La iconografía de la Obra

From Opus Dei info

Por Tolorines, 28 abril de 2004


Me sumo intelectualmente al debate que está suscitando la película de Mel Gibson y, con arranque en el mismo, me gustaría resaltar una serie de aspectos que, a mi entender, configuran el ropaje externo del Opus Dei y que, en muchas ocasiones, sirven de arma arrojadiza para su exaltación y para su crítica.

Retomo lo de Mel Gibson: el pasado sábado en el programa del Canal 33 tuve ocasión de visionar un interesante debate sobre la película y me llamó poderosamente la atención la intervención de un filósofo agnóstico que, de modo muy respetuoso, criticaba la película por cuanto decía que se instalaba ferozmente en la "era de la imagen" con total desprecio a la "era de la palabra", en clara contraposición con otras películas de corte religioso en las que la "palabra", el mensaje, el fondo del mensaje, estaba por encima de la crueldad de ciertas imágenes. Mencionaba "La Pasión según San Mateo" de Passolini, y yo ahora menciono "ORDETT" (La palabra) de Dreyer, sin duda y de largo, la mejor película de la historia de género religioso y entre las diez mejores películas de todos los tiempos (dicho por expertos y según revistas y encuestas especializadas). Pero no quiero abrir un foro cinematográfico, sino simplemente quedarme en esa excesiva iconografía que nos avasalla en todos los campos de la vida y que, en mi opinión, la Obra maneja a la perfección en el ámbito trascendente de la personalidad, en el ámbito de lo religioso. Veamos algunos ejemplos:

  • En cuanto a la difusión del mensaje del Fundador: La iconografía no radica en el mensaje en sí (que no voy a analizar), sino en la forma de "transmitirlo": Desde la "metadimensión" de algunos sucesos en la vida del Fundador (anécdotas contadas por algunos que se "cruzaban" con el Padre en el Colegio Romano y que, de un hecho nimio e insignificante, trivial, sacaban una enseñanza instalada en la más alta Teología), hasta la puesta en el comercio de multitud de anecdotarios, videos, películas, DVD, "la importancia de la música en San Josemaría", testimonios de la más lejana cristiandad, etc. En este apartado igualmente se incardinan las ceremonias de beatificación y canonización, los aplausos, "Juan Pablo II, te quiere todo el mundo", las tunas, etc. La colectivización de la virtud, el anticipo del Cielo, de nuestro Cielo: nosotros estamos ya en el cielo.
  • En cuanto a la figura del Prelado: más de lo mismo. "Pasar por la cabeza y corazón del Padre", no siempre es un modo seguro de aplicarse sus enseñanzas, sino agruparse con el Prelado en cuestiones estéticas, de gustos personales, de modo y maneras, etc...
  • En cuanto a las relaciones humanas entre miembros: siempre alegría, delicadeza extrema en el trato, uniformidad en todo, todo, todo: en cómo comer, en cómo hacer una genuflexión, en como vestir, en cómo hablar de la Obra a los no miembros, la suscripción cuasiobligatoria a Mundo Cristiano.
  • En la exaltación de determinados lugares: los amigos y conocidos que uno tiene en la Sede Central, las casas de Retiro "históricas", una tertulia inolvidable con el Padre, la "belleza" arquitectónica de Torreciudad, la profusión en la liturgia.
  • En la "puesta en entredicho" de otras realidades eclesiales: Presunción de no ajustarse a la doctrina de aquellos escritos que no sean de autoría segura, es decir, sacerdotes y laicos de la Prelatura; la parquedad y pobreza del mensaje de otros colectivos (Kikos o Focolaris, Catecumenales, etc...).
  • En el modo de actuar de los miembros ante la opinión pública: acudir a criterios meramente científicos para la defensa de desviaciones morales; la versión, ante la opinión publica del carácter descentralizado de la Prelatura; la "socialización" de la Obra con ocasión de ciertos acontecimientos (vgr. proyecto "Harembee"); la insistencia pública en la no corporativización de opiniones y tendencias de miembros de la Prelatura; las magníficas relaciones con la Jerarquía de la Iglesia; la normalidad de nombramiento de un Cardenal o un Obispo; desmentir, sistemáticamente, la profunda españolidad de la Obra y, a la vez, ensalzar las precarias condiciones de los que empiezan (y solo de esos) en lugares donde la cristiandad es guetto.

Podríamos continuar con muchísimos ejemplos. Últimamente te recomiendan la visión de la película que nos servía de vehículo para este escrito y parece como si quisieran advertirte de que "eso existe, sucedió y ahora tienes la ocasión de verlo, porque yo llevo muchos años viéndolo". Lo que decía, pura imagen (existimos, estamos aquí, mira cuántos logros, cuántos colegios, cuántas obras sociales) y mucho icono y poca palabra, poca profundidad.

Mucho hacer y poco pensar. Y es una pena que sea así, porque con todos esos medios, materiales y humanos, podría hacerse más bien del que se hace.

Sin tanta alharaca quién sabe si no se esculpirían más y mejores almas.



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