La conciencia después de la Obra/Introducción

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Introducción

En un escrito anterior quise reflexionar sobre La conciencia y la Obra, enfocando el tema de la conciencia desde dentro de la institución hasta el momento de la salida. Ahora me parece pertinente pensar sobre lo que sigue, una vez que la Obra ha quedado atrás. Los problemas de la conciencia son otros, y en muchos casos, el marco de referencia para resolverlos también ha cambiado.

Este texto mismo es resultado y un reflejo de una conciencia transformada tras el paso por la Obra, por lo cual soy consciente de que tal vez no pueda ser entendido o resulte criticable para quienes no han pasado por esa experiencia o la hayan vivido de una forma diferente. Para facilitar su lectura, algunos párrafos están en letra más pequeña, pues son como notas al pie.

Hacer (Normativismo)

Hay que tener en cuenta qué tipo de lugar fue el que se dejó atrás. Un sitio semejante a la cultura legalista de los tiempos de Jesús, donde había tantos mandamientos (algunos hablan de 600 o más) que no se sabía muy bien cuál era el primero de todos...

En la Obra existe también una infinidad de mandamientos, que la burocracia interna va aumentando o cambiando con el tiempo. El fundador quiso que al menos quedara claro para siempre cuál era el primer de todos: cumplir las normas. Se entiende, entonces, que el amor y la misericordia no fueran prioritarios, sino que su lugar lo ocupara una versión muy parcial de la virtud de la justicia, esto es, la justificación personal (cumplir). Además, se trata de una justificación exclusivamente por las obras sin necesidad de pasar por la fe ni mucho menos por la caridad (primero que nada cumplir, el resto –el amor- es optativo, un aderezo). A tal punto es así, que el fundador se atreve a afirmar que la justificación por las obras es causa de predestinación:

«Puedo decir que el que cumple nuestras Normas de vida —el que lucha por cumplirlas—, lo mismo en tiempo de salud que en tiempo de enfermedad, en la juventud y en la vejez, cuando hay sol y cuando hay tormenta, cuando no le cuesta observarlas y cuando le cuesta, ese hijo mío está predestinado, si persevera hasta el fin: estoy seguro de su santidad» (Meditaciones VI, pág. 47).

El único beneficio que veo en estas palabras del fundador es que dan certeza a quien la busca de manera simple. Certeza que no tiene necesariamente un vínculo inequívoco con la verdad ni con la realidad.

Esta “máxima ascética” pone el acento en el hacer por encima del ser. Forma soldados de la vida piadosa, que ponen la obediencia y la ejecución por encima del discernimiento. Deforma las conciencias, pues no pocos se creen dispensados de la caridad con sus hermanos por el hecho de “cumplir las normas”.

Un ascetismo que recuerda mucho a Pelagio “cuyo modelo trazó siguiendo los principios éticos de los estoicos” (Enciclop. Cat.) y va a contramano del mensaje esencial del Evangelio y la doctrina de la Gracia.

El concepto de santidad que enseña la Obra deja a un lado la Gracia para concentrarse en el combate, una tarea esencialmente humana, cuyo resultado es el “mérito personal”. Se es santo por mérito propio, por luchar y ganar. Santidad vinculada al éxito y la predestinación.

