La conciencia y la Obra/El camino hacia la salida

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Creer o explotar

Pienso que lo que "explota en el cerebro" –tomando la expresión de Jacinto- es consecuencia de un dilema, producto de la formación de la Obra. Ese dilema era actuar o no actuar a conciencia.

Pues actuar a conciencia resultaba en muchos casos un acto contra la voluntad de Dios (en realidad era un acto contra la voluntad de la Obra, que se identificaba con la Voluntad de Dios). Pero no seguir la conciencia tampoco era una opción para el largo plazo.

Esto era insoportable para cualquier conciencia. Y uno, o bien explotaba yéndose o bien hacía implosión, quedándose dentro de la Obra pero destruido interiormente. De ahí posiblemente muchas de las depresiones, y tal vez los intentos de suicidio.

Por eso "romper" con la Obra generalmente era (es) un trauma y no una decisión moral como resultado del discernimiento (Flavia), cosa impracticable. Para tomar esa decisión moral había que transgredir la voluntad de Dios (según las enseñanzas de la Obra). Una cosa terrible.

Por lo tanto, era una decisión moral casi imposible, que generaba parálisis y la permanencia eterna en la Obra, a menos que algún director por adelantado diera “el permiso” para irse (como señalaba Jacinto), o sea que “dispensara de cumplir la voluntad de Dios".

Es decir, en ningún momento había posibilidad de cuestionar si "eso" era realmente voluntad de Dios, porque no había posibilidad de discernir. La Obra “discernía” por sus miembros y les decía qué tenían que hacer.

¿Cuál sería el grado de dignidad concedido a la Obra para que cada uno le sometiera su propia conciencia, inteligencia, voluntad, todo su ser? La dignidad sólo debida a Dios.

Y la Obra tomó esa entrega -y diría, adoración- sólo debida a Dios para gloriarse a sí misma y construir su propio proyecto institucional, un reino temporal.

Haciéndose pasar por Dios –haciendo pasar la Obra por “obra de Dios”, nunca más literal- jugó con la Fe de muchas personas.

Salir de esa trampa moral con un juicio moral era enredarse más. El resultado final, generalmente, era que uno salía por razones de otro tipo: prácticas (no soportar el tipo de vida), de salud (estar deprimido), etc., sin tomar conciencia de la verdadera razón.

Un problema sin resolver

Pero el tema de la conciencia quedaba sin resolver y es posiblemente uno de los motivos más importantes por los cuales cada uno se sintió atraído a participar en Opuslibros: resolver el problema de la conciencia, porque sin ello uno sigue ligado al pasado de manera invisible.

De hecho es impresionante cómo pueden pasar años sin saber de la Obra y de repente el encuentro con Opuslibros despierta todo un pasado que se creía muerto.

De manera particular, algunas personas que se sienten “muy molestas” por haberse chocado con la existencia de esta web, demuestran de manera palpable que no han resuelto su problema con la Obra. Lo habían tapado.

Habían encontrado una solución muy frágil, no duradera. Y ahora le echan la culpa a esta web por ello, cuando en realidad se trata de todo lo contrario: esta web impide resolver el pasado esquivándolo.

Si antes esta frágil solución de tapar el pasado era inocente, ahora después de descubrir Opuslibros sólo puede continuar de manera cínica o bajo algún tipo de complicidad hacia la Obra. Por eso el tono de algunas reacciones.




Si la Obra en su momento fue un sueño, que luego se transformó en una pesadilla, de la cual cuesta luego despertar.

Lo que sucede es que no se termina de distinguir qué es realidad y qué no. El descubrir personalmente la ambivalencia moral de la Obra causa una perplejidad total, hasta el punto de pensar si no será que todo lo que en un principio era verdad es mentira y todo lo que era mentira es verdad.

A la confusión contribuye la ausencia de esa perplejidad en el discurso oficial de la Iglesia, en el cual, hasta ahora, todo son alabanzas.

Es como si esa percepción de la Obra, en su aspecto aberrante, fuera una experiencia personal que no trascendiera la conciencia y por lo tanto fuera indemostrable e incomunicable, salvo entre aquellos que tuvieron la misma experiencia. Se transforma, entonces, en una pesadilla colectiva, lo cual alivia la pesadumbre del aislamiento individual, pero no lo soluciona.

Resulta razonable que muchas personas que pasaron por la Obra no quieran leer y menos contribuir en Opuslibros, pues lo que no desean es revivir la pesadilla, meterse de lleno en ella nuevamente. Han conseguido rehacer su vida y adormecer a la pesadilla, y no les interesa para nada despertarla, pues no creen que tenga solución ni sentido. Son comprensiblemente “neutrales”, aunque la razón de fondo no sea su neutralidad sino un cierto pragmatismo o un escepticismo.

Es que la Obra como tema termina siendo obsesivo, pues las pesadillas lo son debido al encierro que implican, hasta que finalmente se despierta de ellas.

¿Qué significa despertar, en este contexto? Fundamentalmente, ser escuchado y obtener respuestas. Es justamente lo que no sucede en las pesadillas: son mundos cerrados en los que no hay salida, no hay forma de comunicación con el exterior (cfr. la experiencia de Carmen Tapia en Villa Sacchetti, cuando cuenta cómo le comenzaron a cortar la comunicación y a aislarla).

Esas respuestas habrán de venir de fuera de la pesadilla: de la Iglesia, en primer lugar, y luego se pueden agregar otras respuestas, como ser la justicia civil según sea el caso (como en Estados Unidos sucedió con los abusos sexuales perpetrados por clérigos). De momento, descarto a la Obra porque ella misma es la pesadilla.




La conciencia tiene sus tiempos, que no son los tiempos de la carrera profesional ni de cualquier otro aspecto de nuestra vida. Y si no se respetan, la conciencia se encarga de recuperar el tiempo perdido.

Estos tiempos de la conciencia son los que marcan y definen la permanencia de una persona en la Obra, no otra razón.

Uno soporta la coacción posiblemente porque no encuentra las herramientas para, en conciencia, oponerse a semejante abuso. Es la debilidad de la propia conciencia la que impide retomar el dominio de la propia vida.

Por eso uno puede estar cinco años o treinta, y sin embargo, vivirlos con la misma intensidad, más allá del número. Por la misma razón, uno no puede decidir irse “antes de tiempo”, porque en esos momentos supone actuar contra la propia conciencia.

Uno permanece o se marcha según sea la percepción que de la Obra tenga la propia conciencia.

Si es “obra de Dios’, es una cosa, pero si es “obra de Escrivá” es otra muy distinta para la conciencia. Si Escrivá tuvo una revelación de Dios que la Iglesia aprueba explícita y puntualmente, es una cosa, pero si Escrivá no tuvo esa revelación o la Iglesia no puede dar su respaldo dogmático a esa reivindicación de Escrivá, es otra cosa, extremadamente distinta, escandalosa para la conciencia, porque supone que la Obra se construyó a partir de una gran mentira, usando a la Fe para ello.

Por eso la Obra busca someter y controlar la conciencia de sus miembros, de manera tal que sea la Obra quien piense por ellos, y lo que es peor, “discierna” por ellos, usando la autoridad de Dios, poniéndose en el lugar de Dios.

Lo cual es terrible, más aún cuando las cosas que hace son incompatibles con la caridad, como es la instrumentalización de las personas para fines corporativos. Y todo esto, “en nombre de Dios”.




No pocos han resuelto el tema de su conciencia echándose la culpa y poniendo toda la bondad en la Obra. Han pagado un alto costo, pero lo que es peor, no saben que no han resuelto el tema, lo han estirado en el tiempo.

Es terrible pensar que alguien “apueste” por segunda vez a la Obra. Y una explicación posible es que en conciencia crea que no puede hacer otra cosa.

Pero el problema real es si lo que no puede hacer es discernir, más que dejar de apostar por la Obra. El problema es anterior a lo que se cree. Y no puede discernir porque aquello sobre lo que necesita discernir fue declarado “palabra de Dios”, por lo cual pensar en la posibilidad de discernir es comenzar a cuestionar directamente a Dios.

Para discernir, en esos momentos, parecería necesario “volverse ateo”, porque es la única posibilidad de recuperar la propia conciencia sin transgredir un principio explícito, como es la Voluntad de Dios. Me puedo permitir discernir en la medida en que Dios no exista o al menos se vuelva distante.




