre con la conversión de las sociedades al catolicismo romano

De acuerdo con lo que decíamos, el primer inconveniente del mesianismo es que nos promete acontecimientos en el futuro y por lo mismo aparte nuestra atención de lo único que sea real, es decir del presente.

Otra idea fundamental vinculada al mesianismo es la instauración de la obligación del desarrollo. El desarrollo es presentado como un valor incuestionable. Sin embargo, no es cierto que el movimiento hacia arriba sea bueno y el movimiento hacia abajo – malo. Sólo la mente lo percibe así. El crecimiento suele ser considerado como algo positivo, pero nada puede crecer indefinidamente. Cuando algo crece sin interrupción, esto conduce antes o después hacia el monstruoso y a la destrucción. La desintegración es necesaria para que algo nuevo pueda crecer. La desintegración es interdependiente con el crecimiento.

Se puede decir que el mesianismo nos aparta por lo menos de la mitad de la realidad. Es una peligrosa locura. Podemos también observar que cada totalitarismo se fundamenta en un mesianismo: transforma el presente en un infierno y en sufrimiento con la justificación que es necesario para la venida de una felicidad futura.

Un Dios creado a imagen y semejanza humana

Es difícil criticar al catolicismo, porque detrás de esta denominación se ha escondido tantos modos organizativos y espiritualidades, que sus defensores siempre logran sacar una cita de la Biblia o el ejemplo de un santo para defender el poder del Vaticano. Sin embargo, el catolicismo de hoy (oficialmente, la religión de un Dios misericordioso) prácticamente no tiene nada que ver con el catolicismo que lograba justificar y alabar las cruzadas, las reconquistas y las masacres de “herejes”.

Se ha subrayado muchas veces en este página que el rostro de Dios presentado por el Opus Dei es una caricatura de un dios tiquimisquis-vengador. Sólo en los últimos tiempos el catolicismo está empezando a hablar seriamente de un Dios misericordioso, pero los aspectos de la misericordia divina no han sido asimilados en su doctrina y en su organización. La visión que el Opus Dei tiene de Dios está pues en pura continuación de la espiritualidad católica de los últimos siglos.

Hasta hoy, los niños que se preparan a su primera comunión en Polonia deben saber de memoria el contenido de un “pequeño catecismo”. Leemos en él que las “dos primeras verdades de fe” son las siguientes:

  1. Hay un solo Dios
  2. Dios es un justo juez que recompensa por el bien y castiga por el mal'

Pues no, niño, el que te recompensa por el bien y castiga por el mal no es Dios, es tu papa o tu mama. El rostro de Dios presentado por el judeo-cristianismo es muy parecido a la idealización de la figura del padre visto por un niño de tres años: hay que agradarle a Dios, hay que pedirle con constancia para obtener lo que nos da la gana. El Dios-tiquimisquis judeo-cristiano es un ser susceptible, rencoroso y represivo. Necesitaba la muerte violente de su hijo para finalmente perdonar a la humanidad un imaginario pecado original. Necesita el bautismo para acoger los muertos en su seno. Necesita la confesión sacramental para perdonarnos. Y necesita de la estructura burocrática vaticana para guiar a sus ovejas.

En fin... ¿No hubiera sido más sano fundamentar el cristianismo en la revelación de Juan: DIOS ES AMOR? ¿Hubiera existido el Vaticano y el Opus Dei si el cristianismo se hubiera fundado en estas tres palabras?

El extremismo del Opus Dei

Podemos ahora preguntarnos si un miembro del Opus Dei está en camino hacia una vida consciente. Esto es muy poco probable teniendo en cuenta que su interior es perfectamente y completamente amueblado, que todo está estipulado, que su visión del mundo es fijada e inalterable. En vez de concentrarse en el presente para tomar consciencia de sí mismo y de los demás, los fieles de la prelatura están enteramente dispersados en una multitud de actividades. Se embarcan en cruzadas apostólicas para instaurar el reino de Dios en la tierra (¿qué reino y qué Dios?) intentando llegar “a todas las almas”, siempre galopando hacia el futuro, sin tiempo para verdaderamente contemplar a la persona que pasa por su lado, para vivir y padecer con ella. Viven proyectando hacia el futuro, olvidando experimentar el presente.