La misericordia y la necesidad de perdón son temas que la ascética de la Obra no excluye, pero los utiliza para otros ámbitos, como el de la obediencia, para inculcar el sometimiento y la baja autoestima personal. En el ámbito de la santidad, en cambio, se trata de impulsar el crecimiento institucional (tanto el proselitismo como la alta autoestima institucional) y ahí no cabe otra que la fuerza de voluntad en su máxima expresión (en este contexto se legitima la coacción). La fórmula podría ser: lucho, luego soy santo. ¿Dónde queda lugar para la Gracia? En resumen, la Obra usa los conceptos teológicos cristianos para acomodarlos a sus fines corporativos.
La importancia central del concepto de lucha es que resulta una herramienta fabulosa para gobernar. De esta manera la santidad se puede medir y los directores pueden fiscalizar (RAE: «criticar y traer a juicio las acciones u obras de alguien»). El que no lucha (o al menos parece que no lucha exteriormente) demuestra mala voluntad o disposición interior inadecuada y puede/debe ser sancionado. Es un control perfecto, mensurable.
Y la santidad se vuelve una coartada perfecta para exigir que se luche por aquello que en realidad son metas de gobierno. Es la zanahoria delante del burro. Pues son los directores quienes dirigen la lucha y le dan sentido, definiendo los objetivos que se han de alcanzar (proselitismo, donaciones económicas, etc.) o al enemigo que se ha de combatir (especialmente luchar contra uno mismo y así vencer la propia resistencia frente al avance de la Obra en la vida privada de cada uno). La conciencia y el discernimiento son un estorbo en este contexto.
El problema es que, una vez que se ha aceptado la equivalencia santidad=lucha, se cae en una trampa/jaula muy difícil de salir –controlada por los directores, que manejan los hilos de la exigencia-, pues para desprenderse de sus lazos hay que, o bien escaparse con violencia, o bien descubrir la Gracia y ese enfoque de la santidad lleva de por sí a rechazarla, porque antepone la lucha a la Gracia. Se cree que es imposible la Gracia si antes no se lucha. Y la lucha supone unas metas imposibles de alcanzar (la Obra siempre pide más). La Gracia se vuelve un concepto vacuo, inoperante.
El espíritu de la Obra no es otra cosa que una teoría (una ideología) que justifica y refuerza las decisiones de gobierno y sus estrategias de crecimiento. No hay una teología coherente, cada concepto teológico y espiritual se utilizan para la ocasión, según sea necesario reforzar esta o aquella idea.
Si bien esas palabras de Escrivá sobre “las normas” se podrían teóricamente interpretar como un llamado a la piedad o a ser piadosos (el “porro unum” de Lc. 10, 42), en el contexto histórico concreto –de quien ha vivido en la Obra- se trata más bien de una ascética del esfuerzo, de inculcar el voluntarismo y la fe ciega en el fundador.
El hecho mismo de hablar de “normas” (apócope de “normas de piedad”) como sinónimo de “oraciones” está poniendo el acento en lo normativo más que en lo piadoso. “Cumplir las normas” (de tránsito, por ejemplo) es muy semejante a decir “cumplir la ley”. “Cumplir las normas” tiene que ver más con la obediencia que con la piedad, con la disciplina que con la caridad. El verbo más importante es cumplir, en vez de amar.

El acento está puesto en el concepto de lucha (humano) y no en la virtud de piedad (don divino, que procede de la caridad). No es Dios quien me lo otorga sino que yo lo alcanzo con mis propios medios.

“[Pelagio] consideró la fuerza moral de la voluntad humana (liberum arbitrium), cuando está fortalecida por el ascetismo, como suficiente en sí misma para desear y conseguir el noble ideal de la virtud (…) de manera que la naturaleza mantiene la habilidad de someter al pecado y ganar la vida eterna aun sin la ayuda de la gracia.” (Enciclopedia Católica)

Quien lucha se hace acreedor de la santidad, de tal manera que Dios estaría en deuda con él, doctrina que Escrivá aplica de diversas formas, por ejemplo al hablar de sí mismo:

«Vosotros decís: queremos lo que quiera el Padre, y acabáis antes, ¿no? Porque yo, además quiero lo que quiere El; así que [El] está en un compromiso tremendo» (del fundador, Meditaciones III, p. 401).

¿De dónde obtuvo Escrivá semejante razonamiento? ¿Acaso es Dios una marioneta? ¿Quién es Escrivá para “poner en un compromiso tremendo” a Dios? Tal vez el fundador lo decía de forma graciosa, pero seguro no lo decía en broma.




Para terminar este apartado, me parece oportuno transcribir un cuento que leí hace tiempo y habla del normativismo y la rectitud de intención. Quien sigue el camino del normativismo termina solo e intolerante.

Se preocupa especialmente por su propia justificación (¿frente a quien?) y no tanto por el bien de los demás o qué necesitan los demás, pues no los ve (no tiene en cuenta los sentimientos ajenos, por ejemplo).
Posiblemente una justificación frente a su doble interior a quien debe asemejarse cada vez más (el modelo perfecto asimilado en la imaginación e inalcanzable a la vez, irreal). De ahí que quienes viven de esta manera en sociedad tengan el deber ser un espejo donde el otro pueda verse reflejado y todos formen un conjunto espejado. No es la rectitud de la propia conciencia la referencia para actuar sino la fidelidad a un modelo propuesto desde afuera. La ausencia de integridad y el doble estándar (hipocresía) son consecuencias previsibles.

Así es como muchos describen el ambiente en ciertos rincones de los centros de mayores de la Prelatura Opus Dei: cada uno encerrado en su habitación individual y con un gran nivel de crítica interior, que muchas veces se manifiesta en vigilar al prójimo –a veces por medio de la denominada “corrección fraterna”- para asegurarse de que también se amargue la vida como él y no haya “privilegiados” que la pasen bien. Es el sometimiento al yugo de una ley que nunca desearon, simplemente no supieron cómo evitar.