Por eso le encuentro sentido, aunque me impacte, cómo algunos pueden llegar a pensar que cuestionar seriamente a la Obra comporte un alto riesgo para la propia “salvación” ("es ir contra Dios") y, en cambio, no les parece nada riesgoso darle un apoyo incondicional a la Obra, como si apoyar a esa institución no supusiera responsabilidades sino la seguridad de quien "obedeciendo no se equivoca nunca".

Es esta una resaca de la perniciosa formación de la Obra, que pretende la "absolución colectiva" de la responsabilidad individual.

Claramente quien vivió toda su vida delegando su conciencia en la Obra, si abandona la Obra deberá asumir toda la responsabilidad no asumida durante años, tal vez un peso insoportable. Por eso algunos prefieren no irse del todo y quedar como “amigos” con la Obra, para no cargar con el pasado.

La tranquilidad de conciencia

En la Obra la tranquilidad de conciencia provenía de la obediencia. Pero esto implicaba la “entrega” del discernimiento.

Irse de la Obra supone, por lo general, una ruptura muy grande y todos quieren asegurarse la tranquilidad de su conciencia –es natural-, para vivir en paz. Tener un respaldo moral de haber actuado bien. El tema es el precio y el modo de obtener esa tranquilidad.

Como la Iglesia no ha intervenido hasta ahora -y además aparece como una instancia muy distante para un problema tan personal como es la salida de la Obra-, el respaldo moral más próximo para la propia conciencia está en la misma Obra –aunque parezca una paradoja- o en uno mismo y en la ayuda que uno decida a buscar.

Algunos acuden a la Obra –nuevamente- para confirmar que han hecho bien, o lo que es lo mismo, confirmar que la salida tiene la aprobación de la Obra. Esos son los que quedan en contacto, amigos de la Obra, y la defienden a muerte, pues en última instancia la Obra es para ellos su garantía moral, el respaldo frente a sus conciencias de que actuaron bien. Resuelven el problema atándose nuevamente a la Obra, reubicándose dentro del mismo mapa.

Este nuevo acto de obediencia se lleva a cabo por medio de un reconocimiento voluntario de la culpa y por un reconocimiento de la bondad de la Obra. De esta manera el “quiebre” queda “restaurado” y la relación con la Obra permanece, se sigue “en comunión” y por lo tanto se salva del “abismo” anunciado por el fundador.

Otros prefieren enterrar el problema y no hablarlo nunca más. Lo conservan vivo en su interior, pero lo mantienen reprimido. Aún sin acudir a ningún medio de formación ni a ningún centro, siguen ligados a la Obra. Es su conciencia la que está atada, en lo más profundo.

El resto intenta enfrentarse con el problema y resolverlo. Ese, creo, es uno de los sentidos más profundo de Opuslibros.

Como al salir de la Obra la conciencia se encuentra débil, no es fácil que ella se respalde en sí misma (lo que se dice actuar plenamente en conciencia).

Creo que a Opuslibros muchos venimos a buscar ese respaldo, ya sea constatando que no se es un caso aislado como también buscando las fuerzas y las razones que no se tienen al salir de la Obra.

No son mínimos los problemas que genera la salida de la institución: ¿cómo irse de la Obra sin romper la relación con Dios? ¿cómo separar la Obra respecto de Dios, cuando tiempo atrás fueron dos conceptos que se identificaban totalmente? ¿cómo seguir creyendo?

Algunos logran elaborar el divorcio. Otros directamente no pueden disolver el vínculo y entonces, o bien siguen ligados a la Obra por Dios (para seguir creyendo), o bien rechazan en bloque a la Obra y a Dios.

Todas las posturas tienen su explicación, que se encuentra en la conciencia de cada uno, la cual es inaccesible a los demás. Es un asunto personal averiguarla.

En el tema de la conciencia y la Obra, o uno va a fondo o uno se queda atrapado en algún lugar profundo de la propia intimidad.

No es suficiente con “romper”. Es necesario un gran acto personal de discernimiento para rescatar a la propia conciencia de la esclavitud a la que la sometió la Obra.

La desobediencia como punto de partida

Si la máxima que se seguía en la Obra era que quien obedece no se equivoca nunca, por contraposición esa máxima daba a entender que muy probablemente quien desobedece se equivoca siempre.

E irse de la Obra no escapaba a esa enseñanza.

En este sentido, irse de la Obra –por propia iniciativa- implica un gran “acto de desobediencia”, al estilo del pecado original (simbólicamente hablando).

No casualmente el fundador hablaba de abismos para referirse al lugar que irían a parar aquellos que osaran “desobedecer” y comer del “fruto prohibido”, esto es, discernir por cuenta propia, pensar y cuestionar la misma vocación y la Obra entera, si fuera necesario (debido a los dictados de la propia conciencia).

Discernir era “ser como dioses” para la mentalidad de la Obra, era “ver” y aquello sólo podía suceder si a continuación se abandonaba el “paraíso” de la Obra. Nadie que “vio” o comió del fruto de aquél árbol debía permanecer en la Obra.

Por eso en la Obra, quien “ve” se va. A quien se atreve a comer “del árbol del discernimiento”, le esperan unos guardianes en las puertas de la prelatura para echarlo y no dejarlo entrar nunca más. Pues la Obra se estima a sí misma como un lugar al cual no se puede volver una vez afuera, como si se tratara de un paraíso.

Al rescate de la conciencia

Creo que el tema de la conciencia se comienza a resolver separando la Obra por un lado, a Dios por otro y a la conciencia de cada uno por último. Pues la Obra tiene demasiadas cosas que van contra "la conciencia de Dios", por lo cual es necesario separar la Obra respecto de Dios y elaborar un juicio por separado. De lo contrario nos estaríamos engañando al querer hacer compatibles "la conciencia de la Obra" con la "conciencia de Dios".

Resolver el tema de la conciencia supone pagar los costos, esto es, aceptar que "eso" no era de Dios, y que fuimos literalmente engañados en nombre de Dios. Es terrible de sólo pensarlo.

A quien no le "explotó" aún, pues le explotará en algún momento. Eso que cuenta Jacinto que le explotó a muchos, ese es el costo a pagar si queremos ser consecuentes con nuestra conciencia.

Si la queremos engañar, diremos que teníamos toda la culpa o que "nadie" tuvo la culpa y que la Obra es maravillosa y sólo hay "errores" inexplicables. Pero a la conciencia no se la engaña definitivamente. Se toma su tiempo pero finalmente se levanta de su letargo, resucita como un muerto indeseable. Es el cadáver mal enterrado.

Y en estas ceremonias de entierros y desentierros es fundamental el papel de la Iglesia, para que en su rol de "forense" defina si alguna vez hubo allí vida, si alguna vez existió o no una vocación divina irrevocable, como enseña ‘divinamente’ la Obra y su fundador.

Es fundamental que la Iglesia se expida explícitamente si la Obra es producto de una Revelación de Dios o no, porque lo exige la conciencia de muchos cristianos. Al menos que la Iglesia diga "no podemos decir que sea una revelación de Dios", lo cual será para muchas conciencias un alivio, dejarán instantáneamente de llevar encima un peso que no les corresponde.

Siento que hoy, por nuestra parte al menos, estamos resolviendo ese problema, al desentrañar la naturaleza de ese dilema (entre la conciencia y la voluntad de Dios) como producto de un falso dilema, de un engaño.

La conciencia prisionera

Cuando un miembro de la Obra está en la etapa de dejar la institución, normalmente no tiene clara conciencia de dónde está parado. Sólo sabe de dónde quiere salir pero no sabe de la trascendencia de su acto, no es consciente de que está dejando atrás un ámbito en el cual fue sometido a abusos, especialmente en el campo de la conciencia. Por eso uno no se defiende sino que –paradójicamente- entrega las últimas armas que le quedan, las que sean, especialmente aquellos elementos que inculpen a la Obra.

Hasta pasado un tiempo, uno no tiene conciencia frente a qué tipo de institución está.

Una prueba de ello es la incapacidad de retomar el ejercicio de los propios derechos, y en particular el derecho a la autodefensa especialmente en un momento crítico de la propia vida, ejercicio que se había “entregado” al ingresar a la Obra, en parte por la confianza ciega en los directores y en parte porque era condición para perseverar: “no comer del fruto del discernimiento”...