Los místicos españoles, en concreto, Santa Teresa, habla del “sólo Dios basta”. La gran santa ha descubierto que la persona es capaz de encontrarse a sí misma sólo en el vacío más absoluto. Por el contrario, el santo marqués incitaba a sus fieles a llenarse de cosas: deseos de santidad, ansias apostólicas, sana doctrina, dinero, éxitos profesionales, casas y decoraciones de lujo... Todo esto hace que la persona se olvide de quien es verdaderamente y se identifique por completo con los objetos y las ilusiones que le rodean, cosas que, últimamente, son efímeras y sin ningún valor.

El fundador se jactaba de ser paternalista. ¿De qué paternalismo se trata? De aquél padre que proyecta en sus hijos sus propios deseos y el comportamiento que a él le parece justo y recto. No contempla a sus hijos sino raciona sobre “lo que deberían ser”. Con tal mentalidad se dice: “como Dios manda”. Tal modo de pensar forma parte de nuestra cultura occidental y fundamentó nuestra sociedad de hoy día. Esto, llevado al extremo, fue la esencia del pensamiento de Josemaría Escrivá. Escrivá formó en su imaginación un ideal de “caballero cristiano”, inspirado quizá del Quijote u otros cuentos para niños, sin siquiera buscar una justificación en la Biblia. ¡Vaya teología! ¡Vaya espiritualidad! ¡Vaya fundamento para ochenta mil seguidores!

Escrivá sentó todos los preceptos, criterios y fórmulas para llegar a ser “caballero cristiano” y encontró un buen caldo de cultivo para llevarlo a cabo: personas deseosas de alcanzar la santidad. ¿Quién no deseaba ser santo después de la guerra civil española? ¿Quién, en aquel entonces, se resistía ante un vademécum completo? Vemos la sencillez con la que se puede fabricar una locura personal y colectiva, teniendo, además todos los visos de bondad. Escrivá consiguió que una multitud secundara su espejismo.

Se comprende pues, que, habiendo hecho causa de la propia vida unos ideales ajenos, los habiéndolos asimilado como propios, el miembro del Opus Dei que descubre la ficción se somete a una tremenda presión. Todo aquello en lo que creía cae por los suelos y se encuentra ante una oportunidad para despertarse: reconocer que “ella no era eso”. Para prever esto, el fundador del Opus Dei afirmaba que quienes abandonasen la institución serían infelices para siempre, que no hallarían la felicidad en esta tierra, que tendrían un sabor amargo como el rejalgar. No hacía más que activar en sus seguidores el automatismo del miedo para impedirles tomar conciencia de sí mismo y del mundo.

Cuando alguien abandona la institución, uno de los trabajos interiores que deberá acometer con empeño será, precisamente, descubrir que sus miedos no son más que un espejismo, descubrirlos como tales, despegarse emocionalmente de ellos hasta que dejen de tener fuerza en él. Por el contrario, apegándose a sus sentimientos negativos no hará más que esos miedos cobren aún más fuerza en él. El miedo es uno de los factores que nos hacen persistir en la ficción. También existe ese miedo en la jerarquía de la Iglesia Católica. Miedo a que todo se les vaya de las manos. Prudencia y preservar la buena doctrina, dicen. Olvidan al Amor, al Dios de la Misericordia, olvidan que Dios cuida de los suyos. Es la prepotencia de controlar, controlar, controlar... Una Iglesia formada por hombres que tienen miedo a confiar en el Espíritu...



Lecturas recomendadas

  • Tao Te Ching – por Laozi (libro chino de sabiduría, escrito alrededor del año 600 a. C.)
  • Bhagavad Gita – por Krishna (libro hindú de sabiduría, escrito alrededor del año 400 a. C.)
  • What the Buddha Taught – por Dr Walpola Rahula, 1959 (resumen de las enseñanzas de Siddhartha Gautama – conocido como Buda – que vivía alrededor del año 500 a. C.)
  • El poder del ahora – por Eckhart Tolle, 1997
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