Sucedió que un día en las puertas del Cielo, se juntaron algunos cientos de almas, que eran las que anidaban en los hombres y mujeres que habían muerto ese día...
San Pedro, supuesto guardián de las puertas de entrada al paraíso, ordenaba el tráfico:
-Por indicación del “Capo” vamos a formar tres grandes grupos de huéspedes, a partir de la observancia de los diez mandamientos:
El primer grupo, con aquellos que hayan violado todos los mandamientos por lo menos una vez.
El segundo grupo, con aquellos que hayan violado por lo menos uno de los mandamientos alguna vez.
Y el último grupo, que suponemos el más numeroso, compuesto por aquellos que nunca en sus vidas hayan violado ni uno de los diez mandamientos.
-Bien -siguió San Pedro-. Los que hayan violado todos los mandamientos, córranse a la derecha.
Más de la mitad de las almas se corrieron a la derecha.
-Ahora -proclamó-, de los que quedan, aquellos que hayan violado alguno de los mandamientos, córranse hacia la izquierda.
Todas las almas que quedaban se desplazaron a la izquierda...
Casi todas...
De hecho, todas, menos una.
Quedó en el centro el alma que había sido de un buen hombre, que vivió toda su vida en el camino de los buenos sentimientos, de los buenos pensamientos y de las buenas acciones San Pedro se sorprendió, solamente un alma quedaba en el grupo de las mejores almas.
De inmediato, llamó a Dios para notificarlo.
-Mirá, el asunto es así: si seguimos el plan original ese pobre tipo que quedó en el centro, en lugar de beneficiarse por su beatitud, se va a aburrir como una ostra en la soledad más extrema. Me parece que debemos hacer algo al respecto.
Dios se paró frente al grupo y les dijo:
-Aquellos que se arrepientan ahora serán perdonados y sus fallas olvidadas. Los que se arrepientan pueden volver a reunirse en el centro, con las almas puras e inmaculadas.
Poco a poco, todos empezaron a moverse hacia el centro.
-¡Alto! ¡Injusticia! ¡Traición! -se escuchó una voz.
Era la voz del que no había pecado.
-¡Así no vale! Si hubieran avisado que iban a perdonar, yo no me cagaba la vida!...

No ser (el control mental)

Además del reglamentarismo, existe otro elemento para entender lo que sucede al salir de la Obra. Ya se ha mencionado muchas veces en esta web el tema del lavado de cerebro (aunque más preciso parece ser el término control mental).

«El lavado de cerebro es típicamente coercitivo. El sujeto sabe desde el primer momento que está en manos del enemigo. Se inicia con una clara demarcación de los respectivos roles -quién es el prisionero y quién el carcelero-, y el prisionero no tiene ninguna alternativa (…).
El control mental, casi siempre, llamado «reforma del pensamiento», es más sutil y retorcido. Quienes lo practican son considerados como amigos o compañeros, de forma que el sujeto no está tan a la defensiva. Inconscientemente, colabora con sus controladores y les suministra información privada sin saber que la utilizarán en su contra (…).
No es buena cosa que los medios de comunicación utilicen la expresión «lavado de cerebro» con tanta ligereza. Evoca imágenes de conversión por la tortura. Quienes están en una secta saben que no han sido torturados, así que piensan que aquellos que les critican son unos mentirosos.» (Las técnicas de control mental, cap. 4, Steve Hassan).

No hay que pensar en cosas extraordinarias. Se trata principalmente de machacar una y otra vez con ideas simples, especialmente referidas a la vocación, a la fidelidad al fundador/padre (líder) y a la Obra (institución)...

En la base de la espiritualidad de la Obra está… la lógica del anuncio publicitario. O sea, el fundador mismo reconoce lo mucho que la Obra le debe al marketing.

«no basta decir las cosas una sola vez, ni siguiera a los que tienen buena voluntad y la inteligencia clara, como ocurre con todos mis hijos y mis hijas. Hay que repetir cien veces la misma cosa: es la psicología del anuncio. Y aun así nos olvidamos» (Meditaciones VI, p. 243).

Pero sí, en cambio, olvidémonos de la virtud o los grandes valores como el amor y la libertad para una aproximación al espíritu de la Obra, pues en la práctica han sido descartados de raíz. El fundador está expresando aquí su gran pesimismo y desconfianza respecto de la capacidad moral del ser humano. Prefiere acudir a la presión y al bombardeo publicitario.