Como ejemplo, quiero recordar un valioso recorte de prensa, lo que cuenta Miguel Fisac, cuando el fundador le ordenó que devolviera la carta en la cual le había concedido el nombramiento de inscrito.

Desde una postura anacrónica, hoy uno analizaría como incomprensible que Fisac le devolviera esa carta, un documento tan valioso para la vida de esta persona como para la historia no oficial de la Obra.

En realidad es totalmente explicable su actitud. Pues es tal el sometimiento de la conciencia, que lo único que se atina al salir de la Obra es a salvarse –es decir, evitar el castigo divino supuestamente debido- y en ese transe se es capaz de soltarlo todo con tal de escapar de allí (de la Obra y del abismo). Un difícil equilibrio.

Además en esos momentos generalmente todavía se está sometido al peso de la obediencia de conciencia, o sea una obediencia que tiene sometida hasta a la misma conciencia.

Es por eso mismo que nadie, salvo excepciones, sale de la Obra con copias de documentos internos o escritos que comprometan a la institución. Pues para hacer eso se necesita una clarividencia que no se tiene en esos momentos, porque además se cree que los problemas de la Obra son acotados, tal director o tal país o tal época, pero difícilmente se tiene la posibilidad de pensar críticamente.

Moralmente, uno no está preparado para irse con elementos que comprometan a la Obra. Es un acto aún mayor de “desobediencia”, implica un nivel de trasgresión que es imposible realizar en esos momentos, salvo excepciones.

Pasado el tiempo, se va recuperando la capacidad crítica –gracias a Opuslibros, por ejemplo- y uno se arrepiente de no haber tomado nota o haber obtenido copias de aquellos papeles y documentos que comprometan a la Obra o al menos expongan sus aspectos más oscuros.

El juego de las intenciones

Hay un problema que se le presenta siempre a la conciencia, y es el juicio de las intenciones. ¿No habrá al menos buena intención en la Obra y lo que sucedió es que las cosas salieron mal? Muchos resuelven así su “problema de la conciencia”.

Es un tema clave: si hubo o no mala intención, no da lo mismo.

Y la Obra juega su propio juego aquí, que es no mostrar nunca sus intenciones. O sea, mostrarse ascética, “perfecta”, muda como un ermitaño, pero jamás revelar lo que verdaderamente piensa.

Expresa criterios y principios generales, pero nunca habla de sí misma. Parece deshumana, pero en realidad es una forma de blindaje, de ocultamiento del propio pensamiento.

Dentro de esas reglas del juego, la Obra establece que “todos los demás” están obligados a expresar todo lo que piensan (sinceridad salvaje).

De todos modos, hay algo que es fácil adivinar por ser evidente: ese modo de jugar que tiene la Obra no puede corresponderse con intenciones claras e inocentes. Podremos ignorar las intenciones concretas en muchos casos, pero la intención última no parece ser digna de alabanza, ya que «todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras» (Juan, 3,20-21). Y sigue el Evangelio: «pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios» y sabemos que en la Obra abunda la oscuridad y la falta de información.

Ese “mutismo” de la Obra causa verdadero desconcierto, más aún cuando hay elementos suficientes para sospechar que ese silencio es una estrategia de impunidad.

Paradójicamente, la Obra vive expresando intenciones pero omitiendo las acciones correspondientes: los directores buscan todo el tiempo “hablar” como una forma de expresar “la buena intención” de la Obra, sus buenas disposiciones.

La clave está en no pasar nunca a la acción, que las palabras resulten ineficaces y que lo único que permanezca sea “la buena intención”.




En ese juego de las intenciones, el gobierno de la Obra tiene un principio fundamental: nunca transgredir siempre provocar. Que sea el otro el que transgreda, nunca la Obra.

Que la Obra siempre quede en el lugar del “nosotros hicimos todo lo posible”.

Pero detrás de ese “discurso heroico” conclusivo, que parece que se acaba ahí inesperadamente, hay una continuidad marcada por los casos que se repiten, uno a uno. Y la espontaneidad, entonces, pierde toda inocencia.

No hicieron “todo lo posible”, hicieron lo que “ya estaba planificado” de antes.

Descubrir esto produce perplejidad y escándalo. El tema es que no todos lo ven ni lo descubren antes de marcharse. Si conocieran la frialdad que se esconde detrás de las conductas aparentemente “caritativas” y espontáneas de tantos directores, muchas personas cambiarían su actitud hacia la Obra.

Si la Obra quiere que alguien se vaya, lo mejor es provocar que esta persona desee irse, o al menos “aconsejarle” que pida la salida “por su bien”. En cualquier caso, “dejarlo morir” siempre es eficaz y pasa desapercibido, porque “nadie le hizo nada” a esa persona (así funciona la omisión).

Todo esto, hecho con mucho aire “paternal”. Es una gran actuación, una estrategia planificada mucho tiempo atrás, posiblemente escrita en algún vademécum regional o central, por supuesto en un tono “sobrenatural” también teatralizado, porque la hipocresía debe ser creíble para que sea posible.

Lo que jamás va a hacer la Obra es expresar el deseo de que alguien se vaya porque “no interesa más” para la institución. Eso es inexpresable, es tabú. Pero sin embargo es lo que se manifiesta en los hechos, cuando la Obra se desentiende en seguida de todo el asunto, ni bien advierte que “el problema está encauzado” hacia la salida.

Y si en un futuro la Obra manifiesta algún interés por el que se fue, es que se trata de eso: “interés”.

Pues, finalmente, en la Obra no hay tanto intenciones como intereses, objetivos, metas. Sus “intenciones” son en realidad “intereses”. La Obra, usualmente, no tiene nada personal contra nadie: su modo de actuar es neto utilitarismo.

Y esto es algo que no puede disimular, no puede ocultar porque se trasluce en su actuación: el carácter interesado que tiene por patología. La Obra es interesada en todo lo que hace, es una segunda naturaleza, o tal vez mejor, es su naturaleza.

La dispensa y la conciencia

¿Cuantos han sentido que deberían haber escrito una carta de repudio y no de dispensa? ¿Acaso no fue en muchísimos casos –que hoy se exponen aquí en la web- que la salida de la Obra se debió a los problemas que se detectaron en ella? ¿Por qué entonces habría de ser uno mismo el que pidiera la dispensa? ¿No le correspondería, en todo caso, a la Obra por no haber cumplido su parte del contrato?

No es mi intención fomentar ningún tipo de “revisionismo” sobre las decisiones que cada uno haya tomado en el pasado –cuando la conciencia posiblemente estaba prisionera-, sino ayudar a reflexionar sobre el tema de la dispensa, de aquí en más. Mi intención es cuestionar la legitimidad de la dispensa, no así la actitud interior de solicitarla, si en conciencia se cree imprescindible...

La dispensa, en no pocos casos, se pide por miedo a ser objeto de una sanción. También por desconocimiento de los propios derechos. Porque la conciencia se encuentra debilitada y sometida.

La dispensa se pide porque en esa situación uno no tiene en claro lo que está sucediendo, intuye y siente que algo no va, pero no tiene los elementos de juicio como para situarse de otra manera frente a esta realidad.

La dispensa se pide porque uno sigue creyendo en el catecismo de la Obra, que dice que se va en pecado mortal aquél que no solicita la dispensa al salir de la Obra, lo cual es una grave acusación de la cual uno quiere liberarse. Y para eso está la dispensa. Pero esa acusación forma parte de la “injusticia estructural” de la Obra, que quita derechos y a cambio impone deberes.




Una digresión: me da la impresión –no soy precisamente un especialista- de que l@s supernumerari@s, numerari@s y agregad@s no están contemplados para nada en el derecho canónico, salvo como «un laico más». Mientras los religiosos tienen su estatuto, los laicos de la Opus Dei no tienen uno propio. Dicho de otra forma, el estatuto de la Obra –su derecho particular- no puede estar por encima del CIC y el CIC no les da ningún estatuto diferente al propio de los laicos (lo cual refuerza la idea de «cooperadores» sin ningún estatuto canónico especial correspondiente a una vocación supuestamente tan particular).

El respaldo canónico que tiene un numerario –en cuanto numerario- es nulo, lo cual no se corresponde con la trascendencia que la Obra le otorga a esa vocación. O mejor al revés: la trascendencia que le da la Obra a la vocación de sus miembros no se corresponde con el lugar que ocupan en el CIC, lo cual da indicios de un posible fraude en ese aspecto (cfr. La Obra como revelación, el apartado “La aprobación jurídica”).

La situación canónica de los laicos –si dejan la Obra sin dispensa- no está contemplada, sencillamente porque «no existe» tal situación, pues se trata de «un simple contrato» (cfr. el interesante artículo de Ivan).

Lo que hay es una «situación moral» y quien está en falta –por debilidad, porque no quiere ser fiel a la vocación que fuere- ha de pedir la dispensa a la institución por razones morales.

Pero cuando es la institución la que está en falta, no tiene sentido pedirle a ella la dispensa moral por algo que uno no ha cometido, ni tampoco va a cometer, porque –en una situación de injusticia- irse es un derecho, no una transgresión ni menos una infidelidad.

Tampoco es necesaria una «dispensa canónica» que otorgue la institución –como en el caso de los sacerdotes en la Iglesia- porque no existe ninguna circunstancia canónica que la exija.

En síntesis, la Obra no tiene ningún derecho a exigir el pedido de dispensa cuando es ella la que está en falta, y no existe además ninguna situación canónica que respalde ese pedido.

Fue parte del engaño general, creer que la dispensa era necesaria para abandonar la Obra.

Denegarle a la Obra la dispensa que exige, creo que puede ser una forma de retirarle la enorme legitimidad moral que ostenta y en realidad no amerita. Legitimidad que obtuvo, en parte, porque cada uno de nosotros se la concedió en su momento.




Si hubiéramos estado bien asesorados en ese momento de la salida, creo que habríamos hecho cualquier cosa, menos escribir la carta de dispensa, donde es uno el que se echa la culpa de todo (por más que no lo diga explícitamente), donde “es uno el que pide dispensa” y es la Obra quien la concede (está claro en qué sitio se sienta cada parte), una carta donde –salvo excepciones- no se puede dejar asentada ninguna crítica, sino al contrario, generalmente ha de ser elogiosa y de agradecimiento.

Eso es humillante para la propia conciencia, es un nuevo sometimiento: la Obra no permite, ni siquiera en el último y más importante acto dentro de la institución, que la conciencia pueda discernir libremente. Coacción para entrar, coacción para salir.

Si la consigna es «obedecer o marcharse», y ese es el momento para marcharse, ¿entonces qué sentido tiene obedecer? ¿Si hemos vivido bajo esa amenaza para «estar adentro», ahora que la sentencia será ejecutada, qué sentido tiene seguir sometiendo nuestra conciencia al yugo de la Obra?

Sólo se explica por el poder que se atribuye a sí misma la Obra de condenar y poner en juego la salvación eterna de las personas sometidas a su jurisdicción, y por el nivel de sometimiento de estas conciencias, que no pueden discernir.

Pudor y secretismo

¿Dónde se origina esa resistencia a hablar en público de los temas de la Obra y a hablarlos en voz alta, no susurrando (ej. en medio de un transporte público con mucha gente)? Esto es algo que sucede tanto a los que están en la Obra como a muchos de los que han cortado la relación institucional con ella.

El secretismo responde a una actitud de ocultar, de cara a la sociedad, aspectos que serían censurados por ella, o al menos causarían rechazo.

Una cosa es no revelar la intimidad: con no hacerlo, es suficiente. Pero otra cosa, es simular ser lo que no se es. Para ello, se necesita una actitud activa permanente. La discreción es una cosa y la hipocresía es otra...

La explicación que usualmente se recibía en la Obra sobre este tema, y que uno debía dar, era que se trataba de ser discretos, de cuidar la intimidad, explicación que hoy no es convincente, más bien resulta extraña. En aquél entonces, quedaba clara la respuesta que había que dar y tener en la cabeza. No quedaba claro, en cambio, el origen de ese pudor infundado.

Creo que la causa está en lo que se oculta y en que se lo oculta (o sea, hay conciencia de encubrimiento). Quien miente, no puede hablar libremente: tiene que cuidarse de lo que dice para no ser descubierto. O directamente, no tiene que hablar, tiene que mantener en secreto su mentira.




Como tantas cosas en la Obra, no se explican nunca de dónde vienen sino cómo hay que llevarlas a cabo, es decir, cómo obedecer sin cuestionar nada.

Una cosa es no querer hablar en público de la “vida interior” personal, pero otra cosa muy distinta es no querer hablar de la Obra como si se tratara de la intimidad de una persona. Este es el elemento extraño. La Obra es considerada esencialmente intimidad e invisibilidad. Como Dios.

En definitiva, la Obra no es propiamente una institución sino una especie de ser trascendente. Por extraño que parezca, para sus miembros la Obra tiene la intimidad atribuida a la persona y por lo tanto debe permanecer lejos de la esfera pública. Pero es aún más que eso.

Entre la intimidad de la Obra y la intimidad de sus miembros (de modo particular en el caso de agregad@s y numerari@s) se establece una suerte de relación promiscua, donde los directores tienen derecho a irrumpir en la intimidad ajena, y la otra parte no tiene derecho a resistirse. Es el derecho de los directores a interrogar, algo parecido a un “estado policial” aplicado a las conciencias. Se trata de una falta de libertad muy grave.

La actitud de la Obra para con la intimidad de las personas es abusiva, pues sus directores tienen derecho a preguntar todo y a obtener respuesta. La naturalidad con la que invaden la privacidad (o impiden que esta exista) resulta incomprensible para la mirada externa.

El pudor que la Obra exige a sus miembros –en nombre de Dios- justamente sirve para tapar la obscenidad institucional.

En este sentido, el discurso al que recurre la Obra para convencer a sus miembros de que entreguen su intimidad es semejante al discurso del violador o abusador, quien ejerciendo, en este caso, una gran autoridad busca convencer a su víctima de que lo que le está proponiendo es algo muy bueno pero que no se puede contar afuera. Y coincide en un punto más: es capaz de amenazar gravemente si la víctima insiste en pedir ayuda externa.

«Si el alma en circunstancias particulares necesita una medicación —por decirlo así— más cuidadosa, esto es, si se hace necesario el oportuno y rápido consejo, la dirección espiritual más intensa, no debe buscarla fuera de la Obra. Quien se comportara de otro modo, se apartaría voluntariamente del buen camino e iría hacia el abismo» (del Fundador, Meditaciones III, pág. 373-374)

El pudor respecto de la Obra se fundamenta, entonces, sobre una vergüenza y un miedo, ambos totalmente razonables.

Hablar de la Obra, entonces, no es algo que tiene que ver con la intimidad sino con la obscenidad.

La intimidad es razonable y aceptable, la obscenidad es inexpresable e injustificable. Da vergüenza explicar en público que en la Obra no existe el derecho a la intimidad que sí existe en el mundo exterior. Da vergüenza explicar en público que la Obra llama a esta obscenidad «derecho a la intimidad».

Esa contradicción es fuente de vergüenza.




La Prelatura ha sido tal vez la primera elaboración institucional de una imagen pública “no pudorosa” de la Obra, que se puede nombrar con orgullo sin problemas de pudor. Es que la Prelatura no es la Obra: la prelatura es una identificación institucional, un pasaporte otorgado por la Iglesia (Cfr. el artículo de Compaq sobre las citas del Prelado a documentos internos de la Obra que no se han hecho públicos por la Prelatura).

La Obra, en cambio, es lo íntimo no revelable a los extraños, es una relación no-institucional, de dominación sobre la propia intimidad, que trasciende lo jurídico (ej., caso de los aspirantes) y tiende a identificarse con la intimidad de Dios que invade el alma, sin necesidad de pedir permiso y con todos los derechos de posesión: es avasallante.

Por eso la Obra pertenece al ámbito de la conciencia, pues allí establece su dominio y ocupación de territorio. Salir de la Obra implica una lucha contra la invasión y tomar nuevamente posesión de un terreno que era fértil en Fe y fue arrasado por el escándalo. No es nada fácil.

En este sentido, es lógico que los testimonios de Opuslibros tiendan a ser anónimos: ese anonimato lo aprendimos precisamente en la Obra, y bien podría ser un resabio del «pudor» que se nos impuso practicar.

Por supuesto, también hay otras razones, más importantes y sumamente respetables, como la de preservar la intimidad recuperada de todo posible abuso por parte de la Obra, lo cual pienso que es, no ya un simple derecho sino un privilegio merecido, a ejercer durante el tiempo que se considere necesario.