¿Cómo Escrivá puede hablar de santidad, entonces? ¿No es acaso una gran contradicción? Es que la santidad es un ideal que Escrivá lo alaba de una manera pero que lo construye de otra muy distinta.

En este punto la coacción se enlaza con la lucha y ambos completan el universo mental de la Obra: los directores presionan (por arriba) para que uno luche y se esfuerce (desde abajo). Es una concepción mecanicista más que espiritual.

«[el fundador] insistía siempre sobre los conceptos básicos de la Obra: y comentaba, sonriendo, que le perdonasen, que entendiesen los chicos que el Padre debía proceder de ese modo, y que se acordasen de la psicología del anuncio; a base de oír una y otra vez la misma cosa, a fuerza de leer día tras día siempre lo mismo, cuando llega el momento en el que se necesita algo determinado, se acuerda uno de aquello que oyó o que leyó frecuentemente, y hace uso de lo que se le recomendaba por escrito o de palabra» (A. del Portillo, Meditaciones, IV, págs. 440-441)

¿Y el lugar para el discernimiento donde queda? En ningún intersticio. Y así fue como Escrivá construyó su Obra, previéndolo todo y evitando imprevistos tales como el ejercicio de la libertad. Y para ello nada mejor que el control mental.

La de la Obra es una formación inculcada “a la fuerza”, como reconoce A. del Portillo y que busca ser bien práctica, dirigir (gobernar) la conducta de las personas. En la medida en que es marketing, implica una pobreza espiritual insospechada (jamás se imagina nadie que al asistir a una meditación está siendo objeto de una campaña publicitaria). Y las vocaciones surgen de ese marketing, un proceso que comienza pero no termina nunca:

«nuestra formación no termina nunca: todo lo que habéis recibido hasta ahora es fundamento para lo que vendrá después. Por eso, cuando tengáis ochenta años, iréis al Curso anual con la misma ilusión que ahora, y os gustará ver a chiquitos de veinte años, que os explican de una manera ingenua, con mucha autoridad, lo que vosotros lleváis viviendo y enseñando durante muchísimo tiempo. ¡Es bonito!» (Meditaciones II, pág. 717)

Parecen divertidas y tiernas estas palabras del fundador. Pero no lo son cuando se las experimenta en la realidad: chiquitos de veinte años machacando a viejos de [completar a gusto] con ideas simplistas y encima con mucha autoridad. Este tipo de formación infantiliza y estanca el proceso de maduración más elemental, tanto racional como afectivo.

A fuerza de leer día tras día siempre lo mismo, se termina viviendo en un verdadero encierro mental, por más que se tenga un trabajo afuera de la Obra, se asista a la universidad, etc. No hay ningún proceso de discernimiento sino una insistencia hasta el cansancio con ideas muchas veces apodícticas.

Lo más grave del control mental es que modifica conductas, no es simplemente un trastorno de ideas teóricas. De ahí la necesidad de algún tipo de desprogramación para modificar hábitos adquiridos que son destructivos o al menos perjudican la salud: la renuncia habitual a los propios derechos, el voluntarismo como razón de toda actuación, el estructuramiento y la rigidez mental, etc. (sobre más contraindicaciones cfr. Opus Dei: no recomendable para consumo humano).

Y luego el camino de salida puede terminar de dos formas (hay otras también): irse por agotamiento o irse porque un día los directores se levantan de su catre y dicen: “tienes un momentito, quiero decirte una cosa: tú no tienes vocación”. De la Obra se sale con una gran confusión.

«Si no nos hubiera llamado Dios, nuestro trabajo con tanto sacrificio en el Opus Dei nos haría dignos de un manicomio» (del fundador, Cuadernos 8, pág. 263).

Esto lo explica todo, creo.

No tener (El orden de la pobreza)

Habitualmente la virtud de la pobreza que se practica la Obra es objeto de crítica por sus características exteriores contradictorias. Pero pienso que también tiene un lado menos llamativo y que provoca consecuencias perjudiciales en la vida de los miembros de la Obra, especialmente de quienes la practican de modo radical, como l@s agregad@s y más aún l@s numerari@s. Esto se hace visible cuando abandonan la institución.

Más allá de la comodidad material de las casas de la Obra, que el discurso oficial sobre la virtud de la pobreza legitima, se encuentra la definición ascética y la función disciplinal que sus principios impulsan. Más que de una virtud, se trata de un orden que se impone a los afectos y a lo más íntimo del ser. Es la “pobreza de espíritu” cuyo objetivo es el vaciamiento personal, para que ese lugar lo ocupe la Obra...