El tema de fondo no es precisamente que el mundo no sepa quien soy –pues mi entorno me conoce y sabe lo que pienso de la Obra- sino que la Obra no se acerque nunca más a mi intimidad, y en ese sentido tengo mucho derecho a mantener a la Obra en la ignorancia. Es ella, ahora, la que no tiene ningún derecho a saber nada de mí y yo sí todo acerca de lo que ella me ha ocultado.




La estrategia de la Obra para mantener su dominio se basaba en que, como se trataba de un asunto de conciencia, las personas no debían nunca hablar con extraños de este tema, menos aún aquellos que habían dejado la institución, pues todavía permanecían, supuestamente, sometidos al ámbito de lo que obliga en conciencia y no debía ser hecho público bajo pena de poner en riesgo la propia salvación eterna. La Obra imponía sigilo.

Es importante, en este sentido, sacar a la Obra del ámbito de la propia intimidad y llevarlo al de la esfera pública, hablarlo con libertad y en voz alta, pues es la mejor manera de liberar la propia conciencia de la invasión llevada a cabo por la Obra en nombre de Dios.

Los directores, en cambio, jamás irán a la esfera pública porque saben que allí pierden todo su dominio, que reside sólo a nivel de la intimidad de las conciencias. Sólo allí pueden, por ejemplo, amenazar con el infierno y los abismos.

Si las conciencias no se les someten, entonces ya no tienen poder. Es en la oscuridad, no en la luz, de donde la Obra y sus directores obtienen la capacidad de intimidar. Si se los enfrenta a la luz con firmeza, retroceden, pues no tienen ningún poder real sobre las conciencias, es puramente ficticio.

Opuslibros es para muchos la primera oportunidad de liberarse a nivel de conciencia y llevar el problema al ámbito de lo público. La experiencia colectiva que supone Opuslibros implica el quiebre (al menos parcial, si no total) de ese vínculo invisible, ese pacto esclavizante, entre la conciencia y la Obra.

De todos modos, creo que aún queda mucho ámbito público por ganar, incorporando ese pasado personal a todo el resto de nuestro presente, como un elemento más, y eliminando así el pudor de la Obra en todos los ámbitos de nuestra vida.

Sinceridad y obscenidad

Podría decirse que en la Obra hay dos mandamientos fundamentalmente: el primero es obedecerás a tu director como a Dios mismo y el segundo es semejante al primero, serás sincero con tu director contándole todo, absolutamente todo. La sinceridad forma parte del mandato de obediencia, no tiene que ver con la dirección espiritual sino con el gobierno.

Es interesante el contraste marcado que supone el pudor (hacia fuera) y la obscenidad (hacia adentro), el impedir que la Obra se vuelva traslúcida para la mirada externa y, al mismo tiempo, facilitar la propia intimidad para que esté expuesta a la mirada de los directores. Es un comportamiento paradójico, y tal vez patológico. No es extraño que dé vergüenza estar parado en ese lugar.

En la formación de la conciencia de pudor debida a las cosas de la Obra, los directores tiene una herramienta fundamental para –como decía el fundador- forjar a las almas: la virtud de la sinceridad junto a la de la docilidad, entendidas como instrumentos más que como virtudes. Ese pudor es consecuencia lógica de la “sinceridad salvaje” que exige la Obra.

Curiosamente, en el caso de la Obra la conciencia de pudor se obtiene a través de la obscenidad: lo que se denomina pudor (sobre la Obra) es en realidad la resistencia a hablar de lo obsceno que es la Obra, dicho de otra forma, da vergüenza decir abiertamente que la Obra implica una intimidad sin intimidad, una entrega de todos los derechos y un estado de deber permanente. El pudor, en este caso, es una forma de encubrimiento. No se origina en el respeto sino en la vergüenza que da lo que se enmascara bajo la idea de pudor.

Es en el nombre de esas dos virtudes (sinceridad y docilidad) que la Obra exige el desnudamiento personal frente a los directores, quienes sin embargo permanecen siempre cubiertos. Sospechosa desigualdad, que hace pensar que la sinceridad que la Obra exige es obscena, porque es una invasión que no deja espacio para la propia intimidad.

Guardar para sí cierto espacio de privacidad o intimidad era visto como un pacto con el diablo, así de simple:

«El día que tuvierais un rincón de vuestra alma, una cosa que no sabe el que lleva vuestra Confidencia, tendríais un secreto con el diablo. Sería triste que, para servir a Dios, tuvierais una vergüenza que no tienen los demás para ofenderle» (del Fundador, Meditaciones IV, pág. 595).

Es decir, quien lleva la charla o dirección espiritual debe saberlo todo y, por otra parte, entregar la intimidad no debe dar ninguna vergüenza.

No hablar, no decirlo todo, era sinónimo de estar poseído por el demonio mudo, implicaba echarlo todo a perder, así de tajante:

«Si nos preocupa algo, lo contamos, estando prevenidos contra el demonio mudo. Contadlo todo, lo pequeño y lo grande (…) porque el que se calla tiene un secreto con Satanás, y es mala cosa tener a Satanás como amigo» (del Fundador, Meditaciones I, pág. 648).
«Hay que hablar con confianza plena. Si no habláis, se acabó todo: es el principio del fin» (del Fundador, Meditaciones II, pág. 172).

Ciertamente todas estas citas podrían contextualizarse con una explicación ascética adecuada que les quitara toda carga negativa. Pero el mejor contexto son las personas que fueron testigos de cómo se aplicaron esas palabras en la práctica. Opuslibros está lleno de estos testimonios.

El talento de hablar (nombre de una famosa meditación) implicaba la entrega de la intimidad, la entrega de la capacidad de juicio, y la confianza absoluta en los directores. Nuevamente, conservar una mínima privacidad era signo de infidelidad y un peligro para la propia salvación:

«¡me dejaré conocer mejor, guiar más, pulir, hacer! (…) que no tenga en más aprecio mi propio criterio —que no puede ser certero, porque nadie es buen juez en causa propia— que el juicio de los Directores» (del Fundador, Meditaciones III, pág. 225).

La entrega de la intimidad esclaviza y humilla mientras que la virtud de la sinceridad fortalece el alma: ayuda a conocerse mejor y no a desconfiar cada vez más de uno mismo.

El perdón y la ira

Dicen que alguien le preguntó a Mandela cómo pudo perdonar a las personas que lo mantuvieron preso durante 27 años, y el respondió que si no hubiera perdonado, seguiría (interiormente) preso aún.

Creo que el perdón, así como un duelo, es una etapa de crecimiento, en la cual se dejan cosas atrás. Una etapa que se pasa y no se vuelve a repetir. Crecimiento implica una forma de superación de obstáculos. Si se los encuentra nuevamente ya no son obstáculos, se los salta fácilmente. Eso es crecimiento, un aprendizaje.

Contrariamente, chocarse de continuo con los mismos obstáculos puede ser una forma de atrofiamiento. A veces en la búsqueda de la repetición está el problema del estancamiento. Se pone la atención en el obstáculo y no en la propia capacidad de superarlo. Esa búsqueda de repetición tiene que ver con la propia frustración que, entonces, plantea una pelea “contra” el obstáculo (por eso lo sigue a todas partes “repetitivamente”) y se olvida de que –para resolver la frustración- el obstáculo hay que superarlo, no perseguirlo...

Freud decía que recordar es la única forma de olvidar: o sea, hacer consciente las causas de la repetición permiten no volver a repetir (inconscientemente) el mismo error. Creo que Opuslibros es un intento de recordar para que no se repita más lo que podríamos llamar “la experiencia Opus Dei”. Pues lo que se constata, una y otra vez, es la misma experiencia pasada que se vuelve a repetir. Contrariamente al olvido que practica y a la vez reclama la Obra a las personas que pasaron por ella, olvidar es un acto de irresponsabilidad y contribuye a que el error se perpetúe de manera indefinida.

Perdonar puede parece uno de esos obstáculos imposibles. Pero todo depende de qué se entienda por perdonar.




Una breve digresión, aunque tal vez no tan breve. Hay ciertas afirmaciones de Escrivá que, me parece, revelan aspectos fundamentales de su personalidad. Una de ellas es la siguiente: «yo no he necesitado aprender a perdonar, porque Dios me ha enseñado a querer» (Meditaciones II, pág. 154). Parece una afirmación candorosa y a la vez llena de grandiosidad. Pero tiene un aire de arrogancia que me resulta preocupante.

Daría para reflexionar durante horas. Se trata de una extrapolación extraordinaria: en Dios se puede identificar el Amor con el perdón, pero no así en los hombres.

Escrivá no plantea un programa de vida o de un ideal: está hablando de sí mismo, de una realidad, hoy y ahora. Es como si hubiera dicho: «no necesité ser humano porque Dios me hizo divino».

Como modelo a seguir y a la vez como meta inalcanzable (todo lo contrario a la santidad en lo ordinario), como ejemplo de superioridad, que está por encima del resto de los mortales sometidos a las consecuencias del pecado original.

¿Cómo puede ser que alguien se sienta tan perfecto que no necesite perdonar?

Es el retrato de un superhombre. Afirmación aquélla que se conjuga con otra suya, anteriormente citada: «yo quiero lo que quiere Dios». Es la divinización de su persona. No sólo la Obra “viene” de Dios, la persona de Escrivá reclama para sí un estatuto muy semejante: discípulo de Dios.

Nada más ni nada menos que Dios le ha enseñado a querer. Y no lo dice en un sentido ingenuo, sino muy en serio: así lo da a creer a sus hijos. Por lo cual, confirma nuevamente –desde otro ángulo- que su querer viene de Dios. Su voluntad pareciera estar divinamente garantizada.

No es difícil deducir de sus palabras, que Escrivá se arrogaba la virtud de no haber odiado a nadie nunca. Es lo que se dice, impecable (no parece ser éste el testimonio que dan otros de él, como Carmen Tapia y tantos más hablando de “las broncas” del fundador).

Podría haber existido esa persona, pero el hecho de haber formulado en voz alta –o por escrito- esa convicción, le quita toda probabilidad. Su exhibicionismo le quita a la virtud la modestia necesaria.

Si Escrivá no necesitaba perdonar, luego tampoco necesitaba ser perdonado. Estremecedor.

De la misma manera podría decirse que nunca perdonó ni pidió perdón por nada, pues se situaba a sí mismo más cerca de Dios que de los hombres. Es cierto que ha pedido perdón muchas veces según los relatos de sus hagiógrafos, pero a la luz del autorretrato de sus palabras, esos pedidos de perdón podrían interpretarse como antropomorfismos.

Es entonces que aquél eslogan del fundador revela una realidad mucho más profunda: «el Padre es un santo», como se repetía continuamente en la Obra, acerca de su persona.

Si su amor era tan grande que no había cabida para el odio en su corazón –por eso no habría tenido necesidad de aprender a perdonar-, entonces también es lógico pensar que su amor era tan grande que no había cabida para el pecado y por lo tanto no necesitaba de perdón (dejo de lado sus propios clamores públicos de gran pecador, porque creo que con ellos lograba justamente el efecto contrario, su glorificación pública -o tal vez fuera ese el efecto buscado).

Si esas palabras del fundador, citadas más arriba, fueran el testimonio de un testigo, podrían entenderse como la alabanza de un admirador. Pero proviniendo de sí mismo, es difícil no ver en ellas una expresión de enorme vanidad y presunción.

«Yo no he necesitado aprender a perdonar, porque Dios me ha enseñado a querer». Escrivá no está hablando del perdón sino de su impecabilidad. Es increíble.

¿A qué viene toda esta crítica? A que esa imagen de un Escrivá todopoderoso es la que no pocos interiorizamos y ahora es necesario exteriorizar y expulsar de la propia conciencia, al menos por motivos puramente terapéuticos. Es necesario “des-divinizarlo”.

Además, se trata de un paradigma. Ese es “el modelo de perdón” que muchos aprendimos en nuestro paso por la Obra y es importante hacerlo consciente. El perdón basado en la arrogancia.

“Tú que te has ido de la Obra y odias, tienes que aprender a perdonar. Yo que estoy en la Obra y Dios me ha enseñado a querer, no necesito perdonar”, podría concluirse.

Este no puede ser un modelo a imitar. Y es importante tomar consciencia de ello, para no repetirlo.




La idea de perdón tiene un nexo peligroso y equivocado con la idea de impunidad. De hecho, he visto cómo los mismos victimarios exhortaban a sus víctimas a «aprender a perdonar» (de manera genérica, sin dar nombres), como una forma de obtener impunidad gracias a sus mismas víctimas (una perversión doble).

Pero el perdón es otra cosa, al menos desde el ángulo que lo miro. El perdón, en primer lugar, es conveniente para uno mismo y no tiene nada que ver con el afuera. No es un beneficio para el criminal ni una exigencia que pueda demandar.

Es perdón es la superación del daño que el victimario ha llevado a cabo en nosotros. No es una dispensa de castigo. Es el resultado de un proceso de sanación. El perdón no tiene que ver con algo que «debemos» dar a otro sino con algo que necesitamos para nosotros.

Ciertamente existe un «perdón público» que permite pacificar a dos partes que han estado en conflicto manifiestamente. Cuando alguien expresa su arrepentimiento, hay una cierta obligación importante de otorgar el perdón. Podríamos decir que la velocidad con que se otorga el perdón es directamente proporcional a la profundidad del arrepentimiento que manifiesta el culpable.

Aún así, cuando las personas de la Obra dicen «ustedes tienen que perdonar», lo que están diciendo es «ustedes tienen que dejar de odiar». Por eso el fundador decía «no he necesitado perdonar». Es una expresión más de la soberbia corporativa.

Esta postura le otorga un doble beneficio a la Obra: omitir la culpa, el arrepentimiento propio, y pasar a la acusación, poner a la víctima en el lugar del trasgresor. Es una hábil manipulación de las circunstancias, dando vuelta el tablero y situándose la Obra en el lugar de la exigencia.

Algo parecido sucede cuando la Obra dice «ustedes tienen que ser agradecidos», como si todos los beneficios que se puedan haber recibido de la Obra hubieran sido gratis. Se ha pagado un precio por ellos, y muy alto: entregarle toda la vida a la Obra, entregarle la conciencia personal, poner a nombre de la Obra la propia vida, permitiéndole a esa institución ser dueña de nuestra alma. Y permanentemente se está en deuda con la Obra, porque siempre hay más para dar, para «entregar». De aquí el sentimiento de culpa, tanto por lo recibido –que “es más valioso” que lo que se da a cambio- como por lo no entregado. La Obra pone constantemente el acento en el «tú no vales nada», por el contraposición al «valor supremo» de la institución. Una verdadera esclavitud mental y moral.

A ese precio, cualquier beneficio es siempre «un mal negocio», y sobre todo, una estafa.




Pero ese perdón público no me parece importante ahora. De hecho muchas veces es falso y con fines «diplomáticos». Otras veces es realmente necesario, pero sus resultados dependen de la existencia del perdón «privado» y del arrepentimiento público.

No creo tampoco que para perseguir la justicia haya que moverse por el odio o al menos por un sentimiento de reacción desproporcionado.

Se puede perdonar y enviar a la cárcel a quienes han cometido el delito. No hay ninguna hipocresía o doble estándar en esto.

Es necesario separar la justicia de la sanación interior, aunque suponga una cierta dificultad al inicio.

¿Qué sucede si la injusticia permanece? Justamente por eso es importante independizar un proceso del otro: la sanación y la justicia.

En muchos casos la justicia no llegará nunca. Y no por ello hay que «castigarse» a uno mismo en ausencia del castigo del otro. No tiene sentido detener el proceso de sanación hasta que haya justicia. En muchos casos no la habrá nunca. Esta es una verdad que hay que saber desde temprano, para no perder indefinidamente la esperanza y para poner las expectativas en la propia recuperación personal.

Esto no supone un renunciamiento. Supone conocer los propios límites y los límites del entorno.

Pienso que sería un error creer que aquél que perdona termina declinando todo reclamo por lo que es justo.

Creo que la justicia siempre llega. El tema es si estaremos nosotros en ese momento para verla.




Hay un primer momento de rabia, de ira, de furia, de odio. Que puede durar un tiempo, largo o corto. El tema es que ese tiempo ha de pasar. Para nuestro bien.

Quien siembra el odio y la destrucción, desea su desarrollo y expansión. Perdonar no es desistir: al contrario, es ganarle la batalla al odio, desactivando su efecto sobre uno mismo.