«Hay unas señales inequívocas del verdadero desasimiento: no tener cosa alguna como propia; no tener cosa alguna superflua; no quejarse cuando falta lo necesario... Cuando se trate de elegir, lo más pobre, lo menos simpático» (Meditaciones I, pág. 697).

La instrumentalización que esta institución hace de la sabiduría cristiana es asombrosa: gran parte de la doctrina espiritual, a la que recurre o cita, tiene una aplicación instrumental concreta con el fin de obtener un resultado beneficioso para la corporación.

Leídas desde cierto punto de vista, esas palabras de libro de Meditaciones podrían considerarse como una máxima espiritual propia de muchas congregaciones religiosas. Pero la aplicación concreta que le da la Obra, a este tipo de textos, difiere completamente de lo que se podría suponer.

Una cosa es el desprendimiento espiritual y otra muy distinta es literalmente no tener cosa alguna como propia. La propiedad de las cosas –quién es el dueño- es algo muy distinto del desprendimiento –de qué manera yo me relaciono con las cosas que poseo-. No es posible el desprendimiento si antes no se es dueño (de sí mismo y de lo que se tiene), y además, no creo que sean términos excluyentes (especialmente en el caso de los laicos).

Pero la Obra saltea este paso, porque lo que le interesa no es el desprendimiento (en las personas) sino la expropiación (de las personas). No le interesan las personas –por eso las descarta sin grandes escrúpulos- sino sus cosas y sus capacidades (intelectuales, laborales, monetarias, etc.). La “entrega” que exige la Obra es un acto de expropiación en nombre de Dios y es de este modo cómo la Obra se enriquece (en amplio sentido) al mismo tiempo que quien la deja se va con las manos vacías y con muchos problemas por resolver.

De ahí que la vocación haya de tener una fuerza arrolladora imprescindible, para que no se le resista nadie y así imponga sus exigencias de obediencia y entrega explícitas. Es clave el factor divino y personal de la vocación (lo de “divino” no es un adjetivo genérico), porque es la única manera de presionar y barrer con toda resistencia eficazmente.

«Hay que pedirle al Señor que nos mande la muerte antes que no perseverar» (del fundador, Meditaciones V, p. 404).

De manera tal que decir no (a cualquier cosa que pidan los directores) equivalga siempre a decirle no a Dios, como un non serviam de fatales consecuencias. Es el mecanismo básico de extorsión de la Obra.

En el primer caso (el desprendimiento) se trata de una actitud espiritual, mientras que en el segundo (la propiedad de las cosas) se trata de instaurar un orden social interno basado en la indefensión de los individuos: hasta los mismos derechos deben ser entregados. Es una pobreza total, pero no como virtud sino como imposición y sometimiento. Es la Obra quien controla que nadie (me refiero a los miembros célibes) tenga nada como propio, de la misma manera que lo podría hacer un gobierno con aspiraciones de amplísimo control social.


Desde el punto de vista de la virtud personal, este orden de la pobreza que establece la Obra va a contramano de la vida que puede llevar cualquier persona viviendo en sociedad, a diferencia de un convento o vida conventual (aún así, ni siquiera la vida religiosa es comparable al despojo que somete la Obra, pues allí hay engaño y en la vida religiosa no).

Pero el interés de la Obra no está tanto en el desarrollo de la virtud (de la pobreza) en las personas como en utilizar ciertos principios a modo de herramientas para gobernar y sostenerse. Es curioso, pero a través de la pobreza la Obra obtiene su sostenimiento. Esta “virtud” está relacionada íntimamente con la entrega o “virtud de la generosidad”. Darlo todo a la Obra. Desprenderse uno mismo de todo, para que la Obra lo posea todo.


Se podría identificar cada uno de esos principios o señales de pobreza con un resultado concreto:

  • no tener nada como propio (ceder el control de uno mismo)
  • no tener cosas superfluas (no tener gustos, deseos, intereses personales)
  • no quejarse cuando falta lo necesario (mansedumbre, conformismo)

Las consecuencias de este orden de pobreza, son variadas. En algunos casos fomenta la irresponsabilidad –nadie es dueño de nada- y desde luego impide hacerse dueño de la propia vida. En muchos casos, inhibe el sentido del gusto y la capacidad de desear. Impide la posibilidad de individuarse y desarrollar la propia personalidad. Son verdaderamente profundas y alienantes las consecuencias.