Ciertamente la Obra se vale del perdón ajeno como un modo de lavar su pasado y «olvidar» todo lo sucedido. La Obra «exhorta» a perdonar y lo hace desde un lugar de inocencia que no posee.

Nunca está claro quiénes cometieron lo que «hay que» perdonar, pero siempre queda claro que la víctima tiene «el deber» de perdonar, o sea, de olvidarlo todo. Se pone el acento en el odio de la víctima y se deja de lado las causas que lo provocaron.

La Obra usa el perdón como una forma de extorsión más –quien no perdone cargará con su pecado-, y es lógico que la sola idea de perdonar cause profundo rechazo entre quienes son víctimas de esa institución. Como si el deber estuviera del lado de quien «debe perdonar» y el derecho del lado de quien «exhorta» a perdonar.

Bien, este perdón no sirve. Este perdón es complicidad.

El perdón no es un deber, es un beneficio. Pedir perdón probablemente sea un deber, pero de eso la Obra no habla nada (es gracioso que hable de «hay que perdonar» en general sin referirse a un sujeto en particular, porque ese sujeto es la Obra y no está dispuesta a pedir perdón y menos cree tener el deber de hacerlo).

Ya sufrimos el abuso durante un tiempo largo, por lo cual estamos experimentados como para no dejarnos «usar» una vez más.

El perdón que necesitamos no es el perdón que necesita la Obra para seguir gozando de privilegios e inmunidad.

El perdón que necesitamos está muy lejos de eso. Está tan lejos que a la Obra no le servirá jamás ese perdón y por eso no intentará apropiárselo. Ella busca «provocar» otro tipo de perdón.

El perdón que busca la Obra es el que produce amnesia, niega el pasado, le permite reincidir en las mismas prácticas.

El perdón que busca la Obra es el que no la obliga a rectificar ni admitir error alguno.

El perdón que busca la Obra es aquél que no la compromete de cara al futuro sino que le permite «cerrar» el pasado para que nadie pueda acceder a él. El perdón que busca la Obra es aquél que selle herméticamente lo que no quisiera que se supiera.

Y para ello promueve «pactos personales», de modo tal que cada protagonista olvide lo que sabe y no lo cuente a nadie. Ese perdón, la Obra lo promueve como una forma de «redención personal», como si el tema de fondo se tratara del odio de la persona y no del encubrimiento de la institución.

Por eso es importante diferenciar: la búsqueda de la verdad y el proceso de sanación interior. Para superar el odio no hay que renunciar a la verdad, al contrario.

El perdón que necesitamos no mira hacia la Obra, ni siquiera la modifica en nada.

El perdón que necesitamos es una reconciliación interior que acuerde en expulsar definitivamente el odio provocado por el victimario, quien despertó en nosotros una respuesta de odio.

Se trata de echar el cuerpo extraño que –de otra manera- permanece en nosotros y nos destruye. No tiene que ver con la Obra. Tiene que ver con nuestra paz interior. Es no permitirle al otro que su poder destructor siga haciendo efecto en nosotros.




Pero antes de perdonar, es importante pasar por la etapa de la furia: sin esa etapa, el perdón probablemente será ficticio o superficial.

Para lo irremediable se necesita tiempo. Tiempo para poder asimilar que es algo irreversible.

Es necesario permitirse expresar la indignación, la aversión, la repugnancia, el profundo enojo y la ira que provoca la Obra con el daño que lleva a cabo, sin importarle nada ni nadie. Por eso creo profundamente en los escritos que manifiestan esa indignación y la hacen pública.

Creo que es muy necesario expresar una ira proporcional al daño sufrido. Es un testimonio de lo que sea ha padecido. De lo contrario, o bien no se ha sufrido tanto, o bien no se ha tomado en serio el daño sufrido (de hecho la Obra alienta a que no se tomen en serio los daños sufridos).

El odio es algo distinto: es desear el mal. Es un paso siguiente a la ira y no necesariamente inevitable. Uno puede –si reflexiona antes de reaccionar- elegir no odiar, o sea, no desear o causar un daño a quien tanto mal ha hecho. Una cosa es hacerle pagar por el daño, lo cual es justo y es un derecho, pero otra cosa es desearle el mal.

Detenerse en la etapa de la ira es lo más dignificante. El odio quita legitimidad y además nos convierte en aquello mismo que nos provocó la reacción de ira.

La Ira nos dignifica –es una reacción de la propia dignidad- y al mismo tiempo señala la perversión de la Obra sin confusión.

En cambio, el odio contamina la dignidad de la ira y le quita toda la legitimidad que tenía.

Quienes acusan a Opuslibros de odiar quieren justamente descalificar y desautorizar la ira a la que tenemos total derecho. Esa acusación –en la medida en que la ira no se transforme en odio- es una mentira más y una forma de seguir ocultando las inmoralidades de esa institución de la que nuestra ira da testimonio.

Sin duda, indignarse sin desbordarse hacia el odio no es fácil. Las emociones fuertes no son fáciles de controlar. Por eso, poner por escrito la propia indignación ayuda a exponer con mayor precisión los delitos cometidos –como la mentira y el fraude- por una institución que se presenta a sí misma como baluarte de la moral y la religión.

Motivación institucional y exigencia personal

Una alta motivación permite llevar a cabo grandes sacrificios, que de otra manera difícilmente se harían.

En la Obra, esa motivación está dada por el gran caudal de meditaciones, charlas, lecturas, etc., medios de formación destinado a impulsar la ilusión, ideales de cambio y conversión. Entre esas motivaciones está la idea de éxito, muy utilizada en la Obra.

Una alta (inversión en) motivación es necesaria, si los directores desean obtener grandes beneficios de los sacrificios que realizan las personas altamente motivadas. Esa es la razón de tanto medio de formación inculcado a presión, a semejanza de los modernos sistemas compulsivos que tienen las granjas para alimentar a las aves domésticas y así aumentar la productividad...

Esta es una de las características más extrañas de los llamados medios de formación: su carácter compulsivo, que pasa por encima de las necesidades personales. No importa si hay hambre, lo importante es ingerir. En nombre del ex opere operato absoluto se deja de lado el ex opere operantis. En realidad, es en nombre del éxito y la productividad institucionales.

Pero a diferencia de los animales de granja, los seres humanos tienen expectativas, se proyectan en el tiempo. Tienen conciencia, gracias a la cual pueden ver más allá de la compulsión.

Toda motivación genera expectativas y si no se llega a satisfacerlas, surge el efecto contrario: la desilusión. Y ésta a su vez traer consigo la caída de la exigencia, la reducción de los sacrificios. Y los sacrificios son el medio para colmar las expectativas contenidas en la motivación.

El problema es que el fruto de los sacrificios es utilizado para colmar las expectativas de los directores y sus objetivos proselitistas –este es el punto de inflexión-. Por eso solamente siendo corporativo se puede colmar las expectativas personales. Es decir, alienando la propia persona.

En la Obra, al inicio del camino hay una gran motivación, con una enorme carga de expectativas. La motivación la mantienen los directores a base de “esfuerzos de entusiasmo”. Pero luego las expectativas decantan en metas inalcanzables, cada vez más lejanas, y se comienza a sospechar seriamente si en realidad alguna vez fue intención de la Obra colmarlas.

Gran parte del engaño de la Obra reside aquí: motivar generando expectativas institucionales falsas, para obtener el fruto de los sacrificios personales.

Cuando decaen las expectativas, la exigencia sólo se mantiene por la presión (la motivación misma ya no es un impulso sino una imposición: el deseo es reemplazado por el deber). Se pierde la inocencia y comienza la trampa: los sacrificios pierden sentido y lo que se busca es cómo escapar de ellos. La labor de los directores, entonces, se reduce a presionar, controlar y amenazar. La motivación sigue y alguna expectativa genera (pero ahora es distinta: se desea que la Obra se reforme, no siga sino que vuelva al punto de partida). El cilicio se deja de usar, la “mortificación por el Padre” se hace más blanda o directamente desaparece (como curiosidad estadística, sería interesante saber cuántos meses o años antes de anular el contrato con la Obra, qué porcentaje deja de usar las mortificaciones corporales: difícilmente se pueda tratar de una epidemia de “aburguesamiento” o “tibieza”, razones a las que seguramente la Obra acudiría).

Cuando ya no hay ni siquiera expectativas de algún tipo de cambio a futuro, al menos a mediano plazo, surge la desilusión total y la idea de anular el contrato con la Obra es casi automática. Me lo comentaba un numerario hace unos días: piensa dejar la Obra porque no desea envejecer en ella, no ve ningún futuro dentro de esa institución.

De lo contrario, con gran probabilidad aparece el cinismo y la comodidad: resulta más conveniente quedarse a vegetar que irse a comenzar una nueva vida.

La conciencia del fundador

Si bien es cierto que nadie puede conocer la conciencia de otra persona, se puede tener un conocimiento aproximado estudiando su pensamiento y sus expresiones.

La figura de Escrivá surge en la misma época de los totalitarismos del siglo XX, lo cual no parece una simple coincidencia.

Recientemente Benedicto XVI decía que «la absolutización de lo que es relativo se llama totalitarismo» (JMJ, agosto de 2005). Y el análisis de A. Ruiz Retegui advierte sobre la absolutización de lo institucional en la Obra...

No he leído el libro de Corbière y desconozco en qué sentido preciso llama a la Obra “El totalitarismo católico”, pero el título es muy sugerente.

El carácter totalitario o “total” de la Obra, se manifiesta en una organización centrada en la figura idolatrada de su líder carismático, un “gran arquitecto” que ha diseñado todos los aspectos de la Obra, hasta sus mínimos detalles. Por eso, desligar su responsabilidad de todo el daño que ha causado la Obra es prácticamente imposible.

El totalitarismo es entendido genéricamente como una forma de gobierno que no permite la libertad y que busca subordinar todos los aspectos de la vida de los individuos a los controles del Estado. Los medios que usa para este fin son la coacción y represión.

La Obra funciona de esta manera, con sus matices.

Vivir bajo un régimen en el cual uno tiene que dar cuenta de todo porque no se es dueño de nada (ni de su conciencia), ese es un régimen totalitario, ese es un régimen alienante.

Otra de las características del totalitarismo es que ese tipo de régimen se deshace de las personas que no le sirven, que no le son útiles (cámaras de gas, tirarlas al mar, etc., este último caso tristemente semejante a la metáfora de Escrivá: caerás entre las olas del mar, irás a la muerte advierte a quienes no quieran someterse al orden impuesto).

La Obra hace lo mismo, elimina a las personas que ya no le interesan o pueden ser una amenaza por cómo piensan: lo hace sin espectacularidad, con grandes sutilezas. Pero lo hace.

Totalitarismo no implica necesariamente guerras armadas y muertes sangrientas. En el caso de la Obra, el totalitarismo que ejerce lo aplica al ámbito de la conciencia de las personas y allí no hay espectacularidad: todo sucede en medio de un gran silencio, una gran «paz».

Lo que en la Obra se llama «Unidad» no es otra cosa que «cosificación», masificación, ausencia de pluralidad y libertad.

El culto a la personalidad de Escrivá como supremo líder, es otro rasgo notable. La falta de una historia crítica desde dentro de la misma organización, es una tercera nota destacable de su totalitarismo.

Me parecen ilustrativos unos párrafos del libro de Isabel Armas "Ser mujer en el Opus Dei":

«Tengo aquí delante (con el fin de transcribirte los que me parece son los párrafos claves), la carta de dimisión que una numeraria pionera envió al Padre en los comienzos de los años setenta y después de 30 años de militancia:
»"Me siento parte de un sistema totalitario agobiante, en donde no es admitida la más pequeña objeción. El único camino es la aptitud de la aceptación total de las enseñanzas de la Obra y la docilidad más completa hasta en las cuestiones más intrascendentes. Me siento presionada con imposiciones ideológicas en temas triviales y sin ninguna importancia para mi vida interior. Y he sentido agobiada mi alma ante una dirección espiritual que no acepta la sinceridad de mis sentimientos: el desahogo espontáneo se considera murmuración; el pluralismo natural, falta de unidad; la palabra "grave" se usa para pequeños motivos, motivos que siempre son grandes cuando se refieren a la Obra, que dicen que es sagrada, férrea e intocable."
»"Nunca entendí y siempre me desagradó el fanatismo sectario con que obligan a amar a la Obra y a su persona [se refiere a monseñor Escrivá, a quien dirige su carta]. No es que ese fanatismo se tolere; es que se fomenta en charlas, meditaciones, tertulias, etcétera. Se habla de la Obra hasta la exaltación; ella es el remedio para todos los males, la solución a todos los problemas, la milagrosa farmacopea para curar todo tipo de enfermedades."
»"No comprendo la actitud que colectivamente se toma ante la Iglesia; por ejemplo, ante la renovación litúrgica, con críticas despectivas a toda nueva norma. En la Obra hemos llegado a practicar una liturgia propia, difícil de conjugar con el término tan manido de que "somos cristianos corrientes". Las críticas a la Iglesia y el Papa son constantes -yo lo he vivido en Roma con gran escándalo de mi parte-; se anatematizan formas apostólicas que la Iglesia orienta y aprueba y en todos los casos hay una falta de colaboración con esta Iglesia que es la mía, y algunas veces he dudado de que siendo del Opus Dei perteneciera a Ella."»

Impresiona este testimonio, de una persona que estuvo treinta años en la Obra, desde la primera época.




Creo que será muy necesario en algún momento disponer de todos los textos del fundador de la Obra para un análisis integral de su pensamiento (más aún si es deseo de la Obra nombrarlo Doctor de la Iglesia), pues por las pocas muestras de las que disponemos, gracias a los tomos de “Meditaciones”, se descubren no sólo importantes contradicciones sino también la particular personalidad de quien escribe.

Se trata de un pensamiento que parece haber nacido espontáneo pero que terminó conformando un sistema, dentro del cual se encuentran muchas incoherencias. Por eso se necesita un estudio analítico.

No se trata de contradicciones teóricas más o menos argumentables o debidas al cambio de contexto histórico: más bien esos textos hablan de una personalidad contradictoria, lo cual es más preocupante, pues es su pensamiento el que forma (o deforma) la conciencia a miles de personas dentro de la institución por él fundada.

El uso de un lenguaje ambiguo y contradictorio permite manipular las conciencias y confundirlas, para que lleguen a aceptar cosas que, dichas abiertamente, no aceptarían (tomemos el caso donde se denomina “curanderos” a los sacerdotes diocesanos, de manera subliminal, como es de esperar). La contradicción permite evocar un pluralismo ficticio al acoger dentro de sí todas las posibilidades, tanto el «somos libérrimos» como el «has de someterte hasta el anonadamiento». Pero de la confusión la Obra siempre obtiene lo que busca: que el sometimiento se imponga a la libertad y que «el pluralismo» quede sin efecto.

Hay toda un área de la realidad que, dentro de la Obra, se vuelve impensable, porque el lenguaje interno lo impide: se vuelve impensable criticar al Padre porque en el lenguaje de la Obra es una especie de enviado de Dios; se vuelve impensable irse fácilmente de la Obra porque «se sabe» que fuera de la Obra está la muerte y que vivir sin la Obra resulta impensable, debe rechazarse tal pensamiento; resulta impensable creer que en la Obra haya errores o menos maldades, pues el lenguaje de la Obra da a entender que la Opus Dei es producto de una revelación divina, aunque la Iglesia no haya dicho nada solemne al respecto. Y así tantas cosas que el lenguaje de la Obra vuelve impensables, es decir rechazables.

La reducción de opciones es otra forma de evitar el pensamiento libre: o blanco o negro, no hay más posibilidades. El de la Obra es un universo muy simple: conmigo o contra mí.




Es paradójico, pero quien criticaba tanto el egoísmo hacía girar toda la atención de la Obra en torno a su persona, a tal punto que habría que preguntarse si no tenía él una personalidad narcisista.

Sinceramente reconozco que su escritura tiene momentos muy logrados y de un gran idealismo y fervor, que contagian. Del mismo modo, en otros se nota una gran dosis de tiranía, manipulación y manifestaciones contrarias a la verdad. Lo cual lleva a preguntarse hasta qué punto no hay dolo en ese modo de proceder. ¿La estafa que para muchos supuso la Obra, es producto de la locura o de la premeditación? El estudio sistemático podría darnos indicios importantes.

No se pueden disociar estos dos aspectos del discurso del fundador, como si se refirieran a dos personas diferentes. Además, esta dualidad es una característica de los miembros más identificados con la Obra y su fundador, quienes imitan ese comportamiento.


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