La pobreza se relaciona con el desprendimiento y, en este sentido, fomenta la pobreza afectiva, que muchos ex miembros señalan en sus testimonios. Es el desprendimiento de los demás, la falta de interés real por el otro, pues en la Obra siempre lo primero son las normas. En el Evangelio, en cambio, lo primero es el prójimo.

El desprendimiento afectivo está impulsado además por la expresa prohibición a tener amistades particulares. La razón es sencilla: reforzar la unidad con el orden jerárquico.

«En Casa queremos a todos (…). Por eso, dice nuestro Fundador, ‘entre los tuyos, evita cuidadosamente aun la apariencia de una amistad particular’» (Meditaciones III, pág. 165)

Principio este que tiene su origen en la vida religiosa, de los conventos.

«Otro punto al que desearíamos referirnos es el lugar que ocupa la amistad en la vida espiritual. En un gran número de libros espirituales, escritos por religiosos, se encuentran condenas de diversas clases sobre las amistades particulares. Desde el punto de vista de la perfección de la caridad en la vida de una comunidad religiosa, tales amistades son muy perjudiciales. La preferencia por uno, significa hasta cierto punto una aversión por otro; hace imposible el ideal de regular todas nuestras relaciones con el espíritu de fe, según el cual Cristo (…). Pero un seglar, al leer tales libros, puede formarse una pauta falsa para su propia vida. (…) La gente que vive en el mundo está en una posición completamente diferente del religioso» (Eugene Boylan, o.c., El amor supremo, pág. 76-77).

No hay unidad entre las personas sino alrededor de quien represente al prelado. La pobreza afectiva mantiene el orden basado en la obediencia. No es extraño, por lo tanto, que quienes dejan la Obra tengan carencias afectivas, forma parte de los efectos de vivir la pobreza según la Obra.

Este orden de la pobreza no emana de la virtud sino como directiva del gobierno de la Obra, para controlar el ambiente de los centros y especialmente la conciencia de los numerari@s y agregad@s.

De lo que se trata, con “la pobreza”, es de llegar al holocausto del yo, al aniquilamiento del yo. En la Obra se ponen en un mismo plano el egoísmo y el yo. Es el olvido de sí, hasta ya no saber quien soy yo.

«Hay que saber deshacerse, saber destruirse, saber olvidarse de uno mismo» (del fundador, Meditaciones VI, pág. 409)

El otro sentido de esta “virtud” es la utilidad: trabajar para la Obra hasta el agotamiento total. Ser útil a la Obra. Ser un buen instrumento. Parte de la pobreza es la laboriosidad, el trabajo sin descanso. Por eso descansar siempre será un deber y nunca un derecho, pues se descansa si se debe.

«Por eso pedimos al Señor una vida larga, llena de trabajo, humano y divino, hasta que acabemos agotados, exprimidos, sin poder darnos más porque nos hayamos gastado del todo, en un sacrifico completo, en un holocausto» (Cuadernos 3, cap.8)

Luego, está el empobrecimiento de la propia imagen personal, de tal manera de sentir un vacío interior, que sólo podría llenarlo la Obra. Mientras uno mismo no es nada, la Obra lo es todo.

«Desaparece todo atractivo personal, toda tentación de amarse uno mismo, cuando la humildad nos muestra que no hay de qué» (Cuadernos 3, Cap. 10)

Lo notable en la Obra es la falta de interés real por la vida interior de las personas. A los directores de la Obra no les interesa si alguien progresa en su vida interior, si su oración es más o menos profunda. Lo que les interesa es el cumplimiento de las normativas. Los primero son las normas. Eso es la Obra: un conjunto de normativa a cumplir. La vida interior de alguien no le importa a nadie (institucionalmente hablando). Por eso tampoco les preocupa el destino de una vocación que decide tomar distancia de la Obra. El aspecto pastoral de la Obra, propiamente, es prácticamente nulo.

Este orden de la pobreza asimilado durante años explica la falta de ubicación dentro del mundo. Inhibe los deseos y aspiraciones personales. Es el aniquilamiento del yo, el vaciamiento, que tienen que ver con la entrega total a la institución.

El problema fue que la Obra pasó a ser todo y luego se descubrió que era nada. Lo que queda es un gran vacío en el alma. Y de ahí se parte.

La reincorporación al mundo, puede llevar muchos años. Para quienes ingresaron a la Obra con catorce años, el mundo se trata de una experiencia en gran parte desconocida, a estrenar.


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